jueves, agosto 23, 2007

le pendu

Paseando por la red con el refrescante sonido de la lluvia como música de fondo, me encuentro con una página que se llama El Arte del Tarot. En mi ahora ya muy lejano exilio de Argentina, viajé desde Buenos Aires a Madrid junto a mi amiga Leonor Alazraki. Experta en ángeles y sensible tiradora de cartas, es hoy la quiromántica más seria y reconocida de todas las de este país, por aquella época, mediado de los setenta, tan poco afecto a los usos y doctrinas esotéricas. Fue ella, Leonor, la que consiguió unos pasajes a precio de liquidación -un charter, se decía por entonces- en una compañía de viajes que se llamaba, con descarada redundancia, Longueira y Longueira. El vuelo era para gallegos emigrados que volvían a su tierra, y aunque a un Bertini y a una Alazraki se les hace harto difícil legitimar raíces celtibéricas, Leonor nos deslumbró una vez más con sus capacidades mágicas consiguiendo cuatro pasajes de ida y vuelta al precio de uno solo de línea regular. Resultaban tan baratos que pensábamos que nos estaba haciendo una broma. Como además de maga era, es, bastante testaruda, se tomó el trabajo de convencernos de que los tiempos por venir serían muy crueles y era mejor emprender el vuelo hacia estaciones más acogedoras. No hacía falta ser bruja para pronosticar al horror instalado en tierras argentinas, pero a veces, cuando las (e)videncias son demasiado dolorosas, elegimos la ceguera como forma de escape. Nosotros optamos por creerle y dijimos que sí, que viajábamos con ella. Recién cuando estuve arriba del avión caí en la cuenta: llegaríamos a Madrid un 28 de diciembre, el mismísimo dia de los Santos Inocentes. Aquella inocentada, si es que en realidad lo fue, ha durado un buen montón de años, aunque contarla entera me llevaría mucho más espacio.
Tal vez por todo esto, cuando esta misma mañana tropecé -¿es que acaso no se pueden tener tropiezos virtuales?- con la página del Arte del Tarot, pensé "¡vaya, qué divertido!". Era una forma como cualquier otra de quitarle trascendencia al asunto, aunque de inmediato me puse a buscar con cierta irreprimible ansiedad un espacio para tiradas personales. Lo encontré por supuesto, aunque con un cartel que anunciaba: este apartado permanecerá cerrado por vacaciones desde el 20 de agosto hasta el 18 de septiembre. ¿Es que los oráculos también pueden/quieren tomarse vacaciones? ¿Durante un mes entero nuestro destino derivará a su antojo, sin nadie dispuesto a predecirlo? Recordé de inmediato un mensaje de los teléfonos públicos argentinos, propiedad de la ubicua Telefónica Española, allá por el año 93 del siglo pasado. Cuando el número al que llamabas estaba comunicando, una voz de mujer cálida, sensual, casi empalagosa, te decía muy ufana: El destino que usted quiere alcanzar permanece inaccesible. Reconozco haber dado un respingo. ¿Había viajado otra vez hasta allí para que una señora desconocida me soltara semejante oráculo sin que yo se lo pidiera? ¿Cómo se atrevía a darme una noticia tan desalentadora sin ningún preaviso, en medio de una plaza desolada y a cambio de un infame cospel de vaya a saber qué bastarda aleación metálica? Seamos serios. Jamás podré aceptar que una compañía telefónica me lea el futuro. Mi amiga Leonor hacía, y todavía sigue haciendo, sus inspiradoras, poéticas, certeras tiradas, exclusivamente a pedido, en un despacho de lo más acogedor y sirviéndose de cartas marsellesas con ilustraciones medievales. Y en ellas un colgado no es un desagradable ruido en la oreja, sino un señor con colorido traje de bufón que pende por sus pies de la rama de un árbol.

martes, agosto 21, 2007

Septiemblo

Los meteorólogos de este país acaban de anunciar que podemos dar por acabado el verano. Mientras tanto, los noticieros de televisión entrevistan a los turistas nacionales en playas semidesiertas por las que se pasean con abrigo y paraguas como si de una calle de la antigua Inglaterra se tratara. Están descontentos. No saben muy bien si debieran echarle la culpa al gobierno, a la iglesia o a su propia suerte. Con los dioses nadie se atreve, no vaya a ser cosa que se ofendan y nos manden una calamidad mucho mayor. Sólo un señor de cara sonrosada y sonriente, madrileño visitante de las tan bellas como ensombrecidas playas gallegas, dice frente a las cámaras de Antena 3 algo que encuentro muy sensato: "Yo vine para remojarme. ¡Qué más da si el agua me llega por abajo o por arriba!". Perú tiembla, Jamaica y México se preparan para recibir vientos demoledores. Asia se inunda, obligando a que más de veinte, ¡20!, millones de personas busquen refugio fuera de sus casas. Por una vez ricos y pobres sufren al mismo tiempo los tan anunciados efectos del cambio climático. Con grandes diferencias, por supuesto. Unos lo pierden todo, incluídas sus vidas o las de sus seres más queridos. Los otros, apenas si se mojan los zapatos de Gucci o las deportivas de Nike, tienen que acortar sus tan anheladas vacaciones en el sudeste asiático o se ven obligados a cambiar Cancún por Miami, Bangkok por New York.
Septiemblo. Cuando se fueron ya estaban nerviosos, y eso que todavía no se habían tambaleado las Bolsas. Hasta antes de sus partidas el verano duraba todo agosto, las medusas no se paseaban por la costa y los tiburones decidían bañarse en playas más lejanas .
Septiemblo. Volverán sin haber descargado gran parte del malhumor que llevaban al irse: lo escupirán sobre tu cara. Harán rugir aún más los escapes de sus motos y automóviles, cerrarán con más fuerza las puertas de sus apartamentos, taconearán con más precisión sobre mi pobre cabeza atormentada de vecino intermedio. Sus hijos adolescentes no soportarán la frustración de un verano con tan poco sol y multiplicarán sus botellones multitudinarios, sus grafittis vandálicos, el volumen de sus modernos aparatos reproductores de sonido.
¿Qué nos espera, Santo Señor de los Poco Creyentes!
De verdad, septiemblo.
photo : Martin Parr

sábado, agosto 18, 2007

Tu nombre me sabe a...

