sábado, agosto 11, 2012

Héctor Bianciotti


Alguno me ha escrito aquí, o en mi ajetreado muro de facebook, que soy demasiado afecto a las necrológicas. Como en los duelos virtuales del glorioso y olvidado Ferdidurke de Gombrowitz, basta que te nombren el pecado como tal para que sientas que debieras estar arrepentido de haberlo cometido.
Intento no caer cada día en estas despedidas que, a juzgar por los comentarios, o por la falta de ellos, deben dar un tono gris oscuro, fúnebre y terminal, a mis páginas, haciendo que mis posibles lectores lleven una mano a una de sus mamas o a uno de sus testículos, según se trate de una mujer o de un hombre, para alejar de sí posibles malos farios, mientras se alejan presurosos de la página, como lo harían de un apestado, de un apestoso o de un simple pordiosero.
Hoy sin embargo, por una pura casualidad en la que no creo, me encontré con un viejo Babelia del mes pasado en donde Alberto Manguel, otro escritor, otro argentino, despedía de bellísima forma, tierna y contenida, a nuestro compatriota Héctor Bianciotti, el primer autor de lengua castellana que accedió como miembro activo de la Academia Francesa, un honor al que muy pocos medios dieron la trascendencia que en realidad tenía. ¿Pecados capitales, miserias terrenales?, todo ello, ¿muy humano?
Argentina, su gente en realidad, dice sentirse orgullosa de sus antepasados europeos, aunque no es muy dada a reconocer el triunfo de los hijos o nietos de estos en ese extranjero que tanto veneran.


Cuando a fines de los noventa propuse al suplemento literario del diario Clarín, donde por una corta temporada publiqué extensas notas sobre arte y cultura, una serie dedicada a los argentinos que habían hecho brillantes carreras en esos campos fuera del país -adelantado una veintena de nombres entre los que se contaban varios Premios Nacionales españoles- me respondieron que no les interesaban esos artículos porque allí, en Argentina, a estos personajes no los conocía nadie.
¿Pecados capitales, miserias terrenales?, todo ello, ¿muy humano?
Quizás sería el momento de cambiar esa mentalidad estrecha, al menos para que nunca vuelva a suceder algo tan deplorable como lo que nos cuenta Wikipedia en las últimas líneas de su página dedicada a Héctor Bianciotti, ilustrada, además, con una única, horrible, borrosa imagen del siempre elegante autor argentino:
Luego de una larga enfermedad murió  (en junio de este añoen París, solitario, en la miseria, y con escasísimos amigos que lo visitaban en un hospital del Distrito 15 .



TÍTULOS DEL AUTOR en Editorial TUSQUETS:
El amor no es amado
La busca del jardín (Marginales)
La busca del jardín (Andanzas)
Como la huella del pájaro en el aire
Los desiertos dorados
Detrás del rostro que nos mira
Lo que la noche le cuenta al día
La nostalgia de la Casa de Dios
El paso tan lento del amor
Ritual
Sin la misericordia de Cristo

domingo, agosto 05, 2012

-No deberías haberte ido...

No, no deberíamos habernos ido.
Tendríamos que haber soportado la falta de horizontes, la falta de dinero, la falta de esperanzas.
Nunca deberíamos habernos ido.
Tendríamos que haber cerrado los ojos, todavía inocentes, frente a las arbitrariedades y las injusticias, y los oídos, aún tiernos, ante los insultos y las vulgaridades.
No deberíamos habernos ido.
Tendríamos que haber acatado las órdenes que nos obligaban a no tener deseos propios, a aceptar sin reparos, matices ni quejas aquellos que habíamos heredado; los deseos antiguos, genéticos, paternales, eclesiásticos, los que, bendecidos por las iglesias junto a las armas de la fuerza, se aupaban al mástil de la bandera única, patriótica, viril e irrenunciable.
No. Jamás deberíamos habernos ido a constatar si otra vida era posible. Para nosotros no lo era.
El mundo que deseábamos, el de los libros, las revistas, el cine, ese paisaje, por momentos idílico, por donde se movían o se habían movido los personajes admirados, los artistas que amábamos, sólo podía contemplarse a la distancia, desde afuera.
A algunos se nos permitía una beca de un año o una visita turística de veinte días. Los que no éramos tan dotados como para ganarla o tan pudientes como para pagárnosla, tendríamos que haber comprendido que ese mundo lejano no era el nuestro. A lo sumo había sido el de nuestros padres, el de nuestros, casi siempre desconocidos, abuelos.
Nunca deberíamos habernos ido.
Hay otros mundos, pero no nos pertenecen. Hay otros mundos pero son ajenos, extraños, extranjeros.
No deberíamos habernos ido... Tenés razón. Nadie debería irse nunca del lugar que le asignó el destino.
Tendríamos que haber luchado por conseguir un espacio mejor en "nuestra tierra", aunque en esa lucha tuviéramos aseguradas la persecución, las torturas, las vejaciones, las diversas formas del castigo y termináramos ganando poco más que el espacio necesario para cavar una fosa: la nuestra.
     Fotografía de Chris Marker

viernes, julio 27, 2012

WONDERLAND (sueños rotos)



