
Llego de la calle algo acalorado. El cielo está tan azul, los árboles tan verdes, la gente tan suelta de cuerpo y tan ligera de ropa, que cuando en un kiosco del Paseo de Gracia veo la portada de la revista Côté Sud con mucho azul mediterráneo y este título, l'esprit vacances, flotando sobre el agua como si fuera un balandro de bambú y papel -la idílica imagen de un sueño- no puedo dejar de pensar que quizá no sea éste el lugar donde debiera estar ahora. Me pasa siempre que el verano estalla. Empiezo a sentir cómo crece en mí una inquietud muy especial, un mal de espíritu que no tiene nada que ver con la angustia, la depresión o el hastío. Es como si el alma me quedara grande o el cuerpo hubiera encogido y ya no pudiera contenerla. Pienso en Ibiza, por supuesto. En días como este nos largábamos a la playa de Es Cavallet cargados de desmesurados bocadillos recién hechos - crocante pan fresco con jamón del país, queso manchego y tomate maduro restregado-, un remix de frutas frescas de todos los colores, algún lungui hindú anudado alrededor de la cintura y la tan insoslayable como tonificante compañía de nuestras propias juventudes en plena efervescencia. Y cuando hablo en plural no estoy refiriéndome a ninguna liaison en especial; en este caso el nosotros no encubre a una pareja específica, sino a un grupo bastante numeroso de gente muy diversa que parecía entonar la misma melodía. Lo cierto es que llegada cierta hora de la mañana, generalmente más allá del mezzo giorno, Jorge o yo cargábamos el capazo al hombro sin preguntarnos nada. Sabíamos que las posibilidades de ser feliz estaban junto al mar y los amigos, que aunque no lo fueran tanto servían para hacer olvidar nuestra por momentos desprotegida situación de inmigrantes recién llegados. Había que caminar bastante para llegar hasta el lugar donde solíamos reunirnos, sin cita previa por supuesto, con los habituales compañeros de sol y playa. Como en ese cafetín de tango donde se mezclaban sabiondos y suicidas, por aquellas arenas se paseaban un montón de personajes diversos sin un destino común, náufragos de un mismo barco con forma de país lejano. Por allí andaban Tina Noguera, la desmesurada, y Néstor Quartino, el viejo, luciendo con la misma displicencia la sonrisa plácida de alguien que está donde realmente quiere estar y su imponente collar de corales y turquesas. Enrique Sturba, siempre algo pampeano, taciturno, descontento, y Massimo Gelli, un florentino que apuraba la vida como si fuera un refresco chutado en vena, eran nuestros amigos-vecinos más cercanos. Guillermo, Ivanna, Patricio, Robustiano y Rodolfo, imposible separar este duetto, Osvaldo, Xonia, Juan Antonio, uno de los pocos naturales de la tierra, aunque con alma de jardinero errante, Daniela H., la inmortal Tatiana, ojalá lo fuera, Diego, Alain, Alex, Pelito Gálvez, Sarita Bosch y "la Sarita", confundiéndonos los géneros, Florence, Lluisa, Andrea, unos fugaces Pichón y Diana, más decenas de otros que prefiero no recordar para que el alma no me duela tanto. En aquellos días de muchísimo sol y muy pocas palabras no aprendí filosofía, sino sencilla y simplemente a vivir en plenitud, despojándome de un buen montón de prejuicios y culpas.
No sé si Ibiza era una fiesta, pero casi podría asegurar que nosotros vivíamos como si lo fuera.
No sé si Ibiza era una fiesta, pero casi podría asegurar que nosotros vivíamos como si lo fuera.
photo : la playa de es cavallet desde el aire




Siguiendo los sanísimos consejos de




Quiero decir que para escribir se necesita No Ser, al menos socialmente. 


