domingo, julio 29, 2007

domingo, julio 22, 2007

EN DANZA

no quería dejar el anterior como último post
tampoco tenía ganas de escribir nada en especial
pero sin embargo quiero agradecer(les) los buenos augurios
y decirles que por mí,
sigo danzando
hasta mi regreso los dejo con Sylvie Guillem, un mostruo:

martes, julio 17, 2007

si tuviera que irme

Si tuviera que irme quisiera que me piensen al menos unos minutos, callada y sosegadamente. Que recorran con los ojos todo lo que fue mi pequeño mundo doméstico, los altares privados de mi vida cotidiana. No creo haber logrado mucho, pero tal vez haya sido demasiado teniendo en cuenta que tampoco ambicioné nada en especial, salvo vivir tranquilo, ser feliz, rodearme de las personas y las cosas amadas. Supe desde siempre que era necesario elegir y hacerlo a cada instante; sin prejuicios, carnal y apasionadamente. Ante la violencia elegí la suavidad, pero no me atemoricé si era necesario defenderse. Nunca fui adicto al vértigo, a la velocidad, al desenfreno. Necesito tiempo para madurar las cosas, necesito tiempo para cuidar de lo que amo -mi pareja, mis animales, mis plantas, mis amigos- y he intentado no vender minutos de mi vida más allá de lo estrictamente necesario. Siempre me gustó gustar. Nunca seduje por el banal, egocéntrico, impío, estúpido placer de hacerlo. He luchado por lo que me interesaba, sin embargo estoy casi seguro de no haber sido jamás artero, traidor o desalmado. He sido, soy, muy crítico; cómo no reconocerlo, si acostumbro serlo conmigo de forma constante. Supongo que también fuí, más de una vez, injusto. Para mi descargo diré que he intentado con verdadero ahínco ser precisamente lo contrario. A veces pienso que viví más de una vida, tan largo se hace el camino recorrido. He aprendido hablando(me) y he cantado sin saber cantar. Alguna gente, no necesariamente amiga, (me) ha dicho cosas que marcaron mi existencia. He reído mucho y he bailado con todas mis fuerzas, en profundidad y hasta el agotamiento. También lo he llorado todo, como recomendaba uno de mis más constantes maestros de vida, Oliverio Girondo. Nunca comprendí algunas pérdidas, pero tuve que acostumbrarme a vivir, ¡vaya sarcasmo!, con ellas como compañeras.
Sigo sin creerme que esto sea todo, aunque por momentos piense que ha sido demasiado.
photo de Lartigue

