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miércoles, agosto 11, 2010

Tatuajes, palabras, cicatrices



Vamos a comer con Marcial Souto y Elvio Gandolfo al restaurante del Club Eros. Una asociación barrial, sin duda, aunque resulta que al barrio donde está ubicado, Palermo, le han crecido glamures y sofisticaciones varias, convirtiendo al Eros en un exotismo de otra época, atracción de turistas ansiosos e intelectuales melancólicos con deseos de experimentar nuevas, viejas, inclasificables sensaciones.
"Automático", dice el camarero -eficiente, alto, moreno, irónico- cuando le pedimos la cuenta. Un momento antes Elvio había anunciado su retirada del lugar y el mismo mozo, al oírlo, había dicho: "Haga nomás".
De la misma manera que los boys scouts aseguran permanecer "siempre listos", los porteños parecen estar siempre atentos a la palabra ajena.



La aprobación de la Ley de Igualdad para matrimonios gays, envuelve a Buenos Aires en un clima de discusión constante, aunque sin demasiada acritud manifiesta. Homófobos y gay-friendly people sacan a relucir sus argumentos en pro y contra de las supuestas minorías sexuales y estas se manifiestan saliendo del armario para subir a los escenarios. Una ciudad tan teatral como Buenos Aires no podía pasar por alto la dramatización de un tema que seguramente cambiará la forma de ser y sentir de toda la población. Auténtico, en el Teatro La comedia, cinco personajes en busca de su propia identidad sexual, es buena prueba de ello.




"Te llevo bajo mi piel", confiesa sin ningún pudor una canción del inconmensurable Cole Porter. Irónio, snob, amigo de todo tipo de equívocos divertidos y, en primer lugar y sobre todo, de las sugerencias eróticas y los brillantes juegos de palabras, no se puede saber con certeza si el autor de gran parte de los standars clásicos de muchos jazz singers del siglo pasado, estaba hablando de su propia piel o de alguno de sus espléndidos abrigos de marta cibellina, zorro o visón.
Más allá de esta poco descifrable incertidumbre, podría asegurar sin temor a equivocarme que el autor de Kiss me Kate no estaba refiriéndose a ningún tatuaje superficial, epidérmico. Por aquellos años estos eran una señal inequívoca de la pertenencia a estratos sociales de poca enjundia; el adorno-estandarte de marineros, legionarios o hampones, todos ellos considerados personajes de baja estofa por los allegados al elitista Cole Porter.
El viernes pasado, otro Tatuaje muy distinto reunió en el Teatro Presidente Alvear de la calle Corrientes a algunas de las flores más representativas de la nutritiva y siempre bien montada nata teatral porteña. Invitado por el autor y crítico teatral Néstor Tirri, asistí ilusionado por el tema de la obra -la relación de Evita Perón con el cantante Miguel de Molina- sin pensar siquiera que además me encontraría a muchos conocidos y amigos de otra época.
El designer Marcial Berro al grito de "¡Dante Bertini! ¡Estás divino!" -y desde ya pido perdón por esta vanidosa oda a mí mismo- abrió el turno de reencuentros. Renata y Jorge Shussheim, Lia Jelin, Marta Minujin, Claudio Segovia y la por siempre inalterable Felisa Pinto, intentaron confundirse conmigo -¿es que algo así sería posible?- en cariñosos abrazos de bienvenida. Muchas otras caras parcialmente reconocibles, escondidas detrás de cirugías e implantes varios, se paseaban por el hall de entrada y una gloria del radioteatro, Hilda Bernard, pasó poco después cerca de mi butaca. Se mostraba tan alta y distante como siempre, protegiendo con una gruesa bufanda de color rojo la portentosa expresividad de su voz.
Se apagaron las luces y sobre el escenario apareció una luminosa, majestuosa, irrepetible Eva Perón y un triplicado Miguel de Molina, que, apenas ocultos por los seudónimos de Miguelito Maravillas y Eva del Sur, nos narraron sus historias íntimas sin desdeñar datos históricos ni detalles escabrosos. Posiblemente sea el mejor texto de Alfredo Rodríguez Arias, también autor de la puesta en escena, quien ha sabido adaptar a su habitual estética hierático-glamourosa, todos los quiebres, entre pícaros y chabacanos de la revista porteña tradicional. Voces portentosas las de los nuevos actores argentinos, capaces de afrontar con talentosa personalidad géneros tan distintos como la copla, el bolero, el jazz o el tango. Me atrevo a generalizar porque tres días después, la noche del lunes en la librería-concert Clásica y Moderna de Natu Poblet, pude ver Karrousel, un recital de Alejandra Perlusky con canciones alemanes de entre guerras en versión bilingüe y la sorprendente y sorpresiva colaboración de un simio de gloriosos antecedentes(King-Kong, Cabaret, von Sternberg-Dietrich): el no menos espléndido Diego Bros.
A pesar del día y la crisis, las mesas estaban llenas de un público respetuoso que en ningún momento hizo sonar los cubiertos de su cena, supo escuchar siempre con mucha atención y finalmente aplaudió con auténticas ganas.