Me apresuro a colgar este post porque queda muy poco tiempo, sólo dos funciones, para que podáis ver este nuevo(?) espectáculo (spiegel) de Win Vandekeybus... El signo de pregunta está allí, dudando de lo novedoso del asunto, porque su creador lo describe como una revisión antológica de sus trabajos anteriores. Yo he visto los otros -los sigo desde fines de los ochenta, cuando se presentaron en Barcelona por primera vez- y puedo asegurarles que esta gente vive, y danza, aquí y ahora. El ritmo y las luchas de la gente de hoy, con sus tensiones, encuentros y desencuentros, la tontería repetitiva de nuestros actos cotidianos y las grandezas y miserias de nuestros sentimientos, todo está allí, sobre ese amplio y despojado escenario que se ve rebasado por la fuerza, la entrega, la preparación y sensibilidad de un grupo de jóvenes bailarines especialmente dotados. No hay seducción ni flirteo: sólo libido en estado puro; sexualidad competitiva y descarnada, sin tapujos ni miramientos.
Una imagen lleva a otra y una palabra cualquiera (?) acelera el recuerdo. Paseando por la red en busca de un fotógrafo, encuentro por casualidad a este otro que no conocía: Alastair Thain. Entre sus trabajos están algunos retratos escalofriantes de Annie Lennox. Hace muchos años, ella y otros cantantes de primera línea -k.d.lang, Lisa Stansfield, Tom Waits, Erasure, Debbie Harry, U2, Sinead O'Connor, David Byrne, Aztec Camera-hicieron un homenaje a mi muy estimado Cole Porter. 


"Yo quería sacar sólo al tío Vern al lado de su coche nuevo (un Hudson), con el fondo de un día despejado. Salieron el coche y él. Y también parte de la colada de la tía Mary, y Beau Jack, el perro haciendo pis ante una valla, y una hilera de tiestos de begonias tuberosas del porche, y 78 árboles, y un millón de guijarros del camino de acceso a la casa, y más cosas. Qué medio tan generoso es la fotografía."



Siempre estuvo allí, sobre la cama de mis padres. Supongo que también estaba cuando me concibieron. Estoy convencido de que por aquella época, con varios años de casados, ya no la veían. Era como una mancha en la pared, o como una imagen borrosa que no les decía demasiado. Algo parecido a las leyendas atemorizadoras de los paquetes de cigarrillos. Cualquiera fuma al lado tuyo negando la presencia, allí mismo, sobre la mesa, al alcance de la mano, de esas advertencias terroríficas: "usted se está enfermando de cáncer de pulmón, está quedándose impotente, está haciendo daño a todos los que lo rodean, inclusive a sus pequeños hijos, nietos, gatos, plantas y cortinados". Muchos fumadores no las ven, o al menos pretenden no verlas. Tomábamos un cafe con una conocida, y mientras ella fumaba echando el humo hacia adelante, que era el exacto lugar donde estaba mi cara, yo no paraba de toser. "Te estoy matando, ¿verdad?", me preguntó en cierto momento. "Sí", dije yo, para ser lo más sincero posible. Ella siguió fumando como si nada y a partir de aquel día dejé de verla. No suelo departir con asesinos sin corazón. ¿Exagero? Un poquito tal vez, aunque me sirve para volver al tema del Sagrado Corazón de Jesús, colgado sobre la cabecera de la gran cama paterna. Acabo de encontrar esa imagen mientras paseaba por otros blogs amigos y, cual la tan manoseada madalena de Proust, ha despertado en mí una cantidad de recuerdos que andaban escondidos por allí, en vaya a saber qué pliegue de mi memoria. Mi padre, que era un ser ensimismado, un extranjero inadaptado, tan cálido como esquivo, solía festejar conmigo el Sábado de Gloria. Consciente o inconscientemente querría asociar su presencia, poco habitual junto a mí, con la felicidad, los cánticos, el despertar después de la tristeza. Ha quedado allí, sin duda, con su impermeable color beis oscuro y su sombrero gris marengo de ala quebrada sobre la cara, un poco a la Humphrey. El efecto no era el mismo, desde ya, y no creo que ni siquiera él lo pretendiera. Mi padre, al contrario de Bogart, era un hombre claro, relativamente alto y que caminaba muy erguido. Lo recuerdo andando por la vida sin vergüenzas ni arrepentimientos; ajeno a la prepotencia, pero sin lamentarse ni pedir permiso por ocupar un lugar considerable sobre la tierra.
quería leer Sobre la fotografía, de Susan Sontag. Me cruzo hasta Kowasa para ver si lo tienen y me dicen que la edición de bolsillo -ocho euros de nada- está exhaurida -agotada- y que suponen que habrá alguna nueva que a ellos todavía no les ha llegado. Es comprensible: lo suyo es la fotografía en sí misma, las imágenes propiamente dichas, no la teoría sobre este arte secular de reciente aceptación museística. Camino diez pasos hasta La Central -¿por qué son tan "seriosos" todos sus dependientes?- y encuentro una nueva edición a casi veinte euros.