No sólo las desgracias llegan de a pares. Poco después de colgar el último post sobre pornografía y subversión, desde la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, "Capital de las Américas", recibo una nota extraída de un periódico donde se cita al Secretario de Información Pública y Programas Especiales, Marcelo Falo.
Este señor bastante enjuto de nombre cacofónico y, según me dicen, mirar algo esquivo, tiene fama de "vivir encerrado en su despacho, sin acercarse al pueblo real y a sus problemas". En una ciudad, en todo un país, tan afecto al psicoanálisis, llevar ese apellido con soltura, airearlo desenfadadamente y sin el más mínimo complejo por calles, mitines y debates políticos de todo tipo, no debe ser tarea nada fácil. Su equipo de trabajo, por ejemplo, ¿podría considerarse fálico? Cada vez que alguien se refiere a la ausencia de falo, ¿piensa en este "hombre público" marchándose de forma definitiva; imagina su cara de rasgos afilados diciendo adiós, mientras ansía desesperada, obsesivamente, ocupar ese puesto vacante? En un futuro no muy lejano, ¿se hablará de estos años como los de "una etapa fálica" de la República Argentina? ¿Podría decirse que su elección para el cargo convierte al presidente Kirchner en un impulsor de la tan denostada y anacrónica falocracia? O por el contrario, siendo que, al menos según Lacan y sus discípulos, lenguaje y función fálica están tan intímamente ligados, ¿no es un señor Falo lo más apropiado para ocupar la Secretaría de Información?
Me gustaría detenerme en este tema hasta acabar con él, sin embargo, aunque es sábado, agosto y todo el mundo está de vacaciones, tengo que ocuparme de mis trabajos, esos que me permiten seguir con mis cuatro blogs, los que, como muchas otras cosas en la vida, dan un sinfín de satisfacciones pero ningún dinero.

jueves, agosto 16, 2007

Bruce (La)Bruce

Las habitaciones de los protagonistas están tapizadas con enormes fotos del Ché Guevara y de los dirigentes más mediáticos del "desaparecido" grupo guerrillero alemán Baader-Meinhof. Durante todo el film, a las imágenes de los actores (?), a sus coitos desenfrenados por pasillos, ascensores y baúles de automóvil, se superponen frases de Wilhem Reich, Marx y otros preclaros pensadores de los siglos pasados, más un buen número de grafiteras leyendas anónimas que incitan a la rebelión contra el fascismo, los burgueses y el sistema capitalista. "El sexo es revolucionario, la guerra es fascista", repite una y otra vez el personaje principal, una tal Gudrun sin más, única mujer de la banda y mesiánica guerrillera, que mientras cambia su melena renegrida a lo Louise Brooks por una peluca platinada de pelo largo en plan París Hillton, incita a la felación, la infidelidad y la sodomía entre los miembros (ejem!) varoniles (ejem!) de su grupo, ya que según ella "la heterosexualidad es reaccionaria y capitalista, la homosexualidad moderna y revolucionaria". Sus adeptos no hacen ascos a las prédicas de la tal Gudrun, dedicándose más o menos alegremente a investigar en los terrenos propuestos por su líder. Los Bad Guys se convierten en Bad Gays y los Good Fellas en Good Fellatios.
No puedo recomendar la visión de esta película, no me atrevo. Quizás pueda herir la sensibilidad de alguno de vosotros, aunque seguramente se trataría de alguien que no lee periódicos, ni escucha radio, ni ve televisión...Y que tampoco sale nunca a la calle. O lo hace, pero bien munido de tapones para los oídos, anteojeras de caballo y el célebre emergency poncho contra agresiones exteriores.
Para los más arriesgados -imparables jinetes del asfalto, infatigables aventureros del celuloide-, adjunto los datos necesarios para que puedan bajarla de la red. La peli se llama The Raspberry Reich y está dirigida por un canadiense de nombre Bruce Labruce, tan poco pretencioso como para autodefinirse "un simple director de cine porno". Le doy cabida aquí porque ya está bien de tanto Tanatos: se hace necesaria la presencia del señor Eros (¡los otros dioses lo mantengan en su espléndida madurez!) ya sea que cante en italiano, en spanish o decida quedarse bien calladito para siempre. Y a los que necesiten excusas cultas para permitirse verla, les digo que desde el 2004, año de su estreno, este film ha pasado con bastante éxito por Sundance, la Berlinale y el Seattle International Film Festival.

martes, agosto 14, 2007

Tormenta(s)

El cielo cruje, crepita, se resquebraja sobre mi cabeza hasta caer finalmente hecho trizas de agua, y yo, tirado sobre la cama, mareado de alegría, convertido en raíz de árbol callejero, en rama de acacia, en hoja de olivo o en rizoma de helecho, recuerdo una canción de otra época. Decía: "toda mía la ciudad, un desierto que conozco", y la cantaba Tormenta, la respuesta argentina a las divas europeas de los setenta. Hablaba de una Buenos Aires semidesierta en los días de verano. En estos momentos el ensanche barcelonés podría tener el mismo fondo sonoro, y yo, moi-même, parecidos sentimientos.
photo : el inmenso Gene Kelly baila bajo la lluvia

sábado, agosto 11, 2007

gOOd news!

"La duda me corroe", solía decir un personaje radiofónico de mi infancia. Como un Allien algo retardado, esa frase ha ido creciendo silenciosamente en mí durante todos estos años hasta aparecer esta semana en forma de gigantesco cartel luminoso, haciéndome casi imposible escribir este post. Y he dicho casi, porque aquí estoy, intentándolo por sexta o séptima vez, ¿ves?
Es que hace unos días me enteré que Mil orillas, a quien sólo conozco virtualmente y desde hace muy poco tiempo, me ha otorgado un premio bloguero (el que se exhibe aquí arriba). Al hacerlo ha escrito que se lo daba a Cacho de pan porque "sus post me dejan risas y muecas, porque es dulce y ácido como una buena fruta y porque olvidó milanesas y café en un tren".
Después de agradecer y aceptar este amistoso premio -cosa que estoy haciendo en este mismo momento- me veo obligado a otorgarlo a otros cinco blogs que me hagan pensar. Y es aquí donde la duda me corroe, así que dejaré pasar un tiempo prudencial para pensármelo muy mucho.
Como las oes de good, las buenas noticias han sido al menos dos. La segunda es que el próximo 3 de septiembre, el actor Patricio Contreras leerá algunos de mis poemas en la Biblioteca Nacional Argentina. Será en unas jornadas que organiza el escritor y dibujante Alejandro Margulis para la Editorial Ayesha de Buenos Aires.

