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sábado, octubre 22, 2011

¿Conocés a Blajaquis?


La pregunta me la hizo Jorge Zentner ayer, en el mismo email donde, parco, escurridizo, bien educado, agradecía su inclusión en transAtlánticos.
Copiando su estilo evasivo, algo agotado yo por la última marea de esquelas y presentaciones, ni siquiera me entretuve en contestarle. A cambio hice lo que hubiera hecho cualquier jovencito de hoy con una "máquina" al alcance de la mano: tecleé el nombre en el buscador para saber de qué mierda me estaba hablando.
Apareció este tipo, mezcla rara de vaya a saber cuántas cosas a las que yo no quiero ni puedo ni sé ponerle nombre.



Sepan ustedes, más laboriosos, perdonar la fiaca que me invade (tango, tango...)
Si les interesa el tema, si les resulta interesante el personaje, búsquenlo por la red: la entrevista sigue y sigue y casi no tiene desperdicio...

Posdata: aquí al costado les dejo la posibilidad de hojear o leer transAtlánticos, el libro.

miércoles, febrero 23, 2011

Buñuel: 111


A veces recibo invitaciones:
"Queridos amigos.
Estáis invitados a celebrar el 111 aniversario del nacimiento de Luis Buñuel el próximo martes 22 de febrero.
Los actos tendrán lugar en el Centro Buñuel de Calanda a partir de las 10 de la mañana, en una jornada en la que además de recordar al cineasta aragonés, se hablará de Ecología, de Enseñanza, de Historia, de Cultura… en fin, se hablará de Cine."
A veces estas invitaciones se me traspapelan, porque, pero, la vida sigue igual y nos trae un montón de sorpresas.
Casuales o no, algunas de esas sorpresas son tan intrascendentes como memorables. Desayunar mesa por medio con Sigourney Weaver -bastante menos estresada y llorosa que en la escena de Alien Resurrection recogida por el documental de Zizek del que daba cuenta en el post anterior- puede ser una de ellas. La foto al pie -tomada con la distancia necesaria para no molestar el desayuno, por lo demás normal, de la aguerrida estrella- da borrosa cuenta de esa momentánea convivencia -podría decirse cohabitación- con la clonada Comandante Ripley.


La celebración de Buñuel era ayer, me he perdido la fiesta, pero hoy no es demasiado tarde para recordar a un hombre que me regaló imágenes, historias, diálogos y escenas inolvidables. Además de un libro, su biografía, que está sin ninguna duda entre mis preferidos.
En la foto familiar -de una familia en apariencia muy distinta a la de la obra de teatro que ví anoche en el teatro Borrás- don Luis está de pie y separado del resto...¿o es sólo mi mirada cinéfila la que destaca su presencia del conjunto?


viernes, septiembre 03, 2010

el mareo, los días, el adiós



Compro flores en el pequeño quiosco de la esquina; dentífrico, bebidas, tarjetas telefónicas, chocolates o analgésicos en el maxiquiosco que está justo enfrente del edificio donde vivo; buenos fiambres, quesos, pan árabe, alguna mermelada y miel en el almacén de la calle Thames con Güemes; pan, tartas y facturas en varias de las panaderías de la zona. Mi ropa sucia la lava una familia china que, cuando voy a buscarla, me ofrece rociarla con perfume de rosas. Todos los despachantes me saludan como si me conocieran desde siempre y algunos hasta aconsejan masajes y ungüentos cuando me ven renguear ligeramente a causa de un movimiento desafortunado que pretendía, y logró, evitar una caída en plena calle. Las aceras de Buenos Aires obligan a caminar con la mirada baja, la testuz inclinada hacia las desparejas, muchas veces ausentes baldosas.
Me pregunto si está sera una manera encubierta, sumamente retorcida, de tener a los porteños, tan afectos a la crítica rebelde, ocupados en cuidar el paso como si fueran secundarios de la Metrópolis de Fritz Lang o esforzados soldados rasos en formación y no simples ciudadanos de una gran urbe populosa y vibrante. Reconozco que por momentos resulta una empresa difícil -casi imposible para los que somos visitantes eventuales- pasearse con relajada despreocupación si al mismo tiempo estás esquivando baches de distinta calaña y contenido, sobre todo porque las calles están llenas de hallazgos sorprendentes, dignos de ser mirados con cercanía y de frente, sin molestas, innecesarias subordinaciones.

¡Tango, al fin! Al día siguiente de una sesión nocturna de jazz en el Virasoro de Palermo, me invitaron al Bien Porteño de la calle Rivadavia. La noche del sábado, después de un mes y medio en Buenos Aires, fui a uno de los muchos bailongos de la ciudad. Por veinte pesos, cuatro euros de nada, puedes tomar una clase de una hora con un risueño, afable, encantador flaco de coleta que te guía por los primeros y balbuceantes pasos de esta danza concentrada y romántica, tan sensual como literaria.
En este local céntrico las parejas se arman por puro capricho personal, sin distinción de edades, contexturas físicas o sexos. Hombres y mujeres eligen con total desprejuicio sus parejas de baile en un ambiente relajado, amistoso y sin humos molestos de tabaco, una insana polución desterrada por completo de todos los lugares públicos de Buenos Aires.
Divertido, feliz, aunque con las lágrimas bordeándome los ojos, asistí conmovido a este ritual pagano en el que dos cuerpos, conductor y conducido, se entregan al firulete y la improvisación a partir de unos pocos pasos bien aprendidos.
Después de décadas de ocultamientos, mentiras y persecuciones, las diferencias ganan la calle, se abrazan sin complejos en los salones de tango.
Mientras descansaba de mis primeros balbuceos tanguísticos en brazos de un veinteañero encantador, informal partenaire sin engolamientos ni prejuicios, me preguntaba por qué entre las tandas de tres o cuatro tangos había una pequeña interrupción de música foránea. Se lo pregunté a Sergio Cabrera, tierno anfitrión y apasionado bailarín del tres por cuatro. Al contestarme desveló otra de mis incertidumbres: los compases de jazz, cumbia o pop son la excusa elegante para separarse de ese partenaire ocasional que por alguna razón ya no te interesa.
Dios está en los detalles, es evidente.

Ayer fue hoy ayer, dice Andrés Calamaro en una de sus canciones.
En dos días más estaré lejos de esta ciudad fascinante: la misma, aunque muy cambiada, donde nací hace un montón de años. Cosas de la vida... También yo he cambiado mucho y espero que el tiempo me dé más tiempo para seguir haciéndolo.
Este no ha sido todo el viaje, sólo algunas de sus anécdotas. Me quedan mil cosas por contar. Algunas, por discreción, por pudor, no llegarán nunca al blog; otras esperan una necesaria sedimentación que supongo le darán los días posteriores al regreso, marcados por la alegría del reencuentro.
Tanto, seguramente, como por la melancólica sensación de haberme alejado, demasiado y sin verdaderas ganas, de algunas, varias en realidad, cosas, lugares y personas que mucho quiero.

martes, agosto 24, 2010

bronces y mármoles




Extraña ciudad esta, donde la amistad importa mucho a pesar de aparecer cuestionada a cada instante desde su cine, sus canciones populares, su literatura.


A las siete y media de la mañana de un día gris y lluvioso, espero que pasen a buscarme por una parada de autobús en Villa Elisa.
"¿Qué estás haciendo aquí?", me pregunta de pronto una voz interna en la que creo reconocer otra muy propia. En ese mismo instante alzo la vista y el cartel de una funeraria me responde con silenciosa contundencia: "Viviendo, afortunadamente".
Un segundo después, desde la esquina más próxima, una alta y bella mujer con aspecto de exploradora suburbana, me hace señas mientras se acerca a grandes pasos y con los brazos abiertos, amenazando un abrazo que me dará sin retaceos, entre sonrisas y lágrimas, obviando una presentación que facebook ha hecho innecesaria.
Se llama Valle y las próximas cinco o seis horas la pasaremos hablando en su acogedora casa de grandes ventanales, entre mates amargos y bizcochitos..."Como cuando estabas vos..."


Salgo a comprar algo de fruta para el desayuno. La calle está colapsada por carros de bombero y coches de la policía. Uno de civil me dice: "señor, vaya por el otro lado" y yo, con dos botellas vacías entre las manos, le hago caso.
En el último piso del edificio contiguo al mío, una mujer joven se asoma al vacío con intención de tirarse. Imagino el ruido del cuerpo estrellándose sobre el macadam y me estremezco. Escapando como puedo de aquella escena de película, doblo la esquina y en el almacén me entero de que hace unos meses un muchacho de 24 años, vecino del barrio, no dudó tanto sobre su determinación y logró matarse. Esta mujer finalmente no lo hace y la calle vuelve a su normalidad.
Mientras yo abro la puerta de calle, un bombero se despide de otro con un rotundo beso en la mejilla, corroborando que aquí las demostraciones de cariño son espontáneas y naturales; algo absolutamente cotidiano.


