martes, noviembre 10, 2009

el día después...(post provisorio)
















Pasadas las fiestas conmemorativas, me he puesto las gafas de ver la realidad para comprobar que el marco dorado era en realidad un espejo y los dos portadores sólo uno reflejándose en el cristal que el barroco marco sostenía.
Mirándome en él, ya a solas, pude comprobar que un año no pasa en un solo día y mi cara sigue siendo la misma de hace unas cuantas semanas atrás...aunque un poco más feliz, ya que el aluvión de cariño recibido a través del teléfono, del blog, de los emails y sobre todo de facebook, me han dejado con carga suficiente como para afrontar este nuevo año que acabamos de iniciar, mis blogs y yo, hoy mismo.
¡GRACIAS CON MAYÚSCULAS!

ilustra: el cacho de pan de Salvador Dalí

domingo, noviembre 08, 2009

regalos y felicitaciones


Como estaba previsto, ha llegado el día 9 y mi blog y yo cumplimos años.
Un grupo de amigos muy cariñosos me ha mandado como regalo un marco dorado de estilo clásico que lamentablemente no se integra en absoluto con la decoración de mi piso.
No sé qué hacer con él. Por si alguna de mis visitas habituales tiene una idea interesante al respecto, he fotografiado el momento de la llegada del regalo junto a la simpática pareja de empleados de MRW que tuvo a bien entregármelo.

ilustra: el mes de Noviembre; David Gandy fotografiado por Mariano Vivanco.

miércoles, noviembre 04, 2009

mil noches y algunas más

Habría que llorar tantas muertes ilustres que mejor negarse a hacerlo y pasar a otras cosas.
Una de esas cosas podría ser, y finalmente será, festejar con algo de música que el día 9 de este mes se cumple un año más, ya el tercero, de este Cacho de pan, coincidiendo con un nuevo cumpleaños del autor de los textos que en él se publican.
No sé si puedo hablar de éxito, tampoco sé si era esta eventualidad, con su posible y pasajera complacencia, lo que me llevó a crearlo. En todo el tiempo transcurrido -más de mil y una noches- he recibido ciento y pico de mil visitas y unos cuantos cientos de comentarios amistosos. A pesar de las pocas trabas puestas para la edición de las opiniones ajenas, casi no recuerdo agresiones ni insultos. Tampoco censuré a nadie nunca, si bien es norma de la casa no contestar anónimos.
Seguramente no deberíamos ser tan temerosos, no estar tan asustados como a veces demostramos estar.

Tres años es una cifra demasiado redonda y por puro y necio amor a esa perfección cerrada del círculo se me ocurre pensar en la posibilidad de poner punto final a este espacio. Los hábitos hacen al monje... y por eso mismo cada cierto tiempo se hace necesario cambiarlos. Posiblemente este blog haya cumplido su ciclo; posiblemente, aunque haya sido así, yo no tenga demasiadas ganas de acabar con él definitivamente.
Veremos, o iremos viendo, como el ciego del cuento...que no veía nada en absoluto.

Esta mujer poderosa y rebelde que conocí recién hoy gracias a la bonaerense Delirium, merece convertirse en la estrella de esta semana. Es una argentina de Córdoba y vive, o ha vivido, en el Distrito Federal de México como refugiada de la dictadura militar, autora del secuestro y desaparición de su hermana y del marido de ésta.
Se llama Liliana Felipe y hay un buen puñado de sus canciones colgadas de YouTube.
Yo elegí esta porque sí. O tal vez porque no, ni siquiera lo tengo demasiado claro.
Me impresiona verla cantando y tocando el piano sin maquillajes exagerados, posturas imposibles ni looks extraños. Es como si llegara de la compra, o de pasear al perro, o de charlar un rato con alguna amiga en un café del barrio.
Si esto no es autenticidad, que alguien me explique de qué estamos hablando.



