El documento era poco claro, como si hubiera sido traducido directamente de alguna lengua extranjera por alguien que no hablaba castellano. Intentó solucionar el supuesto embrollo por teléfono pero nadie contestó a su llamado.
"Estarán tomándose un café en el bar de la esquina", pensó para alimentar su mala leche. Tendría que acercarse al banco, así que iba a aprovechar ese desplazamiento no deseado para quejarse de varias cosas que le molestaban, entre las que la desatención telefónica ocupaba un lugar preferente.
El día estaba desapacible, nublado y lluvioso. Acostumbrado a trabajar desde su casa, Belisario Damián decía preferir el invierno al verano y esto resultaba ser verdad siempre y cuando sus obligaciones no lo obligaran a enfrentarse con la calle.
"El verano es para los ricos", solía decir, "para estar tirado en la cubierta de un yate tomando refrescos de frutas exóticas mientras se mira el horizonte lejano".
Iba a cumplir sesenta años, aunque según le decían todos, su imagen no correspondía a esa edad.
"¿Cincuenta y ocho, quizás?", bromeaba él cada vez que algún conocido reciente hacía un comentario favorable sobre su aspecto juvenil y desenfadado.
Trataba de mirarse al espejo con ojos ajenos, imparciales, como si nunca se hubiera visto antes, aún sabiendo que aquello era tan imposible como pretender ser objetivo con alguien de quien se está muy enamorado.
Aquella mañana estaba suficientemente disgustado con la vida como para que su imagen le interesara menos que el pepino en una ensalada. Las huestes malignas atacaban de nuevo escudándose tras consignas impregnadas de racismo a las que pretendían dar carácter de reivindicación popular. Sabía que en la calle no podría apartar sus ojos de todos aquellos carteles exigiendo una sola bandera, una sola lengua, un solo y único pensamiento. Habían proliferado en los últimos tiempos, y aunque nadie parecía percatarse de ello, las consignas discriminatorias ganaban día a a día más espacio en las charlas callejeras, se transformaban en parte del lenguaje cotidiano de la gente.
Se puso un abrigo, guardó en el bolsillo el documento que le había hecho llegar el banco y se calzó las gafas más oscuras que encontró sobre la mesa donde arrojaba los atrezzos de uso diario. La sucursal bancaria quedaba a unos doscientos metros de su casa, por lo que no podía permitirse invertir en aquel trámite mucho más de diez o quince minutos.
Un rato después había cruzado las dos puertas de seguridad de la entidad bancaria y, con un "buen día" formal por medio, alcanzaba la carta-documento a una empleada joven de mirada hosca y gesto despreciativo. Era evidente que la pobre tipa odiaba estar allí, manipulando un dinero ajeno que, ella suponía, hubiera estado mejor en su bolsillo. En ese momento el hilo musical pasó de una melodía de romance veneciano con violines a una canción dulce y machacona que conocía muy bien:
Sintió que sus pies se despegaban de aquella oficina tan fría como pretensiosa para aterrizar en una pista de baile de otra época. Arrastró los pies siguiendo el ritmo y antes de que pudiera darse cuenta ya estaba moviendo todo el cuerpo como lo hacía treinta años atrás.
"Esta va a creer que estoy loco", se dijo, pensando en la empleada que ni siquiera había levantado la vista de sus papeles, "pero en realidad me da igual: creo que ella está perdida en su melancolía".
De pronto sintió que le tocaban suavemente un hombro. Se giró y allí estaba el señor calvo con gafas de pasta gris oscuro y cara de letal aburrimiento que había entrado poco después que él y esperaba sentado en una incómoda butaca de plástico azul a que llegara su turno.
Había dejado maletín y abrigo sobre el asiento y, con temerosa timidez en la mirada pero absoluta convicción en la voz, le preguntaba:
"¿Bailamos?"
ilustra : retrato de Mikhail Barishnikov por Mark Seliger
lunes, febrero 08, 2010
sábado, febrero 06, 2010
Medio siglo de Dolce Vita
Algo despistado por esto de la crisis económica y el cambio climático, recién ayer me entero que en estos días se cumplen 50 años del estreno de La Dolce Vita, la película que llenó de bolsos, zapatos y cinturones dorados los escaparates de la todavía afrancesada ciudad de Buenos Aires, para, muy poco después, brillar con luz propia en el atuendo de toda burguesa porteña que pretendiera estar "à la page".
