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jueves, octubre 14, 2010

Fugaz Belleza


La descubrió de pronto, mientras tonteaba aburrida entre las plantas de una enorme florería cercana a su casa. Iba allí como quien entra sin ninguna devoción a una iglesia vacía: para cargarse de silencio y belleza, para impregnarse de colores y aromas que no le eran habituales, para compartir una mística imprecisa que, aún sin comprenderla totalmente, la atraía siempre.
"Amarillys", leyó en el pequeño cartel que acompañaba una hilera de bulbos sin flor y recordó a una actriz de su infancia a la que no pudo poner rostro. Amarilis Carrié...¿qué sería de ella?.
-Este bulbo, ¿dará flores?, preguntó al vendedor que se acercó a atenderla.
-Por supuesto... Mire aquí: tiene dos varas. Cuando se abran los capullos será realmente precioso.
Podía creerle o no. Ni siquiera recordaba cómo era aquella flor de nombre rebuscado, aunque sin saber por qué, no podía pensarla en ningún tono de amarillo. Finalmente el precio, cinco euros, y la esbeltez de los tallos y las hojas verde fresco la convencieron más que un hipotético futuro florecido al que ni siquiera podía dar color.
Había imaginado aquellas anchas cintas verdes sobresaliendo de un gran vaso de cristal transparente que tenía en su casa, así que volvió a ella más ilusionada, cuidando que las hojas llegaran sanas a su destino. Puso el bulbo con su pequeña maceta de plástico dentro del vaso de cristal y les agregó agua. Al día siguiente, nada más levantarse, vio con alegría que los capullos empezaban a despuntar en rojo.
Durante dos semanas la planta siguió regalándole flores de un color tan luminoso y vibrante como para teñir con sus reflejos de fuego todo lo que la rodeaba. También su corazón, que hasta la llegada de Amarillys estaba gris de tristeza, opacado por la melancolía, robó para sí un poco de aquella vitalidad vegetal sin excusas ni explicaciones, de una gratuidad sin más, casi insultante.
"Florece porque está programada para ello. Ese es su destino."
Se preguntó si el suyo sería simplemente languidecer; viva, sí, aunque sin flores restallantes que iluminaran el paisaje. Había dejado atrás un sueño tan gratificador e inesperado como aquella floración, para regresar a su cálida, placentera, aunque también previsible y rutinaria, realidad cotidiana.
Miró a su gato, que dormía plácidamente sobre un sillón antiguo de desgastada pana marrón. Como él, aunque por propia decisión, había cambiado el riesgoso placer de la aventura por la tranquilidad sin sobresaltos de la vida doméstica.
Se miró las manos con resignada tristeza. No le crecerían flores, de eso estaba bien segura, sin embargo, muy poco tiempo atrás, aquellas mismas manos habían despertado fuegos tan intensos como para iluminar más de una vida.
Se estremeció de arriba a abajo como queriendo sacarse de encima una piel molesta, desgastada y en desuso. Un segundo después corría hacia su cuarto para revolver ansiosa el cajón donde guardaba los cosméticos. Mientras esmaltaba con un rojo furioso de Revlon sus uñas cortas, habitualmente pálidas, una sonrisa que de puro extraña resultaba felina, comenzó a dibujarse en sus labios entreabiertos, en sus ojos otra vez esperanzados.

Foto de Richard Avedon

lunes, febrero 08, 2010

Trámite bancario

El documento era poco claro, como si hubiera sido traducido directamente de alguna lengua extranjera por alguien que no hablaba castellano. Intentó solucionar el supuesto embrollo por teléfono pero nadie contestó a su llamado.
"Estarán tomándose un café en el bar de la esquina", pensó para alimentar su mala leche. Tendría que acercarse al banco, así que iba a aprovechar ese desplazamiento no deseado para quejarse de varias cosas que le molestaban, entre las que la desatención telefónica ocupaba un lugar preferente.
El día estaba desapacible, nublado y lluvioso. Acostumbrado a trabajar desde su casa, Belisario Damián decía preferir el invierno al verano y esto resultaba ser verdad siempre y cuando sus obligaciones no lo obligaran a enfrentarse con la calle.
"El verano es para los ricos", solía decir, "para estar tirado en la cubierta de un yate tomando refrescos de frutas exóticas mientras se mira el horizonte lejano".
Iba a cumplir sesenta años, aunque según le decían todos, su imagen no correspondía a esa edad.
"¿Cincuenta y ocho, quizás?", bromeaba él cada vez que algún conocido reciente hacía un comentario favorable sobre su aspecto juvenil y desenfadado.
Trataba de mirarse al espejo con ojos ajenos, imparciales, como si nunca se hubiera visto antes, aún sabiendo que aquello era tan imposible como pretender ser objetivo con alguien de quien se está muy enamorado.
Aquella mañana estaba suficientemente disgustado con la vida como para que su imagen le interesara menos que el pepino en una ensalada. Las huestes malignas atacaban de nuevo escudándose tras consignas impregnadas de racismo a las que pretendían dar carácter de reivindicación popular. Sabía que en la calle no podría apartar sus ojos de todos aquellos carteles exigiendo una sola bandera, una sola lengua, un solo y único pensamiento. Habían proliferado en los últimos tiempos, y aunque nadie parecía percatarse de ello, las consignas discriminatorias ganaban día a a día más espacio en las charlas callejeras, se transformaban en parte del lenguaje cotidiano de la gente.
Se puso un abrigo, guardó en el bolsillo el documento que le había hecho llegar el banco y se calzó las gafas más oscuras que encontró sobre la mesa donde arrojaba los atrezzos de uso diario. La sucursal bancaria quedaba a unos doscientos metros de su casa, por lo que no podía permitirse invertir en aquel trámite mucho más de diez o quince minutos.
Un rato después había cruzado las dos puertas de seguridad de la entidad bancaria y, con un "buen día" formal por medio, alcanzaba la carta-documento a una empleada joven de mirada hosca y gesto despreciativo. Era evidente que la pobre tipa odiaba estar allí, manipulando un dinero ajeno que, ella suponía, hubiera estado mejor en su bolsillo. En ese momento el hilo musical pasó de una melodía de romance veneciano con violines a una canción dulce y machacona que conocía muy bien:

Sintió que sus pies se despegaban de aquella oficina tan fría como pretensiosa para aterrizar en una pista de baile de otra época. Arrastró los pies siguiendo el ritmo y antes de que pudiera darse cuenta ya estaba moviendo todo el cuerpo como lo hacía treinta años atrás.
"Esta va a creer que estoy loco", se dijo, pensando en la empleada que ni siquiera había levantado la vista de sus papeles, "pero en realidad me da igual: creo que ella está perdida en su melancolía".
De pronto sintió que le tocaban suavemente un hombro. Se giró y allí estaba el señor calvo con gafas de pasta gris oscuro y cara de letal aburrimiento que había entrado poco después que él y esperaba sentado en una incómoda butaca de plástico azul a que llegara su turno.
Había dejado maletín y abrigo sobre el asiento y, con temerosa timidez en la mirada pero absoluta convicción en la voz, le preguntaba:
"¿Bailamos?"


ilustra : retrato de Mikhail Barishnikov por Mark Seliger

sábado, agosto 23, 2008

Arquero Zen

Exactamente la mañana anterior, mientras se dirigía como cada día al trabajo, había leído en un diario gratuito que encontró en el asiento del autobús una nota divulgativa sobre los arqueros zen. "Estos chinos son bárbaros", pensó. En realidad quería decir(se) todo lo contrario, aunque la precisión lingüística fuera en este caso lo menos importante. Ni siquiera sabía con demasiada certeza si los tipos aquellos del arco eran verdaderos chinos de China o simplemente "japos", como los dueños de la tintorería "Tokyo Sur" de Rivadavia al 800. "Me parece que el de la foto tenía trenza", recordó. "No creo que en un país comunista los hombres puedan usar trenzas así como así". Tampoco le pareció necesario precisar la cuestión. Después de todo siempre se podía hablar de "orientales", sin especificar demasiado el país de procedencia de los tipos. Hasta podían ser "yorugas" y quedabas bien igual. Lo único que de verdad importaba era: "Ser flecha. Acertar en el centro de la diana sin siquiera proponérselo..." En la ya muy lejana mili, cuando hacían prácticas de tiro, él no acertaba nunca una. "¡Soldado Futano! ¡A pelar patatas!" Eso sí era un auténtico ¡corten! El todopoderoso Bruce Willis pasaba a ser una versión sombría de Arguiñano en un solo golpe de claqueta. La anécdota solía entristecerlo, pero ahora ni siquiera se detuvo en el recuerdo. Estaba realmente obsesionado, no podía apartar ni un segundo aquella nota periodística de su cabeza. "Los tipos estos, los chinos, nunca se preocupan por acertar el tiro. Disparan y chau. La flecha va solita a su destino. Al medio mismo de la diana." Apretó con el sobaco el bulto alargado que llevaba a un costado del cuerpo. Un verdadero acierto haberla comprado, a pesar de la poca confianza que había tenido siempre en su puntería. Ahora ya conocía el secreto del éxito, guardado celosamente por esos cretinos que siempre las acertaban todas. Ni largas horas de entrenamiento ni un don especial recibido como regalo de alguna imprecisa hada madrina. Se trataba de no pensar nunca en el blanco. Ser flecha, o, como en este caso preciso, convertirse en ese proyectil dispuesto a acabar con la vida del hijo de puta que había pretendido joderlo un día tras otro.
Como solía suceder cada mañana, sus compañeros de oficina prestaron poca atención al "nosdías" conque Blas Futano acompañó su llegada al tajo. Sin separar la vista de los ordenadores, las caras iluminadas por una misma luz de tintes grisáceos, todos respondieron con un sonido equivalente. También al unísono, como si hubieran estado conectados al mismo emisor de descargas eléctricas, los seis empleados de AirGus Corporation saltaron de sus asientos al oír los disparos cercanos. Blas, su compañero recién llegado, estaba de pie frente a la puerta abierta del Director General de la empresa y allí mismo se quedó largo rato, la mirada perdida en vaya a saber qué paisajes lejanos. Cuando se vió rodeado por varios policías uniformados no opuso ninguna resistencia para entregar el revólver que llevaba en las manos. El Director General no había sufrido ni un mínimo rasguño, por lo cual decidió no presentar cargos por intento de asesinato. Sí lo hizo por daños y perjuicios, ya que su ex empleado, el señor Futano, durante aquel lamentable ataque de enajenación mental transitoria había hecho añicos la lámpara de techo, un macetero de cerámica azul con una kentia de plástico y un bonito cenicero de plata y cristal de roca, obsequio del trust propietario de la empresa por sus buenos resultados económicos en el último ejercicio.
Moraleja: Antes de usar el producto, lea detenidamente las instrucciones.

