


Un pequeño loro verde cruza de calle por el aire, sobrevolando mi cabeza. Mientras lo hace grazna, aunque no se con certeza si al ruido que hacen estos loros sudamericanos, similar al chirrido de una puerta con las bisagras sin engrasar, se lo llamará también graznido. Nuestro idioma es tan rico que más de una vez se excede en la especialización.
Por desgracia yo no tengo esa posibilidad loruna de autotraslado aéreo, sino probablemente estaría cruzando otras distancias. Tampoco hago ruido. No es mi costumbre hablar solo cuando voy por la calle y llevo en los pies las silenciosas sandalias MBT que he usado durante casi todo este tórrido e interminable verano. Son realmente fantásticas: te obligan a caminar levantando los pies como si bailaras sardanas.
También las llevaba el otro día, cuando bastante aburrido, ni verde ni alado, estaba paseando por el Paseo de Gracia en un miércoles de octubre carente de cualquier gracia especial.
Habían vuelto a colocar los stands de la Feria del libro viejo y de ocasión. Como lo hacen cada año para esta misma fecha. Muchos de los libros que se encuentran en ella suelen ser también los mismos de siempre. Viejos y de ocasión. Es que cuando una cosa no se vende, no hay caso, no se vende.
Lo comprobé con algunos productos, pocos por suerte, en los tiempos de Dadá, nuestra pequeña tienda de Ibiza, y creo que a partir de allí puedo generalizarlo sin temor a equivocarme demasiado.
Si algo no tiene interés para los potenciales clientes, es inútil que trates de vendérselo barato. Ni siquiera lo querrán regalado. Da lo mismo que se trate de una camisa de buen diseño, confeccionada con una tela floreada en colores estridentes comprada con gran ilusión en una sedería de Rio de Janeiro, que de un libro sobre poesía del siglo trece u otro sobre alguna teoría conspirativa comunista para el amordazamiento y desaparición inmediata del signore Berlusconi.
Si algo no cuela, no cuela ni con un chino cibernético de última generación.
Al principio de los tiempos, cuando recién había llegado a Barcelona, me ilusionaba pasearme por esta feria esperando tropezar con alguna inesperada maravilla como aquellas que a veces se encontraban en las librerías de viejo de Buenos Aires. Una preciosa edición paradojalmente roja de La esfera negra de Gustav Meyrink, por ejemplo, o algún volumen del Séptimo Circulo, la nutrida, extensa, nada prejuiciosa colección de novelas policiales creada y dirigida a mediados de 1940 por Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Son otros tiempos y es otra economía. Aquí el que compra buenos libros se los guarda, y cuando hallas alguno de mucho interés resulta que está firmado y fechado al menos en 1934, por lo que debes suponer que el dueño ya se ha muerto y los herederos, si los tenía, se han desprendido alegremente de todas las pertenencias del finado. Esto a mí, quieras que no, me produce cierto resquemor insuperable al que no sé ponerle un nombre demasiado preciso. De cualquier manera, y a pesar de mis ironías, en estas ferias siempre encuentras algo de interés. Este año volví a casa con varios libros de artes gráficas y la réplica tamaño Barbie del "operístico" vestido rojo de Julia Roberts en Pretty Woman. Una verdadera joya por la que pagué tan sólo dos miserables euros.
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ÚLTIMO MOMENTO: Mientras escribo este post sobre loros, ferias y libros viejos, me llega un email en el que el señor y la señora Taschen anuncian la aparición de un facsímil de JAZZ (1947), los tan sencillos como deslumbrantes recortes-collage realizados por un ya muy anciano Henry Matisse en 1943.
¿Es una casualidad? Tengo una edición alemana (R.Piper & Co., Munich 1957)
en tamaño de bolsillo y comprada de segunda mano, que he arrastrado durante todas mis mudanzas de los últimos 35 años. Pondré una foto para que podáis verla... y telefonearé mañana mismo a los representantes de Taschen en Madrid para que me envíen un ejemplar de esta nueva edición a casa.
De aquí a un mes cumplo años y no encontraré ningún regalo mejor para hacerme a mí mismo. Estoy absolutamente convencido de ello. Casi tanto como que este nefasto día de hoy, pesado y bochornoso en más de un sentido, fatídicamente señalado por corrupciones y muertes -entre otras más mediáticas, la del inconmensurable fotógrafo estadounidense Irving Penn, refinado retratista de sueños y pesadillas- debería dejarme algo en verdad bello y creativo para quitarme las ganas de borrarlo de manera definitiva de todos mis calendarios.
Fotos en blanco y negro: Irving Penn.































