

Desayuno en
Cornelia & Co., un novísimo lugar por donde todavía se pasean los fantasmas orientales de la extinta
Compañía Francesa de la China. Corpóreos y lozanos, bellos y cerámicos, transformados en cacharros de lujo o escondiendo dentro de sí los espíritus evanescentes de otras épocas no tan lejanas, son como restos arqueológicos del museo de una memoria personal, la mía, que quizás ya no tenga compañía alguna y esté condenada a desaparecer cuando el último de esos artesanales objetos resbale entre unas manos húmedas y apresuradas para ir a estrellarse contra el fondo de una pica, o simplemente decidan, por puro cansancio vital, hacerse trizas sobre la superficie embaldosada de la que supongo muy ajetreada cocina del exitoso café restaurante de Valencia casi Balmes.
Me gusta este lugar. Es moderno, amplio y está bien, cálida y amorosamente, atendido; sus lemon pie son excelentes y la cheese cake con salsa de frambuesas es sin ninguna duda la mejor que he comido hasta el momento. Además algunas de sus sillas de estilo "café vienés" imitan un trabajo que vi por primera vez, realizado por mis propias manos, en los, para mí ibicencos, años ochenta, cuando la imaginación y el reciclaje todavía suplían la falta de dinero: collage de papeles diversos, casi todos ellos recortes de periódicos y revistas
de moda y actualidades, tapando los deterioros irrecuperables de diversos objetos de uso cotidiano. Sillas, por ejemplo. En el vestidor de nuestro piso conservamos hasta hoy un viejo armario cubierto de amarilleados papeles de periódico en los que se daba cuenta de algunas noticias que nos habían impactado. Un trabajo tan
Dadá como el nombre de la tienda de la también ibicenca calle Muntaner donde vendíamos nuestro Art Wear: prendas únicas serigrafiadas con diseños propios y método absolutamente artesanal.
Sentado en una de esas sillas collage -hace algunos meses encontré otras similares en el pequeño restaurante
Paradoja de la calle Mallorca, a cien escasos metros de casa -leí esta mañana que Patrick McNee, el atildado protagonista de
Los Vengadores, cumplía 89 años. Sólo un muchachote si lo comparamos con Zsa Zsa Gabor, quien, terrible desgracia para uno de los mayores íconos sexuales del siglo pasado, ha inaugurado sus 94 con una pierna menos. La platinada húngara, vértice sobresaliente de un volcánico tripartito fraternal de rubias descocadas, ya no era ninguna piba cuando Jessica Tandy y Marlon Brando estrenaron
Un tranvía llamado deseo (1947)en un teatro de New York y le faltaba poco para cumplir veinte febreros en el momento en que la visionaria
Tiempos Modernos de Chaplin se proyectaba por primera vez sobre una pantalla.


Gracias a los periódicos me entero también que Mecha Ortiz -excelente actriz de temperamento fuerte y voz cascada- estrenó el drama tranviario de Tennessee Williams en Buenos Aires apenas (?) nueve años después de su estreno neoyorkino y cuando habían pasado casi cinco desde su traslado a la pantalla, bajo la dirección de Elia Kazan y con Vivian Leigh en el papel de la por entonces demasiado teatral, poco taquillera, Tandy. Parece que los milicos "libertadores" del 55 eran más despistados o menos censores que algunos funcionarios del gobierno del General Perón, ya que la obra estuvo esperando en un cajón de los productores argentinos hasta después de que nuestro generalísimo se marchara del país oculto en una cañonera paraguaya.
El tiempo pasa...Podría ser el título de un nuevo álbum de Natalie Cole, la otrora niña mimada de aquel gran rey negro del jazz, pianista y cantante, al que todos llamaban Nat. Hoy su pequeña Natalie también cumplía años, sesenta y uno, y yo, para festejar tanto aniversario, apuré de un trago mi café con leche, mientras brindaba en un día de sol primaveral por los maravillosos tiempos idos y los convulsos, inquietantes, no menos espléndidos días por llegar.
Ilustran: dos imágenes de Zsa Zsa Gabor, programa porteño de época y Mecha Ortiz (Blanche) con Carlos Cores (Stanley) en el montaje de "Un tranvía...", Buenos Aires 1956.