miércoles, julio 02, 2008

cuento con escalofrío para un verano tórrido

Antes, hasta hace muy poco tiempo, se acercaban solamente por las noches. Esperaban agazapados entre las almohadas de mi cama a que apoyara la cabeza en ellas, y, apenas empezaba a hacerlo, me susurraban al oído las mismas palabras de siempre.
"Recuérdanos, cuéntanos. No pueden olvidarnos."
Me acostumbré muy pronto a su presencia. Cuando no los oía buscaba entre las sombras sus imágenes imprecisas, sin rostros ni perfiles. Prefería encontrarlas cuando aún estaba despierto a verme asaltado por ellas en medio mismo de los sueños. Allí repetían escenas archiconocidas, daban vuelta el sentido de las cosas; me mentían mintiéndose.
Hiciera calor o frío, mi viejo gato se apretaba a mi cuerpo como si temiera algo.
"Recuérdanos, cuéntanos. No pueden olvidarnos."
Me acostumbré a tener un blog de papel sin pautar y varios lápices con buena punta a un costado de la cama, muy cerca del I Ching que siempre me acompaña y de una edición barata y abreviada de las Sagradas Escrituras, regalada una mañana cualquiera por dos despistados emisarios de la palabra divina, vestidos ambos con chaqueta ajustada, camisa blanca y una corbata estrecha de color sombrío. No soy creyente, y espero que nadie pueda molestarse por esto, sin embargo tener allí ese grueso libro con tanto texto supuestamente iluminado tranquiliza mi conciencia y aligera mis, en muchos momentos, agitados sueños.
"Recuérdanos, cuéntanos. No pueden olvidar..."
Generalmente no los dejaba terminar aquel repetitivo estribillo. Volvía a encender la luz y cogía el cuaderno y un lápiz de punta bien afilada. Bastaba conque escribiera el nombre de cualquiera de los susurrantes o anotara el principio de una anécdota banal, sin ninguna importancia, donde hubieran tenido alguna vez protagonismo. De inmediato callaban los murmullos y la habitación entera se quedaba quieta, en absoluta calma. Mi atigrado Nicolás se estiraba cuan largo era e iba a colocarse sin tensiones ni maullidos a los pies de la cama.
"Recuérdanos, cuéntanos. No pueden olvidarnos."
Durante las dos últimas semanas no dormí en mi cama. En este viaje inesperado las calles de París no pudieron verme flaneando feliz y despreocupado como tantas otras veces. Fueron quince días atroces, de trabajo encerrado y solitario frente a un ordenador ajeno en una oficina duramente despersonalizada. Por suerte el clima no invitaba a las caminatas y la presencia cercana de la Tour de Montparnasse restaba credibilidad a los antecedentes románticos de la capital francesa.
Anoche, al fin, pude volver a casa. Por momentos mi capacidad de olvido llega a sorprenderme tanto como mi meticulosa, puñetera memoria. En dos semanas de nada, había olvidado por completo a los subrepticios susurrantes. Me metí en la cama y, al arreglar mecánicamente las mullidas almohadas, el cuaderno de hojas sin pautar cayó abierto al suelo. Soy muy ordenado, lo reconozco. Hasta pueden llamarme obsesivo, pero no hubiera podido dormir tranquilo dejándolo allí. Me agaché para recogerlo. Fue entonces cuando vi aquella leyenda cruzando de lado a lado las páginas centrales del cuaderno. Escrita con una letra grande y redondeada que no era la mía, se podía leer con toda claridad:
"Recuérdanos, cuéntanos. No pueden olvidarnos."
fotografía de Abelardo Morell

martes, junio 24, 2008

¡Ukiyo-e, Montserrat!

"...vivir únicamente el momento presente, entregarse en cuerpo y alma a la contemplación de la luna, de la nieve, de la flor, del cerezo y la hoja de arce...no dejarse abatir por la pobreza permitiendo que se trasluzca en el rostro, sino flotar a la deriva como una calabaza en el río: esto es lo que llamamos ukiyo." Assai Ryoi, Leyendas del mundo flotante, circa 1665.
Querida Montserrat:
Es fuerte el calor en Barcelona. Ha llegado de improviso, quitándome hasta las ganas de hablar. Como tú y yo nos conocemos tan bien, no voy a andar con muchos rodeos. Estoy hasta el moño de este clima y hace apenas dos o tres días que lo estamos sufriendo. Debería preguntarte por tu salud y la familia, pero no lo haré. Son lugares comunes e innecesarios. Viviendo como vivimos, a pocas calles de distancia, de haberte pasado algo desagradable ya me hubiera enterado. Sé, porque me lo has dicho más de una vez, que sales poco. Podrías decir que nada, dado el número, primero decreciente y ahora nulo, de tus visitas. ¿Te acuerdas cuando nos encontrábamos dos o tres veces por semana para merendar en Mauri? ¿O cuando íbamos las dos solas al cine Casablanca por las tardes?
La televisión lo ha matado todo, hasta nuestras amistades. Cuando le digo estas cosas a Juan Ramón me contesta que tengo ideas de vieja. Que eso de que todo tiempo pasado fue mejor se me ha convertido en una repetitiva letanía. Posiblemente sea verdad. Nunca tuvo demasiado humor, el pobre. También suelo decirle que las cámaras digitales engordan: "Cuando me sacabas fotos con las analógicas aparecía mucho más delgada". Debería reírse. No soy tan necia. Bromeo para soportar el deterioro cada día más evidente de nuestras respectivas fachadas. "Detesto Cataluña", le digo. "Desde que estoy aquí envejecí muchísimo. En Madrid estaba fantástica, parecía una niña". Podría reírse, darse cuenta de la amarga ironía implícita en la tontería que estoy diciendo. Sin embargo jamás lo hace. Primero me mira muy serio, casi compungido, y enseguida baja la cabeza, como si no se atreviera a decirme a la cara esa cosa tan cruel que está pensando:
"María José...¡Que han pasado treinta y cuatro años...!"
Cuando todavía estaba viva Estela, ¿te acuerdas? Más o menos para esta época, cada año, solía llamarme desde El Escorial para comunicarme sus planes de verano.
"¿Te venís conmigo?"
Me gustaba su acento. Y no solamente por ese deje sudamericano que no llegó a perder nunca. Era recio, poco femenino. Estaba acostumbrada a tratar con obreros y se le notaba bastante. Nunca quise acompañarla, a pesar de su insistencia. Y a pesar de mis constantes negativas, nunca se cansó de invitarme.
Hace mucho tiempo que no nos vemos, Montserrat. Me doy cuenta porque empiezo a contarte una cosa y termino por contarte otra. En realidad te escribía para que no te pierdas la nueva exposición de La Pedrera. A ti, tan amante de las cosas orientales, te va a gustar muchísimo. Fuimos con el Juanra ayer al mediodía. Adentro está muy fresco, tal vez demasiado. No soy muy amante del aire acondicionado. Prefiero el fresco natural, las ventanas abiertas. Es cierto que ahora en esta ciudad, si abres las ventanas, sólo entra polvo. Y ruido, mucho ruido. Es como vivir en medio mismo del infierno. A veces hasta me descubro maldiciendo. No entiendo que todos se pongan de acuerdo para hacernos la vida más difícil. No era así hace unos años, ¿recuerdas?
¿Ves lo que te decía? Me desvío todo el tiempo, me pierdo en ramales secundarios. La exposición de la que te hablaba es de grabados antiguos japoneses, algunos muy conocidos, como ese de la ola gigante en verdes, azules y blancos de una tal Hokusai. Un trabajo de chinos, dirían algunos. Pues mira, son japoneses. Hay geishas y actores travestidos, paisajes con el monte Fuji y escenas donde es posible quedarse horas mirando una enorme diversidad de personajes en actitudes distintas, cada uno dibujado con la misma precisión, con el mismo mimo. Ve preparada, querida. También hay un rincón de la sala donde se exhiben muchas escenas picantes. ¿Sabes de qué te hablo, verdad? Yo no las había visto nunca, y, ¡vaya sorpresa! Hay en ellas ciertos atributos masculinos más propios de la raza negra, ¿me entiendes? Pues a mí me dio por reírme. Jamás pensé que los japoneses pudieran tener semejantes cosas. ¡Son tan amantes de lo pequeñito! Al Juanra no le gustó nada. Que me riera así, quiero decir. Intentando que nadie lo oyera, con la boca medio torcida hacia el lado donde estaba yo, gruñó indignado:
"¡Nunca más voy a un museo contigo!"
"No es un museo", corregí medio mosqueada, "es una sala de exposiciones. Y, ¿qué quieres? A mí me da risa. Tú estarás más acostumbrado a estas cosas. Como te pasas las tardes tonteando en los sex shops..."
Una pareja joven que estaba al lado nuestro no podía creer lo que estaba oyendo. Juan Ramón, por el contrario, se lo creía absolutamente todo. Tanto como para ponerse pálido del susto. No me gusta verlo así: parece un muerto. Entonces decidí subirle un poco el color de las mejillas y le lancé a la cara la pregunta que me estaba dando vueltas en la cabeza desde que había visto la primera de aquellas imágenes:
"Oye Juan Ramón: ¿cómo es que en tantos años de casados, nunca se nos ocurrieron posturas tan divertidas?"
Como te imaginarás, no supo contestarme. Sufrió un acceso de tos muy fuerte y tuvimos que salir de la exposición para volver corriendo a casa. Ahora lo oigo entrar. Mejor sigo escribiéndote luego, cuando se haya dormido.
Ukiyo-e. Imágenes de un mundo efímero. Grabados japoneses de los siglos XVIII y XIX de la Bibliothèque Nationale de France. Fundació Caixa Catalunya, La Pedrera, Barcelona.

