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martes, marzo 06, 2012

Shame, ¿vergüenza?


El último domingo, después de un nutritivo almuerzo en familia, fui(mos) a ver Shame. Y ahora me pregunto: ¿hubiese(mos) ido a verla con tanta urgencia de no ser por la morbosa curiosidad que se creó alrededor(?) del aparato reproductor masculino del protagonista? (Uso esta jerga algo demodé porque, con los tiempos que corren, temo que si llego a poner v...., p..., p... o p...., me caiga encima una Junta Censora de la Red, obligándome a un arrodillado arrepentimiento sobre un espeso colchón de sal gruesa) ¡Teniendo como tengo las rodillas!
Para ir directamente al grano, les digo que no es para tanto. Y no se confundan: estoy refiriéndome a la película en su totalidad, si bien el notable báculo de Michael Fassbender tampoco es mayor que los de varios de sus antecesores en esto de la exposición, sin tapujos, alteraciones ni sombreados, del fibroso cairel de la entrepierna masculina. Y conste que no incluyo en esta lid por la posesión del miembro de mayor tamaño a los astros superdotados del cine porno, sino sólo a los actores de los filmes atrevidos pero sin eyaculaciones manifiestas, como Daniel "007" Craig o el polivalente Ewan McGregor, por poner algunos ejemplos relativamente actuales. El interiorizado Mark Walhberg de Boogie Nights no entra en competición: todos pudimos ver que aquella desmesura que se refleja poco antes del final en un espejo era la bastante burda imitación, ampliada y en látex, de algún original en carne.
Después de los primeros minutos, saciada ya la curiosidad sobre las dotes no actorales del distante, ácido, frío, aunque también expresivo, elegante y sensible Fassbender, el director Steve McQueen -¿cómo se atreve? De haberme llamado Dante Alighieri, al menos me hubiera puesto Dante Alí como seudónimo- nos introduce en los avatares de este joven apuesto y sin apuros económicos, aunque con unas necesidades eyaculatorias presuntamente excesivas.
Desarrollando una versión masculina de aquella mítica y setentera Diane Keaton de Buscando al señor Goodbar, el personaje trajina noche y día detrás de un orgasmo, y de otro, y aún de otro más, como si nunca se hubiera enterado de que ciertas búsquedas, aunque pueden no ser infructuosas, casi siempre resultan frustrantes, repetitivas, asaz insatisfactorias. A su hermana, la quebradiza, atormentada, espléndida Carey Mulligan, le basta con una versión contenida, vacilante, trémula de New York, New York, para explicarnos que en este paisaje desolador de la modernidad pequeño burguesa no habrá ganadores, que en realidad nunca los ha habido.
Una banda sonora excelente, que por momentos recuerda al omnipresente Satie de El fuego fatuo de Louis Malle, y una fotografía exquisita, satinada, que parece encantarse con los reflejos, las transparencias, los cristales y espejos con sus deformantes y mentirosos espejismos, no hacen olvidar un metraje algo excesivo, en medio del cual refulgen escenas diagramadas con la incisiva, sádica, bella crueldad de un coleccionista perverso que muestra, deleitándose, sus más ocultos y sucios tesoros.



Dos días después sigo preguntándome de quién es y sobre qué planea la palabra vergüenza que da título al film. ¿Hay una fábula moralizadora con pretendida proyección social escondiéndose tras esta historia de individualidades sufrientes o el levísimo chisporroteo en los ojos del protagonista anuncia que todo sigue igual después de la tormenta, que el deseo es amoral, arbitrario y rara vez admite renuncias o auténticos arrepentimientos?



Este último Shame cantado nada tiene que ver con la película, pero resulta fresco y gratificante. A Steve McQueen, con nombre de famoso actor muerto, no le molestará que la canción (2010) lleve el mismo nombre de su film, que se llama a su vez igual que otro (1968) del sesudo, sueco y siempre algo avergonzado Ingmar Bergman.

martes, agosto 16, 2011

TR3S PELÍCULAS TR3S




Hace calor. Si tienen modorra y muy poco que hacer, además de un buen sofá, aire acondicionado, bebidas refrescantes y ganas de darse un paseo por historias contundentes, emotivas, bien filmadas, aquí les dejo estas tres sugerencias, todas estrenadas en los lejanísimos setenta. En su momento produjeron un montón considerable de emociones, algunas quejas de los bien pensantes, un puñado de excelentes críticas y diversos desagrados pastorales.
Lindsay Anderson, Philippe de Broca y Bernardo Bertolucci, sus directores, son tres nombres importantes de la historia del cine, pero además transitan por ellas Jeanne Moreau, Malcolm McDowell, Jean Louis Trintignant, Dominique Sanda, Stefania Sandrelli, Alan Price, George Delarue, Vittorio Storaro, Alberto Moravia actores, músicos, fotógrafos y escritores maravillosos en su mejor momento.
Yo no volví a verlas, pero me atrevo a decirles que lo intenten. Hablan de conflictos sociales y humanos aún no resueltos y lo hacen con la inteligencia lúcida y creativa de aquellos años ilusionados.
¡Suerte! Me voy unos días...pero volveré.

sábado, julio 16, 2011

de Tigras y otros animales no menos feroces


Gracias a Diego Sabanés, anoche me invitaron al cine Alexandra para el pase único y semi-privado de una película argentina.
Se llama como el pueblo donde transcurre la historia, La Tigra, Chaco, y Fernando Godfrid, uno de sus dos jóvenes directores, contestó a mi pregunta sobre las características de su obra definiéndola como "muy chiquita". No se equivocaba. Si la comparamos con Avatar o Los diez mandamientos resulta minúscula: pocos actores, en su mayoría no profesionales, escenarios auténticos y ni un solo peso gastado en deslumbrantes efectos especiales. Aunque en realidad no tiene sentido compararlas. Una posada con encanto enfrentada sin ninguna necesidad a un mayestático hotel de siete estrellas.
Se preguntarán si me gustó.
Dan ganas de quedarse por un tiempo allí; sumergido en esos paisajes de ensueño siestero, viviendo una vida real -transparente según Godfrid- entre un puñado de personajes no menos reales, sin guión ni cuento.


Otrosí. Algunos cuantos humanos anónimos -maltrechos, lesos, indignados- hartos de ciertos feroces individuos, han decidido estropearles el disfraz, despeinarles el tupé, sacarles la careta de persona; borrarles de una buena vez y a ser posible para siempre, esa sonrisa dentífrica que se dibujan en la cara cada día, después del afeitado o los afeites.
Utilizando las pocas fuerzas que les quedan, los últimos vestigios de una cada día más desesperanzada esperanza, estos cuantos, los damnificados, acechan frente a los edificios que albergan los "téjeme un maneje" de los bien trajeados y allí los esperan, los individualizan, se les acercan y los cercan, para, después de recriminarles que sean tan indiferentes, tan corruptos, tan (in)felices sin que haya verdaderas razones para que lo sean, increparlos, insultarlos, empujarlos, zamarrearlos, patearles el culo e, inclusive, si la oportunidad se tercia, lanzar algún puñetazo directo a sus rostros rastreros, sin rastros de humanidad alguna.
No, queridos míos, mis desgraciaditos anónimos, que eso no se hace.
Es que no me gusta la violencia. La detesto. Más de una vez -disfrazada de paz, de amor, de democracia o populismo- golpeó a mi puerta, y yo, ingenuo, la abrí de par en par, para comprobar unos segundos después que ahuyentaba a mi querido gato, meaba en los rincones, destruía sin razón las plantas y, por pura aprensión al color rojo, vaciaba de carpas la inocente y muy, ¡vaya!, transparente pecera.
Entiendo que los ahora golpeados se han pasado varias estaciones y ni siquiera pueden escudarse tras el desconocimiento: la Gran Historia Universal les anuncia con fecha, hora y lugar precisos -ya sea desde el Pequeño Larousse, las innumerables mediatecas o la Gran Enciclopedia Británica- los resultados, habitualmente sangrientos, de otros casos de abuso de poder parecidos a estos. Recordemos si no, aunque con notorio gesto de desagrado y ceño adusto, al Dr. Guillotine y su afilado invento para recortar pelucas.

