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miércoles, noviembre 30, 2011

Pasión de vivir, La otra cara del amor, The Music Lovers: adiós a Ken Russell


Apenas podíamos mirarnos. Acurrucados en nuestros asientos, las piernas apretadas contra el pecho o retorcidas una sobre otra como en una trenza criolla, llorábamos como si unos segundos antes hubiésemos perdido a un ser querido: intensa, silenciosa, desconsoladamente. El fondo sonoro de la Sinfonía Patética agregaba dramatismo a nuestros sentimientos, que, sin necesidad de corroboración alguna, estábamos seguros de compartir.
Todo nuestro Buenos Aires se había lanzado al estreno de aquella película barroca, delirante, llegada a las carteleras argentinas con gran despliegue publicitario y unos cuantos recortes nada ingenuos en su metraje original y aupada a partes iguales por el escándalo, los abucheos y las infaltables, ¿acaso también inevitables?, censuras papistas (siempre necesitada de carne para sus brasas redentoras) y por los elogios quizás desmesurados de la prensa alternativa más sofisticada.
Aquella noche en aquel cine, uno de los más grandes y lujosos de la calle Lavalle, estaban muchos de los conspicuos representantes de la "bella gente" porteña. Artistas de vanguardia y psicoanalistas de nueva horneada, estrellas consagradas del show business bonaerense y actores y actrices jóvenes, adoradores del Actors Studio, Antonin Artaud, Becket o Ionesco y el método Grotowski, se mezclaban en un caldo espeso, susurrante y ansioso, con varios puñados de jóvenes gays de plumaje colorido, vestuario a la última y ocupación desconocida.
Nuestro grupo -Armandito, Daniel Melgarejo y su nada simpático novio Hugo A. (un artista plástico con mucha teoría y ninguna obra), la eléctrica y adorable Silvia Alvarez de Toledo y yo- sentíamos que nadie, salvo nosotros, se merecía presenciar aquella historia cargada de arte apasionado y amores conflictivos, tan románticos como desoladores. Esos personajes éramos nosotros, esos sentimientos eran los nuestros, y aunque la época fuera otra y el despliegue de lujo lo más alejado a la realidad de nuestras vidas de pobres jovencitos bohemios, hijos descarriados de una clase media siempre amenazada, podíamos entender -más que ninguno de aquellos otros, a los que suponíamos snobs pretensiosos, habitués del Teatro Colón, las doctrinas rompedoras de los antipsiquíatras Lang y Cooper y los carísimos consultorios psicoanáliticos freudianos- el goce doloroso de la creación artística y los vaivenes de las almas hipersensibles, arrastradas a los abismos de la desesperación autodestructiva, a los infiernos más temidos, por sus oscuros, siempre inalcanzables, objetos de deseo.
El desmedido y talentoso Ken Russell, que ha muerto en estos días con notable exceso de peso y 84 años de nada, no sabía que al contar la muerte de "su" atormentado y bisexual Tchaikovsky -casi un suicidio, apurado con un vaso de agua cargado de peste- estaba presagiando una década antes la muerte prematura y atroz de muchos de los allí presentes. El SIDA, una bestia sin piedad ni límites, un allien de diseño al que la ironía, no necesariamente consciente, de sus descubridores de habla inglesa bautizó con la palabra "ayudas", destruiría mucho de esos cuerpos jóvenes de orgullosa belleza, muchas de esas cabezas talentosas y creativas, mucha de esa imaginación en ciernes, llevándose al hacerlo a algunos de mis más queridos, sensibles, divertidos y siempre añorados compañeros de juegos.



martes, septiembre 20, 2011

temores, miedos, todas esas cosas...


...gira que gira la basura espacial... hasta allí hemos llegado, convirtiendo toda nuestra herencia cultural en este futuro legado arqueológico de basuras y residuos, en un LP hediondo con música de catástrofe... un trozo de satélite de ciento cincuenta kilos puede caer sobre tu, nuestra cabeza, y los bustos parlantes lo anuncian así, alejados de toda preocupación, con una sonrisa clásica de telediario... se supone que no tocará tu cuerpo: la posibilidad es de una entre 3000 personas, pero como tal vez no tienes algo mejor en qué pensar se te ocurre calcular cuántos espectadores hay en un estadio de fútbol, cuánta gente pasa por un punto preciso de las ramblas durante una cierta cantidad, escasa, de tiempo, entonces la probabilidad no te parece tan lejana y ya te imaginas aplastado contra el suelo: un gesto pictórico sobre la baldosas dibujadas de Gaudí, tus pulpas formando parte de un dibujo sangriento que cambiará, tiñéndola, la gris, beige, verdosa monotonía de su muy transitada superficie...da igual te dices, de algo hay que morir, y entonces piensas en las veces que te han asustado, amenazado, coartado con este tipo de noticias: la gripe asiática, el mosquito tigre, la bomba de neutrones, las enfermedades venéreas, la invasión de los piojos escolarizados, las vacas locas, los pepinos radioactivos, la debacle económica mundial... y el sida, por supuesto... no todas fueron falsas alarmas y lo demostraron llevándose a un montón de amigos, por tanto continúas prestando atención a las noticias, sigues divagando sobre la posibilidad de que alguna vez te toque a ti, superviviente... ¿qué cuánto tiempo le dedicas a ese ejercicio malsano? nadie debe preocuparse: sólo unos escasos segundos de tu día, ya que después tienes que ocuparte del gato Federico que pide su cepillado diario, de tu estómago que demanda comida, de tus blogs y tus faces, de tu trabajo cotidiano y tus placeres esporádicos... y a veces, no muchas, tienes la suerte de asistir al acto de entrega de los premios Terenci Moix -sí, el escritor catalán ya fallecido, ese mismo tipo que alguna vez te entregara un premio vertical y erótico-, y encontrarte allí, entre cristales, azulejos y piedras modernistas, con algún que otro amigo, con varios conocidos, con la presencia imponente de un mito del periodismo, Jean Daniel, creador y director de Le Nouvel Observateur, con la voz magnífica y el porte aniñado de Miguel Poveda, con el discurso irreverente de la fotógrafa Colita, con la anécdota divertida de Carles Santos y la música fragmentada de Mauricio, de Olvido... y finalmente, aunque no deberías decirlo, con todas las notables ausencias de tu vida...










Fotos: Miguel Poveda, Colita con Ana María Matutes y Teresa Gimpera, Jean Daniel, el poeta Adonis y su intérprete susurrante, la violinista Olvido, el escenario vacío; todas por Bertini

jueves, agosto 25, 2011

Poetas Argentinos de/en Barcelona


Terminó la cosecha, comenzó la impresión.
Este libro, con toda seguridad "imperfecto", entrará a máquinas en estos días. Retrasado por las vacaciones y a pesar de los agoreros de siempre -"los argentinos son unos negados incapaces de hacer nada, unos fracasados e ineptos", (en realidad sólo dos esquivos personajes que pretendían certezas imposibles en un vano intento de cubrir las propias inseguridades)-, el proyecto transAtlánticos está a un paso de convertirse en libro.
Como compilador novato -nunca es tarde cuando el deseo es fuerte-, agradezco a los otros cuarenta y nueve poetas por su obra, no menos que por su cálida prontitud en la respuesta. Todos los demás merecidos agradecimientos están en el libro.
Esperamos hacerlo digital a la mayor brevedad posible para que todos los que lo deseen puedan disfrutar de él.