A pesar de los consejos de algunos amigos bienintencionados, decido trasladarme por la ciudad y sus alrededores en transporte público. Veo rostros fatigados, gente que aprovecha los minutos de viaje para echar una siesta, mucha ropa deportiva, casi ninguna joya. La gente va en lo suyo, ensimismada y seria.
No se debería confundir la pobreza con la delincuencia, aunque ambas abunden.




Vemos Origen (Inception), de Christopher Nolan, con Leonardo DiCaprio y una deslucida, desnortada, desaprovechada Marion Cotillard. Quisiera ser suficientemente expresivo al calificar esta insoportable tortura de casi tres horas de duración.
¿Les resultaría muy duro si escribo ¡vaya mierda! ?
Nunca antes, ni en un congreso de psicólogos acelerados, había escuchado tantas veces la palabra subconsciente. Si esto existiera realmente, el mío hubiera quedado bastante maltrecho después de semejante ataque de estupidez seudo psicológica envuelta en efectos especiales, persecuciones al estilo Bond y homenajes a El mito de Bourne y Matrix.


Cumpleaños de cuarenta en casa de Fabián G. Más de cien personas festejan sin gritos ni desórdenes entre bocaditos caseros y cócteles exóticos. Sucedió en el barrio de San Telmo, cerca de donde estaba la casa que abandoné para irme a Europa. Enfrente del lugar donde nos reunimos hay un bar que se llama La Poesía. Así, con mayúsculas.
Una ciudad literaria y surreal, Buenos Aires. Aquí una farmacia puede anunciar ABIERTO, aclarando debajo: Toque el timbre, y un importante Restaurante Mexicano proclamar con grandes letras que su entrada principal está en Guatemala.

Iustran fotos de Dante Bertini (carteles, grafitis, imagen de Tatuaje y otra de Auténtico, placa de Eros, tiendas y escaparates)

viernes, julio 09, 2010

para verte mejor


No se acercan las fiestas de fin de año, lo se, pero arrastrado por un viento sureño de imprevisibles consecuencias e impreciso destino, vuelvo a la que fuera mi casa natal, mi primera ciudad, mi cuna y mi nido, después de diecisiete años de no estar en ella.
No quiero gritar que estoy contento, no me atrevo a tanto, aunque sí puedo confesar algunos temores, decir que me deseo suerte, convencerme de que en realidad me la merezco y susurrar, para que sólo me oigan los que están más cerca, mis muy queridos íntimos, que estoy -de manera visible, física y espiritualmente- emocionado.

Los mantendré informados. Mientras tanto, por si el fárrago de los próximos días no me permite colgar más nada, los dejo en compañía de esta pareja de grato recuerdo con la voz de Cat Stevens cantando el tema central de la película. Por razones personales difíciles de explicar, unos y otra me recuerdan a Buenos Aires tanto como su obelisco.


viernes, mayo 14, 2010

Respuesta a una carta (en La Nit dels Museus)


(el sábado por la tarde, comenzando La Nit dels Museus, leeré este texto en el Museo de Historia de Barcelona. Es una revisión de otro que colgué en su momento en mi blog de poesía, amorimás. Los que lo sigan lo reconocerán; para los demás, una gran mayoría, resultará, espero, novedoso)

Recibo tu carta en Barcelona cuando llego a casa cargado de verduras:
compras de sábado después del desayuno,
todo un ritual sabático en un café cercano con
susurrante nombre de moneda

Desde las Ramblas despejadas por los últimos fríos de un invierno
que no deja florecer la primavera,
recuerdo, por supuesto, la casa con perros
y un muchacho con rulos,
rizos decimos por aquí,
que alguna vez me visitó a destiempo

No puedo asegurar que seas exactamente vos, el mismo,
(por entonces un albertito blanco, etéreo)
este Alberto Blanco que me escribe ahora
pero si lo sos, y espero que no te ofendas por otra confusión
añadida a aquella época de confusiones varias,
de ensordecedor redoble de plumas no siempre angelicales;
si fueras vos, repito,
llevabas una marca en el cuerpo
que parecía el azote de un demonio ajeno a tu presencia,
despistado guardián de las llaves edénicas

No hay nada que deba preocuparte.