Compartimos el ascensor con una vecina de la casa donde vivo, y ella, amable, irónica, me dice -acá la gente tampoco suele ser reacia a la comunicación eventual con desconocidos- que este barrio no es Palermo Soho sino Palermo Soja:
-De allí sale todo el dinero para montar tanto local de lujo...
No se si la soja será culpable de toda la vitalidad que se respira. La ciudad bulle de forma constante y las ventanas cercanas no acaban de quedar totalmente a oscuras nunca. Insomnes o trasnochadores, los porteños mantienen encendida la tradición de Buenos Aires como "ciudad que nunca duerme", aunque esos desvelos se hayan trasladado a otros barrios no necesariamente céntricos, y Corrientes, la desvelada de otras épocas, se vaya a la cama poco después de la una.



Kado Kotzer y Sergio Cabrera escriben, producen y dirigen espectáculos teatrales. Lo han hecho decenas de veces, tanto en Buenos Aires como en Tucumán o Europa. Son una pareja de muchos años que ha decidido casarse legalmente el jueves de la semana pasada. Gracias a la presión popular y al empeño de los Kirchner, dispuestos a llevar adelante la ley de igualdad matrimonial, dos seres fieles pudieron poner nombre a una unión que, más allá de rótulos o papeles sellados, es profunda y creativa.
Apenas llegado a la ciudad, Sergio y Kado me invitaron a su amplio, familiar, bellamente abarrotado apartamento de la calle Callao. Me esperaban con un five o'clock tea acompañado de medias lunas rellenas y tarta casera de zahahoria. Hablamos del pasado, del presente y del futuro y, como si todo esto fuera poco, me voy a casa acompañado por tres suculentos cedés con canciones de Chabela Vargas, Milly y Dalva de Oliveira.
Los recién casados son algunos de los bronces íntimos, personales, propios, de esta gran ciudad tan afecta a ellos, sobre todo si esos bronces llevan o recuerdan nombres importantes y aparecen encaramados a rotundos pedestales de mármol.
Otro bronce sin peana callejera es Anita Jasminoy. Bailarina, arquitecta, desde siempre hace además bellas joyas artesanales con aires vintage. Tejidas, bordadas, siempre diferentes, una de sus escarapelas-mandala adornó la solapa de la presidenta, Cristina K., durante un evento organizado por las madres de Plaza de Mayo. Ana, o Anita María, como le decía su madre, mantiene a través de los años una sonrisa clara, algo desprotegida, brillándole en los ojos y cierta ternura infantil en su manera de moverse por la vida. Esta, supongo que agradecida por ese andar respetuoso, la retribuye con grandes dosis de creatividad y muchísimo talento.
Fue ella la que avisó a Carlos Ulanovsky de mi presencia en Buenos Aires. Su largo, respetuoso y bien informado programa de los sábados -Reunión Cumbre- me acogió junto al actor Osmar Núñez (La mirada silenciosa), el periodista y presentador Patricio Barton y la actriz, cantante y bailarina Alejandra Radano (Cabaret, Chicago, Tatuaje). Un auténtico Sábado de Gloria.



Se festejan los noventa años de la primera emisión de radio en Argentina. El local de Radio Nacional en Maipú 555 está a tope de gente.
Cecilia Rosetto aparece algo tarde y al verme exclama: "¡No me confundas las ciudades! ¿Estamos en Buenos Aires o en Barcelona?" Unos minutos después confiesa: "Yo me divierto más aquí, ¿sabés?".
No alcanzo a decirle que la entiendo.

Todas las fotos de este post son de Dante Bertini, salvo la de Reunión Cumbre en Radio Nacional, que es de Adrian Misseri.

sábado, junio 19, 2010

salir, salir, salir...


"La tristeza no me deja, no me deja caminar...", cantaba con desganada alegria un conocido conjunto de cumbia cuando yo era un pibe porteño que se dormía, igual que lo hago ahora, escuchando programas de radio de la más diversa catadura.
Estos días, los de la última semana, apenas llegado de la imperial Madrid, fui atacado por un virus que se aposentó en mis pulmones, para desde allí atacarme los oídos, los ojos, la nariz, en suma, toda la cabeza, y, como tal vez este gran espacio le quedaba algo pequeño o quizás con la enferma intención de dejarme un poquito más lisiado, contracturó al mismo tiempo mi zona lumbar y sensibilizó dolorosamente mis cervicales y desde allí todo mi espíritu.
Según me dijo el médico que mandó a casa el seguro privado -un simpático croata pelilargo con ropa y modales a lo Gran Lebowsky- se trata de un virus de nuevo diseño, y yo, que soy muy afecto a las tramas de suspenso ligeramente paranoides, empecé a imaginar que quizás el mío fuera el mismo virus ignominioso y posmoderno que atacó en los últimos tiempos a casi todos los políticos, a los directores de banco, de teatros municipales y sociedades civiles, a muchos artistas e intelectuales y a un sinfín de periodistas y comunicadores mediáticos. Algo parecido a una Invasión de los Ultracuerpos 2010, ¡el cielo nos proteja de semejante oprobio!
A mi la tristeza no me ataca el andar, o eso parece al menos, ya que esta semana de horas bajas, críticas, muy tristes, fue de salir y entrar y entrar y salir constantemente. No se si todo empezó el lunes gracias a Zizek -el filósofo con más rating del momento- y su larga charla en el Instituto Francés de Barcelona, con sala a tope y lenta cola de asistentes formando una apretada espiral, tan propia de las elucubraciones del lacaniano-esloveno.
Se hablaba del porvenir de la revolución y de qué se puede hacer con este futuro que parece no tener futuro, y cuando logré ubicarme, muy bien desde ya, en la tercera fila al centro, el gran gurú de nuestros días ya estaba en el escenario desplegando tics e ideas a una velocidad inalcanzable. Flanqueado por dos circunspectos muchachos que parecían sus abnegados padres, sus orgullosos profesores o los dos ladrones célebres, uno bueno y el otro ¿peor?, colgando uno a cada lado del Cristo Redentor en el Calvario, San Zizek decidió utilizar para su Sermón del Escenario ese inglés universal que han dado en llamar globish, mientras por los auriculares nos repetían sus palabras en un pulido catalán universitario, tanto como los dos jóvenes guardaflancos del escenario: el de la izquierda con aspecto de licenciarse en Económicas, el otro, sentado a la derecha, con barba, pelo largo y escribiendo esforzadamente con la mano siniestra.
No entendí demasiado, lo reconozco. Soy más visual que auditivo, y los constantes movimientos de cabeza del conferenciante, unidos a los de las manos, que atuzaban sus bigotes, recorrían sus labios, remarcaban las aletas de su nariz u ordenaban una y otra vez los folios desplegados sobre la mesa, me distraían tanto como una mosca a un gato. A pesar de estos momentos de felino extrañamiento, me quedé con eso de las creencias en las que nadie en realidad cree -Santa Claus, los Reyes Magos, la herradura portadora de suerte, la infalibilidad de nuestra democracia- pero que conforman una trama de secretos compartidos por toda la sociedad, alienándola en estructuras simbólicas alejadas del saber científico. Aunque en tren de quedarme con alguna cosa, me quedo también con sus citas cinematográficas y literarias, con sus vuelos rasantes sobre los dominios de Hitchcock o de Francis Ford Coppola (The Conversation) y esa frase de Samuel Beckett en la que el autor de Esperando a Godot aconsejaba: "lo mejor frente a un error es intentarlo nuevamente, para de esa manera volver a errar con más acierto".
Llego hasta aquí y miro hacia arriba: el post sobre mis salidas de esta semana se ha hecho larguísimo sin pasar del lunes y los probables lectores, si es que aún existen, se aburrirán por el camino. Tendré que contarles mi periplo semanal en más de un capítulo; puntata, que dicen mis ancestros.
¿Derrocho palabras? Aldo Busi, literato mediático italiano, me ha dicho ayer mismo, apoltronados ambos en los verdísimos jardines del Ateneo Barcelonés, que él nunca escribe ni escribirá en Internet; que sus divinas palabras no las regala jamás, sólo las vende por un buen montón de dinero. Y da como ejemplo su última intervención literaria: un mes entero en la versión italiana de Supervivientes le ha reportado casi medio millón de euros.
Si es que algunos somos tan ingenuos...

