Como no todo ha de ser desagrado visual y micciones intempestivas, aparece por la red un anuncio del maestro Giorgio Armani que tiene como protagonista a otro maestro, el casi imbatible mallorquín Rafa Nadal. Este último, campeón de las pistas de tenis, suele mostrar su peor faceta de rigidez insulsa cuando promociona sin ninguna convicción todo tipo de productos, algo que hace de manera habitual y que supongo le deja -a pesar de sus notables carencias expresivas, cercanas a las más oxigenadas de la Schiffer- espléndidos beneficios bancarios. Sin embargo, demostrando que con la ayuda de buenos profesionales conscientes de su trabajo se puede lograr que alguien sin ninguna duda bien hecho pueda ser, además, un convincente comunicador de emociones, las huestes de Don Giorgio A. convierten al tenista isleño en un tierno y apetitoso manjar para gourmets exquisitos. Para solaz de vuestros bellos ojos y esparcimiento de vuestros más que sensibles oídos -aunque también como ejemplificador modelo para publicistas mediocres- aquí debajo dejo -gracias, YouTube- el susodicho vídeo. Pulsen y vean. Feliz domingo. (PARA QUE NADIE SE FRUSTRE ESPERANDO VISIONES ANGÉLICAS INEXISTENTES, ANUNCIO QUE ALGUIEN HA DECIDIDO QUE ESTE VÍDEO NO SIGA COLGADO EN LA RED. LO SIENTO. POR MI, POR VOSOTROS Y POR RAFA NADAL)
En mi casa se ve mucho cine. Saltando de las pantallas de los ordenadores a las del televisor -de pantalla en pantalla, como en ese epígrafe que imaginé para muchas entradas "cinematográficas" de este blog- los cuatro habitantes de esta casa (Federico el gato suele unirse a nuestros visionados por pura sociabilidad y extrema mimosería), consumimos como mínimo una película diaria. Arrastrado por tareas que me impiden acercarme al blog tanto como quisiera, muchas veces olvido dar cuenta de algunas joyas y muchos bodrios de los cuales no queda poco después ni el recuerdo. Ayer mismo, y gracias a la curiosidad contagiosa de "el Niño", pudimos descubrir un filme extraño con pocas posibilidades de llegar a las pantallas de los pocas salas de cine aún existentes. Se llama Howl y habla de ese texto emblemático y sacralizado del poeta y agitador social estadounidense Allen Ginsberg (1926-1997), miembro de ese grupo desagrupado que se dió en llamar Beat Generation. Extraña obra que mezcla algunos documentales con dibujos animados y la lectura casi exhaustiva y explicada del poema en cuestión, tiene como protagonista a un James Franco más cercano en tiempo y contenido a su papel de Milk, que a ese último de deportivo heroísmo individual con nominación al Oscar.
Para no olvidarlas, para que el tintero virtual de este blog no se llene de películas desvaídas, menciono en forma de tráiler las más recordables del último tiempo. Tan arbitrario como siempre -aunque en realidad lo piense no me atrevo a decir "como todos"- algunas pretenden ser sólo simples entretenimientos, pasto de nuestra voracidad consumista y de las no menos voraces llamas televisivas, pero todas tienen actuaciones, líneas de diálogo, guiones, bandas sonoras o hechuras destacables dentro de la más que prescindible atonía habitual. Feliz fin de semana. Que las disfrutéis solos o bien acompañados (si no tenéis nada mejor que hacer en estos días convulsos). Ilustra: retrato de Allen Ginsberg
El canal de cine TCM Clásico (los dioses lo mantengan vivo y con el mismo nivel de calidad actual) transmite un extenso y bello documental sobre Fellini: Soy un gran mentiroso. Basándose en una larga entrevista que el director italiano concedió en 1992 a Damian Pettigrew -director y guionista de este documental- aparecen en él, además de las sustanciosas declaraciones de un asentado, inteligente y profundo FF, escenas de rodaje, trozos de varios de sus films y los comentarios, no siempre elogiosos, de algunos de sus colaboradores. Se hace notable el rencor de Donald Sutherland, protagonista principal de Casanova, por el trato "de marioneta sin voluntad propia" que le prodigara el siempre excesivo Fellini. El inolvidable partenaire de Jane Fonda en Clute, el tan desagradable como irremplazable "secundario" del Novecento de Bertolucci, es incapaz de ocultar aquí su más que expresivo desagrado frente a las minuciosas y muy explícitas indicaciones de Fellini para algunas escenas orgiásticas del filme. Según Sutherland, el autor de La dolce vita y Amarcord era un personaje que luchaba constantemente contra su natural inclinación hacia la superficialidad y el despilfarro. Sin desmentirlo en cuanto a la calificación titiritera, el director de La Strada sí lo hace cuando confiesa un cariño casi paternal por sus actores, esos seres frágiles que se entregan a él devotamente, casi sin oponer resistencia. Encendido admirador de Picasso, a quien reconoce como su modelo artístico, Fellini asegura vivir en un mundo de luces y sombras, donde todo lo que lo rodea son manchas de color indefinidas que sólo adquieren forma precisa durante el proceso creativo. El siempre medido, diplomático Terence Stamp -recuerdo haber desayunado en la mesa contigua a la suya en un bar cercano al mercado payés de Ibiza; él inmerso en la lectura de un diario londinense, oculto su salvaje erotismo sesentero (Teorema, El coleccionista) tras un atuendo blanco de ciudadano inglés de vacaciones en un lugar salvaje; yo impactado por aquella imagen desoladora, tan alejada de la cinematográfica, con una actitud y un vestuario anacrónico que ni siquiera excluía las sandalias trenzadas con zoquetes de hilo debajo- cuenta cómo le describió Fellini en una primera entrevista preparatoria del filme, su personaje de Toby Dammit en Historias extraordinarias (Histoires extraordinaires - Spirits of the Dead), un producto algo olvidado donde Louis Malle, Roger Vadim y el director italiano compartieron un cartel singularmente ecléctico y supuestamente comercial, ilustrando tres historias dramáticas de Edgard Allan Poe:"Imagina que llegas de un largo viaje en avión despues de una orgía multitudinaria de alcohol, sexo y drogas en la que has estado follando a una bella mujer oriental mientras un negro superdotado te daba por atrás. Desciendes del aparato medio dormido, ausente, muy colocado, a un aeropuerto desconocido en el que te esperan reporteros, paparazzis, fans, y con la intención de sobrellevarlo mejor te tomas una pastilla de acido lisérgico".
