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martes, febrero 07, 2012

la Violeta de los Andes


Hace dos días un diario recordaba la muerte, el suicidio en realidad, de la cantante y compositora chilena Violeta Parra. 45 años pasaron ya desde que la autora de Gracias a la vida decidiera poner fin a su existencia por, suponemos, absoluta falta de esperanzas.
Mujer huracanada, amante de las pasiones fuertes, acabó con las suyas descerrajándose la cabeza de un tiro. Posiblemente no encontró mejor manera de detener sus pensamientos volcánicos: lava candente que podría haber destruído todo aquello que la rodeaba y alguna vez había proclamado amar cantando.
Sin embargo la periodista que firmaba la nota, y cuyo nombre preferí olvidar, no se detuvo en suposiciones, dando por sentado que el principal detonante, y nunca mejor dicho, lo que la llevó a tomar esa decisión sin retorno, fue su amor desgraciado por un hombre suizo quince años menor que ella.
Inventemos a partir de nuestros prejuicios. Da igual. Nadie podrá preguntarle nunca a la Parra la razón de su muerte y aunque pudiera darla igual dudaríamos de ella, porque, ¿se puede ser tan contradictoria como para alegrarse porque el amor la ha devuelto a los 17 años y poco después maldecir hasta el mismo vocablo que nombra al sentimiento "por toda su hipocresía"?
Tal vez esta orgullosa Violeta era demasiado vivaz para un mundo mustio, alelado, que prefiere seguir los patrones que le dictan, los caminos que le señalan, las normas que le imponen. Quizás era demasiado sensible como para soportar sin herirse hasta el desangre final, la mediocridad, el engaño, las falsas buenas maneras. Posiblemente estuviera demasiado enamorada de la juventud como para aceptar sin más el paso imparable de ese tiempo ajeno, que la había arrastrado desde la adolescencia a las puertas mismas de la senectud sin piedad ni previo aviso.
Esta mujer de nombre vegetal, aromático, dulzón, estaba por cumplir cincuenta años. Ya ha pasado casi el mismo tiempo desde que decidió poner punto final a su destino.
¿Habrá perdido mucho?