En la revista digital "Cualia" se publica una entrevista cruzada con mi
muy admirado José Ángel Barrueco.
Artículo completo en el siguiente enlace:
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Hace 5 meses
Alimento para corazones desesperados : el blog de DANTE BERTINI ダンテ ベルティニ -


Llego tarde al cine. Son poco más de las doce del mediodía y afuera un potente sol de prima-verano llama a la playa, al sudor y las malas compañías, o, en todo caso, por falta de un cercano mar Mediterráneo, a un asiento cómodo en una terraza urbana cerca del río, con algún diario cualquiera para enterarse de cómo sigue el mundo y una bebida fría y sin alcohol servida en vaso grande, jamás a las oscuridades de una sala de cine y a una copia deficiente, infectada de ruidos y decoloraciones (la única, según me enteraré a la salida) de una película sobre la revolución mexicana de la que no tengo más información que el nombre: La soldadera (1966). 
La ceremonia de inauguración de la Muestra de Cine Latinoamericano de Cataluña se hace por primera vez en el recién estrenado edificio de la Llotja*, un espacio compuesto por otros muchos más pequeños, todos ellos unidos por enormes pasillos, galerías, distribuidores. Mi asiento está justo detrás de los de Guillermo Toledo y el galardonado Ernesto Alterio, amigo de amigos, un ser sorprendentemente cercano, tierno y cariñoso. Antes de ubicarme tengo que pasar por el photocall junto a Sergio Espada, director del Museo Buñuel de Calanda. No habrá preguntas y respuestas, solamente un rápido posado fotográfico. A mí me divierte el paseíllo en plan estrella; a él, un hombre a quien no suelen asustar ni el surrealismo desbocado de don Luis ni el ruido atronador de los tambores de su tierra en fiestas, no le gusta absolutamente nada pasearse, y posar, frente a las cámaras que nos retratan.
En una escena de La soldadera, Lázara, una joven mujer de clase media convertida a su pesar en guerrillera, asiste conmovida, junto a un puñado de revolucionarios armados, a una función de cine al aire libre. Lo que al principio resultará jocoso y unos segundos después hipnótico, subyugador, terminará con el proyectista muerto y la pantalla "aterrada" por el mandamás de aquella compañía de desheredados sin rumbo, que no admite se escamotee ni un segundo de atención a su persona. 

Dado que los jurados no podemos abrir la boca hasta que el director del Festival comunique oficialmente los premios -viernes por la mañana a la prensa, viernes por la noche a los asistentes a la gala de cierre y al público en general- se me ha ocurrido anotar algunas repeticiones más que evidentes, al menos para mis ojos, en los filmes largos y cortos presentados a concurso. Si para muestra basta un botón, en esta Mostra no sobrarán los ojales.
Manifestaciones anti-israelíes atraviesan la ciudad de Barcelona. Algunos de los participantes habituales en este tipo de protesta prefieren llevar armas en vez de pancartas, aunque por suerte la mayoría de esa minoría belicosa parece conformarse con alguna piedra o cualquier otro objeto igual de contundente y arrojadizo. Mientras tanto, los ansiosos propietarios de las tiendas comerciales sobrepasan cualquier previsión gubernamental e intentan enchufarnos todo lo que les ha quedado sin vender en estanterías y almacenes, anunciando con enormes carteles descuentos de hasta un setenta por ciento. No es ningun regalo de reyes, no se ilusionen: con los precios actuales siguen ganando más del doble de lo que han invertido en la producción de sus suntuosas, poco necesarias mercancías. Y ya que estamos hablando de inversiones -soy un maestro enlazando temas muy dispares: una técnica aprendida en los zafiamente encadenados noticieros de la televisión española- acabo de ver Milk, una película que aquí han traducido como Mi nombre es Harvey Milk, no vaya a ser que los posibles espectadores pensaran que se trata de un documental sobre la producción de lácteos en el Principado de Asturias y no la historia de un gay judío estadounidense, carismático y concientizado luchador por los derechos homosexuales durante la década de los setenta del siglo pasado. De aquí lo de la bromita con las inversiones, ya que hasta hace nada la palabra invertido -al igual que palomo, comilón, sarasa, tragasables, mariposón o simple y llanamente puto- se usaba con absoluto desparpajo como aceptable sinónimo de homosexual. Es que no siempre se pudo decir abiertamente "soy homosexual" -y aún menos oficiar de tal- y seguir gozando de las mieles que la sociedad guardaba para los seres considerados "normales". Salgo del cine caliente y emocionado. Como por estos días ya se empieza a hablar de la ceremonia de los Oscar, si hubiera sido por mi côté Otro Yo del Doctor Merengue hubiera abandonado la sala en plan manifestante airado, exigiendo, además de una estatuilla para Gus Van Sant en cualquiera de las categorías posibles, otro Oscar anticipado para Sean Penn, ese actor de gesto preciso, sensibilidad desbordada y entrepierna sin complejos. Supongo que durante la última semana habréis leído más de un comentario de tipo descalificador o directamente despectivo sobre este filme honesto y, más que conmovedor, conmocionante. Sabemos bien lo alérgicos que son muchos periodistas a las obras comprometidas con algo más cercano y arriesgado que la demagógica difusión de los conflictos suficientemente distantes, cómoda y nada riesgosa posición que les permite gozar de una vida relajada, sin demasiados apremios, y con incontables, y generalmente pecuniarios, premios "de consolación". Yo que vosotros me pasaría por el forro esas opiniones ajenas y trataría de formarme una propia, viendo cuanto antes esta lúcida, documentada, muy entretenida película.
