sábado, septiembre 29, 2007

Las cenizas de Manuel Puig. Primera entrega.

Algunas casualidades aparecen ante nosotros como evidencias de una realidad paralela a la que no sabemos poner nombre. Encuentro sin buscar, ¡ay, don Pablo Picasso!, una versión en DVD de Boquitas pintadas, la película sobre el libro de Manuel Puig dirigida por el también argentino Leopoldo Torre Nilsson (1924-1978). El mismo día, buscando -ahora sí- más información sobre la banda sonora, que vaya a saber por qué mi memoria atribuía a Leandro "Gato" Barbieri, encuentro un blog con el mismo nombre del libro y la película, casi un homenaje al también autor de "Cae la noche tropical", "El beso de la mujer araña" y "Maldición eterna a quien lea estas páginas". De inmediato contacté con su hitchconiana auto-edito-ra, nos linkeamos y, email mediante, prometí enviarle algo de lo que tenía escrito sobre Puig. Al releer esas antiguas notas pude darme cuenta de cómo la memoria va afinando el disparo, deteniéndose en detalles y situaciones que antes no había tenido en cuenta. Se hizo imprescindible escribir un nuevo texto que, sirviéndose de los anteriores, recogiera esos pormenores previamente desechados por mi casquivana memoria; restos de una época que el incontrolable viento de la historia alejó para siempre de nuestro lado.

Boquitas pintadas, el filme, se estrenó en 1974, siendo quizá el último evento cinematográfico de importancia para esa Buenos Aires sofisticada que parecía presentir un gran desastre próximo. El "tout Buenos Aires", o sea algunos centenares de personas dedicadas de alguna u otra forma al quehacer artístico, esperaban el estreno de aquel film con la misma ansiedad conque, dos años antes, varios millones de argentinos habían esperado el regreso de Perón desde su exilio madrileño. Por aquella época, muchos de los que estaban pensando desde tiempo atrás en cambiar el escenario de sus vidas, decidirían que era imposible seguir postergando el momento de hacerlo. Sin embargo, como partir no era nada fácil y mientras tanto tampoco podían detenerse, seguían allí, viviendo esa realidad paralela como si fuera la única posible. Enfundadas en los vestidos de Madame Frou Frou o en la ropa vintage hábilmente rapiñada de los baúles familiares, Dalila Puzzovio, Mercedes Robirosa, Felisa Pinto, Marta Carlisky, Marilú Marini, Rosita Bailon, Nacha Guevara y un buen puñado de otras bellas y sofisticadas mujeres, asistirían a la presentación de Boquitas pintadas en el Cine Teatro Gran Rex de la calle Corrientes, recreando los años cuarenta que el libro y la película retrataban, por este orden, con mejor o peor fortuna. Para la beautiful people porteña Manuel era "un divino" de reciente adquisición. Torre Nilsson -Babsy para los más íntimos- y su mujer, la escritora y guionista Beatriz Guido, tenían un puesto permanente en ese Olimpo de dioses menores que conformaba la flor y nata de la sociedad porteña. Al brillante estreno de aquella noche seguiría una fiesta por todo lo alto en casa de Felipe del Canto, un personaje único, que sabía unir sin aparentes fisuras su elegancia de diplomático privado de cartera a una ávida curiosidad de flanneur cosmopolita y amante de los barrios bajos. Junto a un grupo de amigos igualmente jóvenes, representábamos la alborotadora cantera de los nuevos valores. Herederos de una forma de vida con raíces europeas, anhelábamos conquistar Nueva York para poder vivir como los hippies ricos de San Francisco. Fumábamos hasch y marihuana, leíamos a Henry Miller, a Allen Ginsberg, a Lovecraft y Salinger. Mezclábamos Freud con Ken Russell, las minimalistas Gimnopedies de Erik Satie con la psicodelia barroca de The Who o los desgarros etílicos de Janis Joplin. Nos acostábamos por pura diversión y solíamos desnudarnos en casi todas las fiestas por el gusto de ver asustarse al personal que se decía liberado. Así como Alejandra Pizarnik solía quitarse toda la ropa cada vez que en una reunión de intelectuales se "tocaba" el tema del sexo, nosotros nos desnudábamos por completo cuando las reuniones sofisticadas empezaban a ponerse demasiado tensas. (Fin de la primera entrega/continuará)
Photo : Luisina Brando en un plano de la película Boquitas pintadas

lunes, septiembre 24, 2007

Escribir?

