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martes, noviembre 08, 2011

Cachito Cumple Cinco


Mañana, 9 de noviembre, Cachito cumple cinco años.
Hijo tardío, -casi nieto en realidad, aunque no me atrevo a llamarlo así porque para hacerlo debería encontrarle un papá que no fuera yo y eso es imposible- casi desde el primer día viene sorprendiéndome con su precoz autonomía. Trato de educarlo, le dicto cosas que supongo me pertenecen, y él, casi de inmediato y sin pedir permiso, las convierte en su propia palabra. Una palabra que yo siempre supuse poco segura, inestable, balbuceante, pero con la que ha logrado muy pocos enemigos, un montón de amigos eventuales y algunos seguidores cariñosos y pacientes que, supongo, están esperando que este niño-bollo, sin fermento ni levadura, crezca de una buena vez, deje de decir pavadas y descubra algún secreto universal que tenía guardado entre sus harinosos pañales.
Producto sin intermediarios, made in Bertini, el pequeño pedazo de pan sigue siéndolo, porque finalmente, ¿que son cinco años sino la cuarta parte de nada?
Nunca hubiera imaginado que esta creación desprolija -bonita y descriptiva palabra argentina que aquí nadie usa-, fruto de la tozudez de una madrina inesperada, que ahora mismo, como muchos otros, se ha alejado de mi vida (aunque en este caso, y afortunadamente, no de la vida misma) idea-regalo de una agitada compañera de juegos y delirios que en aquel otro nueve de noviembre de hace cinco años decidió que para festejar el día de mi cumpleaños yo debía fabricarme alguna cosa como esta, extraño artilugio virtual donde volcar deseos y experiencias, fantasías y realizaciones, gustos y desagrados. O sea, todo aquello que supuestamente conocía.
Jamás se me ocurrió pensar, lorquianamente, "Así que pasen cinco años..." Pero es casi lógico: tampoco nunca pensé que llegaría a la edad que tengo. Romanticón idiota, pequeño burgués de ciudad con sus necesidades primarias bien cubiertas, me inventaba muertes prematuras para darle alguna razón a mis lamentos.
Hoy, mirando hacia atrás sin ira, con toda la nostalgia, la ternura, la tristeza, la piedad y el desconsuelo que nos da el recordar lo ya vivido, agradezco a los dioses que no hayan escuchado mis pueriles deseos, permitiéndome vivir hasta este nueve de noviembre de 2011...
El mismo año en que corroboro que este intrascendente cachito de pan, siga o no siga su andadura, ya se ha convertido en un cacho importante de mi vida.

domingo, agosto 01, 2010

imágenes de una ciudad (des)conocida

He sabido de más de un argentino que al volver a Buenos Aires después de una larga ausencia, se han encontrado conque, de forma repentina, sin ningún preaviso, les era imposible articular palabra.
Graficaban en su cuerpo aquél clásico "me quedé mudo", un tópico que habla de la sorpresa inexplicable, del quedarse sin palabras para describir lo que nos sorprende y supera totalmente. No es mi caso. Yo puedo hablar y hablo mucho; tal vez demasiado, aunque a la hora de escribir aquí me falte, además de tiempo, algo preciso para transmitirles.
Frente a esto y hasta nuevo aviso, les dejo un post de imágenes, tan arbitrario y desnortado como mis paseos por esta ciudad de sueño, muy cercana, familiar, y al mismo tiempo casi nueva, casi desconocida.









Ilustran fotos de Dante Bertini, 2010 (declaración "barcelonesa", dos imágenes de El Ateneo, considerada la librería más bella del mundo, Evita presente, cielo porteño, florería y tintorería del barrio, paseo de perros, autopromoción)

sábado, mayo 08, 2010

las Mentiras como Arte


- Bueno, lo entiendo, pero para vos, como director y guionista de la película, al final, ¿Pablo regresa o no?
Diego Sabanés me mira algo sorprendido. Cerca de donde estamos, Pascual Maragall y su mujer conversan con el músico Rudy Gnutti y el director de fotografía Julián Elizalde, mientras Andrés Mangiarotti, cónsul de Argentina, intercambia tarjetas con una joven poeta barcelonesa de largas y despeinadas guedejas. Por suerte no me escuchan. Esas preguntas no se hacen, no suelen hacerse, porque si te atreves a hacerlas corres el riesgo de quedar como un idiota nada principesco, un oligofrénico sin remedio ni asilo, o, simplemente, como un cutre que no entiende que algunas obras son ambiguas y pretender que no lo sean, pedir explicaciones sobre ellas, es ofensivo para el artista que las ha creado.
- ¿Por qué sonríe la Gioconda, don Leonardo?
- Señor Picasso, Pablo, ¿no cree que dos ojos sobre el mismo perfil conforman una cara un poco extraña?
- Don Milo, ¿usted no sabe esculpir brazos o la modelo había sufrido un desagradable accidente ferroviario poco antes de posar para su Venus?
En el último festival de Lleida me molestó muchísimo que una señora, por lo demás simpática, insistiera en saber si el final de una película era de una manera u otra, sin entender que ese detalle resultaba accesorio, no agregaba ni quitaba nada al verdadero meollo del asunto. Crimen y castigo, que diría el atormentado Fiodor, mi intolerante incomprensión se veía descubierta pocas semanas después con una pregunta que, conocedor de las leyes que rigen ciertos ambientes artísticos e intelectuales, nunca debería haber hecho.
¿Atolondrado? ¿Inconsciente? Para nada; más bien me definiría como un aventurero de los pequeños gestos cotidianos.
Aunque me había parecido sorprendido, el director de Mentiras piadosas contestó con absoluta precisión lo que le había preguntado. No transcribo su respuesta porque supongo que a muchos les fastidiaría conocerla.

La noche del viernes me invitaron al cine Alexandra, único de la ciudad con coronita incorporada, para la premiére en Barcelona de esta nueva película, opera prima de un joven director argentino. Me enteré de su estreno en Madrid la semana pasada y la esperaba con bastante curiosidad porque en ella trabaja Marilú Marini, compañera de algunos anhelos y varias correrías durante nuestras lejanas juventudes porteñas. Excelente bailarina devenida actriz, le otorgaron el premio teatral Moliére, el más prestigioso de Francia, por su actuación como protagonista de La mujer sentada, una comedia atípica escrita por el también argentino Copi en base a sus tiras cómico-satíricas de Le Nouvel Observateur. Marilú vive hace años en París y a pesar de su contundente carrera artística nunca antes había hecho un protagónico en cine. Como todo el resto del elenco, importa decirlo, está simplemente perfecta en el papel de esa enferma saludable -el título original del cuento de Cortázar en el que está basado el guión de la película es La salud de los enfermos -, una señora de buen ver, que, desde una supuesta, casi angélica inocencia y escudándose en la coartada que le brinda su imperturbable fragilidad de acero, acaba devorando todo aquello que la rodea.
En la breve presentación previa, Diego Sabanés dijo que en algún festival europeo había causado asombro su más que notable juventud, excesiva, según parece, para el responsable de un film de factura clásica, de una narración sin desmadres ni golpes de efecto, continuación madura del cine argentino de los años sesenta, aquel donde reinaban los nombres de Torre Nilsson, Fernando Ayala y Leonardo Favio e intentaban hacerse un espacio David Kohon, Manuel Antín, Osias Wilensky y Rodolfo Kuhn. Un film que, además, opta por un final trágicamente contenido que me recordó lejanamente al de La heredera de William Wyler (1949). Todas excelentes compañías, sin ninguna duda.
Emparentada con otras vibrantes narraciones sobre la decadencia de una clase, una sociedad, una forma de vida, un país -Casa tomada y Cartas a mamá, también de Cortázar, El salón dorado de Manuel Mujica Láinez-, en Mentiras piadosas aparece además, no se si voluntariamente, una sutil, levemente irónica, metáfora descriptiva del hacer literario. "Cada día escribe mejor", dice la madre cuando terminan de leerle la que para ella será última carta del hijo ausente. Esa laboriosa red de engaños, ideada aquí por todos los habitantes de la casa y realizada con meticulosa habilidad por el hermano nostálgico, principal sostén del estricto orden familiar al mismo tiempo que de las fantasías esperanzadoras que permiten la supervivencia del grupo, podría entenderse también como una parábola sobre la ética siempre ambivalente de la creación artística, esa invención que transforma la inaprensible realidad ocupando momentaneámente su espacio.

