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viernes, febrero 17, 2012

voy a pintar las paredes con tu nombre, Carlos Borsani...


¿A quién le toca despedir a los muertos supuestamente famosos,
todos esos que, también supuestamente, tienen un abultado currículum?
¿Quiénes son los encargados de redactar las necrológicas de los periódicos? Hacerlas, pensarlas, escribirlas, ¿es un premio o un castigo, sobre todo cuando el finado reciente no te dice más de lo que puedan decirte los datos que te acerca el, por lo visto mediocre, funcional aunque incompleto fichero del medio donde trabajas?
Resulta que mi amigo Carlos Borsani se ha muerto en Madrid hace dos días -uno de esos malditos martes en el que no puedes ni debes embarcarte en nada y en el que casarte es por demás desgraciado, sobre todo si lo haces con la puta, insaciable parca- y, distanciados como estábamos por las enrevesadas cosas de la vida desde hace más de tres décadas, recién me entero de su defunción, palabra desagrable, antipática, aunque muy apropiada para un hombre de teatro que ha dejado de ser(lo).
Yo había pasado un día de cierta felicidad, de buen y descansado trabajo, de encuentro con amigos alrededor de esos Barquitos varados con velas ilustradas que reunió el dibujante Elenio Pico en las salas de exposición del Convento de San Agustín, hasta que el nutrido obituario de un diario español donde no parece que lo hayan conocido mucho, a Borsani, digo, me acercó sin piedad alguna, con el impacto de su imagen actual, distorsionada por el tiempo, la irreparable noticia de su muerte. No busqué por la red otra necrológica, lo confieso, aunque nunca en todos estos años su trabajo como profesor, actor, autor y director teatral mereció la nota de más de media página que ocupó el anuncio de su muerte, con el corazón herido.
Todavía sin reponerme de esta pésima noticia que cancela toda posibilidad de reencuentro, prefiero escribir lo que siento, semisumergido en el dolor, tan fresco como difuso, que parece tintar de lila este atardecer invernal, carnavalescamente disfrazado de cálida primavera.
La última vez que lo ví, el mechón de pelo lacio, oscuro, cayendo sobre su frente, sus ojos claros y desprotegidos como siempre, ocultando con un velo melancólico esa férrea personalidad que muchas veces confundíamos con caprichosa inmadurez, quizo darme la clave necesaria para que unos amigos comunes que vivían en Europa no pudieran cerrarme las puertas de sus casas, parisinas y barcelonesas, en caso de que yo necesitara su cobijo:
-Deciles que si no te dan asilo, Carlos Borsani va a difundir por todas partes lo que ellos saben... Vos deciles eso, nada más. Vas a ver como te reciben sin decir ni pío.
Esa era su extremada forma de ser amigo: cruda, veraz, sin concesiones. Podía quererte a pesar de todo lo que fueras o no fueses y, hombre de pocas posesiones y de casi nulas apetencias, permitir que usaras, sin traba ni cortapisa alguna, tanto sus conexiones como sus conocimientos.
Auténtico single, solitario socializado, hacía suya la frase de Montaigne, prestándole algunos momentos a los demás mientras se entregaba sólo a sí mismo. Nunca se casó, aunque la redactora de su obituario, enredada en la relación fraterna de los Borsanis, Joe y Carlos, atribuya al segundo el matrimonio del primero, asesinado, que no simplemente fallecido, en su casa de Madrid, hace ya unos ocho años.
De cruzarme con Carlos Borsani en un lugar cualquiera es probable que no lo hubiese reconocido. Él ya no era el muchacho frágil que paseaba conmigo por las calles del centro porteño. Yo tampoco soy aquél que fui, aunque todavía recuerdo con certeza lo que compartimos y algunas de las cosas que, con angélica inocencia, perpetramos.
Pensaba contarlas aquí, pero no tengo la energía necesaria para hacerlo. Quizás la necesite para lanzarme a la calle y, como en aquella canción que idearon su hermano Joe y el frágil, verborrágico, talentoso, entrañable Armandito Fernández Llamas, pintar las paredes de toda la ciudad con el nombre de este muy estimado, y ahora ya perdido, amigo.