Me encuentro por la calle con un periodista barcelonés que ha hecho una crítica demoledora de Vicky Cristina Barcelona. El diario que la publicó, sin censuras, aunque con notable astucia, decidió destacar en negritas de mayor tamaño una frase de tono indudablemente irónico donde el autor de la nota parece alabar el filme "español" de Woody Allen. La jugada es un acierto: los lectores que no pasan de los titulares pensarán que la peli es espléndida y correrán a verla; los otros, esos pesados que insisten en leer todo lo escrito, se regodearán con el veneno del periodista, apresurándose a sacar entradas para la primera función del día del estreno. Finalmente es una obra más de nuestro adorado Woody y los fans del director neoyorkino nos sentimos obligados a no perdérnosla aunque el mundo entero opine que es una estupidez sin atenuantes. Tenemos la excusa perfecta: ¿cómo será una película muy, muy mala del autor de Match Point, Hanna y sus hermanas, Stardust Memories y Cassandra's Dream? ¿Quizás como la mejor de un director de por aquí de cuyo nombre prefiero no acordarme? En su nota, mi vecino periodista dice que el alcalde y su séquito pueden estar contentos: Vicky y Cristina se mueven por la Barcelona turística mostrándole al mundo los rincones más emblemáticos de la Ciudad Condal. Después de todo, y mucho antes de esto, el cine (norte)americano se ocupó de acercar a su público de provincias los tópicos escenarios de la Europa for Export posterior a la segunda guerra mundial. Audrey Hepburn y Gregory Peck se pasearon en scooter por Roma (1953), Gene Kelly bailó alegremente por las calles de París (1951) y la otra Hepburn, Katherine, se dió un chapuzón romántico en las nada aconsejables aguas de Venecia (1955). No se puede decir que a ninguna de esas ciudades les haya ido mal con el turismo. ¿O tal vez sí?
En el supuesto diario de rodaje de Vicky Cristina Barcelona publicado por The New York Times hace unos meses, Woody Allen anuncia: "Me han hecho una oferta para escribir y dirigir una película en Barcelona. Tengo que ser precavido. España es soleada y a mí me salen pecas fácilmente. Tampoco pagan bien, pero mi agente me ha conseguido un décimo de cada 1 por ciento de cualquier cosa que consiga el filme, siempre y cuando se recauden más de 400 millones de dólares después de recuperar la inversión. No tengo ninguna idea para desarrollar en Barcelona, salvo que allí pueda funcionar la historia de dos judíos de Nueva Jersey que lanzan una empresa de embalsamamientos por correo".

El deporte es competitivo, quién puede ponerlo en duda. Si dos tipos, o veintidós, o cuatro, se ponen frente a frente para disputarse algo es porque quieren, pueden, están obligados a competir. Lo extraño es que alguien como yo, muy poco dado a esos afanes, echado en el sofá para ver la final de un deporte que le gusta pero sin apasionamiento, termine gritando cualquier cosa para aliviar en algo la tensión producida por esa lucha en la que se enfrentan otros. Virtualmente además. Es que hoy a la tarde hasta me inventé un slogan del más puro estilo Boca contra River: "Rafa, macizo, reviéntalo a este suizo". Que me perdonen mi querido amigo Phillippe y toda su esplendorosa familia. He perdido los nervios y no fue por Federer, señor encantador donde los haya. Es que hubiera preferido que el director de la transmisión de Roland Garros se mostrara un poco menos parcial, olvidándose de esos planos supuestamente artísticos de las zapatillas deportivas sobre la tierra roja, y nos obsequiara más planos directos de Nadal: la mitad al menos de los que tuvo Federer. También que el público -entre los que alcancé a ver a un alicaído Guillermo Vilas, al casi inalterable director Roman Polansky y a la modiglianesca actriz Charlotte Gainsbourg, hija de Serge, el inolvidable compositor y cantante, y de su novia, pareja, mujer, la aún seductora Jane Birkin- fuera un poquito más cálido con quien había vencido en el torneo por cuarta vez consecutiva. Sobretodo porque Nadal ganó muy bien. Tan fácilmente como para que en un momento dado se lo viera dudar por esa victoria que no esperaba tan rápida ni avasalladora, frente a un tenista que quiere, respeta y al que no escatima elogios. Tal vez este resultado fuera de esperar. Federer, muy elegante, vestía de luto, mientras Nadal seguía impertérrito en su estilo lechuga. Quien de verde se viste, en mucho se tiene, dice un popular refrán aragonés.
