Mostrando entradas con la etiqueta memoria de mí/la honesta realidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta memoria de mí/la honesta realidad. Mostrar todas las entradas

viernes, diciembre 17, 2010

Once, que no dos...


Tenía algo más de veinte años y una relación de pocos meses cuando descubrí que el ideal de pareja no era el número dos, sino el once.
La revelación se confirmó el mismo día en que decidí romper con mi "otra mitad" de aquella época, y lo hizo, según mi mágica, pre-psicoanalítica interpretación del mundo, a través de una foto que encontré en la calle, frente mismo a la puerta de la casa que habíamos compartido hasta ese momento con quien yo suponía el gran amor de mi vida.
En la imagen fotográfica, impresa sobre una cartulina cuadrada, se destacaban los dos unos con diáfana claridad: blanco neto, brillante, sobre un fondo verde esperanza que fue después, viviendo, igual al mío.
Por aquel entonces yo probaba por primera vez las mieles amargas del amor romántico conviviendo con alguien que ya había catado ese perverso manjar otras dos veces.
Ese alguien era tan superficial y mentiroso que aseguraba amar con total entrega y para siempre. Me costó comprender que no mentía. Su amor propio era inalterable y podría asegurar sin temor a equivocarme que lo acompañará sin renuncias ni olvidos hasta la mismísima tumba.
No entraré en detalles. A pesar de sus encendidas proclamas pre-matrimoniales, después de un tiempo de convivencia el candidato demostró ser una réplica clonada de cualquier político ambicioso: mentiroso, acomodaticio y desleal, sus promesas se desvanecieron en el aire apenas se sintió con aquello que se había propuesto conseguir, en este caso yo, en sus manos. Mi príncipe de cuento se bajó del caballo para mostrarme que su altura era la misma del equino y su azul un vulgar (d)efecto óptico, más cercano a la miopía que al deslumbramiento. En muy poco tiempo la eternidad prometida se desvaneció en el aire y el personaje de cuento fue mostrándose, a pesar de sus disfraces y ocultamientos, como una persona sin la más mínima credibilidad: corrupta y desleal, absolutamente infiel. Era tan cínica como para mantener sus mentiras en pie aunque la pescaras con tres robustos amantes ocultos en el ropero, tan estúpida como para olvidarse al día siguiente de lo que te había contado el día anterior, tan práctica como para citarte en un lugar lejano, de difícil acceso, y así tener tiempo y espacio libres en los que meterte los cuernos.
Yo era bastante ingenuo y había vivido siempre en una casa grande con familia numerosa. Demasiados caracteres diferentes y muy pocas habitaciones para airearlos con la comodidad necesaria. Quería mi propio rancho; montar un nido de amor dual a mi manera para no tener que compartir la mesa con tantos personajes desnortados que ni siquiera buscaban un autor italiano que les escribiera los diálogos. Mi inocencia era tal por aquellos tiempos que imaginaba la felicidad con las imágenes y el sonido de los anuncios de Coca Cola; escenarios de sueño donde todos eran felices mientras reían al sol tomados de la mano.
Aquella primer pareja "estable" me enseñó, con suficiente dolor y no pocas lágrimas, a discernir con claridad los límites entre las inmaduras fantasías adolescentes y mis auténticas posibilidades; a conocer el margen, habitualmente insalvable, entre mis propios deseos balbuceantes y los también imprecisos deseos ajenos.
Fue así como, después de mi primera experiencia frustrante con el dos, me convencí de que la única posibilidad de acercamiento amoroso, era la de dos individuos que eligen formar una cifra única sin abandonar sus individualidades.

Pero por vaya a saber qué ironías de un destino ajeno a las afirmaciones absolutas o tal vez por culpa de los caprichos del lenguaje, siempre deslizándose hacia terrenos farragosos, poco después me instalaría en España, donde el once es "la Once" y sirve para denominar a la poderosa, archiconocida, Organización Nacional de Ciegos.

Imagen de autor desconocido.