
Es martes por la mañana. Digo Perla y aparece mi prima de Gauleguaychú tocando el piano como una desaforada.
Milongas, habitualmente tocaba milongas, aunque no le hacía ascos a las composiciones clásicas, sobre todo las que tenían pasajes donde podía lucir su brío, por lo general desmedido; tanto como para dejar la cubierta del teclado con evidentes, nada agradables rastros de sus uñas.
Mi prima Perla era hija de un militar retirado de infantería, tío político mío por parte de madre. Hombre rígido, patriotero, moralista, de cachetazo fácil y abundantes represiones para con su familia -numerosa, por supuesto-, todo el mundo lo respetaba o al menos le temía.
Supongo que Perla, mi prima, poseedora de un carácter parecido al de su padre, se desfogaba aporreando el piano a falta de algo mejor; quizás un objeto sin sonoridad, aunque con posibilidades de responder al ataque feroz de aquellas garras perladas de mi parienta con un auténtico festival de sangre, sudor y lágrimas.

Perla, mi prima, se parecía a Gloria Grahame. O tal vez fuera la Grahame la que resultaba identica a mi prima. Resulta harto difícil adjudicar a una u otra la invención de un estilo que las calles repetían con superficial entusiasmo. Cientos de mujeres del montón, con cuerpos y rostros que nada tenían que ver con los originales, los de Perla y Gloria, por supuesto, hacían acopio de postizos, rimmel, gruesas capas de pintalabios carmín (siempre algo excedido de sus límites) y abundancia de posturas de cadera quebrada, un pelín barriobajeras, sutilmente obscenas, en un intento estéril de copiar las almas -desesperadas, ardientes, sadomasoquistas- de Gloria y Perla, más propias de una guerrillera encarcelada que de un ama de casa mortalmente aburrida de sus tareas cotidianas o de una secretaria ejecutiva con escaso tiempo libre.
Como muchas de mis tías y primas casadas o solteras, Perla sufría de constantes dolores de cabeza que la obligaban a encerrarse en su dormitorio durante la siesta, con un paño de agua fría sobre la frente, las persianas bajas y la llave echada.
El piano lo tocaba por las tardes o muy temprano a la mañana, apenas levantarse. Costumbres adquiridas, junto a un mal humor casi constante, en su casa paterna de Entre Ríos, cuando su padre, maestro de música y director de una pequeña orquesta típica compuesta por todos sus hijos y dedicada a amenizar fiestas populares y conmemoraciones patrias, le enseñaba a solfear a fuerza de gritos, insultos y castañazos.
Perla era la auténtica perla de los Videla de Gualeguaychú. Nunca la ví sin maquillaje o con la corta cabellera rizada en desorden. Tampoco usó jamás pantalones, ni siquiera de pijama, y es la única mujer, lo juro, a la que vi caminar en pantuflas de entrecasa con displicente elegancia, como si tuviera puestas sandalias con altísimos tacones aguja y estuviera desplazándose entre las mesas ricamente decoradas de un cocktail mundano en un hotel de lujo.
Podría definir su estilo interpretativo como una versión algo más viril del Príncipe Kalender, un solista de piano de origen ignoto, presumiblemente italiano, de gran fama en Buenos Aires por aquella época. No se si Perla era consciente de aquel parecido, ya que las composiciones preferidas de mi prima no eran las del Príncipe, creadas especialmente para demostrar su maestría como ejecutante, sino los conciertos numerados para piano y orquesta de Rachmaninoff.

Orquesta sinfónica nunca tuvo cerca, pobre Perla, pero eso no le resultaba ningún impedimento. Cada mañana abría la tapa superior del enorme combinado de mis padres y apilaba sobre el dispositivo que los dejaba caer, estruendosamente, de uno en uno, aquellos frágiles discos de pasta que a mí nunca me permitían tocar, para acompañar al concertista grabado como si estuvieran tocando a cuatro manos. Una delicia muy especial mi prima Perla. Jamás pude entender por qué, siendo como era un volcán soterrado al que podía suponerse una potencia sexual arrasadora, nunca nos enteramos de que tuviera a nadie a quien amar.
Tal vez fuera más astuta de lo que todos creíamos y sus constantes visitas al médico escondieran secretos pasionales, que la callada Perla, sensual y misteriosa como un preludio de Debussy, se llevó para siempre a la tumba.
Posdata: Ahora, nada más terminar de escribir este texto, me pregunto si en realidad mi prima Perla no se llamaba Dora.
Ilustra: fotos publicitarias de la actriz Gloria Grahame; en la segunda, la misma actriz caracterizada como mi prima Perla. Partitura del Príncipe Kalender.