España perdió frente a Japón en su primer encuentro olímpico y todos los medios españoles se estremecieron, olvidándose por unos momentos, que resultaron ser días, de la movediza, voluble (la donna é mobile) prima de Riesgo; de los alemanes y franceses, de los griegos y de los italianos, de los endeudamientos billonarios sin porqués ni cómos y de los políticos y banqueros corruptos, floreciendo con un desenfreno parecido al de los hibiscus rojos en los jardines asiáticos.
Mientras tanto, en letra pequeña, vamos enterándonos de que el hijo del honorable senyor Pujol y su señora esposa podrían estar pringados -al menos tanto como otras princesas y príncipes consortes de más alcurnia- en oscuros manejos financieros, que los dineros evaporados del Palau flotan perdidos por no se sabe dónde y que el antes medido ministro Gallardón ha decidido mostrar su lado más oscuro, condenando, en nombre de una moral dudosa, oscurantista y medieval, a desgraciados seres no nacidos a una vida de perpetua agonía y a sus familiares más cercanos a una auténtica muerte en vida.
Poco importa frente a tanto desatino que los programas de Radio Nacional más exitosos desaparezcan de improviso o cambien de contenido sin siquiera una excusa, o que un alcalde de tierras catalanas -arrasadas durante la última semana por un fuego asesino- resulte ser un pirómano (re)conocido hasta por sus propios vecinos. Tampoco que las nieves de Groenlandia se derritan a pasos agigantados, una plaga de algas malolientes invada las playas atiborradas de turistas y la muerte de artistas e intelectuales logre menos líneas en los medios que los amoríos estivales de un torero cualquiera con una (¡yo no repetí cualquiera!) modelo de lencería....

Como el face-amigo Raúl Ariza, sonrío.
Riego mis plantas, acaricio a mi gato, charlo con amigos, pero, sobre todo, me dedico a lo mío, a lo más personal e íntimo. Y sigo maravillándome ante esas enormes hojas brotadas de la nada -en realidad de una maceta estrecha con un poco de tierra y algunas gotas de agua- de mis colocasias y mis strelitzias augustas.
También, porque las palabras (me) importan, leo los poemas de Héctor Viel Temperley , que trajo, cariñosa, Cynthia F. desde Buenos Aires. Y sigo agradeciendo el milagro del arte, creador desde vaya a saber dónde, desde la nada y el todo, con la sola ayuda de una cabeza, unas manos y la infatigable imaginación humana, de un sinfín de productos divinos que alivian, sedan y a veces hasta curan nuestras almas.

Buen fin de semana. Si no tienen nada mejor que hacer,
vean esta película.
No entiendo por qué pasó desapercibida.
http://www.imdb.com/video/imdb/vi2212626713/

martes, julio 10, 2012

Evelyn Lear: Lulú en el recuerdo


La vi en el escenario del Teatro Colón de Buenos Aires cuando representó la Lulú de Alban Berg -el papel que la consagró para siempre, internacionalmente-, y a pesar de los muchos años transcurridos, casi incontables, nunca olvidaré su imagen, cantando tirada boca arriba desde una chaise longue tapizada en terciopelo: la cabeza echada hacia atrás, el cuerpo enfundado en un estrecho corsé y las largas piernas de bailarina, cubiertas por unas cabareteras medias de red, jugando con el aire. 
Un auténtico tour de force para cualquier cantante y una inesperada y grata sorpresa para los espectadores de ópera, acostumbrados a imaginar belleza, juventud y seducción donde habitualmente sólo hay, o al menos había, obesidad y un vestuario recargado, ampuloso, intentando disimular al mismo tiempo la total falta de atractivo físico y los muchos kilos sobrantes en el cuerpo de los intérpretes.
Primera Plana, revista emblemática de aquella época, una de las exitosas creaciones periodísticas de Jacobo Timerman, había adelantado la presencia en el gran coliseo bonaerense de esta soprano neoyorquina con magnífica voz y aspecto de estrella cinematográfica, por lo que el tout Buenos Aires, bastante ajeno a las bondades del compositor, se mataba por ver a ese fenómeno llegado del imperio.
Cuando terminó aquel aria primera, ya de pie frente al público, espléndida en su papel de cortesana de pocos escrúpulos, la Lear se ganó con creces los aplausos a telón abierto de un público deslumbrado por su poderío escénico.

Yo me había iniciado en el gran espectáculo gracias al desprendimiento casi angelical de mi amigo Adolfo Tessari, que ponía la devoción y el dinero necesarios, y a la paciencia sin límites, beatífica, de Mariana Orgambide, una amiga común dispuesta a hacer horas y horas de cola a la intemperie con tal de conseguir entradas decentes para alguna de las pocas funciones que se daban de cada título. 
Mi bautismo con la ópera había sido poco tiempo antes en aquel mismo gran teatro y con otro personaje cumbre del bel canto: el Don Giovanni de MozartNo creo haber tenido demasiadas emociones estéticas más fuertes que esta en toda mi vida, aunque casi no me quedan imágenes de la puesta del Don Juan de Mozart y sin embargo nunca olvidé a la pelirroja soprano neoyorquina en su papel de Lulú. 
Ha muerto esta semana y no le digo adiós porque se que seguirá estando en mi memoria. 

domingo, julio 08, 2012

Pélleas and Mélisande Wilson


...a veces se llega tarde a algunos acontecimientos...
Lo digo porque acabo de ver en el Teatro Liceo de Barcelona, Pelléas et Mélisande, preciosista y preciosa ópera de Claude Debussy, en la versión de Robert Wilson (1941), un tejano del que llevo leyendo comentarios y críticas elogiosas desde hace un buen montón de años.
Conocido como artista rompedor, vanguardista, iconoclasta, nunca -al menos es lo que apunta mi memoria- había visto una puesta suya en directo, aunque sí una buena cantidad de imágenes en forma de vídeos y fotografías, y aunque temía lo peor en cuanto a contenidos, me colgaba bastante de su estética exquisita, válida deudora de algunos de los más poderosos creadores de imágenes del arte universal más sofisticado.
¿Habré llegado tarde a Robert Wilson o acaso él habrá llegado tarde a mí?
Obra simbolista de pocos personajes, sin coros contundentes, movimientos masivos ni vistoso cuerpo de baile, toda la acción de Pélleas et Mélisande pasa por el brillante, envolvente cromatismo sonoro de Debussy, a quien, según creo, le deben más que mucho todos los compositores de música para cine.