Ilustra retrato de Zizek, Veri(tas), por D/B.

martes, junio 01, 2010

Encuentro Inesperado


Salgo de la cama como puedo y media hora después salgo también de mi casa, un poquito más compuesto. Ayer tenía cita con mi dentista a la misma hora en que debería haber tomado una clase de yoga. La contienda la ganaron mis dientes y, sobre todo, una inhabitual pereza: después de la clase del día anterior había quedado con pocas ganas de repetir asanas, equilibrios y estiramientos.
Encuentro la calle triste, semivacía. Puente, me digo. Si hasta mi casa ha perdido un componente, abnegado estudioso de las teorías lacanianas. Lacan y Sagaró, puedo asegurarlo, tienen más fuerza, mayor arrastre, que cualquier dupla política.
Yo me quedo en la ciudad, a festejar por la noche una boda civil diurna a la que no asistí porque en ningún momento fuí invitado a ella.
Los diarios hablan de recortes, las radios hablan de recortes, la gente de la calle habla de recortes. Debería ir a la peluquería, me digo. Es una forma como cualquier otra, aunque un poco más frívola, de no crearme angustias que después, en corto tiempo, me producen esas molestas caries que necesitan obligatorias visitas al dentista.
Anoche dormí profundamente, así que me cuesta entender por qué me levanté sin verdaderos ánimos de levantarme. Tal vez sea culpable el inconsciente, siempre tan artero, aunque también podría serlo una brisa fría, no menos errática, que acarició mi espalda mientras charlaba animadamente en la terraza de un bar cercano a casa.
El día de ayer estuvo cargado de emociones, casi todas ellas debidas a un reencuentro "con el pasado que añoro y que nunca olvidaré". El tango es acomodaticio, nos sirve para rellenar cualquier rincón con algunos trazos de nostalgia y un nosequé de poesía.
Fue por la mañana, cerca del mediodía. Me había parado a mirar plantas exóticas en la esquina de Córsega con Rambla Cataluña y de pronto oí una voz femenina con un suave, pero de cualquier manera inconfundible, acento porteño. Preguntaba algo, que en un principio no alcancé a comprender, a un empleado marroquí que parecía no entenderla. Poco después lo supe. La señora, muy menuda, de cabellera corta, alborotada y rubia, trataba de saber el nombre de una especie de cardo sofisticado en tonos verdes, rosas y ocres, la misma planta que me había subyugado a mí unos segundos antes. Soy curioso y participativo, al contrario de lo que sucede a mi alrededor -en esta ciudad quiero decir- donde la amabilidad, la simpatía y el buen trato se confunden habitualmente con el servilismo. Me siento bien comunicándome con la gente; si además puedo solucionarles algún problema nimio, orientarlos o contestarles alguna pregunta que me hacen, deteniendo el turisteo, me crece de los hombros la capa de Superman y un día cualquiera se transforma en un nuevo episodio de la saga "Dante B lo arregla todo". En esta ocasión tampoco yo sabía de qué planta se trataba, pero intervine porque en ese momento la dueña de la tienda, que había salido del interior para atender a la presunta clienta incomprendida, estaba diciéndole:
"Es muy raro que no la conozca... En su país seguramente existe".
"Soy del mismo país de la señora y tampoco la conozco", dije yo sin cortarme una hoja.
La señora rubia sonrió y en ese momento entendí que aquella cara, aunque con varias experiencias más encima, era la cara de alguien que conocía muy bien.
"¿María Julia?", pregunté tímidamente.
Ella dijo sí y enseguida quiso saber quién era yo. (Habré cambiado tanto que tan sólo por la voz me reconoció, tango)
No me voy a extender demasiado con esta historia.
"Voy a achicar el pánico", solíamos decir en la época en que ella y yo diseñábamos vestuarios para Crash!, un exitoso espectáculo del coreógrafo Oscar Aráiz en el histórico y desaparecido Instituto DiTella. En el lenguaje callejero juvenil de aquellos años quería decir "la voy a hacer corta, no te asustes". Por esto no voy a dar fechas precisas. Siglo XX, Cambalache, y con esto me planto. No tanto por mí, que también, por qué negarlo, sino por ella, una señora de elegante discreción y espléndido presente.
Gracias a Facebook, y en este gracias deberiáis detectar un deje de nostálgica ironía, pude comprobar cómo en general la vida nos separa para siempre y los posteriores reencuentros, virtuales o físicos, son poco más que un intento, por lo general vano, de rectificar una historia con un final ya escrito.
En este caso preciso, María Julia Bertotto y yo, ¿resultamos ser los mismos? ¿Volveremos a comunicarnos después de esta nueva separación, si bien lógica, también forzosa?
Podría decir sí o no con la misma incierta certidumbre.
Los dos vivimos nuestra vida con ganas, como nos permitieron y pudimos. Perdimos y ganamos, tuvimos y dejamos, y todavía hoy, después de todo el tiempo transcurrido, seguimos esperando algo más: ese que podría ser el más pleno y feliz, el mejor capítulo de nuestro, por suerte inacabado, diario íntimo.


POSDATA: este post estaba previsto para el domingo, pero luego se cruzó el tabaco con sus humos y recién lo cuelgo hoy. Sepan disculpar el cambio de fechas... y adáptenlo, S.V.P. Gracias. POSDATA 2: un regalo en forma de canción y con destino preciso, ya que no se si tendré tiempo de colgar nada más antes de irme para Madrid, Madrid, Madrid...(más información en mi blog amorimás)
Fotos: escena de Crash! y retratos por JChapuis.

domingo, abril 11, 2010

fragilidad de celuloide (apuntes desde Lleida)

Llego tarde al cine. Son poco más de las doce del mediodía y afuera un potente sol de prima-verano llama a la playa, al sudor y las malas compañías, o, en todo caso, por falta de un cercano mar Mediterráneo, a un asiento cómodo en una terraza urbana cerca del río, con algún diario cualquiera para enterarse de cómo sigue el mundo y una bebida fría y sin alcohol servida en vaso grande, jamás a las oscuridades de una sala de cine y a una copia deficiente, infectada de ruidos y decoloraciones (la única, según me enteraré a la salida) de una película sobre la revolución mexicana de la que no tengo más información que el nombre: La soldadera (1966).
La protagonista, Lázara (la Biblia está muy presente en esta Mostra), es Silvia Viridiana Pinal (¿alguien sabe de quién estoy hablando?), aunque aquí está convertida en un personaje secundario del Marat-Sade de Peter Weiss según aquel psicótico montaje del inglés Peter Brook, con imposible superposición de trajes y sombreros, de cananas, fusiles, pollos semivivos y varias bolsas al hombro, sobrecargadas de estatuillas, trapos y deshechos. Por allí anda también una (aún) joven Chabela Vargas: dura, masculina; personaje de pocas palabras y muchas violencias. La película, magnífica en muchos aspectos, fue dirigida por un para mí desconocido Bolaños, que no es ese escritor chileno muerto hace algún tiempo en Cataluña, sino un otro Bolaños mexicano, José, de quien sus actuales compatriotas saben poco y dicen nada.

Entro porque acabo de salir, y no es un chiste. En el mismo edificio, con pocos metros de distancia entre una y otra sala, CaixaForum ofrece una espléndida muestra de Mucha, el diseñador y cartelista más famoso del Art Nouveau europeo. Si hubiera podido ver esta exposición a mis porteños diecinueve o veinte años, hubiera caído de rodillas, ya que me apasionaba el trabajo de este hombre al que sólo conocía por las reproducciones que aparecían en algunos libros y revistas importados de USA y Europa, siempre demasiado caros para nuestros bolsillos rioplatenses. (Deberíamos agradecer al señor Taschen por haber hecho el arte mucho más accesible)
Durante mi corta visita a la exposición Mucha me detengo especialmente en sus fotografías de personajes como Paul Gauguin -su retrato tocando el piano en calzoncillos es sublime- o la responsable del Frente de Liberación Femenina de Turquia en 1930(¡!). La ceremonia de inauguración de la Muestra de Cine Latinoamericano de Cataluña se hace por primera vez en el recién estrenado edificio de la Llotja*, un espacio compuesto por otros muchos más pequeños, todos ellos unidos por enormes pasillos, galerías, distribuidores. Mi asiento está justo detrás de los de Guillermo Toledo y el galardonado Ernesto Alterio, amigo de amigos, un ser sorprendentemente cercano, tierno y cariñoso. Antes de ubicarme tengo que pasar por el photocall junto a Sergio Espada, director del Museo Buñuel de Calanda. No habrá preguntas y respuestas, solamente un rápido posado fotográfico. A mí me divierte el paseíllo en plan estrella; a él, un hombre a quien no suelen asustar ni el surrealismo desbocado de don Luis ni el ruido atronador de los tambores de su tierra en fiestas, no le gusta absolutamente nada pasearse, y posar, frente a las cámaras que nos retratan.