Llegado a este punto de tarantinesco perfil, prefiero olvidarme del mundo exterior, abandonar aquí mismo esta divagación sobre los efectos imprevisibles de la Gran Crisis y pasar con evasiva, displicente actitud, a la otra pantalla casera.
Me espera una película del mismo director de la que supongo claustrofóbica, para mi insoportablemente angustiosa, Buried.
No la he visto y no la veré. Creo que este, su primer largo, es una comedia muy, más que muy divertida, con el guapo y mullido Leonardo Sbaraglia como protagonista. Por aquí al lado, muy curioso que soy, tengo una escena de ella bajada del youtub. Se las dejo, aunque yo prefiero no verla. Me gusta llegar fresco a los filmes, que no me develen el final de los chistes y, no se muy bien por qué, me parece que esta escena contiene uno tan,pero tan grueso, que puede hacernos desternillar de risa.

Los dibujos que ilustran el texto, preciosos, son del Muy Honorable maestro Grandville.

sábado, mayo 08, 2010

las Mentiras como Arte


- Bueno, lo entiendo, pero para vos, como director y guionista de la película, al final, ¿Pablo regresa o no?
Diego Sabanés me mira algo sorprendido. Cerca de donde estamos, Pascual Maragall y su mujer conversan con el músico Rudy Gnutti y el director de fotografía Julián Elizalde, mientras Andrés Mangiarotti, cónsul de Argentina, intercambia tarjetas con una joven poeta barcelonesa de largas y despeinadas guedejas. Por suerte no me escuchan. Esas preguntas no se hacen, no suelen hacerse, porque si te atreves a hacerlas corres el riesgo de quedar como un idiota nada principesco, un oligofrénico sin remedio ni asilo, o, simplemente, como un cutre que no entiende que algunas obras son ambiguas y pretender que no lo sean, pedir explicaciones sobre ellas, es ofensivo para el artista que las ha creado.
- ¿Por qué sonríe la Gioconda, don Leonardo?
- Señor Picasso, Pablo, ¿no cree que dos ojos sobre el mismo perfil conforman una cara un poco extraña?
- Don Milo, ¿usted no sabe esculpir brazos o la modelo había sufrido un desagradable accidente ferroviario poco antes de posar para su Venus?
En el último festival de Lleida me molestó muchísimo que una señora, por lo demás simpática, insistiera en saber si el final de una película era de una manera u otra, sin entender que ese detalle resultaba accesorio, no agregaba ni quitaba nada al verdadero meollo del asunto. Crimen y castigo, que diría el atormentado Fiodor, mi intolerante incomprensión se veía descubierta pocas semanas después con una pregunta que, conocedor de las leyes que rigen ciertos ambientes artísticos e intelectuales, nunca debería haber hecho.
¿Atolondrado? ¿Inconsciente? Para nada; más bien me definiría como un aventurero de los pequeños gestos cotidianos.
Aunque me había parecido sorprendido, el director de Mentiras piadosas contestó con absoluta precisión lo que le había preguntado. No transcribo su respuesta porque supongo que a muchos les fastidiaría conocerla.

La noche del viernes me invitaron al cine Alexandra, único de la ciudad con coronita incorporada, para la premiére en Barcelona de esta nueva película, opera prima de un joven director argentino. Me enteré de su estreno en Madrid la semana pasada y la esperaba con bastante curiosidad porque en ella trabaja Marilú Marini, compañera de algunos anhelos y varias correrías durante nuestras lejanas juventudes porteñas. Excelente bailarina devenida actriz, le otorgaron el premio teatral Moliére, el más prestigioso de Francia, por su actuación como protagonista de La mujer sentada, una comedia atípica escrita por el también argentino Copi en base a sus tiras cómico-satíricas de Le Nouvel Observateur. Marilú vive hace años en París y a pesar de su contundente carrera artística nunca antes había hecho un protagónico en cine. Como todo el resto del elenco, importa decirlo, está simplemente perfecta en el papel de esa enferma saludable -el título original del cuento de Cortázar en el que está basado el guión de la película es La salud de los enfermos -, una señora de buen ver, que, desde una supuesta, casi angélica inocencia y escudándose en la coartada que le brinda su imperturbable fragilidad de acero, acaba devorando todo aquello que la rodea.
En la breve presentación previa, Diego Sabanés dijo que en algún festival europeo había causado asombro su más que notable juventud, excesiva, según parece, para el responsable de un film de factura clásica, de una narración sin desmadres ni golpes de efecto, continuación madura del cine argentino de los años sesenta, aquel donde reinaban los nombres de Torre Nilsson, Fernando Ayala y Leonardo Favio e intentaban hacerse un espacio David Kohon, Manuel Antín, Osias Wilensky y Rodolfo Kuhn. Un film que, además, opta por un final trágicamente contenido que me recordó lejanamente al de La heredera de William Wyler (1949). Todas excelentes compañías, sin ninguna duda.
Emparentada con otras vibrantes narraciones sobre la decadencia de una clase, una sociedad, una forma de vida, un país -Casa tomada y Cartas a mamá, también de Cortázar, El salón dorado de Manuel Mujica Láinez-, en Mentiras piadosas aparece además, no se si voluntariamente, una sutil, levemente irónica, metáfora descriptiva del hacer literario. "Cada día escribe mejor", dice la madre cuando terminan de leerle la que para ella será última carta del hijo ausente. Esa laboriosa red de engaños, ideada aquí por todos los habitantes de la casa y realizada con meticulosa habilidad por el hermano nostálgico, principal sostén del estricto orden familiar al mismo tiempo que de las fantasías esperanzadoras que permiten la supervivencia del grupo, podría entenderse también como una parábola sobre la ética siempre ambivalente de la creación artística, esa invención que transforma la inaprensible realidad ocupando momentaneámente su espacio.

Posdata:
como si fuera un agradable comentario, me escribe Diego Sabanés para comunicarme que el equipo de Mentiras piadosas ha colgado en su web este post. Gracias por tenerlo en cuenta.
Posdata dos:
FILM ARGENTINO EN ESPAÑA. José Miguel Onaindia asistió en Barcelona al estreno de la película argentina Mentiras piadosas, de Diego Sabanés, basada en cuentos de Julio Cortázar. El film reunió, en una sala belle èpoque llamada Alexandra, a un importante grupo de personas, entre los que se encontraban algunos argentinos como Dante Bertini, escritor radicado en aquella ciudad desde 1975 y que ganó el Premio Tusquets en 1993 por el libro El hombre de sus sueños. En el brindis posterior a la proyección, se comentó la calidad de la película y el recuerdo que había provocado el cine más intimista de Leopoldo Torre Nilsson.
© LA NACION
(publicado en Gritos y susurros, suplemento cultural del importante diario bonaerense)


Ilustra el post una obra del pintor y escultor argentino Pablo Suárez: Ahogado en la cacerola doméstica.

domingo, abril 11, 2010

fragilidad de celuloide (apuntes desde Lleida)

Llego tarde al cine. Son poco más de las doce del mediodía y afuera un potente sol de prima-verano llama a la playa, al sudor y las malas compañías, o, en todo caso, por falta de un cercano mar Mediterráneo, a un asiento cómodo en una terraza urbana cerca del río, con algún diario cualquiera para enterarse de cómo sigue el mundo y una bebida fría y sin alcohol servida en vaso grande, jamás a las oscuridades de una sala de cine y a una copia deficiente, infectada de ruidos y decoloraciones (la única, según me enteraré a la salida) de una película sobre la revolución mexicana de la que no tengo más información que el nombre: La soldadera (1966).
La protagonista, Lázara (la Biblia está muy presente en esta Mostra), es Silvia Viridiana Pinal (¿alguien sabe de quién estoy hablando?), aunque aquí está convertida en un personaje secundario del Marat-Sade de Peter Weiss según aquel psicótico montaje del inglés Peter Brook, con imposible superposición de trajes y sombreros, de cananas, fusiles, pollos semivivos y varias bolsas al hombro, sobrecargadas de estatuillas, trapos y deshechos. Por allí anda también una (aún) joven Chabela Vargas: dura, masculina; personaje de pocas palabras y muchas violencias. La película, magnífica en muchos aspectos, fue dirigida por un para mí desconocido Bolaños, que no es ese escritor chileno muerto hace algún tiempo en Cataluña, sino un otro Bolaños mexicano, José, de quien sus actuales compatriotas saben poco y dicen nada.