Por aquellos tiempos una entrevista televisiva como la de la escena siguiente sonaba a ciencia ficción. Hoy nos asombra la inteligencia y profundidad de estos reporteros fellinianos casi tanto como las cáusticas respuestas del famoso entrevistado, aparentemente ajenas a los cada día más manipulados, y manipuladores, medidores de audiencia.
Estrella oscura la de esta semana. ¿Tal vez definitivamente apagada? No me importaría, debo confesarlo. Nunca me gustó demasiado el señor Tim Burton. Sus cuentos morbosos, perversos, con grupos humanos siempre al borde de la desintegración y personajes extravagantes que bordean la catástrofe final mientras desfilan con apostura de top model marginal entre los crudos avances apocalíptico del telediario del mediodía, me suenan a glamurosa impostura. Los cuentos de un buen burgués acomodado que reúne a otros amigos de su misma calaña para comer, beber, consumir alguna droga relativamente controlable y asustarse un poquito en buena compañía con la narración de mundos más bizarros que alternativos, de atildado look new age, apariencia rebelde y diseño satinado-freak de lujo. No quería ver esta película, lo juro. La Alicia de Carroll en su idioma original me resulta demasiado compleja y cuando la he leído traducida a nuestro idioma la encuentro bastante sobrevalorada. Hace años y en un cine de la calle Corrientes porteña, vi la versión dibujada de Disney, uno de sus mayores fracasos de taquilla junto a Fantasía,auténtica joya del cine de animación para niños y adultos. Por aquel tiempo era un jovencito muy tímido y, algo avergonzado por mi falta de gusto y mi notable ausencia de criterio, tuve que callarme la boca cuando todos los entendidos de mayor edad -leáse críticos- decían que era una bazofia más de la factoría Disney, que por enésima vez el cine estadounidense se cargaba un clásico de la literatura universal convirtiéndolo en un edulcorado pastel de bodas. Yo estaba prendado de la imagen de Alicia recostando su desmesurada cabeza sobre un campo de margaritas y eso me bastaba para encontrar preciosa toda la película. Cuando vi los adelantos promocionales de esta adolescente Alicia Burton, me dije: "no cuenten conmigo, no pienso gastar un solo euro en vuestro atroz engendro". Pasó el tiempo y una tarde de la semana pasada un amigo que estaba obligado a verla por razones intelecto-laborales, me invitó a acompañarlo. Primero dije "no" y un minuto después pensé: "no deberías dejarte llevar por lo que puede ser solamente un prejuicio: recuerda que Big Fish y Eduardo Manostijeras te gustaron mucho, que el Cuento de Navidad y La Novia Cadáver son realmente magníficas". Para darme más fuerzas traté de engañarme conque la tercera dimensión agregaba un punto de interés a la obra de Carroll-Burton y decidí acompañar a mi estudioso amigo. Como era de suponer, el engaño tridimensional duró apenas unos minutos y de él quedan, como incómodo recuerdo, unas gafas especiales que no me atreveré a tirar y acabarán en el fondo de un cajón junto a otras muchas cosas igualmente descartables, igual de inútiles. ¡Vaya porquería, vaya! La metamorfosis de Kafka convertida en El ataque de las cucarachas extraterrestres. La tempestad de Shakespeare devenida La Tormenta Perfecta 2 y su Sueño de una noche de verano adaptada como la comedia musical sobre patines: Fiebre del sábado noche en un verano caliente. Sin embargo no todo es execrable para mí en esta obra literaria clásica, convertida por obra y gracia de la troupe Burton en un futuro juego más para la insaciable PlayStation. Del más que probable, piadoso olvido, me gustaria salvar algunas caracterizaciones (la Reina de No Corazones, el superficial sombrerero Deep), todo el vestuario entre festivalero y andrajoso y la ironía que implica mostrar el castillo de la malvada, cabezona Reina Roja, con casi el mismo perfil-logotipo de la Walt Disney Productions.
Posdata: soy consciente del festejo de hoy, San Juan. Anoche estuve de verbena (gracias otra vez, Al-Beth) y no tiré petardos; me molesta mucho el ruido, lo detesto. Tampoco encendí hogueras. Las cosas que podría quemar no las tengo a mano o son inmateriales. Esta mañana, nada más despertar, me enteré de los 12 muertos de anoche: todos latinoamericanos, jóvenes y posiblemente muy ilusionados con aquello de que "en la noche de San Juan, cómo comparten su pan, su mujer y su gabán, gentes de cien mil raleas". Ellos compartieron apenas un gesto de estúpida desobediencia a la ley que prohibe atravesar las vías del tren y esa habitual arrogancia juvenil que los hacía sentir intocables. Después de escuchar la noticia del atroz accidente, encendí dos velas, fuego al fin, para recordar a mi padre ya muerto, don Giovanni Dante, y a la docena de muchachos que ya no verán nunca más un mes de junio, ni otra luna de Sant Joan junto a la crepitante luz de sus fogatas.
