"Los sueños son compensatorios", dicen algunos con aires de sabio. Si fuera así, muchas de mis noches, visitadas por pesadillas minuciosas e inmovilizadoras, deberían ser sólo el platillo oscuro, supuestamente equilibrador, de mis vigilias de color de rosa. Esta última madrugada he pagado alguna deuda que no recordaba. Desembarqué en una isla que me pareció cercana y mediterránea a pesar de que en ella no conocía a nadie, no reconocía nada. Estoy de paso hacia el lugar donde me esperan, ese en el que finalmente no seré extraño ni extranjero. Llevo maletas no demasiado incómodas, y esta vez, por suerte y a diferencia de otras muchas veces, mis pies están bien calzados. No hay por los alrededores gente de aspecto aterrorizador ni nativos indigentes con caras hambrientas y ojos desolados. Solamente veo árboles, plantas y rocas oscuras salvajemente decoradas con ágaves puntiagudos. Tengo que hacer preguntas; es muy necesario que las haga. Como siempre en mis sueños y en la vida, hay un buen puñado de cosas importantes que desconozco por completo. Al final de un camino estrecho de tierra apisonada, una pequeña mansión anacrónica cubierta de tiestos y enredaderas me abre sus puertas. Yo entro sin timidez, decididamente. Encuentro un pasillo ancho y oscuro que comunica al final con un despacho cargado de libros y mucho, muchísimo más. ¿Serán escritorios?, me pregunto. Sí, al menos a la distancia parecen escritorios rebosantes de carpetas, papeles y objetos de todo tipo. Hay (aunque apenas alcanzo a verlas desde donde estoy) varias esculturas de formas imprecisas; también (y ellas sí se destacan con luminosa claridad) tres o cuatro lámparas de mesa, todas encendidas. Puedo distinguir algunas figuras que se mueven dentro de esa habitación lejana. Prefiero pensar que son personas e intento contarlas. Serán cuatro o cinco, tal vez más, y por la forma en que agitan los brazos podría asegurar que están discutiendo acaloradamente. Sigo caminando hacia ellos, y bastante antes de llegar, de pie al lado de la puerta entreabierta de una habitación que huele a dormitorio, una mujer de edad indefinida prende y desprende el botón superior de su vestido camisero de seda estampada. Me acerco para preguntar alguna cosa que ahora no recuerdo y ella hace un gesto incomprensible. A mí me gusta poco su piel lechosa; bastante más el color de su pelo, trigo encendido por las llamas de un pequeño incendio involuntario. Estoy a dos pasos, y aunque me distraigo un instante observando una cómoda de madera oscura cargada de objetos domésticos, alcanzo a darme cuenta por la línea evasiva del perfil, recortado sobre la claridad de la habitación que tiene detrás suyo, que no debería detenerme. No soy bienvenido, es evidente. Noto que mis manos tiemblan colgadas de mis brazos, que tiemblan también. Las piernas están firmes, tanto que parecen una prolongación del suelo que piso. Son como dos vigas de cemento armado: sólidas, rígidas, bien aposentadas, y no me permiten escapar corriendo de este lugar que ha perdido de pronto su inocencia para convertirse en un escenario atroz.Me despierto aquí. Los sueños, como la vida misma, casi nunca acaban con explicaciones minuciosas; no suelen tener un final feliz, pero tampoco una moraleja tranquilizadora.
fotografía de Matthew Pillsbury
Posdata: un libro se cae en casa de Isabel Núñez y uno de mis poemas le salta a los ojos. Gracias. En el mismo post transcribe también la frase de un editor que desconozco: "One post a day keeps the doctor away!" Creo no necesitar semejante dosis de medicamento, pero me satisface creerla tal cual, sin discusión.



