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domingo, mayo 10, 2009

una semana en otro lugar


Hace casi una semana que falto del blog y no puedo ni quiero permitírmelo. Pido disculpas por este silencio, pero recién llego de mi navegación por tierras aragonesas. Debo decirles que de amantes nada: ni siquiera me acerqué a Teruel. Estuve todo el tiempo en Albarracín, rodeado de sierras, silencio, entrecruzados cantos de pájaros y casas pintadas en distintos tonos de tierra arcillosa, con vigas gruesas y oscuras, pesadas puertas de madera y herrajes de inspiración múdejar. El tiempo pasa menos abruptamente cuando estás acompañado de gente amable, inteligente y respetuosa, así que nunca escribiré -ya que en ningún momento lo he pensado- que estos pocos e intensos días se pasaron volando.
Anoto, sin buscarles explicación lógica, varias coincidencias:
1) La misma noche del día en que viajé hacia Teruel, Moreno Veloso, hijo de Caetano, cantaba en Barcelona. No lo sabía cuando colgué el post anterior a este.
2) Albarracín era uno de los apellidos de la madre de Domingo Faustino Sarmiento, prócer, escritor, maestro; emblemático y discutido defensor de la educación en Argentina.
3) Antes de llegar al pueblo mismo, en medio de un paisaje natural que por su sencillez y belleza produjo en mí una sensación casi angustiosa, prácticamente incontrolable, de plenitud, vimos un viejo cartel que anunciaba: Palazzo de la Santa Croce, el mismo nombre de la calle toscana donde nació mi padre.
4) Nada más llegar al museo donde dos días después expondría sus pinturas Gonzalo Elvira, el amigo que nos había invitado a este viaje, me enteré que el alma mater de la Fundación Santa María, patrocinadora de todas las empresas culturales de Albarracín, llevaba como primer apellido el mismo Almagro que da nombre al barrio porteño donde nací y viví toda mi adolescencia.

Ahora estoy cansado. Necesito dormir, reubicarme en la vida cotidiana, volver a ocupar mi cama. Muy buenas noches. Que todos durmamos bien. Hasta mañana.

martes, octubre 02, 2007

Las cenizas de Manuel Puig. Tercera entrega.


