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martes, septiembre 14, 2010

+ parole, palabras, words...


Cuando tenemos la fortuna de vivir momentos especiales -una fortuna que depende en gran medida de nuestra capacidad para provocarlos- no nos basta con archivar esos momentos en la memoria, siempre olvidadiza, tan frágil y perecedera como nosotros mismos.
Por esto tal vez necesitamos almacenar pruebas; no vaya a ser que con el tiempo los olvidemos, desaparezcan con nosotros o simplemente nadie crea que los hemos vivido.
De allí la proliferación de esos negocios que inventan y venden cientos de objetos inútiles a los que mal llaman souvenirs; estúpidos y ajenos recuerdos para los que son incapaces de crear algunos propios.
Volver de París con una torre Eiffel de plástico en miniatura, es como ir a un banquete palaciego y probar solamente el sabor de los palillos escarbadientes. Si la he observado bien, minuciosa y sensiblemenet, si me he paseado un buen rato bajo sus férreas estructuras, ¿de qué puede servirme la patética réplica enanizada?
Cuando se trata de compartir emociones con aquellos que no nos han acompañado, un boleto cualquiera de metro unido a una anécdota interesante, la narración emocionada de un hecho que nos ha impresionado de forma especial o la descripción de una fugaz visión deslumbradora, serviría para transmitir al menos algo de la experiencia vivida a todos los que no hicieron el viaje con nosotros. Y si no se nos dan bien las palabras o las emociones vividas nos han dejado absolutamente vacíos de ellas, las máquinas fotográficas siempre pueden ayudarnos en nuestros safaris incruentos en pos de inmarcesibles, digitales recuerdos. Basta disparar apuntando bien a nuestro objetivo -más de una vez si no confiamos demasiado en nuestra puntería- y podremos volver a casa con la mochila llena de estupendas muestras de nuestra exitosa cacería.



Como mi alma viaja más lentamente que los aviones de Aerolíneas Argentinas, camino por los alrededores de la casa que habito tratando de reencontrar mi vida bonaerense en la ya otoñal, lluviosa Barcelona.
No hay ningún florista en la esquina fabricando sus ramos multicolores de cada mañana: con la concentrada parsimonia de un artesano minucioso, con la atención suficiente como para levantar la cabeza y lanzarte un saludo acompañado de una leve sonrisa cuando pasas a su lado. En el fragmento de Ensanche que habito hay, eso sí, varias panaderías, pero en ninguna te ofrecen pebetes integrales, suculentos sandwiches de miga ni crujientes galletas de campo. Existen también varios comercios atendidos por familias chinas, pero no se dedican a lavarte la ropa sucia en pocas horas, ofreciéndote además un rociado superficial con un evanescente perfume de rosas. Hay que cambiar el chip, dicen algunos. Estoy en ello, pero mientras tanto me faltan, extraño, un buen puñado de cosas bastante menos anecdóticas, aunque aún no es tiempo para hablar de ellas. Necesito ordenar mis archivos, desarreglados y revueltos por las turbulencias del cruce atlántico.



Mientras tanto, Buenos Aires ha pasado a ocupar otro cajón distinto al que ocupaba hasta ahora en mi memoria; menos caótico, abigarrado y confuso, más ordenado y cercano.
Cuando te enfrentas a tus fantasmas y los vences -o al menos puedes pactar una tregua con ellos- sientes de forma muy clara que eran solamente, ¡y no es poco!, fantasmas de otros tiempos. Entonces, vaya magia inconsciente, se te aligera el pensamiento y el corazón puede permitirse sentimientos nuevos.
Dan ganas de cantar, bailar, abrazar al mundo.
Sin embargo no lo hago. Educado, prudente, juicioso, prefiero sentarme frente al ordenador y escribir este post para los amigos que no viajaron conmigo. Espero que este paisaje aquietado y doméstico no me haya hecho recobrar esa estúpida somnolencia que muchas veces confundimos con cordura.


A propósito: ¿alguien me podría decir si cordura, cordel, cordón, tienen la misma raíz etimológica?