Los dejo con Loquillo, cantando el poema de uno de los autores de transAtlánticos, Raúl Núñez, musicado por Gabriel Sopeña.

viernes, septiembre 03, 2010

el mareo, los días, el adiós



Compro flores en el pequeño quiosco de la esquina; dentífrico, bebidas, tarjetas telefónicas, chocolates o analgésicos en el maxiquiosco que está justo enfrente del edificio donde vivo; buenos fiambres, quesos, pan árabe, alguna mermelada y miel en el almacén de la calle Thames con Güemes; pan, tartas y facturas en varias de las panaderías de la zona. Mi ropa sucia la lava una familia china que, cuando voy a buscarla, me ofrece rociarla con perfume de rosas. Todos los despachantes me saludan como si me conocieran desde siempre y algunos hasta aconsejan masajes y ungüentos cuando me ven renguear ligeramente a causa de un movimiento desafortunado que pretendía, y logró, evitar una caída en plena calle. Las aceras de Buenos Aires obligan a caminar con la mirada baja, la testuz inclinada hacia las desparejas, muchas veces ausentes baldosas.
Me pregunto si está sera una manera encubierta, sumamente retorcida, de tener a los porteños, tan afectos a la crítica rebelde, ocupados en cuidar el paso como si fueran secundarios de la Metrópolis de Fritz Lang o esforzados soldados rasos en formación y no simples ciudadanos de una gran urbe populosa y vibrante. Reconozco que por momentos resulta una empresa difícil -casi imposible para los que somos visitantes eventuales- pasearse con relajada despreocupación si al mismo tiempo estás esquivando baches de distinta calaña y contenido, sobre todo porque las calles están llenas de hallazgos sorprendentes, dignos de ser mirados con cercanía y de frente, sin molestas, innecesarias subordinaciones.

¡Tango, al fin! Al día siguiente de una sesión nocturna de jazz en el Virasoro de Palermo, me invitaron al Bien Porteño de la calle Rivadavia. La noche del sábado, después de un mes y medio en Buenos Aires, fui a uno de los muchos bailongos de la ciudad. Por veinte pesos, cuatro euros de nada, puedes tomar una clase de una hora con un risueño, afable, encantador flaco de coleta que te guía por los primeros y balbuceantes pasos de esta danza concentrada y romántica, tan sensual como literaria.
En este local céntrico las parejas se arman por puro capricho personal, sin distinción de edades, contexturas físicas o sexos. Hombres y mujeres eligen con total desprejuicio sus parejas de baile en un ambiente relajado, amistoso y sin humos molestos de tabaco, una insana polución desterrada por completo de todos los lugares públicos de Buenos Aires.
Divertido, feliz, aunque con las lágrimas bordeándome los ojos, asistí conmovido a este ritual pagano en el que dos cuerpos, conductor y conducido, se entregan al firulete y la improvisación a partir de unos pocos pasos bien aprendidos.
Después de décadas de ocultamientos, mentiras y persecuciones, las diferencias ganan la calle, se abrazan sin complejos en los salones de tango.
Mientras descansaba de mis primeros balbuceos tanguísticos en brazos de un veinteañero encantador, informal partenaire sin engolamientos ni prejuicios, me preguntaba por qué entre las tandas de tres o cuatro tangos había una pequeña interrupción de música foránea. Se lo pregunté a Sergio Cabrera, tierno anfitrión y apasionado bailarín del tres por cuatro. Al contestarme desveló otra de mis incertidumbres: los compases de jazz, cumbia o pop son la excusa elegante para separarse de ese partenaire ocasional que por alguna razón ya no te interesa.
Dios está en los detalles, es evidente.

Ayer fue hoy ayer, dice Andrés Calamaro en una de sus canciones.
En dos días más estaré lejos de esta ciudad fascinante: la misma, aunque muy cambiada, donde nací hace un montón de años. Cosas de la vida... También yo he cambiado mucho y espero que el tiempo me dé más tiempo para seguir haciéndolo.
Este no ha sido todo el viaje, sólo algunas de sus anécdotas. Me quedan mil cosas por contar. Algunas, por discreción, por pudor, no llegarán nunca al blog; otras esperan una necesaria sedimentación que supongo le darán los días posteriores al regreso, marcados por la alegría del reencuentro.
Tanto, seguramente, como por la melancólica sensación de haberme alejado, demasiado y sin verdaderas ganas, de algunas, varias en realidad, cosas, lugares y personas que mucho quiero.

martes, agosto 24, 2010

bronces y mármoles




Extraña ciudad esta, donde la amistad importa mucho a pesar de aparecer cuestionada a cada instante desde su cine, sus canciones populares, su literatura.


A las siete y media de la mañana de un día gris y lluvioso, espero que pasen a buscarme por una parada de autobús en Villa Elisa.
"¿Qué estás haciendo aquí?", me pregunta de pronto una voz interna en la que creo reconocer otra muy propia. En ese mismo instante alzo la vista y el cartel de una funeraria me responde con silenciosa contundencia: "Viviendo, afortunadamente".
Un segundo después, desde la esquina más próxima, una alta y bella mujer con aspecto de exploradora suburbana, me hace señas mientras se acerca a grandes pasos y con los brazos abiertos, amenazando un abrazo que me dará sin retaceos, entre sonrisas y lágrimas, obviando una presentación que facebook ha hecho innecesaria.
Se llama Valle y las próximas cinco o seis horas la pasaremos hablando en su acogedora casa de grandes ventanales, entre mates amargos y bizcochitos..."Como cuando estabas vos..."


Salgo a comprar algo de fruta para el desayuno. La calle está colapsada por carros de bombero y coches de la policía. Uno de civil me dice: "señor, vaya por el otro lado" y yo, con dos botellas vacías entre las manos, le hago caso.
En el último piso del edificio contiguo al mío, una mujer joven se asoma al vacío con intención de tirarse. Imagino el ruido del cuerpo estrellándose sobre el macadam y me estremezco. Escapando como puedo de aquella escena de película, doblo la esquina y en el almacén me entero de que hace unos meses un muchacho de 24 años, vecino del barrio, no dudó tanto sobre su determinación y logró matarse. Esta mujer finalmente no lo hace y la calle vuelve a su normalidad.
Mientras yo abro la puerta de calle, un bombero se despide de otro con un rotundo beso en la mejilla, corroborando que aquí las demostraciones de cariño son espontáneas y naturales; algo absolutamente cotidiano.


Compartimos el ascensor con una vecina de la casa donde vivo, y ella, amable, irónica, me dice -acá la gente tampoco suele ser reacia a la comunicación eventual con desconocidos- que este barrio no es Palermo Soho sino Palermo Soja:
-De allí sale todo el dinero para montar tanto local de lujo...
No se si la soja será culpable de toda la vitalidad que se respira. La ciudad bulle de forma constante y las ventanas cercanas no acaban de quedar totalmente a oscuras nunca. Insomnes o trasnochadores, los porteños mantienen encendida la tradición de Buenos Aires como "ciudad que nunca duerme", aunque esos desvelos se hayan trasladado a otros barrios no necesariamente céntricos, y Corrientes, la desvelada de otras épocas, se vaya a la cama poco después de la una.



Kado Kotzer y Sergio Cabrera escriben, producen y dirigen espectáculos teatrales. Lo han hecho decenas de veces, tanto en Buenos Aires como en Tucumán o Europa. Son una pareja de muchos años que ha decidido casarse legalmente el jueves de la semana pasada. Gracias a la presión popular y al empeño de los Kirchner, dispuestos a llevar adelante la ley de igualdad matrimonial, dos seres fieles pudieron poner nombre a una unión que, más allá de rótulos o papeles sellados, es profunda y creativa.
Apenas llegado a la ciudad, Sergio y Kado me invitaron a su amplio, familiar, bellamente abarrotado apartamento de la calle Callao. Me esperaban con un five o'clock tea acompañado de medias lunas rellenas y tarta casera de zahahoria. Hablamos del pasado, del presente y del futuro y, como si todo esto fuera poco, me voy a casa acompañado por tres suculentos cedés con canciones de Chabela Vargas, Milly y Dalva de Oliveira.
Los recién casados son algunos de los bronces íntimos, personales, propios, de esta gran ciudad tan afecta a ellos, sobre todo si esos bronces llevan o recuerdan nombres importantes y aparecen encaramados a rotundos pedestales de mármol.
Otro bronce sin peana callejera es Anita Jasminoy. Bailarina, arquitecta, desde siempre hace además bellas joyas artesanales con aires vintage. Tejidas, bordadas, siempre diferentes, una de sus escarapelas-mandala adornó la solapa de la presidenta, Cristina K., durante un evento organizado por las madres de Plaza de Mayo. Ana, o Anita María, como le decía su madre, mantiene a través de los años una sonrisa clara, algo desprotegida, brillándole en los ojos y cierta ternura infantil en su manera de moverse por la vida. Esta, supongo que agradecida por ese andar respetuoso, la retribuye con grandes dosis de creatividad y muchísimo talento.
Fue ella la que avisó a Carlos Ulanovsky de mi presencia en Buenos Aires. Su largo, respetuoso y bien informado programa de los sábados -Reunión Cumbre- me acogió junto al actor Osmar Núñez (La mirada silenciosa), el periodista y presentador Patricio Barton y la actriz, cantante y bailarina Alejandra Radano (Cabaret, Chicago, Tatuaje). Un auténtico Sábado de Gloria.