miércoles, junio 11, 2008

acoso angélico

Voy a comprar cerezas baratas al mercado de la Boquería y al mismo tiempo que me da el vuelto de veinte euros, la puestera me dice:
-Perdone señor, ¿usted cree que amar es doloroso?
-Faltan veinte céntimos, señora- respondo yo, haciendo caso omiso a la pregunta de la despachante.
La mujer rebusca en un bolsillo de su delantal y me pone en la mano una moneda dorada.
-Son cincuenta, señora. Sobran treinta.
-Quédeselos- me dice la mujer con gesto agrio.-Quizás ahorrándolos pueda comprarse un audífono.
Escapo casi corriendo de allí y al hacerlo tropiezo con una familia de extranjeros que están oficiando de turistas.
-¡Perdonno, amigo!- gritan todos a coro.
No entiendo por qué piden disculpas si el que los atropellé fui yo. Gracias al encontronazo con los extraterritoriales he dejado caer dos de los cinco kilos de cerezas que llevaba conmigo. Los niños del matrimonio se ponen a juntarlas y el padre mientras tanto me pregunta:
-Sorry, amigo, ¿but do you know what meaning "amor"?
¿Por qué habrá supuesto que yo entiendo inglés? Miro hacia mis pies, consciente de que no me conviene pisar la fruta desparramada por el suelo. Tengo las zapatillas deportivas blancas manchadas de sangre de cereza. Una pena. Nunca podré recuperarlas. "Las manchas de sangre son muy difíciles de sacar". Lo decía mi madre con total convencimiento, como si toda su vida hubiera estado al servicio de unos mafiosos asesinos.
Corro hacia la calle, dispuesto a esconderme en casa hasta que esta inesperada invasión de ultracuerpos amorosos concentre sus ataques en otro desgraciado.
-Oye, tú, ¿por qué corres?
La voz llega desde arriba. No pienso detenerme. Estoy convencido de mi más que inmediata necesidad de aislamiento. Quienquiera sea el sujeto de la voz angélica, no logrará hacerme cambiar de opinión.
-Venga tío...Si te mueves tanto no daré en el blanco. Es muchísimo peor. Seguirás un montón de tiempo así, sufriendo en vano por un flechazo inconsistente.
Finalmente me zambullo en casa, y, entre sudores y escalofríos, logro echar llave y cerrojos a la puerta de calle. Comienzo a tranquilizarme pero no llego a hacerlo. Oigo sonar el interfono con la misma insistencia del cartero cuando trae algún certificado.
¿Qué puedo hacer? El de las cartas ha pasado más temprano, no usamos butanero desde hace un montón de años y el chico que suele traernos las compras del supermercado tiene un marcado acento portugués.
-¿Sí...?
He usado mi voz en falsete: simulo ser la chica de la limpieza.
-¡Gracioso el acento! Pero si no quieres que te siga el rastro, la próxima vez compra fruta menos colorida. O cuida que tus bolsas no estén agujereadas. ¡Venga, abre de una vez! ¿O te crees que me voy a quedar aleteando en tu puerta todo el día?
imagen de Pablo Cruz

