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miércoles, junio 15, 2011

Carta desde Australia, fotos de Chile







Mi querido Gatito, te envío algunas fotos para tu página. Es terrible e increíble pero las cenizas volcánicas han llegado hasta aquí, pasando a través de Africa y el océano Indico.
Desde Sydney no hay vuelos y estamos hasta el hartazgo de lluvias torrenciales, nieve, vientos huracanados y un frío intenso.
En Nueva Zelanda hubo otro terremoto, en el mismo sitio del anterior de Febrero 2011, y 7.300 aftershocks... tremendo querido, tremendo.
Y estamos en guerra... el imperio no cesa y aquí todos los días recibimos los cuerpos de chicos, todos jóvenes y con familias e hijitos... ay ay ay!!!
Besos y espero no haber amargado tu día... solo espero que puedas mostrar en tu página lo que está pasando en el otro "agujero" del mundo.
Besitos para ti y Jorgito con mucho cariño - tu Lulú





Las fotos, según consta en la carta, fueron tomadas por Rodolfo R. Fredes Schürmann, de Osorno, Chile.

miércoles, mayo 18, 2011

Cada vez que decimos adiós...


Cole Porter, autor de esta canción -chaqueta abierta, pierna cruzada- de paseo feliz por Venecia en compañía de tres amantes amigos...
















Y para terminar, Cole Porter otra vez, aquí solo, en un dibujo del maestro David Levine.

viernes, enero 28, 2011

Fin de Enero


Revuelves papeles viejos, viejas fotografías, y al hacerlo, inconsciente y torpemente, pones en movimiento una película retrospectiva, siempre parcial y arbitraria, de tu vida.
Cuando protestando y a regañadientes decides no esquivar el bulto que te ha caído encima -a pesar de tus muchos traslados, de tus casi incontables mudanzas, todavía no has aprendido a ubicar sin riesgos los incómodos trastos del pasado- los habitantes de ese segmento postergado de tu vida reaparecen con la fuerza que les dio una larga espera, quieta y silenciosa, en esa especie de limbo sin destino adonde los tenías confinados.
Pasa que te ves en una fotografía antigua con un perfil que ya no tienes y para escapar de la evidencia sin mancharte demasiado las manos, te pones de inmediato a hojear una inocente revista de decoración que compras cada mes como parte de tu particular rutina doméstica. Al parecer es día de reencuentros: esparcidas por un lujoso piso de la alejada Buenos Aires, ves obras de un amigo al que no habías vuelto a nombrar desde su muerte y, para terminar la jornada con puntos suspensivos y un subrayado continuará al día siguiente, poco antes de acostarte recibes un email donde otro amigo en standby te envía sus itálicas elucubraciones sobre la muerte y la eutanasia.
Contestas, por supuesto, aunque al hacerlo descubres tu presente; moldeas, sin quererlo, un posible futuro.

Maticemos...como gustan decir por aquí.
Estoy en mi cuarto de trabajo -¿despacho, taller, escritorio?- y afuera el día es gris, muy frío.
Invierno en Barcelona.
A través de la cristalera que da a la calle Mallorca -nunca pensé que mi destino estaría tan unido a las islas baleares- veo el bello, sólido, señorial y sin fiorituras, edificio años cuarenta del hotel de enfrente, montado en lo que en otro tiempo fueran unas amplias y desangeladas oficinas estatales.
Hay plantas en mi balcón y también dentro; la casa está tranquila: Jorge trabaja en su despacho, a diez metros del mío, y Adrián acaba de salir hacia el gimnasio. Nos veremos allí en una hora para compartir nuestra clase semanal de yoga.
Acabo de recuperar una butaca thonet que teníamos arrumbada. Después de décadas de alejamiento (hasta mi escapada de Buenos Aires solíamos timbear cada semana con Pablo Suárez, Noemí Raimundo, Hugo Monzón, Santiago Giacobbe o algunos otros menos fervorosos) he rescatado nuevamente el póker como excusa para encuentros amigables. Y, más afectos a los sillones, faltaba una silla cómoda, que ahora, previo bricolage reparador, ya tenemos.
Federico, el felino, se niega a salir de su almohadón. No hay sol para calentar su cuerpo, y él, tan maduro como astuto, no se arriesga a desagradables enfriamientos.
No estoy hablando de la eutanasia, lo sé, sin embargo, a raíz de tu nota estoy pensando en ella. La descripción anterior relata un instante preciso en un momento asaz idílico de mi vida. Pasajero, fugaz, impermanente, como lo son todos siempre.
¿De qué vale pensar en la muerte, esa desgraciada inevitable, si ella está pensándonos constantemente, si no nos olvida ni un mínimo instante?
Supongo que los que deciden acabar con su vida sin esperar que la siempre inesperada parca se decida a actuar, ya no ven un paisaje apetecible, ya no habitan un cuerpo que responde a sus deseos ni alientan una esperanza que los empuja a seguir.
Beatriz de Moura, la editora, y el escritor Salvador Pániker, entre otros muchos, adhieren a una asociación por el derecho a la eutanasia.
Cualquier libertad sobre el propio cuerpo me parece inobjetable, quizás por eso mismo nunca he querido firmar según qué compromisos. Ya llegará el momento de hacerlo, supongo; ya habrá alguien, amante y amado, que decida por mí si yo no pudiera acometer semejante empresa cuando se haga necesario.
Mientras tanto, y puesto que nadie nos pidió opinión alguna antes de encendernos la vida, permitamos, sin cortes, prohibiciones ni censuras, que cada uno elija el final, pocas veces feliz, de su película.
Te quiere, Dante.