miércoles, agosto 08, 2007

Un verano con Bergman


Mientras me reponía en el cada día más abarrotado Cadaqués de mi herida virtual -el láser no deja marcas exteriores de ningún tipo-, iba enterándome por los diversos medios (in)formativos de la desaparición de algunos seres muy queridos. Estimats, dirían los catalanes, y en este caso específico el término sería mucho más preciso para describir mi sentimiento hacia ellos. Ilustres y conocidos todos, personajes cinematográficos de los que frecuenté, gocé, devoré su obra, pero a los que jamás tuve cerca. Imágenes de papel, tinta y celuloide; sin aliento, humores ni auténtica y cercana piel. "El roce hace el cariño", decimos por aquí: con ellos sólo me fue dado admirarlos como artistas, dejarme invadir por la penetrante agudeza de su mirada, por su refinada sensibilidad, por su inteligencia y sabiduría.
De estas tres últimas muertes, Ingmar Bergman, Michel Sarrault, Michelángelo Antonioni, todas muy sentidas, la del prolífico realizador sueco fue la que removió en mí sentimientos más profundos. Gritos y susurros, Fanny y Alexander, Noche de circo, Un verano con Monika, Cara a cara, Juegos de verano, El huevo de la serpiente, marcaron momentos de mi vida, pusieron imágenes y palabras a muchos de mis temores y pesadillas. Durante años solía dormirme inevitablemente en la misma secuencia de Fresas salvajes. Finalmente, cuando logré verla completa, entendí que no podía soportar la escena en la que el viejo profesor se sueña compareciendo ante un jurado de parientes, amantes y conocidos decididos a enjuiciar su vida. Eran mis propios fantasmas, no el cansancio, la falta de interés o el aburrimiento, lo que cerraba mis ojos.
Recuerdo haber "conocido" a Bergman a través de un ciclo sobre su obra en el desaparecido cine Lorraine de la ciudad de Buenos Aires. Fue durante un febrero tórrido, y aquel local relativamente pequeño -comparado con los minicines actuales no lo sería tanto- carecía de refrigeración. Sólo dos ruidosos ventiladores giratorios ubicados a los costados de la pantalla intentaban hacer menos bochornoso el clima de la sala. Por aquella época aún no tenía los años necesarios para contemplar aquel mundo supuestamente pecaminoso, reservado exclusivamente a los mayores de edad, así que al calor del verano se unía el stress que me producía, noche tras noche, no saber si podría atravesar la barrera con forma de acomodador uniformado que bloqueaba la puerta. Para lograr introducirme en ese santuario del Arte Cinematográfico Universal -sí, así, con mayúsculas- yo impostaba la voz, caminaba con lo que imaginaba un paso decidido, me vestía de forma supuestamente adulta. Visto desde mi presente, encuentro increíble tanto esfuerzo. ¿Cómo podía ser tan insensato? ¿Qué pensaría aquel tipo con librea verde de mí? ¿Le resultaría infantil, tierno o simplemente estúpido? Seguramente ni me prestaba atención, preocupado porque el local se llenara de otros seres tan extraños como yo, más interesados por internarse en los "intrincados laberintos del alma humana" que en pasearse por cualquier ciudad costera luciendo su recién adquirido bronceado veraniego. Mis vacaciones dependían de mi familia, y mi familia, mi madre en realidad, acostumbraba vacacionar visitando a la suya en ese pueblo de la provincia de Corrientes donde había nacido y vivido hasta que se marchó, ya con novio formal, para la tan sobredimensionada Capital de la República. A partir de los catorce años me negué a seguirla. A fuerza de interminables discusiones, pequeñas mentiras y argumentos irrefutables, logré que confiaran en mí dejándome al cuidado de la casa paterna. Esto me permitía gozar de una pequeña entrada de dinero para viandas y gastos generales que gastaba con necesaria prudencia en cines y pizzerías de esa emblemática, céntrica y siempre insomne calle que, vaya casualidad, se llama también Corrientes. Recién ahora tomo conciencia de que al rechazar la protectora Corrientes materna estaba eligiendo otro curso, otra corriente para mi vida. Me estaba convirtiendo en un ser autónomo, maduro, independiente.
En mis particulares vacaciones de verano, los ciclos sobre Hitchcock, Bergman o el cine francés "de qualité" -René Clair, Cayatte, Albert Lamorisse, Renoir, Bresson, Clouzot, Jean Vigo, Duvivier, Becker- se mezclaban placenteramente con algunos clásicos gastronómicos nada despreciables: las porciones de "muzzarella con fainá" o las de la algo menos popular pero igualmente apetitosa "especial de espinacas con salsa blanca" que solía zamparme de pie, antes de entrar al cine, en la muy cercana pizzería Güerrin.
Por aquellos días yo era un chico solitario que no quería serlo. Había abandonado a los amigos de la infancia sin encontrar otros más consonantes con mis inquietudes de adolescente. Me arrastraba al Lorraine mi amor por el cine, aunque también la secreta esperanza de encontrar almas gemelas con las que intercambiar opiniones sobre el mundo y la vida. No me resultó nada fácil lograr todo aquello, así que solía volver a casa descaminando lentamente las más de veinte calles que la separaban del cine, mientras dialogaba en silencio con el flaco Bergman, ese amigo desprovisto de carne y de hueso, ese maldito sueco que me llenaba la cabeza de preguntas complicadas sin concederme jamás la gracia de una simplista, superficial, fácil respuesta.
photo : Victor Sjöstrom, Ingrid Thulin y Bibi Andersson en "Fresas salvajes".