domingo, marzo 30, 2008

el Mapa de los Deseos

Había leído sobre aquel Mapa de los Deseos en el grueso volumen de la escritora neoyorquina Mary Louise Health, archiconocida autora de "Curarse con su propia mano", líder durante meses y meses en las listas de éxitos -best-sellers, según los amantes de los anglicismos- de las librerías de medio mundo, con cerca de setenta y cinco ediciones y más de quince millones de ejemplares vendidos. Entre los diversos secretos curativos de aquella deliciosa pelirroja de mediana edad -¿mediana? ¿se suponía que iba a vivir cuarenta, sesenta o noventa años? ¿esa medianía eran los treinta o los cuarenta y cinco?-, pues bien, entre todos los consejos y recetas de aquel libro que había leído a los trompicones, entre mudanzas, cambios de pareja, diversos conflictos familiares y varios duelos inesperados que habían ensombrecido de forma definitiva su ya vapuleado corazón, sólo recordaba aquella cartografía mágica, capaz de otorgar todo lo necesario para ser inmensamente feliz. Se trataba de realizar un collage con fotos de todo lo deseado, fueran objetos, experiencias o personas. No era tan irracional como para creer que aquella receta de artesanía doméstica solucionaría su vida, pero pasaba por una época de tristeza tal que cualquier cosa que pudiera alejar su mente aunque más no fuera por un momento de depresivas elucubraciones, era bienvenida. Deseaba ser feliz, sin ninguna duda, ¿pero sabía cómo construir aquello? Siempre había considerado que sus intereses eran más literarios que visuales. Creía poder entender las palabras mucho mejor que las imágenes; quizás de allí salía su poca afección al cine y el teatro. Todas sus relaciones habían sido y eran cinéfilas, sin embargo, cada vez que se le había planteado la disyuntiva, prefería quedarse en casa con un buen libro a hundirse en la oscuridad de una sala abarrotada de gente con el cogote tieso y la mirada fija en una pantalla de imágenes en movimiento.
"Para empezar, cómprese una cartulina del color que más le guste". Negro, pensó inmediatamente, pero Mary Louise descartaba de lleno aquella posibilidad: "Aunque su ropa sea habitualmente muy oscura o negra, le aconsejo que descarte por esta vez los colores sombríos y se incline por aquellos que estén asociados con la naturaleza, como pueden ser el verde, el azul, los naranjas y amarillos, el rojo, los lilas y los fucsias". Se imaginó un rectángulo fucsia colgando en la pared enfrentada a su cama -allí debía poner el mapa de los deseos para poder verlo cada día nada más despertarse-, y sintió una especie de descarga eléctrica recorriéndole el cuerpo. Sin pensárselo demasiado optó por un sobrio color arena clara -más natural imposible-, y apenas se sorprendió, sin llegar a cambiar de parecer, cuando la empleada de la papelería lo llamó "té con leche". La mujer demostraba tal certeza profesional que hacía imposible, e innecesaria, cualquier discusión al respecto.
Extendió la cartulina sobre la mesa del comedor. La de trabajo estaba llena de facturas, libros a medio leer, invitaciones a eventos ya pasados y fotos, cartas y postales que, alguna vez, se repetía cada cinco minutos, debería ordenar. Sosteniendo aquellas pilas inestables de papeles diversos, aparecían cacharros con lápices, lapiceras, bolígrafos, abrecartas y tijeras de distinto tipo y tamaño, todos utensilios convertidos en inútiles desde la llegada del todopoderoso ordenador. ¿Qué deseaba en realidad? ¿Qué cosas podían producirle un poco de felicidad? Descartado desde el vamos "el vocablo amor con toda su porquería", había empezado recortando la foto de un Jaguar clásico de los años sesenta y la de esa casa rodeada de árboles en algún rincón de Costa Rica, ideada especialmente para el poseedor de una biblioteca con miles de volúmenes. Le gustaban los animales, pero nunca había tenido decisión ni tiempo para adoptar alguno. Hojeando revistas -ni siquiera se le había pasado por la cabeza destrozar sus queridísimos libros -encontró fotos de un golden retriever de cara sonriente, del perro que anunciaba una popular lotería, de dos galgos y una gata snow shoe rodeada de sus cachorros. Un suplemento dominical bastante envejecido le regaló la imagen a toda página de un fondo marino con peces tropicales y también la de un espléndido tucán posado sobre una gruesa caña de bambú. Abrió el cajón superior de un mueble con ruedas que tenía en su estudio con el convencimiento de que encontraría dentro la barra de cola transparente guardada allí hacía al menos...¿tres años? ¿Habían pasado ya tres años desde la última vez que usó aquel pegamento? La barra de pegamento estaba totalmente seca, era más que evidente, sin embargo necesitó cerciorarse restregándola varias veces sobre una hoja de diario donde un titular catastrófico anunciaba el fin de unas negociaciones de paz en algún lugar del mundo. ¿Qué podía hacer ahora? Eran las ocho y cuarto de la noche de un sábado de invierno en un barrio elegante donde para su desgracia no había comercios chinos o pakistaníes. ¿Tendría que soportar una nueva frustración, esperar hasta algún otro día donde el ocio coincidiera con esas ganas, de verdad poco frecuentes, de tontear con los deseos? El mapa aquel era una estupidez, quién podía dudarlo, pero el hecho de haber intentado montar aquel collage sin finalmente llegar a hacerlo, ¿no le acarrearía un sinfín de desgracias?
"Todo el mundo tiene algún adhesivo en casa", pensó, mientras se dirigía de forma resuelta a la de sus vecinos más cercanos. Ni siquiera sabía con quien o quienes compartía el rellano: había oído ruido de otras mudanzas poco después de su llegada al edificio, pero nunca se había preocupado por enterarse de la identidad de los nuevos inquilinos.
Tocó el timbre y esperó a que abrieran con la espalda rígida y los brazos cruzados sobre el pecho. "Una actitud defensiva", se dijo. No le pareció en absoluto ilógico: el mundo estaba lleno de psicópatas.
La puerta se abrió de pronto, sin ruidos, dejando ver una silueta oscura que se recortaba sobre la claridad luminosa de las paredes, pintadas con un amarillo áspero que imitaba el color de algún cereal maduro. La sonrisa amplia, fresca, clara, sin duda alguna deslumbrante, flotaba juguetona, como suspendida en el aire. "El gato de Cheshire", pensó, dejando caer lentamente los brazos.
-¡Buenas noches!
-Buenas noches!...
Después del saludo algo forzado se produjo un silencio espectante. ¿Podía ser que los planetas hubieran decidido detenerse para observar con atención aquella escena carente de trascendencia? Ajenas a todo, las dos figuras se mantuvieron en su sitio, una a cada lado del vano de la puerta. Finalmente, y después de un suspiro, la boca de la amplia sonrisa en suspenso volvió a hablar:
-Bueno...Sólo se me ocurre darte la bienvenida. ¡No sabes qué alegría me das! Empezaba a pensar que jamás tendríamos la posibilidad de conocernos.

BSO : Lakmé de Delibes. Ilustra : Poster con errata sacado de la web

jueves, febrero 28, 2008

¡No quiero ser una estrella! (cuarta y ¿última? entrega)

(para Pilar, con año recién cumplido)
Abrió la nevera y se dirigió directamente al congelador. Allí, tras varios envases plásticos con tapas semitransparentes que albergaban diversas salsas para los tallarines, pequeños trozos de tarta de alguna fruta de estación y otros de de tortillas de diferentes vegetales, sobras de purés, macedonia y sopas de colorida apariencia, todo un surtido variopinto de restos que después de un tiempo considerable de hibernación irían a parar sin la más mínima piedad al cubo de la basura, estaban los papelitos arrugados conteniendo los nombres de todos aquellos que habían osado menospreciarla, atacarla o simplemente contradecirla en alguna de las cuestiones consideradas esenciales por Amalia López Winocourt.
Llevaba en la mano, apretándolo con fuerza, como si temiera que pudiera cobrar vida y escaparse entre sus dedos, un nuevo papel amarillo estrujado en donde había escrito el nombre de su extravagante compañera de trabajo, la tan insólita como reiterativa Celia Cecilia Etchepareborde. Iba decidida a colocarlo en "el nicho de hielo" -también aquel nombre era creación de la octogenaria vidente serrana- junto a los de todos los otros traidores de su vida. "¡Que se le caiga la lengua! ¡Ojalá que se le caiga!" Nunca iba a perdonarle aquello. ¡Si al menos se lo hubiera dicho cuando estaban solas! ¡Si al menos no hubiera habido dos indeseables testigos de toda aquella ignominia! No era la primera vez que discutían por alguna noticia leída en las numerosas revistas del corazón que la dueña del Moona Lysa compraba para entretener a las clientas, pero nunca aquellas discusiones excedían ciertos límites considerados normales, respetuosos y de buen gusto, por las personas educadas.
-Te estás equivocando, Celia Cecilia. Estoy convencida de que a la princesa le queda mucho mejor el pelo suelto.
-Perdona que te contradiga, Amalia, pero el otro actor, aquel que la acompañaba en la fiesta de los Grammy, parecía muchísimo mejor persona...¡y que pedazo de tío!
-¿Rojo? ¿A tí te parece que se puede llevar un vestido rojo brillante a su edad?
-¡Me dices que no está operada! Querida mía: te estás volviendo ciega... ¡No puedo creer que pienses que esas tetas tan grandes como melones puedan ser naturales!
A la habitualmente parca Amalia le divertían muchísimo aquellas discusiones. Con su madre, la otra cotidiana interlocutora de la improvisada congeladora de lenguas, era imposible polémica alguna. Siempre estaba de acuerdo con todo lo que opinaba su pequeña y adorada hija.
-Es que tú sales más que yo, queridita mía... ¿Qué puede opinar tu pobre madre sobre cosas tan especiales si casi no se mueve de casa?
Amalia terminaba no oyéndola, ya que, como era imposible no sentir el reproche implícito en las palabras de su madre, aquello transformaba lo que debería haber sido una charla superficial, entretenida y sin mayor trascendencia, en un rosario de culpas, quejas y descalificaciones de todo tipo.
Abrió poco a poco los dedos y se quedó mirando la bola de papel amarillo que parecía refulgir sobre la palma de su mano, interrumpiendo las profundas y bien dibujadas líneas del corazón, del amor, de la vida.
-Que no quieres ser una estrella!!! ¿Qué me estás diciendo, pringadilla?
Era como si Celia Cecilia estuviera nuevamente frente a ella, moviendo los labios muy rojos de forma exagerada, articulando minuciosamente cada palabra que decía. Amalia podía reconstruir la escena en su totalidad, desde el mismo momento en que por pura diversión contestó en voz alta la quinta pregunta de un horrible formulario, por el cual, se supone, sabría reconocer al hombre de su vida apenas se cruzara en su camino.
-¿Cómo dices eso, Amalia? Y yo que te tenía por una mujer inteligente. ¿Me quieres decir que pierdes tu tiempo con esta mierda de revistas para ampliar tu mente? ¿O es que acaso lo haces para refinar tu espíritu? No, ya sé. Es una penitencia que junto a la castidad y el rosario cotidiano te ayudará a entrar en la Tierra Prometida. ¡No me hagas reír! ¿De verdad te interesa si la Condesa del Madroño se tira al Duque del Felpudo? Y todas esas putitas mostrándonos los interiores de sus casas sin imaginación ni vida, ¿te parecen verdaderamente imprescindibles? ¿Necesitas saber si Doña Perfecta sigue enamorada del Señor Maravillas? ¿Te ayuda en algo enterarte de los extravagantes caprichos sexuales de ese imbécil presentador de televisión con cara de macaco recién nacido?
Amalia estaba impresionada. Como no sabía qué contestar, contestó lo primero que se le pasó por la cabeza:
-Bueno...Igual que a tí. Tú también te zampas de lo más complacida todas esas revistas que ahora te parecen pura mierda.
-¡Sí, claro, pero lo único que yo quiero ser en esta vida es una gran estrella! ¡La más grande! ¡Quiero conocer gente interesante que diga y haga cosas interesantes! ¡Quiero vestirme maravillosamente bien, de lujo, con ropa cara y de la mejor calidad! ¡Olvidarme de las fibras sintéticas! ¡Que la lana sea lana y la seda seda! ¿Te crees que soy feliz tomando el metro cada mañana y cada tarde, rodeada de gente como yo, harta de hacer lo mismo cada día? ¡No, decididamente no! Yo quiero viajar en mi avión privado a una isla donde me esté esperando una preciosa casa junto al mar, con sombrillas y reposeras de bambú, cortinas blancas movidas por una suave brisa y una mesa servida con todo tipo de manjares. Y que al llegar me llamen por mi nombre, respetuosamente. No miro estas revistas para salir de mí, no curioseo en sus esplendorosas vidas para olvidarme por un rato de la mía, tan simple y repetitiva. No los admiro en absoluto: solamente los envidio... Trato de conocer ese secreto milagroso, ese embrujo mágico que puede convertirme en uno más de ellos. ¡Yo sí quiero ser una estrella, brillar más que ninguna! Y no pongas esa cara de incredulidad. Si al menos no lo sueño, jamás, ¿me oyes?, jamás podré conseguirlo.
Montse y Erica, las otras dos peluqueras, andaban por allí, haciendo como que ordenaban botes de suavizante y cajas de tintura. Cuando Amalia vio que se intercambiaban rápidas miradas cargadas de burlona complicidad no quiso oír más:
-¡Vete a la mierda, Cecé! ¿Acaso no te has mirado nunca a un puto espejo? Además de varios cirujanos plásticos, necesitarías al hada madrina de Cenicienta con todos sus pájaros y ratoncitos como ayudantes. ¿Me quieres decir de qué manera te vas a convertir en una estrella mediática, pedazo de idiota?
Celia Cecilia la miró a unos segundos a los ojos y después lanzó una única y amenazadora palabra en forma de pregunta:
-¿Matándote?
(¿continuará?)
ilustra : Audrey Hepburn por Irving Penn