domingo, julio 15, 2007

Banda sonora

¿Qué banda sonora tendrá la película que está rodando Woody Allen en Barcelona? Me lo pregunto porque hace varios días que distintas zonas del barrio donde vivo están colapsadas por sus huestes filmadoras, decididas a utilizar como localización algunos de los lugares emblemáticos del Ensanche/Eixample barcelonés. Y ahora ya no hay bromas, equivocaciones ni extras del inserso, como en otro reciente post de este mismo blog (Very Welcome, Mr. Allen). Les cuento. El jueves salí a media mañana para comprarme de urgencia una silla "comme il faut", cosa de poder trabajar en el ordenador sin que se me desintegre la columna vertebral. Llevo casi un año con una de muy buen aspecto pero nada ergonómica y los resultados están haciéndose notar en toda mi estructura ósea. El día era precioso, con un cielo relativamente claro y una brisa que hacía soportable la potencia abrasadora del sol mañanero. Doblé por Rambla Catalunya, y allí mismo, entre Aragón y Consejo de Ciento, estaba don Woody con su cara amarga de siempre bajo el sombrerito de turista maduro que suele usar cuando dirige o simplemente turistea. Pensé en cómo me hubiera emocionado esta misma situación hace unos cuantos años, cuando todavía pensaba que W.A. era un director independiente. Había vallas ¿amarillas? para acordonar la zona, guardias urbanos desviando a los que querían acercarse demasiado y un montón de gente con cámaras digitales que pretendían tener "su" propia foto del director neoyorkino. Cerca de don Allen esperaba un señor bastante parecido a él y vestido casi exactamente igual. "Debe ser su doble", pensé, aunque el peso de la copia prácticamente doblaba la del original. Sobre la zona de filmación habían desplegado unos toldos blancos similares a los de la calle Sierpes de Sevilla y un enorme camión, totalmente abierto por un costado como un kiosco de feria, cubría las necesidades gastronómicas del equipo. Al verlo me surgió otra pregunta: "Si comen tanto, ¿cómo hacen para conservar la línea?" En fin, que no me quedé allí mucho más de diez minutos. Los necesarios para que si algún día veo la película terminada no me arrepienta por haber dado la espalda a un hecho tan trascendental como este. ¿O es que acaso esta brillante comedia de reparto multiestelar será sólo la primera de una larga serie de producciones internacionales que tendrán como escenario la cada día más turística ciudad de Barcelona? El film debe ser muy interesante porque antes de verlo ya me acosan un sinfín de incógnitas. Ahora mismo, dos días después de lo que cuento, se me ocurre pensar qué banda sonora llevará la película del talentoso director estadounidense. Porque son las cuatro de la mañana y bandas de jóvenes (de clase media, de ambos sexos, propios del país) cantan insultan y (se) gritan porque sí, mientras el camión de la basura desgrana una sinfonía de sonidos tan Wagnerianos como para despertar los deseos invasores de nuestro ahora cercano Woody Allen, y un aguerrido ejército de motos con caños de escape amplificados se añaden al bélico concierto con vigoroso empeño. ¿Sonará así la película del autor de "Match point"? ¿O preferirá las melodías matutinas, con el mismo coral motorizado de la noche uniéndose a los diferentes, variados, diversos sonidos, siempre igual de machacantes, de las numerosísimas obras públicas y privadas que nos circundan, una auténtica superproducción catastrofista, decidida a convertir esta tranquila ciudad provincial en un escenográfico e inhabitable set cinematográfico?
photo : autorretrato chanel por bertini