Entro porque acabo de salir, y no es un chiste. En el mismo edificio, con pocos metros de distancia entre una y otra sala, CaixaForum ofrece una espléndida muestra de Mucha, el diseñador y cartelista más famoso del Art Nouveau europeo. Si hubiera podido ver esta exposición a mis porteños diecinueve o veinte años, hubiera caído de rodillas, ya que me apasionaba el trabajo de este hombre al que sólo conocía por las reproducciones que aparecían en algunos libros y revistas importados de USA y Europa, siempre demasiado caros para nuestros bolsillos rioplatenses. (Deberíamos agradecer al señor Taschen por haber hecho el arte mucho más accesible)
Durante mi corta visita a la exposición Mucha me detengo especialmente en sus fotografías de personajes como Paul Gauguin -su retrato tocando el piano en calzoncillos es sublime- o la responsable del Frente de Liberación Femenina de Turquia en 1930(¡!). La ceremonia de inauguración de la Muestra de Cine Latinoamericano de Cataluña se hace por primera vez en el recién estrenado edificio de la Llotja*, un espacio compuesto por otros muchos más pequeños, todos ellos unidos por enormes pasillos, galerías, distribuidores. Mi asiento está justo detrás de los de Guillermo Toledo y el galardonado Ernesto Alterio, amigo de amigos, un ser sorprendentemente cercano, tierno y cariñoso. Antes de ubicarme tengo que pasar por el photocall junto a Sergio Espada, director del Museo Buñuel de Calanda. No habrá preguntas y respuestas, solamente un rápido posado fotográfico. A mí me divierte el paseíllo en plan estrella; a él, un hombre a quien no suelen asustar ni el surrealismo desbocado de don Luis ni el ruido atronador de los tambores de su tierra en fiestas, no le gusta absolutamente nada pasearse, y posar, frente a las cámaras que nos retratan.

Marisa Berenson aparece por el Festival coronada de estrellas. Dulce en sus maneras, elegante en sus actitudes, precisa en el atuendo para cada ocasión, algunos cuentan que ha exigido que las sábanas y toallas que usará en el hotel se estrenen para ella y luego se destruyan. Cuando nos cruzamos por primera vez le digo ¡Hola! sin agregar Marisa. Me ha salido espontáneamente, como si estuviera saludando a una vecina de escalera. Ella no lo sabe, pero yo y todos mis amigos de la adolescencia la admirábamos desde la platea de nuestro inolvidable cine Roca. Su frágil presencia asoma en al menos tres películas de culto: Barry Lindon, Cabaret, La muerte en Venecia. Confiesa 63 años. Podría decir 50 y para los que no conocen su historial sonaría creíble. La acompaña un señor rubio, alto y simpático que trabaja como doble de Clint Eastwood. Hombres y mujeres opinan que "está más bueno que el pan", ensombreciendo la presencia del hasta ahora modelo Joel West, el último Cristo cinematográfico, hijo de María Berenson, en ese indescriptible biopic litúrgico llamado El discípulo. En una escena de La soldadera, Lázara, una joven mujer de clase media convertida a su pesar en guerrillera, asiste conmovida, junto a un puñado de revolucionarios armados, a una función de cine al aire libre. Lo que al principio resultará jocoso y unos segundos después hipnótico, subyugador, terminará con el proyectista muerto y la pantalla "aterrada" por el mandamás de aquella compañía de desheredados sin rumbo, que no admite se escamotee ni un segundo de atención a su persona.
Lázara, que alguna vez tuvo una casa familiar y siempre ha soñado con poseer una propia, se acerca hasta el lienzo que hacía las veces de pantalla, lo recoge del suelo y busca entre sus pliegues esas imágenes que hasta un momento antes tenían movimiento y vida. No hay nada allí, por supuesto. Los seres que habitaban aquel rectángulo de luz se han desvanecido en el aire. La pobre mujer desconoce la mágica ilusión del cine tanto como la combustible fragilidad del celuloide, similar a la de su, nuestra, propia existencia.

*Proyecto y obra de Francine Houben - Mecanoo, Holanda.

domingo, marzo 28, 2010

el Gran Forrester


Un día atroz empieza desde el mismísimo momento en que te levantas y sabes que media hora después estás citado con el dentista, tu dentista. Si además tienes que pasar antes por el banco para cubrir algunos descubiertos imprevistos, no puedes postergar los farragosos, tan repetitivos como innecesarios trámites telefónicos para la colocación de una antena comunitaria en tu condición de -y en este punto más de uno se reirá a carcajadas- "Presidente de la escalera", en ejercicio, de un edificio donde por el momento no vives, y a todo esto le sumas que la noche anterior dormiste por capítulos porque te habías acostado de excelente mal humor a raíz de un desencuentro doméstico, estás autorizado a decir en voz alta ¡vaya vida de mierda!, aún sabiendo la privilegiada situación en que te encuentras con sólo comparar -ya sé que no hay que hacerlo, todos me lo dicen- tus ínfimas molestias con el cúmulo de desgracias, catástrofes y pequeños o grandes desastres que asolan a los demás seres vivientes de este mundo.
Y no es que yo esté deslizándome por la vida, altivo y orgulloso como un cisne en el lago artificial de algún noble viscontiano, pero al menos no soy uno de esos toros destinados a la tortura y la carnicería pública en un espectáculo que algunos suponen de valor artístico, cuando sólo es un cruel, desagradable, rebuscado y maloliente negocio; ni tampoco he sido uno de esos tres tigres (3) a los que un desaprensivo con pretensiones humorísticas dejó abierta la jaula de un Zoo de Agüimes, Gran Canaria; esos mismos felinos a los que la policía municipal, seguramente no enterada de otras posibilidades menos cruentas, abatió a tiros en lugar de sedarlos, tal como suele hacerse en países donde llegan los documentales y los informativos de televisión, las películas extranjeras con animales dentro o simplemente las revistas y periódicos que no retacean información zoológica a sus lectores habituales.
Basta ya. No quiero extenderme con ejemplos descorazonadores. Pretendía que este post fuera optimista, amable, amoroso; alejado de quejas, denuncias, muertos y recordatorios.
Sólo quería contarles que ese día que había empezado mostrándome su cara más oscura, terminó dulcemente, y cómo lo hizo, gracias una vez más, a "la magia del cine".
No se qué cosa tan interesante estuve haciendo durante el año 2.000, pero se me pasó por alto una película de Gus Van Sant, director al que estimo a pesar de sus, para mí, notables errores. Se llama Descubriendo a Forrester(Finding Forrester) y tiene las cuotas justas de originalidad, buena narración, profundidad y engaño que me hacen gozar del cine, permitiéndome descansar -en este caso durante dos horas y quince minutos- de mi mundo habitual, no tan luminoso como el de las pantallas.
¿Les gusta Sean Connery? Pues en este filme no tiene licencia para matar y a pesar de ello está magnífico, tanto como para pasearse por New York en bicicleta y hacer creíble hasta en el más mínimo gesto su condición de escritor famoso alejado del mundo: una versión libre de ese gran mito literario evanescente,
J(erome)D(avid)Salinger.