Dos o tres personas en tres o cuatro días se/me preguntan ¿por qué escribir? Hace algunos años yo andaba dándole vueltas a esa misma cuestión en mi columna semanal para un diario barcelonés. Como viene al caso y tal vez sirva de ayuda a esos dos o tres amigos dubitativos, vuelvo a colgarla ahora en este blog.

No sé si ustedes han oído hablar de Natalie Goldberg. Es una escritora estadounidense, delicada y sin estridencias, a la que conocí gracias al ruido. Hace varios años, luego de un agitado mes de julio con mesas redondas, presentaciones y reencuentros en la "lejana Buenos Aires", pensé que un lugar apartado del mundo podía ser la única solución posible para mis vacaciones de agosto. Jorge Chapuis, un amigo sensiblemente alerta a mi deseo, consiguió una casa que podría definirse como de estilo "alpino", a los pies del Montseny. Rodeada de jardines con rosales, eucaliptos, buganvillas y mimosas, tenía varias habitaciones abuhardilladas con techos y paredes de madera y una terraza bastante espaciosa asomándose a un retazo de bosque poblado de altísimos pinos. Supusimos que aquel sería un lugar ideal para el descanso y, dado que los ordenadores viajarían con nosotros, hasta podríamos trabajar algunas horas diarias sin la habitual banda sonora del centro de Barcelona .Cometimos un error: no contar con las ruidosas motos de los adolescentes de la zona, fanáticos del cross, y todavía menos con el ladrido constante de los innumerables perros guardianes de los otros chalés, casi todos pastores alemanes neurotizados por sus dueños, unos señores a los que les gusta suponer que el ideal de un animal doméstico es vivir encadenado.En aquellos días llegué a pensar que el silencio tan ansiado era sólo un sueño irrealizable, un ideal utópico. Si aquel lugar, supuestamente creado para el descanso de los estresados urbanitas, era capaz de generar tal cantidad de decibeles, yo era un pobre iluso, perseguía una fantasía imposible para un mundo como éste, plagado de sonidos. Poco tiempo después, de visita en Lausanne, pude comprobar la vialibidad de aquella, mi presunta utopía. Hasta las moscas suizas, si es que existen, vuelan sin hacer ruido. Por desgracia este no era el caso de nuestro "atirolesado" retiro en el Montseny. La tarde en que todos los motoristas del lugar se reunieron a hacer piruetas enfrente mismo de nuestra casa, decidimos que había llegado el momento de ponernos duros en plan Tarantino o conocer el cercano pueblo de Santa María de Palautordera. Extraño lugar Palautordera. Las señalizaciones de carretera incluían, junto a la normal oficina de turismo o al también habitual ayuntamiento, una flechita indicando el camino hacia un centro de yoga. Allí, en las manos del instructor que salió a recibirnos, estaba "El gozo de escribir" de Natalie Goldberg, editado por una enigmática, aunque nada incordiante, Liebre de marzo. Aquel libro ya no se separó de mí. Cuando las dudas corroen mi espíritu, cuando creo que la última frase que he escrito es realmente la última que escribiré en mi vida, corro hacia el desgastado librito con tapas azul celeste de la Goldberg y leo cosas como éstas: "¿Por qué escribo? Escribo porque tengo la boca cerrada desde toda una vida y la verdad es que, en secreto y egoístamente, quisiera vivir eternamente y que mis seres queridos vivan también eternamente(...) Escribo porque hay historias que la gente se ha olvidado relatar; porque dar forma a una palabra con los labios y la lengua y atreverse a escribirla, para no volver a comérsela otra vez, es la experiencia más intensa que conozco." Buena persona Natalie Goldberg. Sonora, pero nada ruidosa.
photo : duane michals

sábado, septiembre 22, 2007

Shame, Skammen, Vergüenza (último momento)