miércoles, julio 11, 2007

tránsitos

Los veranos de mi infancia no solían resultar felices. Al aburrimiento y la monotonía de mis largos días de niño solitario, prefería la escuela, con su diversidad de gente y la obligatoriedad del horario, los recreos y las clases. Además, casi todos los veranos estaba obligado a viajar centenares de kilómetros sobre trenes algo desvencijados con duros asientos de madera, para visitar a mi abuela argentina, una mujer agria y dictatorial que para hacer honor a su nombre, Concepción, había parido ocho criaturas, entre ellas mi madre. Esta mujer robusta y de piel agrietada a la que yo nunca añoré, ni quise, ni temí, poseía un sentido de la disciplina de inspiración medieval. Cuando sus pequeñas, -creo que debo usar el femenino, ya que tuvo siete niñas y un único hijo varón, el último, cuya obcecada búsqueda había causado las otras siete (a)pariciones-, cuando esas pequeñas, repito, tenían la osadía de cometer alguna travesura, Doña Conce, mi abuela, acostumbraba atarlas con sábanas viejas a los troncos de los árboles, lo suficientemente inmovilizadas como para "que se las comieran las hormigas", un destino seguro de haberse prolongado el castigo más allá de los veinte o treinta minutos que la abuela solía fijarse como límite. Creo que de esta infancia sometida, a la que supongo nutrida de acusaciones y denuncias fraternas, surgió el afecto desconfiado, lleno de trampas y engaños, que se tuvieron mis tías de mayores, así como el excluyente rechazo que siempre sufrió de parte de todas las otras la hermana más grande, esforzada lugarteniente de su madre en la aplicación de esos atemorizadores castigos.
De aquellos obligados traslados veraniegos, larguísimos y poco cómodos, conservo alguna que otra imagen imborrable. También más de una sensación que no se ha vuelto a repetir jamás. Entre las primeras está la cara sonriente de mi madre, rejuvenecida por la posibilidad de un reencuentro que siempre, finalmente, la dejaba insatisfecha. También sus vestidos ligeros, de estampados florales sobre colores claros, y sus carteras amplísimas, auténticos baúles sin fondo de donde sacaba caramelos, bombones y bocadillos de milanesa con el pan siempre tierno, acompañado a veces de un leve aroma a su perfume preferido: el Maderas de Oriente de la firma Myrurgia. Para lograr una cierta complicidad amistosa durante aquel viaje que yo detestaba hacer, mi madre solía comprarme las carísimas revistas mexicanas que habitualmente me negaba, así que en mi recuerdo, aquellas publicaciones de cubiertas brillantes ilustradas con el Super Ratón, la pequeña Lulú, Mandrake el mago o Batman y Robin, aparecen como un atractivo mundo real de colores planos y vibrantes donde sucedían un montón de cosas divertidas, algo diametralmente opuesto a la monótona planicie escasamente arbolada que se veía a través de las enormes y nunca demasiado herméticas ventanillas del traqueteante tren.
También conservo de esos largos viajes la memoria de dos o tres sabores que he ansiado, sin ningún éxito, reencontrar en mi vida. Uno es el del café con leche, tan sabroso como aguado, que tomábamos a la hora del desayuno en la cafetería del tren, un amplio lugar de asientos enfrentados, con pasamanos de bronce, manteles de algodón blanco y una vajilla de loza gruesa con una inscripción en azul, "Ferrocarriles del Estado", que siempre estaba amenazando caerse de las mesas. Otro sabor que no he vuelto a encontrar en ningún lugar del mundo es el de las naranjadas que vendían los quioscos de las estaciones por las que pasábamos, un brebaje muy dulce, algo áspero y con ligero gusto a cáscara.
Habituado a mi casa bonaerense, con amplios balcones sobre la céntrica, ancha y muy transitada Avenida Rivadavia, la casa de mi abuela en medio de la nada se me antojaba como un lugar inhabitable, el último resguardo posible antes de la última frontera; un mojón que anunciaba la cercanía de ese límite final donde acababa nuestro acogedor, doméstico planeta Tierra y empezaba el desasosegante reino de lo desconocido. Sin embargo aquella casa de paredes blancas estaba rodeada de árboles enormes en los que cantaban pájaros que yo nunca antes había conocido, las habitaciones muy amplias, despojadas y frescas, olían a flores y a verdes diversos y el silencio sólo se rompía con el croar de las ranas de un estanque cercano o el delicado zumbido de un pequeño colibrí de plumas multicolores con reflejos acerados. Me negaba a ver todo aquello, tal vez porque intuía que allí, acechando como esos lobisones que tanto asustaban a mi abuela, estaría también mi destino.
A pesar de mi corta edad y de mi casi nula experiencia, no me equivocaba demasiado, ya que por allí deambulaba también el hasta entonces desconocido primo Ángel enarbolando su espada flamígera, dispuesto a cortar con precisión quirúrgica los últimos vestigios de mi infancia.
bso : tránsito cocomarola, ramona galarza; chamamés y litoraleñas.

sábado, julio 07, 2007

¡sorpresa!

Nadie podrá decir, ni tú mismo, que lo hayas buscado. Hace mucho tiempo que tus intereses van por otro camino, alejado de aquel que te causó tantas alegrías y no pocos sollozos. Siempre le echaste la culpa a tus novelas, donde habías destripado el amor y el sexo. Tu amor y Tu sexo, para ser más precisos, que en estos terrenos la generalizaciones pueden hacer que te hundas en un cenagal sin fondo. Ahora, hoy mismo, tendrás que echarle la culpa a las estaciones. O a ese "otro", que te saltó a la cara con toda su frescura; con su olor a pan fresco -¿nada es casual en esta vida?- y su palabra desatada. Anoche estuviste despierto un buen rato con los ojos fijos en alguna cosa que no veías ni te interesaba ver, su cara sonriente colgando del espacio como la materialización evanescente de un mentiroso mago de kermesse. Y esta mañana no te has afeitado. Comienzas a poner barreras, a pesar de que tienes ganas de romperlas todas.
Ahora mismo, mientras una canción que creías no recordar suena todo el tiempo como música de fondo, tu piel vuelve a ser ese abrigo que no te contiene.
(...Cuando el amor llega así de esta manera,
uno no se da ni cuenta,
el carutal reverdece y guamachito florece
y la soga se revienta.
Cuando el amor llega así de esta manera,
uno no tiene la culpa,
quererse no tiene horario ni fecha en el calendario
cuando las ganas se juntan.
El potro da tiempo al tiempo porque le sobra la edad,
caballo viejo no puede perder la flor que le dan
porque después de esta vida
no hay otra oportunidad...)
canción de Simón Díaz, autorretrato de bertini