Seas o no seas vos el que recuerdo en este instante
me alejo de mi casa hacia la mar cercana:
cargados los bolsillos de naranjas amargas,
midiéndome los pies a cada paso
para no tropezar
triste y torpemente
con cada uno de todos mis fantasmas

Náufrago barcelonés de un barco sin bandera
que nunca me condujo a nada,
demorado viandante de una accidentada Via Layetana,
tardío Morador, o sólo residente, de un presente gótico
densamente poblado por chinos, sudacas y pakistaníes,
me alegra este reencuentro con un pasado
que todavía no añoré lo bastante
como para sentir la más que necia necesidad de olvidarlo.

Barcelona, mayo de 2010

retrato de Robbie Williams por Michel Comte

POSTFOTOS: algunas, pocas, imágenes del acto de ayer -La Ciutat Llegida/La Ciudad Leída- en la Plaza del Rey, organizado por el Museo de Historia de la Ciudad bajo la coordinación de Isabel Núñez. Entre el público se puede descubrir a varios brillantes poetas de España y Argentina.



sábado, marzo 20, 2010

Pola mola porque es pop



Un estúpido y desagradable cura cincuentón, profesor de Historia Universal en el colegio salesiano donde pasé gran parte de mis primeros años de estudiante, solía repetir clase tras clase la misma frase, sintiéndose cada vez más orgulloso de la brillantez y originalidad de su inteligencia:
"La historia es una sucesión de sucesos que se suceden sucesivamente".
Más allá de la memoriosa repetición de aquel sonsonete en este blog, poca cosa debe quedar de aquel tipo grandote y avasallador, un fascista confeso con pronunciado acento del norte de España.
Esta semana, por ese devenir imparable de sucesos que van (con)formando nuestra vida, y a pesar de la anónima gripe blanca que casi logra que expulse los pulmones por la boca, pude acercarme a dos eventos literario-mundanos con tonalidades argentinas.
Del primero dije alguna cosa que otra en el post anterior; el segundo fue ayer por la tarde y quisiera ocuparme de él antes que los sucesivos sucesos futuros lo traspapelen para siempre en algún oscuro lugar de mi memoria.
Pola Oloixarac (¿un anagrama de Lapo Caracciolo?) presentaba la edición española de su primera y hasta hoy mismo única novela: Las teorías salvajes.
Buen título, sin duda. Podría habérsele ocurrido al cada día más mediatizado Zizek (el diario Público regala un libro suyo junto a la edición de hoy, sábado 20), también a alguno de esos modernos escritores franceses con apellidos en otro idioma. Hasta tipos como Faulkner o Nabokov no lo hubieran despreciado sin pensárselo primero.
Salvajes es una palabra atractiva que acompaña muy bien, con rítmica elegancia, tanto a las palmeras como a las teorías, otorgando un matiz ambiguo y feroz a las mismísimas, y por lo general domesticadas, mimosas.
Si el alargado espacio underground -vulgarmente llamado sótano- de la librería Central del barrio del Rabal, estaba a tope de gente, también la calefacción parecía haber sido elevada al tope mismo de sus posibilidades. A posteriori, y viendo cómo se desarrolló el acto, podría pensar que era parte de una cuidada puesta en escena que preveía el despojamiento por parte de la joven autora de su abrigo negro de lana, recatado escudo de posteriores y turgentes descubrimientos.
El día anterior, preguntado el escritor Fogwill por esta señorita hasta ahora desconocida en España, había elogiado, y en este orden, sus dotes canoras -Lady Kavendish es su otro seudónimo artístico-, el indudable interés del libro que había escrito, su perfil multimedia y, con un ligero cambio en el tono profesoral del discurso, otros perfiles tanto o más desarrollados, según él muy notables, en el físico de la compatriota.