Visionario como todo artista que se precie, Federico Fellini se servía de esa jet set decadente y minoritaria que supuestamente poblaba las noches romanas, para retratar a partir de ella el mundo que viviríamos como especie, virtualmente globalizados, varias décadas después.
Figuras de papel impreso convertidas en auténticos ídolos de masa; relaciones humanas carentes de todo interés, basadas en encuentros tan mundanos como superficiales; amoríos de quita y pon y sexualidad de pon y quita; intelectuales áridos que eligen el ostracismo o el suicidio como única forma de escape posible; fotógrafos de flash fácil y seudo periodistas, tan mediocres como faltos de ética, en busca de una noticia sucia para la primera plana de sus revistas basura, pueblan los más de 170 minutos de esta mítica película, rodada en el mismo blanco y negro de los periódicos de la época.
Años después Woody Allen, admirador confeso de Fellini, dirigiría Celebrity, digna revisión-homenaje de esa amarga Dolce Vita que ahora cumple unos maduros, que no obsoletos, cincuenta años.
Visionario como todo artista que se precie, Federico Fellini se servía de esa jet set decadente y minoritaria que supuestamente poblaba las noches romanas, para retratar a partir de ella el mundo que viviríamos como especie, virtualmente globalizados, varias décadas después.
Figuras de papel impreso convertidas en auténticos ídolos de masa; relaciones humanas carentes de todo interés, basadas en encuentros tan mundanos como superficiales; amoríos de quita y pon y sexualidad de pon y quita; intelectuales áridos que eligen el ostracismo o el suicidio como única forma de escape posible; fotógrafos de flash fácil y seudo periodistas, tan mediocres como faltos de ética, en busca de una noticia sucia para la primera plana de sus revistas basura, pueblan los más de 170 minutos de esta mítica película, rodada en el mismo blanco y negro de los periódicos de la época.
Años después Woody Allen, admirador confeso de Fellini, dirigiría Celebrity, digna revisión-homenaje de esa amarga Dolce Vita que ahora cumple unos maduros, que no obsoletos, cincuenta años.
Un buen programa doble para un fin de semana casero sin gastos excesivos.
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miércoles, febrero 03, 2010
semana luctuosa, semana negra
Escribir fue siempre para mí un ejercicio de libertad. El único por el que mi Yo se pasea sin rendir cuentas...
Lo dijo en una de sus últimas entrevistas Tomás Eloy Martínez, un argentino nacido en Tucumán, provincia norteña de tierras color rojo sangre que lleva prendida a su nombre, luciéndolo como si fuera un valiosísimo broche de brillantes, una descripción, si no necesariamente veraz, sí de lo más halagüeña: "El Jardín de la República".
T.E.M. se ha muerto ayer, y hoy, martes, todos los periódicos le dedicaron notas, elogios, semblanzas. Era, además de un buen escritor -autor de novelas, guiones, ensayos y cuentos- un periodista que supo revolucionar esa profesión en los países de habla castellana.
Cuando yo era un jovencito que empezaba a interesarme por el mundo exterior, él, con pocos años más, sacudía a fuerza de palabras las polvorientas redacciones de los tradicionales diarios argentinos o daba vida a una revista semanal, Primera Plana, que nos hablaba con un idioma reconocible, tan culto e inteligente como alejado de las engoladas cursilerías habituales.
Más de una vez colgué escritos suyos en un blog que ahora tengo bastante abandonado: La verdad verdadera. En esta semana luctuosa, a la que no se si definir como necro-lógica o como necro-fílica, se han muerto también J.D.Salinger, el huidizo, y una espléndida actriz argentina: Inda Ledesma, pero aunque muy apreciados por mí en su momento, ninguno de los dos se paseó jamás entre los escritorios de una redacción donde yo trabajara, como sí lo hizo más de una vez Tomás Eloy Martínez visitando a alguno de sus colegas del también desaparecido diario La Opinión de Buenos Aires.
Para ilustrar esta dolorosa, breve, apresurada despedida, busqué alguna foto suya de aquella época, cuando se lo veía optimista, joven y barbado, pero sólo encontré esta, de una todavía temprana madurez, que cuelgo ahora aquí.
