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martes, marzo 06, 2012

Shame, ¿vergüenza?


El último domingo, después de un nutritivo almuerzo en familia, fui(mos) a ver Shame. Y ahora me pregunto: ¿hubiese(mos) ido a verla con tanta urgencia de no ser por la morbosa curiosidad que se creó alrededor(?) del aparato reproductor masculino del protagonista? (Uso esta jerga algo demodé porque, con los tiempos que corren, temo que si llego a poner v...., p..., p... o p...., me caiga encima una Junta Censora de la Red, obligándome a un arrodillado arrepentimiento sobre un espeso colchón de sal gruesa) ¡Teniendo como tengo las rodillas!
Para ir directamente al grano, les digo que no es para tanto. Y no se confundan: estoy refiriéndome a la película en su totalidad, si bien el notable báculo de Michael Fassbender tampoco es mayor que los de varios de sus antecesores en esto de la exposición, sin tapujos, alteraciones ni sombreados, del fibroso cairel de la entrepierna masculina. Y conste que no incluyo en esta lid por la posesión del miembro de mayor tamaño a los astros superdotados del cine porno, sino sólo a los actores de los filmes atrevidos pero sin eyaculaciones manifiestas, como Daniel "007" Craig o el polivalente Ewan McGregor, por poner algunos ejemplos relativamente actuales. El interiorizado Mark Walhberg de Boogie Nights no entra en competición: todos pudimos ver que aquella desmesura que se refleja poco antes del final en un espejo era la bastante burda imitación, ampliada y en látex, de algún original en carne.
Después de los primeros minutos, saciada ya la curiosidad sobre las dotes no actorales del distante, ácido, frío, aunque también expresivo, elegante y sensible Fassbender, el director Steve McQueen -¿cómo se atreve? De haberme llamado Dante Alighieri, al menos me hubiera puesto Dante Alí como seudónimo- nos introduce en los avatares de este joven apuesto y sin apuros económicos, aunque con unas necesidades eyaculatorias presuntamente excesivas.
Desarrollando una versión masculina de aquella mítica y setentera Diane Keaton de Buscando al señor Goodbar, el personaje trajina noche y día detrás de un orgasmo, y de otro, y aún de otro más, como si nunca se hubiera enterado de que ciertas búsquedas, aunque pueden no ser infructuosas, casi siempre resultan frustrantes, repetitivas, asaz insatisfactorias. A su hermana, la quebradiza, atormentada, espléndida Carey Mulligan, le basta con una versión contenida, vacilante, trémula de New York, New York, para explicarnos que en este paisaje desolador de la modernidad pequeño burguesa no habrá ganadores, que en realidad nunca los ha habido.
Una banda sonora excelente, que por momentos recuerda al omnipresente Satie de El fuego fatuo de Louis Malle, y una fotografía exquisita, satinada, que parece encantarse con los reflejos, las transparencias, los cristales y espejos con sus deformantes y mentirosos espejismos, no hacen olvidar un metraje algo excesivo, en medio del cual refulgen escenas diagramadas con la incisiva, sádica, bella crueldad de un coleccionista perverso que muestra, deleitándose, sus más ocultos y sucios tesoros.



Dos días después sigo preguntándome de quién es y sobre qué planea la palabra vergüenza que da título al film. ¿Hay una fábula moralizadora con pretendida proyección social escondiéndose tras esta historia de individualidades sufrientes o el levísimo chisporroteo en los ojos del protagonista anuncia que todo sigue igual después de la tormenta, que el deseo es amoral, arbitrario y rara vez admite renuncias o auténticos arrepentimientos?



Este último Shame cantado nada tiene que ver con la película, pero resulta fresco y gratificante. A Steve McQueen, con nombre de famoso actor muerto, no le molestará que la canción (2010) lleve el mismo nombre de su film, que se llama a su vez igual que otro (1968) del sesudo, sueco y siempre algo avergonzado Ingmar Bergman.