
Harto de tanta belleza natural, de la inocente y provisoria paz de un lugar de vacaciones tan despoblado de turistas como de sus pobladores habituales, casi hastiado de la compañía no invasora, musical, armónica, de olas, gatos, nubes, aromas, gaviotas, mirlos, lagartijas y gorriones, recurro al honorable, presque bilingüe, diario La Vanguardia para sumergirme nuevamente en la incómoda aunque más reconocible realidad cotidiana.
Las páginas de actualidad y política suelen proporcionarme cada día un poco más de lo mismo: actualidad teñida de política y política disfrazada de actualidad. Negro sobre gris, tinta sobre papel, sangre sobre sangre.
Mejor pasar con etérea ligereza y soterrada alegría a aquellas otras, las que vienen tintadas de un ambiguo rosado cultural; tal vez en ellas encontremos el equilibrio justo entre la cruda realidad y el siempre fugitivo ensueño.
Desde allí, un señor a quien no había leído nunca antes, nos habla de la actual proliferación de biografías noveladas, esa prolongación culta de los programas televisivos donde triunfan personajes con nombre o apellido de otra cosa: belén, campanario, zapatero, botín o, ¿por qué no?, mingitorio.
El articulista cuenta que Bertrand Russell, filósofo, matemático, activista social y Premio Nobel de Literatura, uno de esos tipos aburridos a los que nunca se nombra por televisión, decidió en un momento de su vida preguntarse para qué había vivido.
Como era un intelectual sensible y un hombre respetuoso de sí mismo, tuvo a bien contestarse. Confesó haberlo hecho por tres pasiones a las que consideraba tan simples como intensas: "el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento humano".
No creo que sus motivaciones tuvieran el más mínimo interés para las plateas televisivas medias, más inclinadas al lagrimón sentimental, a la condena judicial o al siempre resultón y excitante estupro.
Para redondear la descripción de un personaje al que supone, sin equivocarse, poco recordado, el periodista agrega: "hubo una época en la que los intelectuales enarbolaban banderas críticas y éticas, aún con el riesgo de perder cargos y conferencias o ir directamente a prisión. Russell fue uno de esos intelectuales."
Y no le fue nada mal, al menos en la longitud de su existencia. Vivió casi cien años colmados de todo tipo de experiencias.
Ahora, ¿puedo yo, sin ningún cargo importante esperándome a la vuelta de la esquina, con poco poder y mucho menos talento y crédito que el longevo y nobelado señor Bertrand Russell, arriesgarme a decir en todo momento lo que en realidad pienso?
No lo sé, temo que no, que quizás no debiera, ¿pero acaso puedo tragar sin atragantarme lo que pugna por salir mientras escribo?
Ilustra un retrato de Bertrand Russell de autor desconocido.