Mi retrato, "dos pavas", por Diana Goldman. Todas las demás fotos (cartel callejero, el bulín de Baires, dos Tigres, Puerto Madero al mediodía) son de Dante Bertini.

viernes, septiembre 10, 2010

de Palermo a l'Eixample: por la vuelta




Llegué a las modernas y bien cuidadas instalaciones del aeropuerto de Barcelona a las 17.45 de ayer, después de un vuelo atroz de casi trece horas. Matizo mi calificación de atroz. Resulta serlo que metan a tantas personas en un lugar tan pequeño y, como si esto fuera poco, te muestren con absoluto desparpajo que gastando unos cuantos miles más puedes viajar como en realidad debería viajar todo el mundo: cómoda y relajadamente.
¿No sería preferible no enterarse? ¿No resultaría menos agresivo que los pobres -no tanto desde ya, teniendo en cuenta que mi pasaje me costó casi 2000 euros- no tuviéramos que pasar por la clase preferente -espaciosa, despejada, mejor mantenida- para hundirnos después en ese otro ámbito de ocho asientos por fila, pasillos donde solamente puede pasar, de estricto semiperfil, una persona por vez y cuartos de baño escasos y no demasiado higiénicos?
¿No temen un motín a bordo? ¿Trabajan acaso para las empresas farmacéuticas, fabricantes y expendedoras de calmantes/dopantes/ansiolíticos?
Desde hace mucho tiempo sostengo que los viajes se han convertido en evacuaciones forzosas en las que el único placer consiste en saberse sano y salvo al final de ellas y donde todos los preparativos previos hasta el ingreso al medio que va a transportarnos, incluyendo manoseos psicofísicos de todo tipo, están perpetrados para que no pensemos en que vamos a volar durante varias horas hacinados como pollos o cerdos rumbo al matadero, y que la seguridad tan asegurada, sólo la pone algún Ser Supremo contratado al efecto.
Varias horas después de mi llegada todavía no he tomado una ducha para sacarme todo ese mal rollo de encima. Temo que al hacerlo me quite también la piel porteña, compañera inseparable de estos dos pasados meses. Tierna, sensible, rejuvenecida, transparente, me ha permitido respirar los viejos aires nuevos de la fascinante Argentina. Volví a ella después de diecisiete años -tengo sobrinos mucho menores que la edad de mi ausencia- sin frentes marchitas ni canas en la sien. Algunos dirán que miento. Me conocen de cerca y saben muy bien que de todo ese maquillaje tanguero hay bastante en mi exterior. Sin embargo yo puedo asegurarles que no hubo ni un rastro de envejecimiento en mi espíritu otro, viajero desconocido hasta para mí mismo, el actual escribiente. Argentina me recibió, como una buena y cariñosa Patria Madre, con una espléndida noticia: la aprobación de la ley igualitaria que permite el casamiento entre personas del mismo sexo. Para corroborar su buena leche, me despidió con otra igual de importante: los vecinos ganaron el pleito que no permitía al intendente Macri convertir el precioso parque de Avenida Las Heras en un aparcamiento subterráneo. Las vallas que anunciaban con absoluto e insensible descaro la próxima destrucción del frondoso lugar, fueron quitadas unos días antes de mi partida y de inmediato la gente volvió a pasear sus perros, sus periódicos, sus libros o simplemente su relajada soledad, bajo lo árboles reverdecidos por la cercana primavera.
Todavía no es tiempo de balances. Necesito dormir más, aclimatarme.
Mi primer encuentro fue con Jorge, compañero leal, infatigable. Mi primera salida fue para devolver las llaves del piso Soho-palermitano donde pasé los últimos dos meses; casi una excusa para charlar con una pródiga e inteligente amiga.
De camino hacia su casa atravesé el pasaje Mercader. Donde antes había un pequeño jardín con gatos, palmeras y plantas diversas, algunas de flor, manos oficiosas han dejado solamente un olivo y tres o cuatro cycas. Previsores, como para ahuyentar también a las hormigas, los hacedores del reordenamiento paisajístico han tapizado el suelo con una moqueta de plástico que imita al antiguo y desaparecido césped.
Espero que los pobres gatos, alimentados por los clientes de la cercana clínica psiquiátrica, hayan podido huir a tiempo.


En mi mismo vuelo, en mi misma clase, viajaba Pascual Maragall, el antiguo alcalde de Barcelona. Tiene a su hija Airy en Buenos Aires, casada con un arquitecto argentino. Si lo acompañaban guardias de seguridad deben ser muy profesionales: parecía ir solo. Lo descubrí cuando estaba en el corralito que armaron los responsables del aeropuerto de Buenos Aires para desahogo de fumadores empedernidos. Dejo constancia con una foto algo movida, tomada con los nervios del viaje, con el cansancio de la espera.