Foto doméstica no digital. Preparándome para una fiesta de disfraz en casa de amigos. Ibiza, fines del siglo pasado.

martes, junio 01, 2010

Encuentro Inesperado


Salgo de la cama como puedo y media hora después salgo también de mi casa, un poquito más compuesto. Ayer tenía cita con mi dentista a la misma hora en que debería haber tomado una clase de yoga. La contienda la ganaron mis dientes y, sobre todo, una inhabitual pereza: después de la clase del día anterior había quedado con pocas ganas de repetir asanas, equilibrios y estiramientos.
Encuentro la calle triste, semivacía. Puente, me digo. Si hasta mi casa ha perdido un componente, abnegado estudioso de las teorías lacanianas. Lacan y Sagaró, puedo asegurarlo, tienen más fuerza, mayor arrastre, que cualquier dupla política.
Yo me quedo en la ciudad, a festejar por la noche una boda civil diurna a la que no asistí porque en ningún momento fuí invitado a ella.
Los diarios hablan de recortes, las radios hablan de recortes, la gente de la calle habla de recortes. Debería ir a la peluquería, me digo. Es una forma como cualquier otra, aunque un poco más frívola, de no crearme angustias que después, en corto tiempo, me producen esas molestas caries que necesitan obligatorias visitas al dentista.
Anoche dormí profundamente, así que me cuesta entender por qué me levanté sin verdaderos ánimos de levantarme. Tal vez sea culpable el inconsciente, siempre tan artero, aunque también podría serlo una brisa fría, no menos errática, que acarició mi espalda mientras charlaba animadamente en la terraza de un bar cercano a casa.
El día de ayer estuvo cargado de emociones, casi todas ellas debidas a un reencuentro "con el pasado que añoro y que nunca olvidaré". El tango es acomodaticio, nos sirve para rellenar cualquier rincón con algunos trazos de nostalgia y un nosequé de poesía.
Fue por la mañana, cerca del mediodía. Me había parado a mirar plantas exóticas en la esquina de Córsega con Rambla Cataluña y de pronto oí una voz femenina con un suave, pero de cualquier manera inconfundible, acento porteño. Preguntaba algo, que en un principio no alcancé a comprender, a un empleado marroquí que parecía no entenderla. Poco después lo supe. La señora, muy menuda, de cabellera corta, alborotada y rubia, trataba de saber el nombre de una especie de cardo sofisticado en tonos verdes, rosas y ocres, la misma planta que me había subyugado a mí unos segundos antes. Soy curioso y participativo, al contrario de lo que sucede a mi alrededor -en esta ciudad quiero decir- donde la amabilidad, la simpatía y el buen trato se confunden habitualmente con el servilismo. Me siento bien comunicándome con la gente; si además puedo solucionarles algún problema nimio, orientarlos o contestarles alguna pregunta que me hacen, deteniendo el turisteo, me crece de los hombros la capa de Superman y un día cualquiera se transforma en un nuevo episodio de la saga "Dante B lo arregla todo". En esta ocasión tampoco yo sabía de qué planta se trataba, pero intervine porque en ese momento la dueña de la tienda, que había salido del interior para atender a la presunta clienta incomprendida, estaba diciéndole:
"Es muy raro que no la conozca... En su país seguramente existe".
"Soy del mismo país de la señora y tampoco la conozco", dije yo sin cortarme una hoja.
La señora rubia sonrió y en ese momento entendí que aquella cara, aunque con varias experiencias más encima, era la cara de alguien que conocía muy bien.
"¿María Julia?", pregunté tímidamente.
Ella dijo sí y enseguida quiso saber quién era yo. (Habré cambiado tanto que tan sólo por la voz me reconoció, tango)
No me voy a extender demasiado con esta historia.
"Voy a achicar el pánico", solíamos decir en la época en que ella y yo diseñábamos vestuarios para Crash!, un exitoso espectáculo del coreógrafo Oscar Aráiz en el histórico y desaparecido Instituto DiTella. En el lenguaje callejero juvenil de aquellos años quería decir "la voy a hacer corta, no te asustes". Por esto no voy a dar fechas precisas. Siglo XX, Cambalache, y con esto me planto. No tanto por mí, que también, por qué negarlo, sino por ella, una señora de elegante discreción y espléndido presente.
Gracias a Facebook, y en este gracias deberiáis detectar un deje de nostálgica ironía, pude comprobar cómo en general la vida nos separa para siempre y los posteriores reencuentros, virtuales o físicos, son poco más que un intento, por lo general vano, de rectificar una historia con un final ya escrito.
En este caso preciso, María Julia Bertotto y yo, ¿resultamos ser los mismos? ¿Volveremos a comunicarnos después de esta nueva separación, si bien lógica, también forzosa?
Podría decir sí o no con la misma incierta certidumbre.
Los dos vivimos nuestra vida con ganas, como nos permitieron y pudimos. Perdimos y ganamos, tuvimos y dejamos, y todavía hoy, después de todo el tiempo transcurrido, seguimos esperando algo más: ese que podría ser el más pleno y feliz, el mejor capítulo de nuestro, por suerte inacabado, diario íntimo.


