
El Tasquito nunca se llamó en realidad Tasquito, pero como la hermana tenía un bar- restaurante de comidas típicas argentinas que se llamaba La Tasca, mi grupo de amigos más cercano aceptó que yo lo rebautizara así para recordar sin necesidad de explicaciones de quién estábamos hablando cuando hablábamos de él.
Cosas como estas suelen ocurrir cuando eres el último en llegar a un edificio, a una escuela, a una oficina, a un grupo nuevo de cualquier tipo y calaña o a un país que no es aquel donde naciste. Pagas derecho de piso, aceptando que te traten como buena o malamente se les canta tratarte a aquellos que llegaron primero que tú.
Conozco de cerca todo esto. Soy un inmigrante algo inquieto: cambié varias veces de trabajo, de casa, de ciudad, de amigos. Una mujer desatinada y con malas intenciones que tuve como vecina en el barrio gótico de Barcelona, solía poner como excusa para sus habituales atropellos el plácet que le daba haber llegado antes que nosotros a esa calle que sin ella y con un mínimo empeño por parte del Ayuntamiento, hubiera sido una auténtica delicia.
El Tasquito -hasta ahora mismo había olvidado su nombre real, pero ahora creo recordar que se llamaba Marcelo- era un inmigrante provinciano en Buenos Aires; un tipo "del interior", como solemos decir los porteños, dando por sentado que nosotros, los de la capital, somos el punto medio perfecto, equidistante de los cabecitas negras de la provincia por el lado más oscuro y de todo el resto del mundo por ese otro costado, generalmente tan idolatrado como desconocido, al que por un sinfín de razones raciales o geopolíticas nos vimos obligados a ubicar en el mismísimo y alejado exterior.
El Tasquito era un tipo educado, suave, de pocas palabras, con unos ojos pequeños de mirada ácida y color meloso. El dibujo de su boca de labios finos no solía desmentir aquella acidez, sí cualquier tipo de dulzura. Vivía solo, sin pareja ni amante estable, rodeado de una bandada de muchachos que rozaban la minoría de edad y respetaban todos los cánones de la belleza adolescente clásica, aunque pasada por el pincel cinematográfico, tan de moda entre algunas minorías, del polifacético e iconoclasta Pier Paolo Pasolini.
En el apartamento del Tasquito, de paredes grises, despojado de muebles, de cuadros y de objetos superfluos, nunca faltaba la música de moda, las bolsas de patatas fritas, la cerveza, las botellas de cocacola familiar y dos o tres camas para que pudieran quedarse a dormir, o a retozar si les apetecía, algunos de sus muchos amigos.
Uno de ellos insistió una noche en vestirme con su ropa. Teníamos planeado ir a un cine del centro y supongo que mi estilo desaliñado -"¡de lo más neoyorkino, querido!", según Marta Minujin, la vedette platinada del arte pop argentino- no le parecería apropiado para tal evento. Maxiabrigo negro, botas con tacón, sombrero de fieltro y: ¡a la calle, mi niño, que se nos hace tarde!
Está muy bien disfrazarse cada tanto. Nos da idea de lo frágil que es esa imagen nuestra que tanto atesoramos. Te dejas un bigote o cambias el corte de pelo, te pones camisa, chaqueta y corbata y ya no eres el mismo. Nadie te reconoce, ni siquiera el espejo de cada mañana.
Aquella era una época dura para mí; necesitaba un cambio, esperaba un milagro.
No me lo trajo aquel abrigo que me llegaba hasta los tobillos, por supuesto; tampoco el borsalino de fieltro oscuro echado sobre los ojos ni las botas de cuero con alzas de varios centímetros.
Lo hizo aquel consejo que me echó a la cara una amiga eventual, de esas a las que sólo te encuentras en las fiestas o en los velatorios, el día que la encontré por casualidad en la Galería del Este de la calle Florida:
-No te preocupes más... Ocúpate.
Poco después superé aquel desaliento que me hacía ver sólo oscuridades y desastres y empecé a ocuparme con seriedad de mí. El amor llamó a mi puerta una tarde de lluvia y con la excusa de que no se le mojaran las plumas del carcaj, se quedó a vivir varios años bajo el paraguas del que esto escribe.
Fue un idilio de puertas adentro. No salíamos demasiado y rara vez nos visitaban, o visitábamos, amigos. Las calles ya no estaban seguras. Mientras grupos de mafiosos con las caras cubiertas a medias por pañuelos blancos se paseaban con total impunidad por ellas, escudándose tras premisas ideológicas de distinto signo y empuñando mortíferas armas de fuego de caño largo y gatillo fácil, por todo el país se sucedían atentados, desapariciones y secuestros.
No volví a la casa de mi amigo el Tasquito hasta mucho tiempo después y fue para despedirme, poco antes del viaje que me trajo a Europa.
Él seguía tan delgado y nervioso como siempre, con ese aire esquivo que lo hacía inasible y los mismos rasgos regulares de Jean Pierre Leaud, el actor fetiche, su Antoine Doinel, para el Francois Truffaut más autobiográfico. Nos quedamos un buen rato mirándonos sin decirnos nada y cuando finalmente me hizo pasar, encontré que en su pequeño apartamento todo estaba muy cambiado.
Ya no había jovencitos de buena hechura revoloteando por los rincones y la única cama de la casa, estrecha, de una plaza, ocupaba apenas un rincón de su dormitorio, alejado de las ventanas. Todo lo demás eran grandes macetas con plantas exóticas de diferentes especies y tamaños.
-He dejado la cerámica, -me dijo-. Quiero dedicarme a la jardinería.
Tampoco se escuchaba como fondo sonoro a Janis Joplin, Cat Stevens, los Rolling Stones, Police o The Who.
-No, no, si a mi me siguen gustando, no te creas, pero a ellas -y señaló a las plantas con un mínimo gesto de su cabeza- las pone muy nerviosas toda la música pop... Se les caen las hojas, generan pulgones... Crecen mejor con Debussy y se vuelven más verdes, se las ve más erguidas, cuando escuchan a Satie, a Cesar Frank, a Schubert... Aunque, te soy sincero, si no fuera que me agobia escucharlos una y otra vez, lo que de verdad prefieren son los Juegos de agua de Ravel tocados por la Martha Argerich.
ilustra: foto publicitaria de Jean-Pierre Léaud publicada en la revista Elle.