Se festejan los noventa años de la primera emisión de radio en Argentina. El local de Radio Nacional en Maipú 555 está a tope de gente.
Cecilia Rosetto aparece algo tarde y al verme exclama: "¡No me confundas las ciudades! ¿Estamos en Buenos Aires o en Barcelona?" Unos minutos después confiesa: "Yo me divierto más aquí, ¿sabés?".
No alcanzo a decirle que la entiendo.

Todas las fotos de este post son de Dante Bertini, salvo la de Reunión Cumbre en Radio Nacional, que es de Adrian Misseri.

sábado, junio 19, 2010

salir, salir, salir...


"La tristeza no me deja, no me deja caminar...", cantaba con desganada alegria un conocido conjunto de cumbia cuando yo era un pibe porteño que se dormía, igual que lo hago ahora, escuchando programas de radio de la más diversa catadura.
Estos días, los de la última semana, apenas llegado de la imperial Madrid, fui atacado por un virus que se aposentó en mis pulmones, para desde allí atacarme los oídos, los ojos, la nariz, en suma, toda la cabeza, y, como tal vez este gran espacio le quedaba algo pequeño o quizás con la enferma intención de dejarme un poquito más lisiado, contracturó al mismo tiempo mi zona lumbar y sensibilizó dolorosamente mis cervicales y desde allí todo mi espíritu.
Según me dijo el médico que mandó a casa el seguro privado -un simpático croata pelilargo con ropa y modales a lo Gran Lebowsky- se trata de un virus de nuevo diseño, y yo, que soy muy afecto a las tramas de suspenso ligeramente paranoides, empecé a imaginar que quizás el mío fuera el mismo virus ignominioso y posmoderno que atacó en los últimos tiempos a casi todos los políticos, a los directores de banco, de teatros municipales y sociedades civiles, a muchos artistas e intelectuales y a un sinfín de periodistas y comunicadores mediáticos. Algo parecido a una Invasión de los Ultracuerpos 2010, ¡el cielo nos proteja de semejante oprobio!
A mi la tristeza no me ataca el andar, o eso parece al menos, ya que esta semana de horas bajas, críticas, muy tristes, fue de salir y entrar y entrar y salir constantemente. No se si todo empezó el lunes gracias a Zizek -el filósofo con más rating del momento- y su larga charla en el Instituto Francés de Barcelona, con sala a tope y lenta cola de asistentes formando una apretada espiral, tan propia de las elucubraciones del lacaniano-esloveno.
Se hablaba del porvenir de la revolución y de qué se puede hacer con este futuro que parece no tener futuro, y cuando logré ubicarme, muy bien desde ya, en la tercera fila al centro, el gran gurú de nuestros días ya estaba en el escenario desplegando tics e ideas a una velocidad inalcanzable. Flanqueado por dos circunspectos muchachos que parecían sus abnegados padres, sus orgullosos profesores o los dos ladrones célebres, uno bueno y el otro ¿peor?, colgando uno a cada lado del Cristo Redentor en el Calvario, San Zizek decidió utilizar para su Sermón del Escenario ese inglés universal que han dado en llamar globish, mientras por los auriculares nos repetían sus palabras en un pulido catalán universitario, tanto como los dos jóvenes guardaflancos del escenario: el de la izquierda con aspecto de licenciarse en Económicas, el otro, sentado a la derecha, con barba, pelo largo y escribiendo esforzadamente con la mano siniestra.
No entendí demasiado, lo reconozco. Soy más visual que auditivo, y los constantes movimientos de cabeza del conferenciante, unidos a los de las manos, que atuzaban sus bigotes, recorrían sus labios, remarcaban las aletas de su nariz u ordenaban una y otra vez los folios desplegados sobre la mesa, me distraían tanto como una mosca a un gato. A pesar de estos momentos de felino extrañamiento, me quedé con eso de las creencias en las que nadie en realidad cree -Santa Claus, los Reyes Magos, la herradura portadora de suerte, la infalibilidad de nuestra democracia- pero que conforman una trama de secretos compartidos por toda la sociedad, alienándola en estructuras simbólicas alejadas del saber científico. Aunque en tren de quedarme con alguna cosa, me quedo también con sus citas cinematográficas y literarias, con sus vuelos rasantes sobre los dominios de Hitchcock o de Francis Ford Coppola (The Conversation) y esa frase de Samuel Beckett en la que el autor de Esperando a Godot aconsejaba: "lo mejor frente a un error es intentarlo nuevamente, para de esa manera volver a errar con más acierto".
Llego hasta aquí y miro hacia arriba: el post sobre mis salidas de esta semana se ha hecho larguísimo sin pasar del lunes y los probables lectores, si es que aún existen, se aburrirán por el camino. Tendré que contarles mi periplo semanal en más de un capítulo; puntata, que dicen mis ancestros.
¿Derrocho palabras? Aldo Busi, literato mediático italiano, me ha dicho ayer mismo, apoltronados ambos en los verdísimos jardines del Ateneo Barcelonés, que él nunca escribe ni escribirá en Internet; que sus divinas palabras no las regala jamás, sólo las vende por un buen montón de dinero. Y da como ejemplo su última intervención literaria: un mes entero en la versión italiana de Supervivientes le ha reportado casi medio millón de euros.
Si es que algunos somos tan ingenuos...

Ilustra retrato de Zizek, Veri(tas), por D/B.

viernes, abril 30, 2010

Un día como cualquier otro (a mi madre, ausente)

Doblaba la esquina de mi casa con el corazón en un puño y la respiración contenida, los deseos convertidos en un único miedo, mis pobres culpas inocentes transformadas en invocaciones mántricas que pretendían detener lo que al mismo tiempo suponía inexorable.
Imaginaba mi calle bloqueada por un puñado de ambulancias de color blanco fantasmal, grafiteadas con siglas incomprensibles y enormes cruces de colores; atravesada en todo su ancho de avenida importante -nada menos que la más larga del mundo, Rivadavia- por sangrantes camiones repletos de bomberos; atestada de curiosos que, sudando, enrojecidos por el esfuerzo, estiraban el cuello para traspasar los cordones policiales que les impedían el paso.
Se había convertido en una obsesión que no podía quitar de mi cabeza. Mientras volvía del colegio de curas para almorzar junto a mis padres, un segundo antes de doblar la esquina desde donde podía ver mi casa, imaginaba que nada más hacerlo algún vecino correría hacia mí con cara compungida, dispuesto a consolarme con abrazos de amigo al mismo tiempo que me comunicaba la brutal noticia. Mientras tanto su mujer, uniéndose a otras tan solidarias como ella, todas con actitudes igualmente graves, formarían un apretado coro de lloronas, torciendo la cabeza en señal de duelo frente a los restos humeantes de lo que había sido mi casa.
Solitario oficiante de un secreto ritual íntimo que repetía semana tras semana, de lunes a viernes y poco después del mediodía, todavía no me era dado comprender el porqué de aquellas catastróficas fantasías.
Yo pensaba que eran premonitorias, sin embargo la realidad nunca confirmó aquellos temores recurrentes y aungustiosos. Jamás lo siniestro se presentó en forma de incendio, derrumbe o terremoto. La sangre no corrió por las altas escaleras que comunicaban mi casa con la calle ni las llamas devoraron la falsa boiserie del salón donde imperaba, como un trono candente que nadie se atrevía a ocupar, la chimenea de mármol jaspeado, jamás encendida. Mi madre no pereció en una explosión de gas ni fue encontrada nunca bajo los escombros de aquella cocina estrecha con paredes de azulejos color verde nilo que tanto frecuentaba.

Todo lo deshizo el tiempo con su ritmo impasible. Segundo a segundo, sin necesidad de estruendos ni gritos; sin alarmas, sirenas, imprecaciones ruidosas o extravagantes alharacas. Sin descanso ni piedad.
Terca y silenciosamente, como acostumbra hacerlo.

