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viernes, febrero 18, 2011

Limbo Rock


A veces me pregunto qué hubiera sido de mi, ¡Santa Terpsícore de las Bellas Danzas!, si no hubiese visto, en la casi absoluta soledad de una función de tarde, con mi exigua paga mensual y por propia e infantil decisión, "Cantando bajo la lluvia", el musical más célebre de la historia de Hollywood.
Suena a antigualla, lo se, pero ¿qué cosa suena a modernidad cuando uno ha pasado ciertas edades que, por ser delicados, socialmente correctos, acostumbramos llamar maduras?
En estos días de destape egipcio, cuando todos los bien pensantes pusieron sus bienintencionados pensamientos en una tierra que todavía brillaba -al menos para algunos tilingos como yo- gracias a los decadentes fastos áureos de Elizabeth Taylor -esa eterna niña prodigio que aún resiste los embates de tanto macho faraónico, de tanta vida mal-bien vivida, la misma desmesurada Cleopatra de bellos ojos color violeta, adornada hasta el exceso por un ya agónico Mankiewicz, y cortejada, y cortajeada, por el algo alcohólico y bastante malhumorado Richard Burton, tan enamoradizo y británico como ella- en estos días de multitudes en movimiento, digo, yo, cada vez más afecto a las individualidades, me enteré por unos recortes del periódico o por algún programa matinal de la radio -ahora, pasados varios días, resulta difícil precisarlo- de la muerte de María Schneider y Paul Getty (jr), dos seres mediáticos del siglo pasado, convertidos, por culpa de su propia historia, de sus dramáticos, casi trágicos avatares, en esfinges impávidas de su también ahora desértico entorno, en momias semiembalsamadas del Museo Universal de Antiguas Celebridades (MUAC!), imponente local con acceso restringido al gran público actual y por el que cada tanto se acerca la parca para darse unos banquetes de muerte.
Así como me pregunté en su momento por la real incidencia de aquel clásico musical estadounidense en mi vida, ¿qué hubiera sido de ellos -me pregunto ahora- sin aquel mafioso corte de oreja, sin aquella lubricante escena de la mantequilla -¿o era una más light margarina?- parisiense?


Porque, seamos sinceros: Paul y María o Getty y Schneider, agradables jovencitos, no parecían superdotados para la actuación pública, y si bien en el tránsito hacia la eternidad uno perdió un apéndice auditivo y la otra su castidad virtual, estas pérdidas físicas, cual ofrenda a vaya saber qué dioses oscuros, les otorgaron una fama que difícilmente hubieran obtenido de otra forma.
Cisnes blancos de la prensa, cisnes negros de la vida "real", María y Paul se fueron para siempre cuando lo que en ellos fue violenta irrupción de los tiempos venideros, se ha convertido en el pan habitual de cada uno de nuestros días sin olímpicos dios(es).
Alguien me dijo alguna vez, hace ya de esto un montón de tiempo, que los seres que donan su imagen al mundo son recompensados con una eternidad angélica. En este espacio neblinoso todo lo perdido se les restituye de la manera más gratificante y con sus debidas creces. Virtudes y bellezas desgastadas por las miradas y el tiempo recobran su lozanía juvenil, su castidad y su inocencia.
Tal vez se trate solamente de un deseo ancestral convertido en leyenda o de una publicidad auspiciada por cirujanos astutos y cosmetólogos avispados, aunque yo, tilingo al fin, amigo de cantar bajo las tormentas y bailar alegremente al ritmo de la lluvia, ahora mismo prefiero imaginarlos allí, recortados sobre un memorioso paisaje de sueño -lo más parecido a una virtual, idílica playa ibicenca- y con todos los atributos que la fama, ¡un puro cuento!, les quitó en su día.

sábado, septiembre 25, 2010

¿Nobody Wins?


El tren pasa por la desértica meseta aragonesa. Más blanca que la arena, la tierra se extiende en dunas suaves mechadas de arbustos bajos de color verde oscuro.
Demasiado reciente el viaje a Argentina, recuerdo los altos fresnos bordeando el camino a Mercedes, las pitas y los tilos de La Plata, los ficus de maceta convertidos en árboles robustos que cruzan de acera sus ramas por las calles amplias del pluri-apellidado (Soho, Hollywood, Sensible) barrio de Palermo.
El servicio Preferente del AVE incluye periódicos, toallitas húmedas para limpiarse las manos y un tentenpié somero y agradable, con jamón y queso, tortilla de patatas, café, bombones, zumos.
Los diarios dan cuenta del premio especial de San Sebastián a la actriz Julia Roberts. Es evidente que las estrellas brillan más a la distancia, cuando no alcanzamos a ver sus accidentadas geografías. Me encanta esta mujer hipnótica, aunque tal vez me falte fanatismo para ignorar sus, para mí, notables deficiencias.
No debería usar minifaldas que la obliguen a cruzar las largas piernas desde el mismísimo nacimiento de estas, disimulando unos muslos demasiado delgados, bastante poco firmes. Y, aunque la distancia entre las comisuras de sus labios estará especificada centímetro a centímetro en los millonarios contratos que acostumbra firmar, podría sonreír más relajadamente, evitando que el gesto se convierta en una mueca estereotipada, superficial, poco creíble. Quizás sea imposible sonreir de la misma manera a los veinte y a los cincuenta años, de la misma forma en que es injusto pedirle a Woody Allen (née Allan Stewart Königsberg) que se ría, y nos haga reir, como en épocas pasadas, cuando la vejez y la parca eran para él sombras atemorizadoras, pesadillescas, aunque todavía suficientemente lejanas.
En su última película, You Will Meet a Tall Dark Stranger, una comedia según dicen las crónicas, todos los supuestos gags están teñidos de melancólica, letal tristeza. Casi una ilustración animada de Nobody Wins, la tan pegadiza como oscura canción de Elton John.
Yo sin embargo creo que algunos seres privilegiados ganan siempre.
Al menos mientras están sobre la tierra, gozando de total, casi absoluto poder, vivitos y coleando, que diría mi madre, ¿cuantos afortunados triunfan a costa de otros muchos que no lo serán nunca: arrebatándoles, engañándolos, manipulándolos, estafándolos sin ningún miramiento, sin la más mínima piedad?
Inclusive hay quienes, llamándose progresistas, sensibles, liberadores, pueden votar con aparente convicción por la abolición de unas torturas mientras hacen la vista gorda sobre otras.
Para poner un ejemplo cercano, presente como noticia secundaria en el mismo diario que leí en el tren: algunos políticos catalanes pueden decir no a las sangrientas corridas de toros y sí a los toros embolados, dejándonos con una duda ardiendo sobre nuestros propios cuernos de vulgares mamíferos engañados:
¿será que las atrocidades propias, los suplicios de "la terra nostra", siempre son inocuos, duelen menos?


www.dantebertini.com

sábado, abril 17, 2010

Resumen leridano (volver...)