Supongo que finalmente pasará a la historia tal cual fuera en los últimos años, su sonrisa algo enturbiada por un golpe de volante enloquecido que arrancó de su mano para siempre a la mujer que amaba.
El último libro que escribió se llama Purgatorio. No creo que mi estimado Tomás Eloy Martínez merezca nada similar a eso.
Lo dijo en una de sus últimas entrevistas Tomás Eloy Martínez, un argentino nacido en Tucumán, provincia norteña de tierras color rojo sangre que lleva prendida a su nombre, luciéndolo como si fuera un valiosísimo broche de brillantes, una descripción, si no necesariamente veraz, sí de lo más halagüeña: "El Jardín de la República".
T.E.M. se ha muerto ayer, y hoy, martes, todos los periódicos le dedicaron notas, elogios, semblanzas. Era, además de un buen escritor -autor de novelas, guiones, ensayos y cuentos- un periodista que supo revolucionar esa profesión en los países de habla castellana.
Cuando yo era un jovencito que empezaba a interesarme por el mundo exterior, él, con pocos años más, sacudía a fuerza de palabras las polvorientas redacciones de los tradicionales diarios argentinos o daba vida a una revista semanal, Primera Plana, que nos hablaba con un idioma reconocible, tan culto e inteligente como alejado de las engoladas cursilerías habituales.
Más de una vez colgué escritos suyos en un blog que ahora tengo bastante abandonado: La verdad verdadera. En esta semana luctuosa, a la que no se si definir como necro-lógica o como necro-fílica, se han muerto también J.D.Salinger, el huidizo, y una espléndida actriz argentina: Inda Ledesma, pero aunque muy apreciados por mí en su momento, ninguno de los dos se paseó jamás entre los escritorios de una redacción donde yo trabajara, como sí lo hizo más de una vez Tomás Eloy Martínez visitando a alguno de sus colegas del también desaparecido diario La Opinión de Buenos Aires.
Para ilustrar esta dolorosa, breve, apresurada despedida, busqué alguna foto suya de aquella época, cuando se lo veía optimista, joven y barbado, pero sólo encontré esta, de una todavía temprana madurez, que cuelgo ahora aquí.
Supongo que finalmente pasará a la historia tal cual fuera en los últimos años, su sonrisa algo enturbiada por un golpe de volante enloquecido que arrancó de su mano para siempre a la mujer que amaba.
El último libro que escribió se llama Purgatorio. No creo que mi estimado Tomás Eloy Martínez merezca nada similar a eso.
domingo, enero 31, 2010
Naturaleza Impermanente
En mi casa hay una mesa algo especial.
No lo es por el tamaño, ya que, sentadas, apenas caben cinco personas
De un art deco tardío en madera de roble oscuro, tampoco me atrevería a llamarla una mesa de estilo... aunque lo tiene.
La salvé de unos dueños insensibles que pensaban arrojarla a un container rebosante de escombros.
Desde ese momento es una mesa en constante mutación. Impermanente. Cambia según los días, los humores y las apetencias de los habitantes de la casa.
Igual que estos, depende también de las estaciones, de la economía, del mercado, de los ¿caprichosos? productos estacionales de todo aquello que llamamos naturaleza.
No es sólo la mesa en la que comemos cuando hay invitados en la casa. Es también el escaparate donde, casi sin darme cuenta, expongo de forma habitual mis estados de ánimo.
Todas las fotografías son de Dante Bertini (2008-2009).
Posdata: por si a alguien le interesa -a mí, lo reconozco, me causó muchísimo placer- podéis leer (y oír) aquí al lado, en el link de José Manuel Contreras y su Rincón Literario, el comentario que ha hecho de mi web y mis blogs en su programa de la Cadena Ser.
No lo es por el tamaño, ya que, sentadas, apenas caben cinco personas
De un art deco tardío en madera de roble oscuro, tampoco me atrevería a llamarla una mesa de estilo... aunque lo tiene.
La salvé de unos dueños insensibles que pensaban arrojarla a un container rebosante de escombros.
Desde ese momento es una mesa en constante mutación. Impermanente. Cambia según los días, los humores y las apetencias de los habitantes de la casa.
Igual que estos, depende también de las estaciones, de la economía, del mercado, de los ¿caprichosos? productos estacionales de todo aquello que llamamos naturaleza.