Todas las fotos (autorretrato en vuelo, aeropuertos, Federico me quiere en casa) son de Dante Bertini.

viernes, septiembre 03, 2010

el mareo, los días, el adiós



Compro flores en el pequeño quiosco de la esquina; dentífrico, bebidas, tarjetas telefónicas, chocolates o analgésicos en el maxiquiosco que está justo enfrente del edificio donde vivo; buenos fiambres, quesos, pan árabe, alguna mermelada y miel en el almacén de la calle Thames con Güemes; pan, tartas y facturas en varias de las panaderías de la zona. Mi ropa sucia la lava una familia china que, cuando voy a buscarla, me ofrece rociarla con perfume de rosas. Todos los despachantes me saludan como si me conocieran desde siempre y algunos hasta aconsejan masajes y ungüentos cuando me ven renguear ligeramente a causa de un movimiento desafortunado que pretendía, y logró, evitar una caída en plena calle. Las aceras de Buenos Aires obligan a caminar con la mirada baja, la testuz inclinada hacia las desparejas, muchas veces ausentes baldosas.
Me pregunto si está sera una manera encubierta, sumamente retorcida, de tener a los porteños, tan afectos a la crítica rebelde, ocupados en cuidar el paso como si fueran secundarios de la Metrópolis de Fritz Lang o esforzados soldados rasos en formación y no simples ciudadanos de una gran urbe populosa y vibrante. Reconozco que por momentos resulta una empresa difícil -casi imposible para los que somos visitantes eventuales- pasearse con relajada despreocupación si al mismo tiempo estás esquivando baches de distinta calaña y contenido, sobre todo porque las calles están llenas de hallazgos sorprendentes, dignos de ser mirados con cercanía y de frente, sin molestas, innecesarias subordinaciones.

¡Tango, al fin! Al día siguiente de una sesión nocturna de jazz en el Virasoro de Palermo, me invitaron al Bien Porteño de la calle Rivadavia. La noche del sábado, después de un mes y medio en Buenos Aires, fui a uno de los muchos bailongos de la ciudad. Por veinte pesos, cuatro euros de nada, puedes tomar una clase de una hora con un risueño, afable, encantador flaco de coleta que te guía por los primeros y balbuceantes pasos de esta danza concentrada y romántica, tan sensual como literaria.
En este local céntrico las parejas se arman por puro capricho personal, sin distinción de edades, contexturas físicas o sexos. Hombres y mujeres eligen con total desprejuicio sus parejas de baile en un ambiente relajado, amistoso y sin humos molestos de tabaco, una insana polución desterrada por completo de todos los lugares públicos de Buenos Aires.
Divertido, feliz, aunque con las lágrimas bordeándome los ojos, asistí conmovido a este ritual pagano en el que dos cuerpos, conductor y conducido, se entregan al firulete y la improvisación a partir de unos pocos pasos bien aprendidos.
Después de décadas de ocultamientos, mentiras y persecuciones, las diferencias ganan la calle, se abrazan sin complejos en los salones de tango.
Mientras descansaba de mis primeros balbuceos tanguísticos en brazos de un veinteañero encantador, informal partenaire sin engolamientos ni prejuicios, me preguntaba por qué entre las tandas de tres o cuatro tangos había una pequeña interrupción de música foránea. Se lo pregunté a Sergio Cabrera, tierno anfitrión y apasionado bailarín del tres por cuatro. Al contestarme desveló otra de mis incertidumbres: los compases de jazz, cumbia o pop son la excusa elegante para separarse de ese partenaire ocasional que por alguna razón ya no te interesa.
Dios está en los detalles, es evidente.

Ayer fue hoy ayer, dice Andrés Calamaro en una de sus canciones.
En dos días más estaré lejos de esta ciudad fascinante: la misma, aunque muy cambiada, donde nací hace un montón de años. Cosas de la vida... También yo he cambiado mucho y espero que el tiempo me dé más tiempo para seguir haciéndolo.
Este no ha sido todo el viaje, sólo algunas de sus anécdotas. Me quedan mil cosas por contar. Algunas, por discreción, por pudor, no llegarán nunca al blog; otras esperan una necesaria sedimentación que supongo le darán los días posteriores al regreso, marcados por la alegría del reencuentro.
Tanto, seguramente, como por la melancólica sensación de haberme alejado, demasiado y sin verdaderas ganas, de algunas, varias en realidad, cosas, lugares y personas que mucho quiero.

martes, agosto 24, 2010

bronces y mármoles




Extraña ciudad esta, donde la amistad importa mucho a pesar de aparecer cuestionada a cada instante desde su cine, sus canciones populares, su literatura.