domingo, julio 29, 2007

volviendo

uno de mis preferidos,
recreado por Beyoncé
que nos han dado tanto)

domingo, julio 22, 2007

EN DANZA

no quería dejar el anterior como último post
tampoco tenía ganas de escribir nada en especial
pero sin embargo quiero agradecer(les) los buenos augurios
y decirles que por mí,
sigo danzando
hasta mi regreso los dejo con Sylvie Guillem, un mostruo:

martes, julio 17, 2007

si tuviera que irme

Si tuviera que irme quisiera que me piensen al menos unos minutos, callada y sosegadamente. Que recorran con los ojos todo lo que fue mi pequeño mundo doméstico, los altares privados de mi vida cotidiana. No creo haber logrado mucho, pero tal vez haya sido demasiado teniendo en cuenta que tampoco ambicioné nada en especial, salvo vivir tranquilo, ser feliz, rodearme de las personas y las cosas amadas. Supe desde siempre que era necesario elegir y hacerlo a cada instante; sin prejuicios, carnal y apasionadamente. Ante la violencia elegí la suavidad, pero no me atemoricé si era necesario defenderse. Nunca fui adicto al vértigo, a la velocidad, al desenfreno. Necesito tiempo para madurar las cosas, necesito tiempo para cuidar de lo que amo -mi pareja, mis animales, mis plantas, mis amigos- y he intentado no vender minutos de mi vida más allá de lo estrictamente necesario. Siempre me gustó gustar. Nunca seduje por el banal, egocéntrico, impío, estúpido placer de hacerlo. He luchado por lo que me interesaba, sin embargo estoy casi seguro de no haber sido jamás artero, traidor o desalmado. He sido, soy, muy crítico; cómo no reconocerlo, si acostumbro serlo conmigo de forma constante. Supongo que también fuí, más de una vez, injusto. Para mi descargo diré que he intentado con verdadero ahínco ser precisamente lo contrario. A veces pienso que viví más de una vida, tan largo se hace el camino recorrido. He aprendido hablando(me) y he cantado sin saber cantar. Alguna gente, no necesariamente amiga, (me) ha dicho cosas que marcaron mi existencia. He reído mucho y he bailado con todas mis fuerzas, en profundidad y hasta el agotamiento. También lo he llorado todo, como recomendaba uno de mis más constantes maestros de vida, Oliverio Girondo. Nunca comprendí algunas pérdidas, pero tuve que acostumbrarme a vivir, ¡vaya sarcasmo!, con ellas como compañeras.
Sigo sin creerme que esto sea todo, aunque por momentos piense que ha sido demasiado.
photo de Lartigue

domingo, julio 15, 2007

Banda sonora

¿Qué banda sonora tendrá la película que está rodando Woody Allen en Barcelona? Me lo pregunto porque hace varios días que distintas zonas del barrio donde vivo están colapsadas por sus huestes filmadoras, decididas a utilizar como localización algunos de los lugares emblemáticos del Ensanche/Eixample barcelonés. Y ahora ya no hay bromas, equivocaciones ni extras del inserso, como en otro reciente post de este mismo blog (Very Welcome, Mr. Allen). Les cuento. El jueves salí a media mañana para comprarme de urgencia una silla "comme il faut", cosa de poder trabajar en el ordenador sin que se me desintegre la columna vertebral. Llevo casi un año con una de muy buen aspecto pero nada ergonómica y los resultados están haciéndose notar en toda mi estructura ósea. El día era precioso, con un cielo relativamente claro y una brisa que hacía soportable la potencia abrasadora del sol mañanero. Doblé por Rambla Catalunya, y allí mismo, entre Aragón y Consejo de Ciento, estaba don Woody con su cara amarga de siempre bajo el sombrerito de turista maduro que suele usar cuando dirige o simplemente turistea. Pensé en cómo me hubiera emocionado esta misma situación hace unos cuantos años, cuando todavía pensaba que W.A. era un director independiente. Había vallas ¿amarillas? para acordonar la zona, guardias urbanos desviando a los que querían acercarse demasiado y un montón de gente con cámaras digitales que pretendían tener "su" propia foto del director neoyorkino. Cerca de don Allen esperaba un señor bastante parecido a él y vestido casi exactamente igual. "Debe ser su doble", pensé, aunque el peso de la copia prácticamente doblaba la del original. Sobre la zona de filmación habían desplegado unos toldos blancos similares a los de la calle Sierpes de Sevilla y un enorme camión, totalmente abierto por un costado como un kiosco de feria, cubría las necesidades gastronómicas del equipo. Al verlo me surgió otra pregunta: "Si comen tanto, ¿cómo hacen para conservar la línea?" En fin, que no me quedé allí mucho más de diez minutos. Los necesarios para que si algún día veo la película terminada no me arrepienta por haber dado la espalda a un hecho tan trascendental como este. ¿O es que acaso esta brillante comedia de reparto multiestelar será sólo la primera de una larga serie de producciones internacionales que tendrán como escenario la cada día más turística ciudad de Barcelona? El film debe ser muy interesante porque antes de verlo ya me acosan un sinfín de incógnitas. Ahora mismo, dos días después de lo que cuento, se me ocurre pensar qué banda sonora llevará la película del talentoso director estadounidense. Porque son las cuatro de la mañana y bandas de jóvenes (de clase media, de ambos sexos, propios del país) cantan insultan y (se) gritan porque sí, mientras el camión de la basura desgrana una sinfonía de sonidos tan Wagnerianos como para despertar los deseos invasores de nuestro ahora cercano Woody Allen, y un aguerrido ejército de motos con caños de escape amplificados se añaden al bélico concierto con vigoroso empeño. ¿Sonará así la película del autor de "Match point"? ¿O preferirá las melodías matutinas, con el mismo coral motorizado de la noche uniéndose a los diferentes, variados, diversos sonidos, siempre igual de machacantes, de las numerosísimas obras públicas y privadas que nos circundan, una auténtica superproducción catastrofista, decidida a convertir esta tranquila ciudad provincial en un escenográfico e inhabitable set cinematográfico?
photo : autorretrato chanel por bertini