Posdata:
como si fuera un agradable comentario, me escribe Diego Sabanés para comunicarme que el equipo de Mentiras piadosas ha colgado en su web este post. Gracias por tenerlo en cuenta.
Posdata dos:
FILM ARGENTINO EN ESPAÑA. José Miguel Onaindia asistió en Barcelona al estreno de la película argentina Mentiras piadosas, de Diego Sabanés, basada en cuentos de Julio Cortázar. El film reunió, en una sala belle èpoque llamada Alexandra, a un importante grupo de personas, entre los que se encontraban algunos argentinos como Dante Bertini, escritor radicado en aquella ciudad desde 1975 y que ganó el Premio Tusquets en 1993 por el libro El hombre de sus sueños. En el brindis posterior a la proyección, se comentó la calidad de la película y el recuerdo que había provocado el cine más intimista de Leopoldo Torre Nilsson.
© LA NACION
(publicado en Gritos y susurros, suplemento cultural del importante diario bonaerense)


Ilustra el post una obra del pintor y escultor argentino Pablo Suárez: Ahogado en la cacerola doméstica.

martes, marzo 23, 2010

el tsunami argentino

Posiblemente influya más el fenómeno Messi que el cambio climático, pero lo cierto es que la última semana llovieron sobre Barcelona unos cuantos escritores argentinos -acicalados, sonrientes, bien dispuestos- para presentar ante los medios sus publicaciones recientes en editoriales españolas.
Son bienvenidos, según parece. Y no importan sus edades ni la densidad de sus currículum, tampoco que sean más o menos comunicativos o atacados de ausencias; altos, bajos, turgentes o tirando a magros, todos se vuelven a su lugar de origen cargados de elogios para sus obras, sus pares y, sobre todo, para ese casi mítico país del que zarparon. Los piropos son tantos, que uno, también nacido allí, por momentos se ve obligado a preguntarse: ¿qué estoy haciendo aquí, tan lejos del paraíso?
Martín Kohan parece tenerlo claro: ese paraíso se ha perdido sin que llegara a existir nunca. Él atribuye la leyenda a factores variados e imprecisos; yo creo que esa melancolía irremediable es herencia de nuestros padres y abuelos inmigrantes, que añoraban todo lo dejado atrás, dotándolo, como es habitual, de características únicas. "Nada más amado que lo que perdi", canta Serrat, y ni siquiera ha nacido en Buenos Aires. Ganador del premio Herralde 2007 con Ciencias morales, Kohan presentaba ahora su nueva novela, Cuentas pendientes, respetando en este título la cantidad de sílabas del anterior, un libro exitoso con varias reediciones. No dijo que lo hubiera hecho por cábala, sin embargo varios de los asistentes a su presentación movimos sutilmente la cabeza convencidos de que en realidad se trataba exactamente de eso.
Si el escritor Fogwill juega de canalla y Pola es una chica sexy, de Martín Kohan podríamos decir que es un tipo con muchísimo texto. Fluído en su discurso, despertó las ganas de diálogo en casi todos los que rodeaban la mesa; algunos sin tocarla, como el también argentino Rodrigo Fresán, que eligió quedarse más atrás y en un ángulo, como el arpa olvidada del poema.
El editor Jorge Herralde (Anagrama) fue el encargado de presentar -orgulloso y con menos discreción que la que emplea habitualmente Guardiola para hablar de su niño de oro, Leonardito Messi- al escritor y su novela. La había leído con mucha atención, era evidente. Recordaba situaciones, nombres y detalles; muchos más de los que, sabio vendedor de libros, hábil manipulador de espectativas, comunicó a los que estábamos escuchando.
Cuando empezó el turno de preguntas se notó de inmediato que el autor sólo necesitaba una cualquiera, algo así como el puntapié inicial, para despacharse a gusto. Sobre los blancos manteles desplegados por la gente de Casa América Catalunya, desfilaron el deseo que lo empuja a escribir, la realidad social y política argentina, los Kirchner y el peronismo, sus maestros literarios, el tango y las inmigraciones, el vermut con platitos en los cafés de siempre y el desgraciado proceso militar con su larga lista de desaparecidos.
-Seguimos sin saber dónde están-, dijo Kohan refiriéndose a estos últimos.
-Muertos, -le dije yo como primera entrada-, ¿dónde van a estar si no están muertos?
Los militares argentinos lanzaron con tal fuerza el eufemismo que ahora esa lubricada mentira se ha convertido en la forma global de esconder las bajas, sobre todo si no son ajenas.
En algún momento de la charla alguien cercano me alcanzó el libro de Kohan y pude mirar atentamente la ilustración de tapa. Un pie de hombre calzado con un clásico zapato de cordones está a punto de cruzar una puerta. Sale de un lugar desconocido que sólo nos muestra un trozo de su suelo, compuesto por pequeñas teselas exagonales de cerámica blanca ya desgastadas por el uso. La foto en blanco y negro es de Horacio Coppola, un clásico de la fotografía argentina, y lleva por título Rivadavia entre Salguero y Medrano, año 1931. Allí, en el número 3819 de la Avenida Rivadavia, estaba situada la casa en que nací -según creo existe todavía, aunque ya no pertenece a mi familia- y exactamente así eran los suelos de los amplios, desangelados, fríos cuartos de baño, al menos mientras yo vivía en ella. Me pareció casi lógico que poco después, cuando Martín Kohan y Herralde confesaron compartida pasión por el fútbol, saliera a relucir, como referente del mejor fútbol de otra época, la alineación histórica de un equipo blaugrana de aquel mismo barrio que fue el mío: San Lorenzo de Almagro.
Atacado arteramente por varios fantasmas del pasado, esa misma noche leí la novela de Kohan. De 177 páginas y veintisiete capítulos, tiene como personaje central a un octogenario que arrastra sus últimos días por un paisaje doméstico tan desolador como su propia vida. Nada le responde ya, todo se le escapa de las manos, pero él igual insiste en quedarse de este lado, aferrándose como puede a los documentales de televisión, a sus tristes rutinas y a sus miserables costumbres.
No es un libro alegre, desde ya, pero como dije antes, Martín Kohan tiene mucho texto y lo despliega sin falsos pudores, con brillantez y ritmo.
Supongo que dentro de nada será película -un magnífico papel para Héctor Alterio- aunque necesariamente tendrán que cambiarle el título: ya hay varias en el mercado que se llaman igual.

Posdata: Es la segunda vez que acudo a uno de estos desayunos literarios y me llama la atención lo poco golosos que son los asistentes a ellos. Las jarras de café se enfriaron sin que nadie se acercara a servirse una taza, los brioches de jamón dulce, mantequilla y queso languidecían en sus platos como si todos los presentes hubieran sido veganos, partidarios convencidos de las excelencias de esa estricta dieta sin componentes animales.
Yo tampoco tomé café, pero comí dos de aquellos bocadillos; lo confieso: no puedo soportar que se desperdicie comida.
Fotos: publicitaria de Messi (Mundo deportivo); retratos de Kohan, Fresán y Herralde, por Bertini.

miércoles, septiembre 02, 2009

Homenajes...¿homenajes?


Hablo por teléfono con una amiga psicoanalista.
"Argentina", darán por supuesto algunos. Pues no, se equivocan. Es profunda y auténticamente catalana.
Sin que venga demasiado a cuento, me confiesa que volvió al análisis a raíz de una discusión que tuvimos durante unas vacaciones de agosto en la Costa Brava.
- ¡Contigo y con mi padre en el mismo día! ¡Un auténtico error! Me dije que no podía ser, que seguramente necesitaba revisar ciertas cosas. Gracias a eso volví al análisis, cosa que agradezco muchísimo. El entredicho contigo apareció reiteradamente durante las primeras sesiones...Fue muy positivo para mí hablar sobre aquello.
La escucho en silencio sin saber qué cara poner, pero como la conversación es telefónica puedo quedarme muy tranquilo sin poner ninguna.
Dos días después me llama J, una ex peluquera de mano precisa y cortes extremados. Me ha visto en Karakia, un programa de la televisión catalana que viene repitiéndose dos o tres veces por año desde hace más de un lustro. Cada vez que pasan el episodio donde aparezco durante unos minutos hablando de comidas y costumbres porteñas, alguien me dice que lo ha visto. Hoy mismo ha sido una camarera centroamericana del Farga de la calle Córcega, hace unos días el canoso dependiente pakistaní de un colmado-almacén del barrio gótico. Este último me sorprendió con un saludo expresivo y cálido después de ignorar los míos durante varios años. Tengo como costumbre saludar cada vez que entro y salgo de algún comercio, haya o no comprado en él, me resulte o no simpático el dependiente que está atrás del mostrador. No sé si esto es mejor o peor, sólo sé que a mí me satisface hacerlo. Fui educado con esas formas precisas, algo caducas hoy, en un tiempo y un lugar donde los pequeños gestos de sociabilidad tenían muchísima importancia, facilitaban el trato, la convivencia cotidiana.
-¡Hola...buenos días!, -me dice el pakistaní canoso.
-Hola, ¿qué tal?, -contesto yo algo sorprendido por esa inusual comunicatividad, mientras me dirijo a la estantería donde están las comidas para animales.
Cuando voy a pagar, el señor de las canas, habitualmente adusto, me dice con una gran sonrisa:
-Anoche lo vi en televisión...¡Muy bien, muy bien!
¿Qué debería decir para que el vendedor pakistaní continúe saludándome en los próximos años? Como no lo sé, sonrío también, muevo la cabeza en un gesto que ni siquiera yo mismo entiendo, pago y me voy a casa con dos latas de comida gatuna y la sensación extraña de no haber estado a la altura de las circunstancias.
¿Y si no supiera ser famoso?
Esa misma noche me reencuentro con la voz de un amigo al que no escuchaba, ni veía, hace más de veinte años. Me rastreó por la red y dió conmigo, intercambiamos teléfonos y finalmente estuvimos durante más de dos horas contándonos los años que pasamos distanciados en plan resumen de telenovela. Él vive aquí al lado, en París. Nos separan solamente unos trescientos kilómetros más de los que separan Buenos Aires de Córdoba. El problema reside en que yo no soy muy afecto a los desplazamientos y me parece que él tampoco viaja demasiado.
-Me hice diseñador gráfico por vos, -lo ha lanzado de pronto, como si hiciera mucho tiempo que deseara comunicarme aquello.
Me refugio en la técnica de no decir nada. No hay espejos cerca, así que tampoco puedo saber si esta vez he puesto alguna cara especial.
-Cuando nos presentaron y vi algunas de las cosas que hacías(*), pensé que tu trabajo me gustaba mucho. Nunca había conocido una manera mejor de ganar dinero.
No puedo asegurar que se haya hecho rico, pero sí que es un excelente diseñador-fotógrafo-grafista. Trabajamos juntos hace muchos años inventando el merchandising para el lanzamiento de un nuevo disco de Julio Iglesias en Miami, uno de los encargos más extraños de mi vida. ¡Corbatas! Tuve que diseñar e imprimir corbatas. Si bien no me hicieron famoso, pude pagar con creces todos los gastos de un largo invierno parisino.
Hoy mismo, conversando con un amigo suizo que me había visto leyendo, bastante imprecisamente por cierto, un poema mío en el Canal L, le cuento algunas de estas cosas. Es una manera como cualquier otra de hablarle de mis sentimientos.
-Me asusta un poco tanto reconocimiento, -le digo quejumbroso-. Es como si de pronto me hubiera convertido en un anciano venerable y todos sintieran la necesidad de gratificarme.
-¡Qué tontería! -dice él-. No deberías quejarte. Tus amigos tienen buena memoria y además son agradecidos. Mi mujer y yo siempre decimos que nos casamos gracias a que tú le aconsejaste que lo hiciera. Y mira, ya vamos por el tercer hijo...
Es lo que digo: me estoy haciendo muy mayor. Ha llegado el tiempo de los homenajes. Si yo tuviera que hacérselos a todos los que de una u otra manera han influído en mi vida, no podría separarme nunca más de este teclado.
Ilustra: autoRetrato de Dante Bertini.
(*):
http://www.avenidademayo.com/avenida/descargas/bac/revista_septiembre.pdf
(pag 21)