La historia -basada en la obra homónima de Maurice Maeterlinck- es simple, tal vez demasiado: dos medio hermanos se enamoran de una misma mujer que, a pesar de haber sido bastante vapuleada por la vida y los hombres, parece conservar hasta la muerte toda su ilusión e inocencia. El final es trágico, tal vez porque así lo mandan los cánones operísticos; tal vez porque, de no ser así, la historia resultaría aún más inconsistente.
Robert Wilson, que posiblemente descree de los amores humanos o al menos de la manera en que se representan, convierte a los cantantes, -excelentes todos ellos, magnífica María Bayo-en unos maniquíes robóticos guiñolescos que hacen extraños movimientos y desfilan por el escenario -despojado, chic, tan bellamente iluminado como el piso neoyorkino de un decorador minimalista- sin tocarse jamás. Su aparente despojamiento descriptivo elimina también muchos de los elementos que el texto describe profusamente. Así, la larga cabellera de Mélisande, con especial protagonismo en la historia, se transforma en una melena corta a la garçon y la espada que atraviesa el cuerpo de Pelleas en el puño cerrado de su torturado hermanastro.
¿Distanciamiento brechtiano? ¿Deconstrucción emocional? El argentino Alfredo Rodríguez Arias hacía algo similar en sus espectáculos teatrales del Instituto Di Tella porteño a mediados de los sesenta, cargando de ironía surrealista los tics y modismos del adocenado teatro de la época. Como los textos solían ser también de su autoría, nadie podía achacarle una interpretación arbitraria o errónea de estos.
Pasó más de medio siglo de todo aquello, y hoy mismo, después de mucho traqueteo por los senderos de las diversas vanguardias, yo me pregunto: si a Cenicienta le quitas la calabaza que se convierte en carroza y suprimes al hada madrina con sus poderes mágicos, ¿dónde queda el cuento?
Quizás se trataba de potenciar voz y partitura, pero entonces ¿no hubiera sido preferible una versión de concierto?
Como lo pide su autor, el coro es sutil hasta el suspiro y la orquesta, dirigida por Michael Boder, matiza y enriquece sensiblemente cada sonido. Puro y bello Debussy, en suma.


fotos de Dante Bertini.

martes, junio 26, 2012

Programa Doble

Barcelona anuncia otro Festival de Cine Gay y Lésbico, el número 17. 
Uno más siete: ocho, la cifra de lo eterno. Larga vida para este magnífico festival de cine alternativo.
Fuera de programa, aunque no fuera de tema, la televisión por cable nos ofrece estos días dos espléndidos documentales:
Chris and Don, a love story, cuenta los 33 años de relación amorosa entre Christopher Isherwood (1904/1986) -autor de las novelas Goodbye Berlin y A single man, base de dos películas tan especiales e icónicas como Cabaret y Un hombre soltero- y Don Bachardy (1934), dibujante retratista que, ¡aleluya!, aún vive y trabaja en Santa Monica, California.



El segundo documental, Rise Up and Shout, nos acerca a otra forma de solidaridad, tan necesaria como creativa.




Si pueden, no se los pierdan. 

lunes, junio 18, 2012

Louise Hay, ¿puede sanar tu vida?



Nuestra mente es como un ordenador. Si te ponen delante un aparato de última generación, el mejor posible, y no sabes qué hacer con él, resulta pura chatarra, pero si aprendes a usarlo... ¡puedes lograr cosas maravillosas!
Louise Hay, curadora estadounidense.

En los 80/90 del siglo pasado, los libros de esta mujer se vendían en los supermercados. Yo la leí en Ibiza, cuando mis pulmones maltrechos me decían que se hacía necesario abandonar con urgencia el tabaco. Me ahogaba al subir escaleras, me ahogaba si me dormía boca arriba, me ahogaba en cualquier espacio cerrado. A un vicio adquirido con bastante esfuerzo -los primeros cigarrillos de la adolescencia me resultaban asquerosos- tuve que ponerle el doble de trabajo en el momento que decidí abandonarlo. Hacía más sesiones de yoga y saunas diarios, pero al salir de las clases o al abandonar aquel agradable espacio con aromas y vapores relajantes, me apresuraba a encender un Camel o un Marlboro, ¡puaj!, vaya a saber por qué necesidad inconsciente de castigo. Me lo habían vendido en la infancia como un amigo leal, que siempre, y no importaban las circunstancias en las que me encontrara, estaría a mi lado. Sin embargo nadie me había dicho el altísimo precio que tendría que pagar por su turbia, polucionante, hedionda, asesina compañía. 
Cuando finalmente logré dejarlo, convencido de que estaba conviviendo con un enemigo que, disfrazado de amante compañero, en realidad deseaba destruirme, padecí una serie de síntomas atroces que varios médicos alopáticos -fumadores ellos- intentaban solapar empujándome a una posible nueva esclavitud -el diozepan, el Valium-  y que sólo la homeopatía, los masajes terapéuticos, las flores del Bach británico y los consejos prácticos, aparentemente ingenuos, de esta señora ya octogenaria lograron disipar. 
25 años después y luego de dos meses de antibióticos, antiestamínicos, antitusivos, inhalaciones de Rilaz y un sinfín de análísis y radiografías que me decían "Usted está bien, ¿de qué se queja?", vuelvo a la rubia y bienintencionada Louise como quien vuelve al primer amor. Al menos hasta que decida regresar, para siempre y físicamente, a mi lejano Sur, esa utopía.


ilustra: Retrato de (otra) Louise (Bourgeois) (París, Francia, 25 de diciembre de 1911- Nueva York, Estados Unidos, 31 de mayo de 2010 , por Robert Mapplethorpe.





