...llego al hotel pasadas las once de la noche: doce horas en la calle, casi sin descanso y con alguna que otra emoción intensa, aunque suficientemente controlada, por medio. Me desvisto, enciendo la tele, un vicio, y mientras me siento frente al ordenador para ver quienes andan por mi correo, saboreo un zumo multifrutal con acento italiano y unos anacardos salados: otro vicio... y ya van dos.
Por la primera cadena están pasando por quincuagésima vez Pretty Woman. La pesco al final, en el momento en que una voz masculina en off dice: Esto es Hollywood y aquí todos tienen un sueño: ¡sigan soñando!
Se equivoca en lo que a mí respecta. Esto no es Hollywood, sino Madrid en verano: la mismísima capital de España que, florecida y oronda, atraviesa una crisis, un puente, una Feria del Libro y mi inesperada presencia -según Zbelnu, "en plan explorador"- por la espaciosa calle de Alcalá, aunque, en mi caso, sin falda almidoná, nardos apoyados en la cadera ni caballero alguno dispuesto a recibir fragancias florales de mis poco manicuradas manos.
Algo alejadas del chotis y las floristas zarzueleras, las calles de la ciudad están atiborradas de gente llegada de algún lugar distante y muchos lo demuestran hablando idiomas que no son el castellano, ni ningún otro de los que suelen hablarse por la multilingüe España.
¡Sigan soñando!, la frase es como un eco en mis oídos, y pienso si podría servirme también a mi, transeúnte ilusionado de una ciudad que siempre reconozco distinta, creciendo y modernizándose; arriesgado, resbaladizo concepto este último, que tiende a confundir más de una vez la insoslayable necesidad de ponerse al día con la cursilería de los diseños rebuscados que casi nunca tienen en cuenta a los humanos, no siempre debidamente actualizados, que deberán usarlo.
¿Qué contarles? ¿Que paré en un aparthotel de Chamartín donde me trataron más que bien? ¿Que visité la Feria del Libro a media tarde, con un calor y un sol de esos que por aquí llaman de justicia y al que yo llamaría de castigo? ¿Que por allí, entre puestos de libros y otros de cerveza y granizados, caminé hasta gastarme los zapatos, aunque en ningún momento llegué a luxarme la muñeca firmando volúmenes, ya que somos noventa los autores -en tres lenguas distintas- convocados por la poeta y traductora Pura Salceda para su Antología de Poesía Erótica y entre todos nos repartimos alegremente el, por otra parte nada excesivo, trabajo del autografiado?
Podría contarles todo esto, en realidad ya lo hice, pero es sólo el principio, la primera tarde de un viaje corto, para mi gusto muy bien aprovechado.
En un blog cercano en muchos aspectos -el Crucigrama de Isabel Núñez-, la vibrante autora de La plaza del Azufaifo cuenta una experiencia que vivimos juntos y con nocturnidad, aunque bien alejada de toda carga criminal. Ella, toda de negro vestida, pasó a buscarme por Hub, un acogedor centro cultural independiente con olor a maderas frescas, recién cortadas, donde yo, por lo general esquivo, había llegado de la mano de Nuria de la Cal, actriz, escritora, animadora cultural y, por estos días, encantadora compañera de pequeñas aventuras urbanas. Nuria insistió bastante hasta que dije "sí, vamos". Ella suponía que podía gustarme la actuación de Esfumato, un dúo musical perfomático y -poco después pude comprobarlo- original, carismático y talentoso. Yo temía que concierto alternativo y humo superlativo fueran inseparables; estuvieran, como suele ser habitual, juntos. Me encontré con un garaje reciclado en espacio de arte, diseño y nuevas búsquedas, donde no está permitido fumar y por módicos diez euros te ofrecen una copa, cositas suaves para distraer el hambre y un espectáculo en vivo con placer asegurado.Estaba terminando el recital cuando partí de allí con Isabel, y, decididos ambos a darle más marcha a nuestras feriales piernas, remontamos a pie y contracorriente los populosos ríos centrales del sabático Madrid nocturno, cruzándonos con parejas de góticos ennegrecidos, chicas y chicos en plan Saturday Nigth Fever, los esperanza-desorientados turistas de siempre y un sinfín de colgados urbanitas con distintas adicciones y la misma desesperación sin frontera en la mirada. Cuando logramos encontrar a una pareja de madrileños que supo decirnos donde estaba el lugar que buscábamos ya se había hecho la una y mi necesidad de juerga estaba atravesando su punto más bajo.
En suma: escapé de aquel dancing-bar de humos malsanos a los diez minutos de llegar, perdiéndome, no tengo dudas sobre esto, algunos encuentros de interés festivo-literario, pero ganando el dominical día después con el cuerpo bien sobrado de energías y sin la desagradable presencia de picores en los ojos, migrañas, cefaleas y, más que molestas, insoportables, toses de fumador resacoso. Un vicio éste, el tabaquismo, tercer nominado en este apresurado relato de viaje, del que he podido desprenderme con mucho esfuerzo y no menos tesón hace más de veinte años.
Me llaman a comer y siento hambre.
Después sigo, ¿les parece?

Fotos de Dante Bertini: Slogan, Arbus and me, Nuria a por ellos.