viernes, agosto 28, 2009

Ventanas Indiscretas


Junto a nuestro edificio modernista hay otro más grande de oficinas: poco destacable diseño arquitectónico de los años setenta, ocupado en los bajos por una importante caja de ahorros catalana. Compartimos con ellos un ángulo del patio de manzana, magnífica idea urbanística de Ildefonso Cerdá que la especulación del siglo pasado modificó a su antojo.
En el proyecto original se pretendía crear en estos amplios huecos de aire y luz, espacios comunes ajardinados para uso y disfrute de los vecinos de los inmuebles colindantes. Cada manzana lograría así una cómoda plaza propia provista de árboles y bancos, de civilizadas zonas de reunión y esparcimiento. Muy alejados en espíritu de esta idea moderna, socializadora, buena parte de los dueños de estos inmuebles construyeron en los terrenos vacíos naves y locales de todo tipo, acrecentando notablemente sus ya de por sí desahogadas recaudaciones mensuales.
Sin ninguna duda afortunados, en nuestra manzana se conservan algunos jardines originales y varios de esos bajos se han recuperado a medias. Escenografía espléndida para una versión actualizada de La ventana indiscreta -¡que a nadie se le ocurra perpetrar semejante sacrilegio!- no quiero pensar en el cotilleo bullicioso que provocaría una edificación semejante en cualquier otro lugar que no estuviera habitado por gente tan ensimismada y respetuosa como la que ocupa los pisos de nuestra manzana. En ella nunca se escuchan gritos extemporáneos, aparatos de música desaforados o televisores con el volumen a su máxima potencia, y, verdaderos ángeles sin alas, es casi imposible ver a algún vecino ocupado en espiar al prójimo más próximo. Siempre que no haya obras de rehabilitación -los antiguos pisos burgueses de ciento cincuenta metros o más se están (re)convirtiendo en dos apartamentos más "democráticos" de alrededor de setenta metros- podemos gozar de silencio suficiente como para contrapesar el ruidoso trajín del frente de la finca, muy cercana a la confluencia de Balmes con Mallorca. Como las ordenanzas municipales no permiten que los edificios superen los cinco o seis pisos de altura y en los jardines hay algunos árboles de notable envergadura, también solemos disfrutar de un buen retazo de cielo sobre el que casi todo el año se ven pájaros de diverso tipo, garabateando el aire con sus acrobacias y sus vuelos.
A la altura de nuestra galería acristalada, convertida por el uso y los años en un alargado invernadero copado casi totalmente por las plantas, están los amplios ventanales del edificio de oficinas de la esquina. No digo que alcancemos a darnos las manos de ventana a ventana, pero la cercanía es suficiente como para que, de proponérnoslo y con sólo asomar un poco el cuerpo, podamos observar claramente todo lo que sucede en el interior de los despachos. Hace algunos años habían montado allí un presunto salón de masajes atendido por jóvenes y voluptuosas señoritas a las que les gustaba descansar entre uno y otro cliente sin cubrirse ni un solo centímetro de piel. Sí, lo sé; suena algo cursi. Podría haber eludido el circunloquio, haber puesto directamente "en pelota viva", pero siempre temo que algunos censores sin rostro ni nombre superpongan a mi post una indeleble cruz en rojo.
Durante los meses en que las desprejuiciadas masajistas se paseaban en cueros por las dependencias del salón vecino, nos visitó el hijo adolescente de un amigo porteño. Alto, moreno, cariñoso, simpático, "muy bien hecho" que dirían algunos, el joven visitante descubrió a poco de instalarse en casa la presencia cercana de las relajantes nudistas. Se hacía tan difícil sacarlo de allí como fácil de encontrar cuando no podías hallarlo a simple vista. Cuando algunos años después se convirtió en cocinero erótico seudo italiano para la cadena de televisión Playboy en su versión latina, yo me pregunté si aquel desfile barcelonés de turgencias desnudas había despertado sus posteriores voracidades.
Hace ya algún tiempo que no sé nada de su vida. Las oficinas del costado izquierdo se han convertido en un centro de rehabilitación dependiente de la seguridad social. Solo se ven máquinas con resortes y contrapesos, circunspectas enfermeras de uniforme blanco y pacientes con caras de sufrido esfuerzo. Ni rastro de los antiguos esplendores físicos.
Tal vez los ángeles escenifican metáforas para despertar nuestras, en muchos momentos, aletargadas conciencias.

Ilustra: Carla Bruni fotografiada por Michel Comte

Posdata: golpea mi puerta una muy mala noticia. Ha muerto Mario Merlino, un mago.Decir que lo lamento es poco. Desearle un descanso en paz es desearle algo que él jamás deseó para sí. Chau, Mario.

sábado, enero 10, 2009

retomar el ritmo

Es difícil ponerse a escribir después de varios días sin acercarme a la máquina. ¿Falto de ganas? Ni siquiera pretendo contestar esta pregunta. Quizás porque, como el abúlico Bartleby de Herman Melville, "Preferiría no hacerlo". Hace mucho, mucho frío, pero por suerte mi salud no se ha resentido con este clima auténticamente invernal y los amigos siguen organizando reuniones gastronómicas con cualquier excusa más o menos válida. El día 4 Héctor Z. cumplía años e invitó a su mesa a una decena de buenos amigos. Cocinó un exquisito vitello tonnato (los porteños, siempre tan afrancesadamente snobs, preferimos llamarlo Vitel Tonné), suaves y deliciosas lasañas de carne y verdura, tartas de calabaza y champiñones. Abandoné mi dieta para sumergirme en placeres vedados. Durante la agradable cena no hay enfrentamientos verbales, a pesar de que no todos tenemos la misma opinión respecto a los degraciados acontecimientos de Gaza, un tema que durante estos días está presente en cualquier encuentro de dos o más personas. El 6 a mediodía, almuerzo en casa de Teresa R. y Armando. Exceso de canelones -plato típico de estas fiestas en tierras catalanas- turrones, chocolates y postres variados. Anoche mismo, ingesta de empanadas de carne, ¡varias!, en casa de Xavier F. y Sandra R., la pantera mendocina del tango. Como pantagruélico colofón, pasta frola de manzanas. Fuimos nuevamente una decena de personas adultas. Hablamos de literatura, nacionalidades, lenguas y, ¡ay!, sexo oral y escrito. Eulalia, mujer del que fuera años atrás Jefe de Bomberos de Barcelona, cuenta anécdotas de su reciente viaje a Vietnam. Parece que batallones de hormigas -tan grandes y negras como las dalinianas- campeaban a sus anchas por camas, mesas y demás superficies transitables frente a la impasible mirada de los, siempre según Eulalia, encantadores anfitriones vietnamitas. Por si no lo recuerdan, éstos sostuvieron, y ganaron, una larga y cruenta guerra con los Estados Unidos gracias a la construcción de auténticas ciudades subterráneas. Se trataba de pasadizos excavados en la tierra donde tenían todo lo necesario, incluídas escuelas y universidades, para sobrevivir al asedio de los marines yanquis, a sus bombardeos constantes y a sus devastadoras limpiezas mediante el nada piadoso Sistema Napalm.
-Claro... -digo yo-. ¿Cómo los vietnamitas no van a ser pacientes con las hormigas si aprendieron de ellas sus métodos de supervivencia?
Un día después sigue pareciéndome un razonamiento válido.
Ahora corro a sumergirme en los vapores del sauna. Los remordimientos ladran a mi costado como perros furiosos. Temo estar demasiado pesado como para hacerles frente. ¡Y el próximo lunes por la mañana tengo cita con el dietólogo! ¿Habré tirado por la borda mis largas semanas de sacrificio? ¿Desenmascarará la balanza todos mis excesos? ¿Seré Justinianamente reprendido por ello?
(fotografía de André Kertész)

jueves, noviembre 27, 2008

Miho Naomi BCN (storybook)

Como ya dije antes, Miho y Naomi llegaron para pasar un fin de semana en Barcelona...