Lejos de mí está poner el grito en el cielo porque las cadenas de televisión españolas están llenas de programas vengonzosos. Primero, porque piensen bien la frase hecha que inicia este post, y que, al igual que tantas otras, suele usarse con absoluta naturalidad, como si poner un grito en el cielo fuera algo de verdad posible, al alcance de cualquiera. Segundo, porque esperar que la televisión sea un vehículo de buenas costumbres, cultura y/o información seria, concienzuda, alejada de toda manipulación, es como creer que alguien va a tener en cuenta la opinión de los habitantes de Barcelona para hacer con la Diagonal lo que decidieron hacer desde el mismo momento en que pensaron lo superchachi que sería modificarla. Además, si la Comunidad de Madrid llevó a cabo obras faraónicas a pesar de las furibundas críticas de una más que encabritada oposición, ¿los barceloneses vamos a ser menos, arrastrando nuestra autoestima por el fango como si fuéramos miserables esclavos nubios? Vamos al grano... (Otra frase hecha ¿De qué grano estoy hablando? No fumo ni bebo, suelo comer sano. Jamás tengo esas cosas, no al menos en la cara.) Me lío demasiado. Resulta que Ricky "el adorable" Martin, ha decidido agradecer a no importa quien sea el culpable, su ahora abierta, pública, declarada homosexualidad. No quiere seguir ocultando algo tan esencial en su vida. Se lo debe a sus hijos, ha dicho. Son dos varones y fueron concebidos mediante una madre de alquiler y sin fornicación directa, algo que tampoco ocultó en su momento. Mi vecino electricista se mostraba muy contento con la noticia: supone que es una puñalada artera a la pútrida prensa del corazón, ya que Ricky lo anunció a través de su blog, no por medio de revistas o programas "de investigación". -¡Los ha jodido bien jodidos! -dice mi eléctrico vecino, mientras me cobra cincuenta euros por el adaptador que multiplicará nuestras domésticas adicciones por cuarenta.-¡Si todos los famosos hicieran lo mismo, vamos a ver qué pondrían estos asquerosos en sus revistas! No quiero sabotear su inocencia diciéndole que las posibilidades de invención de las mentes malvadas no tiene límites. Juro que no lo necesitaba, pero esa misma tarde, pocas horas después de la visita a mi proveedor de artilugios eléctricos, aquella idea que consideré nociva para su inocencia era corroborada por un canal, un programa y un grupo de personajes a los que prefiero no nombrar en este espacio.
Como se celebraba el Día del Teatro y los actores se reunían para festejarlo y festejarse, una preguntona del programa de marras(?)se acercó hasta la fiesta para contribuir, jodiéndolos, con tanto jolgorio. Carlos Bardem andaba por allí y la tipa, descarada, aunque con mucha cara, le acercó el micrófono: -¿Qué piensa de que Ricky Martin se haya declarado homosexual? Bardem, Carlos, no pensó demasiado para contestarle: -Oye, ¿qué tiene que ver esta pregunta con la fiesta del Día del Teatro? Entiendo que estáis trabajando y todo eso, ¿pero no podríais buscaron una profesión menos dañina, menos vergonzosa..? ¿Algo como traficante de armas? En el plató del programa había unos diez "periodistas" especializados. Lo menos que le dijeron a Bardem fue payaso. No llegaron a cagarse en sus muertos abiertamente, pero de alguna manera sí lo hicieron sobre su santa madre actriz, "la comunista esa que va de democrática y solidaria y después trata mal a todo el personal de los aviones". Habrá que preguntarles su opinión a los chicos de Iberia.
Desde ayer tengo un aparatito más, negro, de plástico, además de dos nuevos mandos a distancia. Podré contemplar la miseria humana multiplicada por cuarenta.
POSDATA: como es indudable que la gran estrella de esta semana es Ricky, podéis verlo en al menos dos de sus facetas con sólo pulsar -suavemente- sobre su nombre. Fotos: Ricky Martin y un acompañante on the beach; Desi Arnaz (Ricky Ricardo) y Lucille Ball (Lucy), protagonistas de la mítica serie televisiva I Love Lucy (1951-1957).