miércoles, julio 11, 2007

tránsitos

Los veranos de mi infancia no solían resultar felices. Al aburrimiento y la monotonía de mis largos días de niño solitario, prefería la escuela, con su diversidad de gente y la obligatoriedad del horario, los recreos y las clases. Además, casi todos los veranos estaba obligado a viajar centenares de kilómetros sobre trenes algo desvencijados con duros asientos de madera, para visitar a mi abuela argentina, una mujer agria y dictatorial que para hacer honor a su nombre, Concepción, había parido ocho criaturas, entre ellas mi madre. Esta mujer robusta y de piel agrietada a la que yo nunca añoré, ni quise, ni temí, poseía un sentido de la disciplina de inspiración medieval. Cuando sus pequeñas, -creo que debo usar el femenino, ya que tuvo siete niñas y un único hijo varón, el último, cuya obcecada búsqueda había causado las otras siete (a)pariciones-, cuando esas pequeñas, repito, tenían la osadía de cometer alguna travesura, Doña Conce, mi abuela, acostumbraba atarlas con sábanas viejas a los troncos de los árboles, lo suficientemente inmovilizadas como para "que se las comieran las hormigas", un destino seguro de haberse prolongado el castigo más allá de los veinte o treinta minutos que la abuela solía fijarse como límite. Creo que de esta infancia sometida, a la que supongo nutrida de acusaciones y denuncias fraternas, surgió el afecto desconfiado, lleno de trampas y engaños, que se tuvieron mis tías de mayores, así como el excluyente rechazo que siempre sufrió de parte de todas las otras la hermana más grande, esforzada lugarteniente de su madre en la aplicación de esos atemorizadores castigos.
De aquellos obligados traslados veraniegos, larguísimos y poco cómodos, conservo alguna que otra imagen imborrable. También más de una sensación que no se ha vuelto a repetir jamás. Entre las primeras está la cara sonriente de mi madre, rejuvenecida por la posibilidad de un reencuentro que siempre, finalmente, la dejaba insatisfecha. También sus vestidos ligeros, de estampados florales sobre colores claros, y sus carteras amplísimas, auténticos baúles sin fondo de donde sacaba caramelos, bombones y bocadillos de milanesa con el pan siempre tierno, acompañado a veces de un leve aroma a su perfume preferido: el Maderas de Oriente de la firma Myrurgia. Para lograr una cierta complicidad amistosa durante aquel viaje que yo detestaba hacer, mi madre solía comprarme las carísimas revistas mexicanas que habitualmente me negaba, así que en mi recuerdo, aquellas publicaciones de cubiertas brillantes ilustradas con el Super Ratón, la pequeña Lulú, Mandrake el mago o Batman y Robin, aparecen como un atractivo mundo real de colores planos y vibrantes donde sucedían un montón de cosas divertidas, algo diametralmente opuesto a la monótona planicie escasamente arbolada que se veía a través de las enormes y nunca demasiado herméticas ventanillas del traqueteante tren.
También conservo de esos largos viajes la memoria de dos o tres sabores que he ansiado, sin ningún éxito, reencontrar en mi vida. Uno es el del café con leche, tan sabroso como aguado, que tomábamos a la hora del desayuno en la cafetería del tren, un amplio lugar de asientos enfrentados, con pasamanos de bronce, manteles de algodón blanco y una vajilla de loza gruesa con una inscripción en azul, "Ferrocarriles del Estado", que siempre estaba amenazando caerse de las mesas. Otro sabor que no he vuelto a encontrar en ningún lugar del mundo es el de las naranjadas que vendían los quioscos de las estaciones por las que pasábamos, un brebaje muy dulce, algo áspero y con ligero gusto a cáscara.
Habituado a mi casa bonaerense, con amplios balcones sobre la céntrica, ancha y muy transitada Avenida Rivadavia, la casa de mi abuela en medio de la nada se me antojaba como un lugar inhabitable, el último resguardo posible antes de la última frontera; un mojón que anunciaba la cercanía de ese límite final donde acababa nuestro acogedor, doméstico planeta Tierra y empezaba el desasosegante reino de lo desconocido. Sin embargo aquella casa de paredes blancas estaba rodeada de árboles enormes en los que cantaban pájaros que yo nunca antes había conocido, las habitaciones muy amplias, despojadas y frescas, olían a flores y a verdes diversos y el silencio sólo se rompía con el croar de las ranas de un estanque cercano o el delicado zumbido de un pequeño colibrí de plumas multicolores con reflejos acerados. Me negaba a ver todo aquello, tal vez porque intuía que allí, acechando como esos lobisones que tanto asustaban a mi abuela, estaría también mi destino.
A pesar de mi corta edad y de mi casi nula experiencia, no me equivocaba demasiado, ya que por allí deambulaba también el hasta entonces desconocido primo Ángel enarbolando su espada flamígera, dispuesto a cortar con precisión quirúrgica los últimos vestigios de mi infancia.
bso : tránsito cocomarola, ramona galarza; chamamés y litoraleñas.

sábado, julio 07, 2007

¡sorpresa!

Nadie podrá decir, ni tú mismo, que lo hayas buscado. Hace mucho tiempo que tus intereses van por otro camino, alejado de aquel que te causó tantas alegrías y no pocos sollozos. Siempre le echaste la culpa a tus novelas, donde habías destripado el amor y el sexo. Tu amor y Tu sexo, para ser más precisos, que en estos terrenos la generalizaciones pueden hacer que te hundas en un cenagal sin fondo. Ahora, hoy mismo, tendrás que echarle la culpa a las estaciones. O a ese "otro", que te saltó a la cara con toda su frescura; con su olor a pan fresco -¿nada es casual en esta vida?- y su palabra desatada. Anoche estuviste despierto un buen rato con los ojos fijos en alguna cosa que no veías ni te interesaba ver, su cara sonriente colgando del espacio como la materialización evanescente de un mentiroso mago de kermesse. Y esta mañana no te has afeitado. Comienzas a poner barreras, a pesar de que tienes ganas de romperlas todas.
Ahora mismo, mientras una canción que creías no recordar suena todo el tiempo como música de fondo, tu piel vuelve a ser ese abrigo que no te contiene.
(...Cuando el amor llega así de esta manera,
uno no se da ni cuenta,
el carutal reverdece y guamachito florece
y la soga se revienta.
Cuando el amor llega así de esta manera,
uno no tiene la culpa,
quererse no tiene horario ni fecha en el calendario
cuando las ganas se juntan.
El potro da tiempo al tiempo porque le sobra la edad,
caballo viejo no puede perder la flor que le dan
porque después de esta vida
no hay otra oportunidad...)
canción de Simón Díaz, autorretrato de bertini