miércoles, junio 13, 2012

Encuentro fortuito

Arriesgándome, sin pensarlo demasiado, escribo "fortuito" y, repentinamente temeroso, corro a buscar en el diccionario virtual la definición que nos da la esplendorosa RAE.
No me equivoco.
Fortuito: que sucede de forma casual, inesperada.
De eso se trata.
Paseaba yo mis brutales zozobras junianas por la calle Consejo de Ciento a la altura de Aribau o Muntaner -ahora mismo no podría precisarlo y tampoco importa- cuando decidí volver a viejas costumbres que creía olvidadas. Se trataba de entrar a un típico local de libros de segunda mano con olor a humedades varias y ponerme a rebuscar entre los invisibles ejércitos de ácaros, escondidos y alertas entre las pilas desparejas, en delicado equilibrio, de los innumerables volúmenes amarilleados por todo ese tiempo pasado en soledad, sin amo ni lectores.
Supongo que era un intento, más que vano, de revivir una antigua, inocente, alquímica ilusión: la que en otras épocas me hacía descubrir oro entre aquellos restos desahuciados de miles de naufragios literarios. Antes de traspasar el umbral, me detengo en él, inquieto. Esta vez las madalenas proustianas tienen olor a pis de gato, a perros de paja húmeda, a amargas lágrimas de Petra von Kant.
Pero qué importa. Mi vida, nuestras vidas, no huelen mejor en estos momentos. El paraíso de nuestras fantasías abrió sus compuertas y un montón de mierda depositada a interés fijo ha caído sobre nuestras cabezas.

En las mesas abarrotadas de las librerías de viejo nunca faltan unos cuantos clásicos inmortales; tampoco muchos títulos contemporáneos que intentaron serlo e inclusive estuvieron a un paso de lograrlo durante algunas, en general pocas, semanas.
No me dejo atrapar por lo ya conocido y voy directamente a las mesas de los saldos finales, las de "todos por un euro/tres por dos". Los desechados del desecho. Espero encontrar algo que me atrape, un libro del que después pueda enorgullecerme y repetir, ufano, aquello de "no busco, encuentro".
Tengo suerte, supongo. Allí, verde entre un montón de grises desvaídos, estaba el libro, una plaquette en realidad, de una para mí desconocida Florencia Pérez de Ayala. Poemas perdidos. Una docena de poesías sin nombre y una breve reseña biográfica donde se nos cuenta que la poeta nació en Montevideo, Uruguay, en 1979 y murió "de forma trágica" (?) en el año 2008. Ninguna foto, ninguna reseña sobre ella y/o su obra en Google. Sigo buscando y tampoco encuentro noticia alguna sobre los editores. Vuelvo esa misma tarde a la librería para preguntar sobre la tablette y su procedencia:
-No sabría decirle. Llegan publicaciones y libros casi cada día.

Tal vez me deje llevar por el misterio y la escasa información, por el nombre con resonancias literarias y  cinematográficas.
Y tal vez estas sólo sean coartadas. Las explicaciones bastardas que le doy, pobre de mí, a una emoción sin nombre.

"Rosa es una rosa es una rosa es una rosa"
y cielo es un cielo es un cielo es un cielo
...al que tu me llevas para mi desvelo.



martes, junio 05, 2012

publicidad ARGENTinA (UNA FORMA DE haSER)











Y el gran Premio de Publicidad Televisiva en el 
Festival del Sol de Bilbao (junio 2012):

viernes, junio 01, 2012

La Ninfa Inconstante


"Idiota", pensó, "pájaro idiota". Se había acercado a la cotorra -en realidad una ninfa australiana de brillante plumaje gris y erguido penacho amarillo- con la intención de cogerla, pensando que allí, en medio del tránsito acelerado y compacto de la rambla barcelonesa, el pobre pájaro estaría aterrado y no tendría ninguna posibilidad de sobrevivir. Contradiciendo sus pensamientos, el ave escapó de la posible ayuda y se posó en el techo de una camioneta que se había detenido momentáneamente por el cambio de luz en el semáforo.
Decidido a no dejarse intimidar por la primera derrota, el tipo volvió a acercarse con el brazo estirado, mientras decía "venga pajarito, venga", sin preocuparse por los demás viandantes que, metidos en sus mundos particulares, ni siquiera se enteraban de la escena que se desarrollaba frente a sus ojos.
"Venga, pajarito, venga", y la ninfa emplumada, constante, reincidente, evasiva, volvió a levantar vuelo hasta posarse en otro coche, que arrancó llevándosela vaya a saber dónde. La vio alejarse, la cabeza erguida y el pecho firme, como si fuera ella la que en realidad conducía el automóvil.
"¡Estúpida!", pensó, enfadado por la frustración de su intento salvacionista, pero nada más pensarlo se dio cuenta que  el idiota era él, pretendiendo un cuidado que al ave -con toda seguridad recién escapada de su jaula, gozando alegremente de esa libertad recién conquistada- le parecía como mínimo prescindible.
"La libertad es riesgosa" -se dijo, deseoso de sacar algún provecho, aunque sólo fuera literario, a su derrota- "y la aclimatación cómoda, aunque mortalmente aburrida."

(Que seas feliz, muchach@...)

martes, mayo 29, 2012

Reponer(se) Reverdecer



Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe:

reponer conjugar ⇒

  1. tr. Volver a poner algo o a alguien en el lugar que ocupaba:
    le han repuesto en su cargo.
  2. Reemplazar:
    compró una nueva vajilla para reponer la vieja.
  3. Volver a representar o a proyectar una obra dramática o película,o repetir un programa de radio o de televisión:
    están reponiendo una película de ese director.
  4. Responder,replicar.
    ♦ Se usa solo en pretérito indefinido y en pretérito imperfecto de subjuntivo:
    repuso que no estaba de acuerdo.
  5. prnl. Recobrar la salud:
    ya me he repuesto del catarro.
    ♦ Irreg. Véase conj. modelo.