En los últimos tiempos, harto de tanta basura envuelta en papel celofán, espolvoreada con abundante purpurina dorada y hábilmente adornada con cintas de colores vivaces, vuelvo a los filmes que me hicieron feliz en algún momento pasado de mi vida. Lo hago con muchísimo tacto y pisando con pies de ángel, conocedor de esas trampas de la memoria que te hacen imaginar esplendores donde tal vez sólo hubo miserias. Una semana atrás encontré entre las ofertas del video club de la manzana donde vivo, New York, New York de Scorsese en una edición "definitiva", con dos cedés que incluyen un buen montón de bonus, entre ellos los comentarios del director y hasta unos torpes dibujos de su autoría haciendo las veces de inicial, garabateado story board. La había visto por primera vez en el indescriptible cine Serra de Ibiza de principio de los años ochenta, doblada al castellano, pésimamente conservada y con una proyección deficiente. Si me preguntaran cómo hizo un porteño del centro como yo, acostumbrado a los cines de estreno bonaerense y a las películas en copia nueva y versión original subtitulada para adaptarse a toda aquella cutrez, respondería que ir al cine seguía siendo una fiesta, ya que aún a trozos y en las peores circunstancias, las películas conservan algo de esa magia fantasmal que tanto subyuga a los cinéfilos. Por esto quizás, o por la presencia de la Minelli, un ídolo, New York, New York no me resultó demasiado decepcionante, aunque en aquellos primeros tiempos de mi inmigración, más preocupado por la proyección bien enfocada de mi propia vida, ni siquiera programé volver a verla alguna vez. Debería haberlo hecho: su versión completa, "extendida" según dice en la carátula, es, me atrevo a asegurarlo, realmente magnífica. Como hoy no tengo demasiado tiempo para entretenerme con enlaces arbitrarios, vuelvo al libro que da título a este post. Ayer por la noche, después de un largo paseo bajo la nieve barcelonesa, el consiguiente enfriamiento, un chocolate con churros en el Farga de Diagonal y la tranquilizadora constatación de que la glaciación definitiva todavía no se había instalado entre nosotros, me metí en la cama acompañado por A single man y el cáustico, atrevido, Christopher Isherwood. Me alegra no haber leído el libro hasta poco después de ver la película dirigida por Tom Ford. Conocí a Isherwood, a su literatura, a partir de esa obra imprescindible que se llama Cabaret, basada muy libremente en su novela Adiós Berlín. A pesar de que el guión le pertenece en parte, el autor nunca estuvo de acuerdo con algunas decisiones tomadas por Bob Fosse, decidido a convertir ese pequeño relato melancólico e intimista en un espectáculo musical brillante que no desdeñara los contenidos políticos ni filosóficos. Por fortuna existen artistas con carácter férreo, decididos a llevar adelante su obra a pesar de todos los impedimentos que puedan cruzarse en su camino. Si Fosse hubiera escuchado a Isherwod, Cabaret como tal no hubiera existido y podríamos haber ganado muy poco más, o menos, que la ilustración respetuosa de un texto que no necesitaba en absoluto de imágenes para lograr emocionarnos.
Dedicado a Gore Vidal, toda una declaración de principios sentimentales e ideológicos, ahora mismo, mucho antes de terminarlo, podría afirmar que A single man, el libro, no es recomendable para momentos de bajón anímico, ya que desde la primera página la descripción de los efectos del tiempo sobre el protagonista difiere mucho de la imagen que nos dan Firth y Ford de este mismo personaje en la película: "Lo que allí aparece es menos un rostro que la expresión de un conflicto. He aquí lo que se ha hecho a sí mismo, la maraña donde ha conseguido enredarse en cincuenta y ocho años, traducid(¿o?) en una mirada apagada, atormentada, una nariz basta, las comisuras de la boca abatidas como si sus propias toxinas hubieran alcanzado el máximo de amargura, las mejillas desprendidas del anclaje de los músculos y el cuello fláccido, colgando en pequeños pliegues."
¿Maquillaje, operación quirúrgica, estetización frívola o, simplemente la adecuación de un texto ajeno a las realidades de alguien que decide servirse de las palabras de otro para contarnos su propia historia? Me inclino por esta última explicación, ya que el filme de Ford es digno, serio, tanto como no lo sería si este diseñador de clase alta hubiera intentado travestirse de empobrecido intelectual progresista del siglo pasado para trasladar respetuosamente un texto al lenguaje cinematográfico. El dolor frente a las pérdidas, la sensación inapelable de no sentirse igual a esa mayoría que se dice dueña del mundo, la falta de ilusión por un mundo mutante, extranjerizado, alejado de su pertenencia, y una sensibilidad parecida en lo sensual-amoroso, podrían acercar sus experiencias vitales, a pesar de las diferencias, más notorias que supuestas, de sus cuentas bancarias, el lujo de las casas que habitan o la calidad de la ropa que visten y de los automóviles en los que se pasean. Si hubiera leído este libro antes de ver la película podría haberme sentido defraudado por una traslación que no es nada fiel al paisaje literario, quizás el mismo del filme, aunque descripto de manera mucho más cruda y terminal, sin concesiones a la presunta sensibilidad del lector. Fruto tan amargo como inequívoco de la mirada desencantada de un Chistopher Isherwood al borde de los sesenta años.
En las fotos: Isherwood y Auden por Carl van Vechten, cubiertas de las ediciones inglesa y española y el actor Matthew Goode, Jim en la película de Tom Ford. Posdata: Benjamin Biolay ha ganado dos de los premios más importantes de la competición francesa Victoires de la Musique, los correspondientes al mejor intérprete masculino y al mejor álbum del año. Este blog apostaba por él. ¡Congratulaciones!
Quiero desearles ¡Muchas Felicidades! a mis estimados visitantes.
Está por acabar un año que nos trajo alguna que otra desgracia y, como no todo van a ser tristezas y quejíos en nuestro cotidiano devenir, también un buen número de plagas y catástrofes que nos atacaron por sorpresa, aunque ¡Aleluya! sin lograr acabar con nosotros para siempre.
Lo que acabo de escribir es una broma fácil, por supuesto. Sabéis que no soy un tipo tan pesimista.
Para que el arqueo de caja no presente fisuras, se hace necesario contabilizar cada una de las bienaventuranzas recogidas durante este 2009 que ahora se nos va. Pongo algunos ejemplos: la gripe A resultó menos dura de lo anunciado, Obama nos mostró rápidamente su calidad de ser humano normal, lleno de carencias y defectos, y "la princesa de los pobres" (Javier Vázquez dixit), Su Graciosa Majestad Belén Esteban, se ha convertido en una mujer distinta gracias al poder de la televisión española, fusionada -tanto como el Plus francés (supuestamente progresista) y la Cinco berlusconiana (marcadamente amarilla)- con la cada día más omnipresente, insoslayable, miracolosa cirugía plástica.
