El hombre construye las ciudades, las ciudades forman al hombre.Lo dijo el arquitecto británico Richard Rogers en una entrevista para el diario La Vanguardia y yo lo leí hoy a la mañana, mientras desayunaba en la Crustó de Valencia y Balmes, una panadería-cafetería de look cosmopolita siempre atiborrada de productos exquisitos y que queda enfrente mismo a otra de mis islas de placer: La Compañía Francesa del Oriente y de la China, desafortunadamente, con fecha de cierre definitivo asegurada. Tengo que hacerme a la idea: dentro de poco tiempo ya no podré entrar a esa preciosa tienda con orgulloso aire de museo que durante años fue un lugar de visita casi cotidiana para mí. Ya no podré detenerme a admirar algún cuenco artesanal amorosamente moldeado o una tetera blanca de loza con peces azules pintados a mano; siempre parecidos, siempre diferentes. Tampoco podré llevarme a casa por muy poco dinero algún pequeño rallador de gengibre fabricado con cañas de bambú, una alcancía de cerámica con forma de gallo, de rana o de cerdo o una pequeña jaula para grillos cantantes, tan delicada como enternecedora. Conocí esta tienda en París a finales de los setenta y casi no pude creerla: en ella tenían todo aquello que podía gustarme, desde cuadernos con tapa dura en negro y rojo, hasta pinceles de todos los tamaños o plaquetas sólidas de tinta para caligrafía, desde chaquetas en lana de estricto corte oriental y cuidada elaboración francesa, hasta relojes de pulsera con La internacional como fondo sonoro y la efigie imponente de Mao en vibrantes colores de cómic. Tuve suerte: a poco de mudarme a Barcelona abrieron una sucursal a cien metros de mi nueva casa, y con el correr de los años, muchos, logré inclusive una rebaja especial de cliente sobre los precios marcados.
-No puedes quejarte -me dice alguno cuando escucha que lo hago- Se cierra esa pequeña tienda, pero al mismo tiempo se abren modernas sucursales de Ives Saint Laurent, Valentino, Hermés, Gucci y Carolina Herrera.
¡Qué estupidez! Podría asegurar que no iré cada día a pasearme por ellas. Para mí son poco más que escaparates del lujo inaccesible; prisiones diurnas para los esclavos de la moda que se ven condenadas a albergar por la noche a un oscuro, desmembrado y creciente ejército de homeless que ya ni perros tienen. Tal vez debería ser más integrado y consolarme con la nueva y serpenteante montaña rusa que han edificado sobre las castigadas, cada día más deforestadas, laderas del Tibidabo. Según pude saber hoy mismo, también por intermedio del mismo diario dominical, esta feria es "el lugar de diversión por excelencia de los habitantes de Barcelona". ¡La alegría desenfrenada estaba ahí nomás, a tres estaciones de metro, y yo sin enterarme! Acompañado de algunos amigos, muy despistados todos ellos, en vez de distraerme con el vértigo, esta semana he perdido el tiempo escuchando durante hora y media a Román Gubern y Elisabeth Roudinesco, que, lejos de divertirnos con espejos deformantes y caídas bruscas, se entusiasmaron explicando a unas pocas decenas de personas quietas, silenciosas y atentas, los rebuscados mecanismos de la perversión. Dos días antes había colgado mis dibujos-objeto en el Auditorium municipal de una ciudad cercana y dos días después me uní a un grupo de gente que pretende saber algo más sobre la inmigración, sus motivos y consecuencias. Anoche mismo, rodeado de buena comida y algunos amigos extranjeros, leí en voz alta poemas de Lorca y Neruda traducidos al italiano. Una experiencia fascinante, aunque en ningún momento nos hizo revolvernos, gritar ni lanzar carcajadas. ¿Seremos, acaso, sapos de otro pozo? ¿O será, simplemente, que hasta el concepto de diversión es relativo? Y para terminar, una última pregunta:Si el hombre destruye las ciudades, ¿esas ciudades destruídas deformarán al hombre?
photo DBertini: escaparate de Diesel; Madame Roudinesco entre nous.

te invitan a hablar de un libro que ya creías muerto (con catorce años de nada: un adolescente apenas)...


soy cómodo, me cuesta moverme de casa, no sé conducir... tres confesiones que no son tales para los que me conocen al menos un poquito. Sin embargo voy a casi todos los lugares donde haya fiesta, amigos, cariño, música, 


Para clausurar el Año Freud, la librería Xoroi convocó a veinte -sí, 20- arriesgados "personajes" de edades, sexos, profesiones e ideologías variadas, para un homenaje sabatino en el auditorio de la Caixa Fórum. Alumno aplicado, escribí este texto que no sobrepasaba los seis minutos previamente concedidos a cada uno de los convocados. No todos respetaron ese límite, pero a juzgar por la recepción y los aplausos, el público que llenaba la sala estaba de lo más satisfecho con el acto. 