Un trozo del tostado y crujiente bikini matutino, parte del desayuno del Ciao Bella, queda atorado a mitad de camino. Tropieza con la incredulidad, la indignación, la rabia y el insulto, impelidos a escapar de la garganta en forma de diversos sonidos guturales y alguna que otra estruendosa onomatopeya. Las páginas rosas de La Vanguardia de hoy nos anuncian, en un ángulo poco destacado y sin otorgarle demasiado espacio, LA TALA DE UNA CINCUENTENA DE ENCINAS CENTENARIAS EN UN BOSQUE DEL TIBIDABO. El silencio, la sombra, la quietud, el verde, serán en poco tiempo y después de una inversión de 3,8 MILLONES DE EUROS, una gigantesca montaña rusa, rebosante de luces, ruidos, gente algo colocada y, se supone, latas y botellas de cerveza y refrescos, transparentes bolsas ya vacías de patatas fritas y otro sinfín de residuos más o menos orgánicos. ¿Una respuesta municipal a la FIESTA DEL GINJOLER del domingo pasado? Para que no penséis que todo esto es parte de una conjura extranjera en contra de nuestra ciudad, os digo que votaron a favor del proyecto el PSC e Iniciativa. En contra, CiU y PP. Más astutos -¿o más arteros?-, los representantes de ERC decidieron abstenerse. O sea, tú tala las encinas y yo miro para otro lado.
Bergman tiene en su filmografía una película llamada Vergüenza(Skammen, Shame,1968) Ahora no recuerdo si trataba de algo parecido a esto.
Photo de Giacobetti

jueves, septiembre 20, 2007

zurcidos



Aquel desapacible sábado del mes de julio de 1993 almorzamos con el escritor Adolfo Bioy Casares en su mesa habitual de la cafetería y restaurante La Biela, un clásico del barrio de la Recoleta. Fue un regalo del representante de Editorial Tusquets en Argentina, quien unos días antes me había preguntado si deseaba algo especial como recuerdo de ese viaje "literario" a mi país de origen. He contado varias veces esta historia porque a medida que pasan los años voy encontrando en ella algunas carillas traspapeladas en su primera, y seguramente superficial, lectura. No era mi primer encuentro con Bioy Casares. Ya me había acercado al autor de La invención de Morel y El perjurio de la nieve en la Universidad de Barcelona algunos años antes. Olvidándonos de los que esperaban detrás de mí para hacer lo mismo que estaba haciendo yo, nos detuvimos largo rato a hablar del exilio, sus motivaciones y consecuencias. "Vuelva a su país", me dijo él, "verá que no lo trataremos mal". Le había llevado un clavel amarillo cortado de los ramos que adornaban la sala donde había dado una corta y divertida conferencia sobre sus ciudades más amadas, entre las que por supuesto incluyó a la capital argentina. Entre otras muchas cosas nos contó cómo Borges y él recorrían media ciudad hablando de la literatura en todas sus vertientes, un tema en el que abundaban los chismes más suculentos sobre algunos de los personajes que se dedicaban a escribir más o menos profesionalmente en la ciudad de Buenos Aires. Bioy y Borges solían caminar a paso vivo y sin detenerse en nada hasta llegar a un viejo puente en Valentín Alsina. Desde allí, casi de forma automática, sin siquiera prestar atención al lugar donde los habían llevado sus pasos, pegaban la vuelta hasta sus respectivos domicilios. Una periodista francesa se enteró por medio de Silvina Ocampo de aquellas misteriosas caminatas nocturnas y, convencida de que el lugar tendría algo muy especial para acaparar el interés de esos dos talentos literarios, decidió acompañarlos en uno de aquellos paseos. La desilusión de la periodista fue enorme: ni el puente ni su entorno mostraban nada digno de mención. Tampoco Borges ni Bioy se detuvieron a explicarle que el encanto de esos periplos estaba en el camino a recorrer, no en la desangelada meta.
El mediodía de julio en que nos encontramos con Bioy Casares era muy luminoso y especialmente frío. ABC llegó puntual y nos sentamos a la mesa que ocupaba siempre, desde hacía muchísimos años, al fondo del local, de espaldas a un espejo que reflejaba su cogote y, ¡ay!, un mechón de pelo algo rebelde que desairaba su impecable compostura de atildado dandy inglés. Cuando yo aún vivía en Buenos Aires, La Biela era un lugar para burgueses ricos, quizá por eso me extrañó que los manteles y las servilletas, de un hilo pesado y grueso, estuvieran tan zurcidos. De forma muy cuidada, pero también muy notable. Poco después, contando aquel encuentro, alguien me hizo notar que aquello era posible porque la mano de obra era más abundante y barata que en Europa, donde a nadie se le ocurriría reparar algo que puede comprar absolutamente nuevo por menos dinero. Además, ¿qué restaurante medio podría pagar hoy mismo manteles de hilo? Y suponiendo que pudiera hacerlo, ¿a quién, en esta época de objetos desechables, de comida rápida y encuentros sin encuentro, podría interesarle semejante refinamiento? Ayer, después de mucho tiempo, volví a comentar entre amigos aquella comida porteña y una vez más volvimos a hablar de los zurcidos de La Biela. Los años han pasado. Por primera vez sentí una ternura especial por aquellos viejos manteles cargados de memoria. Esos buenos paños, tan recios como resistentes, son mudas metáforas de nuestra memoria. Llena de cicatrices restauradas con infatigable paciencia, conserva los rastros de nuestros antiguos festines, los signos inalterables de nuestras experiencias, los casi imperceptibles vestigios de nuestros triunfos, las sombras imborrables de todas nuestras pérdidas y fracasos.
Photos : Bioy Casares a los diecisiete y a los setenta y tantos años