te invitan a hablar de un libro que ya creías muerto (con catorce años de nada: un adolescente apenas)...


soy cómodo, me cuesta moverme de casa, no sé conducir... tres confesiones que no son tales para los que me conocen al menos un poquito. Sin embargo voy a casi todos los lugares donde haya fiesta, amigos, cariño, música, 


NUEVA YORK (AP).- El legendario superhéroe de 66 años ha emprendido su última misión. El Capitán América murió hoy en el más reciente número de la tira cómica, reportó el New York Daily News . Un francotirador le disparó bajo su escudo mientras salía de un juzgado. El asesinato pone fin a la larga vida del personaje, creado en 1941. A través de los años se han vendido unos 210 millones de ejemplares de la historieta, publicada por Marvel Entertainment Inc., en 75 países. La muerte del personaje de 66 años resultó un golpe duro para uno de sus creadores,

No sé cuánto tiempo nos quedamos allí, enceguecidos por el sol que golpeba nuestras caras con la misma intensidad conque convertía el plano metálico de la mesa en un reflector incandescente. A pesar de lo difícil que parecía resultarle esta labor, mi amigo estaba empeñado en sopesar cuán derechista era el diario ABC. Yo lo había comprado por segunda vez en mi vida porque venía acompañado de una espléndida versión del Rigoleto verdiano -grabación de Deutsche Grammophon, con Carlo Bergonzi, Dietrich Fischer-Dieskau y Renata Scotto- por la módica suma de un (1) euro. La primera vez, tres años antes, quería saber cómo habían publicado dos dibujos míos en un suplemento a color ya desaparecido.
Aragón es una calle ancha y ruidosa con pocos árboles y demasiados negocios de cosas que no me interesan. No suelo transitarla nunca. Ayer sin embargo, un amigo y yo decidimos ir caminando por ella hasta el Paseo San Juan. Pensábamos desayunar en algún bar con terraza para poder gozar a pleno del sol primaveral que nos había tocado en suerte. Recién ahora, en estos últimos meses, puedo volver por alli. Durante años preferí no asomarme a ese calle, la de la casa que me alojó recién llegado a Barcelona. Demasiados recuerdos, demasiadas ausencias, demasiada nostalgia. El viejo edificio donde vivían Daniel y Marcelo fue sustituído hace unos años por otro más moderno. Supongo que aquellos espaciosos pisos de techos altos y amplios ventanales, se habrán convertido en una infinidad de apartamentos escuálidos con parqué flotante de falsa madera, mesadas de fórmica brillante y luces alógenas de todo a cien.
Hace un momento, carteándome con
amo el buen cine americano ( si hace falta que dé nombres estoy dispuesto a hacerlo) y aunque también tengo en mi lista de pasiones algunos directores, actores y películas de otras procedencias, soy algo reacio a ver según qué cine considerado "de calidad". Me gusta la síntesis del cine estadounidense, su uso del montaje, su maestría para contar sin aburrir ni subestimar al espectador. Para cine literario, prefiero la literatura, para cine de tesis, los ensayos literarios. El cine de pantalla, el dirigido al gran público, es un arte que requiere lenguajes específicos. La misma película pasada a soporte video o cedé se convierte en un producto diferente, más cercano al libro. Puedo acelerar o detener, pasar capítulo o repetir una escena, un diálogo, una imagen, hasta que mis neuronas se queden satisfechas.