jueves, julio 05, 2007

very welcome, Mr. Allen

Lo primero que oí fueron gritos. Un momento después, cuando ya estaba en la calle con chanclos, camiseta y pantalones cortos de andar por casa, me enteré de que no había habido ningún crimen. Según el empleado del parking de enfrente, sólo era que Woody Allen estaba filmando su esperada película en el hotel que está frente a casa, el mismo al que rebauticé "el tanatorio" porque tiene lámparas con pantallas de tul negro, unos floreros altos de metal plateado con orquídeas artificiales y bastante mármol marrón oscuro por todas partes. El edificio es muy noble, con buenos materiales y una más que correcta arquitectura pre-racionalista, aunque la decoración, tan pretenciosa como barata, le ha bajado unos cuantos puntos. Algunas veces, después del cine o de una cena en grupo, vamos allí con los amigos. Obviamos el aire algo entristecedor de la recepción y lo impersonal de los salones porque la atención es buena, los sillones muy cómodos y los precios más que razonables. Para la filmación de hoy habían puesto a la entrada un portero que nunca han tenido, vestido con librea verde engalonada de oro. Pensé que podrían dejarlo para siempre, ya que otorga al barrio en general y a esa esquina en particular una categoría que no suelen lucir. Las dependientas del local de fotocopias querían saber si Javier Bardem andaría por allí. "¡Y la Penélope!", exclamó la más mayor, una setentona a la que la historia de los géneros la trae sin cuidado. Tres enormes camiones más grandes que esos habituales de las empresas de mudanza ocupaban gran parte de la calle y un típico autobús turístico repleto de gente estaba estacionado a las puertas mismas del hotel. Me quedé unos quince minutos viendo como repetían una y otra vez la misma toma. Los que estaban en el autobús, vestidos de extranjeros de los sesenta en visita a Roma, muy en plan "esto no será un Fellini pero yo me marco un buen tanto imitándole el estilo", bajaban y subían del vehículo una y otra vez, aunque lo que de verdad importaba era que pasaran frente a la cámara con cara de "¡qué bonitou lugar!" e ingresaran en el establecimiento hotelero sorteando al portero de librea verde, que parecía estar puesto para entorpecerles el paso. Desde el lugar donde me encontraba era imposible verlo, pero casi podría asegurar que al cartel del frente le habían agregado una o dos estrellas. El camarero del bar de abajo de casa estaba muy nervioso: "¡Qué bueno, chaval! Imagínate la cantidad de gente que va a ver esta película! ¡Y en todo el mundo!". "Sí", le dije, "pero, ¿por qué eso te pone tan contento?". "Por la publicidad, hombre, por la publicidad. El hotel se llenará de gente y mucha de esa gente vendrá luego a comer aquí... Pura ley de probabilidades, ¿vale?" La encargada de la lavandería había cerrado el chiringuito nada más enterarse. "¡Qué feliz hubiera sido mi marido teniéndolo a Woody Allen al alcance de la mano! Voy a pedirle un autógrafo para llevárselo un día de estos al Clínico." Tampoco faltó la cajera más joven del Caprabo. "¡Qué mala suerte! ¡Justo hoy trabajo por la tarde, si no me quedaba aquí hasta que pudiera verlo!" No aclaró a quién, pero tal vez de puro prejuicioso pensé que ella también estaba refiriéndose a Javier Bardem. "¿Sos vecino, no? ¿Creés que necesitaran extras?", era un compatriota que me había reconocido el acento. "¡Soy un super fanático de Woody, soy! ¿Sabés si yego a salir en una peli de este tipo? ¡Mi vieja se muere! ¿Cuál de todos estos será el mandamás?" Eran demasiadas preguntas como para que esperara realmente una contestación. Ví cómo se abría paso entre la gente y llegaba hasta el lugar desde donde un tipito de barba parecía dirigir toda la movida. Un instante después lo perdí de vista.
A los pocos minutos estaba de vuelta. Se dirigió a mí, aunque tan indignado que ni siquiera parecía preocuparle que pudiera oírlo el resto de la gente que, como yo, estaba observando la filmación. "¿Me querés decir quién fué el boludo que buchó que esto era la película de Woody Allen? ¡Si estos giles están haciendo un spot de Barcelona Batega y los extras son todos jubilados del Inserso!"
Photo : me gustaría saber de quién es.