domingo, septiembre 28, 2008

Woody, Vicky n' Cristina : The End

En mi primer viaje a Argentina, con el gobierno militar del "Proceso" aún en el poder, trataba de convencer a mis amigos para que escaparan de aquello que yo, ciudadano de la libérrima Ibiza desde hacía varios años, veía como un auténtico reino de la represión involutiva y el terror más sangriento, apenas encubierto por presuntas maniobras regeneradoras de lo que se suponía era la auténtica libertad democrática. En casi todos los casos me encontraba con una respuesta inesperada: aquellos añorados amigos porteños trataban de convencerme de que el equivocado era yo. Acostumbrado a ciertas maneras decadentes europeas, influenciado por la profusa propaganda antiargentina -hábilmente manipulada por los intereses angloestadounidenses, siempre ávidos de la riquezas petrolíferas del Cono Sur- no podía entender una realidad de la cual me había alejado por un impulso que todos encontraban sumamente frívolo y absolutamente irracional.
"¿Cómo puedes abandonar Tu Patria?", llegó a decirme un psicoanalista argentino que no dudaba en gastar gran parte de sus suculentos beneficios en la cercana Brasil apenas el calendario le otorgaba unos días de asueto.
Tardé muchos años en volver a "Mi Buenos Aires Querido". Deseoso de no tropezar con la misma piedra, me propuse copiar el comportamiento de Susana Giménez, una gran estrella de show business argentino. La imperecedera Susana es capaz de contestar cualquier exabrupto con una estelar, ampulosa sonrisa y jamás critica seriamente algo que tenga el apoyo más o menos incondicional de las mayorías.
Tampoco me fue bien con aquella estrategia.
"¿Cómo encontrás Buenos Aires?"
"Divino, fabuloso", contestaba yo, obviando detalles que pudieran resultar molestos a mi interlocutor. Tampoco ahora la respuesta era la esperada:
"¡Qué me estás diciendo! ¿Te volviste ciego? ¿No ves que está todo hecho una mierda?"
Empujado por mi natural tendencia al diálogo, azuzado por aquella imprevista descalificación, yo caía en aquella trampa semi-inconsciente y lanzaba nuevamente mi opinión:
"Y sí, igual tenés razón...Las aceras están hechas un asco y no hay un solo teléfono público que funcione..."
En ese momento mis reencontrados amigos se ponían más verdes que Hulk:
"¡Cómo se vé que vivís en Europa! ¡Mirá en las cosas que te fijás! ¿A qué viniste, che? ¿A criticarnos?"

Siempre supe que había temas ligados a sentimientos muy íntimos, imposibles de ser tratados de forma distanciada, medianamente racional. Los problemas de pareja, los enredos de familia, ciertos rasgos físicos o de comportamiento, estaban en esa tácita lista de incuestionables. En aquellos viajes a mi ciudad natal aprendí que el sentimiento nacional era posiblemente uno de los más acendrados. Cuando me preguntan de dónde soy, qué nacionalidad tengo, siempre me veo en la necesidad de matizar mi respuesta:
"Nací en la Argentina, de un padre italiano y una madre correntina hija de asturianos, si bien desde los años ochenta tengo también nacionalidad española, la que, al menos por ahora, hace que me puedan llamar europeo." Casi nunca añado, por sintetizar un poco la cosa, las improntas que cada lugar donde he vivido han dejado en mí.
Ayer mismo leía en el diario Público una frase de Albert Camus: "Todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro". Podría y desearía compartirla, mi estimado don Alberto, si no fuera porque muchas veces la claridad de palabra me ha arrojado a un pozo de oscura soledad. A pesar de ello, testarudo que soy, insisto en decir algunas cosas por las que con toda probabilidad me asaltarán un montón de personajes verdes echando, enfurecidos, espuma por la boca. Como ejemplo, y porque lo prometido es deuda, comunico que el viernes por la noche fui a ver Vicky Cristina Barcelona. La película, sin ser un Allen de primera -y tal vez tampoco de segunda-, demuestra cómo un auténtico creador despliega talento hasta en sus obras menos afortunadas. Al margen de las coloridas postales de la ciudad exigidas por los productores, tan tópicas que parecen sacadas de un folleto de agencia de viajes, Allen sigue hablando del amor y los seres humanos, de sus encuentros y desencuentros, de sus venturas y desventuras. Todo ello con el sabor hispano, últimamente tan taquillero, aportado por un Javier Bardem que se muestra lejano, fatigado e incómodo, salvo en las esporádicas y algo recatadas escenas sexuales con la pulposa Scarlett Johanson y una eficazmente excedida Penélope Cruz, tan diseñadamente racial como los rasguidos inconfundibles de Paco de Lucía, siempre entre dos aguas. ¿Y Barcelona? La bellísima Rebecca Hall, Vicky, llega a la ciudad con la excusa de una irónica "licenciatura en identidad catalana" que a juzgar por lo que pudimos ver en la película nunca llega a cursar. Todo lo demás, cartón pintado. Da igual que la escena transcurra en Oviedo o en el Tibidabo: los escenarios podrían haber sido muchos otros igualmente turísticos sin hacer la más mínima mella en el desarrollo de la historia. El escenario habitual del director está presente en una sola toma del impactante puerto neoyorquino, usado como fondo para el diálogo telefónico del futuro esposo con la dubitativa Vicky. Suficiente para demostrarnos que el amor de Woody Allen por su ciudad natal sigue intacto, a pesar de algunos superficiales deslices con venerables ciudades europeas. ilustra : autorretrato de Francesca Woodman
Posdata: sí, lo sé, murió Paul Newman. El muchacho de la cara perfecta y el cuerpo siempre juvenil, ese actor de mirada limpia al que ni siquiera los personajes de Tennessee Williams lograban dotar de perversidad, ha dejado la vida. Nos ha dejado también a nosotros, aunque podríamos decir que ya lo había hecho mucho antes, al finalizar su última película. Si hubiera muerto joven como James Dean, o al menos como Marilyn, hubiera redondeado el mito: sería un poster en cada habitación adolescente y una camiseta sobre muchos cuerpos jóvenes. Permitirse envejecer con todas sus arrugas resta a su currículum de ídolo juvenil un montón de puntos. Agrega cientos más para los que como él optamos por no acelerar a fondo, permitiéndonos un trayecto más suave; menos aventurero, pero también menos riesgoso.