Todo esto, no me lo podéis negar, merece un festejo luminoso.
Recorriendo Internet a la búsqueda de alguna estrella que mereciera figurar entre las rutilantes semanales de este año casi extinto, encontré a Peter Capusotto, un actor, guionista y director argentino.
Uno de sus muchos personajes caricaturescos, todos ellos de trazo grueso y humor exageradamente violento, presenta una cantante que asegura haber inventado el rock punk en la Argentina de los años sesenta. Basándose en Violeta Rivas, ídolo juvenil de aquella época y figura fundamental de un también televisivo Club del Clan, ha creado a esta Violencia Rivas, especie de abuela sudamericana de la no menos alcoholizada, grosera y repeinada Amy Winehouse (¿por dónde andará ahora esa chica?).
Quizás Peter Capusotto hiera muchas sensibilidades, pero les aseguro que sus textos tienen poco desperdicio, mal que nos pese. Como parte de este regalito inocente de Navidad les dejo otra joya del pasado, tan estropeada como auténtica. Aunque algo borrosa y crepitante, en ella podrán ver figuras y canciones de épocas pretéritas, musas inspiradoras del Capusotto de hoy.
Una semana atrás, zapeando a la hora de la siesta, me encuentro con un extraordinario western en blanco y negro de los años treinta. Euskal Telebista acostumbra emitir a esa hora verdaderas joyas del cine estadounidense, en buenas copias y sin cortes publicitarios. Pedir además que lo hicieran en versión original, sería, supongo, demasiado, así que no exijamos tanto y gocemos de este milagro mientras dure. Enseguida quise saber más sobre aquella auténtica obra maestra, vetusta (1930) pero nada anacrónica, rodada en escenarios naturales y con una veracidad que dificílmente logran trasmitir los efectos especiales del cine actual. Vestuario y maquillaje impecables -las barbas no eran postizas, la ropa no pretendía parecer pobre, vieja y gastada: lo era- y una serie de actuaciones creíbles, sobrias, ceñidas al guión y a la historia, sin pretensiones estelares, captadas por una fotografía sensual y precisa que no necesitaba del color para mostrarnos lo que pretendía. Recién al final de la proyección me enteré que habíamos visto The Big Trail, dirigida por Raoul Walsh e interpretada por, y aquí viene para mí la sorpresa, un John Wayne jovencísimo (23 años), de rasgos refinados y andares de gacela, todo lo opuesto al macho duro que nos vendería a lo largo de su carrera, siempre con un rifle protegiendo su cara torva y su boca de hachazo, aparentemente negada para los discursos afectivos o intelectuales. Hoy supe que en estos días se cumplían treinta años de su muerte. Si rastreas por internet buscando imágenes de este otro Wayne joven e ingenuo, te encuentras conque así como Marilyn pasó a la eternidad con la falda izada hasta su cara por un golpe de aire subterráneo, y James Dean será para siempre un chico neurótico con cara de variados complejos y poquísimos amigos, este muchacho sencillo y sensible de mirada clara, desapareció para siempre de la imaginería popular dando paso al ranchero de arma rápida y vocabulario reducido. Tristezas de la fama: requiere una inmutable personalidad fácilmente reconocible, adaptada sin resquicios ni quiebres a un arquetipo rígido, ingrediente básico para el endiosamiento popular. Posiblemente por esto la Pantera Rosa tiene bastante menos adeptos que el casi octogenario ratón de Disney.
Volviendo a John Wayne, the Duke, el Duque, fue tanto su predicamento entre algunas gentes que podemos encontrar varios famosillos que llevan como nombre el suyo artístico completo unido a otro apellido cualquiera. Uno de ellos fue el asesino en serie John Wayne Gacy, conocido también como "Pogo, el payaso asesino". Si les interesa el tema, carnaza sangrienta para estómagos fuertes, pueden buscarlo en Internet: tiene multitud de entradas. Yo solamente me pregunto cuál hubiera sido el destino de este actor, el vaquero duro por antonomasia, si el responsable de su lanzamiento al estrellato, el prolífico y no siempre bien valorado Raoul Walsh, no hubiera decidido cambiar para su carrera cinematográfica el ambiguo nombre conque sus padres, los Morrison, habían tenido a bien bautizarlo: Marion.
De noche, todos los gatos son pardos. Este dicho es muy antiguo y estoy convencido de que no se refiere a los nativos de Madrid sino simplemente a los felinos domésticos. A mí sin embargo me sirve para ilustrar con algunas palabras estas fotos que supongo, sólo supongo, serán las últimas que cuelgue de este blog tripartito sobre mi corto viaje a Madrid. Si quisiera mostrarles lo listo que soy podría entrar a discutir la precisión visual del inventor de tal sentencia, pero no creo que venga al caso. Además, y sobre todo, la consabida astenia primaveral esta haciendo mella en mi persona, produciéndome unas irreprimibles y por el momento no satisfechas ganas de dormir. Entre cabezada y bostezo, y por esos milagros aleatorios de Google, me enteré de la existencia de un ya desaparecido grupo musical pop mexicano: Caifanes. Hace una buena cantidad de años estos muchachos escribieron una canción a la que pusieron por título la daltónica frase sobre los gatos y la noche. En ella dicen: Hay perros que no ladran/Pero te lamen los huesos/Hay gatos que maúllan/Hasta exprimir su vientre/Hay gente que no ladra/Pero te exprime el alma/Hay gente que te odia/Pero te lame las manos. ¿Qué tendrá que ver todo esto con Madrid, la nuit?, dirán algunos. Nada, me apresuro a contestarles. Sé muy bien que suena algo confuso, sin embargo lo de confundir el culo con las témporas es un dicho tradicional de tierras castellanas. ¿Y dónde está ubicada Madrid, señores míos? (Lo reconozco: este post ha quedado un poco extraño, bastante esotérico. Dejo las interpretaciones posibles a mis amigos, algunos de ellos psicoanalistas lacanianos.)