Marisa Berenson aparece por el Festival coronada de estrellas. Dulce en sus maneras, elegante en sus actitudes, precisa en el atuendo para cada ocasión, algunos cuentan que ha exigido que las sábanas y toallas que usará en el hotel se estrenen para ella y luego se destruyan. Cuando nos cruzamos por primera vez le digo ¡Hola! sin agregar Marisa. Me ha salido espontáneamente, como si estuviera saludando a una vecina de escalera. Ella no lo sabe, pero yo y todos mis amigos de la adolescencia la admirábamos desde la platea de nuestro inolvidable cine Roca. Su frágil presencia asoma en al menos tres películas de culto: Barry Lindon, Cabaret, La muerte en Venecia. Confiesa 63 años. Podría decir 50 y para los que no conocen su historial sonaría creíble. La acompaña un señor rubio, alto y simpático que trabaja como doble de Clint Eastwood. Hombres y mujeres opinan que "está más bueno que el pan", ensombreciendo la presencia del hasta ahora modelo Joel West, el último Cristo cinematográfico, hijo de María Berenson, en ese indescriptible biopic litúrgico llamado El discípulo. En una escena de La soldadera, Lázara, una joven mujer de clase media convertida a su pesar en guerrillera, asiste conmovida, junto a un puñado de revolucionarios armados, a una función de cine al aire libre. Lo que al principio resultará jocoso y unos segundos después hipnótico, subyugador, terminará con el proyectista muerto y la pantalla "aterrada" por el mandamás de aquella compañía de desheredados sin rumbo, que no admite se escamotee ni un segundo de atención a su persona.
Lázara, que alguna vez tuvo una casa familiar y siempre ha soñado con poseer una propia, se acerca hasta el lienzo que hacía las veces de pantalla, lo recoge del suelo y busca entre sus pliegues esas imágenes que hasta un momento antes tenían movimiento y vida. No hay nada allí, por supuesto. Los seres que habitaban aquel rectángulo de luz se han desvanecido en el aire. La pobre mujer desconoce la mágica ilusión del cine tanto como la combustible fragilidad del celuloide, similar a la de su, nuestra, propia existencia.

*Proyecto y obra de Francine Houben - Mecanoo, Holanda.

sábado, marzo 27, 2010

memoria soñando

...anoche soñé con Guillermo A.
Iba con su inseparable peto de tirantes de denim azul, una camisa estrecha de manga corta con rayas de varios colores y un sombrero de paja pequeño que parecía salido del atrezzo de un musical de Broadway ambientado en el Caribe. Estaba exactamente igual que cuando yo llegué a Ibiza: flaco, desgarbado, algo patizambo, sin rastro de músculos. El alfeñique de Charles Atlas antes de convertirse en Mister Mundo. Pasó frente a mí mirando hacia adelante y ni siquiera se detuvo a saludarme. Igual no me vió, o tal vez no se permitió verme.
De fondo me pareció divisar el bar Pereyra con su frente en dos o tres colores y sus mesas y sillas de otra época: cutres, metálicas, incómodas. Parecía un telón pintado. En realidad resultaría arriesgado asegurar que no lo fuera.
Los últimos tiempos entre Guillermo y yo fueron difíciles. A medida que él iba convirtiéndose en el muñecote de los neumáticos Michelin en su versión oscura, la distancia entre nosotros crecía más y más, como si aquella inflada musculatura creara un accidentado espacio fronterizo dificultando el acceso a su persona.
Fue uno de los responsables de mi llegada a la mayor de las Pitiusas. Insistió en que lo visitara porque, a pesar del nutrido circo ibicenco de aquella época, se sentía solo, una situación que arrastró a través de muchos años sin pareja ni amantes estables y con escasos, muy pocos amigos; a lo sumo dos verdadera mente cercanos y ambos ubicados a gran distancia de su querida isla.
Tal vez fuera cierto que me necesitara como diseñador-serígrafo, sin embargo podría haber seguido con su negocio de bikinis y prendas semi artesanales de ante o gamuza sin ninguna necesidad de estamparlas con dibujos de mi autoría. Su local en la calle Mayor, la más comercial de Ibiza, era poco más que un estrecho y agobiante pasillo húmedo de paredes encaladas, con el único agregado de una mesa de cocina haciendo las veces de pequeño mostrador y alguna silla típica de madera clara y paja pintada con el brillante color naranja -aunque tal vez fuera violeta, su complementario- de la línea de esmaltes básicos de la marca Titán. En ella Guillermo, o su por entonces socia, Ana Q, se sentaban a esperar a sus adinerados clientes, casi todos alemanes y franceses ansiosos por mostrar sus cuerpos calcinados por el sol de España y apenas cubiertos por unas tiras mínimas de piel con diseño supuestamente ibicenco, "a la sans façon".
Vino a buscarme a Barcelona justo a tiempo para que yo no tomara un vuelo de regreso a Buenos Aires, estragado por la añoranza de esos cien barrios porteños de los que, cuando aún vivía allí, frecuentaba como mucho cuatro.
-¡No podés volverte a la Argentina sin pasar antes por Ibiza. No sabés lo que te estás perdiendo!Cuando estés de nuevo allá no te lo vas a perdonar. ¡No seas tonto! Tenés casa y comida por el tiempo que decidas quedarte, ¿qué perdés intentándolo?
Se lo agradeceré siempre, lo reconozco. Mientras yo me bañaba en el acogedor Mediterráneo, bailaba durante horas en las pistas al aire libre de Amnesia o desayunaba al sol y rodeado de gente preciosa en las terrazas del Montesol, del Maravillas o del bar Cristal de la galería Serra, Argentina pasaba uno de sus períodos más tristes y oscuros. No creo que yo hubiera podido sobrevivir a él como lo hice, si no hubiese aceptado aquella oportuna invitación de los amigos "ibicencos".




Con el paso de los años -algo más de una docena fueron los que compartimos en Ibiza- Guillermo logró convertirse en un santo menor; uno entre los muchos personajes icónicos de aquella superproducida, rutilante, fantasmal, imaginativa, fagocitadora Isla de la Fantasía. Atravesaba con paso pausado las calles del pueblo, siempre algo ausente, distraído por una cortedad de vista que alejaba al mundo exterior del suyo interno. Durante años lo acompañó su perro, un también pesado y torpe basset-hound de mirada lánguida y actitud calcada de la de su dueño: afectuosa, aunque sin llegar a ser jamás demasiado cercana. Alguna vez, todavía en Buenos Aires, Guillermo había sido bailarín de musicales, extra de cine, poco convincente actor de espectáculos infantiles. Aunque nunca perdió sus sueños de estrella, la fascinación por los aplausos, el escenario y las luces, lo verdaderamente suyo era el mar y la playa, la contemplación sin demasiadas espectativas de un horizonte que para él, debido a su extremada miopía, resultaba aún más distante e impreciso.
Nunca hablaba de su pasado y su familia; tampoco sus planes de futuro eran muy claros. Eso sí, siempre estuvo convencido, y lo decía cada vez que le daban la oportunidad de hacerlo, que hubiera preferido ser de raza negra. Se lo veía gozar plenamente, con la pasividad golosa de un bebé que se adormece al sentirse acariciar por las manos maternas, cuando, día tras día y durante todos los meses del año, iba superponiendo el moreno oscuro del bronceado playero a ese más suave, agrisado, que llevaba en la piel desde su nacimiento.
La última vez que nos encontramos no estuvo demasiado simpático ni especialmente acertado. Volvíamos a mi casa de Barcelona después de una revisión médica a la que me había pedido que lo acompañara. Sus deficiencias en los ojos se habían agudizado, y el médico, convencido de encontrarse frente a una madura pareja de hecho, decidió comunicarle, aunque dirigiéndose a mí, que ya no podría seguir yendo a la playa cada día y, sobre todo, que debería abandonar lo antes posible los anabolizantes y las prácticas halterofílicas.
-¡Qué estupidez!-me dijo apenas estuvimos en la calle-. Pienso cuidarme un poco más, pero no voy a dejar de hacer lo único que me interesa en la vida...¡Si yo me siento de puta madre! La otra tarde, cuando salía del entrenamiento, me esperaban R y P...¡pobres! Al día siguiente los compañeros del gimnasio me dijeron que si no fuera por el aspecto envejecido de mis amigos nadie me daría la edad que tengo.
Otro de esos amigos era yo, sin duda; un alfeñique desprovisto de musculatura que nada tenía que hacer junto a un descomunal y broncíneo Mister Universo, salvo aquello que estaba haciendo: llevarle las maletas.
Me enteré de su muerte en Ibiza dos años después de que sus cenizas fueran esparcidas por la isla.
No se si mucha otra gente lo recordará como yo lo recuerdo ahora mismo: joven, esperanzado, solitario, caminando por la playa de Es Cavallet con su torpe y enternecedor perro al lado.