A las siete y media de la mañana de un día gris y lluvioso, espero que pasen a buscarme por una parada de autobús en Villa Elisa.
"¿Qué estás haciendo aquí?", me pregunta de pronto una voz interna en la que creo reconocer otra muy propia. En ese mismo instante alzo la vista y el cartel de una funeraria me responde con silenciosa contundencia: "Viviendo, afortunadamente".
Un segundo después, desde la esquina más próxima, una alta y bella mujer con aspecto de exploradora suburbana, me hace señas mientras se acerca a grandes pasos y con los brazos abiertos, amenazando un abrazo que me dará sin retaceos, entre sonrisas y lágrimas, obviando una presentación que facebook ha hecho innecesaria.
Se llama Valle y las próximas cinco o seis horas la pasaremos hablando en su acogedora casa de grandes ventanales, entre mates amargos y bizcochitos..."Como cuando estabas vos..."


Salgo a comprar algo de fruta para el desayuno. La calle está colapsada por carros de bombero y coches de la policía. Uno de civil me dice: "señor, vaya por el otro lado" y yo, con dos botellas vacías entre las manos, le hago caso.
En el último piso del edificio contiguo al mío, una mujer joven se asoma al vacío con intención de tirarse. Imagino el ruido del cuerpo estrellándose sobre el macadam y me estremezco. Escapando como puedo de aquella escena de película, doblo la esquina y en el almacén me entero de que hace unos meses un muchacho de 24 años, vecino del barrio, no dudó tanto sobre su determinación y logró matarse. Esta mujer finalmente no lo hace y la calle vuelve a su normalidad.
Mientras yo abro la puerta de calle, un bombero se despide de otro con un rotundo beso en la mejilla, corroborando que aquí las demostraciones de cariño son espontáneas y naturales; algo absolutamente cotidiano.


Compartimos el ascensor con una vecina de la casa donde vivo, y ella, amable, irónica, me dice -acá la gente tampoco suele ser reacia a la comunicación eventual con desconocidos- que este barrio no es Palermo Soho sino Palermo Soja:
-De allí sale todo el dinero para montar tanto local de lujo...
No se si la soja será culpable de toda la vitalidad que se respira. La ciudad bulle de forma constante y las ventanas cercanas no acaban de quedar totalmente a oscuras nunca. Insomnes o trasnochadores, los porteños mantienen encendida la tradición de Buenos Aires como "ciudad que nunca duerme", aunque esos desvelos se hayan trasladado a otros barrios no necesariamente céntricos, y Corrientes, la desvelada de otras épocas, se vaya a la cama poco después de la una.



Kado Kotzer y Sergio Cabrera escriben, producen y dirigen espectáculos teatrales. Lo han hecho decenas de veces, tanto en Buenos Aires como en Tucumán o Europa. Son una pareja de muchos años que ha decidido casarse legalmente el jueves de la semana pasada. Gracias a la presión popular y al empeño de los Kirchner, dispuestos a llevar adelante la ley de igualdad matrimonial, dos seres fieles pudieron poner nombre a una unión que, más allá de rótulos o papeles sellados, es profunda y creativa.
Apenas llegado a la ciudad, Sergio y Kado me invitaron a su amplio, familiar, bellamente abarrotado apartamento de la calle Callao. Me esperaban con un five o'clock tea acompañado de medias lunas rellenas y tarta casera de zahahoria. Hablamos del pasado, del presente y del futuro y, como si todo esto fuera poco, me voy a casa acompañado por tres suculentos cedés con canciones de Chabela Vargas, Milly y Dalva de Oliveira.
Los recién casados son algunos de los bronces íntimos, personales, propios, de esta gran ciudad tan afecta a ellos, sobre todo si esos bronces llevan o recuerdan nombres importantes y aparecen encaramados a rotundos pedestales de mármol.
Otro bronce sin peana callejera es Anita Jasminoy. Bailarina, arquitecta, desde siempre hace además bellas joyas artesanales con aires vintage. Tejidas, bordadas, siempre diferentes, una de sus escarapelas-mandala adornó la solapa de la presidenta, Cristina K., durante un evento organizado por las madres de Plaza de Mayo. Ana, o Anita María, como le decía su madre, mantiene a través de los años una sonrisa clara, algo desprotegida, brillándole en los ojos y cierta ternura infantil en su manera de moverse por la vida. Esta, supongo que agradecida por ese andar respetuoso, la retribuye con grandes dosis de creatividad y muchísimo talento.
Fue ella la que avisó a Carlos Ulanovsky de mi presencia en Buenos Aires. Su largo, respetuoso y bien informado programa de los sábados -Reunión Cumbre- me acogió junto al actor Osmar Núñez (La mirada silenciosa), el periodista y presentador Patricio Barton y la actriz, cantante y bailarina Alejandra Radano (Cabaret, Chicago, Tatuaje). Un auténtico Sábado de Gloria.