No es sólo la mesa en la que comemos cuando hay invitados en la casa. Es también el escaparate donde, casi sin darme cuenta, expongo de forma habitual mis estados de ánimo.
Todas las fotografías son de Dante Bertini (2008-2009).
Posdata: por si a alguien le interesa -a mí, lo reconozco, me causó muchísimo placer- podéis leer (y oír) aquí al lado, en el link de José Manuel Contreras y su Rincón Literario, el comentario que ha hecho de mi web y mis blogs en su programa de la Cadena Ser.
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martes, enero 26, 2010
aprobado con "Nine"
Tal vez porque a pesar de toda su fanfarria visual, de los personajes extravagantes usados como parte maleable del atrezzo, de su aire de circo ambulante y su música pegadiza de provinciano parque de diversiones, los filmes de Fellini suelen moverse en los oscuros, menos espectaculares paisajes del inconsciente, esta película-homenaje no gustará a muchos admiradores del autor de La Strada, Roma y La nave va. Demasiadas estrellas, demasiado despliegue promocional, demasiadas canciones, excesivas plumas.
Cuando realizó una versión muy libre del clásico Satiricón, el exuberante director italiano había sembrado el plató de carteles que ponían "¡No olvides que estás filmando una comedia!". Se negaba a caer una vez más en su habitual manera, entre melancólica y operística, de ver/mostrar el mundo.
Pienso que como él, un segundo antes antes de sacar su entrada, los posibles espectadores de Nine deberían meterse en la cabeza una idea, básica para poder disfrutar minímamente de las dos horas que dura esta película: "estoy por ver un musical basado en una obra teatral de éxito, que a su vez está inspirada en un filme histórico, producto de un autor imprescindible". Egocéntrico, vanidoso, excesivo, según lo describen aquellos que lo conocieron, casi podría asegurar que Fellini hubiera quedado satisfecho, aunque con críticas, burlas y abundancia de resquemores, con esta película tan hollywoodense, rebosante de estrellas oscarizadas y al mismo tiempo duramente castigada por las críticas.
Obra maestra del cine, elucubración desbocada sobre las dudas y temores de un creador que se supone en crisis, fantasmagórico retrato del mundo evanescente de esas celebrities que no existirían sin la fotografía como soporte archivador de enormes egos y prescindibles pequeñeces púbicas, Otto e mezzo es tan clásica como Romeo y Julieta o el Ulises de Joyce. Cincuenta años después de su aparición, aclamada por los críticos y ninguneada por el gran público, ¿no es más que lógica una revisión del mito?
Es indudable que Rob Marshall no es Federico Fellini ni Bob Fosse, pero tampoco el mundo actual se parece demasiado a aquél que estos, con incisiva pero a la vez preci(o)sa mirada de caricaturistas, se ocuparon de retratar una vez tras otra.
Rendido admirador de ambos, Marshall no se atreve a romper los límites del obsecuente, y por otra parte muy apreciable, respeto a los mayores. Si lo hubiera hecho, si hubiera tenido el talento necesario para hacerlo, posiblemente estaríamos ante otra obra maestra del cine universal o, al menos, ante otro inolvidable musical cinematográfico, bastante más próximo a los de Stanley Donen y Gene Kelly, a Cabaret, Sweet Charity (basado también en un filme de Fellini) Pennies from Heaven o la primera Fama, por nombrar sólo algunos de los que ahora mismo recuerdo. Entonces, se preguntarán muchos de ustedes, si no es importante, genial ni recordable como estas otras películas, ¿vale la pena verla?
Soy un amante de los, las musicales, y todos sabemos que en eso del amor, la ceguera prima. Lo pasé muy bien en mi butaca durante casi todo el metraje (quizás le sobren unos quince o veinte minutos) y estoy convencido que volveré a ver algunas escenas de este filme otras muchas veces. Chicago, también dirigida por Marshall -con unos de los repartos más abominables posibles, en el que quizás sólo brillen Christine (Ally McBeal) Baranski y Queen Latifa-, figura entre las películas de mi no demasiado nutrida cedeteca solamente porque sus números musicales recuerdan, por no decir copian, a los del admirable Bob Fosse.