Anoche soñé con él.
Pasaba frente a mí mirando hacia adelante y no se detuvo a saludarme. Igual no me vió...o tal vez ni siquiera se permitió verme.

sábado, marzo 20, 2010

Pola mola porque es pop



Un estúpido y desagradable cura cincuentón, profesor de Historia Universal en el colegio salesiano donde pasé gran parte de mis primeros años de estudiante, solía repetir clase tras clase la misma frase, sintiéndose cada vez más orgulloso de la brillantez y originalidad de su inteligencia:
"La historia es una sucesión de sucesos que se suceden sucesivamente".
Más allá de la memoriosa repetición de aquel sonsonete en este blog, poca cosa debe quedar de aquel tipo grandote y avasallador, un fascista confeso con pronunciado acento del norte de España.
Esta semana, por ese devenir imparable de sucesos que van (con)formando nuestra vida, y a pesar de la anónima gripe blanca que casi logra que expulse los pulmones por la boca, pude acercarme a dos eventos literario-mundanos con tonalidades argentinas.
Del primero dije alguna cosa que otra en el post anterior; el segundo fue ayer por la tarde y quisiera ocuparme de él antes que los sucesivos sucesos futuros lo traspapelen para siempre en algún oscuro lugar de mi memoria.
Pola Oloixarac (¿un anagrama de Lapo Caracciolo?) presentaba la edición española de su primera y hasta hoy mismo única novela: Las teorías salvajes.
Buen título, sin duda. Podría habérsele ocurrido al cada día más mediatizado Zizek (el diario Público regala un libro suyo junto a la edición de hoy, sábado 20), también a alguno de esos modernos escritores franceses con apellidos en otro idioma. Hasta tipos como Faulkner o Nabokov no lo hubieran despreciado sin pensárselo primero.
Salvajes es una palabra atractiva que acompaña muy bien, con rítmica elegancia, tanto a las palmeras como a las teorías, otorgando un matiz ambiguo y feroz a las mismísimas, y por lo general domesticadas, mimosas.
Si el alargado espacio underground -vulgarmente llamado sótano- de la librería Central del barrio del Rabal, estaba a tope de gente, también la calefacción parecía haber sido elevada al tope mismo de sus posibilidades. A posteriori, y viendo cómo se desarrolló el acto, podría pensar que era parte de una cuidada puesta en escena que preveía el despojamiento por parte de la joven autora de su abrigo negro de lana, recatado escudo de posteriores y turgentes descubrimientos.
El día anterior, preguntado el escritor Fogwill por esta señorita hasta ahora desconocida en España, había elogiado, y en este orden, sus dotes canoras -Lady Kavendish es su otro seudónimo artístico-, el indudable interés del libro que había escrito, su perfil multimedia y, con un ligero cambio en el tono profesoral del discurso, otros perfiles tanto o más desarrollados, según él muy notables, en el físico de la compatriota.
Ayer, mientras el joven autor español Javier Calvo abusaba de los "digamos" casi tanto como de la extensión de su panegírico -entre otros elogios igual de contundentes comparó la Poloprosa con la siempre certera escritura de papaíto Nabokov-, la autora, ubicada con su silla dos pasos más atrás que el resto de los contertulios -cuatro en total, incluyendo a los dos editores- se mostraba tímida, indecisa, ausente, dulce, esquiva, sonriente, sensual, caprichosa, aniñada y un poquitito sexy, no necesariamente en este orden. Todo muy Lolita Nabokov, sin duda. En algún momento, aún convaleciente de mi gripe blanca, pensé si la cabeza no se me estaría yendo definitivamente a los cerros de Úbeda, ya que se me mixturaba la presentación del Pololibro con las que solían ofrecer algunas estrellas del Festival de Cine Erótico de Barcelona del cual fui jurado durante tres ediciones.
Finalmente llegó el turno de la autora. Después de desprenderse del abrigo dejando en evidencia la vertiginosa hondonada que separaba sus prominentes senos, Pola O' intentó devolver el micrófono a su presentador para que continuara discurseando él:
-Sí, por favor, prefiero que hables tú...me encanta quedarme como estuve hasta ahora, escuchando las cosas que dices de mí...Yo ya escribi el libro, así que no tengo nada que decirles.
Esperé unos segundos y cuando se hizo evidente que frente a una declaración de tal contundencia por parte de la autora nadie se atrevería a agregar absolutamente nada más, lancé mi primera pregunta:
-Me gustaría saber si la Argentina, o la Buenos Aires que tú vives, se parece a esa tan mítica, tan culta, tan misteriosa y elogiable, de la que nos habló el presentador de tu obra.
Éste, que confesó no haber estado nunca ni siquiera cerca del Río de la Plata, se había deshecho en elogios sobre el país y su gente, retratando una Argentina donde todos parecían egresados de una licenciatura superior de filosofías y letras. Un país mítico que aparentemente prestaba más atención a un match verbal entre Sábato y Borges que a un enfrentamiento deportivo entre Boca y River.
Tuve que matizar la pregunta varias veces. Era evidente que la señorita Pola no entendía lo que le estaba diciendo y su incomprensible incomprensión se traducía en quejiditos, movimientos de manos y cabeza y la repetición letánica de algunas frases entrecortadas del tipo: "no entiendo, no sé de qué me está hablando, qué tendrá que ver esto conmigo".
Cuando me di por vencido, cambié la pregunta por una confidencia:
-Ayer Fogwill habló muy bien de ti. Dice que tu libro le resultó interesante, que cantas bien y que además estás muy buena...
-¿Fogwill dijo eso? Lo de cantar fue en un momento, no tiene importancia...Soy soprano y canto Mozart en mi casa, pero ese video de YouTube...¡Qué gracioso! Él es muy viejo... podría morirse en cualquier momento.
-También nos confesó que había escrito Los pichiciegos en tres o cuatro días. ¿Cuánto tardaste vos en escribir tu novela?
-¿Yo?...Tres años...
-Se dijo que sóis una generación de parricidas, que estáis decididos a acabar con los escritores argentinos clásicos, los más reconocidos fuera del país. ¿Es eso así?
-¿Los anteriores...? ¿Quiénes, Borges?
Asiento con la cabeza mientras digo:
-Por ejemplo...
-Para mí Borges es como una abuelita, no me molesta...
Poco después mira a su editora y, volviendo nuevamente la vista hacia el público, nos suelta:
-¡Cómo preguntan aquí! En Argentina nadie pregunta nada.
¿Tanto ha cambiado mi país de origen? ¿Ustedes se lo creen? Yo no, en absoluto.
De cualquier forma se da por terminada la conferencia de prensa y los que han comprado el libro se acercan a la mesa para que la señorita Pola se los autografíe.
Ella saca del bolso un lápiz de labios color rojo oscuro y, antes de estampar su firma, deja la marca de un beso sobre la primera página.
Me dirijo hacia la puerta esperando poder salir de allí cuanto antes, sin atascos ni complicaciones. Temo un efecto Angel Exterminador y además mi cabeza es un hervidero de preguntas sin respuesta.
¿Habré sido abducido por las fuerzas demoníacas del ya desaparecido Festival de Cine Erótico de Barcelona o todo esto es un capítulo especial de Gran Hermano XX y de un momento a otro aparecerá Mercedes Milá anunciando que tuvimos la suerte de presenciar un experimento sociológico de alcance planetario?

Las teorías salvajes descansan al lado de mi cama. He leído solamente un capítulo. Todavía no entendí de qué va, pero parece estar muy bien escrito.

Esto es una recreación -no demasiado libre aunque tampoco demasiado exhaustiva- de lo que me cuenta la memoria. Como ella acostumbra ser artera y discriminatoria y yo no acostumbro tomar notas ni hago grabaciones de ningún tipo, que nadie me acuse de no ser imparcial. Ni siquiera he pretendido serlo. No olviden que otra de mis ocupaciones ha sido durante años la caricatura.

En las imágenes: la autora, el presentador, el editor.
En la última foto (para los descreídos) Pola firma un libro en el que un momento antes ha estampado su huella labial. Muy cerca, envuelto en su caparazón negra, el lápiz de labios rojo pasión.

Posdata: Marina, mamá Chinchilla, Reina de las Aguas, me ofrece un premio junto a otros seis bloggers amigos. Pide a cambio siete secretos confesables y de esos ya no me queda ninguno. Un beso y muchas gracias, cariño.

sábado, noviembre 14, 2009

de Los Ángeles en Barcelona


Leonor Alazraki, tarotera mayor del reino y vieja amiga, decide visitar tan sorpresiva como inesperadamente mi casa.
L.A. -presten atención a las iniciales de su nombre- lleva en Madrid una auténtica Asociación de Ángeles inscripta como tal en los dominios pertinentes. Cuando visité el local donde suelen reunirse los fans, seguidores, adeptos o adictos a estas criaturas celestes, había un gran ramo de margaritas frescas en un rincón del salón principal. Supuse que las habían llevado aquel mismo día e hice un comentario sobre la belleza de esas flores aparentemente sencillas y la vibrante luminosidad que parecía desprender su presencia. Leonor me miró, miró el jarrón con las flores y después preguntó con cierta desgana:
-¿Quién ha traído esas margaritas?
Alguno de los que, sin ser alados, andaban revoloteando a su alrededor, le contestó con similar desinterés:
-Doña Tal y cual...pero de eso hace más de dos semanas...
Nadie pareció asombrarse por la sostenida frescura de aquellas flores mientras yo ponía en duda mi habitual incredulidad. Para acentuar su valor de metáfora las margaritas eran blancas: tanto como uno puede imaginar a los ángeles bondadosos; del mismo color no descompuesto conque suelen ser retratados por los artistas dedicados a ello.
Sin embargo esta anécdota es accesoria, irrelevante. Lo realmente notorio es que a partir de la visita de Leonor Alazraki los ángeles aparecen sobrevolando mi vida como si de mariposas primaverales se tratara. Les cuento: hace dos o tres noches tuve un larguísimo, intrincado, emocionante sueño, donde el coprotagonista resultaba ser mi más que cariñoso primo Ángel. Casi al mismo tiempo Pilar B. cuelga en su facebook el tráiler de Angels in América , declarándola la mejor serie televisiva de los últimos años, Noemí comenta con su boquita pintada una novela de Sue Grafton que trancurre en la ciudad de Los Ángeles y Taschen me envía la publicidad de uno de sus maravillosos libros gráficos en el que se narra la historia de esta ciudad californiana a través de numerosas, impactantes fotografías.

