
Y como decía al final del post anterior, un 28 de diciembre de 1975, ¡vaya inocentada!, desembarqué en la capital de España.
Madrid, Madrid, Madrid, en México se piensa mucho en tí...
"El flaco" Agustín Lara conocía muy bien los secretos de la seducción: si los piropos hechos canción no eran suficiente para el homenajeado, agregaba a las corcheas y bemoles alguna que otra joya de notable valor.
Con Madrid usó imaginación y savoir faire para describir elogiosamente una ciudad que ni siquiera conocía. A la grandísima María Félix -"la Doña", articulada y con mayúscula, como la llamaron siempre sus congéneres, su propia "doña" frente a Dios y la ley- le dedicó María Bonita, mitificándola lo suficiente como para convertirla en un glamuroso ícono universal. Lo hizo sin olvidarse de que los diamantes, tal vez porque suelen acompañarlas en los momentos más dificiles de su vida sin pedir nada a cambio, son el mejor amigo de las mujeres de mundo, y María Félix, a pesar de su misteriosa, para muchos ambigua sexualidad, lo era sin posibilidad de duda.
Aunque tal vez produzca algún picor entre los madrileños que me leen, parece justo decir que el enlutado Madrid que nos recibió en el 75 no era tan juguetón ni colorista como lo retrató Lara en su chotis de los cincuenta. Frío, inhóspito, casi podría decirse hostil, resultaba particularmente anacrónico para alguien recien llegado de un país de América, por más al Sur que este estuviera. Allí éramos más pobres, pero también menos formales. Rígidos horarios, rígidas costumbres, rígidos sentimientos, la gente del centro de Madrid se veía tan estructurada como esos Loden verde musgo que lucían con orgulloso ademán de europeo pudiente. Unos porteros uniformados y de gesto huraño te abrían la puerta de calle con una llave que tú nunca poseías y con la misma culpabilizadora actitud de una madre sobreprotectora si acaso cometías el error de golpear las manos para llamar su atención una vez pasadas las que ellos consideraban prudenciales diez de la noche. Supongo que para hacerte más llevaderas las calenturas de la carne, las calles se lavaban cada noche con manguera y los empleados municipales que las manipulaban con auténtica saña limpiadora no estaban adiestrados para tener miramientos con los viandantes noctámbulos.
"Si andas a estas horas fuera de tu casa te mereces un buen chorro de agua", parecían decirte mientras te mojaban los pies o te salpicaban los pantalones sin ningún remordimiento.
Allí, en la bella y distante Madrid, descubrí que un ligero cambio en la forma del saludo podía resultar tan sorpresivo como inquietante. Los porteños, siempre amigos del exceso, solíamos recibir a alguien conocido con palabras amistosas unidas a exageradas muestras de cariño:
-¡Qué decís, mi amor! ¡Qué alegría verte de nuevo por aquí! ¡Cómo estás, mi vida!
Si se trataba de un cliente, lo habitual era decir:
-¡Buenos días, don Tal! ¿Puedo servirlo en algo?
En Madrid el recibimiento solía constar de dos palabras, dichas siempre sin acompañamiento de sonrisa o mueca alguna:
-¿¡Qué pasa!?
Al principio daba por sentado que yo no les gustaba por mi condición de inmigrante argentino... ¿O me verían cara de delincuente? ¿O sería porque al caminar se me volaba alguna pluma sin que yo me diera cuenta?
Me costó entender que aquella era la forma habitual de saludo en tierras castellanas y que, aunque no contuviera ni el más mínimo rastro de afección o simpatía, tampoco significaba que tú les importaras un pimiento. Ni siquiera para tenerte aversión o manía.
En esa, por otra parte espléndida ciudad imperial, comprendí que no hablábamos el mismo idioma aunque usáramos las mismas o parecidas palabras. ¡Qué fácil era coger un tenedor, un autobús o la manija de una puerta, pero qué complicado resultaba comunicarse sensual o afectivamente con cualquier ser humano!
A cambio, nadie te molestaba porque sí y tampoco te encontrabas con ninguno que quisiera reprimirte, torturarte o simple y llanamente hacerte desaparecer para siempre del mapa. Algo más que un detalle, llegando de donde llegábamos.
¿Continuará? Hoy mismo no puedo asegurarlo. Como pregonaba el loro de La isla (Island) de Aldous Huxley, en este momento sólo puedo repetir: "Aquí y ahora, aquí y ahora, aquí y ahora..."









