Leo a Joseph Brodsky (Leningrado 1940 - New York 1996). Marca de agua, su libro, es un recorrido por Venecia a través de diversas estadías y muchísimos años; una serie de descripciones que de no ser tan profundamente literarias me atrevería a llamar pictóricas.De su primer viaje a la ciudad de los mármoles y las góndolas narra una anécdota que retrata su carácter de poeta intelectual, elegante, ensimismado. La encargada de recibirlo es una mujer que lo encandila y a la que en un primer momento describe como "una visión maravillosa ". Pocas líneas después se anima con algunos detalles más de aquella aparición tan deslumbrante: "un metro sesenta, huesos delicados, piernas largas, cara alargada, cabellos castaños y ojos almendrados color avellana", una descripción casi superficial, si no fuera porque agrega que también tiene: "un ruso pasable en aquellos labios maravillosamente dibujados y una sonrisa cegadora en esos mismos labios". Finalmente, perdida ya toda compostura, atrapado por un irrefrenable éxtasis erótico, se lanza a definirla como "esa clase de mujer que humedece los sueños de los hombres casados." Mientras esperan el vaporetto que los llevará al lugar donde piensa alojarse, el poeta, sensibilizado por la cercanía de esa bella veneciana envuelta en piel de nutria, sólo atina a preguntarle qué opinión le merecen los Motetes de Eugenio Montale, publicados por aquellos días. No recibe respuesta alguna, así que ingenuamente supone que la pregunta ha sido descortés, dado que el autor ni siquiera es veneciano.
Empecé a leer el libro de Brodsky casi al mismo tiempo que los noticieros de televisión nos mostraban a la bellísima ciudad italiana nuevamente inundada. ¿Y si para nuestra desgracia continuara hundiéndose? Estoy convencido de que lo haría con parsimoniosa inexorabilidad, como me gusta imaginar que se sumergió en las aguas del Atlántico la poeta argentina Alfonsina Storni, aquella de "Tú me quieres blanca, tu me quieres alba, tú me quieres casta..." Tal vez, de la misma forma en que ella no pudo con tanta hipocresía machista, la exquisita Venecia no pueda aguantar el peso del puente inventado por Calatrava, una modernidad que tampoco Joseph Brodsky hubiera soportado. Refiriéndose a los arquitectos de su época, el ganador del Nobel de Literatura de 1987, escribe: "esos hijos de la repugnante posguerra han hecho más daño a la línea del horizonte europeo que cualquier Luftwaffe." ¿Les suena cercano?
Desde Taschen me llega el anuncio de otro de esos espléndidos libros para (ad)mirar en reposada soledad o en ajetreada compañía: Thornton, el Templo de Flora. Inmediatamente pienso en mi madre, por supuesto. Es verdad que tengo una amiga que también se llama así, pero ya se sabe: madre hay una sola y a ti te encontré en la calle. Ella, mamá, solía ocultar con ahínco ese nombre con el que tanto la habían torturado durante la infancia los compañeros de escuela. "¿Por qué tu hermana Fauna no vino con vos? ¿La dejaste en el zoológico?". Para muchos el chiste tendrá su gracia, pero en mi pobre madre sólo acrecentaba su natural inseguridad. La hacía sentir distinta, extranjera; una niña de pueblo trasplantada -el vocablo surge espontáneamente, sin premeditación alguna- a la gran tan temida megalópolis, capital de la República. Flora no sonaba demasiado bien en la Argentina de las Marcelas, Patricias, Adrianas o Martas, y el hippismo, que debería haberlo reivindicado, ni siquiera se enteró de su existencia. A mí tampoco me gustaba, lo reconozco, aunque he logrado valorizarlo con el paso de los años y mi creciente amor por las plantas, los árboles y las flores.
A pesar de algunos tópico sobre la natural libertad creativa de los niños, de pequeños no queremos ser diferentes al resto del rebaño. Las madres de mis amigos más apreciados se llamaban Silvia, Isabel, Ana María; sus padres Alberto, Juan José, Rubén, Eduardo o Enrique. Las veces que alguna maestra, imbuida por el estro divino del lenguaje florido, se dirigía a mí, diciendo: "Póngase en pie, Bertini. ¿Podría decirnos cómo se llaman sus progenitores?" a mí me costaba responder. Cuando tímidamente lograba susurrar "Flora y Dante", me parecía que una brecha profundísima se abría de pronto en el suelo encerado de nuestra clase, separándome de manera irreversible, brutal, definitiva, de mis demás compañeritos de clase, todos hijos de otros nombres más propios, más normales.