sábado, septiembre 15, 2007

Susurros y chillidos

Anoche tuve un sueño. Estaba en un lugar de vacaciones con muchísima otra gente. No éramos niños, aunque todas nuestras actitudes eran infantiles. Juraría que el lugar que nos reunía era el cine Roca de la calle Rivadavia de Buenos Aires convertido en un Albergue de la Juventud con reminiscencias fascistoides. Ahora me pregunto cómo aquella atrocidad me resultaba absolutamente normal, pero en los sueños casi todas las cosas parecen serlo. Fue más impactante -y uso esta palabra pensando en un disparo mortal al corazón- cuando hace unos quince años, en uno de los pocos viajes que he hecho a mi ciudad natal, encontré el cine de mi barrio convertido en templo expiatorio de un pastor protestante al que llama(ba)n "el Pastor Giménez", creador y difusor de las Ondas de Amor y Paz. (Primera aclaración: no confundir con el compositor y músico cuartetero "la mona Jiménez". Segunda aclaración: en Argentina, mona no siempre es sinónimo de guapura, de belleza o de gracia. En algunas ocasiones se le dice mona a alguien simplemente por su parecido con un simio de sexo femenino) A los pocos días de llegar a Argentina me había acercado al barrio de mi infancia para ver qué cambios había producido el tiempo en aquellos decorados para mí tan conocidos. La casa donde nací estaba en el mismo lugar de siempre, aunque convertida en las oficinas de un centro médico especializado en problemas auditivos. Un destino lógico teniendo en cuenta los oídos sordos de que hacían gala muchos de los integrantes de mi familia. A menos de cincuenta metros de aquella enorme casa de estilo ecléctico estaba el cine donde pude ver las mejores películas de Fellini, Malle, Truffaut, Hitchcock o Torre Nilsson a una edad en la que supuestamente me estaba prohibido hacerlo. Las letras art deco de la marquesina poniendo Roca seguían en su lugar de siempre, sólo que le habían agregado un cartel de tela colgando desde lo alto. En él decía con una torpe letra manuscrita: "Jesús es una..." En aquel momento pensé "¡Si Jesús fuera una Roca habría hecho que chocaras contra él haciéndote mil pedazos, cabrón de mierda!" Está bien, sí: me reconozco como un esteticista decadente poco afecto a los desmadres religiosos, pero ahora no quisiera desviarme demasiado del tema central de este post. Todo lo relativo al templo cinematográfico es de una realidad que acaba de cumplir sus no tan dulces quince años y aquí y ahora sólo pretendía contarles el sueño que tuve anoche. En él preparábamos una representación teatral, y yo, tal vez influenciado por la Fiesta del ginjoler-azufaifo de mañana, tenía que abrir el espectáculo recitando alguno de mis poemas. Estaba muy tranquilo; relajado y contento. Un cambio notable en relación a otros sueños más pesadillescos en los que suelo ser uno de los actores protagonistas y ni siquiera he aprendido el papel a representar. (Como la vida misma vista desde mis entretelas. Porque, ¿alguien me dirá que conoce de antemano el papel que le ha tocado en suerte?) Pues bueno, resulta que todo estaba preparado, el teatro a tope de gente y de pronto un grupito de la primera fila comenzaba a gritar consignas tapando mi parlamento, boicoteando abiertamente mi aparición en escena. Les decía que se callaran, por supuesto, pero sólo lograba que sacaran enormes pancartas, arrojaran volantes de colores y gritaran aún más fuerte. Inclusive pude ver cómo un trío de encapuchados quemaban algunas amarillentas fotos de mi infancia. El resto del público, entre asustado y confuso, abandonaba la sala sin que a nadie se le ocurriera hacer algo para detenerlos. Me desperté indignado, y ahora, varias horas después, no acierto a responder la inquietante pregunta que resuena desde esta madrugada en mi cabeza: ¿habré cambiado mi supuesta realidad inconsciente por una más banal y cotidiana realidad periodística?
photo de duane michals

