
La plata, así, en letra pequeña, es el dinero de los argentinos; un sinónimo culto de esa guita porteña que ahora se muestra en todo el mundo tan esquiva y fluctuante, tan ligera y mobile como una voluble dama -más verde que verdiana- de gran ópera clásica.
La Plata, en este caso con notables, enfatizadas mayúsculas, nombra a la amplia ciudad capital de la provincia de Buenos Aires, entre dueña y tocaya de ese río color de león, (poético eufemismo para enmascarar su condición fangosa, tan alejada de las familiares transparencias mediterráneas) que resulta ser el mismo río de sueñera y de barro por donde llegaron los barcos ¿fundadores? de la mítica, eterna patria borgeana.
Cuna y refugio de algunos amores, de muchos familiares y amigos, La Plata con mayúsculas esconde entre sus pliegues marmóreos tesoros como este que encontré hoy mismo, hace apenas unos minutos, mientras buscaba los cortos animados del sudafricano William Kentridge.
Joya, que no taxi, dirían los vendedores argentinos de autos usados. Melodiosa y sencilla, búdica sin bar, ideal para una tarde lluviosa, casi otoñal, en la todavía veraniega Barcelona, esta muchacha se llama Fer López Camelo y cubre con esponjosa cadencia mi provisional, al menos esto espero, ausencia de palabras. Que la disfruten tanto como yo.