viernes, junio 29, 2007

Patentes y Peanas

El hombre pálido se introdujo en el austero edificio de piedra y mármol. Pasado el control de explosivos y superada la desazón que le había causado ver sus cosas más íntimas radiografiadas sin ningún pudor por aquel aparato entrometido, se acercó hasta un mostrador sobre el que colgaba un cartel de acrílico blanco con la leyenda "Registro de chiringuitos, paradas, quioscos, vendedores ambulantes, músicos callejeros y estatuas vivientes".
-Buenos días, señor- dijo mientras sonreía. Como su finado padre, un reconocido vendedor ambulante de productos de limpieza, siempre tuvo claro que la simpatía podía abrir todas las puertas.
-Buenas- contestó el funcionario con cara de no haber desayunado demasiado bien.
-Venía a gestionar un pedestal de estatua.
-Tendrá que decirme cuál cultiva usted, porque no sé si sabrá que no solemos repetir los temas.
-Soy un artista múltiple, señor, así que si tiene a bien decirme cuáles quedan libres...
El tipo de atrás del mostrador miró al hombre de piel lívida con un poco de sorna y un mucho de desprecio, mientras recordaba con auténtica furia el café con leche recalentado que le había servido su mujer aquella mañana.
-Como bien se imaginará usted, yo no voy a inventarle el trabajo. Si fuera inventor o algo parecido estaría tirado al sol en una playa de Levante, y no en esta desangelada oficina municipal, aguantando que la marimacho asquerosa que tengo como jefa me trate peor que a una fregona.
-Soldado de la tercera guerra mundial. Esa me gustaría hacer.
-Lamento decirle que ya la tenemos. Calle Pericolosi, esquina Náusica.
-¿Y el niño que llora?
-Imposible. Están los trillizos de la Plaza Dorrego.
-El hombre que hace pis.
-Un éxito absoluto en la Rambla de los Pajaritos.
-¿Y el que caga?
-Me parece que usted no es consciente de que se trata de una vía pública, paso obligado de visitantes y turistas de todo el mundo.
-Sería virtual...
-No podría bajarse los pantalones...
-Perdería todo el impacto. Imagínese, ¿cómo alguien va a evacuar sin bajarse los pantalones?
-Cosas más raras se han visto.
-¿Y si intento con una figura egipcia?
-Cleopatra, Marco Antonio, Osiris y Clitemnestra están adjudicados. Hay un perro que podría ser interesante, pero usted no da el tipo.
-¿Y si me inclino hacia un monumento muy conocido? La torre de Pisa, por ejemplo.
- Torre de Pisa, calle Montepío; Tureifel, calle de las Milagrosas; Puente de Bruklin, Cientouno y Berutti.
-También podría hacer alguna figura literaria o cinematográfica...El llano en llamas o Lo que el viento se llevó...
-La primera no se la puedo admitir: los bomberos me harían un escándalo por recargarlos de trabajo. Y en cuanto a la segunda... me huele a broma. El pedestal vacío, supongo, y usted tomándose cafecitos y leyendo el diario en el bar de la esquina. No cuela.
-¿Y de muerto de hambre? Me parece que estatua de muerto de hambre no hay ninguna.
-¡Señor mío! ¡Dígame para qué queremos estatuas como esa! ¿Usted ha visto todos los muertos de hambre que tenemos paseándose por la ciudad sin necesidad de otorgarles permisos ni paradas?
-¡Ya está! Si usted me permite... Creo que se me ha ocurrido una muy interesante. ¡De muerto de risa! Estoy seguro que a esa no la ha visto nunca.
-¿Muerto de risa?¿Cómo sería?
-Podría ser... Este... Bueno, la verdad no sé... Es que recién se me viene a la cabeza. Tendría que pensármelo un poco más... A ver...Yo mismo tirado en el suelo tal cual voy ahora, sin peana, aunque con los ojos cerrados y una gran sonrisa pintada en la cara.
-No sé qué decirle... Mire que usted está muy delgado... ¿Los transeúntes no se lo llevarán por delante?
-Estoy dispuesto a firmarle un descargo de responsabilidades.
-Bueno... si es así... Pero no se haga demasiadas ilusiones. Casi podría asegurarle que los de arriba se lo pondrán muy difícil.
-De cualquier manera prefiero intentarlo.
-Entonces tendrá que volver mañana. Atendemos de nueve a doce y estoy sobrepasando el horario en treinta segundos. No quiero problemas con el comité de empresa.
El hombre pálido dijo "gracias" y enseguida agregó "hasta mañana". El funcionario lo vió alejarse hacia la puerta, a paso lento y con la cabeza un poco más vencida que cuando había llegado. Apenas lo perdió de vista descolgó el teléfono y marcó un número que recordaba de memoria.
-¿Oriol? Se me ha ocurrido una idea muy buena para tu parada. Pasate por aquí lo antes posible. Ya verás... Te vas a morir de risa.
photo : dante bertini, sobre una escultura de igor mitoraj y con la participación especial de kylie minogue

martes, junio 26, 2007

Now, Voyager

¿Para qué pedir la luna cuando tenemos las estrellas?
(frase final de Bette Davis (Charlotte Vale) en La extraña pasajera)
photo : martin munkácsi

lunes, junio 25, 2007

entre sant(os) anda el fuego


¿Es que acaso estoy repipititiéndodome? Dos noche seguidas, viernes y sábado, fui al mismo cine -el Alexandra, único con coronita incorporada- a ver dos películas sobre cantantes famosos. Me habían gustado casi todas las historias anteriores de Gus Van Sant, así que parecía interesante ver que había hecho el re-creador de Psicosis con los últimos días (Last days) en la vida de Kurt Cobain, el líder de Nirvana y marido de la, más que avasallante, atropelladora Courtney Love.
Me aburrí hasta la inquietud, la desesperación, el hartazgo y el sueño más profundo (¡buena idea para mi amiga Isabel que no puede aparcar su insomnio!), todo ello por ese orden y en sólo una hora y media de espectación. Digo bien, "espectación", porque durante los noventa minutos de película -para ser justos habría que descontarle unos diez de cabezadas- me mantuve espectante, ansioso por ver en qué momento aparecía el genio de Van Sant dándome una buena excusa para tragarme el pesadísimo, indigerible resto. ¿Es válido retratar el vacío mostrando durante hora y media un agujero sin fondo? Supongo que sí, pero también es válido que los espectadores se duerman o se llenen hasta los mismísimos celuloides de mal humor y decidan que nunca más, y al cielo pongo por testigo, gastarán un montoncito de euros en Disgust Van Sant. Que un kilo de cerezas de primera calidad cuesta casi lo mismo y suele producir un inmenso caudal de endorfinas. Decididamente no puedo aguantarlo. Soy de los que creen que hay otros mundos pero están en éste
Al día siguiente, como nadie tuvo a bien invitarme a alguna popular Revetlla de Sant Joan, esas donde los mozos del pueblo intercambian alegremente pan, mujeres y gabanes -¡con el calor que hace!- entre estruendo de petardos y descorches de cava barato, repetí cine mayestático o de coronita, peli de cantante y compañía de amigos. Del grunge punk saltamos a la chanson francesa, de Kurt Cobain a Edith Piaf, del reviente tonto, aburrido, sin motivo aparente, a una historia tan melodramática que ningún autor en su sano juicio se atrevería a inventarla. La vie en rose es una película entretenidísima, de esas que ya no se hacen. ¿De culto? Debería serlo, aunque más no fuera por la actuación de Marion Cotillard, magnífica, reencarnada Piaf, y por la banda sonora con la voz y las canciones del auténtico "gorrión de París". Durante las dos horas y media de esta película hay de todo, mezclado y al por mayor, como en la vidriera de los cambalaches. A cosas así se las suele llamar con cierto desprecio "biopics". Como no sé qué crítica le sacó El País, tal vez al elogiarla estoy tirando a la basura el poco prestigio que me queda(ba). Pero entiéndanme: anoche fue San Juan y no se me ocurrió quemar de una vez y para siempre esta maldita manía de decir lo que pienso.
Posdata: en "Last days" hay una imagen casi final que de tanta molestia como me produjo preferí olvidarla. Una vez muerto el Kurt-y no creo estar develando que el asesino fue el mayordomo- el alma se desprende, desnudita, del cadáver yacente, y, con decisión y sin mirar atrás, trepa una escalera hacia...¿el más allá?Decididamente no puedo aguantarlo. Soy de los que creen que hay otros mundos, pero están en éste.
photo : santa edith de los pajaritos retratada por ¿Brassai?