Y una más, con toda la fuerza de esta naturaleza serrana, dedicada a mi editora Beatriz de Moura, defensora del derecho a morir dignamente.

lunes, noviembre 02, 2009

los buenos deseos

Telefonean desde Francia. Un viejo amigo todavía joven me desea con bastante anticipación felicidades para mi cumpleaños. Suele pasarme habitualmente con otras personas: recuerdo el signo que las rige, aunque ni siquiera conozca la fecha exacta de sus nacimientos. Él podría haber visto la mía en el perfil de Facebook si no fuera tan fóbico a las búsquedas por Internet.
Me resultaba extraño no haber recibido todavía su postal de ¡Happy Birthday!, como cada año. Recibirla me recuerda que estoy a punto de cumplir otro más, aunque a veces me haga el distraído e intente pasarlo por alto. Él dice que ya la ha enviado, que con toda seguridad llegará en estos días. Le creo, por supuesto. Es un adorador de los papeles impresos, de los correos antiguos, de las estampillas especiales y los sobres de color pastel; un espíritu del siglo diecinueve que desembarcó por algún error de cálculo espacio-temporal en el veinte y no quiere enterarse de la llegada del ya madurito siglo veintiuno. Vive en un edificio muy antiguo del barrio de Ménilmontant, copia clónica de cualquiera de aquellos que servían como fondo escenográfico para las oscuras películas de Henri-Georges Clouzot, André Cayatte, Jean Renoir o René Clair, generalmente provistos de una concierge gruñona de origen hispano-portugués, suelos de madera crujiente y anchas escaleras enriquecidas por un camino central de alfombra en un rojo vino algo desteñido y hábilmente sujeto por varillas de bronce no siempre bien bruñidas.
Mi amigo, un hombre alto y notablemente parecido a Charles Boyer, ese actor francés que sedujo a divas algo esquivas como Greta Garbo, Marlene Dietrich, Bette Davis o Paulette Godard, suele pasarse horas enteras revolviendo librerías de viejo para volver a casa con un saco lleno de volúmenes de tripa amarillenta, cargados a su vez de múltiples colonias de ácaros, todas dispuestas a alimentar una alergia convertida en bronquitis crónica a fuerza de encierro, lecturas, abundante tabaco negro y psico-filosofía marxista-freudiana. Su piso, muy pequeño, casi podría decir mínimo, tiene todas las paredes tapizadas con estanterías rebosantes de libros e impresos de todo tipo. Como ya no sabe dónde meter tanta palabra escrita, apila los volúmenes más sólidos haciéndolos servir de mesas accesorias, y, eventualmente, también de butacas donde sentar a los pocos amigos íntimos con ingreso irrestricto a su morada; humilde, aunque no totalmente desprovista de lujos. Al margen de los libros, me atrevo a contabilizar tres muy evidentes: una cómoda Louis Philippe de madera oscura con el sobre de mármol lechoso, el pequeño balcón sobre la Avenue de la République desde donde se puede ver la entrada del cementerio de Père Lachaise y, tal vez el tesoro más auténticamente apreciado por el dueño de casa, la visión que se tiene de la lejana Tour Eiffel mientras orinas de pie en el mingitorio del minúsculo lavabo. Puedo asegurarlo: no es lo mismo desagotar tus ganas allí que hacerlo mirando unos vulgares azulejos cuadrados sin ningún adorno especial sobre sus superficies.
Si como dijo alguien que no recuerdo ahora, "Dios está en los detalles", les puedo asegurar que en el ventanuco de aquel mínimo mingitorio lo podemos encontrar de cuerpo entero.
Lo repito: ayer me telefonearon desde París. Un viejo amigo todavía joven me deseó con bastante anticipación felicidades para mi próximo cumpleaños. Fue toda una sorpresa; según él, la mitad de su regalo. Cuando finalmente llegue la postal que acostumbra enviarme en cada aniversario, podré decir en voz muy baja, sólo para corroborarlo: estimado Dante,¡muy feliz nuevo año!

Fotografía de París por Willy Ronis; Marlene Dietrich en una foto promocional.

martes, octubre 27, 2009

¿Simpatía por el demonio?