martes, septiembre 11, 2007

lo tuyo es todo teatro

Durante este largo fin de semana en Cadaqués:
viaje de ida literario, amenizado con la presencia de una siempre exquisita Zbelnu.
Estadía en la mansión G-F, con la presencia de dos magníficos psicocineros: Alejandro GF y Nilda E. Clima exquisito. Sol sin calor, brisa sin frío.
Menú (no vegano) : Parrillada de provoleta, chorizos, morcillas, vacío y asado de tira. Ensalada verde variada con manzana y queso de cabra. Helados Häagen Dazs de varios gustos, incluído el dulce de leche. Desayunos de té negro con leche de soja, tostadas, mantequilla y mermeladas varias. De estas últimas, cinco *****estrellas para la casera de higos signé Nikita W. Panqueques de dulce de leche. Salpicón de carne con patatas, huevos duros y quesos. Cafés en el Marítimo.
El domingo, homenaje del Plus a Pavarotti. No pude soportar ver nuevamente su sonrisa sin mácula, ya perdida para siempre. Con las lágrimas saltando como paracaidistas locos de mis ojos -una herencia paterna- me puse a bailar sus arias por toda la casa, acompañado por mi habitual compañero de danzas, J.CH. Nos reímos, se rieron, bastante. Por un momento logramos escapar con alegría de la más que parca muerte, enemiga de ese milagro musical, tan aromático, euforizante y sabroso como el vinagre de su tierra. Dos veces maestro, estimado señor Pavarotti. ¡Qué pequeños quedaban muchos a su lado! Nada más llegar a Barcelona me entero de que también Angela Channing decidió (?) marcharse. Había sido Oscar por el papel de la muda, cándida y buenísima, Belinda. Discípula menos turgente de la indecente Mae West, si como buena mereció un premio de la Academia, como mala resultaba ser digna de al menos dos. Primera mujer de un todavía guapo, aunque siempre marmóreo, rígido Ronald Reagan, en ella parecía encarnarse aquello de que "hierba mala nunca muere". El aserto duró sólo noventa y tres años. Es que lo nuestro es pasar, no caben dudas. ¿Y lo del teatro en el título a qué venía? Ah, sí, ahora recuerdo. Acabo de entrar a la web de Alternativa teatral. He pasado una docena de páginas con espectáculos teatrales de Buenos Aires, a doce por página. No llegué al final de la cartelera. Un país en crisis, la Argentina.
photos: Jane Wyman por George Hurrell (1940), Luciano por autor desconocido.

amorimás en la Biblioteca porteña

El actor Patricio Contreras leyendo poemas de mi libro amorimás (en minúsculas y tal cual lo escribo) en la Sala Julio Cortázar de la Biblioteca Nacional Argentina. Buenos Aires, 3 de septiembre de 2007. Ciclo organizado por Alejandro Margulis y Ayesha editorial. Es que ya no tengo abuelas... y si las tuviera tampoco serviría de mucho.


viernes, septiembre 07, 2007

and the winner is...

Otorgado por ¡¡¡el nombre que me nombra!!! Gracias de verdad, muchas gracias... (y ya pueden leer el que sigue, que me gustó escribirlo)