Según habíamos convenido por email, nos encontramos el viernes por la noche en la recepción del hotel donde eligieron alojarse. He pasado frente a ese mismo edificio cientos de veces, pero nunca había asomado la nariz para ver cómo era por dentro. ¡Cáspita! ¡Pardiez! ¡Lapucha! ¡Collons! ¡Que maravillita de otra época! Inaugurado a principios del siglo pasado, está hecho con materiales y artesanías de primera calidad: mármoles, maderas y bronces trabajados con barroca delicadeza. Entre este hotel deliciosamente anacrónico y esos precarios, perecederos, provisorios emprendimientos de pretendida (y pretenciosa) vanguardia creados para alojar a los neoturistas, hay la misma distancia que podríamos encontrar entre algún auténtico abeto centenario y los árboles de metal que se han sacado de la chistera los perversos creativos del Ayuntamiento barcelonés. ¿No podrían haberlos llamado Postes de Información, Mojón Decorativo o Engendro Sinmás? En este momento no puedo darles más detalles, lo siento, aunque supongo que sí podrá hacerlo la señora Inma Mayol, presuntamente implicada en los desgraciados hechos. ¿Cuántos árboles de verdad se podrían haber plantado con el dinero que costaron estos ingenios? Me imagino una justicia que obligara a pedalear ocho horas diarias durante unos cuantos años a los responsables del invento. La misma justicia que podría obligar a los arquitectos responsables de según qué edificios inhumanos, inhabitables, a vivir dentro de ellos por el resto de sus vidas.
Vuelvo a la visita de mis, hasta ese momento desconocidas, amigas japonesas. Unos minutos después de mi llegada al hotel, algo respuesto de mi broncíneo shock, hicieron su aparición en escena Miho y Sakato. Suaves, delicadas, tímidas, encantadoras y, en plus, cargadas de regalos y regalitos. Libros con clásicos grabados eróticos japoneses -envío del ausente señor Toru-, postales y cuadernos diseñados por Miho, azucarillos de colores pastel, álbum fotográfico con un gato casi idéntico a Federico y más cosas y cositas que ahora mismo no recuerdo. Ellas, que después confesaron haberse burlado un poquito de mí, saludaron con las manos juntas sobre el pecho y repetidas inclinaciones de cabeza. Yo les respondí con unos cuantos amistosos besos a la argentina que las pusieron un poquito incómodas. Poco después Monsieur Ch. se unió al grupo y nos fuimos a comer tapa-tapa -Miho dixit- a un taperío cercano al hotel. Para mi sorpresa tenían menús en japonés. Como yo sigo con mi dieta comí una ensalada, mientras mis acompañantes se zampaban croquetas, tortillas y otras delicias fritas de la cocina española. El segundo día no fue muy diferente, aunque al grupo se añadieron Jaume y Kyoko que nos sirvió de traductora directa del japonés al español y viceversa. Un aperitivo en casa -a Miho la ilusionaba conocerla- y una cena en el Flash Flash, un clásico de los fashion victimes barceloneses. Como yo sigo con mi dieta comí otra ensalada, mientras mis acompañantes se zampaban croquetas, tortillas y otras delicias fritas de la cocina española. Podrán notar que no compartimos salidas culturales. Pido disculpas por ello. El domingo por la mañana nos fuimos de escalada con el Toyota de mi amiga Joyce. Queríamos mostrarles la ciudad desde lo alto del Montjuic y el Tibidabo, y como las alturas despiertan el apetito, en medio de uno y otro hicimos una escala con cafés y cruasanes (para ellos) en la Fundación Miró. Yo, que insisto con mi dieta, preferí saborear un delicioso descafeinado con edulcorante. El paseo les gustó más que a nosotros, algo incómodos por la notable falta de higiene de muchos rincones presuntamente verdes. Nuestros diálogos ocuparían muy pocas líneas de este guión; muchas menos que todas las risas que soltábamos frente a nuestros intentos de comunicación oral. A media tarde nos despedimos, queriéndonos muchísimo más, frente al Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. Como habéis podido comprobar, no hubo indecisiones amorosas, bodas suspendidas, sexo grupal ni escapadas en avión a Oviedo. Es que, a diferencia de la película barcelonesa del Woody, esta no contó con ninguna subvención del Ayuntamiento.

lunes, noviembre 10, 2008

El día después...

...solía levantarme tarde y con resaca. No necesariamente física, por supuesto. Había cumplido un año más, y el pescado, o la carne, seguía sin vender. Mi familia no era muy afecta a las fiestas de cumpleaños. Nunca sobraba el dinero y para seguir disfrutando de nuestra ajustada posición pequeño burguesa, se hacía necesario sacrificar unas cuantas cosas consideradas superfluas. Jorgito Abelleira, el único hijo de nuestros vecinos de la planta baja, apenas sabía escribir, dibujaba como el culo y no era ni la mitad de simpático que yo. Tampoco me ganaba en altura ni en belleza y eso de la inteligencia parecía no preocuparle demasiado. Sin embargo sus cumpleaños tenían siempre muchísimos más regalos que invitados. Era aquel un partido amistoso anual que siempre perdíamos los visitantes con un resultado humillante: Amigos dos, Regalos dieciocho. Un par de estos últimos los llevábamos Ricardito Arredondo y yo, el resto, los de verdad importantes, los ponían sus padres, que para algo eran los dueños de la mercería Yoly, la más surtida y transitada del barrio. Ricardito y yo, como buenos amigos íntimos que decíamos ser de Jorgito el mercero, odiábamos y necesitábamos su presencia a partes prácticamente idénticas. Entre otras cosas porque no había otro lugar mejor para jugar que aquella casa-trastienda siempre algo abandonada y caótica, llena de cajas con cierres de cremallera, con lanas, hilos y botones de todos los colores, con hebillas y plumas, con sobrecitos transparentes rebosando de lentejuelas, paillettes y ojales metálicos, un mundo, en fin, de cosas tan bonitas como, a juzgar por el éxito más que evidente del negocio, absolutamente necesarias. Allí, entre aquellas cajas polvorientas, debajo de una enorme mesa que nos dejaba a cubierto de las inquisitivas miradas adultas gracias a un largo mantel de hule verde estampado con estrellas y planetas de colores desvaídos, teníamos nuestras primeras experiencias de sexo grupal: mirar revistas de cine donde las estrellas mostraban sus hombros y canalillos en los estrenos y poco más que sus piernas y ombligos en las piscinas de sus mansiones. Adorables mujeres de cera con peinados impecables y sonrisas idénticas, tan planamente virtuales como nuestras ilusiones, eran las encargadas de introducirnos a ese mundo que tanto daño y placer iba a producirnos en un futuro de sentimientos más desgarradores, menos lúdicos, que, para algunos como yo, estaba muy cercano.
Hoy, un día después de otro cumpleaños, miro hacia atrás sin ira. Me imagino descubriéndonos en nuestros juegos prohibidos debajo de aquella mesa que oficiaba de guarida, presenciando desde la invisibilidad de la distancia los encuentros y desencuentros de esta relación triangular inocente y perversa. No hay resaca alguna junto a mí, sólo regalos.
La corriente de la vida me ha arrastrado hasta este lugar que ocupo, ha ido convirtiéndome en este hombre que escribe y se pregunta, aún hoy, aquí y ahora, en este mismo y placentero instante, qué sentido ha tenido todo esto.
El apasionado, radical Wilhelm Reich, no le otorgaba ninguno. Decía que la gracia de este juego siempre sorprendente no radica en llegar a la meta, sino simplemente en recorrer sus diferentes tramos con nuestro propio paso, con nuestro más íntimo y personal aliento.
Es lo que intento cada día.
Posdata: sobre la mesa, algunos regalos. Las flores y el sello con tampón rojo, de Isabel y Vanessa N.; el maravilloso libro con nuestra jerga argentina, de Laurafrú y Edgardo; el exquisito Dior de la misteriosa Sigourney; el CD y la carta de Dan y Giosafat; los "interiores" de Inés R.; el chaleco y la gorra de lana, del señor Bertini, y las chapas numeradas que distinguen los edificios de Buenos Aires y Rosario, un muy meditado regalo de Monsieur Chapuis que merecerá un post propio un día de estos. Posdata dos: mi amigo Héctor Zampaglione me manda como regalo esta foto. El día y yo lo agradecemos.

lunes, septiembre 08, 2008

abrazos

El último viernes, una elegantísima Isabel Núñez nos señaló el camino hasta el otro lado del espejo, ese lugar donde todavía no hay cemento sustituyendo la arena y los árboles burlan con silenciosa astucia el ojo talador de las brigadas verdes. Unas horas después, Mini Cooper mediante, anduve por playas algo más lejanas, abrazándome a acacias, sauces, plátanos y sobre todo a algunos imponentes, retorcidos e inabarcables pinos centenarios. Testigos aparentemente impasibles del tantas veces infructuoso trajinar humano, estos árboles de dibujo caprichoso sobreviven a varias guerras desvastadoras, y, de la misma manera callada conque han logrado burlar todo tipo de bajas pasiones personales tan inútiles como bastardas, lo hacen notablemente erguidos, orgullosos de su casi milagrosa supervivencia. Sumergido en un clima de inusitada bonanza, durante unos días me dejé abrazar a mi vez por la cálida inteligencia de unos amigos que, como esos pinos memoriosos de S'agaró y Sant Feliú, no se dejan abatir por la desertizante estupidez que nos circunda. Durante todo un fin de semana inusualmente apacible, hablamos hasta por los codos de psiquis y de lenguas, de proyectos e ilusiones, de nuestros problemas y de los ajenos, mientras tomábamos baños de sol y mar, comíamos, bebíamos y reíamos, conscientes de que la soledad, la hambruna y la tristeza están siempre agazapadas, esperando el momento de atacar a sus más desprevenidas presas.