Otra semana trajinada a pesar de la ausencia sin preaviso de un trabajo bien remunerado.
Insoslayable exposición Mallol en La Pedrera, Trío de Tango (Bataglia, Picó, Mercadante) al alcance de la mano en la librería Martínez Pérez de la calle Valencia, comidas con risas, azucares y abundante colesterol en casa de amigos.
Hubo bastante más, aunque prefiero no comentarlo.
Si pudiera desdoblarme, ahora mismo debería estar en la presentación del nuevo Premio Anagrama: el viernes llegó una invitación para esta tarde a las 19.30, y yo, que no sabia si tendría impulso suficiente como para llegar hasta allí rebosante de Energía, Encanto, Elegancia, Envolvente Evanescencia, Erótico Envión y todas esas otras pequeñas cosas tan suplerfluas como imprescindibles para un gran Evento de estas características, dejé que el tiempo pusiera mis dubitativas ganas en su sitio. Aquí estoy, el reloj marcando la hora señalada en el tarjetón gris convite y yo aún en mi casa. Otra vez el tiempo implacable ha decidido por mí, aposentando mis asentaderas en la incómoda silla de Ofiprix, obligando a mis manos a jugar torpemente con el teclado gris y negro de Logitech en un intento posiblemente vano de elaborar otro post sin rumbo fijo y destino náufrago. Todo resulta demoníaco, como aquellos depravados rockeros que confesaban sin ningún pudor su fascinación por Belcebú. Me pregunto si los morritos de Jagger hubieran despertado la compasión del monseñor Torquemada, Tomás de, ese ínclito vallisoletano tan enemigo del diablo y el judaísmo como afecto a las carnes muy bien asadas, a fuego lento.

Leo a Foucault comentado por Miguel Morey. Nunca es tarde si la dicha es buena, decía mi madre mientras se le escapaban los ojos hacia un cielo no demasiado lejano y bastante poco angélico, con toda seguridad sensual y demoníaco.
Copio una cita de Deleuze, hasta el momento desconocida. Por extrañas razones que la razón no alcanza a descifrar del todo, describe certeramente la que pretendo sea mi posición habitual frente al mundo, el demonio y la carne:
No se trata de predecir, sino de estar atento a lo desconocido que llama a nuestra puerta.
Vamos siendo, y ese ser propio que decimos conocer, el mismo que podemos describir, definir, estereotipar, ya no es actualidad sino historia pasada. Vamos siendo, y es la acción la que nos define con más certeza que nuestros engañosos intentos hagiográficamente autodescriptivos. Satán nos confunde, haciéndonos juzgar nuestro pretérito presente desde un yo desdoblado que se supone otro.
Me levanto del asiento. Necesito música. ¿Conocen a Concha Buika, esa demonia?

Si la mayoría respondiera afirmativamente me harían pensar en luciferinas conspiraciones, ya que esta chica isleña no consigue siquiera que los noticieros nacionales de televisión (¿o debería decir los noticieros de televisión nacionales?) le dediquen tantos minutos de promoción como los que suelen dedicar, por ejemplo, a esa petarda incombustible llamada Marta Sánchez. Cierto que la Marta es rubia platino, y la Concha, con perdón, mallorquina, mulata y agitanada, pero entonces, ¿para qué sirven las campañas de discriminación positiva? ¿Acaso para el exclusivo regodeo de esas señoras ministrables de ilimitado, e indescriptible, vestuario?
Encallado en las cenagosas aguas de la duda, debatiéndome entre el proceloso mar del inconsciente y las corruptas orillas de la cotidianeidad, llego al final de este texto sin destino preciso. Mientras tanto, y como contrapartida a la insistente campaña de "Somos Iglesia Catolica"(¡SIC!), el diablo seguirá sobrevolando los posts, navegará alegremente por internet, se paseará con absoluta libertad por los sillones presidenciales, las alcaldías y los escaños.
Posdata: la curiosidad me lleva hasta la página web de Anagrama. ¿Quién habrá ganado el premio de novela de este año? No hay ninguna noticia sobre los premiados. Tampoco la he visto publicada en ningún otro medio. Extraño. Busco la invitación y la releo. La entrega es el lunes que viene, día dos de noviembre. Todavía tengo tiempo de crearme ganas. Espero que Luzbel no siga metiendo la cola también por mi casa y pueda contarles a mi regreso los pormenores de la fiesta.
Fotografía de Jamie Baldridge

