


La fiesta ha terminado. Se hace necesario guardar los bártulos, ordenar todo lo que ha quedado revuelto, volver cada cosa a sus sitio.Después de una semana de encuentros, presentaciones, charlas, comidas, abrazos, despedidas, pequeñas decepciones, gratificantes sorpresas y mucho, muchísimo cine, los invitados regresamos a nuestras casas y a nuestras familias, a nuestros trabajos habituales y a nuestra menos concurrida, y nada resguardada, vida cotidiana. Es muy fácil acostumbrarse a que otros se ocupen de los molestos detalles domésticos. Puedes dejar la cama sin hacer y desentenderte por completo del suelo del baño después de una ducha. No necesitas pensar en el desorden que dejas a tu paso y cada día al levantarte encuentras un buen desayuno esperándote junto a un puñado de gente agradable, todos ellos en tren de compartir cruasanes, cafés, zumos de naranjas y un parecido interés por el cine. Durante una semana entera te llevan y te traen en coche, abundan las comidas-banquete, y, como están siempre atentos a tus necesidades, hasta te compran un paraguas apenas se percatan de que no habías tenido en cuenta la posibilidad de tanta y tan sostenida lluvia. Es mi segundo año en el Festival de Lleida: no me importaría repetir la experiencia. Conocí a gente cálida, culta, sencilla, y volví a sentirme tranquilo, relajado, querido. ¿Y el cine, las películas? Hubo de todo tipo, por supuesto, y alrededor de ellas giró durante una semana entera mi habitualmente poco cinematográfica vida. Las estrellas suelen ser fugaces, ya lo dije, pero guardo buen recuerdo de las que pasaron por el festival -Mercedes Sampietro, Fele Martínez, Jorge Perugorría, Vladimir Cruz, Angela Molina, Eduardo Noriega, Jordi Dauder- y de varias que sólo se acercaron en imágenes: Leticia Bredice, Darío Grandinetti, Mariana Loureiro, Maya Zapata, Daniel Faraldo, Alberto Laiseca. Sin embargo, y como siempre, los más cercanos a mi corazón, los habituales vecinos de butaca y compañeros de mesa, fueron aquellos con los que de alguna forma compartí también trabajo: Rosa María Calaf, Rafael Maluenda, Jorge Meyer, Patxi Barco, Juan Millares, Lolita Lechner, Marta Belluscio, Sergio Cabrera. La película ganadora, Desierto adentro, dura, despiadada, sin concesiones fáciles a los tramposos espectáculos de masas, debería convertirse en un clásico del cine latinoamericano. Heredera de la lujosa sobriedad de Rulfo y de la descarnada, nunca accesoria ni complaciente visión del Buñuel mexicano, sabe mostrar de forma explícita, sin recurrir al avasallante mensaje de los púlpitos ni al palabrerío hueco de mitin y pancarta, los resortes de una cultura basada en culpas ancestrales y en su nunca suficiente, exhaustiva expiación.
Goloso que soy, terminado el banquete quise postre, y en vez de tomarme el AVE a Barcelona me fui a la Capital del Reino. Pero bueno, esa es otra película, y como estoy algo cansado de tanto traqueteo me patina el proyector, impidiéndome ofrecerles un programa doble.

Goloso que soy, terminado el banquete quise postre, y en vez de tomarme el AVE a Barcelona me fui a la Capital del Reino. Pero bueno, esa es otra película, y como estoy algo cansado de tanto traqueteo me patina el proyector, impidiéndome ofrecerles un programa doble.


Fotos: (1)Vendedora de muñecas en el mercadillo de los sábados, paseo central de Lleida. (2) El director Jorge Meyer, jurado de documentales, y Rosa María Calaf. (3) Nuestro jurado al completo: Sergio Cabrera, M.R. Calaf, yo, Marta Belluscio, Rafael Maluenda. (4) Alan Jonnson, director de Morenita. (5) María Victoria Menis, directora de La cámara oscura, en guerra fotográfica. Héctor Menis, sentado y riéndose. (6) Tres ángeles de Juan Ferrer, director de la Mostra: Nuria, Belén, Cristina.
(7) Andrés Duprat, guionista de la premiada película argentina El artista, junto a su hijo.
(7) Andrés Duprat, guionista de la premiada película argentina El artista, junto a su hijo.
Una imagen oblicua y fragmentada gira delante de mis ojos desde hace dos noches. Podría haber escrito: una imagen me mira sin que yo pueda hacer nada para evitarlo. Sería igualmente válido. El viernes, sin haberlo previsto anticipadamente, acabé en un cine donde proyectaban una película sin especiales atractivos para mí. (Dos veces "sin" suena a pecado, a reiteración injustificada, a una cárcel donde cumplir penas lingüísticas. Hace calor, mucho calor. No es tiempo para escrituras refinadas.)
Viene a cuento, porque tanto ésta como la película de Wayne Wang intentan romper con los cánones cinematográficos clásicos. La de la Duras, olvidándose del cine como un arte visual con lenguaje propio; logrando que la puesta en escena sea poco más que una ilustración pedante, superficial, falsamente sofisticada de unos textos de por sí pretenciosos. La de Wayne Wang, de profunda concepción cinematográfica, intentando desprenderse lo máximo posible de toda apoyatura ajena a la narración en imágenes. 