Ilustra foto de Francesca Woodman

domingo, abril 11, 2010

fragilidad de celuloide (apuntes desde Lleida)

Llego tarde al cine. Son poco más de las doce del mediodía y afuera un potente sol de prima-verano llama a la playa, al sudor y las malas compañías, o, en todo caso, por falta de un cercano mar Mediterráneo, a un asiento cómodo en una terraza urbana cerca del río, con algún diario cualquiera para enterarse de cómo sigue el mundo y una bebida fría y sin alcohol servida en vaso grande, jamás a las oscuridades de una sala de cine y a una copia deficiente, infectada de ruidos y decoloraciones (la única, según me enteraré a la salida) de una película sobre la revolución mexicana de la que no tengo más información que el nombre: La soldadera (1966).
La protagonista, Lázara (la Biblia está muy presente en esta Mostra), es Silvia Viridiana Pinal (¿alguien sabe de quién estoy hablando?), aunque aquí está convertida en un personaje secundario del Marat-Sade de Peter Weiss según aquel psicótico montaje del inglés Peter Brook, con imposible superposición de trajes y sombreros, de cananas, fusiles, pollos semivivos y varias bolsas al hombro, sobrecargadas de estatuillas, trapos y deshechos. Por allí anda también una (aún) joven Chabela Vargas: dura, masculina; personaje de pocas palabras y muchas violencias. La película, magnífica en muchos aspectos, fue dirigida por un para mí desconocido Bolaños, que no es ese escritor chileno muerto hace algún tiempo en Cataluña, sino un otro Bolaños mexicano, José, de quien sus actuales compatriotas saben poco y dicen nada.

Entro porque acabo de salir, y no es un chiste. En el mismo edificio, con pocos metros de distancia entre una y otra sala, CaixaForum ofrece una espléndida muestra de Mucha, el diseñador y cartelista más famoso del Art Nouveau europeo. Si hubiera podido ver esta exposición a mis porteños diecinueve o veinte años, hubiera caído de rodillas, ya que me apasionaba el trabajo de este hombre al que sólo conocía por las reproducciones que aparecían en algunos libros y revistas importados de USA y Europa, siempre demasiado caros para nuestros bolsillos rioplatenses. (Deberíamos agradecer al señor Taschen por haber hecho el arte mucho más accesible)
Durante mi corta visita a la exposición Mucha me detengo especialmente en sus fotografías de personajes como Paul Gauguin -su retrato tocando el piano en calzoncillos es sublime- o la responsable del Frente de Liberación Femenina de Turquia en 1930(¡!). La ceremonia de inauguración de la Muestra de Cine Latinoamericano de Cataluña se hace por primera vez en el recién estrenado edificio de la Llotja*, un espacio compuesto por otros muchos más pequeños, todos ellos unidos por enormes pasillos, galerías, distribuidores. Mi asiento está justo detrás de los de Guillermo Toledo y el galardonado Ernesto Alterio, amigo de amigos, un ser sorprendentemente cercano, tierno y cariñoso. Antes de ubicarme tengo que pasar por el photocall junto a Sergio Espada, director del Museo Buñuel de Calanda. No habrá preguntas y respuestas, solamente un rápido posado fotográfico. A mí me divierte el paseíllo en plan estrella; a él, un hombre a quien no suelen asustar ni el surrealismo desbocado de don Luis ni el ruido atronador de los tambores de su tierra en fiestas, no le gusta absolutamente nada pasearse, y posar, frente a las cámaras que nos retratan.

Marisa Berenson aparece por el Festival coronada de estrellas. Dulce en sus maneras, elegante en sus actitudes, precisa en el atuendo para cada ocasión, algunos cuentan que ha exigido que las sábanas y toallas que usará en el hotel se estrenen para ella y luego se destruyan. Cuando nos cruzamos por primera vez le digo ¡Hola! sin agregar Marisa. Me ha salido espontáneamente, como si estuviera saludando a una vecina de escalera. Ella no lo sabe, pero yo y todos mis amigos de la adolescencia la admirábamos desde la platea de nuestro inolvidable cine Roca. Su frágil presencia asoma en al menos tres películas de culto: Barry Lindon, Cabaret, La muerte en Venecia. Confiesa 63 años. Podría decir 50 y para los que no conocen su historial sonaría creíble. La acompaña un señor rubio, alto y simpático que trabaja como doble de Clint Eastwood. Hombres y mujeres opinan que "está más bueno que el pan", ensombreciendo la presencia del hasta ahora modelo Joel West, el último Cristo cinematográfico, hijo de María Berenson, en ese indescriptible biopic litúrgico llamado El discípulo. En una escena de La soldadera, Lázara, una joven mujer de clase media convertida a su pesar en guerrillera, asiste conmovida, junto a un puñado de revolucionarios armados, a una función de cine al aire libre. Lo que al principio resultará jocoso y unos segundos después hipnótico, subyugador, terminará con el proyectista muerto y la pantalla "aterrada" por el mandamás de aquella compañía de desheredados sin rumbo, que no admite se escamotee ni un segundo de atención a su persona.
Lázara, que alguna vez tuvo una casa familiar y siempre ha soñado con poseer una propia, se acerca hasta el lienzo que hacía las veces de pantalla, lo recoge del suelo y busca entre sus pliegues esas imágenes que hasta un momento antes tenían movimiento y vida. No hay nada allí, por supuesto. Los seres que habitaban aquel rectángulo de luz se han desvanecido en el aire. La pobre mujer desconoce la mágica ilusión del cine tanto como la combustible fragilidad del celuloide, similar a la de su, nuestra, propia existencia.

*Proyecto y obra de Francine Houben - Mecanoo, Holanda.

sábado, marzo 27, 2010

memoria soñando

...anoche soñé con Guillermo A.
Iba con su inseparable peto de tirantes de denim azul, una camisa estrecha de manga corta con rayas de varios colores y un sombrero de paja pequeño que parecía salido del atrezzo de un musical de Broadway ambientado en el Caribe. Estaba exactamente igual que cuando yo llegué a Ibiza: flaco, desgarbado, algo patizambo, sin rastro de músculos. El alfeñique de Charles Atlas antes de convertirse en Mister Mundo. Pasó frente a mí mirando hacia adelante y ni siquiera se detuvo a saludarme. Igual no me vió, o tal vez no se permitió verme.
De fondo me pareció divisar el bar Pereyra con su frente en dos o tres colores y sus mesas y sillas de otra época: cutres, metálicas, incómodas. Parecía un telón pintado. En realidad resultaría arriesgado asegurar que no lo fuera.
Los últimos tiempos entre Guillermo y yo fueron difíciles. A medida que él iba convirtiéndose en el muñecote de los neumáticos Michelin en su versión oscura, la distancia entre nosotros crecía más y más, como si aquella inflada musculatura creara un accidentado espacio fronterizo dificultando el acceso a su persona.
Fue uno de los responsables de mi llegada a la mayor de las Pitiusas. Insistió en que lo visitara porque, a pesar del nutrido circo ibicenco de aquella época, se sentía solo, una situación que arrastró a través de muchos años sin pareja ni amantes estables y con escasos, muy pocos amigos; a lo sumo dos verdadera mente cercanos y ambos ubicados a gran distancia de su querida isla.
Tal vez fuera cierto que me necesitara como diseñador-serígrafo, sin embargo podría haber seguido con su negocio de bikinis y prendas semi artesanales de ante o gamuza sin ninguna necesidad de estamparlas con dibujos de mi autoría. Su local en la calle Mayor, la más comercial de Ibiza, era poco más que un estrecho y agobiante pasillo húmedo de paredes encaladas, con el único agregado de una mesa de cocina haciendo las veces de pequeño mostrador y alguna silla típica de madera clara y paja pintada con el brillante color naranja -aunque tal vez fuera violeta, su complementario- de la línea de esmaltes básicos de la marca Titán. En ella Guillermo, o su por entonces socia, Ana Q, se sentaban a esperar a sus adinerados clientes, casi todos alemanes y franceses ansiosos por mostrar sus cuerpos calcinados por el sol de España y apenas cubiertos por unas tiras mínimas de piel con diseño supuestamente ibicenco, "a la sans façon".
Vino a buscarme a Barcelona justo a tiempo para que yo no tomara un vuelo de regreso a Buenos Aires, estragado por la añoranza de esos cien barrios porteños de los que, cuando aún vivía allí, frecuentaba como mucho cuatro.
-¡No podés volverte a la Argentina sin pasar antes por Ibiza. No sabés lo que te estás perdiendo!Cuando estés de nuevo allá no te lo vas a perdonar. ¡No seas tonto! Tenés casa y comida por el tiempo que decidas quedarte, ¿qué perdés intentándolo?
Se lo agradeceré siempre, lo reconozco. Mientras yo me bañaba en el acogedor Mediterráneo, bailaba durante horas en las pistas al aire libre de Amnesia o desayunaba al sol y rodeado de gente preciosa en las terrazas del Montesol, del Maravillas o del bar Cristal de la galería Serra, Argentina pasaba uno de sus períodos más tristes y oscuros. No creo que yo hubiera podido sobrevivir a él como lo hice, si no hubiese aceptado aquella oportuna invitación de los amigos "ibicencos".