viernes, octubre 23, 2009

Teatrero


El pasado lunes, a las tres en punto de la tarde, estaba citado en la cafetería del Instituto del Teatro.
Anna Caixac, organizadora del Año Jerzy Grotowski en Barcelona, cerraba una hora después los actos de homenaje al investigador teatral polaco con una mesa redonda en la que interveníamos Jordi Coca, Pere Planella, Enric Majó, Inés Castell-Branco y este Cacho de Pan memorioso y hablador.
Salvo la portuguesa Inés Castell-Branco, editora de la traducción catalana de los pocos textos existentes de Grotowski, y el que esto escribe, autor de la imagen gráfica del evento conmemorativo, todos los participantes eran reconocida gente de teatro. Yo, siempre algo outsider, había sido invitado en mi condición de ex componente de un grupo grotowskiano porteño, de corta aunque contundente vida durante los lejanísimos y revulsivos años sesenta.
No llevaba nada preparado. Ni siquiera había rebuscado demasiado en mi memoria, temeroso de perder una espontaneidad que pretendía resguardar lo máximo posible. Estaba convencido de que aquello era lo único que tenía algún valor como aportación propia a tantas experiencias teatrales de largo y exitoso recorrido.
La mesa redonda se haría en una pequeña sala ubicada en el segundo subsuelo del Instituto. Siendo el teatro de Grotowski marginal, underground, subterráneo, aquel lugar algo escondido entre salas de ensayo y talleres de escenografía y vestuario, parecía de lo más adecuado. Bautizado como sala Scanner, un instrumento más cercano a la gráfica que al teatro, el espacio está totalmente tapizado en negro. Nombre y color, dos detalles accesorios, me resultaron tan familiares como tranquilizadores. Nos ubicamos en el escenario a ras de suelo, detrás de dos largas mesas unidas por un mantel también negro e iluminadas por potentes focos teatrales. Delante de nosotros, una gradería con una decena de filas de butacas componen un aforo cercano a las ciento cincuenta personas. El espacio se llenó a medias con hombres y mujeres de diferentes edades. Un verdadero éxito, teniendo en cuenta la hora tan intempestiva y la falta casi absoluta de promoción del evento.
Anna Caixac, sonrisa cálida, voz potente, espalda recta, cabeza siempre erguida, daba paso a nuestras intervenciones. Mientras los demás hablaban de sus experiencias como espectadores o estudiosos de Grotowski, yo, sin proponérmelo, empecé a recordar hechos muy concretos y diversos personajes de aquella, la única experiencia "actoral" de mi vida. Algunos rostros, muy pocos nombres y distintas situaciones aparecían desordenadamente, acompañados por involuntarios epígrafes referentes a nuestro entorno en aquellos años.
El dinero era escaso, tirando a inexistente. No teníamos ordenador, cámaras digitales ni teléfonos móviles. Haber pensado en cualquiera de estas cosas, hoy tan cotidianas, nos hubiera parecido pura psicodelia de ciencia ficción. Una cosa era apasionarse por Bradbury, Olaf Stapledon, Theodore Sturgeon o Richard Matheson y otra muy distinta pensar en la posibilidad de comunicarse casi telepáticamente, sin cables ni enchufes por medio.