viernes, febrero 22, 2008

¡No quiero ser una estrella! (tercera entrega)

-Que no quieres ser una estrella!!! ¿Qué me estás diciendo, pringadilla?
Si algo odiaba la joven Amalia López -aún más que las zapatillas de punta o el cocido de callos con garbanzos- eran, sin ninguna duda, los abusos de confianza. Por cosas como esta era tan reacia a entablar amistad con las dependientas de los comercios cercanos y nunca se paraba a conversar, como lo hacía su siempre expansiva madre, con las entrometidas porteras de las casas vecinas. Entablabas relación con la gente del barrio y un día cualquiera, cuando lo único que necesitabas era un pan de molde o media docena de pastas surtidas, Paty, la pecosa desbordada de "La flor del centeno", te despachaba una pregunta desagradable delante de todas las otras clientas:
-¡Qué afortunada Amalia! ¿El rubio alto que te acompañaba ayer era tu primo Juanca o acaso es un noviete nuevo que te has echado?
"Ni lo uno ni lo otro, pedazo de hortera", pensaba en aquellas situaciones Amalia. "Ese rubio alto y fornido que te ha humedecido el chocho es el tipo que va a pagar mi próximo fin de semana en Londres". Sin embargo, como sabía muy bien qué tipo de cosas debía callarse para que la dejaran vivir en paz, Amalia contestaba con un tópico, muy ambivalente, "¡Cómo eres, Patricia!" acompañado de una gran sonrisa, mientras alcanzaba el dinero exacto a la entrometida vendedora y salía apresurada, aunque dignamente, de la tienda.
-Que no quieres ser una estrella!!! ¿Qué me estás diciendo, pringadilla?
"¡Vaya tipa borde, estúpida, insoportable! No hay duda: Celia Cecilia es una grasa, una cutre de lo último. Jamás tendría que haberle hecho saber nada de mi vida." Cada vez que recordaba aquella escena la indignación subía hasta su garganta como un picor alérgico, haciéndola toser hasta el desgarro. Habían tenido que pasar varios meses de convivencia cotidiana, es verdad, pero al fin Celia Cecilia, "la redundante" para Amalia y su madre, había terminado por mostrar la hilacha. Como siempre que se enfrentaba a una situación incómoda, Amalia había preferido callar "haciendo mutis por el foro", según ella misma decía. No soportaba los insultos ni las descalificaciones. Tenía el congelador lleno de bollitos de papel con los nombres de todos los que se atrevían a menospreciarla. Una vieja vidente de la localidad serrana de Mataró Chipá le había transmitido el secreto. "Se les va a enfriar su puta lengua cada vez que te nombren", dijo aquella extraña mujer con acento extranjero, mientras acariciaba delicadamente el collar de una amiga, supuestamente traidora, de Amalia. Esta no preguntó si aquel enfriamiento llegaría hasta la congelación, pero con el paso del tiempo fue comprobando que a ninguno de los amigos y conocidos invitados a su freezer se les caía, o al menos amorataba, la lengua.
-Puede ser que ninguno de ellos haya vuelto a hablar mal de ti, cariñito mío-, dedujo la madre de Amalia, para quien su hija, una mujer robusta de casi treinta años, seguía siendo una niña. Amalia le había pedido opinión en uno de sus recreos del trabajo, pensando que tal vez, sólo por más vieja, tuviera la respuesta adecuada. A ella ni siquiera se le hubiera ocurrido la posibilidad que barajaba su madre. Pensaba que la gente era mala por naturaleza y no existía ningún conjuro con fuerza suficiente como para cambiar aquel rasgo tan característico de los seres humanos. (continuará)
ilustra : Barbie según Byron Lars

miércoles, febrero 20, 2008

¡No quiero ser una estrella! (segunda entrega)

Las cosas siguieron exactamente igual en la vida de Amalia hasta la llegada de una nueva empleada al salón de belleza Moona Lysa. Si las trombas suelen ser de agua, podríamos decir que esta venía directamente de algún río cercano a una tintorería industrial, tal era la sinfonía de colores que arrastraba consigo. Se llamaba, según ella misma dijo, "Celia Cecilia Etchepareborde, encantada". Y, sin dar a Amalia la más mínima posibilidad de presentarse o emitir al menos una interjección que corroborara su presencia en aquel lugar, la nueva añadió: "Soy especialista en tinturas y extensiones y estoy convencida de que esta que hoy comienza será poco más que una breve etapa en mi carrera". Su siguiente frase, lanzada como un proyectil explosivo de considerable envergadura hacia la redondeada, y en ese momento estupefacta, cara de Amalia, fue: "Te lo digo para que no te sientas amenazada. No vine a quitarte el puesto. Soy un pájaro de paso y no me interesa hacer nido en un sitio como este... Tengo ambiciones mucho más elevadas." A todo esto Amalia ni había abierto la boca. Seguía impactada por la presencia de la nueva empleada, tanto como para que su discurso fuera poco más que un susurro incomprensible al que ni siquiera podía prestar atención. Si la ropa de Celia Cecilia era inenarrable -una audaz fantasía futurista en negro y grises, con profusión de ojales, hebillas y hombreras-, su peinado entraba en la categoría A de alucinatorio. Un cardado en color fucsia estridente servía de soporte a un sinfín de trenzas multicolores de grosores diferentes que caían por la espalda hasta casi tocar la cintura, de considerable circunferencia y envuelta por tres cinturones distintos: uno de cadena color cobre, otro de falsa piel de leopardo y un tercero de charol negro. "A esta mujer le gustan las reiteraciones", pensó Amalia, mientras, en señal de amistad, le acercaba un paquete de cigarrillos Marlboro a la nueva especialista en tintes. "Gracias querida", dijo la mujer, "te lo agradezco de verdad y entiendo tu buena intención, pero no tengo entre mis futuros proyectos el suicidarme. No sé si lo sabes, pero eso que me estás ofreciendo es puro veneno".
No había sido un comienzo fácil para la relación de las dos mujeres, sin embargo estaban casi obligadas a superarlo para poder entenderse. Trabajar en un espacio como aquél, bastante estrecho y concurrido, no admitía distanciamientos de ningún tipo. Es de suponer que las dos mujeres tuvieron claro que nunca llegarían a ser amigas, así que ni siquiera perdieron tiempo en intentos condenados de antemano al más desolador fracaso. Era mucho más fácil ser cómplices: para ello no hacía falta esforzarse demasiado. Bastaba con reírse del comportamiento y las costumbres de la dueña del Instituto, una mujer sesentona de pocas palabras que se hacía llamar Perla, a pesar de que en todos sus documentos de identidad figuraba como María de las Mercedes Piquer.
"Es tan burra", decía Celia Cecilia, "que no sabe que Mona Lisa se escribe tal cual suena".
Amalia se reía sin contradecirla, aunque sabía muy bien que la realidad era otra. Ella y su madre habían visto como el salón de belleza cambiaba el rótulo luminoso del frente del local a los pocos meses de su inauguración. Amonestada por el Patronato Municipal de las Artes, la falsa Perla se vió obligada a variar la grafía del nombre porque el original que hacía mención a la famosa pintura de Leonardo estaba registrado por una prestigiosa dentista de la zona. (continuará)
ilustra : Barbie Kidman según la revista Radar.

lunes, febrero 18, 2008

¡No quiero ser una estrella!