foto de Bertini: Micasa

martes, mayo 15, 2012

Salud y enfermedad


Escucho radio por la noche, desde la cama y con intención de dormir. Alguien dice: "Hay que tener cuidado con la gripe" y el tipo que lleva el programa le pregunta: "¿Con la gripe? ¿Qué gripe?"  "No importa cuál", dice el otro, y yo, que empezaba a dormirme, vuelvo a despertar para saber si debo o no debo preocuparme por el asunto.
¿Hipocondríaco? Tal vez. Me dan igual las definiciones que pretenden hacernos un ser más comprensible y cercano, minimizando nuestras innumerables, casi infinitas, posibilidades neuróticas. Solo sé que salgo con extrema lentitud de un malestar general que duró más de una semana y al que dos médicos distintos, uno varón, el otro fémina, no supieron dar un nombre aceptable, aunque sí un buen montón de remedios distintos.
"Esta gripe", dice, repite en realidad, el tipo sin nombre, "puede matar al 80 por ciento de la población mundial." Creo que mis pesadillas, recurrentes, casi amigas, son más soportables que otro anuncio de pandemia aniquiladora al que nadie, ni los gobiernos, ni los laboratorios, podrían poner freno. Según el tipo anónimo, esa voz sin nombre de la radio, porque serían precisamente ellos, gobiernos y laboratorios, los creadores del virus asesino. "Sobra gente en el mundo, somos demasiados. No hay ni habrá solución para esta crisis", alcanza a decir El que anuncia un cataclismo, poco antes de que la conexión comience a hacer ruidos extraños, una estridente sinfonía dodecafónica de pitos y silbidos, hasta terminar cortándose.
"Deben ser los marcianos, deben ser", decía un cómico radial argentino de hace un montón de años cada vez que no podía dar respuesta a los embrollos en los que se veía envuelto. Al poco tiempo media Argentina repetiría la frase, en un intento más que vano de culpar a los selenitas por todo lo que sufríamos entonces -y ni siquiera sospechábamos que llegaríamos a sufrir un tiempo después- por culpa de unos personajes siniestros, muchos de ellos asesinos uniformados; muy marciales, que no marcianos.
Me dormí, por supuesto, y también por supuesto, tuve pesadillas, si bien no puedo echarle la culpa de ellas al oyente apocalíptico. Suelo tenerlas, así me haya dormido con una exaltada cantata de Bach o un romántico preludio de Chopin. Como algunos dicen que los sueños son compensatorios, me consuelo pensando que mi vigilia debe ser demasiado ordenada y volátil y necesita, como contrapeso, esos interminables vagabundeos al borde mismo de la catástrofe.
Hoy a la mañana y también por la radio, anuncian que, según informes de la comunidad europea, de seguir alargándose nuestras vidas no se podrá asegurar el mantenimiento de la salud pública.
¿Habrá que tener cuidado con la gripe?


(foto Bertini.BCN.012. El 15 M: Pegatina de la última convocatoria.)

viernes, abril 27, 2012

My name is Dante

Nací en una ciudad donde los nombres "normales" no existían. Poblada por inmigrantes de todo el mundo, nadie se sentía extraño frente a una Ruth, un Osvaldo Umberto, un Walter, una Gertrudis o un Claudio Patricio. Mi nombre sin embargo siempre provocaba algo de asombro y, aunque con mínimos matices, casi el mismo comentario. Si cierro los ojos todavía puedo ver a muchas señoras "de cierta edad", maquilladas como para bailar "Giselle" o "El lago de los cisnes", acercando peligrosamente su cara a la mía para decirme con un tono de profunda delectación y en voz muy baja, como si estuvieran develando algún secreto de alcoba que sólo ellas conocían:
-¡Aaaaah, sí! Dante...¡Como el del infierno!
Yo era un chico tímido que deseaba agradar a todo el mundo, así que solamente me era dado sonreír, mientras asentía con otro sí suspirado apenas audible. Las Odettes-Odiles envejecidas, ya sin capacidad para pirueta alguna, eran muy sensibles a mi forma de ser:
-¡Qué amor de chico!
Ni siquiera se daban cuenta de que el amoroso chico se quedaba trastocado por aquello que escuchaba como una premonición catastrofista. Por suerte mis padres se ocuparon de aclarar el porqué de aquella frase apenas tuve posibilidad de entender sus razones. Mamá:
-¡Es un nombre precioso! Tu papá se llama igual que vos, aunque no se por qué la gente lo llama siempre por el apellido...
Aquella somera y bien intencionada explicación no era suficiente. Daba igual estar acompañado por mi progenitor si mi destino era asarme como un churrasco durante toda la eternidad.
-Deberías estar contento de llamarte así. Dante Alighieri fue el más grande poeta italiano. El creador de la lengua italiana.
Esta última línea de diálogo pertenece a mi padre. He preferido traducirla a un idioma más legible que el suyo habitual, plagado de errores de construcción y lleno de palabras en auténtico, aunque muy personal, cocoliche.
Con el paso de los años me enteré de muchas más cosas respecto a aquel hombre delgado y enjuto que, además de escribir un libro gordo llamado "La divina Comedia", descendió a los infiernos, paseó por el paraíso y amó con mucha ilusión y sin demasiada esperanza a una, según él, inigualable Beatrice Portinari. A pesar de sus estrafalarias vestimentas, siempre me resultó familiar. Tal vez porque llevaba en la cabeza un sombrero muy parecido al que nuestra Patria Argentina lucía en las ilustraciones de los libros de estudio. Allá me enseñaron a llamarlo gorro frigio, sin embargo al llegar a Cataluña me enteré que con algunos pequeños cambios en el diseño también se podía llamar barretina. Finalmente, el mundo no resulta tan diverso, tan atiborrado de cosas distintas como pensábamos. Muchas veces sólo cambia la manera de nombrarlas.

Posdata: es probable que este post ya haya sido publicado antes. También es probable que la memoria me juegue una mala pasada, creando una duda donde no debiera haberla. No puedo asegurar nada. Superada la prueba de mi rodilla izquierda, ahora llegó la de un virus primaveral que me tiene encerrado en casa desde hace más de una semana. Mientras me preparaba para escribir un post sobre mis padres, -nacidos ambos en el mes de abril, uno el dieciocho y la otra el 24-, encontré este texto entre otros muchos que esperan el momento propicio para ser desechados, releídos o simplemente publicados.
Vaya como ese homenaje escrito que quería dedicar en estos días a Giovanni Dante y Josefa Flora. Ellos fueron los que decidieron llamarme como me llamo.