POSDATA: este post estaba previsto para el domingo, pero luego se cruzó el tabaco con sus humos y recién lo cuelgo hoy. Sepan disculpar el cambio de fechas... y adáptenlo, S.V.P. Gracias. POSDATA 2: un regalo en forma de canción y con destino preciso, ya que no se si tendré tiempo de colgar nada más antes de irme para Madrid, Madrid, Madrid...(más información en mi blog amorimás)
Fotos: escena de Crash! y retratos por JChapuis.

domingo, abril 04, 2010

Pretérito cercano

Ya se nos acabó la santísima Semana Santa de este año y dentro de nada estaremos preparando nuevamente las vacaciones del beatífico Agosto. Los sucesos se suceden de forma sucesiva y con periodicidad anual, marcándonos, con ritmo de marcha militar o paso de liturgia sevillana, las pautas sociales a seguir en cada uno de ellos.
Yo trato de evitar las aglomeraciones, así que rara vez aprovecho los asuetos que brinda con gran alharaca esta sociedad caníbal a sus obedientes asalariados.
No, no crean que me he puesto tardíamente contestatario (con el paso de los años, inclusive esta palabra de trinchera urbana setentera ha perdido fuerza y significado). La frase anterior es sólo un homenaje a mi recuerdo enternecido de la primera "pintada" que vi en Francia, treinta años atrás y apenas traspasada la frontera catalana. Fue en la cercana, hoy olvidada Perpignán, por aquellos tiempos capital de la pornografía para los todavía sexualmente censurados españoles.
"La société est une fleur carnivore"; la consigna me gustó tanto que hasta me hice una foto delante de ella.
Y hablando de carnívoros, ayer nuestros amigos cordobeses del Montseny nos invitaron a un asado en su acogedora casa-taller. Por aquellos parajes todavía arbolados, los pocos ejemplares que han aguantado absolutamente indemnes los embates devastadores de los últimos vientos otoñales, presque apocalípticos, están más que muy verdes, los cerezos y las mimosas han florecido con desparpajo y el silencio es tan sedante como el olor que desprenden los pinos, salvo cuando los perros con propietarios de tipo paranoide-psicópatico se ponen a ladrar a todo lo que se mueva frente a sus narices como forma de ganarse el pienso diario, al mismo tiempo que prueban con cada tirón descontrolado de su cuerpo la fortaleza y extensión de esas cadenas que les recuerdan su condición de obligados cancerberos domésticos. Extraña gente toda esta, que llega a un lugar paradisiaco y decide convertirlo poco a poco en un infierno. Talan los árboles más asentados y frondosos, propios de un bosque mediterráneo, para plantar especies tropicales que no resistirán al primer frío; alisan el terreno a golpe de topadoras y talonario, despojándolo, no sólo de esa personalidad que supuestamente los había cautivado, sino también de los espesos matorrales de plantas autóctonas, muchas de ellas aromáticas y comestibles. Su único propósito parece ser la construcción de enormes y descorazonadoras explanadas de cemento donde puedan aparcar al mismo tiempo veinte automóviles todo terreno y cincuenta ruidosas Harley Davidson.
Espero que un día se detengan a pensar por qué no son felices si han hecho todo lo supuestamente necesario para serlo.