Ahora, gracias a Nine, recuperé mi antigua estima por el siempre erizado Daniel Day-Lewis -cómodo y creíble en su difícil personificación de Guido-Marcello-Federico- y pude aceptar la profesionalidad de una por lo general sobrevalorada Penélope Cruz, inobjetable aquí en su papel de amante vulgar, menos calculadora y arribista, más inestable y apasionada que en el original de la perversa Sandra Milo.
Memorioso de imágenes, soy consciente de la cotidianeidad doméstica, de la cercanía televisiva de todas estas actrices actuales. Marion Cotillard es preciosa sin rozar siquiera la turbia, enigmática belleza de Anouk Aimée (una sofisticada, grave, nada naive versión de Giullieta Massina en el Otto e mezzo felliniano), y Nicole Kidman, aunque hieratizada por el botox y las cirugías, nunca logrará ser tan helada como la escultórica Anita Eckberg. ¿Por qué no se le habrá regalado este papel a alguna de esas diosas redondeadas de las actuales pasarelas de Victoria's Secret? También allí las hay australianas, por si esta producción exigía un reparto tan cosmopolita, o globalizado, como los habituales de Fellini, donde solían mezclarse actores, y sobre todo actrices, provenientes de distintos lugares del planeta.
Memorioso de imágenes, soy consciente de la cotidianeidad doméstica, de la cercanía televisiva de todas estas actrices actuales. Marion Cotillard es preciosa sin rozar siquiera la turbia, enigmática belleza de Anouk Aimée (una sofisticada, grave, nada naive versión de Giullieta Massina en el Otto e mezzo felliniano), y Nicole Kidman, aunque hieratizada por el botox y las cirugías, nunca logrará ser tan helada como la escultórica Anita Eckberg. ¿Por qué no se le habrá regalado este papel a alguna de esas diosas redondeadas de las actuales pasarelas de Victoria's Secret? También allí las hay australianas, por si esta producción exigía un reparto tan cosmopolita, o globalizado, como los habituales de Fellini, donde solían mezclarse actores, y sobre todo actrices, provenientes de distintos lugares del planeta.
Película con abundantes estrellas femeninas, Kate Hudson -casi un clon modelo 2000 de su mamá, Goldie Hawn- aprovecha esta ocasión al límite, mientras la para mí desconocida Fergie recrea una Sarracena sin obesidades ni extravíos, más acorde con la era del gym, las dietas y el consumo habitual de píldoras psicoestabilizadoras. Entre las más veteranas, Sofía Loren luce su fama de mito inalcanzable, de esfinge imponente algo demolida por las arenas del tiempo, mientras la inglesa Judi Dench pasea con altiva gallardía una peluca infame que la acerca peligrosamente a otra diseñadora de cine: Edna Mode, de Los increíbles.
Si todo esto les parece poco, es mejor que gasten su dinero con La cinta blanca o Up in the Air, dos películas serias, sin bailes ni canciones, o se pongan gafas de la tercera dimensión y vayan a ver el Avatar de James Cameron, con su abuso de elfos verdes y efectos espAciales.
Es que estoy pasando un momento de agudizada sensibilidad y prefiero no hacerme responsable de quejas ni reclamaciones.
Un detalle al margen, de puro egotismo. Cada vez que en la pantalla nombraban al productor de Guido Contini, un tal Dante (Ricky Tognazzi, hijo del inolvidable Ugo), me daban ganas de levantar la mano.
Igual que en el colegio, vamos.
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sábado, enero 23, 2010
La Chica Muerta
Brittany Murphy nació el 10 de noviembre de 1977 en Atlanta (Georgia), aunque poco después su madre, una tal Sharon sin más, se trasladó con ella al próspero y liberal estado de New Jersey. ¿Les dice algo todo esto? ¿Y si agrego que la tal Brittany murió a fines del último diciembre en circunstancias poco claras? Casi podría asegurar que Alfredo y Liliana están moviendo la cabeza afirmativamente, pero ¿y todos los demás?
En su momento me impresionó encontrar el anuncio con su foto en los periódicos, sin embargo se me hacía difícil decir dónde había visto antes esa cara de bebota sexi con ojos expresivos y ojeras pronunciadas. Por esos días, además, este blog estaba tan rebosante de necrológicas que agregar otra hubiera sido demasiado morboso.
Una famosa que no pudo ser realmente célebre, me dije, y pasé página sin ahondar en mis pesquisas.