...si en este momento me pusiera a cantar el "todo pasa" machadiano musicado por Serrat caería en el más obvio de los lugares comunes, pero es lo único que se me ocurre ahora mismo, recién desembarcado en mi casa barcelonesa después de un agradable viaje de apenas una hora, cómodo, relajado, amigable; un viaje tranquilo que no me ha obligado a soportar aberrantes esperas, colas interminables y/o angustiosas cancelaciones. Y todo gracias a ese AVE delicioso que, sin alas, traqueteos, humos tóxicos o densas nubes volcánicas, me ha trasladado con plumosa delicadeza desde la ciudad de Lleida, unas pocas horas después de finalizada su muestra anual de cine iberoamericano.No les voy a hablar del Palmarés final, de todas las películas a competición ni de los jurados convocados para cada categoría: pueden entrar a la página del festival si de verdad les interesa saber quiénes y de qué manera han intervenido y también cuáles entre todos ellos se han llevado los premios otorgados por el certamen. Yo prefiero seguir con mis notas -entrecortadas, arbitrarias, desparejas- sobre una semana de estadía en esa otra ciudad cada año más cercana.

Mi palmarés particular incluiría en más de un rubro a la premiada El hombre de al lado, al niño Conrado Valenzuela, protagonista de Andrés no quiere dormir la siesta, a Cecilia Rossetto por su papel de madama depravada en la atrapante, angustiosa, muy lograda, La mosca en la ceniza, segundo largometraje de Gabriela David, al corto Uyuni, refinada publicidad de una camioneta todoterreno que deviene tragedia sangrienta.

"Aquí se habla mucho" podría ser otro slogan publicitario de la Muestra de Lleida. Se habla por los pasillos, en la recepción y en el bar del hotel, a la entrada y salida de las proyecciones, sean estas competitivas, especiales o retrospectivas, en el pub africano cercano al hotel donde suelen gastar sus noches los más noctámbulos y, sobre todo, se habla muchísimo mientras se desayuna, almuerza o cena, aunque, gente educada esta del cine, nunca, jamás, lo hace con la boca llena.

Hasta ahora no me he subido a una balanza para saber cuántos kilos estoy pesando, sin embargo podría segurar que vuelvo de Lleida con alguno más encima. La mirada, que yo sepa, no ayuda a consumir calorías, y allí, durante la Muestra, nos llevan de un cine a otro y, como breve intervalo de descanso entre una y otra película, del comedor del hotel a un restaurante y de un bar a una cafetería.
Para colmar mis kilos y nada más volver, una amiga fotógrafa me invita a un té con simpatía, charla y diversas exquisiteces (la foto muestra los scones y el brownie esperando para pasar à table) en su no menos exquisita casa-estudio del barrio de Gracia. A punto de convertirse en joven abuela, ha decidido dedicar parte de sus días a dos cosas a las que su trabajo profesional había quitado casi todo el tiempo: recibir gente amigable y cocinar para ellos.
La mesa, loza blanca dispuesta sobre una tela africana de color crudo con dibujos en negro, estaba colocada junto a una de las amplias terrazas de la casa: luz de atardecer sin volcánica nube negra a la vista y la cercanía de un buen montón de plantas que comienzan a sentirse primaverales, despuntando verdes brillantes y floraciones varias.
Para acompañar una y otra taza de té darjeeling (Tealosophy) con nubes de leche fría, comimos sándwiches de pan inglés de molde, scones con confituras caseras de naranja y boniato, diversas tartas saladas de verduras. De postre, un brownie de chocolate bañado en nata fresca y varias horas de animado diálogo. Un auténtico festín de cine. Tanto placer refinado no es nada discriminatorio: todo aquel que lo pague puede disfrutarlo cuantas veces quiera. Sólo hace falta llamar con antelación al 639161197 y preguntar por Cristina.

Como compañero de viaje elegí el primer tomo de Obras, la reciente reedición por Anagrama de toda la narrativa del escritor y dibujante Copi (Raúl Damonte, Buenos Aires, 1939-1987).
Edgardo Entín, casi un clon físico del autor de aquella Eva Perón teatral tan iconoclasta e irreverente como toda su obra, me lo presentó en un bar de Ibiza a principios de los ochenta. Parecía un tipo melancólico, de pocas palabras y menos ironías. Nada habituado a los delirios exhibicionistas fuera de la escena, poco agraciado para los cánones gays de la época, se aferraba a una copa de gin tonic con una mano y a la pringosa barra del bar con la otra. Iba vestido formalmente y de blanco, como el personaje masculino de Súbitamente el último verano (Suddenly Last Summer), ese Sebastián Venable inmolado sobre la arena de una playa por los oscuros y hambrientos muchachos españoles depositarios de su deseo. Cuando pienso en él, desubicado, totalmente fuera de lugar en aquel ruidoso e inhóspito bar ibicenco, me pregunto si no estaría imaginando un final parecido para su ya por entonces herida existencia.
ilustran dos retratos de Copi, el último dibujado por el Tomi

jueves, marzo 04, 2010

pequeña serenata otoñal (a single man)

-Las experiencias no son esas cosas que suelen sucederte, sino lo que tú haces con ellas.
Lo dice Tom Ford por boca del profesor George Falconer, que a su vez está citando a Aldous Huxley en su novela After Many a Summer (Viejo muere el cisne).
Este atildado profesor Falconer es Colin Firth, un actor inglés del cual no me importaría nada hacerme amigo durante las próximas semanas. Tiene cara de buena persona, de esas capaces de escuchar tus lamentos y compartir tus alegrías como si fueran propias. ¿Ganará un Oscar por este trabajo? Si se lo dan debería compartirlo con los responsables del casting: no es que que su actuación sea especialmente buena, sino que él es ese personaje en cada uno de sus gestos, en cada uno de sus tonos, en cada uno de sus movimientos. Ni la maravillosa casa en la que vive ni el coche que conduce le quedan grandes, de prestado. Son de su misma talla, hechos a medida para él, como toda la ropa que usa en la película, realizada con materiales nobles y mejor sastrería. Resultan, junto a la ambientación general, la minuciosa y delicada fotografía, la música, simplemente perfecta, y un reparto sin fisuras -el debut de Jon Kortajarena promete una carrera exitosa-, otros regalos estéticos de Tom Ford, director de A single man -no me convence la traducción Un hombre soltero porque single es bastante más que eso- y ex diseñador de la empresa Gucci, un icono, gracias a él, del lujo y el glamour mundano a finales del siglo pasado y principios de este. Localizar la historia en los ambientes privilegiados de Los Angeles de los años sesenta, época en la que transcurre la novela, es más que un gesto respetuoso hacia el material básico del filme. Su elección nos enfrenta a una forma de vivir más contenida en la que palabras como elegancia, educación, pudor o sobriedad no eran necesariamente sinónimos de conservadurismo. Sofisticada sucesión de cajas chinas, Colin Firth parece copiar la trayectoria vital de Falconer, que a su vez repite de manera casi idéntica los detalles biográficos de Christopher Isherwood, autor de la novela de 1964 en la que se basa el guión de la película. Los tres son ingleses cultos de mediana edad trasplantados a Estados Unidos y de los que al menos dos han aceptado con total soltura su homosexualidad.
Película triste sin ser melodramática, me recordó casi de inmediato a El fuego fatuo (Le feu follet, ¡1963!) de Louis Malle.
Partiendo de un relato de Drieu de la Rochelle y con el fondo sonoro de las melancólicas Gymnopédies de Erik Satie, el director francés de películas tan disímiles como ¡Viva María! o Tio Vania en la calle 42, abandonaba la decisión final en manos del desesperanzado, vacío, estragado protagonista. Aquí, y pese a toda la dureza de la escena final, Tom Ford deja un mínimo resquicio para la esperanza, aunque haciendo intervenir una vez más a la fatalidad, compañera desgraciada de un hombre que siempre ha intentado huir de ella sin lograr conseguirlo.