Si la hubiera visto en su momento, recién comenzado el siglo veintiuno, no hubiese encontrado tan original a la no menos encantadora Gran Torino, ocho años posterior a la de Forrester.
Se podría decir que son amigas íntimas o parientes cercanas: cuñadas bien avenidas, sobrinas de un mismo tío, amantes o primas hermanas. ¿Es posible que nadie lo haya dicho antes, que ningún otro se haya percatado de los notables parecidos existentes entre estas dos películas, ambas con un actor duro, y muy maduro, dentro?
Véanla, si pueden. Déjense llevar por la historia, sonrían y lloren dulcemente, vuelvan a creer en la bondad del ser humano y en la capacidad justiciera del no siempre azaroso destino.
¿Que la vida jamás es así?
No era mi intención enredarme en discusiones estériles...¿pero acaso no sería bueno que al menos cada tanto lo fuera?
(En la foto, Gregory Peck, joven y lector.)



POSDATA: Miroslav me escribe un comentario sobre Descubriendo a Forrester. Allí me dice que la vió como yo, en la tele y casi por casualidad. Gus Van Sant nos regaló a ambos una buena noche, aunque él además tuvo tiempo y ganas de enterarse del nombre del intérprete de la canción que cierra la historia y el filme. Un clásico. Seguramente la conocerán en mil versiones diferentes, pero me atrevo a decir que esta es una de más hermosas y personales que he oído.
Israel Bruddah Iz Kamakawiwo‘ole (20 de mayo de 1959–26 de junio de 1997) fue un popular cantante hawaiano también conocido como Iz. En el video clip que cuelgo a continuación podemos ver algunos momentos de su vida; también sus exequias, populosas, alegres y floridas.

sábado, febrero 06, 2010

Medio siglo de Dolce Vita

Algo despistado por esto de la crisis económica y el cambio climático, recién ayer me entero que en estos días se cumplen 50 años del estreno de La Dolce Vita, la película que llenó de bolsos, zapatos y cinturones dorados los escaparates de la todavía afrancesada ciudad de Buenos Aires, para, muy poco después, brillar con luz propia en el atuendo de toda burguesa porteña que pretendiera estar "à la page".
Visionario como todo artista que se precie, Federico Fellini se servía de esa jet set decadente y minoritaria que supuestamente poblaba las noches romanas, para retratar a partir de ella el mundo que viviríamos como especie, virtualmente globalizados, varias décadas después. 
Figuras de papel impreso convertidas en auténticos ídolos de masa;  relaciones humanas carentes de todo interés, basadas en encuentros tan mundanos como superficiales; amoríos de quita y pon y sexualidad de pon y quita; intelectuales áridos que eligen el ostracismo o el suicidio como única forma de escape posible; fotógrafos de flash fácil y seudo periodistas, tan mediocres como faltos de ética, en busca de una noticia sucia para la primera plana de sus revistas basura, pueblan los más de 170 minutos de esta mítica película, rodada en el mismo blanco y negro de los periódicos de la época.
Años después Woody Allen, admirador confeso de Fellini, dirigiría Celebrity, digna revisión-homenaje de esa amarga Dolce Vita que ahora cumple unos maduros, que no obsoletos, cincuenta años.
Un buen programa doble para un fin de semana casero sin gastos excesivos.

martes, octubre 06, 2009

Sería un bólido el fenómeno celeste, dijo el periódico...


Debo confesar que el título de este post está robado del diario La Nación de Buenos Aires.
Lo encuentro simplemente ¡fenomenal! y además viene de perlas (!!!) para este texto que empieza sin rumbo fijo y con impredecible destino.
Temo que la salida infanto-juvenil del domingo pasado haya terminado de estropear mis abolladas neuronas. Y no puedo, ni debo, permitirme arrojar culpas al paisaje circun-Dante.
Me parece casi onírico, que no pesadillesco, caminar por un barrio despojado de historia, de edificios emblemáticos y monumentos de próceres; tal vez algo feito y desangelado, es verdad, pero innegablemente actual, ya que a cualquiera que en el siglo pasado se le hubiera ocurrido perpetrar un horror semejante al de ese parque de tuberías pintadas con esmalte color gris medio -sin intermediación plástica alguna, directamente extraído del bote- lo hubieran condenado de inmediato al ostracismo o al menos al exilio. Por suerte para nosotros, las plantas crecen a su aire apenas se lo permiten, cubriendo con desinteresada piedad la especulativa, arbitraria y desagradable acción de los presuntos paisajistas urbanos.
El encuentro fue a las siete de la tarde en la puerta de los multicines de Diagonal Mar.
Éramos cuatro, como los mosqueteros después de conocer a D'Artagnan. Tres y una, igual que en aquella película de la niña recién nacida y sus tres presuntos padres solterones.
Como programa habíamos elegido la versión doblada al castellano de una película futurista de Bruce Willis. Teníamos claro que al no tratarse de un filme de arte y ensayo, el doblaje no la estropearía demasiado. La voz de Ramón Langa es agradable y suena creíble, si bien a veces su pluriempleo nos confunde haciéndonos pensar que Willis y Kevin Cotsner han intercambiado sus caras de la misma manera en que lo hacían Travolta y Cage en Face/Off.
No es así, por supuesto, aunque los bisturíes planeen sobre la película como si de publicidades muy poco subliminales se tratara. Es que uno tiende a suponer que para rodar Surrogates (Los sustitutos), sus productores vaciaron gimnasios y clínicas de cirugía estética de todo Estados Unidos y sus alrededores. Músculos exuberantes, mejillas relucientes, nalgas y narices respingonas, melenas impecables, todo al por mayor; comprado a bulto, por docenas de docenas. Resulta difícil imaginar que pueda existir tanta perfección modelo Siglo XXI en todo el mundo, casi tanto como pensar que un específico canon de belleza pueda haber producido tal cantidad de frutos al mismo tiempo en un solo Estado de la Unión. Al lado de tanto colágeno impecable, la noble, carismática y bien cuidada madurez de Bruce Willis resulta insultante.
Para valorar este filme recurro a un comentario ajeno extraído de la red: "la encuentro bastante aceptable; cumple de sobra, de principio a fin, su misión como entretenimiento". Agrego además dos apuntes personales: ¿te deja con ganas de comentarla al salir del cine? No especialmente. ¿Te olvidas de ella casi de inmediato? Sí. Estoy casi seguro que después de este comentario comenzaré a olvidarla.
Como la diversión se agradece pero el cine puede ser otra cosa, pocos días después fuí a ver la última de Woody Allen: Si la cosa funciona (Whatever Works).
Tal vez baste con decir que es otra de sus bellas películas neoyorquinas, sobrada de emoción, ingenio, ironía, diálogos sustanciosos y gags de carcajada incontenible. Allen, instalado otra vez en esa Ciudad de los Milagros que quizás sea de verdad, por qué no vamos a creerle, su tan fotogénica y reconocible New York, nos habla nuevamente -aquí de forma directa, dirigiéndose al público que al menos esa noche llenaba la sala- de la importancia de todos esos imponderables que llamamos suerte, fatalidad, destino, y que para él dependen, aunque casi nunca lo explicite abiertamente, de la capacidad que tengamos de aferrarnos a nuestra existencia; de esa profunda convicción sobre que, más allá del libre albedrío que nos permitiría hacerlo, la vida tiene demasiada importancia para decidir acabar con ella, arrojándola en un momento de desesperanzada locura por cualquier ventana. De algo parecido trata Hotel New Hampshire, el libro de John Irving que dirigiera para el cine el siempre interesante Tony Richardson.

Para terminar vuelvo por un momento a Allen.
No es que su última película me haya gustado mucho. Solamente hubiera preferido quedarme a vivir allí mismo, dentro de ella.

jueves, abril 02, 2009

repetimos...