Ilustra: retrato del autor cachorro por el otrora fotógrafo oficial (Van Dick) de su barrio bonaerense, Almagro.

jueves, abril 19, 2012

POSDATA:

Flavia Company y Dante Bertini : Corpografías en el Pati Llimona. Abril 2012. ¡Pas de deux!

Parte del público durante el acto. Atentos y afectivos.

El catering final: sabor dorado.

sábado, abril 14, 2012

CORPOGRAFÍAS


TODO EL PROGRAMA EN COS I TEXTUALITAT


EL MIÉRCOLES 18,
DE 18 A 20.30 HORAS
MIGRACIONES,
UN DIÁLOGO ENTRE
FLAVIA COMPANY Y DANTE BERTINI

EN EL
PATI LLIMONA
CALLE REGOMIR 3,
BARCELONA
ENTRADA LIBRE

jueves, abril 12, 2012

miércoles, marzo 28, 2012

CLOROFILIA (PERVERTI-2)

En julio de 2011 envié este texto a la editorial de Parafilias, Traspiés, que me había invitado a colaborar en su volumen número dos. Las consignas eran claras: un número determinado de líneas y la descripción de una parafilia, fuera ésta inventada o ya existente. Opté por la primera opción a partir de un juego de palabras que encontré sugerente: Clorofilia.
Acaba de editarse y me dicen que a partir de ahora puedo hacer con mi texto lo que me plazca.
Aquí va para ustedes, queridos y fantasmales -¿o fantasmagóricos?- visitantes.

Me tranquilizó ver que al irse la abandonaba junto a la puerta.
Iluso, ilusionado, imaginé un gesto amable de su parte; un final elegante para una relación que se estaba convirtiendo en un auténtico calvario.
Su odio empezó el día en que me descubrió abrazándola y con uno de aquellos apéndices jóvenes, apetitosos, introducidos en mi boca.
Intentó matarnos con un único, definitivo golpe de su bate de béisbol. Por suerte la carambola le falló: pude esquivar aquel ataque, pero el tiesto de cerámica se hizo añicos contra el suelo.
Seguramente la hubiera dejado morir allí, fuera de su vital elemento. Fui yo quien volvió a plantar las raíces en la tierra, dentro de un tarro de cocina que ofició de maceta.
Ahora compruebo que a último momento decidió llevársela.
Consuela un poco saber que pese a todos mis esfuerzos siempre se mantuvo algo distante.
Mañana mismo me compraré una hiedra.



La primera versión, anterior al recorte que le hice por exigencias de la convocatoria editorial, es la siguiente.

CLOROFILIA


Me tranquilizó ver que se iba dejándola allí mismo, en el lugar donde habitualmente solíamos ponerla.
Iluso, ilusionado, imaginé que como estaba llevándose mucho más de lo que había traído cuando llegó a casa -aquel lejano día sólo arrastraba una pequeña maleta con ruedas y al irse precisó una camioneta para cargar todas sus cosas- pensé, digo, que tendría la delicadeza de dejármela.
Un gesto amable de su parte para poner punto final a una relación que en los últimos meses se estaba convirtiendo en un auténtico calvario.
Yo había resistido durante varias semanas a aquellos llamados de atención en forma de mensajes verdebrados –sí, digo bien: verdebrados- , de forma acorazonada y superficie silenciosa. Ella los dejaba caer a mi paso con un ligero temblor que ponía al descubierto un más que sensible interés por mi persona. Mensajes en verde, sin palabra alguna escrita encima. Pobrecita... No se atrevía a decirme nada, consciente de su difícil situación de forzada huésped, fatalmente condenada a aceptar lo que cualquiera de nosotros dos decidiera hacer con ella.

Mi mujer no pudo soportar los celos, lo sé, y aunque ahora ella diga que huyó de mi sádica indiferencia, seguiré pensando que tanto odio hacia mi comenzó el mismo día en que me descubrió abrazándola sobre la cama matrimonial y con uno de aquellos apéndices jóvenes y apetitosos introducidos en mi boca. Aunque nadie lo crea, aquel infausto día mi mujer intentó matarme. Y no sólo eso: pretendió ahorrarse esfuerzos matándola también a ella con un único y definitivo movimiento.
Por suerte la carambola le falló: yo alcancé a esquivar el golpe, aunque no pude evitar que el tiesto de cerámica blanca se hiciera añicos sobre la odiosa cabecera de madera y bronce.
Supongo que ella la hubiera dejado morir allí, desparramada y sucia, fuera de su vital elemento. Fui yo el que la recogió, podó sus ramas rotas y volvió a plantar sus raíces en la tierra, dentro de un tarro de cocina que, a falta de otra cosa, ofició de maceta.
Ahora veo que finalmente se la ha llevado.
Me consuelo pensando que a pesar de mis esfuerzos, Benjamina fue siempre algo distante.
Mañana mismo me compraré una hiedra.


DANTE BERTINI
Junio 2011

lunes, marzo 26, 2012

tr3s por uno = tr3s


PRESENTACIÓN DE NUEVAS VOCES
Ateneo Barcelonés
15 de Marzo de 2012
Porque suelo ser olvidadizo con los menesteres diplomáticos, prefiero empezar por los necesarios y muy merecidos agradecimientos:
Agradezco a la ACEC, que convoca y ha creado este espacio, a todos vosotros por estar aquí y al poeta y escritor Antonio Tello, que me habló de estos tres treintañeros nada tristes, muy valiosos y de absoluta contundencia en la palabra escrita.