Ayer, mientras el joven autor español Javier Calvo abusaba de los "digamos" casi tanto como de la extensión de su panegírico -entre otros elogios igual de contundentes comparó la Poloprosa con la siempre certera escritura de papaíto Nabokov-, la autora, ubicada con su silla dos pasos más atrás que el resto de los contertulios -cuatro en total, incluyendo a los dos editores- se mostraba tímida, indecisa, ausente, dulce, esquiva, sonriente, sensual, caprichosa, aniñada y un poquitito sexy, no necesariamente en este orden. Todo muy Lolita Nabokov, sin duda. En algún momento, aún convaleciente de mi gripe blanca, pensé si la cabeza no se me estaría yendo definitivamente a los cerros de Úbeda, ya que se me mixturaba la presentación del Pololibro con las que solían ofrecer algunas estrellas del Festival de Cine Erótico de Barcelona del cual fui jurado durante tres ediciones.
Finalmente llegó el turno de la autora. Después de desprenderse del abrigo dejando en evidencia la vertiginosa hondonada que separaba sus prominentes senos, Pola O' intentó devolver el micrófono a su presentador para que continuara discurseando él:
-Sí, por favor, prefiero que hables tú...me encanta quedarme como estuve hasta ahora, escuchando las cosas que dices de mí...Yo ya escribi el libro, así que no tengo nada que decirles.
Esperé unos segundos y cuando se hizo evidente que frente a una declaración de tal contundencia por parte de la autora nadie se atrevería a agregar absolutamente nada más, lancé mi primera pregunta:
-Me gustaría saber si la Argentina, o la Buenos Aires que tú vives, se parece a esa tan mítica, tan culta, tan misteriosa y elogiable, de la que nos habló el presentador de tu obra.
Éste, que confesó no haber estado nunca ni siquiera cerca del Río de la Plata, se había deshecho en elogios sobre el país y su gente, retratando una Argentina donde todos parecían egresados de una licenciatura superior de filosofías y letras. Un país mítico que aparentemente prestaba más atención a un match verbal entre Sábato y Borges que a un enfrentamiento deportivo entre Boca y River.
Tuve que matizar la pregunta varias veces. Era evidente que la señorita Pola no entendía lo que le estaba diciendo y su incomprensible incomprensión se traducía en quejiditos, movimientos de manos y cabeza y la repetición letánica de algunas frases entrecortadas del tipo: "no entiendo, no sé de qué me está hablando, qué tendrá que ver esto conmigo".
Cuando me di por vencido, cambié la pregunta por una confidencia:
-Ayer Fogwill habló muy bien de ti. Dice que tu libro le resultó interesante, que cantas bien y que además estás muy buena...
-¿Fogwill dijo eso? Lo de cantar fue en un momento, no tiene importancia...Soy soprano y canto Mozart en mi casa, pero ese video de YouTube...¡Qué gracioso! Él es muy viejo... podría morirse en cualquier momento.
-También nos confesó que había escrito Los pichiciegos en tres o cuatro días. ¿Cuánto tardaste vos en escribir tu novela?
-¿Yo?...Tres años...
-Se dijo que sóis una generación de parricidas, que estáis decididos a acabar con los escritores argentinos clásicos, los más reconocidos fuera del país. ¿Es eso así?
-¿Los anteriores...? ¿Quiénes, Borges?
Asiento con la cabeza mientras digo:
-Por ejemplo...
-Para mí Borges es como una abuelita, no me molesta...
Poco después mira a su editora y, volviendo nuevamente la vista hacia el público, nos suelta:
-¡Cómo preguntan aquí! En Argentina nadie pregunta nada.
¿Tanto ha cambiado mi país de origen? ¿Ustedes se lo creen? Yo no, en absoluto.
De cualquier forma se da por terminada la conferencia de prensa y los que han comprado el libro se acercan a la mesa para que la señorita Pola se los autografíe.
Ella saca del bolso un lápiz de labios color rojo oscuro y, antes de estampar su firma, deja la marca de un beso sobre la primera página.
Me dirijo hacia la puerta esperando poder salir de allí cuanto antes, sin atascos ni complicaciones. Temo un efecto Angel Exterminador y además mi cabeza es un hervidero de preguntas sin respuesta.
¿Habré sido abducido por las fuerzas demoníacas del ya desaparecido Festival de Cine Erótico de Barcelona o todo esto es un capítulo especial de Gran Hermano XX y de un momento a otro aparecerá Mercedes Milá anunciando que tuvimos la suerte de presenciar un experimento sociológico de alcance planetario?