El 13 de enero, martes además, pedía desde este blog (Milk, la buena leche) un Oscar para Sean Penn por su composición, encarnación podríamos llamarla, de Harvey Milk, el militante gay de San Francisco asesinado a tiros durante los años setenta del siglo pasado. Anoche la Academia de Hollywood concedió ese merecido premio a este hombre, y al hacerlo premió también una película de temática comprometida y candente. ¡Aramos!, exclamaba la mosca (¿o el mosquito?)aposentada sobre el lomo del buey. Permitan que esta vez me una a la irracionalidad habitual de los forofos del fútbol y sienta que de alguna manera sesgada, tangencial, una parte mínima de esa estatuilla también la hemos ganado los que en algún momento de nuestra vida decidimos enfrentar la vida más abiertamente, sin (tantos) ocultamientos ni mentiras.
Si viven en España y se dan un poquito de prisa, el diario Público entrega hoy, gratuitamente, una película francesa que tiene como coprotagonista femenina a CharlotteGainsbourg, la hija de JaneBirkin y Serge (ver post anterior). Se llama La ciencia de los sueños y la dirige MichelGondry. No la he visto, pero tiene como antecedente a su favor el Premio del Público del Festival de Sitges 2006. Una yapa nada despreciable es la presencia en el rol protagónico de GaelGarcíaBernal, alias el muñeco mexicano.
retratos de Charlotte por CraigMcDean
Posdata 1: El espectáculo de anoche en Almazenfue toda una experiencia que espero, y me prometen, volver a repetir. Gracias por vuestro interés. Me la pasé tan bien que hoy el doctor Moret, mi dentista, no tuvo que hacerme abrir la boca, tan amplia era mi sonrisa.
Posdata 2: Antes del espectáculo en Almazen, pasé unos minutos por la inauguración de Pat Andrea en las dos salas de Víctor Saavedra. Pinturas de gran tamaño y exquisitos dibujos que ilustran poemas de Baudelaire, editados en un no menos delicioso volumen por Los libros del zorro rojo. Tengo un ejemplar, por supuesto. Y con un original del autor en la primera página. Nutrido vernissage, con personajes tan difíciles de ver en público como la (¿ex?) editora Esther Tusquets. Un detalle must: los zapatos de Pat Andrea; siempre distintos, siempre impecablemente blancos.
Photo : Pat Andrea de frente, Esther Tusquets de perfil.
En los últimos años el barrio donde vivo se ha vuelto más abiertamente cosmopolita. Gracias a este cambio he logrado extrañar algo menos la forma social ibicenca, tan dada a las mezclas, fusiones e impurezas. En su momento, hace ya un considerable montón de años, Ibiza logró que no añorara mi natal Buenos Aires, una ciudad acostumbrada a entender los acentos extranjeros sin fruncir el ceño, asimilando las costumbres foráneas de manera natural, casi sin darse cuenta. "Argentina es un crisol de razas", nos enseñaban con orgullo desde el primer año de escuela. Entonces nosotros mirábamos a nuestro alrededor y comprendíamos que las diferencias tan notables entre los rasgos del gallego Cubillas y los del chino Fujiyama respondían a razones alejadas de nuestro infantil entendimiento. Joven tierra de inmigrantes, nuestros padres y abuelos hablaban castellano mezclando palabras, e ideas, emigradas de otras tierras. Comprábamos las lechugas a un asturiano, el pan a un genovés y los botones y cremalleras a un ruso blanco de religión judía. Mientras en casa de mis amigos más cercanos se comía fabada, nishes de queso o lacón con grelos, en la mía abundaban las pastas de todo tipo y las milanesas con puré de papas. "Escalopas de ternera con puré de patatas", decimos aquí, mostrando muy poca afección a la retórica extranjerizante. Hace pocos días pedí en el Pampero de Plaza Letamendi una milanesa napolitana, y el camarero, un filósofo burlón, me hizo notar la incongruencia. Dos gentilicios tan dispares conviviendo en el mismo platos suenan por tierras españolas a auténtico disparate. Para nosotros, los vetustos porteños del siglo pasado, eran el doméstico menú de cada día. Cuando llegué a Madrid, allá por los setenta y tantos, me resultaba extraño que todo el mundo hablara más o menos igual. También me sorprendía que la gente mayor, al dirigirse a mí, pronunciara lentamente las palabras, algo que acostumbraban hacer cuando se enfrentaban a otras personas de países extranjeros. A los rioplatenses recién llegados, todos hijos o nietos de europeos, ni se nos había ocurrido pensar que podríamos ser considerados ajenos a esta tierra. Quizá por eso me siento feliz cuando al pasar por algún comercio del barrio escucho que me gritan "Ciao, Dante" o al cruzarme con el dueño de la maison des roseseste me pregunta: "¿Ca va bian?". Aunque pueda parecer una impostura, tal mélange de idiomas me hace sentir en familia, rodeado de los Blanc, Sanguinetti, Mottaz y Abelleira de mi infancia. Pero, ¿cómo habré llegado hasta aquí? Estoy preso de la Asociación Libre de Ideas, un colegiado del cual, una vez afiliado, no puedes darte nunca más de baja. En realidad mi primera intención era recomendarles Mamma Mia!, la película, sobre todo después de haber leído varias críticas despreciativas y/o ninguneantes. A lo sumo, y en estos contados casos con piadosa altanería, llegan a perdonarle la existencia."