uno de mis preferidos,
recreado por Beyoncé
que nos han dado tanto)
Alimento para corazones desesperados : el blog de DANTE BERTINI ダンテ ベルティニ -
Si tuviera que irme quisiera que me piensen al menos unos minutos, callada y sosegadamente. Que recorran con los ojos todo lo que fue mi pequeño mundo doméstico, los altares privados de mi vida cotidiana. No creo haber logrado mucho, pero tal vez haya sido demasiado teniendo en cuenta que tampoco ambicioné nada en especial, salvo vivir tranquilo, ser feliz, rodearme de las personas y las cosas amadas. Supe desde siempre que era necesario elegir y hacerlo a cada instante; sin prejuicios, carnal y apasionadamente. Ante la violencia elegí la suavidad, pero no me atemoricé si era necesario defenderse. Nunca fui adicto al vértigo, a la velocidad, al desenfreno. Necesito tiempo para madurar las cosas, necesito tiempo para cuidar de lo que amo -mi pareja, mis animales, mis plantas, mis amigos- y he intentado no vender minutos de mi vida más allá de lo estrictamente necesario. Siempre me gustó gustar. Nunca seduje por el banal, egocéntrico, impío, estúpido placer de hacerlo. He luchado por lo que me interesaba, sin embargo estoy casi seguro de no haber sido jamás artero, traidor o desalmado. He sido, soy, muy crítico; cómo no reconocerlo, si acostumbro serlo conmigo de forma constante. Supongo que también fuí, más de una vez, injusto. Para mi descargo diré que he intentado con verdadero ahínco ser precisamente lo contrario. A veces pienso que viví más de una vida, tan largo se hace el camino recorrido. He aprendido hablando(me) y he cantado sin saber cantar. Alguna gente, no necesariamente amiga, (me) ha dicho cosas que marcaron mi existencia. He reído mucho y he bailado con todas mis fuerzas, en profundidad y hasta el agotamiento. También lo he llorado todo, como recomendaba uno de mis más constantes maestros de vida, Oliverio Girondo. Nunca comprendí algunas pérdidas, pero tuve que acostumbrarme a vivir, ¡vaya sarcasmo!, con ellas como compañeras.
¿Qué banda sonora tendrá la película que está rodando Woody Allen en Barcelona? Me lo pregunto porque hace varios días que distintas zonas del barrio donde vivo están colapsadas por sus huestes filmadoras, decididas a utilizar como localización algunos de los lugares emblemáticos del Ensanche/Eixample barcelonés. Y ahora ya no hay bromas, equivocaciones ni extras del inserso, como en otro reciente post de este mismo blog (Very Welcome, Mr. Allen). Les cuento. El jueves salí a media mañana para comprarme de urgencia una silla "comme il faut", cosa de poder trabajar en el ordenador sin que se me desintegre la columna vertebral. Llevo casi un año con una de muy buen aspecto pero nada ergonómica y los resultados están haciéndose notar en toda mi estructura ósea. El día era precioso, con un cielo relativamente claro y una brisa que hacía soportable la potencia abrasadora del sol mañanero. Doblé por Rambla Catalunya, y allí mismo, entre Aragón y Consejo de Ciento, estaba don Woody con su cara amarga de siempre bajo el sombrerito de turista maduro que suele usar cuando dirige o simplemente turistea. Pensé en cómo me hubiera emocionado esta misma situación hace unos cuantos años, cuando todavía pensaba que W.A. era un director independiente. Había vallas ¿amarillas? para acordonar la zona, guardias urbanos desviando a los que querían acercarse demasiado y un montón de gente con cámaras digitales que pretendían tener "su" propia foto del director neoyorkino. Cerca de don Allen esperaba un señor bastante parecido a él y vestido casi exactamente igual. "Debe ser su doble", pensé, aunque el peso de la copia prácticamente doblaba la del original. Sobre la zona de filmación habían desplegado unos toldos blancos similares a los de la calle Sierpes de Sevilla y un enorme camión, totalmente abierto por un costado como un kiosco de feria, cubría las necesidades gastronómicas del equipo. Al verlo me surgió otra pregunta: "Si comen tanto, ¿cómo hacen para conservar la línea?" En fin, que no me quedé allí