Las teorías salvajes descansan al lado de mi cama. He leído solamente un capítulo. Todavía no entendí de qué va, pero parece estar muy bien escrito.

Esto es una recreación -no demasiado libre aunque tampoco demasiado exhaustiva- de lo que me cuenta la memoria. Como ella acostumbra ser artera y discriminatoria y yo no acostumbro tomar notas ni hago grabaciones de ningún tipo, que nadie me acuse de no ser imparcial. Ni siquiera he pretendido serlo. No olviden que otra de mis ocupaciones ha sido durante años la caricatura.

En las imágenes: la autora, el presentador, el editor.
En la última foto (para los descreídos) Pola firma un libro en el que un momento antes ha estampado su huella labial. Muy cerca, envuelto en su caparazón negra, el lápiz de labios rojo pasión.

Posdata: Marina, mamá Chinchilla, Reina de las Aguas, me ofrece un premio junto a otros seis bloggers amigos. Pide a cambio siete secretos confesables y de esos ya no me queda ninguno. Un beso y muchas gracias, cariño.

viernes, marzo 12, 2010

¿orgulloso de mí?

A veces, cuando ves crecer los comentarios o el número de entradas a tus blogs se acrecienta más de lo habitual, te invade un sentimiento de autocomplacencia tan fugaz como el tiempo que tardas en enterarte que el choripán de facebook recibe 348 opiniones en apenas una hora.
Para los visitantes argentinos, este personaje de piel brillante, algo grasosa y muy caliente, acorazado tras dos cachos de pan sin vínculo conocido con mi familia, no tiene secretos. Suelen comérselo en cuanta reunión que se precie, habitualmente acompañado de otras achuras, unos buenos trozos de carne y algunos cuantos bocados, nunca demasiados, de ensalada mixta: tomate, lechuga, cebolla y, con suerte, algún trozo de huevo duro.
El choripán se deja hacer, sumido en ese sabio silencio que le otorga saberse soberano de un reino sin objeciones ni objetores, donde nadie duda de sus bondades y todos quieren aprovecharse de sus virtudes.
Me pregunto si ese mismo sentimiento de autocomplacencia lo experimentarán otros seres aparentemente más animados, que, como el sabroso choripán, están estos días en la boca de todos. Y pienso en los responsables de no encontrar solución alguna para los cortes de luz en varios pueblos de Cataluña, una semana ya a oscuras y tiritando, los pobrecitos; o en Miguel Delibes, fatalmente muerto y finalmente ensalzado popularmente, como si de una folklórica se tratara; o en Claudia Bruni, la presidenta no cantante que se arrima a un músico premiado para ver si se le contagia el doremí; o en todos esos políticos defensores de ellos mismos, que, con muchísima caradurez, viven de decir chorradas huecas, llenas de palabrerío sin contenido.
Últimamente escapo de las malas noticias. Son tantas, que en plan de oscurecerme y temblar como los habitantes de Lloret de Mar, prefiero leer necrológicas, aprendiendo de ellas las diferentes formas post-mortem del reconocimiento humano.
Siempre suelo quedarme con ganas de preguntar: ¿Y esto es todo, señores?
Si uno no gozara harto (vaya la expresión como recuerdo cariñoso a los golpeados amigos de Chile, que ya no son primera plana de los periódicos), si uno no gozara, repito, con aquello que se inventa cada día, habría que decir "preferiría no hacerlo", imitando al Bartleby de de Vila Matas que inspiro tantísimo a un tal Herman Melville...¿O era exactamente al revés?

¡Ah!, casi se me olvida. El choripan es un sandwich de chorizo criollo cocinado a la brasa. Que les aproveche.

Posdata: estoy afiebrado y griposo, o sea que mi humor de estos días no es de los mejores posibles. Me gustaría tener en casa el Moonfire de Norman Mailer que editó Taschen (con varios de sus títulos más, por supuesto), pero como a nadie se le ocurrió regalármelo(s), me conformo con la fantástica colección Hitchcock que edita el diario ABC: dos películas juntas en magníficas copias subtituladas al precio regalo de un euro. Son las de siempre, sin embargo tenerlas en casa en nuevo soporte tranquiliza más que un té de tila.