Con el paso de los años -algo más de una docena fueron los que compartimos en Ibiza- Guillermo logró convertirse en un santo menor; uno entre los muchos personajes icónicos de aquella superproducida, rutilante, fantasmal, imaginativa, fagocitadora Isla de la Fantasía. Atravesaba con paso pausado las calles del pueblo, siempre algo ausente, distraído por una cortedad de vista que alejaba al mundo exterior del suyo interno. Durante años lo acompañó su perro, un también pesado y torpe basset-hound de mirada lánguida y actitud calcada de la de su dueño: afectuosa, aunque sin llegar a ser jamás demasiado cercana. Alguna vez, todavía en Buenos Aires, Guillermo había sido bailarín de musicales, extra de cine, poco convincente actor de espectáculos infantiles. Aunque nunca perdió sus sueños de estrella, la fascinación por los aplausos, el escenario y las luces, lo verdaderamente suyo era el mar y la playa, la contemplación sin demasiadas espectativas de un horizonte que para él, debido a su extremada miopía, resultaba aún más distante e impreciso.
Nunca hablaba de su pasado y su familia; tampoco sus planes de futuro eran muy claros. Eso sí, siempre estuvo convencido, y lo decía cada vez que le daban la oportunidad de hacerlo, que hubiera preferido ser de raza negra. Se lo veía gozar plenamente, con la pasividad golosa de un bebé que se adormece al sentirse acariciar por las manos maternas, cuando, día tras día y durante todos los meses del año, iba superponiendo el moreno oscuro del bronceado playero a ese más suave, agrisado, que llevaba en la piel desde su nacimiento.
La última vez que nos encontramos no estuvo demasiado simpático ni especialmente acertado. Volvíamos a mi casa de Barcelona después de una revisión médica a la que me había pedido que lo acompañara. Sus deficiencias en los ojos se habían agudizado, y el médico, convencido de encontrarse frente a una madura pareja de hecho, decidió comunicarle, aunque dirigiéndose a mí, que ya no podría seguir yendo a la playa cada día y, sobre todo, que debería abandonar lo antes posible los anabolizantes y las prácticas halterofílicas.
-¡Qué estupidez!-me dijo apenas estuvimos en la calle-. Pienso cuidarme un poco más, pero no voy a dejar de hacer lo único que me interesa en la vida...¡Si yo me siento de puta madre! La otra tarde, cuando salía del entrenamiento, me esperaban R y P...¡pobres! Al día siguiente los compañeros del gimnasio me dijeron que si no fuera por el aspecto envejecido de mis amigos nadie me daría la edad que tengo.
Otro de esos amigos era yo, sin duda; un alfeñique desprovisto de musculatura que nada tenía que hacer junto a un descomunal y broncíneo Mister Universo, salvo aquello que estaba haciendo: llevarle las maletas.
Me enteré de su muerte en Ibiza dos años después de que sus cenizas fueran esparcidas por la isla.
No se si mucha otra gente lo recordará como yo lo recuerdo ahora mismo: joven, esperanzado, solitario, caminando por la playa de Es Cavallet con su torpe y enternecedor perro al lado.

Anoche soñé con él.
Pasaba frente a mí mirando hacia adelante y no se detuvo a saludarme. Igual no me vió...o tal vez ni siquiera se permitió verme.

miércoles, marzo 17, 2010

poetas y poetas

Si fuera catedrático, me digo, no necesitaría inventarme estas tonterías alrededor del diccionario. Recurriría a mi abundante saber enciclopédico y el texto quedaría inobjetablemente culto, a ser posible con citas de Zizek, Zoroastro o Zaratustra. Pero como no lo soy y la fecha de presentación de ayer por la tarde se me vino encima, acompañando con zafio empecinamiento a la gripe, las toses, el catarro, los malestares nocturnos, el dolor de cabeza -la mía es particularmente grande- y la sensación estúpida de que el tiempo huye y yo, por más que me agote en el esfuerzo, no logro ponerme a su ritmo, inventé a último momento este texto de presentación para la primera sesión de Poetas y Poetas, con Antonio Flórez, Goya Gutiérrez y Dolors Millat.
Hubiera agregado, con la humilde y sana intención de fanfarronear un poquito, que la escasa carilla y media está escrita en muy poco tiempo, pero esta mañana estuve en el desayuno-presentación de los Cuentos Completos (Alfaguara)del escritor argentino Fogwill, y él, un tipo simpático, comunicativo y amante de los golpes de efecto, confesó que su novela de más éxito, Los pichiciegos, la escribió en poco más de tres días. De las treinta y pico de personas que rodeábamos la mesa, una gran mayoría debe haber pensado:
¡Vaya superficialidad la de este argentino! No se ha matado nada.
Lo digo porque las caras siguieron siendo igual de inexpresivas que un momento antes de escuchar aquella confesión tan inusual como desenfadada.
Como ya se habrán percatado nada más empezar a leerme, todo este introito es para justificar la injustificable inclusión en este blog de un escrito destinado a otro espacio: el amplio y acristalado forum de la librería Bertrand de Barcelona. Allí lo leí ayer a pesar de mi disfónica afonía, sirviéndome de los micrófonos y la buena voluntad del medio centenar de asistentes al evento.
Tal vez fuera preferible no enterarse demasiado de lo que dije, pero testarudo que soy, aquí va esto:

Tambaleándome en el vértigo que suele producir todo aquello que no podemos o no queremos entender, perdido en la vastedad de un mundo en constante y acelerado cambio, ajeno a los metamorfoseantes resortes de mi embozado, juguetón, artero inconsciente, cada cierto tiempo me resulta ligeramente tranquilizador recurrir al diccionario, un espacio donde la verdad parece tener salvoconducto de rigurosa, estática, inamovible veracidad.
Visito sus páginas, ahora virtuales, para aclarar algunos términos de uso cotidiano;
palabras que utilizamos con total desparpajo creyendo en su sentido único, universal, absolutamente transferible, y a las que el uso cotidiano va agregando nuevos giros, superpuestos matices de significado que han ido convirtiéndolas, sutil y sibilinamente, en alguna otra cosa.
Si buscamos Poema, por ejemplo, nos encontraremos con dos acepciones bastante diferentes. La primera, nada inquietante, habla de una composición literaria del género poético, pero la segunda nos informa que puede ser también todo aquello que resulte ridículo, dramático o extraño. Para ejemplificarlo, se añade una frase tan deportiva como devastadora:
“Cuando su equipo iba perdiendo, la cara del entrenador era todo un poema”.
¿Y poesía? ¿Cómo define nuestro diccionario a la Poesía?
Ya me hubiera gustado que frente a mi consulta, convertido de improviso en un amoroso oráculo becqueriano, el libro gordo de nuestra lengua me contestara:
¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú.
No ha sucedido, por supuesto.
Para la palabra Poesía el diccionario tiene un puñado de entradas que van desde “manifestación de la belleza o del sentimiento estético a través de la palabra”, a “arte de componer obras que supongan una manifestación de este tipo” o “conjunto de características que producen un profundo sentimiento de belleza y armonía”.
En el extremo opuesto, la definición de Poeta es, de tan escueta, deslumbrantemente lapidaria:
“Autor de versos o de obras poéticas, en especial si está dotado para ello”.
Una nota al pie nos aclara que si bien su femenino es poetisa, se usa poeta como sustantivo de género común, o sea: El poeta, La poeta.
Nunca me ha gustado la palabra poetisa. Aunque me expliquen sus válidas raíces idiomáticas, suena a reducción, a inferioridad, a minusvalía intelectual.
Por eso este pequeño ciclo de lecturas poéticas por sus propios autores se llama de la forma en que se llama, Poetas y Poetas, dejando clara la pluralidad de su contenido sin incidir en lo que, poéticamente hablando, importa menos.