Manuel Puig se trasladó a Méjico cuando terminaban los ochenta, con intenciones de radicarse definitivamente en tierras aztecas. Aquella década había traído al mundo, entre otros regalos igualmente desgraciados, la popularización de la heroína, el virus del SIDA y la entronización globalizada de la violencia urbana. Enamorado desde su más tierna infancia del cine “americano” de los años cuarenta y cincuenta, rebosante de estrellas arquetípicas, refinado glamour e inocente sentimentalismo, el escritor llegaba escapando de su último refugio: un Brasil hundido en la miseria y cada día más azotado por el desorden y la delincuencia callejera. Cuernavaca le ofrecía un dorado retiro a la antigua. Bellísimo entorno, clima benigno y unos pocos y escogidos vecinos con abultadas cuentas bancarias e interesantes, y no menos voluminosas, biografías. Allí había vivido hasta su muerte (marzo de 1980), otra apasionada devota del glamour cosmopolita: la artista polaca Tamara de Lempicka. Definida con cierto velado menosprecio como “pintora Art Déco” por los críticos especializados, esta bella mujer, sofisticada y mundana, fue autora de un buen número de retratos elegantes y sugestivos, cargados siempre, como ella misma, de perversa sensualidad. (Casi como un regalo, la editora de Tusquets, Beatriz de Moura, conocedora de mi afección por la obra de Tamara de Lempicka, usó un fragmento de "Adán y Eva" para la portada de "El hombre de sus sueños".)
Eclipsada por la aparición del “primer movimiento pictórico moderno auténticamente estadounidense”, el más intelectual y ascético expresionismo abstracto, la pintora decidió abandonar el trepidante Nueva York para refugiarse en las más sosegadas tierras aztecas.
Al contrario de la Lempicka, Manuel Puig se instala en Cuernavaca cuando está pasando por su mejor momento profesional. La madurez había aquietado muchas ansiedades, permitiéndole gozar sin complejos de su cada día más creciente popularidad, y el éxito de El beso de la mujer araña le abría al fin las puertas de Hollywood, donde lo esperaban varios proyectos de indudable interés.
Para que todo aquel sueño fuera perfecto, de comedia cinematográfica con final feliz, Manuel Puig compró una mansión de lujo algo venida a menos en la calle Orquídea número 210 del distrito residencial Las Delicias, un exclusivo y protegido barrio de las colinas de Cuernavaca. La casa, tan imponente y anacrónica como la de Gloria “Norma Desmond” Swanson en Sunset Boulevard, se encontraba en medio de un terreno de 3000 metros, rodeado de buganvillas floridas, altas rejas con portones de hierro y gruesos e inexpugnables muros de piedra.
El costo de la propiedad, que incluyó diversas reformas y una nueva piscina diseñada especialmente por un arquitecto joven de notable belleza, fue de 750.000 dólares. Por primera vez el escritor iba a vivir como aquello que siempre había soñado ser: una auténtica estrella. Desgraciadamente, esta situación de privilegio duró apenas unos meses. El 22 de julio de 1990, Manuel Puig moría a causa de lo que algunos allegados describieron como “estúpida negligencia médica”. Algo muy parecido a lo que había sucedido tres años antes con otro artista homosexual sin tapujos: el hierático y revulsivo Andy Warhol.
La cuestión es que una vez muerto Manuel, su madre, Malé, y Carlos, el hijo menor de ésta, decidieron que los restos del escritor retornaran a su país de origen, Argentina. Las complicaciones que presentaba el traslado del cuerpo eran tantas que finalmente parientes y amigos optaron por cremarlo. La urna que contenía las cenizas fue entregada a Malé, quien la ubicó sobre un estante de caoba del penumbroso estudio de su casa de la calle Charcas, el mismo que utilizaba Manuel para escribir sus novelas durante sus estadías porteñas. Cerca de la urna la devota madre puso una fotografía del escritor a los treinta años: en ella aparecía con gesto serio y concentrado frente a uno de sus primeros manuscritos.
Sin embargo, cuando Carlos Monsiváis, conocido ensayista y crítico de cine mexicano, amigo íntimo de Manuel Puig, comentó que estaba contento porque finalmente las cenizas del escritor reposaban en su país, Manuel y Javier, dos jóvenes profesionales mexicanos que compartían con Puig charlas, aficiones y largas veladas de melodramas cinematográficos y a los que el escritor, además de bautizarlos como “Rebecca” y “Jazmine”, llamaba cariñosamente “mis hijas”, lo miraron con sorna y, entre serios y divertidos, dijeron: “Las cenizas de la mamá están donde deben estar, donde ella hubiera querido quedarse”, mientras señalaban con furtivas miradas una espléndida caja de madera que se destacaba entre decenas de otras de cartón o plástico con cintas de video dentro.
Éramos cinco personas alrededor de una mesa del desaparecido café “La puñalada” del Paseo de Gracia, cuando la escritora argentina Tununa Mercado, de fugaz paso por Barcelona, nos hizo conocer esta última anécdota. Según confesó aquel caluroso día de 1993, había conocido la existencia de las dos urnas diferentes por boca del mismo Carlos Monsiváis. Cuando pregunté qué tipo de cenizas viajaron a Buenos Aires, Tununa fijó sus oscuros y brillantes ojos de pájaro en los míos y me contestó que en la espléndida casa de Cuernavaca había, además de una ostentosa chimenea, varios adictos al tabaco...
Muchos años después busqué una corroboración de esta cenicienta historia en “Manuel Puig y la mujer araña”, biografía del escritor argentino escrita por la estadounidense Suzanne Jill Levine y editada por Seix Barral en su colección Los tres mundos. Al margen de algunas interpretaciones demasiado subjetivas y de la inclusión de varios desenfadados amigos que yo supongo póstumos del biografiado, brindando sus opiniones como si lo hubieran tratado desde la misma cuna, el libro está exhaustivamente documentado y muestra al escritor en todas las tan contradictorias como carismáticas facetas de su personalidad. Sin embargo en ningún momento se habla de las segundas cenizas del escritor, aquellas que supuestamente quedaron en la casa de Cuernavaca, custodiadas por las dos extravagantes hijas putativas de Manuel Puig, acompañadas por todas esas películas que tanto él había amado. THE END
(Me voy por unos días a París de Francia. Os dejo lectura suficiente como para que no me olvidéis. Besos.)

pintura : autorretrato de Tamara de Lempicka
photo : retrato de Tamara por Camuzzi

sábado, septiembre 29, 2007

Las cenizas de Manuel Puig. Primera entrega.