Vivíamos bajo una de las habituales dictaduras militares, encabezada en esta ocasión por un general, Juan Carlos Onganía, que tapaba su labio leporino con un bigote a lo Emiliano Zapata. A pesar del Estado de Sitio permanente, los cines estrenaban películas de la nouvelle vague francesa, del new cinema inglés, de Fellini, Antonioni, Monicelli, Francesco Rosi y todo ese potente cine italiano al que los críticos, faltos de un adjetivo mejor, también denominaban nuevo. Mis amigos y yo esperábamos cada filme de Ingmar Bergman, Hitchcock o Visconti con ansia voraz, y hablábamos de Kurosawa, Mankiewicz, Satyajit Ray, Ichikawa, Kawalerowicz, Wajda o Elia Kazan como si hubiéramos desayunado con ellos el día anterior. Los teatros llamados "independientes" estrenaban dramas de Arnold Wesker, Tennessee Williams, John Osborne, Harold Pinter y Jean Genet y el Instituto DiTella cedía su moderno y tecnificado espacio para que Marilú Marini, el Grupo Lobo o el TSE de Rodríguez Arias pusieran en escena extremados experimentos teatrales. Un arquitecto cordobés apellidado Bonino deliraba y hacía delirar al público con un idioma propio, Nacha Guevara cantaba las canciones de Brel y Boris Vian traducidas al castellano de los argentinos, Piazzolla ponía música a los poemas de Borges y el siempre tradicional Teatro Colón abría sus puertas al joven y talentoso coreógrafo Oscar Aráiz, posteriormente director del Ballet du Grand Theatre de Ginebra desde 1980 a 1988.
Para su exitoso espectáculo Crash, yo me estrenaría diseñando una serie de trajes complicadísimos: incluían centenares de pelotas de ping-pong pintadas a mano que, en medio de un desenfrenado charleston, volaban peligrosamente sobre el público.
Todo nos parecía poco. Desde el Mundo, siempre tan lejano, llegaban los ecos psicodélicamente rupestres del Flower Power entremezclándose con los ritmos glamourosos del Swinging London y el creciente ruido de rotas cadenas del muy próximo Mayo del 68. Nosotros, ingenuos jovencitos de un país perteneciente al batallón de los subdesarrollados, creíamos que en los Países Civilizados de Verdad todos llevaban flores en el pelo, considerablemente largo, y vestían cortísimas minifaldas de Mary Quant, cuando en realidad Carnaby Street era poco más que una corta calle comercial y los Beatles cuatro, sólo cuatro, muchachos de Liverpool con mucho talento y mil oportunidades.
El pasado lunes por la tarde, acicateado por la pregunta de un incisivo director de teatro ruso, ahora profesor del instituto barcelonés donde nos hallábamos, terminé contando todo esto que ahora escribo aquí. Trataba de explicar por qué razón, no siendo ni pretendiendo ser actor, me había metido en un grupo de teatro experimental liderado por un místico polaco que proponía hacer de cada intérprete un santo y de cada puesta en escena una ceremonia ritual única.
Todavía no lo sé con certeza, aunque supongo que en aquel tiempo de ilusionados, iluminados y profetas, yo también pretendía cambiar el mundo.