En las fotografías, sin pie de autor, Tom Ford asoma detrás de Colin Firth y Christopher Isherwood asoma por una ventana de su casa.

lunes, septiembre 28, 2009

museos, alcoholes y cintas argentinas


Salgo del Club Coliseum de Rambla Cataluña, un cine que forma parte de ese lujo de otro tiempo que deberíamos preservar: espacios amplios, techos altos, alfombras mullidas, sillones cómodos donde esperar el comienzo de la función, esculturas de firma, aseos bien aseados y hasta un puñado de lámparas Pipistrello de Gae Aulenti para alumbrar suavemente los rincones. Como estoy bastante satisfecho con la película que he visto -El secreto de sus ojos-, vuelvo caminando sin ninguna prisa por Rambla Cataluña hasta mi casa, seis o siete calles más arriba.
Las terrazas están llenas de gente que consume ruidosamente y a destajo para festejar la crisis, mientras en un segundo plano ganado por las sombras, hay adolescentes abúlicos sentados en los bancos del paseo con botellas de alcohol entre sus manos y mucha suciedad a sus pies. Doblando por Mallorca, a cien metros de casa, me cruzo con otros grupos de muchachos que caminan igual que yo, aunque sin destino fijo. Llevan bolsas de plástico con botellas de alcohol dentro y van bebiendo del pico que asoma apenas, como si pretendieran esconder lo que están haciendo. Fingen, por supuesto; todos sabemos que quieren exhibirse emborrachándose para ver si alguien les da una buena razón para hacerlo. Ellos no la tienen. Si la tuvieran se los vería relativamente felices o al menos más realizados. Un suicida que logra su comentido descansa en paz, uno que ni siquiera se atreve a llegar al final vive lleno de ansiedad, desesperado.
Si yo encontrara alguna razón valedera para hablar con ellos les haría preguntas sencillas, de fácil respuesta.
-¿Estudias o trabajas?
-¿Vives con tus padres o ya te has independizado?
-¿Te emborrachas porque te gusta el sabor de lo que bebes, para desinhibirte, bailar desenfrenadamente, echarte un polvo o sólo para quedar semidormido como un zombie y no pensar en nada?
La otra noche, en el vernissage-inauguración de Modernologías, una exposición de arte con folleto explicativo -soy de emocionarme hasta las lágrimas frente a un Matisse, así que imaginen como me siento en estas muestras tan actuales-, servían, además de un recorrido incomprensible por no sé qué cosas, copas pagadas por Moritz, la cervecera. Todo el mundo hizo lo que yo: darse una vuelta por las salas, transitar los pasillos, subir y bajar las pasarelas del impoluto MACBA y terminar reunido con sus conocidos, si los tenía, alrededor de la gran mesa con mantel negro donde los camareros despachaban cerveza de la marca anunciante, cava de bajo costo o edulcoradas cocacolas. Casi todos los que estaban allí tenían una copa de alcohol en la mano, y varios, era notable, las llevaban ya dentro del cuerpo. Entre estos últimos sobresalía un grupo de adolescentes con look entre rastafari urbano y Woodstock's Original, que, triunfadores de nada, fantaseaban con ser pilotos ganadores de fórmula uno y se entretenían agitando los botellines de la cerveza patrocinadora para que el contenido se derramara como exitosa espuma alcohólica sobre sus ropas y el suelo.
El arte despierta sensibilidades y pasiones, no hay duda.
Después de ver esto decidí marcharme. No puedo soportar los vómitos ajenos.
La calle se mostraba animada, sin embargo muchos homeless ya empezaban a armar esa cama precaria donde pasarían la noche. Desde hace varios años, el refinado edificio de Maier tiene algunas alambradas provisorias para proteger sus flancos de estos seres extraños que fabrican alcobas en los rincones inútiles de las Obras Maestras de la Arquitectura. Como nunca falta un resquicio -Borges dixit-, allí están, durmiendo cada noche tras las vallas supuestamente disuasorias.

Vuelvo a ese cine que abandoné un momento antes de distraerme con el paseo por las ramblas, la exposición del MACBA y los borrachos.
El secreto de sus ojos es una película clásica dirigida por el argentino Juan José Campanella. Y digo clásica porque en ella se cuenta una historia intrincada con principio, desarrollo y un desenlace que no excluye el contenido moral. El protagonista se llama Expósito, como se llamaron muchos de los neonatos que se abandonaban sin nombre ni apellido en las casas cuna de otras épocas. Este tipo resulta ser, más que un solitario, un solo, y lo interpreta, es un decir, Ricardo Darín, un actor con cara y carisma suficiente como para convertirse en el personaje que le ha tocado en suerte y desde esa impostura hacernos creer cualquier cosa que el autor nos proponga. Gran parte de la historia transcurre en la Argentina de los primeros años setenta, por lo que resulta casi natural la abundancia de malos. El peor de todos se llama Morales y, como es de suponer, no tiene ninguna. Campanella ha dirigido varias películas exitosas, quince capítulos de House, varios de Ley y Orden y una decena de Sopranos. Se nota bastante. Sirviéndose de un espléndido guión y, sobre todo, de unos diálogos contundentes, ingeniosos, creíbles, convierte una historia mínima en una película compleja de difícil catalogación genérica. Quizás no se merezca recibir Concha de metal alguno -en realidad ni siquiera la necesita- pero es una buena película de casting modélico y espléndidas actuaciones, capaz de atraparnos durante todo su largo metraje.
Un detalle clave de la historia me llega especialmente. Darín-Expósito, oficial de Tribunales ya jubilado, quiere escribir una novela para sacarse de encima sangrientos fantasmas del pasado. Una noche de pesadillas recurrentes, garabatea como puede la palabra TEMO en una pequeña libreta de espiral que tiene al lado de su cama.
¿Cómo no tener miedo en un lugar así, dónde la justicia es una broma de mal gusto y el asesinato un expediente más que se pretende archivar sin siquiera mirarlo?
Como es obvio, yo no soy Darín; tampoco un personaje de película. Sin embargo, por un sentimiento muy similar a éste estoy viviendo donde vivo.