mucho más de diez minutos. Los necesarios para que si algún día veo la película terminada no me arrepienta por haber dado la espalda a un hecho tan trascendental como este. ¿O es que acaso esta brillante comedia de reparto multiestelar será sólo la primera de una larga serie de producciones internacionales que tendrán como escenario la cada día más turística ciudad de Barcelona? El film debe ser muy interesante porque antes de verlo ya me acosan un sinfín de incógnitas. Ahora mismo, dos días después de lo que cuento, se me ocurre pensar qué banda sonora llevará la película del talentoso director estadounidense. Porque son las cuatro de la mañana y bandas de jóvenes (de clase media, de ambos sexos, propios del país) cantan insultan y (se) gritan porque sí, mientras el camión de la basura desgrana una sinfonía de sonidos tan Wagnerianos como para despertar los deseos invasores de nuestro ahora cercano Woody Allen, y un aguerrido ejército de motos con caños de escape amplificados se añaden al bélico concierto con vigoroso empeño. ¿Sonará así la película del autor de "Match point"? ¿O preferirá las melodías matutinas, con el mismo coral motorizado de la noche uniéndose a los diferentes, variados, diversos sonidos, siempre igual de machacantes, de las numerosísimas obras públicas y privadas que nos circundan, una auténtica superproducción catastrofista, decidida a convertir esta tranquila ciudad provincial en un escenográfico e inhabitable set cinematográfico?
Los veranos de mi infancia no solían resultar felices. Al aburrimiento y la monotonía de mis largos días de niño solitario, prefería la escuela, con su diversidad de gente y la obligatoriedad del horario, los recreos y las clases. Además, casi todos los veranos estaba obligado a viajar centenares de kilómetros sobre trenes algo desvencijados con duros asientos de madera, para visitar a mi abuela argentina, una mujer agria y dictatorial que para hacer honor a su nombre, Concepción, había parido ocho criaturas, entre ellas mi madre. Esta mujer robusta y de piel agrietada a la que yo nunca añoré, ni quise, ni temí, poseía un sentido de la disciplina de inspiración medieval. Cuando sus pequeñas, -creo que debo usar el femenino, ya que tuvo siete niñas y un único hijo varón, el último, cuya obcecada búsqueda había causado las otras siete (a)pariciones-, cuando esas pequeñas, repito, tenían la osadía de cometer alguna travesura, Doña Conce, mi abuela, acostumbraba atarlas con sábanas viejas a los troncos de los árboles, lo suficientemente inmovilizadas como para "que se las comieran las hormigas", un destino seguro de haberse prolongado el castigo más allá de los veinte o treinta minutos que la abuela solía fijarse como límite. Creo que de esta infancia sometida, a la que supongo nutrida de acusaciones y denuncias fraternas, surgió el afecto desconfiado, lleno de trampas y engaños, que se tuvieron mis tías de mayores, así como el excluyente rechazo que siempre sufrió de parte de todas las otras la hermana más grande, esforzada lugarteniente de su madre en la aplicación de esos atemorizadores castigos.
Nadie podrá decir, ni tú mismo, que lo hayas buscado. Hace mucho tiempo que tus intereses van por otro camino, alejado de aquel que te causó tantas alegrías y no pocos sollozos. Siempre le echaste la culpa a tus novelas, donde habías destripado el amor y el sexo. Tu amor y Tu sexo, para ser más precisos, que en estos terrenos la generalizaciones pueden hacer que te hundas en un cenagal sin fondo. Ahora, hoy mismo, tendrás que echarle la culpa a las estaciones. O a ese "otro", que te saltó a la cara con toda su frescura; con su olor a pan fresco -¿nada es casual en esta vida?- y su palabra desatada. Anoche estuviste despierto un buen rato con los ojos fijos en alguna cosa que no veías ni te interesaba ver, su cara sonriente colgando del espacio como la materialización evanescente de un mentiroso mago de kermesse. Y esta mañana no te has afeitado. Comienzas a poner barreras, a pesar de que tienes ganas de romperlas todas.