La New York de Sidney Lumet no es la Manhattan de Woody Allen. La cámara jamás se detiene en rincones cálidos por donde pulula un buen puñado de gente agradable. No hay por allí hombres y mujeres de los que quisiéramos ser amigos, amantes, vecinos.Tampoco nos invita a restaurantes y cafés donde quisiéramos sentarnos cada día, ni nos hace pasear por calles donde se te despiertan las ganas de tener un perro, aunque no encontremos necesaria ninguna excusa extra para querer caminar por ellas. Las panorámicas a través de las ventanas muestran algún que otro edificio emblemático, sin embargo la bruma que los envuelve, más que evocadora o nostálgica, nos habla de una polución asfixiante, de las desagradables consecuencias de un cambio climático que ha dejado de ser el slogan de organizaciones más o menos marginales para convertirse en una realidad tan evidente como ineludible. El sol de esta ciudad de cine alumbra con la misma dureza de un tubo de neón, quema con la potencia desintegradora del hierro fundido. Quizá para resarcirme de tanta pérdida irreparable o porque nuestro inconsciente lee con gafas de mayor aumento, he ido a ver Before the Devil Knows You're Dead la misma semana en la que ha muerto un entrañable homónimo de su director, el también estadounidense Sidney Pollack. Pollack tenía bastantes años menos que este Lumet todavía en plena forma a pesar de su octogenaria edad. Y esto que digo no es un lugar común, piadoso frente a la obra menor de un otrora cineasta de primera línea. Before..., su última película, está contada de forma magistral. Consciente de que los tiempos no son tan lineales como pretendemos, la historia vuelve sobre sus pasos una y otra vez, añadiendo detalles que cambian de manera substancial la imagen de conjunto. No contaré la trama, ya que bastante ha hecho la gacetilla publicitaria al develar algunos datos que quitan sorpresa a los primeros minutos del filme. Para los aficionados a la división por géneros, les diré que se trata de un thriller clásico. Hay en él crímenes absurdos y personajes oscuros con relaciones familiares tortuosas, que incluyen, como casi siempre, secretos y mentiras, frustraciones infantiles, conflictos enquistados, nunca resueltos, y también al poderoso caballero Don Dinero actuando como móvil y excusa al mismo tiempo. ¿Cassandra's Dream? Podría decirse que son primas hermanas, -también, de forma más sesgada, esta es parienta cercana de Al Este del Edén- aunque la solución que da a su historia Sidney Lumet sea particularmente despiadada y ejemplificadora. Al director de Network, 12 hombres en pugna y Tarde de perros siempre se lo definió como un moralista. Mediando los ochenta años, con un futuro de perspectiva estrecha, no podíamos esperar que se convirtiera de pronto en un personaje light sin opiniones personales sobre la culpabilidad o la inocencia. De un elenco sólido aunque con altibajos, destacaría a Marisa Tomei, que ha logrado hacer de un personaje secundario algo borroso, un ser de carne y hueso difícil de olvidar.
Ives Saint Laurent, quien antes de convertirse en una firma comercial que ha inundado el mundo de ropa, accesorios, cométicos y perfumes, fue un hombre rebosante de creatividad y elegancia. Impulsor de los pantalones y el esmoquin femeninos, lanzó el pret-a-porter como idea de difusión y venta para los diseñadores de alta costura. Lo sobrevive su compañero de vida y tareas, Pierre Berger, gran promotor de sus creaciones. El definitivo fin de una época.
oh sí, lo confieso: estoy super adherido a esto de los blogs... como un colgado a su droga, como un ludópata a su bingo, como un teleadicto a su telemierda, como un enamorado a su objeto amado, odiado, envilecido, despreciado, glorificado y enaltecido... y es que la calle está peor, y el mundo en sí, il mooondoooo, Jimmy Fontana says, se ha puesto de lo más difícil, tan duro como un campo de batalla... y entonces te dices (yo me digo): mejor arréglate con lo poco que tienes, pide sólo para tus adentros, porque si pides algo para afuera lo más probable es que te digan ¡No! o ni siquiera te escuchen...