Fotografía de Kertesz, retrato de Fogwill por Bertini.

viernes, febrero 19, 2010

diamantes y cenizas


Mientras J. y R. lacanean en el salón de casa, yo intento organizar alguna comida rápida para cuando decidan acabar con sus topologías psicológicas. Compro una docena de empanadas argentinas en el Delicatessen de Plaza Letamendi y pierdo algún tiempo más mirando serigrafías numeradas de Saura, Tápies y Alechinsky en la galería de arte Barcelona, a unos pasos del pequeño local de productos argentinos. La tarde está lluviosa, nada fría, tranquila, y yo, sin paraguas pero con gorra de visera, me pregunto si alguna vez, cuando era un pibe porteño que flaneaba por aquella ciudad lejana que nunca dormía, me habré imaginado en esta situación de primer mundo europeo, donde se mezclan las comidas que alguna vez fueron típicas con la obra de artistas que rara vez estaban  al alcance de nuestros ojos.
Soy el único que se pasea por la galería. Detrás de un alto mostrador presidido por un jarrón de cristal con liliums blancos, dos mujeres de unos cuarenta años, una rubia, la otra morena, clavan su mirada en los ordenadores que tienen delante.
Pregunto el precio de la, según me dicen, última obra gráfica de Antonio Saura: un entrecruzamiento de sus habituales líneas sueltas, siempre hábilmente sostenidas por una lacónica y austera contención castellana, con el aflamencado ritmo de los faralaes sureños.
Como era previsible, el dinero que llevo en los bolsillos no me alcanza ni para comprar el marco.
Balmes sigue en obras. Tendremos aceras más anchas con jóvenes tilos y bancos de madera. También paradas de autobús protegidas de las inclemencias del tiempo. Las dos que han puesto hace escasas tres semanas, lucen ya sobre sus cristales los estúpidos grafismos de algún  vándalo poco imaginativo con pretensiones de inmortalidad. Suelen garabatear torpemente con unas pinturas corrosivas que no permiten la recuperación de la superficie sobre las que las depositan, sea esta cristal, mármol o plástico. ¿Un fenómeno actual? No lo creo. Siempre los niños quisieron escribir en las paredes, la única diferencia es que ahora los adultos ya no se atreven a a reprimirlos.
-¿Y si fuera una nueva forma de arte?
-¿Y si quedáramos como paletos?
-¿Y si no nos votaran en las próximas elecciones?
Otros de esos inmaduros, supongo que para economizar pintura, ocupan su tiempo rayando con cualquier objeto afilado todo lo cristalino que encuentran a su paso. Al ritmo que van, en unos años sólo podremos ver lo que ofrecen las tiendas metiéndonos en ellas.
Leía ayer en un diario barcelonés que el ayuntamiento se gastará cuatro millones y medio de euros en repintar una tercera parte de los postes de la ciudad. Han descubierto que la pintura que usaban no era la adecuada para repeler la acción constante de todos los presuntos artistas gestuales espontáneos, esos que prefieren el muro al lienzo, los postes de alumbrado al papel hecho a mano, la destrucción paulatina de los bienes comunes al uso relajado y maduro de medios de expresión menos devastadores.
Vuelvo a casa con las empanadas y un Napoleón de plomo pintado a mano que compré por un euro en un quiosco de revistas. Imagino un ejército de cuatro millones y medio de pequeños napoleones limpiando todo lo que hiciera falta.
Es mejor que prepare la mesa para los lacanianos. Un momento antes de terminar con mi faena, suena el teléfono. El rectangulito confidente del aparato fijo anuncia un llamado desde Argentina. Es la hermana de J. con malas noticias: un pariente cercano muy querido está al borde de la muerte. Médico prestigioso, director de uno de los hospitales más importantes de Buenos Aires, es además y sobre todo un hombre bueno a la manera machadiana. Hace muchos años, en un viaje de cien  kilómetros a la provincia de Buenos Aires, supo ajustarle con sabias y sencillas palabras algunos tornillos bailones al jovencito melancólico que viajaba con él.
Desde la distancia física, al borde mismo de otra que será insalvable, este hombre que ahora soy quisiera darle las gracias por todo lo que aquel joven problematizado que fuí no supo agradecer en su momento.

Fotografía de Philippe Halsman

martes, febrero 16, 2010

las Salvajes Mimosas

A principios de los años noventa del siglo pasado (¡!) decidí abandonar Ibiza para radicarme en la más que cercana ciudad de Barcelona. Después de una década de residencia isleña, los muchos amigos que habían muerto allí estaban pesando demasiado en mi memoria: comenzaba a confundir sus fantasmales presencias con la de algunos recién llegados que repetían, con sus rasgos físicos o simplemente por una forma especial de moverse por la vida, las características personales de aquellos que yo había supuesto irremplazables. Hasta el día de hoy no logro saber si el dolor se acrecentaba por la constatación de este error inocente o por la evidencia de que el inexorable recambio vital sólo nos dolía a los afectivamente implicados.
Me había adjudicado un largo año sabático. Necesitaba ese tiempo para acostumbrarme a vivir en una ciudad que, si bien pequeña y provincial, tenía un ritmo diferente al siempre más aletargado y pasotista de las islas Pitiusas. Partí de Ibiza con el corazón roto. Suponía que allí se quedaba mi auténtica juventud, los años dorados de mi vida.
Durante meses vivimos en un gran piso del Ensanche que habíamos alquilado vacío y en el que no entró la televisión durante casi un año. Las horas se hacían largas: teníamos pocos amigos y, tal cual lo habíamos planeado, ningún trabajo fuera de casa. Un buen día, a raíz de un anuncio en un pet-shop del barrio pidiendo un gato guapo y bondadoso para una gatita en celo, conocí a Hella W, una alemana rubia, simpática y amante de los animales que compartía vivienda con tres gatos y su hija pequeña, tan clara y comunicativa como ella. Una de las primeras veces que visite su apartamento vi que tenía detrás de la puerta un pequeño procesador de textos (no creo que se pudiera llamar a ese rudimentario artefacto ordenador o personal computer) de la marca Amstrad. Pensaba tirarlo, me dijo, entonces yo, que nunca había tenido algo parecido a mano, me lo llevé muy contento a casa.
Fué así, guiado por un modelo de carta comercial insertado en el aparato, que empecé a escribir sin siquiera sospechar que lo estaba haciendo, mi primera novela. A partir de las treinta o cuarenta carillas apareció la necesidad de un título. Era incapaz de ponerle alguno, pero una noche soñé con uno de aquellos amigos ibicencos muertos trayéndome dos pequeñas cajas de zapatos, una en cada mano.
"Son un regalo para tí", me dijo. "Trátalos con cuidado:  los de una caja son salvajes y los de la otra son mimosos". Levanté las dos tapas a un tiempo y dentro de las cajas de cartón encontré dos puñados de pequenísimos gatitos recién nacidos. El juego de palabras fue posterior: me gustaba que aparecieran por allí el aroma y el color de las mimosas, una de mis acacias predilectas.
Siempre me pregunto cómo me atreví a presentar ese primer libro a un premio literario con la enjundia de La sonrisa vertical, sin embargo en aquel momento lo hice sin preguntarme demasiado. Mi novela era abiertamente erótica, y si de alguna escondida manera fantaseaba conque fuera publicada, el único lugar posible era la conocida colección de las tapas color rosa bombón.
Fue una ayuda ganar el primer premio de cien mil pesetas otorgado por un jurado de Palamós al ganador, yo mismo, del concurso para el cartel publicitario de las fiestas carnavalescas del año noventa y dos. Decidí que ese dinero inesperado debía invertirlo en el libro que escribía. Llegaba el verano y con él las vacaciones, pero yo no quería abandonar la escritura de la novela durante todo un mes, ya que conocía mi habitual propensión al abandono inacabado de las cosas. Creo que un dibujo puede soportar, e inclusive ganar, si no intentamos "acabar con él" agregándole trazos;  por el contrario, una novela necesita una conclusión, un final, un remate de algún tipo.
Alquilé un bungalow -así llamaban sus dueños a un chalet de dos plantas con jardín al frente- en una urbanización de Playa de Aro, a escasos trescientos metros de la playa. Como no tenía patente de escritor se hacía necesario cumplimentar los supuestos requisitos producidos por mis fantasías de cinéfilo en torno a esta profesión tan cinematográfica. No fumaba en pipa -en realidad había dejado de fumar absolutamente todo al abandonar Ibiza- y el alcohol no figuraba entre mis debilidades, así que debía construírme un personaje de escritor saludable, con poca resaca y abundancia de sol y playa. A falta de un gran perro lanudo tenía a mis dos gatos, Nicolás y Coquito; a cambio de un descapotable rojo o negro, un viejo Renault 5 color verde musgo. En aquel mes terminé mi novela y al regresar de las vacaciones me acerqué temeroso hasta la antigua sede de Tusquets, desconocida para mí hasta ese momento. Atravesé el pequeño jardín delantero y empujé la puerta de entrada. No temo a los perros, sino hubiera salido corriendo ante la presencia de aquel mastín negro de gran tamaño -si la memoria no me falla se llamaba Pancho- que salió a mi encuentro. Antes de que apareciera Rosa María, la por entonces secretaria administrativa de la editorial, el imponente Pancho y yo ya éramos amigos.
Me olvidé del premio hasta que un día cualquiera, paseando por las Ramblas, vi ramos de mimosas frescas en los puestos de flores. Telefoneé a la editorial y otra vez fue Rosa María la que atendió mi llamado. Me comunicó que de haber sido elegido finalista ya me habrían avisado por teléfono.
"Lo siento mucho", dijo, y cuando iba a colgar me preguntó el nombre de mi novela para poder devolvérmela por correo.
"Salvajes mimosas", contesté yo.
"¡Hombre! ¿Eres tú? ¡No has dejado nada más que un seudónimo! ¿Cómo podíamos encontrarte? Ponte contento: tu novela está entre las finalistas."
Lo demás fue como un sueño que tal vez merezca una segunda parte. Quizás cuando haya pasado este frío, lluvioso, triste y ajeno carnaval que aventó el aluvión de recuerdos hasta quedarse con los más amables, decida contarlo. 