Lo primero que oí fueron gritos. Un momento después, cuando ya estaba en la calle con chanclos, camiseta y pantalones cortos de andar por casa, me enteré de que no había habido ningún crimen. Según el empleado del parking de enfrente, sólo era que Woody Allen estaba filmando su esperada película en el hotel que está frente a casa, el mismo al que rebauticé "el tanatorio" porque tiene lámparas con pantallas de tul negro, unos floreros altos de metal plateado con orquídeas artificiales y bastante mármol marrón oscuro por todas partes. El edificio es muy noble, con buenos materiales y una más que correcta arquitectura pre-racionalista, aunque la decoración, tan pretenciosa como barata, le ha bajado unos cuantos puntos. Algunas veces, después del cine o de una cena en grupo, vamos allí con los amigos. Obviamos el aire algo entristecedor de la recepción y lo impersonal de los salones porque la atención es buena, los sillones muy cómodos y los precios más que razonables. Para la filmación de hoy habían puesto a la entrada un portero que nunca han tenido, vestido con librea verde engalonada de oro. Pensé que podrían dejarlo para siempre, ya que otorga al barrio en general y a esa esquina en particular una categoría que no suelen lucir. Las dependientas del local de fotocopias querían saber si Javier Bardem andaría por allí. "¡Y la Penélope!", exclamó la más mayor, una setentona a la que la historia de los géneros la trae sin cuidado. Tres enormes camiones más grandes que esos habituales de las empresas de mudanza ocupaban gran parte de la calle y un típico autobús turístico repleto de gente estaba estacionado a las puertas mismas del hotel. Me quedé unos quince minutos viendo como repetían una y otra vez la misma toma. Los que estaban en el autobús, vestidos de extranjeros de los sesenta en visita a Roma, muy en plan "esto no será un Fellini pero yo me marco un buen tanto imitándole el estilo", bajaban y subían del vehículo una y otra vez, aunque lo que de verdad importaba era que pasaran frente a la cámara con cara de "¡qué bonitou lugar!" e ingresaran en el establecimiento hotelero sorteando al portero de librea verde, que parecía estar puesto para entorpecerles el paso. Desde el lugar donde me encontraba era imposible verlo, pero casi podría asegurar que al cartel del frente le habían agregado una o dos estrellas. El camarero del bar de abajo de casa estaba muy nervioso: "¡Qué bueno, chaval! Imagínate la cantidad de gente que va a ver esta película! ¡Y en todo el mundo!". "Sí", le dije, "pero, ¿por qué eso te pone tan contento?". "Por la publicidad, hombre, por la publicidad. El hotel se llenará de gente y mucha de esa gente vendrá luego a comer aquí... Pura ley de probabilidades, ¿vale?" La encargada de la lavandería había cerrado el chiringuito nada más enterarse. "¡Qué feliz hubiera sido mi marido teniéndolo a Woody Allen al alcance de la mano! Voy a pedirle un autógrafo para llevárselo un día de estos al Clínico." Tampoco faltó la cajera más joven del Caprabo. "¡Qué mala suerte! ¡Justo hoy trabajo por la tarde, si no me quedaba aquí hasta que pudiera verlo!" No aclaró a quién, pero tal vez de puro prejuicioso pensé que ella también estaba refiriéndose a Javier Bardem. "¿Sos vecino, no? ¿Creés que necesitaran extras?", era un compatriota que me había reconocido el acento. "¡Soy un super fanático de Woody, soy! ¿Sabés si yego a salir en una peli de este tipo? ¡Mi vieja se muere! ¿Cuál de todos estos será el mandamás?" Eran demasiadas preguntas como para que esperara realmente una contestación. Ví cómo se abría paso entre la gente y llegaba hasta el lugar desde donde un tipito de barba parecía dirigir toda la movida. Un instante después lo perdí de vista.