¿Y qué tendrá que ver un boxeador con todo esto? Esta misma semana, para mí muy teatrera, fui a ver Urtain, la obra de teatro del grupo madrileño Animalario. Un elenco de actores entregados no logra despegar del ring un texto que suena a biografía ilustrada. Demasiado humo y poca carne. A pesar de ello, algunos aciertos de montaje logran transmitir en varias escenas la mal llamada magia del teatro. No hay truco alguno en un buen espectáculo. Solamente el trabajo consciente y bien intencionado de un grupo de artistas con talento.

Ilustran: fotos promocionales del boxeador vasco Urtain y de la actriz y bailarina argentina Marilú Marini.

domingo, octubre 18, 2009

¿Fou qui? ¡Foucault!


Me anuncian que en la librería La Central se hablará de Michel Foucault. No soy muy afecto a charlas y mesas redondas. Me distraigo, nunca oigo bien, termino aburriéndome. En este caso sólo se trataba de imitar al loro verde de un post anterior y cruzar de acera en un corto vuelo. No resultaría demasiado complicado ni me haría perder un tiempo que últimamente se muestra bastante escaso. A pesar de esto dudaba. Casi a la misma hora, en Aribau 34, se inauguraba una exposición de arte gráfico soviético: De Rusia a la URSS. Grafismo y revolución. Finalmente decido pasar primero por Foucault y después llegar hasta la encantadora, polifacética y amistosa galería de Aribau y Consell de Cent.
Aviso para navegantes: Aribau se pronuncia tal cual se escribe, con todas sus letras. Para los nativos de esta tierra (sé muy bien que pasean por este blog aunque últimamente no se manifiesten: he osado criticar algunas notables deficiencias municipales y eso aquí no se puede ni se debe hacer, sobre todo si eres o te consideran extranjero), para los barceloneses, repito, sean o no catalano parlantes, no hay dudas en cuanto a la pronunciación de Aribau, pero me he topado con algún turista latinoamericano que me preguntó por "la calle Aribó", suponiendo que el nombre homenajeaba a algún prócer francés desconocido. Como aquí mismo y ahora, tan cerca de Michel Foucault, la palabra Aribau (a)parece aún más francesa, la aclaración se me antoja necesaria.
El café auditorium de La Central estaba a tope de gente. Monsieur J. y Madame L., menos dubitativos que el que esto escribe, ya estaban bien ubicados cuando me apersoné en el lugar.
Les pregunté si habían visto más conocidos cerca y J. me contestó con un no cabeceado, para precisar que, salvo un (re)conocido poeta y dos o tres maduros señores con un aire insospechablemente heterosexual, el resto de asistentes masculinos pertenecían a la creciente "comunidad" gay de Barcelona. Según mi modesto entender, no se equivocaba. Aunque muchos supongan que los intereses homosexuales se centran exclusivamente en los calzoncillos Calvin Kle-in, los sillones de Pierre Paul-in o el turismo sexual de fin de semana en Berl-ín, todo inobjetable, rematadamente "in", también hay homosexuales preocupados por el pensamiento radical del siglo pasado. Sobre todo si este incluye cuero negro, cabeza rasurada, látigos y cadenas.
Estuve el tiempo necesario para escuchar a Miguel Morey. Claro y conciso, explicó la trayectoria de Foucault, desde sus primeros estudios sobre la locura, hasta su muerte a causa del tan imprevisible como devastador SIDA, esa mortífera enfermedad bautizada con perversa ironía por sus descubridores anglosajones como AIDS (AYUDAS). Para desgracia de los castellano parlantes, el orden de las letras altera ligeramente ese significado, pero no la fuerza letal del producto.

Al principio les contaba de mi poca capacidad para a(en)tender a los conferenciantes.
Por si a alguien le interesa saber cómo funciono frente a estos eventos, les cuento que en el mismo momento en que Morey pronunció locura, en mi cabeza empezó a resonar el "fou" con el obsesivo ritmo de un segundero antiguo.
Fou-quoi?
Fou-qui?
Fou-cult
Fou-cul
Fou-cool
Fou-cold
Fou-coq
Como véis, mis asociaciones suelen ser, más que libres, libertarias. Quizás por eso, un segundo después recordé a Pablo Suárez, el más matero de los artistas pop porteños. Pegada como un sello de postal a su recuerdo, surgió de inmediato una estúpida anécdota, casi a mi pesar inolvidable, sobre una noche de estreno teatral en la setentera Buenos Aires.
Se trataba de una comedia musical dirigida por Eduardo, "el gordo", Bergara Leumann, en su barroca y plumífera Botica del Ángel. Trabajaban en aquel espectáculo varios amigos muy queridos y supongo que esto convenció al siempre reacio Pablo -muy amante de quedarse en casa charlando, pintando, tomando mate amargo y fumando los más baratos e insoportables cigarrillos negros que se pudieran encontrar en el quiosco- para finalmente acompañarnos.
La obra resultó ser un bodrio tan insoportable que al final de la función nadie se atrevía a saludar a los amigos-actores. Pablo, con las cejas mefistofélicamente arqueadas, se ofreció para representar a todo el grupo. Volvió un rato después con un cigarrillo humeando entre sus dedos y una gran sonrisa partiéndole la cara.
-¿Qué les dijiste?, preguntamos ansiosos.
-Les dije que era una locura... Ellos, pobrecitos, se quedaron muy contentos, y yo... yo no tuve ninguna necesidad de mentir.

Alguno se preguntará si después de Foucault fui a la inauguración de Aribau 34.
Lo hice, sí. Es deliciosa.

Ilustra: Escultura en resina y pintura acrílica de Pablo Suárez. Foto de autor desconocido.