domingo, enero 31, 2010

Naturaleza Impermanente

En mi casa hay una mesa algo especial.
No lo es por el tamaño, ya que, sentadas, apenas caben cinco personas
De un art deco tardío en madera de roble oscuro, tampoco me atrevería a llamarla una mesa de estilo... aunque lo tiene.
La salvé de unos dueños insensibles que pensaban arrojarla a un container rebosante de escombros.
Desde ese momento es una mesa en constante mutación. Impermanente. Cambia según los días, los humores y las apetencias de los habitantes de la casa.
Igual que estos, depende también de las estaciones, de la economía, del mercado, de los ¿caprichosos? productos estacionales de todo aquello que llamamos naturaleza.
No es sólo la mesa en la que comemos cuando hay invitados en la casa. Es también el escaparate donde, casi sin darme cuenta, expongo de forma habitual mis estados de ánimo.

Todas las fotografías son de Dante Bertini (2008-2009).

Posdata: por si a alguien le interesa -a mí, lo reconozco, me causó muchísimo placer- podéis leer (y oír) aquí al lado, en el link de José Manuel Contreras y su Rincón Literario, el comentario que ha hecho de mi web y mis blogs en su programa de la Cadena Ser.

sábado, diciembre 12, 2009

¡Rayos y Centelles!


Quizás porque esta cuestión de los derechos suele torcer demasiado las cosas, la venta de los archivos del fotógrafo valenciano Agustí Centelles al gobierno central español ha producido un desagradable escozor en los medios políticos e "intelectuales" de Cataluña. A pesar de que la transacción fue realizada por los más que adultos hijos y herederos del fotógrafo, convencidos de que estaban haciendo lo más conveniente para la difusión y cuidado de la obra paterna, la ministra González Sindes, una mujer poco hábil para la oratoria y con riesgosa propensión al exceso en lo concerniente a sus hábitos, está siendo acribillada a improperios como responsable del asunto. Si hasta ese auténtico Pilar de la democracia apellidado Rahola se atrevió a decir que la otrora cinematográfica ministra es una mujer vengativa que goza con haberles arrebatado esta propiedad a sus dueños catalanes.
Supongo que el supuesto hurto va a producir, al menos entre los que se arrogan la voz y el pensamiento de las mayorías silenciosas, aún más desafección, ese sentimiento tan en boga que el diccionario explica como falta de afecto o desapego, pero también como abierta oposición a alguna cosa, sobre todo si de un régimen político se trata.
Muy mal asunto, ya que si mezclar los sentimientos con la política es muy riesgoso, mezcarlos con los políticos puede ser directamente criminal.
Lo digo por experiencia propia. Al volver de mi corto vuelo por París encontré toda Barcelona engalanada, un intento válido de convertir esta ciudad siempre algo oscura en una de parecida luminosidad a la que me había acogido durante toda la semana anterior. Lástima que en la mayor parte de los casos las bombillas de colores barcelonesas iluminen calles destrozadas por obras que nunca se acaban, un creciente desorden visual y muchísima mugre.
Despreocupándose de todo esto, los responsables del actual ayuntamiento, además de cuadruplicar el número de bombillas, acometieron otros cambios substanciales en la decoración callejera. Este año, supongo que para no herir la sensibilidad de los marginados habituales, se ha optado por eliminar de los arreglos navideños toda alusión a las tradiciones cristianas. Ni ángeles, ni pesebres, ni estrellas guía con larga cola incorporada. Sólo formas que aluden de forma más o menos abstracta a los paquetitos de regalo de las grandes tiendas. Las tradiciones navideñas se ven convertidas finalmente en lo que vienen siendo desde hace un buen montón de años: una feria más para el consumo donde no se menosprecian razas, nacionalidades o creencias... salvo en el caso de las excepciones, que, según decían los antiguos, confirman las reglas. Me parece oírlos:
-Si usted está dispuesto a gastar su dinero, nosotros lo atiborraremos de buenos deseos luminosos en casi cualquier lengua, salvo alguna que, aunque mayoritaria, no resulte digna de nuestros afectos.
Muy mala cosa esta de la desafección, porque resulta que ese idioma ahora despreciado es para los que lo hablamos de forma habitual tan materno como cualquiera de los otros pretendidamente defendidos, y según se sabe por desgraciadas experiencias anteriores, la desafección que causa este tipo de discriminación suele alimentar desuniones, enfrentamientos, guerras.
Aquí pongo el freno y pido disculpas: estamos en vísperas de fiestas y por tanto yo debería mostrar un perfil menos depresivo y crítico, más cercano al Frank Capra de ¡Qué bello es vivir! que a un aforismo cualquiera del amargo Cioran.


Trataré de enmendarlo en un próximo post, aunque en este mismo momento se haga difícil pensar en renos simpáticos y gorditos bonachones. Las calles, reconózcanlo, no ayudan demasiado. Sobre todo durante el día, cuando las lucecitas de colores aún no relumbran. Miren si no la cara tristona del maniquí de Zara y la publicidad vegana del centro comercial L'Illa de la avenida Diagonal.
Al menos yo, este año no pienso comer ni una pizca de pavo. Estoy dispuesto a llevar adelante este propósito bajo juramento...y hacerlo en el idioma que las autoridades competentes tengan a bien permitirme usar.





Posdata: esta semana Cafè Central cumplía veinte años de existencia poética y decidió festejarlo con una fiesta en el Horiginal de la calle Ferlandina, frente al blanquísimo MACBA. Fuimos muchos más de cien los que gozamos de cariñosos encuentros, lectura de textos y poemas, auténtica magia literaria, coca de llardons, fuet y cava. Volví a casa muy contento con el precioso libro que Antoni Clapés y Víctor Sunyol editaron para celebrar este aniversario. En sus páginas 57 y 58 aparece el poema que escribí un tórrido día del último agosto en Caldetes: Playa al mediodía.
(En la foto de Bertini: Víctor Sunyol y Antoni Clapés)

viernes, octubre 02, 2009

¡Te tengo, tango!