El hombre pálido se introdujo en el austero edificio de piedra y mármol. Pasado el control de explosivos y superada la desazón que le había causado ver sus cosas más íntimas radiografiadas sin ningún pudor por aquel aparato entrometido, se acercó hasta un mostrador sobre el que colgaba un cartel de acrílico blanco con la leyenda "Registro de chiringuitos, paradas, quioscos, vendedores ambulantes, músicos callejeros y estatuas vivientes".

Hace muchísimos años -lo siento, pero muchas de mis historias fundacionales sucedieron hace más que mucho tiempo- fui un romántico enamorado de la revolución cubana. Con los años ese primer fuego inicial se fue apagando casi sin que me diera cuenta, y el señor aquel de boina y barba que nos iba a salvar a todos del infierno capitalista se convirtió en un anciano vengativo, gruñón y demasiado verborrágico. Por el camino quedó también, aunque por otras razones, un compatriota de buen ver e ideas algo extremadas que el tiempo convertió en poster de mercadillo; un producto de papel tan vendedor como la mismísima marilín o ese actor rebelde sin causa que se sentía un gigante al este del paraíso. Todo esto viene a que hoy, mientras tomaba mi desayuno cotidiano en la cafetería que más frecuento, me puse a leer el diario que ayer nomás se había declarado, repentina e inesperadamente, un sponsor más del sangriento sacrificio de los toros convertido en espectáculo público. Quería ver si alguno de sus lectores habituales comentaba el hecho. Me encontré conque lo hacía más de uno y en ningún caso apoyando el retorno de los matarifes a la ciudad que se había declarado pocos meses atrás "antitaurina". Parece que los "Herederos" no se enteran, o no quieren enterarse, de lo que habían legislado sus mayores. Además de las cartas de los lectores condenando "la corrida de las estrellas" -¡cómo suena esto!- el diario dedicó dos páginas enteras a contarnos los beneficios que reportan los animales de compañía en los tratamientos de diversas disfunciones humanas. Una de cal y otra de arena. O una de torturas y otra de ternuras. ¿Deberíamos agradecerlo? Tal vez sí, viendo cómo está el patio. No era la única compensación. Dos páginas más allá nos contaban que un tal Javier o Jaime había decidido no descargar sus odios y frustraciones sobre el cuerpo de su esposa, haciéndolo esta vez sobre un cachorro de perra con nombre compuesto -juraría que se llama diana maría, como la del bikini en la playa, pero igual me están fallando las neuronas- a la que había arrojado por el hueco de la escalera cuatro pisos más abajo. Por suerte, y a pesar del empeño puesto por este tipo sin alma, apellido ni rostro, la cachorra -bellísima en la foto que acompaña la nota- sobrevivió al repentino ataque de furia de su "amo" y ahora está al cuidado de una protectora de animales. No siempre van a ganar los malvados, así que varios vecinos que presenciaron el suceso decidieron presentar cargos contra el improvisado lanzador de canes. Esperemos que también haya testigos para poner donde se debe a esa madre de nombre Rabia (¡!) que azotaba a su hija de diez años con un trozo de manguera. Sí, ya sé, algunos estarán preguntándose qué tendrá que ver la revolución cubana con todo esto. Pues para mí lo tiene, ya que en el mismo diario había un artículo sobre la muerte a los setenta y siete años de Vilma Espín, "exposa" de Raúl Castro. Allí se nos cuenta que esta mujer de clase acomodada que decidió ponerse la boina y el traje de fajina para, según dijera, defender los derechos de los desposeídos, ha dejado una hija de nombre Mariela que se encarga de que los homosexuales puedan ser tratados al fin como personas. Aunque sea un poco tarde para muchos de ellos -de estar vivos, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas podrían decir bastante al respecto- hay que alegrarse por este avance que concierne a toda la especie humana. Lástima: para que así sea ha tenido que pasar tanto tiempo como el que va de un retrato a otro de estos (arriba) de la ahora difunta señora Vilma Espín Guillois. ¿Deberán esos pobres toros usados para la lidia sufrir otros cincuenta años? ¿Deberemos mientras tanto acostumbrarnos a la visión de la muerte y la tortura como fascinante espectáculo de masas, tal cual propone un desbocado comentarista anónimo en mi post anterior?