sábado, mayo 17, 2008

El Melga a la distancia

“Querida mami, hoy es 28 y estamos por llegar a Santos. Son las 10 de la mañana. Estoy sentado en la popa del barco escribiéndote. El viaje es hasta ahora sensacional. Apenas zarpamos vimos Bs. As. por última vez y era tan emocionante que no te lo puedo contar... tenés que vivirlo”. Esta fue la primera carta que recibió la madre de Daniel cuando este decidió dejar Argentina para radicarse en Barcelona. Iba a cumplir los veintiséis años en otro país, acompañado por Marcelo, un estudiante treintañero de psicología capaz de soportar sus desmesuradas muestras de talento, pasiones y sentimientos. Yo no podía seguir su ritmo; me sentía avasallado por aquella vitalidad desbordada, por su creatividad sin controles. Recién ahora me doy cuenta que nuestra relación, llena de anécdotas de todo tipo, no duró en realidad más de cinco o seis años. Años infinitos, de un material incombustible al tiempo. Nos habíamos conocido en la calle Florida a fines de los años sesenta. Aquella tarde grisácea de otoño tres artistas pop nacionales habían decidido imitar el gag central de una trepidante comedia de George Cukor y Judy Holliday, La rubia fenómeno (It should happen to you), colgando un gran cartel publicitario donde aparecían sus fotos, cruzadas por una leyenda que preguntaba "¿Por qué serán tan geniales?". Yo era un joven militante de izquierda cargado de prejuicios sociales y bastante desprovisto de humor. Hice un comentario en contra de "esos niños bien con pretensiones de artista" y Daniel, que andaba por allí cargado de libros y carpetas, lo cazó al vuelo. Nos insultamos un buen rato, con palabras gruesas y auténtica furia, sin embargo poco después estábamos tomando café en el desaparecido, aunque siempre recordado, café "Augustus". Allí, con su habitual, avasallador atropellamiento, cargado a partes iguales de ternura, agresividad y timidez, terminó confesando que ya me tenía visto en los dos o tres bares supuestamente intelectuales de la zona, y que, al margen de sus opiniones, en todo contrarias a las mías, y a la violencia que le producían mis comentarios de "pequeño burgués pretencioso", estaba especialmente contento, ya que aquel día se le había presentado al fin una posibilidad de entablar conversación conmigo. Nos hicimos amigos porque era necesario que fuera así. Mi vida era tan afable y ordenada como la casa en que vivía. Su aparente desorden generaba obras plásticas espléndidas a las que siempre encontraba deficitarias. Decía que mi compañía era terapéutica, que lograba sedarlo, y yo encontraba su apasionamiento, a veces difícil de aguantar, repleto de resplandeciente verdad. Ambos, cada uno a su manera, odiábamos por igual la hipocresía, la mediocridad y la injusticia. Tal vez por eso nos desnudábamos en las fiestas más concurridas, produciendo deserciones masivas de los invitados más burgueses y algún que otro comentario gratificante de aquellos que de verdad nos interesaban. Una anécdota que los despistados -o rácanos- de siempre, atribuirían con los años a Manuel Puig, un ser tan talentoso como incapaz de sacarse la corbata fuera de su casa. Ayer, buscando más información sobre el último Premio Nacional de Fotografía, un señor sin ningún valor estético remarcable, dedicado a retratar con nauseabunda perversión animales muertos, ¿o asesinados?, envueltos con todo tipo de cintas, hilos, trapos, y arbitrariamente rodeados de pigmentos de colores, encontré un retrato-acuarela de mi amigo Daniel realizado por la fotógrafa Ouka Lele. Nunca nos había hablado de ello. Supongo que el hecho de ser él el personaje retratado quitaba toda importancia a la obra. Se lo envié inmediatamente a su madre, María Teresa, y ella, para retribuir esta nueva imagen del hijo perdido, me envió una sucinta biografía de Daniel, lo primero que ha escrito con el ordenador regalado por una amiga. Es un texto magnífico, tan auténtico como Daniel, al que todos llamábamos "el Melga" o "el Melgarejo". Con la resaca del vertiginoso abril prolongándose en mayo, había olvidado que mi amigo cumplía años el día 7 de este mes. ¿Cómo era aquello de la escritura recta, o justa, con líneas torcidas? Pues exactamente eso.
Photo : Daniel Melgarejo por Ouka Lele.

jueves, mayo 15, 2008

alrededor del blog

Anoche tuvimos la mesa redonda sobre el blog. (Si buscas en actividades realizadas podrás ver nuestras caritas) Fue en el Aula de Escritores de ACEC, la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña. Un encuentro agradable con buenos viejos amigos y algunas apariciones estelares del mundo blogger barcelonés. Lokita, Letra perpleja, Frikosal, Tres musas, Gisella -todos linkeados entre los habituales- vinieron a apoyarnos con su cálida presencia. Después de las intervenciones de Jorge Chapuis, Isabel Núñez y Vanessa "Objeto A", sólo un momento antes de las preguntas e intervenciones del público -estuvimos reunidos allí hasta casi las diez de la noche- leí el texto que había escrito ayer mismo, mientras trataba de recuperarme de una noticia tristísima: la muerte, temprana y dolorosa, de Rosa María Segalés. Sobre el blog y otros embolados
La vida es sorprendente si uno permite que lo sea.
Hace año y medio vino a casa Georgina Roo para festejar mi cumpleaños y me trajo como regalo la receta para la hechura de un blog. En estos momentos estoy llevando cuatro de estos inventos y hasta me atrevo a hablar de, sobre ellos, con todos vosotros.
Cuando las relaciones eran más ingenuas, o tan sólo más forzadas, solían preguntarte de sopetón, como para abrir boca: ¿y tú a qué te dedicas? Ahora pasa algo parecido cuando te piden que sueltes el currículum. Suelo decir que soy dibujante y escritor sin saber nunca el orden que ocupan esos factores, un detalle que seguramente no altera esa suma de cosas que voy siendo, en distintos momentos y a medida que vivo.
Sin embargo a esta altura de mi tiempo puedo decir que me siento básicamente un narrador, o sea: alguien que mira, observa, desmenuza con los ojos, para después trasladar aquello que ve a otra forma de imagen o simplemente intenta traducir esa observación previa al diálogo cotidiano, a la palabra hablada.
En mis años adolescentes muchos parientes solían pedir que les contara las últimas películas que había visto. Decían que lo hacía con precisión y gracia, enfatizando detalles que no eran muy evidentes a simple vista. Esa opinión no era unánime, por supuesto. Siempre estaban los Otros por antonomasia, esos primos antipáticos que detestaban mis cuentos porque me encontraban fabulador, mentiroso, exagerado, barroco.
La palabra escrita fue, más que el resultado de una búsqueda, el producto de un afortunado accidente. Sí: la vida es sorprendente.
Con mi compañero y socio de vida compramos un ordenador para trabajar en gráfica y cuando el aparato entró en casa descubrí que aquello era lo que siempre había necesitado para escribir. Casi no hacía ruido, tenía luz propia y si te equivocabas no gastabas resmas y más resmas de papel ni llenabas de molestas miguitas de goma de borrar toda la mesa de trabajo.
Como soy bastante enemigo de las profundidades pero también lo soy de las alturas excesivas,
-la claustrofobia y el vértigo ocupan espacios bastante notables dentro de mis síntomas-
suelo saltar de tema en tema, de situación en situación, sin quedarme demasiado en ninguna.
No es algo que me preocupe.
Para decirlo de forma metafórica: si estoy mirando un cielo de incomparable belleza y un ángel se posa sin aviso previo en una rama cercana, mis ojos, y mis pensamientos, abandonan aquellas nubes sonrosadas para ir rápidamente hacia estas alas en reposo.
La escritura y el ordenador están relacionados conmigo, y en mí, de forma muy directa.
Escribo desde siempre, aunque sin pretender nada, perezosa y pausadamente.
La literatura exige sacrificios muy variados. No es bueno entretenerse mucho tiempo con otra gente ni acudir demasiado a saraos, vernisages y/o banquetes.
Se hace imprescindible sacrificar los vuelos innecesarios y quedarse en la jaula, picoteando teclas. No puedes bailar ni cantar mientras escribes y el simple hecho de ir al cine, ver un poco de televisión o leer novelas ajenas, puede entorpecer de manera notable tu laboriosa tarea narrativa.
Por el contrario, un post requiere el tiempo justo de tus ganas. Como no cobras entrada puedes decidir cuántas líneas durará el espectáculo. Como no tienes más patrones que tu conciencia, decides si aquel día habrá o no un nuevo escrito en tu página. Además, y esto es un verdadero lujo, puedes elegir desde el formato de tu entrada hasta quién ilustrará visualmente tus palabras. En un año y medio, por las mías han pasado fotógrafos y artistas plásticos tan reconocidos como Henry Matisse, Diane Arbus, Torres García, Annie Leibovitz, Irving Penn, Horacio Coppola, Horst P. Horst, Francesca Woodman o Nicolás de Stael.
Gran parte de mi vida he trabajado como ilustrador de diarios. En ellos no hay tiempo para la duda ni el arrepentimiento: te encargan un dibujo hoy y mañana mismo lo ves publicado. Me gusta afrontar ese riesgo: crecer en la acción, aprender con los aciertos y las equivocaciones. Nuestro trabajo creativo se desprende de nosotros una vez publicado, nos obliga a verlo con ojos nuevos, ajenos, extranjeros.
Y llegado a este punto, que en realidad es llegar a ninguno, tomo conciencia de que llevo escritas tres páginas. Suficientes para que tengamos tiempo de dialogar alrededor de este nuevo fenómeno. Demasiadas para el post que colgaré mañana.
ilustra : pintura de Gun Wei