Ilustra: Fuera de catálogo, fotos de Dante Bertini sobre origamis de autor desconocido, abandonados en la inauguración de Modernologías (MACBA, BCN).

miércoles, julio 15, 2009

entre piscinas y camorras


Estoy chapoteando alegremente junto a tres amigos encantadores en la magnífica piscina de una espléndida casa de Girona. No hay que abusar de los adjetivos, lo sé, pero tampoco habría que abusar de la comida o el alcohol y el mundo está lleno de obesos y dipsómanos. No me preocupa demasiado esta adicción gramatical. Cuando los adjetivos me dominen haré una cura de desintoxicación y podré olvidarme para siempre de ellos. Mientras tanto floto sin mayor esfuerzo, rodeado de una campiña apacible que recuerda a la de la Toscana en sus mejores días. Entre chapuzón y chapuzón comentamos la sesión cinematográfica de la noche anterior. Después de una opípara comida en un restaurante de las cercanías, hemos visto Slumdog Millionaire, la oscarizada película inglesa ambientada en la India. Paul Eluard, el poeta francés amante de la simplicidad, el mismo que supo describir en una sola estrofa toda la ambigüedad del mal estudiante, ese que "dice no con la cabeza y sí con el corazón" (...¿o era al revés?), escribió también alguna vez aquello de "hay otros mundos, pero están en este". Es una frase tan concisa y efectiva que hace algunos años la usaron para una publicidad televisiva donde aparecía una piscina privada aún más envidiable que aquella en la que nos encontrábamos durante el fin de semana. Es que la cámara lenta tiene un poder subyugador, hipnótico: embellece hasta los tarantinianos tiros en la cabeza con abundante salpicón de sangre y sesos.
Todos habíamos quedado bastante impresionados con el filme del concursante hindú; tal vez porque al menos tres de los cuatro presentes conocíamos muy bien dos de los más habituales métodos de tortura argentinos: la inmersión sin escafandra y la picana eléctrica.
Además del enceguecimiento con cuchara, nuevo para mí, y la zambullida en mierda humana, toda una metáfora, la película de Danny Boyle nos enseña cómo se puede salir de toda esa desgracia con la ayuda de un golpe de suerte que te haga millonario y la compañía de un amor "que te cuide, que te cuide". Love is a magnificent thing, ya se sabe, lo sabemos todos, y gracias a él, al maravilloso, angélico amor, un documental de ritmo acelerado sobre la miseria actual en las grandes urbes, puede convertirse en un cuento de hadas con Happy End al estilo Bollywood. Supongo que para pagar de alguna manera tanto apacible, apiscinado placer burgués, decidimos ver al día siguiente otra película best seller de fuerte contenido social: la italiana Gomorra. No voy a ponerme a criticar ahora lo alargado y repetitivo de ciertas escenas, ni la confusión que produce un casting de actores secundarios supuestamente no profesionales con rostros familiares, no siempre diferenciables. La película es muy digna y no regala posibles finales felices: los corrompidos lo serán aún más, los que pretendan ir por libre despertarán convertidos en acribillados cadáveres, los vertidos tóxicos cubrirán el mundo, sazonando con cianuro nuestros melocotones, y una Gran Camorra Globalizada acabará dirigiendo cada segundo de nuestras vidas a través de la ambición, la necesidad, la ignorancia y, sobre todo, el miedo.
Como a mi ya manifiesta adicción a los adjetivos pueden unir sin temor a equivocarse otra todavía mayor a las películas, nada más llegar a Barcelona me trago The Cooler (2003), con María Bello, Alec Baldwin y William H. Macy en los protagónicos. Azar, dinero, mafias y finalmente amor; nuevamente un gran amor que lo trastoca todo. Las Vegas es un lugar iluminado en exceso por el que se pasean un puñado de personas con muchísima ambición y muy pocas luces. Al margen, intentando no caer ruidosamente del tapete, se encuentran los perdedores de siempre. Encarnados con sensible brillantez por Macy y la Bello, estas dos personas casi normales merecen mejor suerte, y el guionista y director, Wayne Kramer, un buen tipo, creativo, audaz e inteligente, decide regalársela permitiéndoles escapar del círculo infernal donde se habían encontrado.
Yo, después de husmear gracias al cine estos otros mundos no tan distantes, he decidido que el lugar donde estoy, mi pequeño universo cotidiano, no se parece demasiado a esos infiernos. Por suerte, aunque no me atrevo a llamarlo paraíso, ni siquiera tiene relación alguna con el tecno-purgatorio de Romeo Castellucci. Se también que "todo tiene un final, todo se acaba". Poe eso debo, debemos, estar muy alertas. No vaya a ser que esta pequeña parcela de terreno ganada minuto tras minuto a la inmundicia, caiga definitiva, irreversiblemente, en manos de alguna repulsiva mafia.

ilustra: imagen publicitaria del filme Gomorra.

lunes, julio 06, 2009

si esto es el paraíso, me bajo en la próxima!


Sueño que me muero.
Es casi previsible después de tanta necrología ambiente.
Como se trata de un sueño, no hago el trayecto en soledad. Para mí, para nosotros (mi pareja y yo; una historia sin fin, como en los cuentos), ese largo túnel del que muchos hablan acababa en algún lugar de la Historia -sí, así, con mayúsculas- que no me interesó demasiado. Si no hubiera en mí una pretensión de distanciada elegancia cortesana, podría ser todavía más preciso y decir que ese particular momento histórico "no me interesó un carajo". No pregunten siquiera de qué lugar o de qué siglo estoy hablando. No tengo ni la más remota idea. Eso sí, sé muy bien que nada más asomar la nariz, lo que olí no me gustó absolutamente nada. Un paisaje vacío y mustio, desprovisto de encanto; sin árboles, animales, gente.
"¿Así que la muerte era esto?", me pregunté en el sueño. ¡Vaya marrón sin atenuantes! Prefiero olvidarla como posibilidad de trascendencia, seguir creyendo en mi versión particular, definitivamente más sencilla: cierras los ojos, te dejas ir con suavidad y ya no te enteras de nada. Todo se acaba. Es triste, hasta sobrecogedor, pero sin embargo me tranquiliza; puedo sentir como mi alma se extiende y relaja de la misma manera que lo hace mi cuerpo al final de una sesión de yoga.
Porque, ¿imagínate que en el reparto de destinos póstumos te toca el paraíso y el paraíso es el que imaginó Romeo Castellucci para La Capilla de la calle Hospital? Un agobio. A mí al menos me faltó el aire. Si el paraíso no es un lugar ilimitado, con todas las infinitas posibilidades de nuestra fantasía, prefiero quedarme como estoy ahora, en un piso relativamente cómodo de la por momentos infernal Barcelona. Al menos aquí puedo tirarme en un sofá cualquiera para ver una película del año 1943, Criss Cross, en la que Burt Lancaster despliega todos sus encantos treintañeros, muchos de los cuales continuaron casi intactos hasta el fin de sus días. En ella asoma también el siempre ambigüo Tony Curtis sus rasgos regulares de ángel perverso, y lo hace como extra absoluto, sin siquiera crédito, bailando mambo latino junto a Ivonne de Carlo en un supuesto bar de Los Angeles. Si por esas cosas de la canícula quiero algo más à la page, puedo, pude anoche mismo, pasarme al canal CTK para zamparme ese bollo de extraños ingredientes que se llama Breaksfast on Pluto. En él aparece Brian Ferry de ligón sádico -bigote "anchoa" de villano antiguo e imprevisible sedal asesino entre las manos- y te enteras de lo mal que se lo pasa un travestido irlandés algo pendón que nada más nacer ha sido rechazado por su padre, un apuesto cura párroco, y por su madre, una pelirroja a la que todos encuentran parecida a Mitzi Gaynor, actriz deliciosa de los años cincuenta que ahora casi nadie recuerda. Con menos tremendismo que en Juego de lágrimas y un fondo casi constante de pegadizas canciones de la época, la dirigió el siempre resbaladizo Neil Jordan, un hombre dispuesto a recordarnos una y otra vez la homofobia machista presente en algunos movimientos nacionales supuestamente liberadores.
Para terminar este post algo ecléctico, una breve cita. No está firmada por un bronce ilustre como Goethe, Duras, Deleuze o Nietzche, sino por un médico italiano de cincuenta años, Mario Melazzini, aquejado de una enfermedad degenerativa irreversible.
La leí hoy mientras desayunaba y se las dejo ahora como un pequeño regalo refrescante para este bochornoso día de verano:
"Ser auténtico simplifica enormemente la vida".
Pues eso, a relajarse y gozar, mientras yo, culo inquieto, voy a ver si el Purgatorio del señor Castellucci resulta un sitio más acogedor que su desangelado Paradiso.