Dado que los jurados no podemos abrir la boca hasta que el director del Festival comunique oficialmente los premios -viernes por la mañana a la prensa, viernes por la noche a los asistentes a la gala de cierre y al público en general- se me ha ocurrido anotar algunas repeticiones más que evidentes, al menos para mis ojos, en los filmes largos y cortos presentados a concurso. Si para muestra basta un botón, en esta Mostra no sobrarán los ojales.
Repetimos:
personajes autistas o al borde del autismo
paredes empapeladas con dibujos de flores y/o pájaros
muertos rematados (remuertos)
minuciosas, prolijas, solitarias ceremonias domésticas
peces rojos, carpas de pecera
viejos solos, moribundos, desesperanzados, en estado terminal
vírgenes de Guadalupe, cristos crucificados y santos de todo tipo, con o sin peana
devotos y creyentes a pesar de todo
cuerpos sudorosos en escenarios tórridos
encerrados, enterrados, claustrofóbicos
escenas sexuales tumultuosas
solteros que no quieren serlo
casados que quieren escapar corriendo
madres posesivas-padres autoritarios-hijos abúlicos
paredes desconchadas, grifos que gotean, casas al borde del derrumbe
mafiosos, corruptos, aprovechados
cementerios, urnas, nichos
machitos castigadores, niños perversos
trabajadoras sexuales (eufemismo chileno que esconde la palabra puta con todos sus sinónimos)
autoportrait de dante bertini

martes, enero 13, 2009

Milk: la buena leche

Manifestaciones anti-israelíes atraviesan la ciudad de Barcelona. Algunos de los participantes habituales en este tipo de protesta prefieren llevar armas en vez de pancartas, aunque por suerte la mayoría de esa minoría belicosa parece conformarse con alguna piedra o cualquier otro objeto igual de contundente y arrojadizo. Mientras tanto, los ansiosos propietarios de las tiendas comerciales sobrepasan cualquier previsión gubernamental e intentan enchufarnos todo lo que les ha quedado sin vender en estanterías y almacenes, anunciando con enormes carteles descuentos de hasta un setenta por ciento. No es ningun regalo de reyes, no se ilusionen: con los precios actuales siguen ganando más del doble de lo que han invertido en la producción de sus suntuosas, poco necesarias mercancías. Y ya que estamos hablando de inversiones -soy un maestro enlazando temas muy dispares: una técnica aprendida en los zafiamente encadenados noticieros de la televisión española- acabo de ver Milk, una película que aquí han traducido como Mi nombre es Harvey Milk, no vaya a ser que los posibles espectadores pensaran que se trata de un documental sobre la producción de lácteos en el Principado de Asturias y no la historia de un gay judío estadounidense, carismático y concientizado luchador por los derechos homosexuales durante la década de los setenta del siglo pasado. De aquí lo de la bromita con las inversiones, ya que hasta hace nada la palabra invertido -al igual que palomo, comilón, sarasa, tragasables, mariposón o simple y llanamente puto- se usaba con absoluto desparpajo como aceptable sinónimo de homosexual. Es que no siempre se pudo decir abiertamente "soy homosexual" -y aún menos oficiar de tal- y seguir gozando de las mieles que la sociedad guardaba para los seres considerados "normales". Salgo del cine caliente y emocionado. Como por estos días ya se empieza a hablar de la ceremonia de los Oscar, si hubiera sido por mi côté Otro Yo del Doctor Merengue hubiera abandonado la sala en plan manifestante airado, exigiendo, además de una estatuilla para Gus Van Sant en cualquiera de las categorías posibles, otro Oscar anticipado para Sean Penn, ese actor de gesto preciso, sensibilidad desbordada y entrepierna sin complejos. Supongo que durante la última semana habréis leído más de un comentario de tipo descalificador o directamente despectivo sobre este filme honesto y, más que conmovedor, conmocionante. Sabemos bien lo alérgicos que son muchos periodistas a las obras comprometidas con algo más cercano y arriesgado que la demagógica difusión de los conflictos suficientemente distantes, cómoda y nada riesgosa posición que les permite gozar de una vida relajada, sin demasiados apremios, y con incontables, y generalmente pecuniarios, premios "de consolación". Yo que vosotros me pasaría por el forro esas opiniones ajenas y trataría de formarme una propia, viendo cuanto antes esta lúcida, documentada, muy entretenida película.
Retrato de Harvey Milk por Denise L. Eger

viernes, septiembre 12, 2008

Vicky y Cristina en Barcelona

Me encuentro por la calle con un periodista barcelonés que ha hecho una crítica demoledora de Vicky Cristina Barcelona. El diario que la publicó, sin censuras, aunque con notable astucia, decidió destacar en negritas de mayor tamaño una frase de tono indudablemente irónico donde el autor de la nota parece alabar el filme "español" de Woody Allen. La jugada es un acierto: los lectores que no pasan de los titulares pensarán que la peli es espléndida y correrán a verla; los otros, esos pesados que insisten en leer todo lo escrito, se regodearán con el veneno del periodista, apresurándose a sacar entradas para la primera función del día del estreno. Finalmente es una obra más de nuestro adorado Woody y los fans del director neoyorkino nos sentimos obligados a no perdérnosla aunque el mundo entero opine que es una estupidez sin atenuantes. Tenemos la excusa perfecta: ¿cómo será una película muy, muy mala del autor de Match Point, Hanna y sus hermanas, Stardust Memories y Cassandra's Dream? ¿Quizás como la mejor de un director de por aquí de cuyo nombre prefiero no acordarme? En su nota, mi vecino periodista dice que el alcalde y su séquito pueden estar contentos: Vicky y Cristina se mueven por la Barcelona turística mostrándole al mundo los rincones más emblemáticos de la Ciudad Condal. Después de todo, y mucho antes de esto, el cine (norte)americano se ocupó de acercar a su público de provincias los tópicos escenarios de la Europa for Export posterior a la segunda guerra mundial. Audrey Hepburn y Gregory Peck se pasearon en scooter por Roma (1953), Gene Kelly bailó alegremente por las calles de París (1951) y la otra Hepburn, Katherine, se dió un chapuzón romántico en las nada aconsejables aguas de Venecia (1955). No se puede decir que a ninguna de esas ciudades les haya ido mal con el turismo. ¿O tal vez sí? En el supuesto diario de rodaje de Vicky Cristina Barcelona publicado por The New York Times hace unos meses, Woody Allen anuncia: "Me han hecho una oferta para escribir y dirigir una película en Barcelona. Tengo que ser precavido. España es soleada y a mí me salen pecas fácilmente. Tampoco pagan bien, pero mi agente me ha conseguido un décimo de cada 1 por ciento de cualquier cosa que consiga el filme, siempre y cuando se recauden más de 400 millones de dólares después de recuperar la inversión. No tengo ninguna idea para desarrollar en Barcelona, salvo que allí pueda funcionar la historia de dos judíos de Nueva Jersey que lanzan una empresa de embalsamamientos por correo".
Me muero por ver a Penélope y Scarlett haciendo de empresarias de pompas fúnebres. ¿Ustedes no?
ilustran : fotos de rodaje extraídas de la red.