Ayer por la noche, mientras esperaba a un amigo de Inglaterra que nunca llegó -¡No olvidéis que viajo el viernes!, nos dijo por teléfono este lunes, sin aclarar que se trataba del viernes de la próxima semana-, me puse a ver por Imagenio una película del 2006 de la que no tenía siquiera noticia. La anunciaban como un thriller y a mí "las policiales" me entretienen casi tanto como los musicales de Hollywood o las irónicas, amargas comedias de Woody Allen.
The Dead Girl resultó una auténtica sorpresa, provocada en cierta medida por la ligereza conque suelen distribuir los géneros los encargados de hacerlo. Catalogar a este filme de thriller es como decir que Hamlet es una historia "de capa y espada".
Hay una muerte violenta, sí, sin duda, hay un asesino en serie, también, pero sobre todo hay un guión inteligente, una dirección con estilo -ambos de Karen Moncrieff-, excelente fotografía y un trabajo de cásting perfecto, sin fisuras. Pónganse el cinturón de seguridad y lean el reparto: Toni Collette, Marcia Gay Harden, Rose Byrne, James Franco, Josh Brolin, Giovanni Ribisi, Kerry Washington, Mary Steenburgen, Mary Beth Hurt, Piper (ay! Laurie y -la vida y el cine suelen coincidir en estas cosas- Brittany Murphy como la muchacha muerta del título.
No voy a decirles demasiado porque todo lo que diga puede ser utilizado en contra de vosotros mismos. Obra pequeña, de bajo presupuesto, sin otras pretensiones que las exclusivamente artísticas, The Dead Girl sorprende y emociona. ¿Tienen algo mejor para una noche de sábado con ausencia de programas especiales?
Yo me voy a ver Nine en compañía de algunos amigos, un buen trozo de ilusión y mi habitual desconfianza. Un día de estos les cuento cómo fue la noche.
En su momento me impresionó encontrar el anuncio con su foto en los periódicos, sin embargo se me hacía difícil decir dónde había visto antes esa cara de bebota sexi con ojos expresivos y ojeras pronunciadas. Por esos días, además, este blog estaba tan rebosante de necrológicas que agregar otra hubiera sido demasiado morboso.
Una famosa que no pudo ser realmente célebre, me dije, y pasé página sin ahondar en mis pesquisas.
Ayer por la noche, mientras esperaba a un amigo de Inglaterra que nunca llegó -¡No olvidéis que viajo el viernes!, nos dijo por teléfono este lunes, sin aclarar que se trataba del viernes de la próxima semana-, me puse a ver por Imagenio una película del 2006 de la que no tenía siquiera noticia. La anunciaban como un thriller y a mí "las policiales" me entretienen casi tanto como los musicales de Hollywood o las irónicas, amargas comedias de Woody Allen.
The Dead Girl resultó una auténtica sorpresa, provocada en cierta medida por la ligereza conque suelen distribuir los géneros los encargados de hacerlo. Catalogar a este filme de thriller es como decir que Hamlet es una historia "de capa y espada".
Hay una muerte violenta, sí, sin duda, hay un asesino en serie, también, pero sobre todo hay un guión inteligente, una dirección con estilo -ambos de Karen Moncrieff-, excelente fotografía y un trabajo de cásting perfecto, sin fisuras. Pónganse el cinturón de seguridad y lean el reparto: Toni Collette, Marcia Gay Harden, Rose Byrne, James Franco, Josh Brolin, Giovanni Ribisi, Kerry Washington, Mary Steenburgen, Mary Beth Hurt, Piper (ay! Laurie y -la vida y el cine suelen coincidir en estas cosas- Brittany Murphy como la muchacha muerta del título.
No voy a decirles demasiado porque todo lo que diga puede ser utilizado en contra de vosotros mismos. Obra pequeña, de bajo presupuesto, sin otras pretensiones que las exclusivamente artísticas, The Dead Girl sorprende y emociona. ¿Tienen algo mejor para una noche de sábado con ausencia de programas especiales?
Yo me voy a ver Nine en compañía de algunos amigos, un buen trozo de ilusión y mi habitual desconfianza. Un día de estos les cuento cómo fue la noche.
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jueves, enero 21, 2010
...8 y medio...Nueve...¿bailamos?
Federico Fellini baila, látigo en mano,
durante el rodaje de 8 y medio (1963)
Fotografía de Tazio Secchiaroli
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