Tal vez deba agradecer a mi estado post-gripal haberme enterado de la existencia de esta película. Ahora sólo queda hacerme con ella para verla en mejor estado del que lo hice el sábado por la tarde, a la hora de la siesta. Comida, más que sobria, escueta, acorde con mi "pasesca" convalescencia, y un segundo después esa no decisión -dado mi estado de decaimiento no había otra elección posible- que llevé a cabo sin demora y con absoluta entrega: tirarme en el sofá para tragarme como postre cualquier cosa que pasaran por el canal Hollywood. Esa cosa de ayer a la tarde resultó ser Wag the dog (1997), un film espléndido que, vaya a saber por qué, no sólo nunca había visto sino que desconocía en absoluto. Distribuída en España como Cortinas de humo y en Argentina como Mentiras que matan, tiene guión de David Mamet (!) y Hilary Henkin, música de Mark Knopfler y dirección de Barry Levinson, un hombre inquieto que también se ha desempeñado como actor, guionista y productor en diversas películas (Tootsie, Quiz Show, Sleepers, Donnie Brasco). En Wag the dog, Robert De Niro, Dustin Hoffman, Anne Heche, Woody Harrelson y Denis Leary interpretan a una serie de mafiosos, freakies y descerebrados que deberán encargarse de distraer la atención de sus conciudadanos con temas de hondo calado sentimental y patrótico para hacerlos olvidar que su presidente ha sido acusado, a tan sólo 2 semanas de las elecciones, de acosar sexualmente a una joven becaria. ¿Os suena? Frente a un guión tan entretenido, lleno de hallazgos y sorpresas, y unos diálogos que no desperdician una sola posibilidad de ser brillantes, te preguntas si la huelga de guionistas no habrá comenzado hace ya muchísimo tiempo.
El sábado por la noche fuí con un grupo de amigos a ver la última película de Ang Lee. Éramos cinco, y aunque ninguno de nosotros dijo "no me gustó", "me aburrí como un cochino" o "¡vaya bodrio!", me parece que no hemos salido del cine especialmente satisfechos.
Sí... bien, es verdad; lo reconozco. El título es de lo más tramposo y demagógico, un intento seguramente inútil de este blog, a todas luces minoritario, por llegar a las audiencias masivas de, por ejemplo, Telecinco te la hinco (lo dicen ellos; yo sólo actúo como repetidor) o la cadena de radio Ser o no Ser. Pero para mi descargo, esta no es la única razón que me ha hecho titularlo así. Desde hace varios días tengo esa frase grabada en la cabeza y la única manera de exorcizarla es aceptando que el suceso sucedió Realmente, que la imagen que nos muestran por televisión una y otra vez es tan Real como real, que la escalofriante y sobreactuada escena no es parte de los Guiñoles del Guiñol y los personajes que aparecen allí sentados no son muñecos de gomaespuma, sino auténticos dirigentes mundiales que, además de poder, tienen en sus manos nuestros ya de por sí procelosos destinos.
Las habitaciones de los protagonistas están tapizadas con enormes fotos del Ché Guevara y de los dirigentes más mediáticos del "desaparecido" grupo guerrillero alemán Baader-Meinhof. Durante todo el film, a las imágenes de los actores (?), a sus coitos desenfrenados por pasillos, ascensores y baúles de automóvil, se superponen frases de Wilhem Reich, Marx y otros preclaros pensadores de los siglos pasados, más un buen número de grafiteras leyendas anónimas que incitan a la rebelión contra el fascismo, los burgueses y el sistema capitalista. "El sexo es revolucionario, la guerra es fascista", repite una y otra vez el personaje principal, una tal Gudrun sin más, única mujer de la banda y mesiánica guerrillera, que mientras cambia su melena renegrida a lo Louise Brooks por una peluca platinada de pelo largo en plan París Hillton, incita a la felación, la infidelidad y la sodomía entre los miembros (ejem!) varoniles (ejem!) de su grupo, ya que según ella "la heterosexualidad es reaccionaria y capitalista, la homosexualidad moderna y revolucionaria". Sus adeptos no hacen ascos a las prédicas de la tal Gudrun, dedicándose más o menos alegremente a investigar en los terrenos propuestos por su líder. Los Bad Guys se convierten en Bad Gays y los Good Fellas en Good Fellatios.