lunes, mayo 05, 2008

in giro per Girona

Lo que hace unas horas fuera viernes 2 de mayo de 2008, ya es parte del (mi) pasado. Desde ese día hasta hoy, hasta este mismo momento en el que escribo, han pasado segundos, minutos, horas y, junto a todo ese tiempo, también pasaron un buen puñado de cosas agradables. Trato de recordarlas sin proponerme un orden demasiado preciso: el viaje en coche atravesando una verde y plácida Girona con música del recuperado Ray Orbison, ese desafortunado rockero que te hace bailar con los brazos si tus piernas no pueden hacerlo; el desayuno tardío en la plaza de Monells (buenísimo, recomendable); la llegada a la masía de J., con el dueño de casa esperándonos en la puerta mientras R. dormía una siesta intempestiva de la cual se levantó con excelente humor e impactante peinado "deux visages"; la habitación azul con su ventana al campo y las lagartijas que hasta un segundo antes ocupaban resquicios del vano escapando presurosas de nosotros, tan precavidas como ignorantes de cuánto se las quiere por este lado de la frontera; la comida nocturna en un restaurante ampurdanés y el despertar con té de rosas "made in france"; las interminables conversaciones alrededor de las diferentes mesas que supimos compartir, tirados de cualquier manera sobre el césped sin cortar o reclinados sobre las hamacas de tela blanca a un costado de la gran piscina rectangular que nadie se atrevió a usar ("corre una brisa ligeramente fría"); todas esas sabrosas, disparatadas, envolventes, divertidas charlas de este fin de semana gironense. Este bondadoso Abril me envolvió en un sayo de atercipelado paño. Parece que mayo no me obligará a quitármelo. El jueves anterior por la noche nos habíamos acercado hasta Masnou para oír la guitarra de un argentino viajero, Federico Parducci (La Diabla dúo), homenajeando a Atahualpa Yupanqui. En algunas canciones lo acompañaba un hijo violinista medio barcelonés llamado Nicolás. Resultó ser un dúo singular, de particular belleza. Una pareja de hecho funcionando tan bien o mejor que las más tradicionales. Al final del concierto, envalentonados por nuestros sinceros, emocionados, merecidísimos aplausos, se atrevieron con el Gracias a la vida de Violeta Parra. Pues eso: gracias a la vida.

fotos de dante bertini

lunes, abril 28, 2008

Francesca Woodman: un ángel al borde del volcán ardiendo

Hoy por la tarde el psicoanalista Alejandro Gómez Franco y yo presentaremos este pequeño libro de poemas de Zulema Moret inspirado en algunas fotos de Francesca Woodman.
Los dejo con parte de la obra -sus padres y albaceas guardan cerca de diez mil negativos- de esta fotógrafa tan especial.
Vale la pena:
Una vez pasado el evento, adjunto el texto que escribí para la presentación:
Ya desde la cubierta, este pequeño volumen anticipa, aunque con intrincadas pistas, gran parte de su contenido: muestra la imagen borrosa de una mujer que ha dejado atrás sus alas, y, despojada de esos incómodos atributos celestiales, liberada de toda responsabilidad angélica, escapa apresuradamente del escenario de su crimen. Intenta hacerlo saltando hacia este lado del espejo, sumergiéndose en el mundo que hasta un momento antes observaba su vuelo. Dentro, en cincuenta páginas y tres idiomas, las palabras no han perdido sus alas y navegan libres, despojadas hasta la desnudez de complementos y accesorios. Imágenes únicas enriquecidas por la ambigüedad del misterio. Haikus de vocación surrealista, donde la naturaleza humana se funde con ese paisaje desprovisto que pretendía encerrarla, enmarcarla, limitarla:
"¿Qué relación existe
entre la corteza del cedro
y tus brazos
bajo las vendas blancas
del poniente?"
Frases sucintas, concisas, que más que decir, susurran, esbozan, sugieren. En estos poemas, la voz de Zulema Moret recuerda la de los ángeles cinematográficos de Win Wenders, musitando al oído de los transeúntes berlineses sus secretos mandatos, sus particulares exorcismos. Exorcismos y secretos que solamente podemos imaginar, suponer, intuir, ya que ni siquiera son audibles para el encallecido, nada angelical oído humano.
"Un ángel al borde de un volcán ardiendo."
El título del libro de Zulema Moret nos habla de la más extrema fragilidad al borde del más amenazador peligro. Delicadas plumas de ángel y una piel que podemos imaginar traslúcida, acercándose de forma por demás temeraria a las implacables, nada piadosas, lenguas de fuego. Según nos dice la autora en el prefacio de su libro, esta estremecedora imagen se desprende de una exposición antológica que, en algún momento del año 2000, la Tecla Sala de Barcelona dedicó a la fotógrafa estadounidense Francesca Woodman, quien durante escasos diez años, los que van de los trece a los casi veintitrés, expuso su cuerpo a los ojos de una cámara, experimentando con ambos a la vez. Descubiertas casi por azar, la serie de fotos allí expuestas mostraban a una artista extremadamente sensible en el vórtice mismo de su devastadora creatividad, a una jovencísima mujer presa de sus impulsos autodestructivos, arrastrada por la vorágine de revulsivas pasiones propias que sin embargo eran vividas como ajenas. Siempre al borde del naufragio, presintiendo el cercano e inevitable ocaso, Francesca Woodman se fotografiaba una y otra vez, aunque evadiendo la mirada frontal, el gesto directo, el retrato sin más. La Woodman modelo se niega a mirar ese ojo que la mira, que no es otro que el suyo propio, y en un doble juego de connotaciones esquizoides, se exhibe sin pudor alguno al mismo tiempo que trata de pasar desapercibida, fundiéndose con el atrezzo de sus fotos. En ellas -todas de pequeño formato y en austero blanco y negro- la vemos tapándose con el papel pintado que hasta un momento antes cubría las paredes de un cuarto desposeído; ocultándose tras un movimiento rápido e imprevisto que, al ser apresado por la cámara, desvanece sus contornos; escondiéndose detrás de máscaras, muebles, volúmenes o cuerpos ajenos. “Hago fotos de la realidad filtradas a través de mi mente”, escribió Francesca en un pequeño cuaderno rosa que le servía de diario íntimo. En los poemas de este libro, Zulema Moret escribe, o reescribe, esa mirada angélica; transforma en palabras desprovistas de toda puntuación y ornato, en frases susurradas a vuelo de ángel, las imágenes que la conmueven:
“…palabras como alambrecitos circulan sobre el poema herido…”
También ella, como la muy fugaz Francesca Woodman, se acerca peligrosamente al borde de ese hipnótico abismo ardiente, corrobora ese trágico presagio final del cual se hace imposible escapar:
“tú vestida de luto
en el borde de las ramas
la pierna sobre
el sillón
de pana
dialoga con la sombra”
Poco antes de cumplir veintitrés años, Francesca Woodman se arrojó al vacío desde una ventana de su apartamento en el Lower East Side de Manhattan. Dejar de Ser, para unirse, místicamente, a un Todo indivisible, único. Un vuelo final, impulsado tal vez por esas “Desordenadas geometrías interiores”, que dieran título a su último trabajo, editado un mes antes de su muerte.
“¿Dónde estás
Francesca, dónde
Estás?
Dos sábanas blancas
Te sostienen.
Un ángel al borde del volcán ardiendo.”