¡Cómo una buena película puede ser divertida, fresca, alegre!", se dirán los expertos. "Podemos aceptar a un murciélago como animal de arte y ensayo, sobre todo si viene disfrazado de Caballero Oscuroy suelta frases dramáticas de raíz shakespeariana, pero una comedia con final feliz, rodada en paisajes idílicos, a pleno sol y con la presencia constante de una música pegadiza y vintage, nunca contará con nuestro beneplácito". No escuchen estos cantos de sirena. Se trata de chicas amargadas, ya que carecen de las piernas necesarias para moverse al ritmo de los ABBA. Yo me lo pasé verdaderamente bien desde la primera escena, cuando una canción nos anticipa que vamos a ver un cuento con hadas y ángeles de carne y hueso o, lo que es lo mismo, una historia de gente persiguiendo sueños supuestamente imposibles, luchando como humanamente puede por verlos convertidos en realidad. ¿Seré un tipo especialmente afortunado? Conocí mucha gente tan animosa como esta a lo largo de mi vida. Aunque los finales siempre son igualmente tristes, podemos, gracias al artístico milagro del cine, apretar una pausa imaginaria y quedarnos durante un buen rato gozando de este espectáculo pagano, vital, desenfadado. Creo que debería proyectarse en estadios donde poder verla de pie, donde pudiéramos cantarla y bailarla junto a todos los otros espectadores satisfechos que encontremos a nuestro lado. Hay días, como estos últimos pasados, en los que la realidad nos muestra su perfil más crudo. Dos horas de ligera felicidad es más de lo que se puede pedir por seis o siete euros. Y Meryl Streep, siempre al borde de una antipática genialidad, logra hacer creíble todo lo que toca. Posdatas: (1) gracias Gisella por recomendarla antes que yo. (2) El caballero oscuro también me gustó, oscuramente. Y a pesar de Mrs Maggie Gyllenhaal, un auténtico error de casting. (3) En un mismo día, hoy, miércoles 27, dos homenajes "poéticos": Alma me envía la grabación, con su voz, del Eros desencadenado; Zbelnu me dedica parte de su exquisito último post, après-Ibiza. Emocionadas gracias.
ha quedado postergado para fechas próximas, aún sin especificar. Sin embargo nos atrevemos a mostrarles la filmación de algunos ensayos generales: darán una idea aproximada del esfuerzo sin precedentes que suponía el montaje de este post. Como suele suceder, algunos listillos se han atrevido a colgar este material valiosísimo en la red, así que podéis pulsar en los lugares precisos (*) y daros el lote con dos números increíbles,
Me llega el adelanto publicitario de un nuevo libro de Taschen. Trata sobre el packaging y su importancia en el mundo actual. La gacetilla dice: Ningún otro libro explora el diseño contemporáneo de packaging alrededor del mundo tan extensa y detalladamente como lo hace Package Design Now! Casi todo lo que compramos viene envuelto con algún tipo de envase: algunos son meramente funcionales, mientras otros tratan de atraer nuestra vista cuanto pueden. Ayer mismo pude ver la gala final de Operación Triunfo. Me interesaba saber cómo le iba a Cheeper, un buen cantante estadounidense que vive con su pareja valenciana en un pueblo de Tarragona. Estaba entre los tres finalistas y contaba con el rechazo casi físico de uno de los jurados. Este tipito del que niego hasta su nombre, es un especimen desagradable de esa nueva raza de periodistas televisivos con formación en oscuras academias de la actual Inquisición o en las mazmorras de vaya a saber qué régimen. Cheeper no debería haber estado nunca en este concurso. Quizás sí como profesor de canto y baile, o como instructor de buenos modales, saber hacer y conocimiento del espectáculo, materias todas, según parece, con muy poco morbo televisivo. Como concursante marcaba demasiado la diferencia existente entre un puñado de gente que quiere cantar cualquier cosa de cualquier manera, en plan karaoke pero más producido, con alguien que se toma el espectáculo a la manera clásica, pretendiendo mostrar al público lo mejor de sí de la mejor forma posible. Quedó tercero, por supuesto. Ya les pareció bastante para un negro homosexual que ni siquiera entiende demasiado bien el castellano. La ganadora es una niña de Córdoba, con ojos increíbles y piel de anuncio a toda página; un auténtico hallazgo para los ojos. Pero, ¿es necesario que además se suba a un escenario y cante? Milagros del packaging actual. Una envoltura bien diseñada puede vender cualquier producto, más allá de sus auténticas bondades y prestaciones. Después del programa, incentivados por el concurso de los pobres triunfos pasajeros, intercambiamos nombres de cantantes femeninas inolvidables con los dos amigos que nos visitaban. Gió me preguntó si conocía a Giuni Russo y yo le hablé de Timi Yuro. Nos metimos en You Tube y quedamos, -por igual, aunque de forma cruzada-, fascinados por el reencuentro con una y encantados de conocer a la otra. A Timi la había oído por primera vez en Ibiza, durante un invierno calmo y musical en el que pude bucear en la discoteca de un amigo uruguayo que me había dejado las llaves de su piso para que pudiera hacer precisamente lo que hice: grabar dos docenas de casettes mixturados con muchas de las mejores canciones populares editadas entre principios de los cincuenta y mediado de los ochenta. Resultaron ser -y por cosas como esta la gata insomne me tacha de egocéntrico- unos casettes de lujo. Banda sonora habitual de nuestra tienda (Dadá) por aquellos años, desde hace tiempo y debido a los subyugantes avances de la técnica, se han convertido en cintas arrumbadas que ya nadie escucha. Fue extraño terminar la noche así. Nunca antes me había interesado por el destino final de Timi Yuro. Preferí mantenerla para siempre jamás en un limbo particular, junto a sus rítmicas canciones desgarradas. También ayer, buscando más detalles sobre su vida, acabé enterándome de su muerte. Fue en el 2004, con poco más de sesenta años. Hacía veinte que sufría un cáncer de garganta, terrible castigo para alguien que vive de su voz. Timi, hija de unos restauradores italianos de Chicago trasladados a Los Angeles para seguir de cerca la carrera de su hija, no era especialmente bella, sexi ni llamativa. Se podría decir que tenía un packaging poco apropiado para una figura de primera línea del show business internacional. Seguramente hubiera sido la tercera finalista de algún programa televisivo como Operación Triunfo. ilustran : David Beckham en una publicidad de Giorgio Armani, y Nicole Kidman, foto de cubierta para Vanity Fair.