domingo, junio 08, 2008

Rafa Garros

El deporte es competitivo, quién puede ponerlo en duda. Si dos tipos, o veintidós, o cuatro, se ponen frente a frente para disputarse algo es porque quieren, pueden, están obligados a competir. Lo extraño es que alguien como yo, muy poco dado a esos afanes, echado en el sofá para ver la final de un deporte que le gusta pero sin apasionamiento, termine gritando cualquier cosa para aliviar en algo la tensión producida por esa lucha en la que se enfrentan otros. Virtualmente además. Es que hoy a la tarde hasta me inventé un slogan del más puro estilo Boca contra River: "Rafa, macizo, reviéntalo a este suizo". Que me perdonen mi querido amigo Phillippe y toda su esplendorosa familia. He perdido los nervios y no fue por Federer, señor encantador donde los haya. Es que hubiera preferido que el director de la transmisión de Roland Garros se mostrara un poco menos parcial, olvidándose de esos planos supuestamente artísticos de las zapatillas deportivas sobre la tierra roja, y nos obsequiara más planos directos de Nadal: la mitad al menos de los que tuvo Federer. También que el público -entre los que alcancé a ver a un alicaído Guillermo Vilas, al casi inalterable director Roman Polansky y a la modiglianesca actriz Charlotte Gainsbourg, hija de Serge, el inolvidable compositor y cantante, y de su novia, pareja, mujer, la aún seductora Jane Birkin- fuera un poquito más cálido con quien había vencido en el torneo por cuarta vez consecutiva. Sobretodo porque Nadal ganó muy bien. Tan fácilmente como para que en un momento dado se lo viera dudar por esa victoria que no esperaba tan rápida ni avasalladora, frente a un tenista que quiere, respeta y al que no escatima elogios. Tal vez este resultado fuera de esperar. Federer, muy elegante, vestía de luto, mientras Nadal seguía impertérrito en su estilo lechuga. Quien de verde se viste, en mucho se tiene, dice un popular refrán aragonés.
Mientras me dirigía a la cocina para servirme otra ración de anacardos, me dió por pensar que todo en esta vida deja una enseñanza. Es mucho mejor no competir, sobre todo si lo que tienes en la mano no es una raqueta, sino un puñado de frutos secos, patatas fritas, un bocata -¿di cardinale?- o un vaso lleno de cualquier bebida fría, con o sin alcohol. Amén.

domingo, junio 01, 2008

nueva york - londres - buenos aires

La New York de Sidney Lumet no es la Manhattan de Woody Allen. La cámara jamás se detiene en rincones cálidos por donde pulula un buen puñado de gente agradable. No hay por allí hombres y mujeres de los que quisiéramos ser amigos, amantes, vecinos.Tampoco nos invita a restaurantes y cafés donde quisiéramos sentarnos cada día, ni nos hace pasear por calles donde se te despiertan las ganas de tener un perro, aunque no encontremos necesaria ninguna excusa extra para querer caminar por ellas. Las panorámicas a través de las ventanas muestran algún que otro edificio emblemático, sin embargo la bruma que los envuelve, más que evocadora o nostálgica, nos habla de una polución asfixiante, de las desagradables consecuencias de un cambio climático que ha dejado de ser el slogan de organizaciones más o menos marginales para convertirse en una realidad tan evidente como ineludible. El sol de esta ciudad de cine alumbra con la misma dureza de un tubo de neón, quema con la potencia desintegradora del hierro fundido. Quizá para resarcirme de tanta pérdida irreparable o porque nuestro inconsciente lee con gafas de mayor aumento, he ido a ver Before the Devil Knows You're Dead la misma semana en la que ha muerto un entrañable homónimo de su director, el también estadounidense Sidney Pollack. Pollack tenía bastantes años menos que este Lumet todavía en plena forma a pesar de su octogenaria edad. Y esto que digo no es un lugar común, piadoso frente a la obra menor de un otrora cineasta de primera línea. Before..., su última película, está contada de forma magistral. Consciente de que los tiempos no son tan lineales como pretendemos, la historia vuelve sobre sus pasos una y otra vez, añadiendo detalles que cambian de manera substancial la imagen de conjunto. No contaré la trama, ya que bastante ha hecho la gacetilla publicitaria al develar algunos datos que quitan sorpresa a los primeros minutos del filme. Para los aficionados a la división por géneros, les diré que se trata de un thriller clásico. Hay en él crímenes absurdos y personajes oscuros con relaciones familiares tortuosas, que incluyen, como casi siempre, secretos y mentiras, frustraciones infantiles, conflictos enquistados, nunca resueltos, y también al poderoso caballero Don Dinero actuando como móvil y excusa al mismo tiempo. ¿Cassandra's Dream? Podría decirse que son primas hermanas, -también, de forma más sesgada, esta es parienta cercana de Al Este del Edén- aunque la solución que da a su historia Sidney Lumet sea particularmente despiadada y ejemplificadora. Al director de Network, 12 hombres en pugna y Tarde de perros siempre se lo definió como un moralista. Mediando los ochenta años, con un futuro de perspectiva estrecha, no podíamos esperar que se convirtiera de pronto en un personaje light sin opiniones personales sobre la culpabilidad o la inocencia. De un elenco sólido aunque con altibajos, destacaría a Marisa Tomei, que ha logrado hacer de un personaje secundario algo borroso, un ser de carne y hueso difícil de olvidar.
Como al parecer cada semana tiene su impronta, anoche mismo, después de festejar en el Bestial de la Barceloneta el cumpleaños número cincuenta de nuestro amigo R.M., seguimos con estas visiones tan desoladas como desoladoras de hombres y ciudades en crisis. Gracias a la recomendación de Pilar y José Luis, vimos en casa Hijos de los Hombres (Children of Men) de Alfonso Cuarón. Comienza con una imagen televisiva de Buenos Aires, donde masas descontroladas han dado muerte a un niño que se llama Diego. ¿Les suena este nombre asociado a aquella ciudad rioplatense? La película transcurre en una Inglaterra decadente y caótica que persigue a los inmigrantes como terroristas y a los terroristas como portadores de un mensaje destructivo que, a medida que transcurre el filme, demostrará ser una transcripción casi exacta del discurso gubernamental supuestamente repudiado.
Hoy salí a despedir a Maru: se va mañana al mediodía a París. Humedad fría, día gris, calles semidestruidas por obras que nunca terminan. Italia ensaya políticas antinmigratorias for export. En el país vasco explotan bombas y se inundan calles. Hemos rasgado los velos embellecedores y la realidad se muestra, como en Matrix, con toda su crudeza.
photo : spencer tunick

Posdata: Parece que estas posdatas empiezan a parecer un posmortem. Hoy a la madrugada, y con 71 años, ha muerto Ives Saint Laurent, quien antes de convertirse en una firma comercial que ha inundado el mundo de ropa, accesorios, cométicos y perfumes, fue un hombre rebosante de creatividad y elegancia. Impulsor de los pantalones y el esmoquin femeninos, lanzó el pret-a-porter como idea de difusión y venta para los diseñadores de alta costura. Lo sobrevive su compañero de vida y tareas, Pierre Berger, gran promotor de sus creaciones. El definitivo fin de una época.
En la foto: Pierre et Ives, en ese orden.

miércoles, enero 30, 2008

El valle de Elah

oh sí, lo confieso: estoy super adherido a esto de los blogs... como un colgado a su droga, como un ludópata a su bingo, como un teleadicto a su telemierda, como un enamorado a su objeto amado, odiado, envilecido, despreciado, glorificado y enaltecido... y es que la calle está peor, y el mundo en sí, il mooondoooo, Jimmy Fontana says, se ha puesto de lo más difícil, tan duro como un campo de batalla... y entonces te dices (yo me digo): mejor arréglate con lo poco que tienes, pide sólo para tus adentros, porque si pides algo para afuera lo más probable es que te digan ¡No! o ni siquiera te escuchen...
llegado a este punto, te sientas nuevamente frente a la máquina todopoderosa y ni te preguntas qué quieres contar: va saliendo solo... es que hay un montón de cosas esperando ser dichas por todos los rincones... y eso que de la Política has decidido pasar, es tan opaca, tan sucia, tan ajena; y de la Religión y los Curas ya has dicho todo lo que debías y un poco más en su momento, ¿recuerdas?, cuando todavía creías en ellos, cuando pensabas que en sus manos podía estar la palanca para el cambio... como ahora ya no escuchas sus monsergas ni temes sus anatemas ni siquiera pretendes rebatirlos: que cada uno haga su camino y a ti te encontré en la calle... y vas al cine también, de pantalla en pantalla, porque allí pagas la entrada, y te sientas, y si quieres te comunicas con la historia que te cuentan, y si no, te quedas quietecito como un idiota, con los ojos bien abiertos y la mente en otra cosa, que para eso tu cabeza va sobre tus hombros y no sobre los hombros de otros, y te encuentras con gente, sí, buena gente amistosa y simpática, y aún sabiendo que las posibilidades de entenderte están limitadas por las diferentes necesidades, intentas pasártelo bien y hay momentos en que inclusive lo consigues...
¡Ah sí! Ya que hablé de cine, recomiendo sin más El valle de Elah. Tiene unas interpretaciones modélicas (Tommy Lee Jones, Charlize Theron y Susan Sarandon) y nos habla sobre la violencia desde el único lugar posible: el de la profunda y desenmascaradora reflexión.
Aclaración Urgente (y posterior) : "No trabajo en la peli", dice Jack, "sólo ilustro este post con mi cara de ¿qué está diciendo este tipo?".
retrato de jack nicholson por alastair thain