Extraña misión la mía. Tengo que presentar, creyéndome lo importante que para ellos significa que yo haga esto que estoy haciendo, a tres escritores que, según he podido ver en sus notas biográficas, han publicado mucho más que yo y, como si esto no fuera suficiente, tienen currículums muy abultados en carreras y premios.
Acepto entre avergonzado y respetuoso semejante reto y lo hago con total alevosía. Se supone que en este espacio alguien presenta a algún otro, mientras que yo, incapaz de separar esta literaria trinidad eligiendo sólo a uno de sus componentes, he decidido convocar a los tres, porque además de notables en su oficio, se dicen compañeros en proyectos literarios y vitales y, por momentos, me arriesgo a asegurarlo, son también cómplices, seguramente involuntarios, en la descripción de escenarios y personajes:

“...la violación, los cortes, el asesino que busca el bolso y no lo encuentra y unos cuantos ladridos (vaya a saber qué perro ladra de esa manera, tan grave y tan cerca) que le alertan y no tiene más remedio, por primera vez, que sentir miedo y coger el coche y salir de allí...” Iván Humanes, Los caníbales, en el libro del mismo título.
“Un perro ladra al borde de mis dedos. La mañana parece un ajedrez, dibujado en el fondo de un gran vaso de espuma roja.” Juan Vico, Breakfast with Bacon, Still life.
“El ladrido del perro ha marcado el límite del paseo...Nos miramos y nos sabemos cercanos: él allí, sin dejarme entrar; yo más lejos, admitiendo que todo, incluso la vida, tiene un final.” Alex Chico, Final, Dimensión de la frontera.

Nostálgicos, migrantes, insatisfechos, trashumantes o apátridas, comparten también una mirada extranjera, distanciada, al borde de la ausencia definitiva:

“La luna tiembla en el retrovisor, de vuelta a casa.” Juan Vico, Days of Being Wild, Still life.
“Despedirse nuevamente no es una premisa indispensable del azar, sino una condición del que invariablemente observa.” Alex Chico, Meditación en Barcelona , Dimensión de la frontera.
“Nosotros afuera. Los sutiles habitantes de las demás viviendas sonriendo desde su más allá. La puerta de la entrada cerrada desde dentro y la llave en el bolsillo de su chaqueta. Sin tiempo de llevarnos apenas nada.” Iván Humanes, Retomada, Los caníbales.

Observadores sin deseos de imparcialidad, se mueven entre las ruinas de un mundo otro, definiéndose en la nostalgia del futuro, en la imposibilidad del encuentro, en la improbable aprensión de un huidizo presente:

“...un espacio vacío nos resume, sin extender la pregunta, sin entender la pregunta, sin atender la pregunta...” Juan Vico, Les Amants, Still life.

“Hoy estas cuatro paredes sostienen el abismo” o “Pasajeros se vuelven los rostros que amamos, encadenados en la distancia porque ya no importan.” Alex Chico, Dimensión de la frontera.

“Eso era lo peor, no saber el motivo del pequeño agujero negro en la habitación de matrimonio.” Iván Humanes, La zona, Los caníbales.

Entre encuentros y hallazgos, entre abandonos y pérdidas, los tres han elegido la literatura como retorno hacia un sí mismo que se revela en su impreciso y voluble dibujo.
Tal vez porque, como dice Alex Chico en Testament :

“Ahora lo sé. Sólo escribí para morir con cierta dignidad.”



Alex Chico:
nació en Plasencia, Cáseres, en 1980. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, ejerce como profesor de Lengua y Literatura en un instituto barcelonés. Codirector de la Revista de Humanidades Kafka en formato digital, publicó varias plaquettes (Nuevo alzado de la ruina, Las esquinas del mar, Escritura) y los poemarios “La tristeza del eco” (en el 2008) y “Dimensión de la frontera” (en el 2011)
Iván Humanes:
BCN 1976, es licenciado en Derecho por la universidad de esta ciudad. Publicó “La memoria del laberinto” y “La emboscada”, el ensayo “Malditos” y una colección de relatos breves ilustrados, “101 coños”. Fue coeditor de la revista literaria Dado Roto y ha colaborado con varias revistas literarias: Sibila, Literaturas.com, Crítica y Revista de letras, entre otras. Recibió por sus relatos los premios Ciudad de Jerez, Diomedea y El fungible, además de algún otro que su biografía no consigna.
Juan Vico:
Badalona, 1975, es licenciado en Comunicación audiovisual y máster en Teoría de la literatura y Literatura Comparada. Colabora con artículos y críticas en revistas de cine y cultura y ha publicado el libro de poemas “Víspera de ayer” y los cuadernos “Densidad de abandono” y “Gozne”.

martes, marzo 20, 2012

Las muchachas de antes no usaban...


No estoy pasando por tiempos muy bloggeros. En realidad tampoco paso demasiado tiempo al ordenador. El frío intenso y húmedo de este corto invierno trajo a mis piernas -ya demasiado trajinadas, supongo- algunos dolores desconocidos, algunas molestias que hubiera preferido no encontrar en mi camino.
Un mal paso en la calle, un apoyar el pie con fuerza innecesaria en un desnivel que no debería estar donde esta(ba), y mi rodilla comenzó a quejarse de forma sorda, insistente, dolorosa, muy molesta.
Los análisis descartaron roturas, artrosis y reumas, pero no un desgaste de cartílago: "esa mancha negra que ve allí, en la gammagrafía", según el especialista que me atendió. Como me dolía al caminar, la prescripción fue inmovilizarme: "Quédese en casa, descanse, no se mueva demasiado". Igual que otras veces, recurrí a los médicos alopáticos para decidirme por una solución más cercana a la de las medicinas alternativas, ridícula denominación mediática para algunas terapias muy anteriores a las actuales. En esta ocasión fueron la acupuntura, los masajes y mi habitual testarudez.
Resulta que me dolía con más intensidad cada vez que cambiaba de posición y, sobre todo, cuando después de largo rato de quedarme sentado frente a la pantalla del ordenador, volvía a ponerme en pie. Caminé, por supuesto, abandoné bastante el aparato luminoso, hice estiramientos suaves, arreglé un espacio nuevo de trabajo -un trastero en realidad- que conseguí casi por milagro; subí y bajé escaleras, pinté paredes, ordené libros y herramientas, me divertí como hacía tiempo que no lo hacía. Mientras tanto seguí con mis otras labores, aunque dándoles menos espacio dentro de mis horas y entendiendo que el dolor de las rodillas podía ser un mensaje de mi cuerpo para recordarme que necesitaba ponerme otra vez en pie; olvidar, o al menos dejar de lado, encuentros, devociones y entregas casi religiosas.
"¡A seguir andando, que lo tuyo nunca fue estar arrodillado!", clamaban los goznes de mis rodillas.
Y aquí estoy todavía. Puedo moverme con bastante soltura y empezaré nuevamente mis clases de yoga; tal vez también otras que me debo, desde noviembre, con un encantador y muy efectivo personal trainer. Debo haber perdido los pocos lectores amigos que tenía, aquellos que perdonaron mis numerosos desaciertos y aplaudieron algunos afortunados, muchas veces fortuitos, insospechados hallazgos. Así es la vida... o así la hacemos nosotros.