Una tercera parte de la primera página del diario La Vanguardia de hoy está cubierta por una foto del torero José Tomás saliendo en andas de La Monumental. Quizá porque escapé de un país donde se torturaba de forma sistemática y treinta años después los gritos de aquellas víctimas siguen resonando en mi corazón de la misma manera que multiplican su eco por las calles y plazas de las ciudades que acogieron tanta ignominia, esto de que casi 20.000 forofos de las carnicerías (de)muestren en un lugar público su apetito por las entrañas derramadas, su dentado regocijo frente al dolor y la muerte, me llena de vergüenza y estupor (aunque de tuya nada; esta por es absoluta y totalmente mía). Puedo entender que La Vanguardia, que casi con seguridad tendrá una redacción mayoritariamente culé, prefiera hablar de toros y no de fútbol, sin embargo me duele que este diario, al que hasta ayer mismo respetaba más que a ningún otro, apoye y difunda una práctica brutal que algunos creíamos en vías de extinción. Juan Soto Viñolo, "vanguardista" comentador de esta corrida con mucha sangre y poco semen -¿o tal vez me equivoco?-, cree ver un pas de deux a la Balanchine en este acto de vandalismo comercial disfrazado de evento artístico. Para ello se vale de frases como "Enhiesto como una columna de Bernini" -el torero, se supone-, o "Cayetano (el otro siniestro de la tarde, acoto yo) utilizó buriles, pinceles y engaños rojos para demostrar que la tauromaquia es un arte evanescente". Lo de la columna no se lo discuto, allá él con sus alucinaciones, pero alguien debería decirle que de pinceles y buriles nada: lo que usan estos señores son espadas y picas, y al engaño rojo, al menos en mi barrio, lo llamamos simplemente sangre. Para dar más lustre a este acto litúrgico con oficiantes enfundados en ceñidos hábitos de raso y oro, un buen puñado de famosos hicieron ver sus narices, cargadas de vaya a saber qué delicadas y carísimas sustancias aromáticas, por las abarrotadas gradas del coso. Estaban allí algunos sensibles poetas y cantautores ( Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina), que dada la actual reedición de sus discos en plan fascículo kiosquero necesitan un poco de promoción mediática; varios dorados personajes de la aristocracia "Holística", como la menguante duquesa de Alba -aparentemente repuesta de aquel encontronazo con los descontentos jornaleros de sus tierras-, compartiendo tendido con su hijo Jacobo, editor, y su nuera Inka, ex presentadora televisiva; Belén Ordóñez, de profesión "hermana de la célebre difunta"; actores, graciosos y entretenedores varios -Carlos Latre, Flotats, Boadella, Sancho Gracia, Pepe Sancho, "el mano suelta" y el radiofónico Carlos Herrera-, un acigarrado fotógrafo, Leopoldo Pomés (?), un espiritualista de televisión, Fernando Sánchez-Dragó, dos comentaristas políticos, Javier Pradera y Miguel Ángel Aguilar, cuatro eurodiputados (!!!), Luis de Grandes, Aleix Vidal Quadras, Pilar Ayuso y Pilar del Castillo, más unos cuantos políticos locales con poco pudor y menos votos. No faltaron los personajes del glamour social barcelonés: el olímpico Samaranch, el diseñador de moda para inmigrantes sin papeles, Toni Miró, el apuesto arquitecto -asociado por años a un promotor inmobiliario y ex presidente barcelonista- Óscar Tusquets, y entre otros que ni quiero nombrar, el poeta Pere Gimferrer y el otrora director del Festival Grec, el becaviajero Borja Sitjà. Parece que en varios momentos este público tan lustroso se puso en pie para gritar ¡Torero! Es que además de guapos e inteligentes tienen buenas intenciones: no quieren que pensemos que los que están allí, cortajeando astados, desangrándolos públicamente hasta la muerte, son apuestos matarifes con modales de bailarín flamenco.