Ilustra: Burt Lancaster y Gina Lollobrigida en una foto publicitaria de Trapecio!

jueves, abril 30, 2009

breathless memory

Apuntes de un cuaderno de viaje:
*Muchas veces la buena memoria es un obstáculo para un buen pensamiento. Nietzche


*Científicos holandeses investigan un fármaco que podría eliminar de nuestra memoria los recuerdos molestos. Leí la noticia en algún diario español durante mi semana leridana y enseguida pensé que a alguien como yo, tan dado a la melancolía, no le vendría nada mal tomar ese remedio del olvido. Hay días en que los recuerdos me asaltan de manera aviesa...y no siempre me encuentro con el ánimo predispuesto para fantasmales presencias. *Una manera de sonreír, el dibujo -que podríamos llamar apresurado- de una nariz extrañamente armónica, la sexualidad espontánea de un gesto, me golpean el pecho como balas, me dejan, como a ellos, sin aliento. Entonces ese tipo a quien todos queríamos imitar y esa muchacha a las que muchas querían parecerse, se asoman por la esquina neblinosa del recuerdo y me cuentan por enésima vez su corta, triste, fría y callejera historia en muy ahumados grises.

Ilustran: Jean Paul Belmondo, Jean Seberg, À bout de souffle (1960), de Jean Luc Godard.

lunes, noviembre 03, 2008

Quemar después de leer

"Hacia el infierno por las tetas" fue el primer título que se me ocurrió cuando pensé en escribir este post. Después, con el más que humedecido, empapado correr de estos últimos días, barajé otros títulos posibles. Uno de ellos era La bella y los tarados, ya que pensaba meter en el mismo post un comentario sobre el recital de Jessye Norman y mi opinión sobre la última película de los hermanos Cohen, de la cual finalmente he copiado el título. Cuando escribes en un blog después de haber publicado sobre papel, tienes la sensación de escribir en el aire. Sabes que pasados unos días lo escrito quedará flotando en el espacio virtual y es muy probable que jamás nunca nadie se detenga a leerlo. La inmediatez de este medio es casi mayor que la de los periódicos, aunque el destino de las hemerotecas se parezca bastante al de la memoria de la red. Sin embargo, difícilmente alguien pueda quemar, aunque no le falten ganas, lo que hemos publicado sólo virtualmente.
Como resulta obvio, pero no todos saben, el título de la película de los Cohen alude a una regla básica de los servicios de espionaje: por razones de seguridad, los mensajes cifrados deben destruirse nada más leídos. Quemarlos o comérselos da igual, y el cine nos ha mostrado ejemplos a montones de esas y otras posibilidades más rebuscadas. ¿Es entonces Burn after reading una película de espionaje, una spy movie más? Como no soy demasiado afecto a la clasificación por géneros, contesto con otra pregunta: ¿nos atreveríamos a colocar El pianista de Roman Polanski en el mismo anaquel de las películas de terror? Me cuesta creerlo, y no será porque le falten escenas auténticamente terroríficas. Aquí aparecen ciertos archivos supuestamente secretos, uno que otro diplomático siniestro, varios muchachos de la CIA y un par de los siempre peor vestidos agentes rusos, pero en realidad, si tuviéramos que sintetizar todo el filme con una sola frase, podríamos decir que su tema central es la tan frecuente como lamentable estupidez humana. Tarados del alma, que no físicos, los personajes de este guión que me atrevo a calificar de modélico, son seres de absoluta actualidad que desempeñan profesiones consideradas modernas. Pertenecientes a distintos estratos sociales, empujados por intereses no siempre económicos, todos se verán envueltos en una trama retorcidamente original, repleta de gags y sorpresas, que, y aquí la maestría de estos dos prolíficos hermanos, nunca suenan a falso, a rebuscado o gratuito. Empleados del gobierno, instructores de gimnasio, publicistas, pediatras y matarifes a sueldo de los servicios de información, se ven mezclados en una trama que hereda lo mejor de algunas comedias de Peter Bogdanovich, mezclándolo sabiamente con cierto clima enrarecido que recuerda a los de Cassandra's Dream y Match Point. Como en esta última, la arbitraria fortuna tomará cartas en el asunto, definiendo como realmente le venga en ganas el destino final de los personajes. Mi mención a las tetas y su relación con el averno la entenderán cuando vean la película. No quisiera develarles nada de la trama. Solamente les diré que una de sus primeras escenas transcurre en el consultorio de un cirujano plástico donde Frances McDormand oficia de paciente. Tilda Swinton, tan filosa como elegante, John Malkovich, un señor que no quisiera encontrar cerca al despertarme, y el siempre seductor George Clooney en el papel de un simplón de bragueta descontrolada y paranoia creciente, son para mí lo mejor del quinteto de estrellas protagonistas, en el que la antes mencionada McDormand y Brad Pitt se exceden demagógicamente en su interpretación de dos descerebrados ambiciosos de baja estofa. Un detalle accesorio y sin embargo notablemente perturbador: los enormes árboles y las preciosas casas del residencial barrio de Georgetown, en la ciudad de Washington. Después dicen que todos los yanquis son horteras.
Ilustra: foto propia del escaparate de un spy shop de Barcelona

domingo, octubre 26, 2008

con los pájaros volados

Anoche fuimos al cine con el canario alemán. Digo fuimos porque también estaba Giosafat, el divino palermitano. Algo apático, dejando que los ojos se me escapen como perros hambrientos tras las tapas, bocadillos, espaguetis, pizzas y demás delicias culinarias de la comida rápida con disgestión lenta, pedruzcos que la demoníaca serpiente de la tentación va poniendo en mi camino para que recaiga, humano al fin, en otro pecado nada original, el de la gula, me sumergí en el cine Alexandra, delicioso local de mi barrio que conserva además de su monárquico nombre, algunos gratificantes toques de distinción muy propios de las salas cinematográficas de otra época. Habíamos optado por una película argentina de estreno muy reciente: El nido vacío. Casi podría asegurar que la idea fue del canario, muy afecto a los vuelos transnacionales con el consiguiente abandono esporádico de las mullidas comodidades hogareñas. La película nos gustó a los tres. La recomiendo. Como siempre, estoy en total desacuerdo con el crítico del diario El País, que, según me comentó nuestro canario amigo, la encontraba excedida de diálogos. Un hombre con tantos años de carrera no debería asombrarse ante algo tan obvio. ¿Es que acaso se podría decir que las películas japonesas están sobrecargadas de ojos rasgados o que las de Tarantino se extralimitan con las salpicaduras de sangre? No voy a entrar en detalles. La Gran Crisis me ha quitado las ganas de explayarme. Para qué hacerlo: ya se encargan los políticos y periodistas de explicarnos lo inexplicable. Unido a ello, la dieta proteínica del doctor Carlos me obliga a gastar las pocas energías que me quedan en reprimir las ganas de arrebatarle el bocata a todo turista comilón que se me cruza por la calle.
Probablemente esta película no pasará a la Historia del Cine, a pesar de que en sus volúmenes bien nutridos están algunos filmes más que discutibles y faltan otros cuantos que llevo atados a mi vida como si fueran anécdotas propias, de esas absolutamente imposibles de olvidar. En El nido vacío hay buenos actores, diálogos brillantes, una idea sencilla y al mismo tiempo original, más un plus de sorpresas tan inesperadas como gratificantes. Se centra en un maduro escritor en panne y sus relaciones con la difusa, variable y subjetiva realidad. No les cuento más. Creo que se pueden gastar en ella siete euros, sobre todo teniendo en cuenta que posiblemente mañana tengan aún menos valor que hoy.
Posdata : quisiera flotar en el mar Muerto estando vivo. Un rato nada más, y después volver a casa.