Algunas casualidades aparecen ante nosotros como evidencias de una realidad paralela a la que no sabemos poner nombre. Encuentro sin buscar, ¡ay, don Pablo Picasso!, una versión en DVD de Boquitas pintadas, la película sobre el libro de Manuel Puig dirigida por el también argentino Leopoldo Torre Nilsson (1924-1978). El mismo día, buscando -ahora sí- más información sobre la banda sonora, que vaya a saber por qué mi memoria atribuía a Leandro "Gato" Barbieri, encuentro un blog con el mismo nombre del libro y la película, casi un homenaje al también autor de "Cae la noche tropical", "El beso de la mujer araña" y "Maldición eterna a quien lea estas páginas". De inmediato contacté con su hitchconiana auto-edito-ra, nos linkeamos y, email mediante, prometí enviarle algo de lo que tenía escrito sobre Puig. Al releer esas antiguas notas pude darme cuenta de cómo la memoria va afinando el disparo, deteniéndose en detalles y situaciones que antes no había tenido en cuenta. Se hizo imprescindible escribir un nuevo texto que, sirviéndose de los anteriores, recogiera esos pormenores previamente desechados por mi casquivana memoria; restos de una época que el incontrolable viento de la historia alejó para siempre de nuestro lado.

Boquitas pintadas, el filme, se estrenó en 1974, siendo quizá el último evento cinematográfico de importancia para esa Buenos Aires sofisticada que parecía presentir un gran desastre próximo. El "tout Buenos Aires", o sea algunos centenares de personas dedicadas de alguna u otra forma al quehacer artístico, esperaban el estreno de aquel film con la misma ansiedad conque, dos años antes, varios millones de argentinos habían esperado el regreso de Perón desde su exilio madrileño. Por aquella época, muchos de los que estaban pensando desde tiempo atrás en cambiar el escenario de sus vidas, decidirían que era imposible seguir postergando el momento de hacerlo. Sin embargo, como partir no era nada fácil y mientras tanto tampoco podían detenerse, seguían allí, viviendo esa realidad paralela como si fuera la única posible. Enfundadas en los vestidos de Madame Frou Frou o en la ropa vintage hábilmente rapiñada de los baúles familiares, Dalila Puzzovio, Mercedes Robirosa, Felisa Pinto, Marta Carlisky, Marilú Marini, Rosita Bailon, Nacha Guevara y un buen puñado de otras bellas y sofisticadas mujeres, asistirían a la presentación de Boquitas pintadas en el Cine Teatro Gran Rex de la calle Corrientes, recreando los años cuarenta que el libro y la película retrataban, por este orden, con mejor o peor fortuna. Para la beautiful people porteña Manuel era "un divino" de reciente adquisición. Torre Nilsson -Babsy para los más íntimos- y su mujer, la escritora y guionista Beatriz Guido, tenían un puesto permanente en ese Olimpo de dioses menores que conformaba la flor y nata de la sociedad porteña. Al brillante estreno de aquella noche seguiría una fiesta por todo lo alto en casa de Felipe del Canto, un personaje único, que sabía unir sin aparentes fisuras su elegancia de diplomático privado de cartera a una ávida curiosidad de flanneur cosmopolita y amante de los barrios bajos. Junto a un grupo de amigos igualmente jóvenes, representábamos la alborotadora cantera de los nuevos valores. Herederos de una forma de vida con raíces europeas, anhelábamos conquistar Nueva York para poder vivir como los hippies ricos de San Francisco. Fumábamos hasch y marihuana, leíamos a Henry Miller, a Allen Ginsberg, a Lovecraft y Salinger. Mezclábamos Freud con Ken Russell, las minimalistas Gimnopedies de Erik Satie con la psicodelia barroca de The Who o los desgarros etílicos de Janis Joplin. Nos acostábamos por pura diversión y solíamos desnudarnos en casi todas las fiestas por el gusto de ver asustarse al personal que se decía liberado. Así como Alejandra Pizarnik solía quitarse toda la ropa cada vez que en una reunión de intelectuales se "tocaba" el tema del sexo, nosotros nos desnudábamos por completo cuando las reuniones sofisticadas empezaban a ponerse demasiado tensas. (Fin de la primera entrega/continuará)
Photo : Luisina Brando en un plano de la película Boquitas pintadas