martes, abril 08, 2008

Abril, abriles

En abril, lluvias mil, dice un clásico refrán castellano. Hasta ahora mismo el clima barcelonés desmiente ese aserto y ya han empezado a verse, y a sentirse, los efectos de una sequía que pareciera no tener fin. Los propietarios de las tiendas, temerosos de las posibles multas del gobierno tripartito, han decidido no regar más las plantas que decoran los frentes de sus negocios y éstas languidecen, se amarillean y acartonan, contradiciendo los clásicos, biológicamente regulados, efectos de la primavera, con su explosión de diversos verdores y variados capullos.
También yo, nada vegetal, me seco un poco con ellas. Si no fuera porque ni el tiempo ni la energía alcanzan para tanto, me compraría una regadera bien vistosa, le pintaría una B y una V y, bajo el slogan de Barcelona Verdea, me ofrecería para regar todas las plantas que encuentro muertas de sed por las polvorientas calles de Barcelona.
Tal vez esta labor me entretendría la cabeza en algo diferente a mis pensamientos desbocados de estos días. La primavera altera la sangre y los sentidos, lo sabéis muy bien, pero además a mí el mes de abril me envuelve en un tropel de nostálgicos recuerdos. En este mes nacieron, aunque bajo distintos signos astrológicos, mis muy queridos padres: un ariano Don Giovanni -al cielo pongo por testigo de cuánto honor le hizo a su nombre- y una taurina, colorida, aromática y sentimental Doña Flora. La suya no fue una relación fácil, pero casi podría asegurar que se amaron apasionadamente. Si no fuera así, nada de lo que hicieron durante los últimos años de su vida, su cuidado mutuo sin retaceos, su abnegado sacrificio hasta el desolador final, tendría el más mínimo sentido.
También en abril cumplía años Beba, o Bebita, Ferreyra. Fuimos amigos a pesar de la disparidad de nuestras edades y de las experiencias tan distintas por las que habíamos pasado. Cuando la conocí yo todavía no había cumplido los veinticuatro años. Ella tendría unos cuarenta más. Yo salía bastante maltrecho de mi primer relación de pareja, ella estaba separada hacía años de su primer y único marido.
Como a tantísima otra gente, la vi por primera vez en casa del empresario Felipe del Canto, un anfitrión encantador, afecto a organizar reuniones en las que mezclaba jovencitos prometedores con personalidades más o menos relevantes del famoseo porteño: actores y actrices, músicos y cantantes, directores de cine, teatro y televisión, publicistas, modelos de primera línea, artistas plásticos recién llegados de Europa o Estados Unidos y algún jugador de fútbol con buena pinta y un discurso mínimamente inteligible. Bebita, de clase acomodada y sin profesión conocida, era una señora de porte distinguido con un notable parecido a la cantante italiana Ornella Vanoni, visitante habitual de la capital argentina. Además de la melena rojiza, aleonada, compartían unos rasgos fuertes, definidos, nada feminoides, y una mirada cargada de inteligente intensidad, muy alejada de cualquier pretensión de inocencia. Siempre me gustó bailar y solía ser el primero en empezar a hacerlo en todas las fiestas. Desde un primer momento Bebita demostró interés por mí, y yo, al principio por pura vanidad juvenil, correspondí a su interés con el mío hacia ella. A pesar de sus piernas, ya muy cansadas, en todas las fiestas que compartíamos simulábamos algún baile que otro: yo hacía lo necesario para llenar el espacio con la totalidad de mi cuerpo joven, elástico y rebosante de energía, mientras ella se clavaba en un lugar y como mucho movía un poco los brazos, los hombros o la cabeza, aunque sin perder jamás el ritmo, sino siguiéndolo con la misma elegancia felina que envolvía todas sus acciones. Nunca hablábamos de nuestra vida pasada. Ella creía con verdadero fervor en el lema de aquel pajarraco que sobrevolaba La isla de Aldous Huxley repitiendo "aquí y ahora", para que nadie se olvidara de vivir intensamente cada instante de su vida. Sin embargo en algún momento de despiste me contó acerca de una hija compositora viviendo en París y también de los maltratos psicológicos que había sufrido durante sus años de casada. Era feliz en las calles muy transitadas del centro de Buenos Aires, rodeada de apretujantes multitudes de gente anónima, pero apenas llegaba el otoño huía del frío húmedo que solía enfermarla para perseguir los diferentes veranos del mundo. Despreciaba la droga, la corrupción, la estupidez, y sin duda ni resquemor alguno, dividía a la gente en dos grandes grupos: los que odiaban el sexo y aquellos que intentaban vivirlo en plenitud y libertad.
Unos años antes de morir en Nueva York -una de sus ciudades preferidas- se acercó hasta mi casa de Ibiza. Creo que quería despedirse sin decirlo, con la misma discreta elegancia con la que envolvió toda su vida.
Como cada año, este mes de Abril que recién comienza me la recuerda, de la misma manera que lo hacen Doctor Zhivago, Harold and Maude -una versión más hollywoodense de nuestro nada breve encuentro-, las teorías algo olvidadas de Wilhem Reich y las historias familiarmente zoológicas de otro querido amigo suyo, el escritor británico Gerald Durrell. Todos descubrimientos que le debo y, supongo, seguiré debiéndole para el resto de la eternidad.
fotografía de joseph koudelka

miércoles, marzo 19, 2008

Los setenta años de Rudolf Nureyev.

Parece que la primavera se acerca danzando. De un post a otro, de un blog a otro blog; entre piruetas interminables y soberbios grandes jetées. Maurice Bejart inspira a De Lirium, que recuerda el aniversario del inolvidable bailarín ruso Rudolf Nureyev. Y a su vez, Vanessa me recuerda una anécdota que le había contado nada más conocerla. El 17 de este mes Nureyev hubiera cumplido 70 años. Sería un viejo felino, aunque con toda seguridad, igualmente bello, con ese porte majestuoso y ese orgullo de raza que sólo la enfermedad que finalmente lo mató pudo doblegar. Me crucé con Él un invierno de los ochenta por las calles de París. En aquel viaje vi también a Charlotte Rampling entrando a una zapatería del boulevard Saint Germain y desayuné junto a un avejentado Laurent Terzieff en un pequeño bar que todavía conservaba su decoración original de los años cincuenta, a escasos doscientos metros del mítico y carísimo Les Deux Magots. Yo pasaba unos meses allí, en un apartamento duplex de la rue de Lille, enfrentado a la que había sido la casa-consultorio de Jacques Lacan. Me enteré de esa proximidad varios años después, aunque de poco hubiera servido saberlo en aquel momento porque cuando nosotros vivimos allí el señor Lacan ya había muerto. Aquella zona era, y aún es, la de los más importantes anticuarios de la capital francesa. Pasearse por esas calles ordenadas y de poco tránsito era un verdadero lujo. Se vivía rodeado de objetos y muebles bellísimos, casi un anticipo de lo que nos esperaba allí mismo, cruzando el Sena, en ese Louvre pre-Pyramide al que me gustaba llamar, con infantil arrogancia de recién llegado, "El Museo de Mi Barrio".
Un triste y frío atardecer de sábado, sin planes precisos ni ordenador para ocupar el tiempo libre, decidí dar un paseo por las cercanías de nuestra casa. Los escaparates abigarrados y cambiantes de los anticuarios permitían encontrar cada día algo diferente donde entretener la mirada. Me detuve, como lo hacía siempre, en un local especializado en sombreros de todo tipo, época y lugar. Las paredes pintadas de negro hacían resaltar el color de las plumas y las cuentas de cristal, la textura de los fieltros, satenes, pieles y terciopelos, el brillo de los apliques de metal y el dibujo de las barrocas pasamanerías de algodón o seda. Un poco más lejos, en el escaparate lateral de una tienda especializada en petit meubles, habían colgado un pequeño grabado ochocentista sabiamente enmarcado con un entrelazado de hojas y frutos en oro viejo. Mostraba a un joven hombre desnudo recostado sobre unas rocas. Estaba allí, deslumbrado por la sutil belleza de aquella imagen, cuando, doblando la esquina más lejana, apareció una figura imponente. Maxi abrigo negro de paño con abotonadura doble, sombrero de astrakán calado hasta las cejas, botas altas de cuero y una enorme cartera cruzada en bandolera sobre el pecho. Le noire sorte et gagne, decía un slogan de moda por aquellos tiempos. En aquel hombre, que reconocí inmediatamente como Rudolf Nureyev, la frase cobraba todo su sentido. Me despegué del escaparate y, olvidando la imagen del grabado, caminé hacia su encuentro. Salvo nosotros dos, la calle estaba absolutamente vacía. Pasó a mi lado mirando al frente -una pantera harta o desganada que desprecia a su posible presa- y se detuvo un instante en el mismo escaparate donde había estado yo antes. Era más que evidente: a Él también lo había impresionado el dibujo del hombre desnudo sobre las rocas. Me quedé hasta ver cómo entraba a la tienda y después seguí mi camino. No me hubiera gustado verlo salir con aquel cuadro bajo el brazo, ufano cazador camino de su cueva.
fotografía en color de Lord Snowdon
retrato desnudo de Richard Avedon

viernes, enero 25, 2008

Psicoanálisis y escritura

Con el mismo nombre de este post, Mesa Redonda en el Aula de Escritores del Ateneo Barcelonés. Fue ayer, a partir de las siete y media de la tarde. Participé con una ponencia junto a las escritoras Isabel Núñez e Imma Monsó. Moderó el psiquiatra y psicoanalista Manuel Baldiz. A pedido de algunos amigos que no pudieron asistir por problemas horarios, transcribo a continuación el texto que escribí para ese encuentro. Es algo largo. lo sé. Podéis pasar de él sin que me ofenda. O leer el post anterior: ¿Quién ha dicho perros?

Dialogando virtualmente con Manuel Baldiz acerca de esta charla, coloquio o mesa redonda -juro que no sé cómo llamarla y ni siquiera sé si esto importa demasiado-, aparecieron algunos temas de especial interés para nuestro estimado moderador, ya que mostraban coincidencias, paralelismos y/o puntos de contacto entre nuestras profesiones.
Afortunadamente para mí, ninguno de estos temas hacía hincapié en lo conflictivo que puede resultar escribir fuera de la tierra que nos vio nacer, algo que ronda constantemente -en forma de charla, coloquio o mesa redonda- a todos los escritores nacidos fuera de Cataluña.
Los puntos que interesaban a Manuel Baldiz, eran:
El 1º: La influencia (o no) del análisis personal del escritor en su manera de escribir, y también de la teoría psicoanalítica en la escritura en general,
El 2º: Un interrogante que Baldiz mismo considera algo tópico y de compleja resolución: ¿puede un autor escribir desligándose de los condicionantes de su propia biografía, de todos sus fantasmas?
El 3º: ¿Tienen razón los que dicen que la novela ya está “muerta”? Siendo algo que curiosamente se afirma también respecto del psicoanálisis, ¿es que psicoanalistas y escritores podemos considerarnos como parte del mundo de los muertos?

Me parece de especial importancia empezar por este último punto. Sobretodo para tranquilizar a los que están escuchándonos. Podrían pensar que sin proponérselo han adquirido ese Sexto Sentido que permite ver a los finados de cuerpo presente e inclusive socializar con ellos. Si la novela está muerta debe ser un negocio al menos tan próspero como el de las pompas fúnebres. ¿O es que las editoriales editan por puro fervor literario, por mero y trasnochado romanticismo?
Del total de títulos editados en España durante el año 2006, cerca de 57.000, casi la tercera parte corresponde a textos literarios o a volúmenes que se ocupan de su estudio y crítica.
¿Y el psicoanálisis? ¿Es que también el psicoanálisis está muerto o en vías de extinción? No puedo responder a esta pregunta. Seguramente lo harían mejor las agendas de los psicoanalistas aquí presentes. Por mi parte, y viendo el sonido y la furia conque casi todos estamos obligados a enfrentarnos cada día, minuto a minuto, en nuestra vida cotidiana, sería de rogar que el psicoanálisis siga vivo, que sigamos teniendo gente interesada en paliar algunos molestos síntomas, con algo más que cápsulas, grageas y bisturís.