"Tango, tango, sólo se que al evocarte se me pianta un lagrimón..."
No es mi caso, lo juro. Me gusta el buen tango -y en este casillero incluyo a todo el tango que me gusta, por supuesto- sin embargo no suelo llorar cada vez que escucho Volver, La cumparsita, Maquillaje o la Milonga Triste de Homero Manzi.
Alguien dijo alguna vez que el tango es un pensamiento triste que se baila. Algún otro -vaya a saber por qué razón, más resentido- que era el lamento de un cornudo. Puede que sea así, aunque deberán reconocer que hay pocos cornudos en el mundo con tanta capacidad poética como la que despliegan los grandes letristas del tango:
Ya sé, no me digás, tenés razón: la vida es una herida absurda;
Y estas notas que nacieron por tu amor, al final son un silicio que abre heridas de una historia;
Sur, paredón y después, sur, una luz de almacén, ya nunca te veré como te viera, recostado en la vidriera y esperándome;
Fuí un gil porque creí que me inventé el amor, un gil que alzó un tomate y lo creyo una flor;
Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando, su boca que era mía ya no me besa más;
Por eso en tu total fracaso de vivir, ni el tiro del final te va a salir;
He llegado hasta tu casa, yo no sé cómo he podido, al llegar hasta el umbral, un candado de dolor me detuvo el corazón;
Venías por el sendero, delantal y trenzas sueltas, castigo me dió tu mano pero más me dió tu ausencia;
Vuelvo vencido a la casita de mis viejos, cada cosa es un recuerdo que se agita en mi memoria: los veinte abriles me llevaron lejos, locuras juveniles, la falta de consejo...

No creo que haga falta seguir. Son frases de tango que llevo prendidas a mi memoria desde que era un pibe rockero al que no le gustaba para nada el tango. El tango es pura ideología, desde ya. Y no precisamente optimista. Abandono, decepción, miseria, engaño, deslealtad, amores imposibles, enfermedad, tristeza. Los condimentos que nunca faltan en la mesa de un pobre. Si no tienen algún disco de tango en casa, pasen un rato por You Tube o visiten Todo Tango y presten atención a las letras. Entenderán mejor de qué estamos hechos muchos argentinos... y también por qué los anglosajones nos vendieron con tanta facilidad un cielo lejano, irisado y con diamantes.
Jorge Luis Borges aseguraba aborrecer el tango canción. Le parecía que la inclusión de la letra cantada había destruído la esencia más pura del tango. Ironías del destino, burlas del tiempo que siempre acaba por modelarnos a su antojo, casi al final de su vida el mismo Borges permitió que compositores jóvenes pusieran música a varios de sus poemas e inclusive llegó a escribir alguno especialmente para ser cantado.
Al final todos somos Edipo: pretendiendo escapar del augurio siniestro, terminamos cayendo en él de la forma más ciega.

Ayer los Hombres Sabios de la Unesco han declarado al tango Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, y Liliana Sáez, de Kinéphilos, dedicó un post a esa noticia. Para ilustrarla usó a los deslumbrantes hermanos Macana, y yo, que no los conocía, caí como un chorlito en la trampa de su fascinante desparpajo.
Así, entre hombres, se bailó el tango en sus principios, cuando ni siquiera las putas extranjeras, más sabias en la danza cuerpo a cuerpo, habían llegado al tan aleonado como poco feroz Río de la Plata.

Posdata: coincidiendo con este reconocimiento de la Unesco, un libro barcelonés con mi pequeña, mínima, aportación al tango. En amorimás (pulsar), mi otro blog, aquí al lado.

Posdata 2: ha muerto Mercedes, la negra, Sosa.
Un adiós sin palabras, o, aún mejor, a través de su voz.




Y aquí, con imágenes de mi amigo Maxime Ruiz:

domingo, agosto 16, 2009

¿erotismo o pornografía?


-¿Cuál sería para usted la diferencia entre erotismo y pornografía?

En muchas ocasiones la pregunta estuvo dirigida a mí, un tipo sin antecedentes literarios que había ganado de forma absolutamente inesperada el Premio de Novela Erótica La Sonrisa Vertical de editorial Tusquets. Debo decir que el primer sorprendido por aquel premio fuí yo, aunque enseguida se unieron a esa primera sorpresa personal una larga lista de escritores "profesionales", todos ellos algo heridos en vaya a saber qué lugar de su geografía por mi incalificable intrusismo.
Un compatriota tan antipático como pedante llegó a decirme: "Todos nos preguntamos de dónde habías salido".
"¿De mi casa?", dije yo, sin preguntarle a qué colectivo estaba él representando. Si todo esto hubiera sucedido entre dentistas, seguramente yo estaría empastando muelas a los leones de algún zológico africano. Como no fue así, durante varios meses me convertí en un objetivo periodístico de relativo interés. A medio camino entre la cultura y el escándalo, mi libro y yo cubríamos por igual las necesidades de los suplementos culturales ilustrados y no resultábamos desdeñables para las revistas de tirada masiva con chicas semivestidas ilustrando la cubierta. Tal vez porque muchos de los periodistas profesionales que me entrevistaban habían leído de la novela poco más que el título, la que inicia este post fue la pregunta que más veces me han hecho durante mi particular, bastante extendido, reinado literario. En este sentido tuve más suerte que muchas misses. El año siguiente al de mi premio la editorial decidió dejarlo desierto aduciendo falta de calidad en los originales presentados y yo continué siendo Mr. Novela Erótica durante 365 días más. A través de muchas entrevistas he llegado a comprobar que los que se interesan por las diferencias entre erotismo y pornografía dan siempre por seguro que estas diferencias existen y nunca dejan en buena posición a la segunda nominada.
La cuestión ya no era demasiado original en los noventa, pero aunque pasaron más de quince años, cada vez que acudo a alguna cita con los medios en la que sale a relucir mi pasado sonriente y verticalista, la preguntita surge nuevamente, como si del acierto de mi respuesta dependiera el futuro sexual de toda la humanidad. Contesté alguna vez que la pornografía era el erotismo sobre un jergón de paja, y no había en mi respuesta ningún doble sentido. Ahora que he tenido tiempo suficiente para pensarlo con más distancia y menos acaloramiento, diría que se llama pornográfico a aquello que muchos desearían hacer si tuvieran las posibibilidades y las proporciones necesarias para hacerlo.
El sexo es siempre una representación; de no serlo es, o sería, un completo aburrimiento. Aterradora posibilidad, máxime cuando se trata de presentarlo en público y cobrando por ello. ¿O acaso es divertido ver aparearse a una pareja cualquiera de animales, repitiendo una y otra vez la misma, o muy similar, ceremonia procreativa? ¿Quién puede dudar que la mayor o menor satisfacción de un encuentro sexual depende en gran medida de la imaginación, inteligencia y entrega de los participantes? Doy por sentado que no hablamos de amor, sino del sexo como un deporte divertido entre dos -o más- personas que desean practicarlo. Entonces, ¿por qué todos aquellos que encuentran la pornografía menospreciable no encuentran también menospreciable un partido de fútbol, una carrera de obstáculos, un concurso de halterofilia o una maratón multitudinaria? La gente no suele pelearse por la posesión de una pelota ni corre de manera desaforada y pasándose testigos en su, ya bastante trajinada, vida cotidiana. Tampoco, salvo que se trate de un muchachote vasco, levanta semejantes pesos por el simple placer de levantarlos, ¿por qué asombra entonces la representación pública del sexo si no deja de ser algo más de lo que todos hacemos, o deseamos hacer, en los ámbitos privados de nuestra vida cotidiana? Tal vez sólo se trate de envidia, un pecado tan capital como el de la lujuria. Deberíamos tomarlo con mayor sabiduría: muchos de nosotros tampoco podemos correr como un campeón olímpico para alcanzar el autobús que se nos escapa, ni tenemos la gracia, la elegancia y la precisión que le sobra a un as de la natación cuando nos arrojamos, escondiendo la panza y sacando pecho, a la piscina climatizada de nuestro club.

(Dedicado a Lokita, que ha cumplido tres años durante este tórrido verano.)