miércoles, septiembre 24, 2008

Proyecciones Angélicas

Mi cine Roca, el cine Roca de mi infancia, no tenía nada de iglesia, aunque si por esas cosas raras del otoño se me ocurriera ponerme demasiado fino, nostálgico hasta la tanguera médula, podría decir que fue el templo donde descubrí esa fe pagana que me acompaña hasta hoy, renovada en cada nuevo servicio, en cada nueva ceremonia cinematográfica. Allí aprendí, con más interés y ganas, mucho más concentrado y silencioso que en las aulas escolares, lo poco que sé sobre las pasiones humanas. Para introducirme a esos ritos para mí desconocidos, no faltaron altares, dioses ni sacerdotisas. Fente a sus enormes imágenes, luminosas, etéreas, ángélicas, vislumbré las diferentes formas del amor humano, las desenfrenadas pasiones que suponía alejadas de aquellas familiares, también supuestamente calmas. Frente a aquel altar sin cruces ni estigmas, caí de rodillas, el corazón palpitando de amor y la boca abierta de asombro, por la Audrey Hepburn de Mansiones verdes, y conocí la inquietud de pulsiones sin nombre cuando no menos enamorado me rendí a los encantos del sufriente James Dean, lloriqueando mimoso sobre el asfalto sin mácula de Rebelde sin causa. Hundiéndome a medias en una de sus incómodas butacas de madera, hierro y pana, quedé prendado para siempre de ese triángulo pluscuamperfectamente compuesto por Jules, Jim y Jeanne; la Moureau, por supuesto. La Dolce Vita felliniana me pasó factura también a mí, un chiquito del barrio de Almagro sin la más mínima posibilidad de acceso a toda aquella orgía a cara descubierta, poco factible en nuestra censora y pacata Buenos Aires, una ciudad sudamericana que por nostalgias heredadas de padres y abuelos quería ser tan europea, cosmopolita, decadente y culta como no dudábamos serían París, Londres o Roma. Muchos años después, recorriendo los escenarios reales de aquellas invenciones cinematográficas, me preguntaba cómo podíamos haber sido tan tiernamente ingenuos. La Via Venetto era una calle más, repleta de turistas sin notables vicios ni deslumbrantes visones, no había ninguna rubia escultural bañandose en la Fontana di Trevi y ni siquiera en la espléndida París los triángulos amorosos resultaban necesariamente felices.
Hoy, arrastrado por esa Bola de Nieve incontenible inventada por un grupo de artistas argentinos, encontré sin pretender buscarla una foto del que fuera mi, nuestro, querido cine Roca. Antes de verse entregado a la impía piqueta final, el templo de mis primeras ceremonias se vió convertido en iglesia evangelista. Los asistentes a sus ritos, más acordes con estos tiempos warholianos, ya no miraban en silencio hacia la pantalla luminosa de las apariciones sobrehumanas. El espectáculo eran ellos; ellos también los actores y los músicos. "Jesucristo es una Roca", se inventó algún ahorrativo publicista evangélico para poder utilizar el cartel que ponía nombre a mi templo pagano, impecablemente diseñado en rotundas letras art decó, muy propias de la época.
Todo lo que cuento ahora es pasado. Ya ningún muchacho sin posibles podrá colarse por la última puerta de la izquierda para ver un estreno "simultáneo con el centro", pagando nada más que el momento de suspenso hitchconiano que implicaba subir sin ser visto la escalera de mármol que comunicaba el hall de entrada con el enorme superpullman, generalmente vacío por las tardes. Sin embargo, no importa qué edificio nuevo construyan en ese espacio hasta ayer mismo sagrado. Las tardes de invierno, acurrucados contra sus paredes, resguardados bajo sus marquesinas de cantos redondeados, un montón de fantasmas luminosos imitarán las formas y los modos de algunos dioses muy menores de antaño. Martha, Judith y Graciela volverán a ser "las pingüinas" de los guantes blancos, mientras otros hermanos, los Saevich, se pelearán un día sí y otro no por conquistarlas. Rolo Frangella, tal vez un guapo clásico, seguirá acallando sus ansias más ocultas con las carreras de caballos y lo hará de la misma manera empecinada conque domaba sus rizos rubios con abundancia de gomina o perseguía a la francesita Diana, la adolescente más rubia y deseada del barrio. Héctor y Mario, incorruptibles, afianzarán una amistad sin fisuras, más propias de un western crepuscular que de una calle cualquiera de ese céntrico Almagro, y yo... Yo me mantendré callado, observando, para mucho tiempo después quizás poder contarlo un poquito mejor, sin emocionarme tanto.
Foto cedida especialmente por su autora, Geraldine Lanteri.