Adjunto el tráiler de un documental argentino que no he visto. Habla por sí solo, y lo hace de amores y juventudes perdidos, de ilusiones y esperanzas machacadas, de vidas intensas que aún siguen en pie; con ganas de más, a pesar de mil y un avatares.
Estas muchachas de otro tiempo, aún muchachas a pesar de todo, son o fueron muchachas peronistas. Mostrándolas aquí perderé quizás otro buen montón de visitantes, ofendidos, dolidos, ultrajados por la que supondrán mi ideología kirchnerista. Me anticipo a estos posibles desencuentros porque ya me ha pasado antes. Sería inútil explicar razones. Hay quienes no pueden entender que no se administre un pensamiento único, fijo, sin dudas ni curiosidades; que no se esté embanderado desde el nacimiento hasta la muerte.
Yo, y lo siento por ellos, prefiero seguir moviendo mis rodillas.

(cariñosamente, para Liliana S., muchacha de hoy, y para mi madre, Josefa, que, sin ser peronista, admiraba a Eva Perón)

martes, marzo 06, 2012

Shame, ¿vergüenza?


El último domingo, después de un nutritivo almuerzo en familia, fui(mos) a ver Shame. Y ahora me pregunto: ¿hubiese(mos) ido a verla con tanta urgencia de no ser por la morbosa curiosidad que se creó alrededor(?) del aparato reproductor masculino del protagonista? (Uso esta jerga algo demodé porque, con los tiempos que corren, temo que si llego a poner v...., p..., p... o p...., me caiga encima una Junta Censora de la Red, obligándome a un arrodillado arrepentimiento sobre un espeso colchón de sal gruesa) ¡Teniendo como tengo las rodillas!
Para ir directamente al grano, les digo que no es para tanto. Y no se confundan: estoy refiriéndome a la película en su totalidad, si bien el notable báculo de Michael Fassbender tampoco es mayor que los de varios de sus antecesores en esto de la exposición, sin tapujos, alteraciones ni sombreados, del fibroso cairel de la entrepierna masculina. Y conste que no incluyo en esta lid por la posesión del miembro de mayor tamaño a los astros superdotados del cine porno, sino sólo a los actores de los filmes atrevidos pero sin eyaculaciones manifiestas, como Daniel "007" Craig o el polivalente Ewan McGregor, por poner algunos ejemplos relativamente actuales. El interiorizado Mark Walhberg de Boogie Nights no entra en competición: todos pudimos ver que aquella desmesura que se refleja poco antes del final en un espejo era la bastante burda imitación, ampliada y en látex, de algún original en carne.
Después de los primeros minutos, saciada ya la curiosidad sobre las dotes no actorales del distante, ácido, frío, aunque también expresivo, elegante y sensible Fassbender, el director Steve McQueen -¿cómo se atreve? De haberme llamado Dante Alighieri, al menos me hubiera puesto Dante Alí como seudónimo- nos introduce en los avatares de este joven apuesto y sin apuros económicos, aunque con unas necesidades eyaculatorias presuntamente excesivas.
Desarrollando una versión masculina de aquella mítica y setentera Diane Keaton de Buscando al señor Goodbar, el personaje trajina noche y día detrás de un orgasmo, y de otro, y aún de otro más, como si nunca se hubiera enterado de que ciertas búsquedas, aunque pueden no ser infructuosas, casi siempre resultan frustrantes, repetitivas, asaz insatisfactorias. A su hermana, la quebradiza, atormentada, espléndida Carey Mulligan, le basta con una versión contenida, vacilante, trémula de New York, New York, para explicarnos que en este paisaje desolador de la modernidad pequeño burguesa no habrá ganadores, que en realidad nunca los ha habido.
Una banda sonora excelente, que por momentos recuerda al omnipresente Satie de El fuego fatuo de Louis Malle, y una fotografía exquisita, satinada, que parece encantarse con los reflejos, las transparencias, los cristales y espejos con sus deformantes y mentirosos espejismos, no hacen olvidar un metraje algo excesivo, en medio del cual refulgen escenas diagramadas con la incisiva, sádica, bella crueldad de un coleccionista perverso que muestra, deleitándose, sus más ocultos y sucios tesoros.



Dos días después sigo preguntándome de quién es y sobre qué planea la palabra vergüenza que da título al film. ¿Hay una fábula moralizadora con pretendida proyección social escondiéndose tras esta historia de individualidades sufrientes o el levísimo chisporroteo en los ojos del protagonista anuncia que todo sigue igual después de la tormenta, que el deseo es amoral, arbitrario y rara vez admite renuncias o auténticos arrepentimientos?



Este último Shame cantado nada tiene que ver con la película, pero resulta fresco y gratificante. A Steve McQueen, con nombre de famoso actor muerto, no le molestará que la canción (2010) lleve el mismo nombre de su film, que se llama a su vez igual que otro (1968) del sesudo, sueco y siempre algo avergonzado Ingmar Bergman.