jueves, julio 05, 2007

very welcome, Mr. Allen

Lo primero que oí fueron gritos. Un momento después, cuando ya estaba en la calle con chanclos, camiseta y pantalones cortos de andar por casa, me enteré de que no había habido ningún crimen. Según el empleado del parking de enfrente, sólo era que Woody Allen estaba filmando su esperada película en el hotel que está frente a casa, el mismo al que rebauticé "el tanatorio" porque tiene lámparas con pantallas de tul negro, unos floreros altos de metal plateado con orquídeas artificiales y bastante mármol marrón oscuro por todas partes. El edificio es muy noble, con buenos materiales y una más que correcta arquitectura pre-racionalista, aunque la decoración, tan pretenciosa como barata, le ha bajado unos cuantos puntos. Algunas veces, después del cine o de una cena en grupo, vamos allí con los amigos. Obviamos el aire algo entristecedor de la recepción y lo impersonal de los salones porque la atención es buena, los sillones muy cómodos y los precios más que razonables. Para la filmación de hoy habían puesto a la entrada un portero que nunca han tenido, vestido con librea verde engalonada de oro. Pensé que podrían dejarlo para siempre, ya que otorga al barrio en general y a esa esquina en particular una categoría que no suelen lucir. Las dependientas del local de fotocopias querían saber si Javier Bardem andaría por allí. "¡Y la Penélope!", exclamó la más mayor, una setentona a la que la historia de los géneros la trae sin cuidado. Tres enormes camiones más grandes que esos habituales de las empresas de mudanza ocupaban gran parte de la calle y un típico autobús turístico repleto de gente estaba estacionado a las puertas mismas del hotel. Me quedé unos quince minutos viendo como repetían una y otra vez la misma toma. Los que estaban en el autobús, vestidos de extranjeros de los sesenta en visita a Roma, muy en plan "esto no será un Fellini pero yo me marco un buen tanto imitándole el estilo", bajaban y subían del vehículo una y otra vez, aunque lo que de verdad importaba era que pasaran frente a la cámara con cara de "¡qué bonitou lugar!" e ingresaran en el establecimiento hotelero sorteando al portero de librea verde, que parecía estar puesto para entorpecerles el paso. Desde el lugar donde me encontraba era imposible verlo, pero casi podría asegurar que al cartel del frente le habían agregado una o dos estrellas. El camarero del bar de abajo de casa estaba muy nervioso: "¡Qué bueno, chaval! Imagínate la cantidad de gente que va a ver esta película! ¡Y en todo el mundo!". "Sí", le dije, "pero, ¿por qué eso te pone tan contento?". "Por la publicidad, hombre, por la publicidad. El hotel se llenará de gente y mucha de esa gente vendrá luego a comer aquí... Pura ley de probabilidades, ¿vale?" La encargada de la lavandería había cerrado el chiringuito nada más enterarse. "¡Qué feliz hubiera sido mi marido teniéndolo a Woody Allen al alcance de la mano! Voy a pedirle un autógrafo para llevárselo un día de estos al Clínico." Tampoco faltó la cajera más joven del Caprabo. "¡Qué mala suerte! ¡Justo hoy trabajo por la tarde, si no me quedaba aquí hasta que pudiera verlo!" No aclaró a quién, pero tal vez de puro prejuicioso pensé que ella también estaba refiriéndose a Javier Bardem. "¿Sos vecino, no? ¿Creés que necesitaran extras?", era un compatriota que me había reconocido el acento. "¡Soy un super fanático de Woody, soy! ¿Sabés si yego a salir en una peli de este tipo? ¡Mi vieja se muere! ¿Cuál de todos estos será el mandamás?" Eran demasiadas preguntas como para que esperara realmente una contestación. Ví cómo se abría paso entre la gente y llegaba hasta el lugar desde donde un tipito de barba parecía dirigir toda la movida. Un instante después lo perdí de vista.
A los pocos minutos estaba de vuelta. Se dirigió a mí, aunque tan indignado que ni siquiera parecía preocuparle que pudiera oírlo el resto de la gente que, como yo, estaba observando la filmación. "¿Me querés decir quién fué el boludo que buchó que esto era la película de Woody Allen? ¡Si estos giles están haciendo un spot de Barcelona Batega y los extras son todos jubilados del Inserso!"
Photo : me gustaría saber de quién es.