Además de comer, pasear y conversar serranamente, he vuelto a encontrarme con Ven-gansa Sissi Ocarina después de varios meses de mutuo distanciamiento. Ella vive ahora con el resto de aves y aunque sigue bañándose con la misma dedicación placentera del último verano, ahora se pasea menos por las cercanías de la casa y pone cada tanto algún huevo que cuida con celo no discriminatorio, junto a los de las cuatro gallinas del pequeño corral. Se la ve totalmente integrada, y aparentemente feliz, con los otros animales de su clase.
Tengo una vaga y poco demostrable teoría sobre su adecuación actual a la vida corralera. Creo que finalmente ha desistido de vivir como persona, un insistente intento durante sus primeros meses de vida, frustrado con la misma insistencia por todos los habitantes de la casa a causa de su nula contención excretoria.
Los campesinos de Argentina llamaban "pato de campo" a esos personajes poco afortunados que cometen una cagada con cada paso que dan en la vida. Pues eso. Digamos que las ocas actúan en lo referente al intestino de la misma manera que los patos de campo, y la Ven-gansa Sissi Ocarina, a pesar de su encanto personal y de la distinción otorgada por sus numerosos, variopintos nombres, no resulta ser una excepción a esa fluida, a la vez que socialmente incómoda, regla de la/su naturaleza.
Para completar el día de manera festiva a la par que culta, los dueños de casa bajaron con nosotros a Barcelona y nos fuimos todos al cine Alexandra. Queríamos ver Las viudas de los jueves y llegamos a tiempo para la última función nocturna. Sin colas ni amontonamientos, con la afable tranquilidad de otras épocas barcelonesas menos turísticas y de apariencia más santificada.
Ahora no tengo ganas de hacer crónicas cinematográficas, lo siento. La semana que viene estaré otra vez en el Festival de Lleida, hartándome, mañana, tarde y noche, de cine latinoamericano. Quizás la crítica a la película de Marcelo Piñeyro decida hacerla Alfredo algún día de estos desde esos 39 escalones que hoy cumplían tres robustos años de vida, o la haga Liliana Sáez desde su Kinéphilo blog, mientras festeja su primer año de cinéfila existencia.

Fotografía endiablada de Ruven Afanador. Retrato en Perpignán por J.CH.