Se festejan los noventa años de la primera emisión de radio en Argentina. El local de Radio Nacional en Maipú 555 está a tope de gente.
Cecilia Rosetto aparece algo tarde y al verme exclama: "¡No me confundas las ciudades! ¿Estamos en Buenos Aires o en Barcelona?" Unos minutos después confiesa: "Yo me divierto más aquí, ¿sabés?".
No alcanzo a decirle que la entiendo.

Todas las fotos de este post son de Dante Bertini, salvo la de Reunión Cumbre en Radio Nacional, que es de Adrian Misseri.

miércoles, agosto 11, 2010

Tatuajes, palabras, cicatrices



Vamos a comer con Marcial Souto y Elvio Gandolfo al restaurante del Club Eros. Una asociación barrial, sin duda, aunque resulta que al barrio donde está ubicado, Palermo, le han crecido glamures y sofisticaciones varias, convirtiendo al Eros en un exotismo de otra época, atracción de turistas ansiosos e intelectuales melancólicos con deseos de experimentar nuevas, viejas, inclasificables sensaciones.
"Automático", dice el camarero -eficiente, alto, moreno, irónico- cuando le pedimos la cuenta. Un momento antes Elvio había anunciado su retirada del lugar y el mismo mozo, al oírlo, había dicho: "Haga nomás".
De la misma manera que los boys scouts aseguran permanecer "siempre listos", los porteños parecen estar siempre atentos a la palabra ajena.



La aprobación de la Ley de Igualdad para matrimonios gays, envuelve a Buenos Aires en un clima de discusión constante, aunque sin demasiada acritud manifiesta. Homófobos y gay-friendly people sacan a relucir sus argumentos en pro y contra de las supuestas minorías sexuales y estas se manifiestan saliendo del armario para subir a los escenarios. Una ciudad tan teatral como Buenos Aires no podía pasar por alto la dramatización de un tema que seguramente cambiará la forma de ser y sentir de toda la población. Auténtico, en el Teatro La comedia, cinco personajes en busca de su propia identidad sexual, es buena prueba de ello.




"Te llevo bajo mi piel", confiesa sin ningún pudor una canción del inconmensurable Cole Porter. Irónio, snob, amigo de todo tipo de equívocos divertidos y, en primer lugar y sobre todo, de las sugerencias eróticas y los brillantes juegos de palabras, no se puede saber con certeza si el autor de gran parte de los standars clásicos de muchos jazz singers del siglo pasado, estaba hablando de su propia piel o de alguno de sus espléndidos abrigos de marta cibellina, zorro o visón.
Más allá de esta poco descifrable incertidumbre, podría asegurar sin temor a equivocarme que el autor de Kiss me Kate no estaba refiriéndose a ningún tatuaje superficial, epidérmico. Por aquellos años estos eran una señal inequívoca de la pertenencia a estratos sociales de poca enjundia; el adorno-estandarte de marineros, legionarios o hampones, todos ellos considerados personajes de baja estofa por los allegados al elitista Cole Porter.
El viernes pasado, otro Tatuaje muy distinto reunió en el Teatro Presidente Alvear de la calle Corrientes a algunas de las flores más representativas de la nutritiva y siempre bien montada nata teatral porteña. Invitado por el autor y crítico teatral Néstor Tirri, asistí ilusionado por el tema de la obra -la relación de Evita Perón con el cantante Miguel de Molina- sin pensar siquiera que además me encontraría a muchos conocidos y amigos de otra época.
El designer Marcial Berro al grito de "¡Dante Bertini! ¡Estás divino!" -y desde ya pido perdón por esta vanidosa oda a mí mismo- abrió el turno de reencuentros. Renata y Jorge Shussheim, Lia Jelin, Marta Minujin, Claudio Segovia y la por siempre inalterable Felisa Pinto, intentaron confundirse conmigo -¿es que algo así sería posible?- en cariñosos abrazos de bienvenida. Muchas otras caras parcialmente reconocibles, escondidas detrás de cirugías e implantes varios, se paseaban por el hall de entrada y una gloria del radioteatro, Hilda Bernard, pasó poco después cerca de mi butaca. Se mostraba tan alta y distante como siempre, protegiendo con una gruesa bufanda de color rojo la portentosa expresividad de su voz.
Se apagaron las luces y sobre el escenario apareció una luminosa, majestuosa, irrepetible Eva Perón y un triplicado Miguel de Molina, que, apenas ocultos por los seudónimos de Miguelito Maravillas y Eva del Sur, nos narraron sus historias íntimas sin desdeñar datos históricos ni detalles escabrosos. Posiblemente sea el mejor texto de Alfredo Rodríguez Arias, también autor de la puesta en escena, quien ha sabido adaptar a su habitual estética hierático-glamourosa, todos los quiebres, entre pícaros y chabacanos de la revista porteña tradicional. Voces portentosas las de los nuevos actores argentinos, capaces de afrontar con talentosa personalidad géneros tan distintos como la copla, el bolero, el jazz o el tango. Me atrevo a generalizar porque tres días después, la noche del lunes en la librería-concert Clásica y Moderna de Natu Poblet, pude ver Karrousel, un recital de Alejandra Perlusky con canciones alemanes de entre guerras en versión bilingüe y la sorprendente y sorpresiva colaboración de un simio de gloriosos antecedentes(King-Kong, Cabaret, von Sternberg-Dietrich): el no menos espléndido Diego Bros.
A pesar del día y la crisis, las mesas estaban llenas de un público respetuoso que en ningún momento hizo sonar los cubiertos de su cena, supo escuchar siempre con mucha atención y finalmente aplaudió con auténticas ganas.