Después de un sábado complicado aunque con un final bastante relajado y amistoso, hoy ya es domingo. No hay nada extraño en este último hecho: suele suceder cada semana. Me levanto a las nueve, dedico un buen rato a la jardinería de apartamento (las plantas van ganado espacio a casi todo lo demás, que es mucho: parte de mi batalla particular contra unas autoridades más preocupadas en dividir para reinar que en plantar para reverdecer). Bastante antes de que den las doce salgo a tomar cafés con una amiga en el Hábaluc nuestro de casi cada día. Hablamos de perros, gatos, personas y árboles. Cuento las últimas novedades en la cada día más trepi-Dante guerra de la Azufaifa entablada por mi apreciada Zbelnu, a la que con absoluto atrevimiento y acertado humor (no tengo abuelas) he rebautizado como San Tita (Can) Cervera de la Bonnemaison. A los posibles difusores de gualichos les digo que lo hemos pasado bien sin exagerar, interesados por lo que nos contábamos aunque sin perder de vista, al menos yo, el variopinto paisaje urbano con su no menos variados especímenes. Entre los más interesantes estuvieron la siempre presurosa azafata de Jesus Christ Airlines, vestida en una gama de azules muy acorde con su ocupación virtual, y una señora mayor de acento murciano y peinado aventado hacia su derecha que llevaba sujeta con la obligatoria cuerda a una perrita caniche de nombre Dana. Según su dueña: "Con dos años es todavía virgen. Yo creo que tiene un problema psíquico... que en realidad es fóbica a los machos". Me atreví a preguntarle si eso a ella le resultaba satisfactorio. "¡Qué va!", contestó. "Yo quiero que lo pruebe todo, como hice yo cuando era joven".
Alguien lanzó la palabra mientras veíamos el amistoso partido de fútbol entre las selecciones de Argentina y Suiza. Empataron uno a uno. De ser una telenovela podría haberse llamado "Las amistades aburridas", para qué vamos a ocultarlo. Sin embargo allí estábamos todos, intentando apasionarnos, aunque ellos, los 22 del césped, no lo hacían. También nosotros nos sentíamos entre amigos; cebándonos sin mate, pero sí con choripanes a la brasa, ensaladas criollas -discutimos si además de tomate y lechuga llevaban o no cebolla sin llegar a ponernos de acuerdo: ¡cada hogar es un mundo!- y caseros budines de pan con pasas. De ser suizos habríamos comido otras cosas. Chocolate con leche, vaquitas azules, repostería fina, relojes de treinta euros. Y hablábamos mucho, como solemos hacer los argentinos. Asociando libremente, que por algo en aquel país los psicoanalistan crecen, y se multiplican, de forma más notable que las buenas intenciones. De pronto alguno de los presentes, refiriéndose a un tiro a puerta frustrado, lanzó al aire la palabra "gualicho". Hacía años que no la escuchaba, muchísimos. Para los que no la conocen, desde ya les digo que es inútil buscarla en el Diccionario de la Lengua porque no la recoge. (Me rectifico: está, aunque yo no la había encontrado. Ver comments.) Posiblemente sea de origen guaraní o quechua, rastros de un pasado indígena que los nativos de las pampas húmedas argentinas decidimos no tener. Entrando a Google encontré hoteles y cuevas que llevan ese nombre, pero no una definición coherente. Para que no se queden en ayunas, les acerco la que yo conozco: un gualicho es un encantamiento, una brujería. Se hace un gualicho para enamorar a alguien o simplemente para hacerle mal, y sé que más de un escéptico pensará que son la misma cosa. Lo engualichado del asunto es que después de décadas de no oír siquiera esta palabra, en sólo dos días la oí tres veces por boca de tres personas diferentes. Ahora la pongo aquí por dos razones: recordarla y darla a conocer a aquellos que no sabían de su existencia. Aunque también, lo confieso, es una forma de aventar posibles maleficios, ya que en estos días casi se inunda mi casa, se me aflojó un viejo implante dental pocas horas antes de una cita de importancia y los sangrientos terroristas de ETA anunciaron el fin de esa tregua criminal que nunca existió.