Conocí esa ciudad tan peliculera el mismo año 2000 en que Almodovar ganó el Oscar al mejor filme extranjero con Todo sobre mi madre. Por entonces Rajoy era Ministro del Interior y paraba en el mismo hotel del Hollywood Boulevard donde estábamos alojados monsieur Chapuis y yo como invitados de un premio insólito que incluía los pasajes desde Barcelona, varios días de estancia en la ciudad, traslados en limousine, comidas en los mejores restaurantes -entre ellos el Spago de Beverly Hills- y una fiesta de las muchas que se celebran la noche de entrega de los tiesos y dorados premios. A Rajoy no le permitían fumar dentro del hotel, y él, entre suaves pero constantes quejas, obedecía las estrictas ordenanzas fumando en la calle, al lado mismo de la entrada principal de aquella construcción pretendidamente afrancesada; tanto como para que el restaurante tuviera los techos decorados con falsos picassos y todas las postales existentes en su pequeña tienda de souvenirs lucieran la imagen icónica de la Tour Eiffel.
De puro curioso, porque me interesaba saber cómo era un ministro tan importante cuando se encontraba en terreno extranjero, me acerqué a Rajoy con la mano extendida.
"Señor ministro...", le dije, y después de las presentaciones pertinentes nos quedamos hablando mucho más de media hora; casi todo el tiempo que duró el cigarro que estaba fumando. A ninguno de los dos nos gustaba demasiado la película que presentaba España como candidata al Oscar, sin embargo los señores de la Academia opinaron lo contrario y aquella noche pude comprobar lo poco que importa a los estadounidenses el renglón de premios extranjeros: mientras se entregaban, casi todos los presentes en la fiesta abandonaban su ubicación frente a la enorme pantalla y aprovechaban para buscarse otra copa, comer algún bocado más de salmón o de roastbeef o acercarse corriendo hasta los particulares aseos del muy particular "House of blues" para evacuar los numerosos gin-tonics que habían tomado un momento antes.
El libro sobre Los Ángeles de Taschen ha desatado todos estos recuerdos y varios más que me guardo para otro momento. Los Estados Unidos son tan poderosos y diversos como pueden serlo las innumerables anécdotas que guardo de los viajes que hice por sus tierras.
Por si todo esto fuera poco angelical, durante los dos últimos días un angélico amigo con nombre de apóstol y residencia habitual junto a un vasto mar de plata, visitó Barcelona y se acercó hasta mi casa. No me extrañaría nada que mañana por la tarde, cuando Eugenia venga a limpiarla, se queje porque hay cantidad de plumas, tan blancas como las margaritas madrileñas, iluminando cada uno de los rincones del piso donde vivo.
Posdata: sin siquiera pensar en la coincidencia, anoche, lunes 16, fui a la presentación de una antología poética de José ANGEL García en el Aula de Escritores de ACEC. Vaya!
Posdata dos: llamo por teléfono a Taschen para hacer un pedido. "Hola, sí", dice una voz agradable de mujer desde el otro lado de la línea. "Hola, ¿con quién hablo", pregunto yo. "Soy Ángeles...", me dicen.
Sin palabras.

fotografía de Josef Koudelka

sábado, julio 25, 2009

Fábula barcelonesa del pequeño tomate


Éramos cuatro.
Como las Estaciones de Vivaldi.
Como los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas.
Como los mismísimos Jinetes del Apocalipsis.
Como The Four Tops, The Beatles and ¡The Rolling Stones!
Como los acompañantes de Estela Rabal en los Cinco Latinos
Como las quintillizas Dionne después de la muerte de Émilie.
Como las cuatro patas de la mesa del bar donde estuvimos sentados hasta que decidimos marcharnos diciendo aquello de "a la taza, a la taza, este juego se acabó y cada cual se va a su casa".
No hay nada demasiado especial en este más que agradable encuentro. Tampoco en el número de participantes, bastante habitual. Lo interesante sucedió a partir del momento en que nos dispusimos a cruzar Pau Claris para dirigirnos a nuestros respectivos hogares.
En ese mismo instante, J.Ch., miope recientemente recuperado gracias a las nuevas ténicas de implantación intraocular (¿se llamarán así?), encontró un pequeño tomate algo verde en el bordillo de la acera y con un preciso puntapié lo lanzó al medio de la calle.
Chanzas e ironías subrayaron su gesto nada casual.
-¿Pretendes acaso, jovenzuelo inmaduro, ver cómo ese pequeño fruto de la tierra es despanzurrado por el primer coche que pase?
- ¡Míralo al muchachote este! Ha resultado ser un sicoquiler vegetal...
- ¡Vaya, diantres, voto a Belcebú! ¿Es que acaso te divierte el sufrimiento ajeno?
(No puedo asegurar que habláramos así, pero debéis reconocer que el tono de estos diálogos dota de un carácter refinadamente aventurero a la anécdota.)
Después del breve comentario aclaratorio, vuelvo a la narración propiamente dicha:
Sin molestarse un ápice con nuestros acidulados comentarios, sin demostrar siquiera el más mínimo remordimiento por su claro intento de tomaticidio, el citado JCh., nos lanzó a la cara su trituradora verdad:
-Pues sí, tenéis razón: me mola ver cómo los vehículos rodados convierten a esta infradesarrollada hortaliza en una cucharada de ketchup naturista...
Allí nos quedamos todos, esperando ansiosos tal cual niños pequeños frente a un puesto callejero de comida basura, el inminente cambio de semáforos.
Aunque parezca increíble ninguna rueda de la primera tanda de vehículos pasó sobre el pequeño tomate, y este hecho al que podríamos caratular de insignificante, cambió para siempre nuestra valoración de la existencia toda. La tan manida Ley de Probabilidades era menos implacable, mucho más piadosa, de lo que todos creíamos. A pesar del notorio peligro circundante, el tomatito verde continuaba con su estructura intacta. Y, aunque parezca mentira y nadie se lo crea, siguió así durante varios minutos más.
Pueden sacar de esta breve narración todas las moralejas que les apetezca.
Yo no soy Walt Disney ni Steven Spielberg. De serlo bautizaría al tomate con un nombre resultón y le pondría guantecitos blancos, convirtiéndolo en el personaje de mil historietas, películas y juegos para la Play Station. Como soy un ser humano del montón, me quedé allí, junto a mis tres amigos, haciendo apuestas sobre la supervivencia del toma-Tito.
Seamos sinceros: los cuatro aplaudíamos su buena suerte, aunque deseando secretamente que alguna rueda cualquiera lo chafara de una buena vez. Era la hora del almuerzo, y a todos los presentes, maduras carnes de variados regímenes, nos esperaban en casa unas buenas ensaladas frescas de dos tipos de lechuga con vinagre y aceite.
¿Queréis conocer el final? Dejo que elijáis el que más os satisfaga, aunque no sería honesto si callara lo que esta parábola natural, sin invención alguna, me enseñó de la vida.
Podría resumirlo así:
Si por fruto del azar has nacido tomate,
te podrás salvar del tenedor al que estabas destinado,
y quizás, con suerte a tu favor, sin causarte el más mínimo daño,
pasarán, amenazantes, mil ruedas de vértigo rozando tu costado,
pero tarde o temprano, no lo olvides, habrá algún BMW de color plateado
dispuesto a mandarte de un solo y rudo golpe,
sin ninguna piedad, al otro lado.