En la foto, mamá Bertini cuida a su bebito. Foto Van Dick, Rivadavia 3958, Buenos Aires.

martes, noviembre 10, 2009

Soy el año que pasó, ¿acaso molesto?


Todo hace pensar que sí, que a todo el mundo le parezco un sujeto impresentable, que todos quieren olvidarse para siempre de mí como si fuera el escurridizo virus asesino de la gripe aviar.
Tanto mal hice? Tantos errores cometí? Tanto castigo merezco?
Lo digo porque el último de mis días, en lugar de hacerme un homenaje y entregarme una placa conmemorativa, me llevaron a ver una ópera polaca de Karol Szymanowsky: Rey Roger(1926), inspirada, según me dijeron, en el pensamiento de Friedrich Nietzsche. La música sonaba a gloria, el coro, como siempre en el Liceo, resultaba insuperable, y casi todas las primeras figuras tuvieron momentos de exquisita brillantez a pesar de verse obligadas a trotar por el escenario vestidas como drag queens barriobajeras, alguno con el cuerpo embadurnado de pintura plateada en la mejor tradición "disco gay ibicenca de los años ochenta", otros chorreando sangre acrílica sobre el impecable escenario blanco.
Durante todo el tercer acto yo no podía dejar de pensar en el personal de limpieza, encargado de poner la escenografía nuevamente en condiciones para la función siguiente:
-¿Alguien me puede explicar que han hecho estos pervertidos sobre el escenario? ¡Hace horas que le doy dale que te pego al Tenn con bioalcohol y no hay caso! ¡Sigo encontrando manchas rojas por todas partes!
Según parece, la crisis total, el calentamiento planetario, la extrema superpoblación, la globalización de la miseria y el terror a Bin Laden, dispararon la competencia -realmente feroz a partir del derrumbe del muro de Berlín- y alimentaron la posterior, y pacífica, invasión de artistas del Este.
La llegada de tanta espigada belleza soviética ya no permite que los divos de la ópera sean redondamente hermosos como lo fueron la Caballé o Pavarotti. Si uno de ellos se arrojara sobre las escaleras luminosas como lo hace el gimnástico barítono de este montaje, las astillas de metacrilato lechoso saltarían a la platea, formando gargantillas posmodernas alrededor del cuello de las algo aletargadas señoras de las primeras filas.
La historia, muy sencilla, basada en arquetipos que el director inglés David Pountney viste en el último acto con actitudes y atrezzo al más puro estilo Diágilev-Nijinsky, nos habla del enfrentamiento entre las fuerzas del orden, la religión, la moral, y el espíritu dionisíaco, que a juzgar por esta puesta, acarrea todas las desgracias imaginables, derramamiento de sangre incluído.
A pesar de nuestras diferencias, al final aplaudimos mucho, sobre todo a los atléticos cantantes y a los directores de la orquesta y del coro. Minutos después salíamos muy ufanos y en grupo al frío ventoso que inundaba las Ramblas.
Esperé alguna palabra de aliento frente a mi inminente partida, pero nadie decía nada amable hacia mis últimas horas, nadie se lamentaba de mi distanciamiento definitivo. Ni siquiera tuvieron la delicadeza de ocultarme la alegría que les producía mi partida.
Unos minutos antes de alejarme para nunca más volver, pude observar entristecido cómo preparaban los festejos para agasajar al nuevo tiempo: un ser iluso y anodino, sin siquiera historia ni recuerdos.

Ilustra: foto publicitaria de Rei Roger, Teatro del Liceo.

domingo, octubre 18, 2009

¿Fou qui? ¡Foucault!