domingo, enero 13, 2008

wag the dog

Tal vez deba agradecer a mi estado post-gripal haberme enterado de la existencia de esta película. Ahora sólo queda hacerme con ella para verla en mejor estado del que lo hice el sábado por la tarde, a la hora de la siesta. Comida, más que sobria, escueta, acorde con mi "pasesca" convalescencia, y un segundo después esa no decisión -dado mi estado de decaimiento no había otra elección posible- que llevé a cabo sin demora y con absoluta entrega: tirarme en el sofá para tragarme como postre cualquier cosa que pasaran por el canal Hollywood. Esa cosa de ayer a la tarde resultó ser Wag the dog (1997), un film espléndido que, vaya a saber por qué, no sólo nunca había visto sino que desconocía en absoluto. Distribuída en España como Cortinas de humo y en Argentina como Mentiras que matan, tiene guión de David Mamet (!) y Hilary Henkin, música de Mark Knopfler y dirección de Barry Levinson, un hombre inquieto que también se ha desempeñado como actor, guionista y productor en diversas películas (Tootsie, Quiz Show, Sleepers, Donnie Brasco). En Wag the dog, Robert De Niro, Dustin Hoffman, Anne Heche, Woody Harrelson y Denis Leary interpretan a una serie de mafiosos, freakies y descerebrados que deberán encargarse de distraer la atención de sus conciudadanos con temas de hondo calado sentimental y patrótico para hacerlos olvidar que su presidente ha sido acusado, a tan sólo 2 semanas de las elecciones, de acosar sexualmente a una joven becaria. ¿Os suena? Frente a un guión tan entretenido, lleno de hallazgos y sorpresas, y unos diálogos que no desperdician una sola posibilidad de ser brillantes, te preguntas si la huelga de guionistas no habrá comenzado hace ya muchísimo tiempo.
Una auténtica perla es el fondo sonoro del escandaloso desliz presidencial: el chansonnier francés Maurice Chevalier canta Thank heaven for little girls -un himno de la incorrección política- tal cual lo hiciera en la adaptación cinematográfica de la "joyeux" comedia musical Gigi (Vincent Minelli, 1958).
Ahora mismo me pasaré por la casa de los 39 escalones para ver qué opinión tienen de ella.
Photo : Elliot Herwitt

lunes, diciembre 17, 2007

Encadena(dos)

El sábado por la noche fuí con un grupo de amigos a ver la última película de Ang Lee. Éramos cinco, y aunque ninguno de nosotros dijo "no me gustó", "me aburrí como un cochino" o "¡vaya bodrio!", me parece que no hemos salido del cine especialmente satisfechos.
Lust, caution, que de ella se trata, fue traducida al castellano como Deseo, peligro, una decisión que sin ninguna duda le restará una buena cantidad de posibles espectadores. Casi cualquier otra traducción hubiera sonado mejor que esta. Desde alguna con onda muy latina, del tipo Peligro carnal o Abismos de pasión, hasta una de andar por casa en plan "transición aperturista", como Ojos oblicuos, entrepiernas calientes o La China se pone cochina. Para mi gusto, la traducción mas sugerente y respetuosa del original sería Cuidado: lujuria, aunque tampoco resulte un título fácil de decir y aún menos de retener en la memoria.
Ang Lee me cae bien, sus películas me gustan. Voy a verlas porque son suyas, de la misma manera que veo las de Scorsese, Woody Allen o Paul Thomas Anderson y en otras épocas esperaba con ansiedad el estreno de un Fellini, un Hitchcock o un Bergman. Lee es un director con una filmografía extraña, donde podemos encontrar desde vaqueros gays luchando contra sus impulsos sexuales o jóvenes inglesas debatiéndose ardorosamente entre sense y sensibility, hasta airados hombres mutantes con complejo edípico y notable propensión al verde intenso. Tal vez en otra época se lo hubiera llamado "un hábil artesano", pero de ser así no hubiese recibido leones de oro venecianos ni estatuillas doradas del tío Oscar con tanta profusión. Tampoco, supongo, se hubiera atrevido a hacer declaraciones tan personales y categóricas como estas que hizo hace nada a un periódico español:
«El amor es tortura. Si no hay dolor se trata de un sentimiento superficial. Sólo cuando sientes dolor sabes que es amor de verdad. Por eso nos dedicamos a torturarnos los unos a los otros».
En este momento no me importa discutir semejante generalización. Tal vez lo que Ang Lee llama amor es ese goce del que suelen hablarme algunos lacanianos: un caramelo de placer envuelto en piel de látigo.
No puedo decir que su película me haya dejado indiferente, sin embargo tampoco puedo dejar de pensar que, sin abandonar algunos temas recurrentes en toda su obra, Lust, caution es un producto pensado para el actual mercado chino, con una pequeña burguesía ascendente deseosa de consumir todos esos productos occidentales que hasta hace poco tiempo no estaban a su alcance. Hay algo errático en la narración de este largo film -casi tres horas- que me dejó gran parte del tiempo fuera de su juego, pensando en parecidos aparentes y parentescos cercanos, como si yo también me hubiera perdido por las calles de esas ciudades chinas dominadas por los japoneses, con rubias prostitutas europeas ofreciendo su servicio por las esquinas y camareros occidentales atendiendo a los clientes de bares elegantes con marcada estética vienesa o londinense. Por allí, entre los pliegues de este amor en tiempos de guerra y bruscos cambios sociales, se asomaban el Doctor Zhivago y Casablanca, Senso, El puente de Waterloo y Arco de triunfo, Si no amaneciera y un más que "notorius" Encadenados, magnífico exponente de la síntesis narrativa y el romanticismo más apasionado. Tanto en aquellas antiguas películas como en esta recién estrenada, hay verdaderos ejércitos de gente desesperada buscando algún lugar donde aposentar sus hambrientos y maltratados cuerpos, hermosas mujeres que ansían algún tipo de ternura y hombres hoscos de mucha acción y poquísimas palabras, recortándose todos ellos como frágiles figuritas de papel sobre desoladores paisajes de amenazas, destrucción y muerte.
Según se apresuraron a adelantarnos las gacetillas antes del estreno, este film se diferenciaba de muchos otros por sus más que explícitas escenas de sexo. Quizá estas escenas sean demasiado fuertes para espectadores que jamás hayan visto un porno puro y duro, algo casi increíble a esta altura de los tiempos, pero para mí, que sólo puedo presumir de haber dejado de fumar hace bastantes años, resultó mucho más impactante la fruición conque casi todo los personajes se zampan un cigarrillo tras otro durante las casi tres horas de película.
Quizá la clave esté en la banda sonora, salpicada de voces oscuras como la de Marlene Dietrich y de tangos dramáticos de la más rancia escuela clásica. Esta es una historia de otra época, contada con todos los guiños necesarios para atrapar a un público que recién ahora puede darse el lujo de soñar con rutilantes estrellas de cine; siempre rodeadas de glamour, siempre envueltas en esas sinuosas volutas de humo que, tras su tan fascinante como estudiada fotogenia, esconden desvastadoras propiedades adictivas.
Posdatas:
1) dado que ya adjunto trailer de Lust, caution, preferí ilustrar este post con una imagen del hoy casi cincuentón Chistopher Meloni. ¿Razones? Además de otras muy notables a simple vista, hoy mismo me enteré que su hijo más pequeño se llama Dante Amadeo y, buscando, buscando, descubrí a este contundente papá italoamericano interpretando escenas de amor torturado y pasional en una serie del siglo pasado (1997) nunca emitida en España: OZ. Como supongo que todos sois mayores con criterio propio y probablemente este video será censurado en los próximos días (pasó con el del Ercole de Vivaldi en Spoleto), invito a verlo lo antes posible.
2) toda la trama de la llave oculta y la botella de cava Freixenet en el anuncio-homenaje realizado por Scorsese, también refiere de forma muy directa a Notorius (Encadenados). Mr Hitch, imitando a sus oscuros y amenazadores pájaros, sigue entre nosotros.

miércoles, noviembre 14, 2007

Tú, Dexter: ¡por qué no te callas!