Desde muy pequeña, Amalita había repudiado los intentos de su madre por convertirla en una estrella de la danza. Odiaba con todo su corazón las zapatillas de media punta, y ni qué decir de las de punta, auténticos instrumentos de tortura para sus delicados pies. Aborrecía también las redecillas en el pelo, las mallas enterizas de tela sintética y los arrepollados tutús rosa que debía llevar en los Festivales Artísticos Integrados de Final de Curso -FAIFICUR, según el algo arbitrario anagrama del evento-, donde, indefectiblemente, a Amalita le tocaba bailar el pas de deux de "El Corsario" junto a su compañera de curso Miryam Esther Zarudiansky, disfrazada año tras año de niña pirata con pretensiones: raso rojo para la camisa deshilachada y el pañuelo anudado en la nuca, terciopelo verde cotorra para los pantalones de pescador bien pegados al cuerpo y un cinturón ancho de cuerina dorada para "hacer efecto". Por suerte para Amalita, una semana antes de empezar su cuarto año de curso, la profesora de Danzas Clásicas y Folklóricas, doña Bebita Lofiego de Seguí, decidió mudarse a otro barrio con más posibilidades en la zona alta de la ciudad, y a la madre de Amalita, Raquel Winocourt de López, le pareció que llevar a la niña hasta el nuevo estudio significaba demasiado esfuerzo y un incremento más que considerable en su ya muy abultada lista de gastos mensuales.
Fue así que Amalita abandonó la danza para siempre y se convirtió en Amalia López, estudiando sin demasiadas ganas las materias exigidas por el Liceo Nº 4 de la calle Rivadavia. Salió de alli convertida en maestra, pero como no había plazas disponibles para los colegios de la Capital y su madre jamás hubiera permitido que se mudara a Curuzú Cuatiá, Corrientes, donde le ofrecían la dirección de un parvulario para infantes de ambos sexos con problemas de integración social, ni siquiera tuvo necesidad de confesar que siempre había odiado a los niños conflictivos y se buscó un empleo como ayudante de peluquería en el Instituto de Belleza Integral Moona Lysa, enfrente mismo de su casa. Allí lavaba cabezas y barría suelos, intentaba convertirse en manicura y aplicaba cremas suavizantes y sprays fijadores a las clientas menos exigentes. No era un trabajo muy pesado. Tenía suficiente tiempo libre como para cambiar algunas palabras con la otras empleadas, generalmente eventuales, cruzarse hasta su casa para tomar un café recién hecho por su madre, o fumar un cigarrillo tras otro en la trastienda, mientras leía sin perderse ni una línea todas las revistas femeninas que la dueña de la peluquería compraba para entretener a la, según sus propias palabras: "distinguida clientela".
Amalia nunca se había parado a pensar si su vida era divertida o no lo era en absoluto, si aquel trabajo le gustaba de verdad o simplemente era una forma como cualquier otra de pagarse algunas necesidades, muy pocos caprichos y, con el plus de las propinas, poder ayudar a su madre, ya viuda, con algunos gastos de la casa. (continuará)
ilustra : la efímera estrella Karen Black en el cartel de Family Plot, último film de Hitchcock.

jueves, julio 05, 2007

very welcome, Mr. Allen

Lo primero que oí fueron gritos. Un momento después, cuando ya estaba en la calle con chanclos, camiseta y pantalones cortos de andar por casa, me enteré de que no había habido ningún crimen. Según el empleado del parking de enfrente, sólo era que Woody Allen estaba filmando su esperada película en el hotel que está frente a casa, el mismo al que rebauticé "el tanatorio" porque tiene lámparas con pantallas de tul negro, unos floreros altos de metal plateado con orquídeas artificiales y bastante mármol marrón oscuro por todas partes. El edificio es muy noble, con buenos materiales y una más que correcta arquitectura pre-racionalista, aunque la decoración, tan pretenciosa como barata, le ha bajado unos cuantos puntos. Algunas veces, después del cine o de una cena en grupo, vamos allí con los amigos. Obviamos el aire algo entristecedor de la recepción y lo impersonal de los salones porque la atención es buena, los sillones muy cómodos y los precios más que razonables. Para la filmación de hoy habían puesto a la entrada un portero que nunca han tenido, vestido con librea verde engalonada de oro. Pensé que podrían dejarlo para siempre, ya que otorga al barrio en general y a esa esquina en particular una categoría que no suelen lucir. Las dependientas del local de fotocopias querían saber si Javier Bardem andaría por allí. "¡Y la Penélope!", exclamó la más mayor, una setentona a la que la historia de los géneros la trae sin cuidado. Tres enormes camiones más grandes que esos habituales de las empresas de mudanza ocupaban gran parte de la calle y un típico autobús turístico repleto de gente estaba estacionado a las puertas mismas del hotel. Me quedé unos quince minutos viendo como repetían una y otra vez la misma toma. Los que estaban en el autobús, vestidos de extranjeros de los sesenta en visita a Roma, muy en plan "esto no será un Fellini pero yo me marco un buen tanto imitándole el estilo", bajaban y subían del vehículo una y otra vez, aunque lo que de verdad importaba era que pasaran frente a la cámara con cara de "¡qué bonitou lugar!" e ingresaran en el establecimiento hotelero sorteando al portero de librea verde, que parecía estar puesto para entorpecerles el paso. Desde el lugar donde me encontraba era imposible verlo, pero casi podría asegurar que al cartel del frente le habían agregado una o dos estrellas. El camarero del bar de abajo de casa estaba muy nervioso: "¡Qué bueno, chaval! Imagínate la cantidad de gente que va a ver esta película! ¡Y en todo el mundo!". "Sí", le dije, "pero, ¿por qué eso te pone tan contento?". "Por la publicidad, hombre, por la publicidad. El hotel se llenará de gente y mucha de esa gente vendrá luego a comer aquí... Pura ley de probabilidades, ¿vale?" La encargada de la lavandería había cerrado el chiringuito nada más enterarse. "¡Qué feliz hubiera sido mi marido teniéndolo a Woody Allen al alcance de la mano! Voy a pedirle un autógrafo para llevárselo un día de estos al Clínico." Tampoco faltó la cajera más joven del Caprabo. "¡Qué mala suerte! ¡Justo hoy trabajo por la tarde, si no me quedaba aquí hasta que pudiera verlo!" No aclaró a quién, pero tal vez de puro prejuicioso pensé que ella también estaba refiriéndose a Javier Bardem. "¿Sos vecino, no? ¿Creés que necesitaran extras?", era un compatriota que me había reconocido el acento. "¡Soy un super fanático de Woody, soy! ¿Sabés si yego a salir en una peli de este tipo? ¡Mi vieja se muere! ¿Cuál de todos estos será el mandamás?" Eran demasiadas preguntas como para que esperara realmente una contestación. Ví cómo se abría paso entre la gente y llegaba hasta el lugar desde donde un tipito de barba parecía dirigir toda la movida. Un instante después lo perdí de vista.
A los pocos minutos estaba de vuelta. Se dirigió a mí, aunque tan indignado que ni siquiera parecía preocuparle que pudiera oírlo el resto de la gente que, como yo, estaba observando la filmación. "¿Me querés decir quién fué el boludo que buchó que esto era la película de Woody Allen? ¡Si estos giles están haciendo un spot de Barcelona Batega y los extras son todos jubilados del Inserso!"
Photo : me gustaría saber de quién es.

