
Altafulla Playa. Una mujer de unos cincuenta años da de comer a los gatos callejeros mientras sus dos pequeños perros observan la escena sin inmutarse. Yo suelo hacer lo mismo que ella siempre que puedo, así que me cuesta muy poco solidarizarme y casi nada entablar una larga charla sobre el tema.
"Lo hago a escondidas", me dice mientras vacía una lata de comida con olor a pescado sobre unas piedras planas. "El alcalde ha pasado circulares en las que prohíbe, bajo amenaza de multa, alimentar a los gatos de las calle. A la gente que vive aquí les molestan estos animales... Como casi todo en realidad: los árboles porque ensucian con sus hojas, las plantas porque necesitan riego y los pájaros porque, según dicen, cantan a deshoras."
Sin embargo no son gatos los que abandonan todo tipo de deshecho sobre las playas cercanas ni aves las que descargan escombros y
objetos duchampianos en medio de los pocos espacios verdes que no han sucumbido todavía a ese ansioso afán constructor que sólo una crisis generalizada, global, parece haber calmado.
"Lujo Total, Alto Standing, Paradisíaca Ubicación, Impecables Acabados..." Se vende, se vende, ¿se vende?
Donde hubo pinos, genistas, ágaves y olivos, hoy podemos encontrar plazas duras y edificios horrendos. Por todos lados impera el novísimo estilo carcelario. Pisos inspirados en
la Modelo barcelonesa: barrotes y puertas de seguridad, vallas y muros de cemento color gris cemento.
Sing-Sing Homes, Alcatraz Apartments, Prison Brick Houses. 
¿Para qué diseñar espacios verdes si la baldosa se puede limpiar con un lampazo y el brillo posterior siempre resulta higiénico? Y si esta razón no fuera suficiente, donde no hay árboles tampoco hay hojas sobre el suelo ni pájaros en las ramas. Con un solo gesto constructor se solucionan dos molestias habitualmente presentes en la desordenada, caótica, poco domesticada naturaleza.
Estúpidos, ciegos, depredadores, bárbaros, los humanos descubren un lugar de ensueño y poco después ¿deciden? transformarlo en el sórdido decorado de sus habituales pesadillas nocturnas.
Angurrientos Adanes atontados, desorientadas y ambiciosas Evas, seguimos devorando sin descanso la tan tentadora como insustancial manzana de oro que nos hace perder una y otra vez el terrenal Paraíso que heredamos.

¿Demasiada acidez? ¿Un exceso de mala leche? Pensarán que me lo he pasado mal durante mis cortas vacaciones prepascuales. No ha sido así en absoluto. Puedo asegurarlo. Además de una mirada atenta para todo aquello que no me gusta, tengo también buenos y divertidos amigos y algo de ese
mundo interior que aconsejaban no perder nunca de vista mis maestros y profesores. Y cuando la decepción es mucha y el horror se hace insostenible, procuro dirigir la atención hacia los maravillosos restos, agónicos aunque todavía existentes, de esa cercana, variopinta, sorprendente naturaleza a punto de extinguirse.