viernes, julio 03, 2009

bochorno letal con boogie-woogie final


En Barcelona está haciendo calor... Mucho, mucho, muchísimo calor.
Este "fenómeno" climatológico, bastante natural en épocas veraniegas, hace que todo funcione ostensiblemente peor, desde nuestro humor habitual hasta el habitual (mal)humor de los urbanitas que pasan por nuestro lado.
Bochorno se llama(ba) en España a esta sensación de agobio intolerable. Frente a la duda dejo el pretérito entre paréntesis. No podría asegurar que esta palabra tan redonda, tan obesa y pesada, siga siendo de uso normal en nuestra actualidad más inmediata. Demasiado larga y complicada para la comunicación por SMS.
¡Qué bochorno!, decían algunas señoras bonaerenses algo tradicionales frente a cualquier situación que excediera los límites de lo permitido por las convenciones al uso.
Un vestido, un gesto, una manera de decir, una situación cualquiera, podían causar, según parece, sensaciones parecidas a las que mi cuerpo, y por tanto también mi espíritu (otro vocablo de uso restringido en los últimos tiempos), sintieron durante casi todo el bochornoso y abochornante día de ayer.
Debido a esto, y después de una sesión de yoga especialmente meditativa, opté por copiar en todo lo posible al gato Federico, tirándome panza arriba en cuanta superficie horizontal encontraba en mi camino. Si él soporta el infierno climático en esa relajada actitud, teniendo en cuenta además su insoslayable abrigo de piel tricolor, a mí, bastante menos velludo, ¿no debería resultarme mucho más satisfactorio yacer que estar de pie?
Pues lo he probado y no es así. Sólo logro sentir calor horizontalmente, como un vulgar trozo de carne a la plancha o un huevo estrellado por accidente sobre el tórrido macadam de una carretera.
Intenté olvidarme de estos problemas epidérmicos propios, sumergiéndome, ¡ay, esos azules, transparentes y lejanos mares del sud!, en otros conflictos de carácter meramente multinacional. Una forma rebuscada, algo bochornosa, de decir "púseme, sin tener otro mejor quehacer por delante, a leer algunos periódicos del día".
Díspuesto a caer de una vez para siempre de las estanterías de mi respeto para hacerse añicos contra el duro embaldosado de mi decepción, mister Ford "Only One Face" Coppola, declara en las páginas de un suplemento:
-A pesar de lo que puedan opinar muchos críticos, no me parezco en nada a Orson Welles. Él murió pobre y yo me muevo en mi avión particular.
¿Será que el siempre risueño Orson tenía otra idea del vuelo, mi otrora estimado señor Francis?
Sigo pasando páginas. Como parece corresponder a estos tiempos de liquidación y derribo, gran parte del diario está dedicado a las necrológicas. Ha muerto Baltasar Porcel, discutido escritor mallorquín que, aprés son décès, se ha convertido en una figura irreemplazable de las letras catalanas. Ya todos sabemos demasiado de la muerte de Michael Jackson -los herederos se ocupan de alimentar con más carroña su ya nutrida leyenda-, de las desapariciones menos mediáticas de Pina Bausch, bailarina y coreógrafa, y Vicente Ferrer, cooperante, y de las aún más oscurecidas de los actores Farrah Fawcet Majors y Karl "narizotas" Malden.
¿No somos nada? Sí, somos algo justo hasta el momento en que dejamos de serlo.
Para ahondar bochornosamente en mi desaforada melancolía, me detengo a leer la nota necrológica de un desconocido que, a pesar de la falta de cartel mediático, merece un buen trozo de página, abajo a la derecha, en medio del extenso obituario "vanguardista".
Cartelista de la Guerra Civil: Vicente Vila (1908-2009), pintor y profesor.
Debajo de este titular explicativo, la nota ahondaba un poco más en el curriculum de este hombre que, según el diario, "nunca consiguió ser profeta en su tierra".
Creador de los decorados de la superproducida 55 días en Pekín, bastante tiempo antes, durante la guerra, había diseñado carteles para el bando republicano, destacándose aquel que ponía: Soldado instrúyete, el analfabetismo ciega el espíritu.

Al leerlo pienso: "podría reeditarse con algún cambio más generalizador en relación a los destinatarios", y casi de inmediato, harto de mi irónica negrofilia, decido refrescar la parte tangible de mi alma debajo de la ducha. Después del agua fría, ya más templado, puedo prepararme para una cita nocturna con Anna Caixach, coordinadora del Año Grotowski en Barcelona. Gracias a ella y a su pareja, el pianista y compositor Lluis Coloma, bajo por primera vez las escaleras de Bel-Luna, un club de jazz frente a cuya puerta he pasado multitud de veces "sin atreverme nunca a entrar". ¡Sorpresa! Es un lugar lleno de detalles, con buena atención, buena comida y muy buena música. Después de un exquisito salmón con salsa de limones y de una ensalada verde con aguacate y mango, me olvido durante hora y media del mundo tratando de seguir con los ojos el movimiento de los dedos vertiginosos de Lluis, empeñados, él y su trío, en dejar suficientemente claro que al menos el boogie-woogie no necesita ninguna necrológica. Rabiosamente vivo, este ritmo vibrante de raíces negras continúa dispuesto a hacernos mover el esqueleto... al menos mientras éste todavía conserve su no tan frágil, aunque siempre sensible encarnadura.