Me anuncian que en la librería La Central se hablará de Michel Foucault. No soy muy afecto a charlas y mesas redondas. Me distraigo, nunca oigo bien, termino aburriéndome. En este caso sólo se trataba de imitar al loro verde de un post anterior y cruzar de acera en un corto vuelo. No resultaría demasiado complicado ni me haría perder un tiempo que últimamente se muestra bastante escaso. A pesar de esto dudaba. Casi a la misma hora, en Aribau 34, se inauguraba una exposición de arte gráfico soviético: De Rusia a la URSS. Grafismo y revolución. Finalmente decido pasar primero por Foucault y después llegar hasta la encantadora, polifacética y amistosa galería de Aribau y Consell de Cent.
Aviso para navegantes: Aribau se pronuncia tal cual se escribe, con todas sus letras. Para los nativos de esta tierra (sé muy bien que pasean por este blog aunque últimamente no se manifiesten: he osado criticar algunas notables deficiencias municipales y eso aquí no se puede ni se debe hacer, sobre todo si eres o te consideran extranjero), para los barceloneses, repito, sean o no catalano parlantes, no hay dudas en cuanto a la pronunciación de Aribau, pero me he topado con algún turista latinoamericano que me preguntó por "la calle Aribó", suponiendo que el nombre homenajeaba a algún prócer francés desconocido. Como aquí mismo y ahora, tan cerca de Michel Foucault, la palabra Aribau (a)parece aún más francesa, la aclaración se me antoja necesaria.
El café auditorium de La Central estaba a tope de gente. Monsieur J. y Madame L., menos dubitativos que el que esto escribe, ya estaban bien ubicados cuando me apersoné en el lugar.
Les pregunté si habían visto más conocidos cerca y J. me contestó con un no cabeceado, para precisar que, salvo un (re)conocido poeta y dos o tres maduros señores con un aire insospechablemente heterosexual, el resto de asistentes masculinos pertenecían a la creciente "comunidad" gay de Barcelona. Según mi modesto entender, no se equivocaba. Aunque muchos supongan que los intereses homosexuales se centran exclusivamente en los calzoncillos Calvin Kle-in, los sillones de Pierre Paul-in o el turismo sexual de fin de semana en Berl-ín, todo inobjetable, rematadamente "in", también hay homosexuales preocupados por el pensamiento radical del siglo pasado. Sobre todo si este incluye cuero negro, cabeza rasurada, látigos y cadenas.
Estuve el tiempo necesario para escuchar a Miguel Morey. Claro y conciso, explicó la trayectoria de Foucault, desde sus primeros estudios sobre la locura, hasta su muerte a causa del tan imprevisible como devastador SIDA, esa mortífera enfermedad bautizada con perversa ironía por sus descubridores anglosajones como AIDS (AYUDAS). Para desgracia de los castellano parlantes, el orden de las letras altera ligeramente ese significado, pero no la fuerza letal del producto.

Al principio les contaba de mi poca capacidad para a(en)tender a los conferenciantes.
Por si a alguien le interesa saber cómo funciono frente a estos eventos, les cuento que en el mismo momento en que Morey pronunció locura, en mi cabeza empezó a resonar el "fou" con el obsesivo ritmo de un segundero antiguo.
Fou-quoi?
Fou-qui?
Fou-cult
Fou-cul
Fou-cool
Fou-cold
Fou-coq
Como véis, mis asociaciones suelen ser, más que libres, libertarias. Quizás por eso, un segundo después recordé a Pablo Suárez, el más matero de los artistas pop porteños. Pegada como un sello de postal a su recuerdo, surgió de inmediato una estúpida anécdota, casi a mi pesar inolvidable, sobre una noche de estreno teatral en la setentera Buenos Aires.
Se trataba de una comedia musical dirigida por Eduardo, "el gordo", Bergara Leumann, en su barroca y plumífera Botica del Ángel. Trabajaban en aquel espectáculo varios amigos muy queridos y supongo que esto convenció al siempre reacio Pablo -muy amante de quedarse en casa charlando, pintando, tomando mate amargo y fumando los más baratos e insoportables cigarrillos negros que se pudieran encontrar en el quiosco- para finalmente acompañarnos.
La obra resultó ser un bodrio tan insoportable que al final de la función nadie se atrevía a saludar a los amigos-actores. Pablo, con las cejas mefistofélicamente arqueadas, se ofreció para representar a todo el grupo. Volvió un rato después con un cigarrillo humeando entre sus dedos y una gran sonrisa partiéndole la cara.
-¿Qué les dijiste?, preguntamos ansiosos.
-Les dije que era una locura... Ellos, pobrecitos, se quedaron muy contentos, y yo... yo no tuve ninguna necesidad de mentir.

Alguno se preguntará si después de Foucault fui a la inauguración de la muestra en Aribau 34.
Lo hice, sí. Es deliciosa.

