
quería leer
Sobre la fotografía, de
Susan Sontag. Me cruzo hasta
Kowasa para ver si lo tienen y me dicen que la edición de bolsillo -ocho euros de nada- está
exhaurida -agotada- y que suponen que habrá alguna nueva que a ellos todavía no les ha llegado. Es comprensible: lo suyo es la fotografía en sí misma, las imágenes propiamente dichas, no la teoría sobre este arte secular de reciente aceptación museística. Camino diez pasos hasta La Central -¿por qué son tan "seriosos" todos sus dependientes?- y encuentro una nueva edición a casi veinte euros.
-Es que la Susan se nos ha muerto, sabes, y hay que subir los precios por eso del tirón post mortem de ventas.
Me lo digo a mi mismo, ya que los muy concentrados vendedores de esa bien surtida librería de mi barrio, no gastan más que monosílabos.
-Pues no lo compro, sabes. No quiero tapa dura ni papel cuché. Sólo me interesan sus palabras.
Si hasta
Sanctorum, el libro de los santos y vírgenes haciendo pecado al "va-por todo lo que nos hemos cortado antes", ha pasado de sus originales veinte euros a unos más redondeados treinta. Tampoco lo compré, que diez euros son un menú de mediodía en cualquiera de los amorosos restaurantes del barrio, y a tí,
Montoya, ni siquiera te encontré en la calle.
Una frustración total, dirán los pocos que me estén leyendo. Pues va a ser que no, porque el corto y humedecido paseo me sirvió para ver mis
Salvajes Mimosas, segunda edición, nuevamente en la mesa de novedades. ¿Orgulloso? No, no es ese el sentimiento. Habría que ser algo idiota teniendo en cuenta que a su alrededor hay centenares, miles de libros, y algunos tienen decenas de ediciones en su haber. Lo cuento porque tampoco me pasan tantas cosas que pueda contar(les). También porque -de una manera imprecisa, sin demasiado énfasis- me gustaría que muchísima gente corriera a comprarlo y el éxito fuera tal como para empujarme a escribir una nueva novela y esta tuviera aún más éxito que las dos anteriores, y entonces, finalmente acobardado ante tanta popularidad, me viera obligado a recluírme en algún palacete junto al lago Leman, en una casona frente al lago di Como o en un amplio penthouse sobre el Central Park.
Aunque es probable que también lo haga, sería idiota no reconocerlo, para darle un pequeño disgusto a mi anónimo lector, ese que se disgusta tanto porque soy egocéntrico.