lunes, mayo 26, 2008

una (EURO)VISIÓN personal

El sábado nos quedamos en casa para ver Eurovisión. Vinieron amigos, tres, con tartas y empanadas de distinto tipo. Nosotros pusimos macedonia para estar a tono con el certamen. La votación casera anduvo por el lado de los ucranianos, aunque el chico de Israel, prohijado por Dana International, la ganadora transexual israelí de 1988, conmovió bastante nuestras retinas sin dañar nuestros oídos. Ganó la canción rusa, tan extravagante como el Chikilicuatre de origen catalán, aunque en estilo Teatro Bolshoi, con patinador rubio, violinista sinfónico y Stradivarius de cuatrocientos años. Como se trata de un concurso y además no soy modesto, me anotaré dos puntos. Cuando casi al terminar su canción, el ruso comenzó a desprenderse la camisa, comenté: "Este chico tiene muchas ganas de desnudarse..." ´Hoy me enteré que su lanzamiento en el mundo del "show business" fue a través de unas fotos donde aparece cubriéndose las partes más íntimas con un casco de moto color rojo. One point. Memorioso auditivo, creí encontrar parecidos más que evidentes entre la canción ganadora interpretada por el nudista Dima Bilan y alguna muy popular de otra época. Cacho de pan: two points. Resultó ser un tema de Cat Stevens, un cantautor de éxito que cuando su carrera comenzaba a declinar decidió convertirse al musulmanismo, abandonando el mundanal ruido pop. La canción de Cat se llama Wild World, Mundo Salvaje. La ganadora de Eurovisión Believe, Cree. Con sólo pulsar sobre los títulos aseguro un sinfín de emociones muy variadas, además de unos minutos de sano y alegre entretenimiento. No está nada mal para empezar una semana sin demasiados alicientes.
ilustra : foto promocional de Dima Bilan (gracias, giosafat)

Una larga y triste posdata: Ha muerto Sidney Pollak (1935-2008). Además de que ninguna de sus películas, aún las menos conseguidas, me defraudó totalmente, dirigió algunas tan especiales e inolvidables para mí como ¿Acaso no matan a los caballos?, desoladora imagen de una sociedad en crisis, la divertidísima Tootsie, o Los tres días del Cóndor, donde, además de mantenernos prendidos de la pantalla durante todo su metraje, nos explicaba el porqué de muchas guerras en menos de diez líneas de diálogo. Fue también productor y actor -tan inquietante como precisa su aparición en Eyes Wide Shut, el último film de Kubrick-, logrando, en esta última faceta de su trabajo, convertirse siempre en el personaje que interpretaba, al punto de hacernos creer, como en Maridos y mujeres, que realmente era un señor de la calle, amigo del director, que se había metido en el film a contarnos parte de su vida porque Woody Allen se lo había pedido expresamente.
Si al menos pudiera decir(me), y decirle, "que en paz descanse"...