viernes, junio 29, 2007

Patentes y Peanas

El hombre pálido se introdujo en el austero edificio de piedra y mármol. Pasado el control de explosivos y superada la desazón que le había causado ver sus cosas más íntimas radiografiadas sin ningún pudor por aquel aparato entrometido, se acercó hasta un mostrador sobre el que colgaba un cartel de acrílico blanco con la leyenda "Registro de chiringuitos, paradas, quioscos, vendedores ambulantes, músicos callejeros y estatuas vivientes".
-Buenos días, señor- dijo mientras sonreía. Como su finado padre, un reconocido vendedor ambulante de productos de limpieza, siempre tuvo claro que la simpatía podía abrir todas las puertas.
-Buenas- contestó el funcionario con cara de no haber desayunado demasiado bien.
-Venía a gestionar un pedestal de estatua.
-Tendrá que decirme cuál cultiva usted, porque no sé si sabrá que no solemos repetir los temas.
-Soy un artista múltiple, señor, así que si tiene a bien decirme cuáles quedan libres...
El tipo de atrás del mostrador miró al hombre de piel lívida con un poco de sorna y un mucho de desprecio, mientras recordaba con auténtica furia el café con leche recalentado que le había servido su mujer aquella mañana.
-Como bien se imaginará usted, yo no voy a inventarle el trabajo. Si fuera inventor o algo parecido estaría tirado al sol en una playa de Levante, y no en esta desangelada oficina municipal, aguantando que la marimacho asquerosa que tengo como jefa me trate peor que a una fregona.
-Soldado de la tercera guerra mundial. Esa me gustaría hacer.
-Lamento decirle que ya la tenemos. Calle Pericolosi, esquina Náusica.
-¿Y el niño que llora?
-Imposible. Están los trillizos de la Plaza Dorrego.
-El hombre que hace pis.
-Un éxito absoluto en la Rambla de los Pajaritos.
-¿Y el que caga?
-Me parece que usted no es consciente de que se trata de una vía pública, paso obligado de visitantes y turistas de todo el mundo.
-Sería virtual...
-No podría bajarse los pantalones...
-Perdería todo el impacto. Imagínese, ¿cómo alguien va a evacuar sin bajarse los pantalones?
-Cosas más raras se han visto.
-¿Y si intento con una figura egipcia?
-Cleopatra, Marco Antonio, Osiris y Clitemnestra están adjudicados. Hay un perro que podría ser interesante, pero usted no da el tipo.
-¿Y si me inclino hacia un monumento muy conocido? La torre de Pisa, por ejemplo.
- Torre de Pisa, calle Montepío; Tureifel, calle de las Milagrosas; Puente de Bruklin, Cientouno y Berutti.
-También podría hacer alguna figura literaria o cinematográfica...El llano en llamas o Lo que el viento se llevó...
-La primera no se la puedo admitir: los bomberos me harían un escándalo por recargarlos de trabajo. Y en cuanto a la segunda... me huele a broma. El pedestal vacío, supongo, y usted tomándose cafecitos y leyendo el diario en el bar de la esquina. No cuela.
-¿Y de muerto de hambre? Me parece que estatua de muerto de hambre no hay ninguna.
-¡Señor mío! ¡Dígame para qué queremos estatuas como esa! ¿Usted ha visto todos los muertos de hambre que tenemos paseándose por la ciudad sin necesidad de otorgarles permisos ni paradas?
-¡Ya está! Si usted me permite... Creo que se me ha ocurrido una muy interesante. ¡De muerto de risa! Estoy seguro que a esa no la ha visto nunca.
-¿Muerto de risa?¿Cómo sería?
-Podría ser... Este... Bueno, la verdad no sé... Es que recién se me viene a la cabeza. Tendría que pensármelo un poco más... A ver...Yo mismo tirado en el suelo tal cual voy ahora, sin peana, aunque con los ojos cerrados y una gran sonrisa pintada en la cara.
-No sé qué decirle... Mire que usted está muy delgado... ¿Los transeúntes no se lo llevarán por delante?
-Estoy dispuesto a firmarle un descargo de responsabilidades.
-Bueno... si es así... Pero no se haga demasiadas ilusiones. Casi podría asegurarle que los de arriba se lo pondrán muy difícil.
-De cualquier manera prefiero intentarlo.
-Entonces tendrá que volver mañana. Atendemos de nueve a doce y estoy sobrepasando el horario en treinta segundos. No quiero problemas con el comité de empresa.
El hombre pálido dijo "gracias" y enseguida agregó "hasta mañana". El funcionario lo vió alejarse hacia la puerta, a paso lento y con la cabeza un poco más vencida que cuando había llegado. Apenas lo perdió de vista descolgó el teléfono y marcó un número que recordaba de memoria.
-¿Oriol? Se me ha ocurrido una idea muy buena para tu parada. Pasate por aquí lo antes posible. Ya verás... Te vas a morir de risa.
photo : dante bertini, sobre una escultura de igor mitoraj y con la participación especial de kylie minogue

martes, mayo 29, 2007

refuge wear

Siguiendo los sanísimos consejos de la petite v, ayer por la tarde corrí hasta la esquina deportiva de Decatlon y Balmes a comprarme un traje de la diseñadora transvanguardista Lucy Orta. No son baratos, desde ya les digo, aunque vale la pena tener alguno en épocas tan inciertas como estas. El que suscribe, hombre afortunado, encontró uno que le iba bastante bien de sisa y tenía una rebaja considerable sobre el precio de salida. Fechado en 1994, parece que a muchísima gente le da un cierto yoquesé la cifra que aparece en el apartado suma cuando se contabilizan los años transcurridos desde la edición-hechura. Por suerte yo no tengo esa manía. Será porque mi madre política siempre pensó que el trece era su cifra de la buena fortuna y una noche de excesos y confesiones, a fines del siglo pasado, en una pequeña cala de Ibiza, en medio de una Fiesta de la Luna Nueva con Camiseta Mojada y Daikiris de ron jamaiquino, presos ambos de una desorientación cósmica, producto a su vez de un psicodélico viaje astral con escala en Saturno y aterrizaje forzoso en el chiringuito "GG" (glamour gay) de la playa de Es Cavallet (nadie se podrá quejar de toda la información que estoy dándole), logró convencerme de que era mucho mejor tenerlo como amigo, al trece, digo, dado que cada mes de cada año tiene algún día llamado así y a pesar de sus malos antecedentes a nadie se le ha ocurrido borrarlo del puesto que siempre ha ocupado entre el doce y el catorce.
Para simplificar: me compré el Pink Flamingo Refuge Wear de Lucy Orta 1994 en cómodas cuotas mensuales pagaderas a partir del próximo septiembre.
-¿Se lo envuelvo para regalo?-, me preguntó la vendedora con una sonrisa de lo más Kemphor.
Le dije que no era necesario, que prefería llevármelo puesto.
Más que aliviada, la simpática mujer me dió una serie de consejos para el cuidado del titanio cementado y yo salí de la tienda tan ufano como si me hubiera comprado unas gafas Armani de última generación.
No puedo decir que sea cómodo. Tengo alguna dificultad para doblar en las esquinas y la gente se enfada cuando rasguño sus piernas con los cantos algo afilados de los dobladillos inferiores. Lo bueno es que desde que me lo puse dejé de tragarme el polvo y oír el ruido de las obras que rodean mi barrio, mi manzana, mi casa, ya no escucho el escape libre de las motos tuneadas ni el claxon fácil de los conductores ansiosos, y, ¡auténtico gran alivio!, ni siquiera me entero de cómo los políticos se reparten a su gusto y sin el más mínimo pudor los pocos votos que han logrado extraer a sus electores, conciudadanos, súbditos.
ilustración : diseño de Lucy Orta

lunes, marzo 26, 2007

Porcile


¿Alguien tiene el número telefónico de la Santa Inquisición? ¿Y su email? Es que quiero denunciar al Beckham por una foto donde incita a la perversa práctica de la homosexualidad. Una calenturienta imagen donde el hasta hace nada jugador del Real Madrid aparece como protagonista de una escena que induce al más absoluto descalabro moral. La foto no es nueva, lo sé, pero es que yo acabo de verla. Me saltó a los ojos sin aviso previo, sin banda alguna de (en)cubrimiento de las zonas más escabrosas, sin la faja de rigor con las tres equis negras sobre fondo rojo. Sí, cuanto más lo pienso más claro lo tengo: quiero denunciar al depravado futbolista inglés. Aunque se haya escondido en Beverly Hills o se escude tras las enormes gafas negras de su más que amarga Victoria. Creo que este es el momento oportuno, ya que ahora mismo gozamos de una especial sensibilidad frente a todo lo que pueda dañar el espíritu de los pobres e indefensos seres humanos. Debemos arremeter contra la indecencia de la misma manera que lo hemos hecho contra esas modelos, generalmente extranjeras, que con su falta de gordura en los sitios adecuados incitan a la delgadez extrema, la bulimia y la anorexia. ¿Qué se creen estas guarras? ¿No saben acaso que los azúcares y las grasas saturadas producen más felicidad que la muerte? ¡Todas a engordar!, que para eso somos democráticos, libres y siempre vivimos del lado de aquí -exactamente el de los desinteresados, al mismo tiempo que conmovidos espectadores- de lo que alguna vez fue el telón de acero. Y si estas niñatas no quieren engordar, dando un buen ejemplo a nuestras hijas, nietas y protegidas, pues que vayan al paro o entreguen sus patéticos cuerpos desnatados a los estudiantes de Osteología de cualquier Facultad de Medicina.
BSO : tom waits y chrystal gayle : one from the heart

domingo, marzo 04, 2007

cuadernos y misales

Aragón es una calle ancha y ruidosa con pocos árboles y demasiados negocios de cosas que no me interesan. No suelo transitarla nunca. Ayer sin embargo, un amigo y yo decidimos ir caminando por ella hasta el Paseo San Juan. Pensábamos desayunar en algún bar con terraza para poder gozar a pleno del sol primaveral que nos había tocado en suerte. Recién ahora, en estos últimos meses, puedo volver por alli. Durante años preferí no asomarme a ese calle, la de la casa que me alojó recién llegado a Barcelona. Demasiados recuerdos, demasiadas ausencias, demasiada nostalgia. El viejo edificio donde vivían Daniel y Marcelo fue sustituído hace unos años por otro más moderno. Supongo que aquellos espaciosos pisos de techos altos y amplios ventanales, se habrán convertido en una infinidad de apartamentos escuálidos con parqué flotante de falsa madera, mesadas de fórmica brillante y luces alógenas de todo a cien.
Esta vez, al llegar a la esquina de Roger de Flor, por primera vez presté atención a un pequeño Bracafé del chaflán. No lo hice por el local en sí mismo, ya que he pasado por allí un millar de veces sin detenerme ninguna. ¿Por qué? En gran medida porque adentro permiten fumar, y desde que dejé de hacerlo, quince años largos, no soporto el humo del cigarrillo y mucho menos todos los olores que el supuesto olor a tabaco encubre. Vade retro, entonces, aunque esta vez frené la marcha, deteniéndome el tiempo suficiente como para ver que el pequeño bar tiene afuera una terraza "chaflanera" con cuatro mesas metálicas donde el sol pega de lleno. Sin embargo lo que más llamó mi atención, lo que imantó mi cuerpo a aquella esquina, fue otra mesa pegada al cristal que da a la calle. En ella había una mujer de unos cincuenta años bien cumplidos con la cara derrumbada por la tristeza que escribía aceleradamente, con letra clara y de gran tamaño, sobre un cuaderno de hojas blancas y lomo con espiral metálica. Creo que fue esa imagen devastada de náufraga que en un último intento de salvación se ase desesperadamente a la palabra, la que hizo que me quedara, nos quedáramos allí, y, casi como excusa, ambos pidiéramos una taza de café americano para beber en la terraza. (continuará)

jueves, febrero 22, 2007

Perdón...¿Enrique?

