Había leído sobre aquel Mapa de los Deseos en el grueso volumen de la escritora neoyorquina Mary Louise Health, archiconocida autora de "Curarse con su propia mano", líder durante meses y meses en las listas de éxitos -best-sellers, según los amantes de los anglicismos- de las librerías de medio mundo, con cerca de setenta y cinco ediciones y más de quince millones de ejemplares vendidos. Entre los diversos secretos curativos de aquella deliciosa pelirroja de mediana edad -¿mediana? ¿se suponía que iba a vivir cuarenta, sesenta o noventa años? ¿esa medianía eran los treinta o los cuarenta y cinco?-, pues bien, entre todos los consejos y recetas de aquel libro que había leído a los trompicones, entre mudanzas, cambios de pareja, diversos conflictos familiares y varios duelos inesperados que habían ensombrecido de forma definitiva su ya vapuleado corazón, sólo recordaba aquella cartografía mágica, capaz de otorgar todo lo necesario para ser inmensamente feliz. Se trataba de realizar un collage con fotos de todo lo deseado, fueran objetos, experiencias o personas. No era tan irracional como para creer que aquella receta de artesanía doméstica solucionaría su vida, pero pasaba por una época de tristeza tal que cualquier cosa que pudiera alejar su mente aunque más no fuera por un momento de depresivas elucubraciones, era bienvenida. Deseaba ser feliz, sin ninguna duda, ¿pero sabía cómo construir aquello? Siempre había considerado que sus intereses eran más literarios que visuales. Creía poder entender las palabras mucho mejor que las imágenes; quizás de allí salía su poca afección al cine y el teatro. Todas sus relaciones habían sido y eran cinéfilas, sin embargo, cada vez que se le había planteado la disyuntiva, prefería quedarse en casa con un buen libro a hundirse en la oscuridad de una sala abarrotada de gente con el cogote tieso y la mirada fija en una pantalla de imágenes en movimiento."Para empezar, cómprese una cartulina del color que más le guste". Negro, pensó inmediatamente, pero Mary Louise descartaba de lleno aquella posibilidad: "Aunque su ropa sea habitualmente muy oscura o negra, le aconsejo que descarte por esta vez los colores sombríos y se incline por aquellos que estén asociados con la naturaleza, como pueden ser el verde, el azul, los naranjas y amarillos, el rojo, los lilas y los fucsias". Se imaginó un rectángulo fucsia colgando en la pared enfrentada a su cama -allí debía poner el mapa de los deseos para poder verlo cada día nada más despertarse-, y sintió una especie de descarga eléctrica recorriéndole el cuerpo. Sin pensárselo demasiado optó por un sobrio color arena clara -más natural imposible-, y apenas se sorprendió, sin llegar a cambiar de parecer, cuando la empleada de la papelería lo llamó "té con leche". La mujer demostraba tal certeza profesional que hacía imposible, e innecesaria, cualquier discusión al respecto.
Extendió la cartulina sobre la mesa del comedor. La de trabajo estaba llena de facturas, libros a medio leer, invitaciones a eventos ya pasados y fotos, cartas y postales que, alguna vez, se repetía cada cinco minutos, debería ordenar. Sosteniendo aquellas pilas inestables de papeles diversos, aparecían cacharros con lápices, lapiceras, bolígrafos, abrecartas y tijeras de distinto tipo y tamaño, todos utensilios convertidos en inútiles desde la llegada del todopoderoso ordenador. ¿Qué deseaba en realidad? ¿Qué cosas podían producirle un poco de felicidad? Descartado desde el vamos "el vocablo amor con toda su porquería", había empezado recortando la foto de un Jaguar clásico de los años sesenta y la de esa casa rodeada de árboles en algún rincón de Costa Rica, ideada especialmente para el poseedor de una biblioteca con miles de volúmenes. Le gustaban los animales, pero nunca había tenido decisión ni tiempo para adoptar alguno. Hojeando revistas -ni siquiera se le había pasado por la cabeza destrozar sus queridísimos libros -encontró fotos de un golden retriever de cara sonriente, del perro que anunciaba una popular lotería, de dos galgos y una gata snow shoe rodeada de sus cachorros. Un suplemento dominical bastante envejecido le regaló la imagen a toda página de un fondo marino con peces tropicales y también la de un espléndido tucán posado sobre una gruesa caña de bambú. Abrió el cajón superior de un mueble con ruedas que tenía en su estudio con el convencimiento de que encontraría dentro la barra de cola transparente guardada allí hacía al menos...¿tres años? ¿Habían pasado ya tres años desde la última vez que usó aquel pegamento? La barra de pegamento estaba totalmente seca, era más que evidente, sin embargo necesitó cerciorarse restregándola varias veces sobre una hoja de diario donde un titular catastrófico anunciaba el fin de unas negociaciones de paz en algún lugar del mundo. ¿Qué podía hacer ahora? Eran las ocho y cuarto de la noche de un sábado de invierno en un barrio elegante donde para su desgracia no había comercios chinos o pakistaníes. ¿Tendría que soportar una nueva frustración, esperar hasta algún otro día donde el ocio coincidiera con esas ganas, de verdad poco frecuentes, de tontear con los deseos? El mapa aquel era una estupidez, quién podía dudarlo, pero el hecho de haber intentado montar aquel collage sin finalmente llegar a hacerlo, ¿no le acarrearía un sinfín de desgracias?