Ayer se entregaron en la sede de la FAD los Premios Junceda que concede la APIC (Asociación Profesional de Ilustradores de Cataluña).
Atacado por un virus primaveral de orden y limpieza (el mónica's simplex friendly), revuelvo cajones rebosantes de papelería variada. Como si de publicidad subliminal se tratara, tropiezo con la etiqueta de este otro diseño de refuge wear (ver post anterior) de claras connotaciones gauchescas, aunque producido en China por una empresa vasca con sede en Santa Ana de Bolueta.
Siguiendo los sanísimos consejos de la petite v, ayer por la tarde corrí hasta la esquina deportiva de Decatlon y Balmes a comprarme un traje de la diseñadora transvanguardista Lucy Orta. No son baratos, desde ya les digo, aunque vale la pena tener alguno en épocas tan inciertas como estas. El que suscribe, hombre afortunado, encontró uno que le iba bastante bien de sisa y tenía una rebaja considerable sobre el precio de salida. Fechado en 1994, parece que a muchísima gente le da un cierto yoquesé la cifra que aparece en el apartado suma cuando se contabilizan los años transcurridos desde la edición-hechura. Por suerte yo no tengo esa manía. Será porque mi madre política siempre pensó que el trece era su cifra de la buena fortuna y una noche de excesos y confesiones, a fines del siglo pasado, en una pequeña cala de Ibiza, en medio de una Fiesta de la Luna Nueva con Camiseta Mojada y Daikiris de ron jamaiquino, presos ambos de una desorientación cósmica, producto a su vez de un psicodélico viaje astral con escala en Saturno y aterrizaje forzoso en el chiringuito "GG" (glamour gay) de la playa de Es Cavallet (nadie se podrá quejar de toda la información que estoy dándole), logró convencerme de que era mucho mejor tenerlo como amigo, al trece, digo, dado que cada mes de cada año tiene algún día llamado así y a pesar de sus malos antecedentes a nadie se le ha ocurrido borrarlo del puesto que siempre ha ocupado entre el doce y el catorce.
Hace unos días colgué en otro de mis blogs, amorimás, un post que se llama "pérdidas". Cada vez que entro para ver qué dicen los amigos en sus comentarios, pienso que sin el acento mi texto hablaría de otras cosas y la ilustración daría pié a extrañas interpretaciones. Doy gracias al idioma, a mi idioma, que me permite aproximarme a las cosas con la ilusión de que estoy nombrando aquello que quiero nombrar. Y el inconsciente que haga su trabajo. Para eso está, el muy artero.
No se trata del Hombre Elefante de David Lynch, con aquellas deformidades físicas difíciles de soportar; un producto monstruoso de la naturaleza para el que los únicos ámbitos posibles parecían ser los laboratorios de investigación científica o un menos prestigiado, aunque más popular, tenderete de feria.