jueves, septiembre 06, 2007

Realities

Vuelve el macho macho, y junto a él, su compañera/equivalente: la siempre sufrida mujer objeto.
En un diario de ayer Putin nos mostraba su torso, ajado pero de buen ver, asomando desnudo entre unos matorrales siberianos. Si no fuera por el fusil que tenía en las manos podríamos imaginarlo paseándose por las dunas salvajes de la playa de Es cavallet, en Ibiza, dispuesto a cazar alguna presa humana con la que saciar sus apetitos carnales. Sin embargo la presencia del arma cambia en algo nuestra apreciación. Una cosa es la vida natural, el sexo libre, desatado, y otra muy distinta el canibalismo homicida. La foto podría ser un "robado", aunque en realidad parece más un montaje de cualquier canal de televisión español en complicidad con esa revista tan popular que copia el nombre del más que snob y minoritario magazine neoyorquino inventado hace décadas por las megasofisticadas huestes de Andy Warhol. Tomo aire. Respiro. Me detengo a pensar y pienso. Una extraña estrategia: ¿acaso sólo el nombre hace a la cosa? Si llenamos las botellas de Coca-Cola con vino o cerveza, ¿podremos tomar varios litros sin emborracharnos? Si un restaurante se llama Refinado, ¿puede servirnos la comida en hojas de diario o darnos de comer atún enlatado directamente de su envase? Creo haberme liado. Intentaré volver adonde estaba, o sea: a mi casa y a una de mis dos o tres pantallas cotidianas.
Mientras los maquetadores del tabloide madrileño preparaban el número de ayer con ese Vladimir Putin armado y sin camisa, por el Canal Cuatro, apéndice del mismo diario, un grupo de jóvenes doncellas se esforzaban por convertirse en modelos de mujer durante un programa concurso que en muchos momentos hace recordar Las 120 jornadas de Sodoma de Pasolini-Sade. En este filme, cuatro personajes de alto rango -un banquero, un juez, un alto prelado eclesiástico y un político del régimen fascista imperante-, ayudados por varios guardias muy bien dotados físicamente y un puñado de alcahuetas bastante maduras, deciden secuestrar a un grupo de adolescentes para convertirlos en objeto de sus perversas fantasías sexuales. Como es de suponer, el programa Supermodelo de la Cuatro no llega a esos extremos, a pesar de que sus profesores y jurados podrían encarnar muy bien a los sádicos personajes pasolinianos. Críticas demoledoras, elogios desmesurados que en realidad están prologando una expulsión inminente, cortes de pelo salvajes, cambios de look extremos realizados en contra de los deseos de sus naturales portadoras y un sinfín de humillaciones verbales realizadas frente a todas las otras participante y, por supuesto, con cámara y transmisión abiertas, son la guinda de este programa supuestamente educativo. Aunque ya mismo me pregunto si el supuestamente no está demás, porque también pretendía ser educativa la disciplina impartida por los morbosos instructores de las 120 jornadas de Sodoma del divino Marqués de Sade, transformados por el director de Teorema, de Mamma Roma, de Uccellacci e uccellini, en cuatro personajes de la Italia fascista de 1940.
Esta película, conocida popularmente como la Saló de Pasolini, es de 1975. Podríamos decir, casi sin inmutarnos, "de un siglo atrás". Por esa época los fanáticos del Flower Power empezaban a ver cómo se marchitaban sus capullos, y los Makaroff argentinos, desilusionados por el sangriento regreso del mesías Juan Perón, cantaban a dúo aquello de "paz y amor, las pelotas nena". Pier Paolo Pasolini estaba a punto de morir asesinado por sus pasiones más amigas -o por sus apasionados enemigos, que hasta el día de hoy la cosa sigue estando turbia-, sombríamente encarnados, unos y otras, en esa noche tan aciaga del 2 de noviembre de 1975 sobre el decorado de un cenagoso baldío de suburbio. Las armas del crimen: unos cuantos golpes certeros, las ruedas del propio automóvil de P.P.P. y un moreno, delgado y hambriento ragazzo di (la) vita. Un enigma sin solución, porque, ¿a quién podría interesarle en estos días investigar la muerte de un personaje tan molesto? Hoy ya no tenemos una Oriana Fallaci que se atreva a poner en duda lo que siempre nos presentaron como una certeza incontestable. Sólo nos quedan mil salsas rosas de tomate espeso, setenta balcones y ninguna flor. O ese experimento de la CBS llamado Kid Nation, donde niños de entre 8 y quince años se prestan -en realidad deberíamos decir se alquilan, ya que les pagarán unos módicos 5000 euros por cabeza- para un reality show en medio del desierto de Nuevo México. Sus padres han firmado un contrato donde liberan de responsabilidades a la cadena productora del programa si sus hijos se hieren, fallecen, son violados o se contagian de sida. En principio nadie habla de la presencia de educadores, guardianes o maestros, pero todo hace pensar que por allí sobrevolarán alegremente los fantasmas de Pasolini y el Marqués de Sade, satisfechos de ver convertidas en realidad, o en reality, sus desmadradas fantasías. Esas fantasías pagadas en su momento con cárcel, persecuciones, ostracismo, muerte, y a las que sin embargo hoy podríamos calificar como... ¿inspiradoras o proféticas?
fotograma del film Saló de Pier Paolo Pasolini