"Todo el mundo tiene algún adhesivo en casa", pensó, mientras se dirigía de forma resuelta a la de sus vecinos más cercanos. Ni siquiera sabía con quien o quienes compartía el rellano: había oído ruido de otras mudanzas poco después de su llegada al edificio, pero nunca se había preocupado por enterarse de la identidad de los nuevos inquilinos.
Tocó el timbre y esperó a que abrieran con la espalda rígida y los brazos cruzados sobre el pecho. "Una actitud defensiva", se dijo. No le pareció en absoluto ilógico: el mundo estaba lleno de psicópatas.
La puerta se abrió de pronto, sin ruidos, dejando ver una silueta oscura que se recortaba sobre la claridad luminosa de las paredes, pintadas con un amarillo áspero que imitaba el color de algún cereal maduro. La sonrisa amplia, fresca, clara, sin duda alguna deslumbrante, flotaba juguetona, como suspendida en el aire. "El gato de Cheshire", pensó, dejando caer lentamente los brazos.
-¡Buenas noches!
-Buenas noches!...
Después del saludo algo forzado se produjo un silencio espectante. ¿Podía ser que los planetas hubieran decidido detenerse para observar con atención aquella escena carente de trascendencia? Ajenas a todo, las dos figuras se mantuvieron en su sitio, una a cada lado del vano de la puerta. Finalmente, y después de un suspiro, la boca de la amplia sonrisa en suspenso volvió a hablar:
-Bueno...Sólo se me ocurre darte la bienvenida. ¡No sabes qué alegría me das! Empezaba a pensar que jamás tendríamos la posibilidad de conocernos.
BSO : Lakmé de Delibes. Ilustra : Poster con errata sacado de la web











-Que no quieres ser una estrella!!! ¿Qué me estás diciendo, pringadilla?
Las cosas siguieron exactamente igual en la vida de Amalia hasta la llegada de una nueva empleada al salón de belleza Moona Lysa. Si las trombas suelen ser de agua, podríamos decir que esta venía directamente de algún río cercano a una tintorería industrial, tal era la sinfonía de colores que arrastraba consigo. Se llamaba, según ella misma dijo, "Celia Cecilia Etchepareborde, encantada". Y, sin dar a Amalia la más mínima posibilidad de presentarse o emitir al menos una interjección que corroborara su presencia en aquel lugar, la nueva añadió: "Soy especialista en tinturas y extensiones y estoy convencida de que esta que hoy comienza será poco más que una breve etapa en mi carrera". Su siguiente frase, lanzada como un proyectil explosivo de considerable envergadura hacia la redondeada, y en ese momento estupefacta, cara de Amalia, fue: "Te lo digo para que no te sientas amenazada. No vine a quitarte el puesto. Soy un pájaro de paso y no me interesa hacer nido en un sitio como este... Tengo ambiciones mucho más elevadas." A todo esto Amalia ni había abierto la boca. Seguía impactada por la presencia de la nueva empleada, tanto como para que su discurso fuera poco más que un susurro incomprensible al que ni siquiera podía prestar atención. Si la ropa de Celia Cecilia era inenarrable -una audaz fantasía futurista en negro y grises, con profusión de ojales, hebillas y hombreras-, su peinado entraba en la categoría A de alucinatorio. Un cardado en color fucsia estridente servía de soporte a un sinfín de trenzas multicolores de grosores diferentes que caían por la espalda hasta casi tocar la cintura, de considerable circunferencia y envuelta por tres cinturones distintos: uno de cadena color cobre, otro de falsa piel de leopardo y un tercero de charol negro. "A esta mujer le gustan las reiteraciones", pensó Amalia, mientras, en señal de amistad, le acercaba un paquete de cigarrillos Marlboro a la nueva especialista en tintes. "Gracias querida", dijo la mujer, "te lo agradezco de verdad y entiendo tu buena intención, pero no tengo entre mis futuros proyectos el suicidarme. No sé si lo sabes, pero eso que me estás ofreciendo es puro veneno".
Desde muy pequeña, Amalita había repudiado los intentos de su madre por convertirla en una estrella de la danza. Odiaba con todo su corazón las zapatillas de media punta, y ni qué decir de las de punta, auténticos instrumentos de tortura para sus delicados pies. Aborrecía también las redecillas en el pelo, las mallas enterizas de tela sintética y los arrepollados tutús rosa que debía llevar en los Festivales Artísticos Integrados de Final de Curso -FAIFICUR, según el algo arbitrario anagrama del evento-, donde, indefectiblemente, a Amalita le tocaba bailar el pas de deux de "El Corsario" junto a su compañera de curso Miryam Esther Zarudiansky, disfrazada año tras año de niña pirata con pretensiones: raso rojo para la camisa deshilachada y el pañuelo anudado en la nuca, terciopelo verde cotorra para los pantalones de pescador bien pegados al cuerpo y un cinturón ancho de cuerina dorada para "hacer efecto". Por suerte para Amalita, una semana antes de empezar su cuarto año de curso, la profesora de Danzas Clásicas y Folklóricas, doña Bebita Lofiego de Seguí, decidió mudarse a otro barrio con más posibilidades en la zona alta de la ciudad, y a la madre de Amalita, Raquel Winocourt de López, le pareció que llevar a la niña hasta el nuevo estudio significaba demasiado esfuerzo y un incremento más que considerable en su ya muy abultada lista de gastos mensuales.