miércoles, abril 02, 2008

A veces llegan cartas

¿Ustedes se acuerdan de cuando ¡¡¡Raphael!!! cantaba aquello de "A veces llegan cartas..."? Era exagerado, como todo lo suyo. Puedo imaginarlo presentándose a un casting de OT (Obsesión Trituradora), con el Santísimo Trío Inquisidor -qué necesidad habrá de ser tan rastreramente fascista- obligándolo a cantar en inglés y sin mover las manos:
-Bueno, estúpido mariconazo, a ver si puedes hacer un tema más modedddno, con suinggg, ¿vale?
-¡Vaya tipejo aburrido! ¡Ni una patadita al aire sabe dar el gilipollas este! Yo lo mandaría ya mismo a su puta casa, ¿y vosotros?
-Es que me divierte verlo haciendo el ridículo...¡Coplas, el patético alfeñique sureño canta coplas! ¿No tienes nada más moderno pedazo e' maricón?
-¿Moderno? ¿Qué sabrá este sarasa de modernidad? ¿No ves que ni gorra lleva? Y mira el cutis del pervertido: ¡si parece una niña de pecho! ¡Ni un punto negro el cabrito! ¡Aprende de mí, infame bastardo! ¡Fíjate como tengo las aletas de la nariz por el lado de afuera, ahí donde se encuentran con mis magras y bien maquilladas mejillas! ¡Llenas de grasosa mugre, como debe ser!
-¡Blandengue, más que blandengue! ¡Ahora se pone a llorar el muy hijo de la chingada! ¡No lloro yo que soy mujer y tengo que aguantar tu estrafalaria mariconería!
Para su propia suerte, Raphael nació estrella de otra época en la que no había castings, ni televisión ni programas concursos. Digo yo, aunque no estoy demasiado seguro de lo que estoy diciendo. En estos momentos ni siquiera sé por qué estoy hablando de Raphael. O sí lo sé. lo hago por lo de las cartas que llegan, trayéndonos unas veces buenas noticias y otras facturas, multas y sorpresas desagradables. Pero, ¿es que acaso hoy, con tanto concurso perversamente SALÓmasoquista por la tele, con atroces e injustificadas matanzas de gentes y animales (focas, por ejemplo) en tres cuartas partes del planeta, con los polos derritiéndose segundo a segundo y Cataluña presa de la sequía más temible de toda su historia, pueden seguir llegando a nuestra casa esos anacrónicos, ingenuos trozos de papel, generalmente ¡manuscritos! a los que llamábamos cartas? A decir verdad, al menos a mi buzón llegan menos que pocas. Todo el mundo manda mensajes de email o te habla por teléfono, seguramente porque de esa manera no tiene que ir al correo, ni ocuparse de comprar estampillas, ni quedarse con gusto a goma de pegar en la lengua. Sin embargo hay sorprendentes excepciones: hoy mismo recibí un envío desde Montevideo, Uruguay. Un sobre grande certificado que contenía un libro, igualmente grande, y bellísimo, sobre la poeta Idea Vilariño. Me lo mandó Ivonne, la creadora del blog El perro tendrá su día. Ahora mismo no sé qué decir(le). Nuestra relación es bloggera; nunca nos vimos la cara ni hablamos por teléfono ni, ¡vaya antigüedad!, mantuvimos una relación epistolar como la que sí mantuvieron muchos de los coprotagonistas de este libro, entre ellos Pedro Salinas, Juan Ramón Jiménez, Mario Benedetti, Juan Gelman, Elena Poniatowska, Eduardo Galeano, el imprescindible Rodríguez Monegal. Pues Ivonne se tomó el trabajo de enviármelo -seguramente gastó un montón de dinero en ello- y en estos momentos no sé decirle casi nada, salvo gracias.
Me has dejado alelado, estimada Ivonne. Rebosante de sentimientos pero sin palabras. Hace dos días, festejando el cumpleaños de mi trashumante amigo Marcial Souto, pude acompañarlo virtualmente en su largo paseo visual por las calles de tu ciudad, desde el barrio de Pocitos hasta la terminal de autobuses. Calles y veredas anchas despojadas de gente, un cielo muy azul de un día cualquiera del último marzo y una brisa suave que, al colarse entre las ramas de los árboles, esgrafiaba con luces y sombras los frentes de las casas y hacía vibrar los eléctricos fucsias de esas santa ritas que aquí llamamos buganvillas. Al fondo de cada calle, la playa y el río. ¿Se puede ser feliz en una ciudad tan sosegadamente bella? La última vez que estuve por allí me asombró su aeropuerto: cálido, amistoso, orgullosamente detenido en una época donde los viajeros no eran una masa ansiosa de destino impreciso.
Hoy posiblemente pueda encontrarme con otros testimonios de tu tierra, Ivonne. Presentarán, a escasos trescientos metros de mi casa, el 14 Festival de Cine Iberoamericano de la ciudad de Lleida, dedicado este año a la cinematografía argentina. Me han invitado a integrar el jurado para los cortos metrajes. Pasaré una semana en otra ciudad, viendo películas habladas en mi idioma desde la mañana hasta la noche. De pantalla en pantalla: la síntesis de mi vida. ¿Acaso un trozo de papel en blanco no es también una pantalla donde proyectar palabras, dibujos, fantasías? Hace apenas una semana estuve durante ocho horas, estirado y con la boca abierta, en el tan duro como anatómico sillón de mi dentista. Una larguísima operación que supuse podría invalidar todos mis planes para esta semana, con esperada visita de viejos amigos argentinos, y la otra, cinematográfica, en tierras leridanas. Sin embargo salí de la consulta caminando y así llegué hasta mi casa. Al día siguiente estaba festejando un cumpleaños y dos días después otro (Gracias Silvia T., nos la pasamos muy bien en tu fiesta sorpresa).
La vida está siendo suave y cariñosa conmigo. Tal vez me lo merezca. Y si no fuera así, ya pagaré en su momento con mi eterno silencio.
Ilustra : cartel del Festival de Lleida sobre foto de Héctor Zampaglione.

miércoles, diciembre 26, 2007

Soy Leyenda

Isolda, lírica, desenfrenada, heroica, canta hasta su muerte. Hace horas que Wagner está sonando en la radio y, lamento contradecirte, mi estimado Woody, todavía no tengo ganas de invadir Polonia. Baremboim, ese compatriota de la No Patria, dirige Gran Ópera Alemana desde la muy cercana Italia. La noche es tan desapacible que ni siquiera quise ir a ver la nueva versión de Soy Leyenda junto a la pareja de amigos que llamó por teléfono para proponérmelo. La veré otro día, por supuesto. En ella, Will Smith es Robert Neville, un flaneur apocalíptico con la única compañía de un perro ovejero y de la música del Rey del reggae, Bob Marley. Alguna vez, durante el cada día más antiguo siglo pasado, lo ví tocar en la plaza taurina de Ibiza. A Bob Marley, digo. ¿Se atreven a imaginarlo? Pocos lugares podían ser peores. Era imposible no bailar con el ritmo y la voz de ese candente y al mismo tiempo introvertido rastafari jamaiquino. Todos, mal o bien, bailábamos. En realidad habíamos ido especialmente a eso. Lo único que daba pena era la superficie sobre la que nos veíamos obligados a hacerlo: un fino polvo ¿de ladrillo? que se te metía en la garganta, en los ojos, en la piel y los huesos. Asqueroso, aunque a nadie le importara demasiado. Éramos muy jóvenes y estábamos descubriendo el paraíso terrenal junto a un buen puñado de amigos. ¡Amigos! Hoy desayuné con algunos, almorcé con otros. Fue nuestra manera particular, soslayada, sobria, sin gritos, cigarros ni cava, de festejar estas fiestas que en muchos momentos se me antojan ajenas. Amigos. Un poco de calor humano en medio de este tiempo gris, apenas destemplado, apenas húmedo. "Señores pasajeros, si este clima otoñal es el crudo invierno, estamos atravesando Barcelona." De haber tenido un destino menos incierto, más aquietado y barrial, un día como hoy debería estar sudando con los calientes, malos, pocos aires de la Ciudad Autónoma de los Buenos Aires y posiblemente lo hiciera junto a un pesebre tan falso como ridículo, con su nieve de algodón hidrófilo, sus animales de barro cocido y sus pequeños lagos de espejo. Festejábamos un nacimiento en medio del desierto decorándolo con una nieve extranjera que tampoco allí, en la auténtica Belén, habrá existido nunca.
Si nuestra vida fuera una cinta de moebius sin principio ni fin, donde nos viéramos obligados a repetir siempre las mismas situaciones de unos días precisos -como en la novela El perjurio de la nieve, de Adolfo Bioy Casares, transformada en la película El crimen de Oribe por Leopoldo Torre Nilsson y su padre- yo estaría deambulando por mi casa paterna, y sobre la gran mesa de madera oscura, desplegada totalmente para la ocasión, habría pavo al horno, puré de manzanas, frutos secos, panettone italiano -hecho por mi madre a partir de la receta de otra señora argentina llamada Petrona C. de Gandulfo-, ensalada de frutas variadas, auténtica sidra asturiana ("El gaitero, famosa en el mundo entero") y algún falso champán francés de procedencia mendocina: el menú de un invierno europeo del siglo pasado en una tórrida ciudad latinoamericana enceguecida por la tozudez de no aceptar su condición de tal. Supongo que estoy hablando del pasado. Supongo que hoy todo será distinto. Han sucedido demasiadas cosas como para que podamos seguir negando ciertas contundentes realidades. Ya en los setenta y pico, antes de la gran estampida, se proponían menús más acordes con el verano sudamericano e inclusive algunos pesebres mostraban paisajes calientes, parecidos a los del norte argentino.
También por aquí las costumbres han cambiado bastante. Hay muchos más consumidores y muchos menos nacimientos. No sé qué nos contará la película de Will Smith, pero al final del libro de Richard Matheson, escrito hace algo más de medio siglo, Robert Neville, único superviviente de un desastre planetario, acosado por un ejército de criaturas mutantes ansiosas de sangre, decide darse por vencido, deponer las armas. Reconociéndose como último exponente de una raza extinguida, acepta convertirse en "una nueva superstición que invade la fortaleza del tiempo" poco antes de poner punto final a su vida y al libro. En mi primera adolescencia, aquella frase final, la misma que da título al film, a la novela y a este post, resonaba con esperanzadores aires de victoria: un renunciamiento heroico convertía a aquel ser relativamente común en un héroe de bronce y peana. Pasada la ilusionada, ilusoria, ilusa pubertad, dejaron de interesarme los monumentos post mortem. Será porque a pesar de todos los horrores circundantes, de todos los idiotas con sus discursos sin sentido, del ruido y la furia, sigo prefiriendo esta desprolija, insensata, tumultuosa vida, a la silenciosa y sombría paz del cementerio.