Gracias a la lista de la librería Xoroi, poco antes de escribir este texto me enteré de la existencia de un medicamento muy de moda. Si mis piernas se movieran sin aparente necesidad, preferiría, antes de ensayar la ingesta más o menos controlada de Rivotril, salir a comprarme una antigua máquina de coser a pedal para sustituir al ordenador, subirme a una cinta rodante o flanear alegremente por algunas de las ciudades que me gustan.

Los otros dos ítems que proponía Manuel, deberían, supongo, poder resumirse en uno.
Tuve tres cortas experiencias psicoanalíticas en mi vida, la primera a mis enfervorizados, quijotescos, apasionados, a la distancia tiernos, diecinueve años.
Dos o tres años después, arrastrado por las nuevas corrientes terapéuticas llegadas de Londres, -no sólo nos mandaban canciones de los Rolling y los Beatles o minifaldas de Mary Quant- hice otra corta experiencia con una novia psicoanalista del inglés David Cooper, presunto inventor de la antipsiquiatría.
Todo fue relativamente bien hasta que un día ella me dijo que no debía confundirla con su novio inglés:
-Soy de la escuela freudiana. No espere de mí terapias alternativas-, y para que no quedaran dudas al respecto me invitó a recostarme en el diván.
Aquello me desilusionó bastante. Yo esperaba que saliéramos a caminar libremente por los parques y, como quien no quiere la cosa, ayudados tal vez por alguna sustancia alucinógena, ella, la novia porteña de Cooper, se atreviera a develarme la verdad de la vida.
La última experiencia analítica, por hallarse muy cercana en el tiempo pero aún más en el espacio, prefiero pasarla por alto.
Los pocos libros que tengo publicados, todos los que escribí hasta el momento, son frutos de la edad madura.
Podría decir que nací como escritor, me permití creer que podía serlo, poco antes de llegar a los cincuenta años. O sea que entre mi primer encuentro con un encantador analista freudiano argentino en la ciudad de Buenos Aires y mi primer libro escrito en un piso del Eixample en la Barcelona post-olímpica, pasaron nada menos que tres décadas. Tres décadas en las que jamás me había planteado convertirme en "escritor profesional". Tampoco hoy me planteo semejante cosa, pero como más de una vez he leído esta escueta descripción acompañando mi nombre, se hace necesario aclarar que no soy el responsable.
Fui, y esto sí puedo atribuírmelo, un lector muy precoz, pre-sicoanalítico.
Cuando agoté las clásicas lecturas infantiles de la segunda mitad del siglo pasado -Defoe, Dumas, Verne, Louise May Alcott, Mark Twain- me lancé a leer a Sartre y Camus. Lo hice apenas cumplidos los trece años y aconsejado por una profesora de lengua castellana que me consideraba suficientemente maduro como para emprender semejante tarea sin embarrancarme para siempre en la autodestrucción. Casi se equivoca, por supuesto. Dicen que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, aunque nadie nos aclara que estas peligrosas bondades, estas buenas intenciones, también pueden ser ajenas.
A estos, mis años "existencialistas", de cabellera revuelta y jerséis oscuros de cuello vuelto, siguieron otros muchos años en los que devoraba ansiosamente todo lo que caía en mis manos.
Este todo incluye también obras literarias, de gente tan dispar como Steinbeck, Pavese y Leon Tolstoi; Simone de Beauvoir y Francoise Sagan; Neruda, Lautreamont, Rimbaud, Oliverio Girondo y Alfonsina Storni, el teatro de "William" Shakespeare y el de Tennesssee "William(s)", el de O´Neill y el de Ionesco, ambos llamados Eugene.
Tanta literatura sin freno ni guía me arrojó a los brazos de las juventudes comunistas, que, disfrazadas de un literario marxismo leninismo, me prohibieron leer a Madame Flaubert por considerarlo burgués y decadente.
Nunca pude soportar la censura y aún menos ejercida por los que se llaman a sí mismos "progresistas".
Semejante decepción en mis convicciones político-sociales, unida a algunas otras de carácter erótico-amoroso, me hundieron en un nihilismo desesperanzado y solitario del que sólo me rescataban mis amigos de siempre: el cine y la lectura.
Más o menos por esta época, la misma en que comencé a interesarme por Freud y sus discípulos, tuve la suerte de leer al extravagante y prácticamente desconocido escritor Witold Gombrowitz. Lo hice aconsejado por un joven librero porteño convertido con los años en un reconocido sicoanalista lacaniano. En medio de una improvisada charla literaria nocturna en la librería donde trabajaba, Germán Leopoldo García extrajo de un estante semi oculto, un ejemplar amarillento de la primera edición, fechada en 1947, de Ferdidurke. Y uso el verbo extraer de forma muy deliberada, ya que el amigo que me acompañaba y yo tuvimos la sensación de haber presenciado un pase de prestidigitador, un abracadabrante truco de magia.
Devoré una y otra vez aquella particular novela, la asombrosa narración de ese misterioso polaco "anclado" durante años en una Buenos Aires que lo negaba como autor al mismo tiempo que traducía y publicaba sus escritos. Gombrowitz ganó mi razón con su aparente locura. Encontré que toda aquella invención de estructura lógica y aspecto surreal, ofrecía una coartada plausible a la forma en que yo había vivido hasta aquel momento, y, algo quizá mucho más importante, a la manera en que quería vivir en el futuro. Usando sus propias palabras, las iniciales del prólogo a esa primera edición argentina:
Los dos problemas capitales de Ferdidurke son: el de la Inmadurez y el de la Forma. Es un hecho que los hombres están obligados a ocultar su inmadurez, pues sólo se presta a la exteriorización lo que ya está maduro en nosotros. Ferdidurke plantea esta pregunta: ¿no veis que vuestra madurez exterior es una ficción y que todo lo que podéis expresar no corresponde a vuestra realidad íntima? Mientras fingís ser maduros, vivís, en realidad, en un mundo bien distinto. Si no lográis juntar de algún modo más estrecho esos dos mundos, la cultura será siempre para vosotros un instrumento de engaño.
Gombrowitz
, siempre crítico con toda forma de identidad colectiva, defendía la inmadurez, la no profesionalidad, ese libre albedrío que yo siempre he asociado con la tan seductora como displicente Pantera Rosa, un personaje que, lejos de SER definitiva y tozudamente "algo", recorriendo un camino que supone único y prefijado, se permite IR SIENDO, mientras transita ese terreno desconocido que la vida va desplegando frente a sí.
En este mundo de imágenes, espejo “Lewiscarolliano” del mundo real, el ambiguo felino de color rosado acepta hacer uso de esa natural flexibilidad que el budismo zen y el fantasma publicitario de Bruce Lee atribuyen al agua o al aire.
En definitiva: gracias a un polaco exiliado, a la librería Fausto de la porteña calle Corrientes, a un estudiante de psicología que trabajaba en ella, al dibujante Fritz Freleng y a la música de Henry Mancini, logré aceptarme como un ser moderno, un producto de mi época. Ningún libro, sin embargo, ninguna teoría política o filosófica, ningún film estadounidense, sueco o francés, respondía de forma creíble y certera a una pregunta siempre presente durante aquella época de mi vida. Y aquí -redoble de tambores- vuelve a entrar en escena mi primer analista. Aunque decirlo así es un tanto egocéntrico, bastante narcisista. En realidad fui yo quien se introdujo en su consulta para ¿atormentarlo?, exigiendo una revelación definitiva, CONCLUYENTE, para esa pregunta que podía tener todas las respuestas o no tener ninguna.

Aquí termina, debería terminar, este espiche, perorata, alocución, ponencia.
Llámese como se llame, podría seguir con ella hasta el fin de mis días. Supongo que ustedes no se quedarían para verlo, aunque nunca se sabe: a los seres humanos nos gusta ser imprevisibles. Pasa que, como se trataba de hablar de psicoanálisis y de la incidencia que éste tiene en nuestras vidas, me he dejado llevar más o menos libremente por la asociación libre, un método usado por un buen montón de gente, desde Sigmund Freud a Jack Kerouac.
Al terminar de escribirlo, por esas cosas del azar, que aún cuando no perfuma está siempre presente, apareció ante mí una cita de Michel Houellebecq, ese escritor llamado en realidad Michel Thomas. Dice así:
El humor no nos salva; no sirve prácticamente para nada. Uno puede enfrentarse a los acontecimientos de la vida con humor durante años, a veces muchos años, y en algunos casos puede mantener una actitud humorística casi hasta el final; pero la vida siempre nos rompe el corazón. Por mucho valor, sangre fría y humor que uno acumule a lo largo de su vida, siempre acaba con el corazón destrozado. Y entonces uno deja de reírse. A fin de cuentas ya sólo quedan la soledad, el frío y el silencio. A fin de cuentas, sólo queda la muerte.
Me ha hecho pensar, lo reconozco. Todo lo escrito por mí para este encuentro –y esta palabra, encuentro, me parece la más apropiada para lo que estamos haciendo aquí y ahora- tiene un tono de broma que Thomas Houellebecq encontraría inútil.
La duda abría ante mí sus temibles agujeros negros.
No tenía tiempo para escribir otra cosa. En realidad, tampoco quería hacerlo.
Apenas unos segundos después logré tranquilizarme.
No estaba de acuerdo con Michel Houellebecq Thomas.
Es tan importante no burlarse de las cosas serias como tomarse con buen humor casi todo.
Total, al fin de cuentas, sólo queda la muerte.
Ilustración anónima encontrada en la red (gracias, vanessa)