Ilustra: Escultura en resina y pintura acrílica de Pablo Suárez. Foto de autor desconocido.

jueves, septiembre 10, 2009

¡No me saques la lengua! (prima puntata-primera parte)


¡Ay, la lengua!
Cuántos crímenes se cometen en tu nombre...
Casi la mitad de mi vida la viví en un país de habla argentina. En él, nuestras primeras, entrañable maestras, nos enseñaban a leer y escribir con métodos que ahora me parecen algo primitivos:
-C y a, ca, b y a, ba, elle y o, llo: Ca-ba-llo... ¡A ver niños! Repitan: Ca...ba...llo.
Tenían detrás un gran rectángulo de pizarra negra y en la mano un puntero de madera para señalar la palabra que pretendían hacernos repetir, escrita con tiza blanca y con mejor o peor letra sobre la áspera superficie de lo que llamábamos, con lógico énfasis, pizarrón.
-Ca...ba...llo...
Las más fanáticas de la pronunciación castellana acentuaban la Ll, logrando un sonido que se parecía a una L seguida de varías íes:
-Ca...ba...liiiio.
Sonaba raro, por supuesto, sin embargo nadie se negaba a imitar el sonido que nos proponía aquella señorita avejentada de guardapolvo blanco. Nuestra educación admitía reprimendas, amonestaciones, insultos, expulsión de la clase y hasta un buen punterazo de tanto en tanto. Algo parecido a lo que sucede actualmente, aunque con los personajes trastocados. Los alumnos dábamos por sentado que las horas de escuela estaban regidas por reglas distintas a las de nuestra vida fuera del aula, de la misma manera que sabíamos que el caballo de la maestra era otro, de especie muy diferente a los de Cisco Kid, el Zorro o Poncho Negro.
-Póngase de pié, alumno Aracama... Bien... Ahora repita conmigo: ca-ba-llo...
Y Aracama o cualquier otro de la clase pronunciaba ca-ba-llo sin pensar realmente en lo que estaba diciendo. Qué necesidad tenía de hacerlo, si nada más salir de allí ese ca-ba-llo desconocido se convertiría en alguno de los cabayos habituales de nuestros "cauboys" favoritos.
Carne fresca para los mercachifles de la educación, nadie se preocupó nunca por la coherencia idiomática de nuestros textos de lectura, por tanto los editores usaban sin culpa y con total desparpajo traducciones argentinas, centroamericanas y españolas. De pronto la pequeña princesa protagonista de un relato no podía dormir por la nada inocente presencia de tres guisantes bajo sus treinta colchones de plumas, o un pirata malvado exclamaba "cáspita" o "pardiez" sin que aparentemente, y nunca mejor dicho, viniera a cuento. Los que éramos afectos a los diccionarios podíamos enterarnos de que aquellas palabras querían decir algo concreto en una lengua extranjera que, vaya confusión, se suponía era la nuestra. Los otros, poco amantes de la letra escrita -para qué negarlo: una inmensa mayoría- pasaban por alto el significado de esos extraños vocablos al mismo tiempo que despreciaban los cuentos, las princesas europeas con problemas de insomnio y hasta el mismísimo pirata con pata de palo y loro alfabetizado al hombro.
Sin sospecharlo siquiera, esas mujeres tiernas y voluntariosas con vocación educadora nos estaban acostumbrando al escepticismo y la desobediencia. Si aquel mayestático caballo escolar se convertía en un simple y vulgar cabayo apenas poníamos un pie fuera del aula, ¿quién nos aseguraba que todo lo demás que nos enseñaban en aquel lugar no era igualmente arbitrario, discutible, relativo?
Muchos años después, ya crecidito y porteñamente acentuado, desembarqué en España, cuna de nuestro idioma... pero de eso, si no les molesta, me ocuparé en el próximo capítulo.
Ilustra: foto promocional de Doris Day, sin guardapolvo.

Posdata: ¿Qué será, será? Gracias a Poli, recuerdo que hoy, 11 de septiembre, es el Día del Maestro en Argentina. Colgué este post sin pensar en ello, pero resulta que mi inconsciente trabaja, como suele hacerlo siempre, por su cuenta. Pues gracias, felicidades y recuerdos para los, mis, maestros. A su manera, con acierto y equivocaciones, todos me enseñaron algo sobre esta carrera sin diplomatura que resultó ser la vida.