Hago una dieta que me obliga a comer varias veces al día. Poco cada vez, pero varias veces. Según dicen los que saben es la forma de entretener el hambre, no sentir la necesidad de atiborrarse apenas te sientas frente a un plato de comida, no importa qué o cuánto tenga dentro. Cerca del mediodía me toca una ración de algo y yo he decidido que ese algo tiene que resultarme lo más gratificante posible, así que lo consumo en un lugar que me sea particularmente grato. A la vuelta de mi casa tengo el Hábaluc y enfrente "el hotel tanatorio"; si decido ir un poco más lejos la lista de cafeterías y bares se hace casi interminable.
Sin embargo, y a pesar de que no todos sus camareros son especialmente simpáticos, voy bastante a un Farggi que está flanqueado por dos edificios emblemáticos: la Pedrera y Vinçon. Puedo tomarme un café corto acompañado de un integral de queso fresco sin salirme del régimen, y después trotar, un poco más contento, hasta las cintas y aparatos del gimnasio donde me castigo por haber sido glotón durante los tres o cuatro últimos años. Eso sí, no miro los exquisitos cruasanes de mantequilla porque me producen una forma especial de vértigo que me hace caer de cuerpo entero en la obesidad.
Hoy estaba allí, tomando mi ración de pie junto a la barra para no perder demasiado tiempo, cuando de pronto escuché una voz femenina a mis espaldas que decía algo de un tal Enrique. Me dí la vuelta para enterarme de qué se trataba y encontré muy cerca de mí a una señora de gafas con el cabello entre rubio y canoso recogido sobre la nuca. Llevaba un sombrero de fieltro pequeño color verde musgo y un abrigo del mismo color, todo nuevo, limpio, bien cortado. Sobre el pecho, entre cariñosa y precavida, apretaba una cartera de color marrón más varios periódicos y publicaciones de distinto tipo.
"Perdón", me dijo, "¿usted es Enrique?".
"No", le contesté, mientras recordaba a uno de mis amigos del alma, muerto hace varios años.
La mujer movió la cabeza como si negara algo.
"Siento molestarlo, pero es que quedé en encontrarme aquí con una persona a la que no veo desde hace treinta años. No sé si lo reconoceré... Lo dudo muchísimo. Y yo he cambiado tanto que supongo que él no sabrá que soy la misma de aquella época. Lo siento de verdad, señor. Me da tanta vergüenza molestar a la gente..."
Mientras pensaba "mejor no lo hagas" me ofrecí a preguntar mesa por mesa. No había demasiados señores maduros y entre ellos no encontré a ningún Enrique.
Cuando volvía hacia el lugar donde me esperaba la mujer del sombrero de musgo, una de las camareras me detuvo y llevándome hacia un rincón, al costado mismo del aparador de las comandas, me dijo en voz muy baja:
"No se tome ese trabajo, señor. No encontrará a ningún Enrique, y si lo encuentra no será el que ella espera. Esa vieja viene cada tanto, desde hace muchos años. Siempre con la misma historia. Suponemos que no está muy bien, la pobre."
"Gracias", le dije por pura cortesía. En realidad no me caía nada bien lo que me había contado.
Cuando me acerqué nuevamente a la mujer que esperaba a Enrique ví que llevaba chanclas de andar por casa. "Un detalle doméstico", pensé, y enseguida: "¡Dios mío, qué siniestro!"
Aproveché que miraba hacia otro lado para pasar a su lado sin detenerme.
"¡Suerte señora! Espero que lo encuentre."
Estuve quince minutos pedaleando en la bicicleta estática, pero no pude alejarme de la mujer que esperaba a Enrique.
(photo : richard avedon)

domingo, febrero 18, 2007

Domingueros


-¡Qué duro es vivir!
-Y sí, sobre todo porque estar muerto no es ni siquiera semiblando... ¡Como no te enteras! Aunque te diré: si piensas en los detalles y te imaginas -un absoluto delirio, por supuesto-, que como finado podrías darte cuenta de todo lo que está pasando a tu alrededor, ¡vaya mal rollo!
-No entiendo demasiado bien qué me quieres decir...
-Es que, bueno, tú sabes que yo soy algo agnóstico, bastante poco creyente... Quiero decir que para mí los hombres son como los gatos o los cocodrilos: puede ser que tengan alma, ni siquiera entro a discutir semejante cosa, pero en general no se manifiesta una vez sus dueños, tutores o arrendatarios han estirado la pata. Muerto el perro se acabó la rabia... Y muerto el cuerpo, diría yo, se acabó lo blando y lo duro, lo salado y lo dulce, lo negro y lo blanco...más todos los demás matices.
-Hablando de otra cosa: ¿viste el último episodio de "Anatomía de Grey"?
(ilustración : john baldessari)

miércoles, enero 31, 2007

Diálogo


-Es que yo soy un apasionado de las relaciones.
-¿Públicas?
-Sí, aunque tampoco desdeño las privadas. Si hay gente de por medio, otras personas, vaya, puedo gastarme horas sin hacer nada más que eso: relaciones...
-Bueno, yo no podría decir que no me interesa la gente, pero estoy muy ocupado durante el día... Y en el weekend, ya sabes, se juntan un montón de cosas que no pudiste hacer durante la semana y, bueno, tampoco tienes demasiado tiempo para dedicarle a los amigos...
- A eso voy. A compartir tu tiempo por completo, a darle tu tiempo a los demás sin pensar siquiera en que tienes que mantener una casa, sin preocuparte por tus necesidades básicas, por tu trabajo, tu profesión o tu familia... Hoy, por ejemplo. Comencé la mañana recibiendo a los tipos de la telefónica que se supone venían a arreglarme las conexiones del ADSL...Pues mira, nos enrrollamos a hablar de la teoría cuántica, el ensimismamiento de los investigadores de Palo Alto y los efectos positivos de la reverberación acústica sobre los brotes de soja, un descubrimiento de peso realizado en las comunidades agroecológicas de San Francisco, y olvidé que tenía que pasar por el banco para solucionar un descubierto de 8.000 euros. Mal rollo. Sin embargo, cuando me percaté del olvido ya eran las dos y media de la tarde y el banco estaba cerrado. ¿Qué podía hacer? Como dijo Confucio: Si tiene solución para qué te vas a preocupar, pero si no la tiene, ¿qué sentido tiene preocuparse? Me fuí a comer a la vuelta de casa. Te podría decir que los dueños más que restauradores son amigos, así que cuando terminé con el menú nos tomamos un café juntos y me comentaron que les habían fallado dos chicos en la cocina. La maldita gripe, que sigue haciendo estragos. Nada, que sin dudar ni un segundo me arremangué la camisa y me puse a lavar platos y cacharros hasta las seis de la tarde. No fue ningún sacrificio porque el cocinero es diseñador gráfico en sus ratos de ocio y me estuvo explicando las bondades del nuevo Windows Vitalínea. Un prodigio de la informática que además reduce el colesterol y elimina las arrugas de expresión. Los muy amorosos querían que me quedara a cenar. Imposible, ya que tenía otro compromiso: Renata y su marido querían consultarme respecto al nombre de su primer hijo y yo les había prometido caerme por su casa con el diccionario de la RAE y el Gran Libro de los Sinónimos Castellanos. Fue lo que hice. Parece que finalmente le pondrán Marmota si es niña y Deductivo Racional Inferente en caso de que nazca varón. Mientras abríamos y cerrábamos los libros esperando que el método aleatorio nos diera algún nombre medianamente aceptable, Renata, una apasionada de la música de cuerdas, me enseñó a tocar algunas canciones de Renato Carozone y el último éxito de Figuerola Montalvano: Prendi da qui. Perdona, pero, ¿qué hora es?
-Yo tengo las nueve y diecisiete.
-Seguimos mañana, querido. Tengo un compromiso impostergable con los vecinos. Es que, sabes, soy el presidente de mi escalera...