Gracias a Kinephilos, la página de cine de Liliana Sáez, y a una elogiosa nota firmada por una de sus corresponsales, Marcela Bárbaro, me enteré de la existencia de este director y esta película, ambos argentinos. No la he visto y no sé si podré hacerlo alguna vez. Dependerá, supongo, de si hay en ella capitales españoles, japoneses, estadounidenses, interesados en su distribución. Me gustan las imágenes, extrañas en una cinematografía generalmente abocada al realismo y la cotidianeidad. Con reminiscencias de Fritz Lang, Ted Browning, Murnau y el Hollywood artesanal de los años cuarenta, más algunos toques en la ambientación que recuerdan a El eternauta, un cómic de culto en Argentina, La Antena de Sapir suena a metáfora, a cuento infantil, a historieta para mayores, todo mezcladito y al parecer bien aliñado. Le dedico el estrellato de esta semana con la remota ilusión de que alguien decida estrenarla comercialmente. Pulsando sobre las líneas coloreadas, y con un poco de paciencia, podéis acceder al tráiler y al making of del film.
Como la cosecha de muertos nunca se acaba, ayer ha muerto Richard Widmark, un buen actor "de carácter", especializado en papeles de pistolero, de militar o policía. Personajes de pocas palabras y mirada escrutadora; hombres duros, en suma. Me pregunto si de existir el paraíso estos tipos de cara seria y pensamiento soterrado entrarían en él. También me hice esta pregunta cuando el día siguiente al de mi último cumpleaños, 10 de noviembre de 2007, murió el escritor Norman Mailer. Había leído con admiración algún libro suyo cuando la adolescencia no me permitía distinguir con claridad dónde estaban los enemigos disfrazados de corderos. Siempre lo supuse inteligente -nadie llega a ocupar el sitio que tuvo, y en cierta medida retiene, sin serlo bastante- y no me cuesta reconocer que fue un hombre incansablemente luchador, al menos por la causa del Mailer-ismo. En una de sus novelas, tal vez Los desnudos y los muertos, el personaje principal se paseaba borracho por la cornisa de un altísimo apartamento de Manhattan, dispuesto a demostrarse que podía ser valiente o, de lo contrario, morir en el intento como un auténtico héroe. Mailer nunca se bajó de aquella cornisa. Le gustaba el riesgo casi tanto como sentirse en las alturas. En una escena de Sleeper (El dormilón, 1973), Woody Allen comenta al que lo acompaña: "Este es un retrato de Norman Mailer. Acaba de donar su ego a la Facultad de Medicina de Harvard". Algo así como el célebre chiste sobre los argentinos suicidas. Como era de esperar, la muerte de un personaje tan polémico e indudablemente carismático, provocó comentarios de todo tipo. Transcribo dos de ellos. Tenía fama de ser un matón, un siete machos, un Pancho López. Quiso hacer de todo, y se salió con la suya. Se desbordaba a sí mismo. Era un superhombre. Fue soldado, novelista, ensayista, periodista, guionista, cineasta, político, niño terrible, anciano temible, mosca cojonera, duende zumbón, Pepito Grillo, jaranero, escandaloso, libertino, radical, antisistema, creyente, paradójico, seductor, amante de mil mujeres, marido de seis esposas, padre de nueve hijos, abuelo de once nietos, padrino de cinco ahijados, estadounidense hasta las pobladísimas cejas y mitómano a más no poder. (Fernando Sánchez Dragó) Tenía defectos. Nunca he dicho que fuera una vida para imitar. En España, Norman Mailer viviría alejado de sus seis mujeres según la Ley de Violencia de Género. No era homófobo, ni machista, pero riñó a cabezazos con Gore Vidal, una loca; una de sus seis esposas -Adela Morales- le dio para siempre fama de machista. Pero fue ella la que le provocó: «Vamos, pequeño maricón, ¿dónde están tus cojones?». Mailer la apuñaló. (Raúl del Pozo) Algunos meses después de su fallecimiento, Youtube nos muestra -disfrazado de respuesta a Matt Damon y Sarah Silverman- el irónico homenaje que le han dedicado una serie de famosos (Cameron Díaz, Brad Pitt, Harrison Ford y Robin Williams, entre otros). Tal vez no le perdonan ni después de muerto muchas de sus actitudes y declaraciones, indudablemente machistas, abiertamente homófobas. A pesar de todo lo que pueda decir en contrario ese bendito señor Raúl salido de no sé cuál pozo.
Pueden ver el video que da título a este post con sólo pulsar sobre estas estrellas *** (de la semana)
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