A pesar de los consejos de algunos amigos bienintencionados, decido trasladarme por la ciudad y sus alrededores en transporte público. Veo rostros fatigados, gente que aprovecha los minutos de viaje para echar una siesta, mucha ropa deportiva, casi ninguna joya. La gente va en lo suyo, ensimismada y seria.
No se debería confundir la pobreza con la delincuencia, aunque ambas abunden.




Vemos Origen (Inception), de Christopher Nolan, con Leonardo DiCaprio y una deslucida, desnortada, desaprovechada Marion Cotillard. Quisiera ser suficientemente expresivo al calificar esta insoportable tortura de casi tres horas de duración.
¿Les resultaría muy duro si escribo ¡vaya mierda! ?
Nunca antes, ni en un congreso de psicólogos acelerados, había escuchado tantas veces la palabra subconsciente. Si esto existiera realmente, el mío hubiera quedado bastante maltrecho después de semejante ataque de estupidez seudo psicológica envuelta en efectos especiales, persecuciones al estilo Bond y homenajes a El mito de Bourne y Matrix.


Cumpleaños de cuarenta en casa de Fabián G. Más de cien personas festejan sin gritos ni desórdenes entre bocaditos caseros y cócteles exóticos. Sucedió en el barrio de San Telmo, cerca de donde estaba la casa que abandoné para irme a Europa. Enfrente del lugar donde nos reunimos hay un bar que se llama La Poesía. Así, con mayúsculas.
Una ciudad literaria y surreal, Buenos Aires. Aquí una farmacia puede anunciar ABIERTO, aclarando debajo: Toque el timbre, y un importante Restaurante Mexicano proclamar con grandes letras que su entrada principal está en Guatemala.

Iustran fotos de Dante Bertini (carteles, grafitis, imagen de Tatuaje y otra de Auténtico, placa de Eros, tiendas y escaparates)

domingo, agosto 01, 2010

imágenes de una ciudad (des)conocida

He sabido de más de un argentino que al volver a Buenos Aires después de una larga ausencia, se han encontrado conque, de forma repentina, sin ningún preaviso, les era imposible articular palabra.
Graficaban en su cuerpo aquél clásico "me quedé mudo", un tópico que habla de la sorpresa inexplicable, del quedarse sin palabras para describir lo que nos sorprende y supera totalmente. No es mi caso. Yo puedo hablar y hablo mucho; tal vez demasiado, aunque a la hora de escribir aquí me falte, además de tiempo, algo preciso para transmitirles.
Frente a esto y hasta nuevo aviso, les dejo un post de imágenes, tan arbitrario y desnortado como mis paseos por esta ciudad de sueño, muy cercana, familiar, y al mismo tiempo casi nueva, casi desconocida.









Ilustran fotos de Dante Bertini, 2010 (declaración "barcelonesa", dos imágenes de El Ateneo, considerada la librería más bella del mundo, Evita presente, cielo porteño, florería y tintorería del barrio, paseo de perros, autopromoción)