
Tres de la tarde del miércoles. Dos mujeres discuten acaloradamente en la calle Enrique Granados, a pocos pasos de donde saboreo un fresco menú veraniego en compañía de algunos amigos. Las contendientes comparten, además de una altura física considerable, el tamaño de sus narices, de parecido, familiar dibujo. En ningún momento llegan al golpe directo, aunque los rostros se acercan hasta rozarse, los brazos se levantan amenazantes y las voces adquieren segundo tras segundo más volumen. Todos los clientes del restaurante estamos pendientes de sus idas y venidas. Se mueven en un radio de cincuenta metros: caminando y deteniéndose, empujándose, cerrándose una a otra los caminos posibles con una presión sostenida que intenta cambiar el rumbo de sus pasos nerviosos; de Enrique Granados a Mallorca, de Mallorca a Enrique Granados.
Comenzamos a barajar hipótesis. Son hermanas, madre e hija, amantes, rivales, socias enfrentadas por acuciantes problemas económicos. Rubia, con el pelo recogido en una coleta, la de mayor edad; morena de cabello corto y ropa casual de corte masculino, la otra. ¿Y si fueran una pareja de actrices que están siendo filmadas a la distancia y repiten, respondiendo a las órdenes de unos ocultos pinganillos, la misma escena de un guión cinematográfico?
A todos nos parece notable que no puedan separarse. Conque una sola de las dos mujeres se desprendiera por un momento del desagradable lazo que las une, la situación perdería tirantez, podría solucionarse sin necesidad de recurrir a ningún tipo de violencia. Pero el asfixiante nudo parece no admitir deserciones. Se ha ido estrechando con el tiempo y ahora resulta prácticamente indisoluble.
La otra noche, cuando terminó la representación de
Purgatorio y el público animoso y confiado que había llenado la sala (dispuesto a dejarse seducir por el vacuo espectáculo de Romeo Castellucci desde el mismo momento de comprar las entradas) empezó a desalojar despaciosamente el lugar, mi acompañante y yo nos encontramos con el escritor Andreu Martin y su mujer, Rosa, psicóloga de profesión.
¿Les gustó?, pregunté.
Bastante, dijo Andreu con una chispita burlona en los ojos. Y, gozando íntimamente con su ocurrencia, añadió: A ella le ha gustado mucho y a mí absolutamente nada.
La mujer de Andreu parecía muy impresionada por la relación entre el padre abusador y el pequeño hijo víctima de esos abusos.
Le dije que el tema me parecía una excusa dramática con demasiada actualidad en los medios como para no sospechar de una elección oportunista.
-Podría centrarse sobre la esposa y daría exactamente lo mismo, acoté.
-¡No... es muy diferente! Un niño no tiene escapatoria alguna. Estará marcado para siempre por esa relación abusiva.
-Como todos, insistí. Si bien es cierto que este caso puede ser especialmente patológico, todos estamos marcados por nuestras relaciones, en particular por las parentales.
Como es de suponer, ninguno logró convencer al otro. Ni siquiera podría asegurar que lo intentáramos.
A mí me daba igual el tema, sin duda urticante. El montaje de Castellucci es plano, ilustrativo, no intenta desentrañar el porqué de los hechos. No hay ninguna pregunta sustancial y sí varias respuestas que podríamos sintetizar en una específica, de profunda raíz cristiana: el purgatorio está en la tierra, en nuestra vida cotidiana, en los seres que nos rodean. El infierno que Sartre atribuía a los otros, ha descendido un peldaño en la lista de los castigos posibles convirtiéndose en este espacio donde mediante la flagelación y el escarnio podremos hacernos perdonar de nuestros pecados, para ascender luego, ya libres de toda culpa, al paraíso prometido. Esto en los papeles, en las declaraciones, en las críticas, porque en manos de Castellucci, el
Purgatorio es simplemente un espectáculo a todas luces elegante, servido con moderno (?) y abundante despliegue técnico, en el que las actuaciones importan tanto como ese piano de cola donde nadie toca. Igual que los televisores sin mando a distancia que pretenden ubicarnos en alguna década pasada o el enorme Mazinger Zeta que asoma sus ojos parpadeantes en la tercera escena, los actores son instrumentos vacíos con sonido amplificado, marionetas veladas por una pantalla de tul en la que se proyecta redundantemente el guión de esas acciones mínimas desarrolladas por sus esquemáticos personajes sobre el escenario.
Si me dejara llevar por los dos espectáculo que llevo vistos en el
Grec de este año, podría asegurar que la parafernalia técnica está asfixiando con sus excesos las zonas más sensibles de las artes escénicas. También Silvie Guillem, impecable bailarina, instrumento afinado hasta en sus más mínimos acordes, se enrola con
Eonnagata en esta lujosa teatralización de la nada aderezada con la pizca de escándalo necesaria: la ensalada
Glamour no puede resultar desabrida. Luces impactantes de Michael Hulls y refinado vestuario de Alexander McQueen para mostrar y cubrir las ambiguedades de un personaje desdoblado en la línea tripartita del mismísimo Espíritu Santo.
El asombro ha ocupado el lugar de la emoción. Nuestro deslumbramiento se desvanece apenas se desvanece el efecto especial que lo ha producido.
Dos mujeres sin atrezzo alguno, enfrentándose en la calle por vaya a saber qué cosas, tienen más fuerza dramática, despiertan más incógnitas, que cualquiera de estos espectáculos a cincuenta euros por cabeza.
ilustra:
Eonnagata, saludo final de Russell Maliphant, Sylvie Guillem y Robert Lepage. foto de Dante Bertini.