Aunque sé muy bien que no es verdad, me gusta pensar que este libro está dedicado a una pequeña y cálida mujer llamada Flora, mi madre.
Empecé a leer el libro de Brodsky casi al mismo tiempo que los noticieros de televisión nos mostraban a la bellísima ciudad italiana nuevamente inundada. ¿Y si para nuestra desgracia continuara hundiéndose? Estoy convencido de que lo haría con parsimoniosa inexorabilidad, como me gusta imaginar que se sumergió en las aguas del Atlántico la poeta argentina Alfonsina Storni, aquella de "Tú me quieres blanca, tu me quieres alba, tú me quieres casta..." Tal vez, de la misma forma en que ella no pudo con tanta hipocresía machista, la exquisita Venecia no pueda aguantar el peso del puente inventado por Calatrava, una modernidad que tampoco Joseph Brodsky hubiera soportado. Refiriéndose a los arquitectos de su época, el ganador del Nobel de Literatura de 1987, escribe: "esos hijos de la repugnante posguerra han hecho más daño a la línea del horizonte europeo que cualquier Luftwaffe." ¿Les suena cercano?Desde Taschen me llega el anuncio de otro de esos espléndidos libros para (ad)mirar en reposada soledad o en ajetreada compañía: Thornton, el Templo de Flora. Inmediatamente pienso en mi madre, por supuesto. Es verdad que tengo una amiga que también se llama así, pero ya se sabe: madre hay una sola y a ti te encontré en la calle. Ella, mamá, solía ocultar con ahínco ese nombre con el que tanto la habían torturado durante la infancia los compañeros de escuela. "¿Por qué tu hermana Fauna no vino con vos? ¿La dejaste en el zoológico?". Para muchos el chiste tendrá su gracia, pero en mi pobre madre sólo acrecentaba su natural inseguridad. La hacía sentir distinta, extranjera; una niña de pueblo trasplantada -el vocablo surge espontáneamente, sin premeditación alguna- a la gran tan temida megalópolis, capital de la República. Flora no sonaba demasiado bien en la Argentina de las Marcelas, Patricias, Adrianas o Martas, y el hippismo, que debería haberlo reivindicado, ni siquiera se enteró de su existencia. A mí tampoco me gustaba, lo reconozco, aunque he logrado valorizarlo con el paso de los años y mi creciente amor por las plantas, los árboles y las flores.
A pesar de algunos tópico sobre la natural libertad creativa de los niños, de pequeños no queremos ser diferentes al resto del rebaño. Las madres de mis amigos más apreciados se llamaban Silvia, Isabel, Ana María; sus padres Alberto, Juan José, Rubén, Eduardo o Enrique. Las veces que alguna maestra, imbuida por el estro divino del lenguaje florido, se dirigía a mí, diciendo: "Póngase en pie, Bertini. ¿Podría decirnos cómo se llaman sus progenitores?" a mí me costaba responder. Cuando tímidamente lograba susurrar "Flora y Dante", me parecía que una brecha profundísima se abría de pronto en el suelo encerado de nuestra clase, separándome de manera irreversible, brutal, definitiva, de mis demás compañeritos de clase, todos hijos de otros nombres más propios, más normales.Aunque sé muy bien que no es verdad, me gusta pensar que este libro está dedicado a una pequeña y cálida mujer llamada Flora, mi madre.
A ella también le hubieran encantado estas bellísimas, coloridas y sensuales imágenes de su perdido, mitológico reino.
ilustran: María y Joseph Brodsky fotografiados por el bailarín Baryshnikov; Brodsky y su gato, por Julia Schmalz.
Posdata: a partir de estas dos fotografías con las que me encontré por puro azar, empecé a ver de otra manera a Brodsky. Lo poco que he leído de él no me llegaba al corazón. Rozaba mi sensibilidad, planeaba sobre mi inteligencia, pero en ningún momento conseguía emocionarme. A partir de estas imágenes casi domésticas ya no siento igual. Una de ellas, además, está conseguida por uno de los bailarines que más admiro. Una pirueta de la suerte, de su buen ojo y su gesto decidido para apretar el disparador. Me gusta esta pareja que pasa ante nosotros: abrazada, cercana. El ojo de la mujer escapa, entre curioso y desconfiado, en pos del fotógrafo, mientras se deja llevar por ese hombre casi anciano que tiene muy claro hacia dónde quiere ir. De la otra foto no necesito decir demasiado. Brodsky está con su gato, y no soy nada imparcial en cuanto a esto.