Ilustra una obra de Julia Peirone.

martes, julio 21, 2009

del asombro frente a las bellas artes


Tres de la tarde del miércoles. Dos mujeres discuten acaloradamente en la calle Enrique Granados, a pocos pasos de donde saboreo un fresco menú veraniego en compañía de algunos amigos. Las contendientes comparten, además de una altura física considerable, el tamaño de sus narices, de parecido, familiar dibujo. En ningún momento llegan al golpe directo, aunque los rostros se acercan hasta rozarse, los brazos se levantan amenazantes y las voces adquieren segundo tras segundo más volumen. Todos los clientes del restaurante estamos pendientes de sus idas y venidas. Se mueven en un radio de cincuenta metros: caminando y deteniéndose, empujándose, cerrándose una a otra los caminos posibles con una presión sostenida que intenta cambiar el rumbo de sus pasos nerviosos; de Enrique Granados a Mallorca, de Mallorca a Enrique Granados.
Comenzamos a barajar hipótesis. Son hermanas, madre e hija, amantes, rivales, socias enfrentadas por acuciantes problemas económicos. Rubia, con el pelo recogido en una coleta, la de mayor edad; morena de cabello corto y ropa casual de corte masculino, la otra. ¿Y si fueran una pareja de actrices que están siendo filmadas a la distancia y repiten, respondiendo a las órdenes de unos ocultos pinganillos, la misma escena de un guión cinematográfico?
A todos nos parece notable que no puedan separarse. Conque una sola de las dos mujeres se desprendiera por un momento del desagradable lazo que las une, la situación perdería tirantez, podría solucionarse sin necesidad de recurrir a ningún tipo de violencia. Pero el asfixiante nudo parece no admitir deserciones. Se ha ido estrechando con el tiempo y ahora resulta prácticamente indisoluble.
La otra noche, cuando terminó la representación de Purgatorio y el público animoso y confiado que había llenado la sala (dispuesto a dejarse seducir por el vacuo espectáculo de Romeo Castellucci desde el mismo momento de comprar las entradas) empezó a desalojar despaciosamente el lugar, mi acompañante y yo nos encontramos con el escritor Andreu Martin y su mujer, Rosa, psicóloga de profesión.
¿Les gustó?, pregunté.
Bastante, dijo Andreu con una chispita burlona en los ojos. Y, gozando íntimamente con su ocurrencia, añadió: A ella le ha gustado mucho y a mí absolutamente nada.
La mujer de Andreu parecía muy impresionada por la relación entre el padre abusador y el pequeño hijo víctima de esos abusos.
Le dije que el tema me parecía una excusa dramática con demasiada actualidad en los medios como para no sospechar de una elección oportunista.
-Podría centrarse sobre la esposa y daría exactamente lo mismo, acoté.
-¡No... es muy diferente! Un niño no tiene escapatoria alguna. Estará marcado para siempre por esa relación abusiva.
-Como todos, insistí. Si bien es cierto que este caso puede ser especialmente patológico, todos estamos marcados por nuestras relaciones, en particular por las parentales.
Como es de suponer, ninguno logró convencer al otro. Ni siquiera podría asegurar que lo intentáramos.
A mí me daba igual el tema, sin duda urticante. El montaje de Castellucci es plano, ilustrativo, no intenta desentrañar el porqué de los hechos. No hay ninguna pregunta sustancial y sí varias respuestas que podríamos sintetizar en una específica, de profunda raíz cristiana: el purgatorio está en la tierra, en nuestra vida cotidiana, en los seres que nos rodean. El infierno que Sartre atribuía a los otros, ha descendido un peldaño en la lista de los castigos posibles convirtiéndose en este espacio donde mediante la flagelación y el escarnio podremos hacernos perdonar de nuestros pecados, para ascender luego, ya libres de toda culpa, al paraíso prometido. Esto en los papeles, en las declaraciones, en las críticas, porque en manos de Castellucci, el Purgatorio es simplemente un espectáculo a todas luces elegante, servido con moderno (?) y abundante despliegue técnico, en el que las actuaciones importan tanto como ese piano de cola donde nadie toca. Igual que los televisores sin mando a distancia que pretenden ubicarnos en alguna década pasada o el enorme Mazinger Zeta que asoma sus ojos parpadeantes en la tercera escena, los actores son instrumentos vacíos con sonido amplificado, marionetas veladas por una pantalla de tul en la que se proyecta redundantemente el guión de esas acciones mínimas desarrolladas por sus esquemáticos personajes sobre el escenario.
Si me dejara llevar por los dos espectáculo que llevo vistos en el Grec de este año, podría asegurar que la parafernalia técnica está asfixiando con sus excesos las zonas más sensibles de las artes escénicas. También Silvie Guillem, impecable bailarina, instrumento afinado hasta en sus más mínimos acordes, se enrola con Eonnagata en esta lujosa teatralización de la nada aderezada con la pizca de escándalo necesaria: la ensalada Glamour no puede resultar desabrida. Luces impactantes de Michael Hulls y refinado vestuario de Alexander McQueen para mostrar y cubrir las ambiguedades de un personaje desdoblado en la línea tripartita del mismísimo Espíritu Santo.
El asombro ha ocupado el lugar de la emoción. Nuestro deslumbramiento se desvanece apenas se desvanece el efecto especial que lo ha producido.
Dos mujeres sin atrezzo alguno, enfrentándose en la calle por vaya a saber qué cosas, tienen más fuerza dramática, despiertan más incógnitas, que cualquiera de estos espectáculos a cincuenta euros por cabeza.

ilustra: Eonnagata, saludo final de Russell Maliphant, Sylvie Guillem y Robert Lepage. foto de Dante Bertini.

viernes, julio 10, 2009

Beatriz & Dante, Dante & Beatriz


Predata: como prefacio no es y prólogo tampoco, me permito acuñar (?) esta palabra para agradecer en lugar destacado a la escritora Marta Navarro García por los dos posts dedicados a mi persona, mi gato y mis trabajos en su blog Entrenómadas, ambos con fecha posterior a la publicación de Beatriz & Dante, Dante & Beatriz.

Me pregunto si serán muchos los que aún recuerden a Beatriz Guido, autora de varias novelas sombríamente intimistas con protagonistas adolescentes, todas ellas jovencitas lánguidas, entre pasmadas y enigmáticas.
Mujer tímida, ensimismada, amante de recovecos, cuchicheos, penumbras y jardines, la Guido mantuvo una larga y tórrida relación con el director de cine Leopoldo Torre Nilsson, Babsy, para quien escribió los guiones de algunas de sus películas más personales y exitosas. Eran historias de familias decadentes en las que la falta de dinero se compensaba con la abundancia de antiguos blasones y una reserva equivalente de taras y prejuicios. Políticos conservadores, caudillos de barrio, amantes frustradas, tías solteronas, deficientes físicos o mentales y avinagradas amas de llave que parecían imitar los despiadados procedimientos de Judith (Mrs. Danvers)Anderson en la magistral Rebeca de Hitchcock, incidían de una u otra forma en el despertar sexual de jovencitas tímidas, curiosas y con una esmerada educación católica, personaje que encontraría adecuada carnación en el hieratismo sensible de la actriz Elsa Daniel y que años después repetiría, en colores, con menos edad y distinto acento, la Ana Torrent de El espíritu de la colmena o Cría cuervos.
Nos cruzamos con Beatriz Guido una tarde en que ella salía de la Galería del Este -por aquellos años versión bonaerense de la Carnaby Street inglesa-, en el mismo momento en que se le rompía el hilo del collar de cuentas azules que llevaba al cuello. Vi cómo se quedaba paralizada en medio del ancho pasillo con un gesto de estupor en la cara y las manos tiesas al costado del cuerpo, mientras las cuentas del collar, finalmente liberadas de aquel lazo que las había mantenido unidas durante vaya a saber cuanto tiempo, se desparramaban por el suelo, atravesaban la acera y rodaban vertiginosas hacia el veraniego, febril, reblandecido asfalto de la calle Maipú.
Yo había reconocido de inmediato a la escritora de La caída o Fin de fiesta, una presencia ineludible en las revistas literarias y sociales de la época, y sin pensarlo dos veces me puse a recoger las cuentas esparcidas por la calle. Siguiendo mis movimientos con su mirada acuosa, tristona, algo vacuna, la Guido, detenida en el exacto lugar donde la había sorprendido el contratiempo, repetía “gracias, gracias, gracias” con una voz apenas audible, entre asmática y acongojada, mientras sus manos, puestas ahora a la altura del pecho, formaban un cuenco tembloroso en el que yo iba depositando todas las cuentas recogidas. Cuando dejé caer en aquel improvisado cáliz la última de las pequeñas perlas azules, la escritora me miró un instante con su cara de bebota caprichosa y repitió otra vez “Gracias”, para añadir enseguida, como si pretendiera disculparse: “No es que tengan demasiado valor, pero son recuerdo de alguien que he querido mucho...” Aunque había finalizado la frase mirando hacia lo alto, era de suponer que se refería al collar, convertido ahora en cuentas desgajadas, nuevamente autónomas.
Por aquellos tiempos yo era un asiduo lector de Alan Watts, de Wilhem Reich, de Carlos Castañeda. Esta mezcla desordenada de ciencias alternativas, unida a algunas experiencias de las bien llamadas psicotrópicas, me hicieron pensar que estaba asistiendo a alguna parábola esotérica especialmente dirigida a mí. De ese encuentro fortuito con literata famosa y cuentas derramadas, yo estaba obligado extraer una enseñanza fundamental. Si me era dado interpretar correctamente aquella anécdota de apariencia casual, intrascendente, encontraría al fin ese sentido profundo de la vida que tanto me obsesionaba desde siempre.
Pero no hubo nada más. Eso fue todo. Ni siquiera me atreví a decirle que pese a ser un adolescente melenudo de aspecto algo descuidado, sabía muy bien quien era la mujer que tenía delante. Tampoco le dije que había leído varias de sus novelas y no me perdía ninguna de las sombrías películas que a partir de aquellas historias dirigía su amante o esposo -nunca tuve muy claro el vínculo que los unía-, Leopoldo Torre Nilsson, ese hombre grandote de aspecto intelectual y modales extranjeros. Ella tampoco me invitó a tomar un café, o, supuestamente fascinada por mi encanto juvenil y mi servicial espontaneidad, decidió dejarme alguna dirección o un número de teléfono donde poder encontrarla para conocernos mejor.
Tal vez si le hubiera dicho mi nombre podría haber despertado su interés con una fantasía literaria de papeles trastocados: una madura Beatriz escritora para un Dante juvenil que se cruza por azar en su camino y la sigue por vaya a saber qué infernales o paradisíacos círculos.

