
Me despierta un rayo de luz que entra sin ningún sigilo a través del estor opaco que cubre la ventana de mi dormitorio.
¡Qué silencio sepulcral!, me digo y enseguida deduzco que una nube tóxica acabó con casi toda la población del mundo. Extraña sensación: tal vez yo sea uno de los últimos supervivientes de mi especie.
"La tierra permanece, Maleville, Soy Leyenda..." susurro hacia mis adentros.
Lo hago para tomar conciencia de que el argumento que imagino está muy trillado y seguramente no volverá a repetirse una vez más teniéndome ahora como protagonista.
Tengo la boca seca y la lengua incómoda, molesto trapo húmedo arrumbado entre los dientes. Voy hacia la cocina y un estruendo ensordecedor me detiene a dos pasos de la entrada.
"Un misil ha caído sobre el techo del salón", pienso aterrorizado.
Debo haber perdido todos mis muebles, también mis objetos más queridos...¿Y mi gato? ¿Estará vivo mi gato?
Atento a los pensamientos de quien lo alimenta y mima, Federico maúlla una o dos veces sin demasiada convicción. Descansa estirado sobre uno de los sillones, aparentemente intactos, del salón cercano. El día está nublado y él preferiría seguir gozando de su lasitud adormecida sin preocuparse por nada más.
No he dormido bien y estoy muy sensible. Si no fuera así resultaría injustificable confundir el ruido molesto de una silla, arrastrada torpemente por la antipática vecina del piso superior, con el demoledor estruendo de una hecatombe bélica.
Preocupado por mis aprensiones injustificadas, me sirvo un poco de agua sin mirar siquiera lo que estoy haciendo. Cuando me llevo el vaso a la boca percibo un gusto amargo, ácido, inusual, desagradable.
"¡Dios! ¡Ya llegó hasta aquí la contaminación radioactiva de los japoneses!"
Al borde del vómito, enciendo la luz y compruebo que el vaso tenía algún residuo del limón exprimido que había calmado mi sed de la noche anterior. Roquefort y aguacate sobre rebanadas de pan integral, una cena que pretendió ser frugal sin llegar a serlo.
Levanto los restos del festín y arrojo a la basura el periódico del día anterior, abandonado como un acordeón sin música sobre la encimera de mármol blanco.
No debería leer ese tipo de cosas poco antes de acostarme.
Fotografía de Bruce LaBruce