Sí... bien, es verdad; lo reconozco. El título es de lo más tramposo y demagógico, un intento seguramente inútil de este blog, a todas luces minoritario, por llegar a las audiencias masivas de, por ejemplo, Telecinco te la hinco (lo dicen ellos; yo sólo actúo como repetidor) o la cadena de radio Ser o no Ser. Pero para mi descargo, esta no es la única razón que me ha hecho titularlo así. Desde hace varios días tengo esa frase grabada en la cabeza y la única manera de exorcizarla es aceptando que el suceso sucedió Realmente, que la imagen que nos muestran por televisión una y otra vez es tan Real como real, que la escalofriante y sobreactuada escena no es parte de los Guiñoles del Guiñol y los personajes que aparecen allí sentados no son muñecos de gomaespuma, sino auténticos dirigentes mundiales que, además de poder, tienen en sus manos nuestros ya de por sí procelosos destinos.
¡Ay!
¡Cómo duele asumir la Real-idad!
Esto no es todo. ¿Y las insoslayables angustias producidas por incertidumbres varias, quién me las aventa? Porque, ¿alguien se imagina lo que habría ocurrido si la Sugerencia Real hubiera tenido como destinatario a Bush, Putin o al nada apocado Sarkozy? Noviembre está regido por Marte, un planeta de lo más belicoso y, al margen de mi plácido y encantador nacimiento, siempre han acontecido en él catástrofes, guerras, revoluciones y epidemias de todo tipo. Tan violento y raro es este mes, que la cadena de televisión Fox ha decidido lanzar Dexter, una serie absolutamente macabra, nauseabunda, despreciable... e hipnótica.
Después de haber comprobado durante toda una temporada que el material lanzado al aire no tenía inmediatos efectos secundarios, la serie, que ya está emitiendo su segunda tanda en USA, llega hasta nuestras casas proponiendo los asesinatos seriales como nuevo estilo de justicia. El actor protagonista -un impresionante Michael C. Hall, atormentado hermano gay en Dos metros bajo tierra- ha dado un salto desde la funeraria empresa familiar hasta la producción directa y personal de cadáveres. Como podrán ver en la foto que ilustra este post, sus manos son muchísimo más blancas que su rostro y su cuello, bronceados ambos con ese tono Caribe Glamour que solamente puede brindarnos el sol de Miami. ¿Extraño, verdad? Aunque tengo muchas ganas de hacerlo, no me atrevo a asegurar que esta diferencia de tonos se deba a los efectos del formol, los guantes quirúrgicos o la sierra eléctrica conque este aparentemente inofensivo médico forense estudia o desmantela los cuerpos de las/sus víctimas. ¿O este muchacho será tan atrevido como para posar apoyando la cabeza en una extremidad ajena?
Charles Bronson, un actor duro con aspecto de estrella porno y, ¡vaya casualidad!, nacido también bajo el fascinante signo de Escorpio, protagonizó una serie de películas donde interpretaba a un hombre de la calle que por diversas circunstancias personales se veía "obligado" a hacer justicia por su cuenta. Durante los años setenta del siglo pasado, Paul Kersey -así se llamaba el personaje- despachó a una buena cantidad de violadores, asesinos y traficantes de droga, en seis o siete películas con el mismo esquema y casi idéntico argumento. Se suponía que era un justiciero social, un pobre desgraciado empujado a convertirse en verdugo no remunerado por la inoperancia de la justicia y las fuerzas policiales frente al injustificable asesinato de algunos de sus seres queridos. Treinta años después, los creadores de Dexter no pueden engañarse ni engañarnos. Saben algunas cosas más sobre pulsión, perversiones y fantasmas, han frecuentado varios divanes psicoanalíticos y diversos volúmenes especializados en esas materias. Dexter es un psycho killer que goza sin resquemores ni culpabilidad con su esmerado trabajo de limpieza. En cada historia, en cada capítulo, la serie nos plantea un problema moral que su protagonista resuelve en plan Raid o Mister Proper, con prueba del algodón incluida. Sin perder el apetito -en pocas series se come tanto y tan seguido-, sin hacer concesiones fáciles a lo políticamente correcto ni gastar su tiempo en dialogadas justificaciones, Dexter inquieta nuestras conciencias algo abotagadas, responde, por la fuerza de la acción pura y dura, algunas preguntas que ni siquiera podíamos formular(nos). Esperemos que ningún censor bienintencionado se interponga en el descarnado monólogo de este terrenal ángel exterminador, decidiendo convertirlo en un buen padre de familia que mira quien baila y opina lo que le dictan.

(Otrosí : Cayetana Altovoltaje es la estrella invitada en Crackfake )

jueves, agosto 16, 2007

Bruce (La)Bruce

Las habitaciones de los protagonistas están tapizadas con enormes fotos del Ché Guevara y de los dirigentes más mediáticos del "desaparecido" grupo guerrillero alemán Baader-Meinhof. Durante todo el film, a las imágenes de los actores (?), a sus coitos desenfrenados por pasillos, ascensores y baúles de automóvil, se superponen frases de Wilhem Reich, Marx y otros preclaros pensadores de los siglos pasados, más un buen número de grafiteras leyendas anónimas que incitan a la rebelión contra el fascismo, los burgueses y el sistema capitalista. "El sexo es revolucionario, la guerra es fascista", repite una y otra vez el personaje principal, una tal Gudrun sin más, única mujer de la banda y mesiánica guerrillera, que mientras cambia su melena renegrida a lo Louise Brooks por una peluca platinada de pelo largo en plan París Hillton, incita a la felación, la infidelidad y la sodomía entre los miembros (ejem!) varoniles (ejem!) de su grupo, ya que según ella "la heterosexualidad es reaccionaria y capitalista, la homosexualidad moderna y revolucionaria". Sus adeptos no hacen ascos a las prédicas de la tal Gudrun, dedicándose más o menos alegremente a investigar en los terrenos propuestos por su líder. Los Bad Guys se convierten en Bad Gays y los Good Fellas en Good Fellatios.
No puedo recomendar la visión de esta película, no me atrevo. Quizás pueda herir la sensibilidad de alguno de vosotros, aunque seguramente se trataría de alguien que no lee periódicos, ni escucha radio, ni ve televisión...Y que tampoco sale nunca a la calle. O lo hace, pero bien munido de tapones para los oídos, anteojeras de caballo y el célebre emergency poncho contra agresiones exteriores.
Para los más arriesgados -imparables jinetes del asfalto, infatigables aventureros del celuloide-, adjunto los datos necesarios para que puedan bajarla de la red. La peli se llama The Raspberry Reich y está dirigida por un canadiense de nombre Bruce Labruce, tan poco pretencioso como para autodefinirse "un simple director de cine porno". Le doy cabida aquí porque ya está bien de tanto Tanatos: se hace necesaria la presencia del señor Eros (¡los otros dioses lo mantengan en su espléndida madurez!) ya sea que cante en italiano, en spanish o decida quedarse bien calladito para siempre. Y a los que necesiten excusas cultas para permitirse verla, les digo que desde el 2004, año de su estreno, este film ha pasado con bastante éxito por Sundance, la Berlinale y el Seattle International Film Festival.