miércoles, agosto 08, 2007

Un verano con Bergman


Mientras me reponía en el cada día más abarrotado Cadaqués de mi herida virtual -el láser no deja marcas exteriores de ningún tipo-, iba enterándome por los diversos medios (in)formativos de la desaparición de algunos seres muy queridos. Estimats, dirían los catalanes, y en este caso específico el término sería mucho más preciso para describir mi sentimiento hacia ellos. Ilustres y conocidos todos, personajes cinematográficos de los que frecuenté, gocé, devoré su obra, pero a los que jamás tuve cerca. Imágenes de papel, tinta y celuloide; sin aliento, humores ni auténtica y cercana piel. "El roce hace el cariño", decimos por aquí: con ellos sólo me fue dado admirarlos como artistas, dejarme invadir por la penetrante agudeza de su mirada, por su refinada sensibilidad, por su inteligencia y sabiduría.
De estas tres últimas muertes, Ingmar Bergman, Michel Sarrault, Michelángelo Antonioni, todas muy sentidas, la del prolífico realizador sueco fue la que removió en mí sentimientos más profundos. Gritos y susurros, Fanny y Alexander, Noche de circo, Un verano con Monika, Cara a cara, Juegos de verano, El huevo de la serpiente, marcaron momentos de mi vida, pusieron imágenes y palabras a muchos de mis temores y pesadillas. Durante años solía dormirme inevitablemente en la misma secuencia de Fresas salvajes. Finalmente, cuando logré verla completa, entendí que no podía soportar la escena en la que el viejo profesor se sueña compareciendo ante un jurado de parientes, amantes y conocidos decididos a enjuiciar su vida. Eran mis propios fantasmas, no el cansancio, la falta de interés o el aburrimiento, lo que cerraba mis ojos.
Recuerdo haber "conocido" a Bergman a través de un ciclo sobre su obra en el desaparecido cine Lorraine de la ciudad de Buenos Aires. Fue durante un febrero tórrido, y aquel local relativamente pequeño -comparado con los minicines actuales no lo sería tanto- carecía de refrigeración. Sólo dos ruidosos ventiladores giratorios ubicados a los costados de la pantalla intentaban hacer menos bochornoso el clima de la sala. Por aquella época aún no tenía los años necesarios para contemplar aquel mundo supuestamente pecaminoso, reservado exclusivamente a los mayores de edad, así que al calor del verano se unía el stress que me producía, noche tras noche, no saber si podría atravesar la barrera con forma de acomodador uniformado que bloqueaba la puerta. Para lograr introducirme en ese santuario del Arte Cinematográfico Universal -sí, así, con mayúsculas- yo impostaba la voz, caminaba con lo que imaginaba un paso decidido, me vestía de forma supuestamente adulta. Visto desde mi presente, encuentro increíble tanto esfuerzo. ¿Cómo podía ser tan insensato? ¿Qué pensaría aquel tipo con librea verde de mí? ¿Le resultaría infantil, tierno o simplemente estúpido? Seguramente ni me prestaba atención, preocupado porque el local se llenara de otros seres tan extraños como yo, más interesados por internarse en los "intrincados laberintos del alma humana" que en pasearse por cualquier ciudad costera luciendo su recién adquirido bronceado veraniego. Mis vacaciones dependían de mi familia, y mi familia, mi madre en realidad, acostumbraba vacacionar visitando a la suya en ese pueblo de la provincia de Corrientes donde había nacido y vivido hasta que se marchó, ya con novio formal, para la tan sobredimensionada Capital de la República. A partir de los catorce años me negué a seguirla. A fuerza de interminables discusiones, pequeñas mentiras y argumentos irrefutables, logré que confiaran en mí dejándome al cuidado de la casa paterna. Esto me permitía gozar de una pequeña entrada de dinero para viandas y gastos generales que gastaba con necesaria prudencia en cines y pizzerías de esa emblemática, céntrica y siempre insomne calle que, vaya casualidad, se llama también Corrientes. Recién ahora tomo conciencia de que al rechazar la protectora Corrientes materna estaba eligiendo otro curso, otra corriente para mi vida. Me estaba convirtiendo en un ser autónomo, maduro, independiente.
En mis particulares vacaciones de verano, los ciclos sobre Hitchcock, Bergman o el cine francés "de qualité" -René Clair, Cayatte, Albert Lamorisse, Renoir, Bresson, Clouzot, Jean Vigo, Duvivier, Becker- se mezclaban placenteramente con algunos clásicos gastronómicos nada despreciables: las porciones de "muzzarella con fainá" o las de la algo menos popular pero igualmente apetitosa "especial de espinacas con salsa blanca" que solía zamparme de pie, antes de entrar al cine, en la muy cercana pizzería Güerrin.
Por aquellos días yo era un chico solitario que no quería serlo. Había abandonado a los amigos de la infancia sin encontrar otros más consonantes con mis inquietudes de adolescente. Me arrastraba al Lorraine mi amor por el cine, aunque también la secreta esperanza de encontrar almas gemelas con las que intercambiar opiniones sobre el mundo y la vida. No me resultó nada fácil lograr todo aquello, así que solía volver a casa descaminando lentamente las más de veinte calles que la separaban del cine, mientras dialogaba en silencio con el flaco Bergman, ese amigo desprovisto de carne y de hueso, ese maldito sueco que me llenaba la cabeza de preguntas complicadas sin concederme jamás la gracia de una simplista, superficial, fácil respuesta.
photo : Victor Sjöstrom, Ingrid Thulin y Bibi Andersson en "Fresas salvajes".