Sí, lo sé. Es una anécdota tonta que después de tantos años debería haber olvidado. Sin embargo, por alguna extraña razón que no logro encontrar, jamás se ha borrado de mi persistente memoria.

ilustra: Elsa Daniel y Lautaro Murúa, Elsa Daniel y Berta Ortegosa, en escenas del filme argentino La casa del ángel (1957)

sábado, marzo 14, 2009

Barbaries

Un señor de edad avanzada y estatura media para un país habitado por gente de media estatura, con abundante pelo canoso y cara poco singular, ha decidido que la ducha del gimnasio que estaba ocupando ayer por la tarde el que esto escribe era la suya habitual.
-La he usado durante siete años-, dijo en catalán, aunque con tono de satisfecho jerarca de algún régimen dictatorial de otros tiempos no tan lejanos. Había varias otras vacías, pero él, acostumbrado a vaya a saber qué espacios mentales de dimensiones restringidas, quería precisamente aquella que estaba usando yo. Para hacer su supuesta propiedad más evidente, cogió mis toallas (2) y las puso en un colgador distinto, más alejado del que yo había usado y, por tanto, de mi alcance.
-¿Qué está haciendo?, le dije- No veo que ninguna de las duchas tenga nombre.
-Estoy acostumbrado a esta. Me gusta ducharme aquí. Será una cuestión de costumbre, pero es así.
Preferí callar. Cuando estamos desnudos en un lugar extraño nuestra vulnerabilidad crece, se hace mucho más notable. Terminé de ducharme mientras rememoraba con morbosa delectación la violenta escena del sauna en la película Promesas del Este*.
"Tomátelo con calma", decía mi otro yo, ese pelele domesticado."No sos Vigo Mortessen*, aunque en la vida real él también tome mate."
Poco después leía unas declaraciones de Fernando Meirelles, el director de Ciudad de Dios y A ciegas*, esta última basada en el Ensayo sobre la ceguera de José Saramago:
"La barbarie está aconteciendo hoy, pero no queremos verla. Ustedes y yo estamos hablando relajadamente porque hemos desayunado bien y tenemos la comida asegurada. Bastaría un simple incendio para que nos pisásemos unos a otros".
O una crisis, pienso yo. En realidad ni siquiera hace falta una crisis. Basta el anuncio de una crisis para que afloren los demonios habituales, y los seres pequeños, desgraciados poseedores de unos títulos de propiedad que sólo ellos avalan, se crean dueños de todas las duchas de todos los baños de todos los gimnasios.
Foto : autorretrato de Alastair Thain.

lunes, noviembre 24, 2008

Miho Naomi Murcia

¡Vaya qué graciosillo estoy!, parafraseando en mi título al señor Woody Hereu... Y todo esto a pesar del mediocre hacer de los tenistas argentinos en Mar del Plata, tan rebosantes de soberbia como faltos de entrega, y de los comentarios desagradables de muchos periodistas españoles, decididos a hacer con este triunfo deportivo una gruesa cortina con la que cubrir los serios problemas sociales de un país y un mundo en crisis. Quizás mi contento se deba a que el viaje por Murcia y el Levante español han llenado mi cuerpo y mi corazón de nuevas energías, casi tanto como Eva, José Miguel y Carlos, un amigo que conservo desde la adolescencia, llenaron nuestra estadía de afecto y nuestro auto de solares naranjas recién arrancadas de los muchos árboles que rodean su casa. Me gustó Murcia, me sorprendió Cartagena, me enterneció Orihuela, las tres con innumerables plazas meciéndose con suavidad al ritmo de sus fuentes de agua y rebosando de acacias, olmos, palmeras, palos borrachos, ombúes, ágaves y yucas. Por muy poco no me quedé pegado a la Plaza de la Catedral de Santa María, imponente y barroca, con un costado muy próximo a la escuela de Danza y Artes Escénicas y a su joven alumnado de estética Fame; o me quedo a vivir en plan clochard en la Plaza del Ayuntamiento, junto al río con su gran sardina varada -toda ella de un metal al que supongo bronce- y sus patosos patos auténticos, de carne, pluma y huesos. Casi podría asegurar que esta gente murciana mima mucho a sus árboles. Nuestros amigos nos contaron cómo, hace ya algunos años, del inmenso ficus elástica de la Plaza de Santo Domingo se desprendió una rama que mató a un transeúnte. Otros ayuntamientos más demagógicamente vengativos hubieran talado el árbol para dar ejemplo a sus congéneres, pero el de Murcia decidió rodearlo de una especie de previsora glorieta circular que imposibilita la repetición de ese fatídico accidente.
Por primera vez estuve viviendo en lo que los argentinos llaman Country y aquí suelen denominar Golf: una gran urbanización de casas y apartamentos -a los que sus siempre redundantes promotores añadirían "de alto standing"- rodeando un muy cuidado campo para la práctica de ese particular deporte, sin prisas ni jadeos, tan pausado como paseado. Me gustó pernoctar allí, aunque echaba a faltar el ruido, el desorden y la mugre ciudadana. Tal vez porque Laborare Stanca y no hacerlo también, o porque en mis oídos mar y mal se confunden demasiado inquietándome mucho, dejamos para otro viaje una visita turística a la Manga del Mar Menor. Apenas pasamos por Elche y no nos detuvimos más de lo necesario en una demasiado exprimida Altea, lanzada a la fama popular por su mar, su sol y su siempre escurridiza Pepa Flores, más conocida como la prodigiosa niña... Marisol.
Ahítos de autopistas, llegamos el jueves por la noche a nuestra casa de Barcelona. Stop. Descargamos los bultos y las naranjas. Stop. Nos abrazamos calurosamente con Federico, el felino feliz. Stop.
El viernes a las nueve de la noche, acompañado por un ramo de rosas de color rosado, me presenté en el hotel donde paraban Miho Sakato y su amiga Naomi. Los dorados salones del Avenida Palace fueron una verdadera sorpresa. Con ellos no temo equivocarme como con la sardina murciana: por todas partes hay bronces bruñidos de brillos dorados. Habré pasado por la acera de este céntrico hotel varios cientos de veces y nunca me había asomado siquiera a su interior. Seguramente aparecerá en algunas de las fotos que acompañen este o un próximo post.
De Naomi y Miho no contaré demasiado.Las dos visitantes llegaron tan parcas de palabra -ninguna sabía hablar el idioma del otro- como cargadas de sonrisas tímidas y regalos exquisitos. El emaki que narra nuestro encuentro está todavía sin terminar, es poco más que un boceto. Según dijeron ellas y yo sé muy bien, nos gustamos nada más vernos.
Hoy domingo, a las tres de la tarde y después de un paseo por los montes cercanos, las dejamos frente al Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. Nos costó bastante despedirnos. Seguían faltándonos palabras, aunque a esas alturas ya nos sobraran sentimientos. (continuará)

ilustrando este post: Murcia ciudad
leyenda en una pared exterior de la Escuela de Artes Dramáticas y un estraño personaje custodiando la puerta de un antiguo palacete transformado en edificio de oficinas; el imponente ficus gomero o árbol del caucho protegido de sus desprendimientos; el Casino en rehabilitación; el surrealista Monumento a la Capa Española; el teatro Romea, cubierto para su restauración.

martes, septiembre 16, 2008

Park Hwayobi : call me, please.

Se llama Park Hwayobi y me encontré con ella por casualidad, como se encuentran muchas de las cosas que nos sorprenden. ¿Alguien duda de su calidad de estrella?
Este post se lo dedico a Sandra Rehder, que me presentó a Xavier Febrés, que me pidió la letra de mi tango Rambleando, a la que terminé por (re)encontrar casi accidentalmente en la página web de un serbio que enseña a bailar tangos en la bella y melancólica Lisboa. Adam Vucetic, que así se llama este profesor de cortes y quebradas, usa para ilustrar su muy documentada página todo tipo de videos, entre ellos el de esta particular cantante coreana. Gracias a todos los que me ayudaron a llegar a ella, por supuesto.