viernes, junio 22, 2007

la muerte en directo/death watch***


Hace muchísimos años -lo siento, pero muchas de mis historias fundacionales sucedieron hace más que mucho tiempo- fui un romántico enamorado de la revolución cubana. Con los años ese primer fuego inicial se fue apagando casi sin que me diera cuenta, y el señor aquel de boina y barba que nos iba a salvar a todos del infierno capitalista se convirtió en un anciano vengativo, gruñón y demasiado verborrágico. Por el camino quedó también, aunque por otras razones, un compatriota de buen ver e ideas algo extremadas que el tiempo convertió en poster de mercadillo; un producto de papel tan vendedor como la mismísima marilín o ese actor rebelde sin causa que se sentía un gigante al este del paraíso. Todo esto viene a que hoy, mientras tomaba mi desayuno cotidiano en la cafetería que más frecuento, me puse a leer el diario que ayer nomás se había declarado, repentina e inesperadamente, un sponsor más del sangriento sacrificio de los toros convertido en espectáculo público. Quería ver si alguno de sus lectores habituales comentaba el hecho. Me encontré conque lo hacía más de uno y en ningún caso apoyando el retorno de los matarifes a la ciudad que se había declarado pocos meses atrás "antitaurina". Parece que los "Herederos" no se enteran, o no quieren enterarse, de lo que habían legislado sus mayores. Además de las cartas de los lectores condenando "la corrida de las estrellas" -¡cómo suena esto!- el diario dedicó dos páginas enteras a contarnos los beneficios que reportan los animales de compañía en los tratamientos de diversas disfunciones humanas. Una de cal y otra de arena. O una de torturas y otra de ternuras. ¿Deberíamos agradecerlo? Tal vez sí, viendo cómo está el patio. No era la única compensación. Dos páginas más allá nos contaban que un tal Javier o Jaime había decidido no descargar sus odios y frustraciones sobre el cuerpo de su esposa, haciéndolo esta vez sobre un cachorro de perra con nombre compuesto -juraría que se llama diana maría, como la del bikini en la playa, pero igual me están fallando las neuronas- a la que había arrojado por el hueco de la escalera cuatro pisos más abajo. Por suerte, y a pesar del empeño puesto por este tipo sin alma, apellido ni rostro, la cachorra -bellísima en la foto que acompaña la nota- sobrevivió al repentino ataque de furia de su "amo" y ahora está al cuidado de una protectora de animales. No siempre van a ganar los malvados, así que varios vecinos que presenciaron el suceso decidieron presentar cargos contra el improvisado lanzador de canes. Esperemos que también haya testigos para poner donde se debe a esa madre de nombre Rabia (¡!) que azotaba a su hija de diez años con un trozo de manguera. Sí, ya sé, algunos estarán preguntándose qué tendrá que ver la revolución cubana con todo esto. Pues para mí lo tiene, ya que en el mismo diario había un artículo sobre la muerte a los setenta y siete años de Vilma Espín, "exposa" de Raúl Castro. Allí se nos cuenta que esta mujer de clase acomodada que decidió ponerse la boina y el traje de fajina para, según dijera, defender los derechos de los desposeídos, ha dejado una hija de nombre Mariela que se encarga de que los homosexuales puedan ser tratados al fin como personas. Aunque sea un poco tarde para muchos de ellos -de estar vivos, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas podrían decir bastante al respecto- hay que alegrarse por este avance que concierne a toda la especie humana. Lástima: para que así sea ha tenido que pasar tanto tiempo como el que va de un retrato a otro de estos (arriba) de la ahora difunta señora Vilma Espín Guillois. ¿Deberán esos pobres toros usados para la lidia sufrir otros cincuenta años? ¿Deberemos mientras tanto acostumbrarnos a la visión de la muerte y la tortura como fascinante espectáculo de masas, tal cual propone un desbocado comentarista anónimo en mi post anterior?

lunes, junio 18, 2007

¡Astados!

Una tercera parte de la primera página del diario La Vanguardia de hoy está cubierta por una foto del torero José Tomás saliendo en andas de La Monumental. Quizá porque escapé de un país donde se torturaba de forma sistemática y treinta años después los gritos de aquellas víctimas siguen resonando en mi corazón de la misma manera que multiplican su eco por las calles y plazas de las ciudades que acogieron tanta ignominia, esto de que casi 20.000 forofos de las carnicerías (de)muestren en un lugar público su apetito por las entrañas derramadas, su dentado regocijo frente al dolor y la muerte, me llena de vergüenza y estupor (aunque de tuya nada; esta por es absoluta y totalmente mía). Puedo entender que La Vanguardia, que casi con seguridad tendrá una redacción mayoritariamente culé, prefiera hablar de toros y no de fútbol, sin embargo me duele que este diario, al que hasta ayer mismo respetaba más que a ningún otro, apoye y difunda una práctica brutal que algunos creíamos en vías de extinción. Juan Soto Viñolo, "vanguardista" comentador de esta corrida con mucha sangre y poco semen -¿o tal vez me equivoco?-, cree ver un pas de deux a la Balanchine en este acto de vandalismo comercial disfrazado de evento artístico. Para ello se vale de frases como "Enhiesto como una columna de Bernini" -el torero, se supone-, o "Cayetano (el otro siniestro de la tarde, acoto yo) utilizó buriles, pinceles y engaños rojos para demostrar que la tauromaquia es un arte evanescente". Lo de la columna no se lo discuto, allá él con sus alucinaciones, pero alguien debería decirle que de pinceles y buriles nada: lo que usan estos señores son espadas y picas, y al engaño rojo, al menos en mi barrio, lo llamamos simplemente sangre. Para dar más lustre a este acto litúrgico con oficiantes enfundados en ceñidos hábitos de raso y oro, un buen puñado de famosos hicieron ver sus narices, cargadas de vaya a saber qué delicadas y carísimas sustancias aromáticas, por las abarrotadas gradas del coso. Estaban allí algunos sensibles poetas y cantautores ( Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina), que dada la actual reedición de sus discos en plan fascículo kiosquero necesitan un poco de promoción mediática; varios dorados personajes de la aristocracia "Holística", como la menguante duquesa de Alba -aparentemente repuesta de aquel encontronazo con los descontentos jornaleros de sus tierras-, compartiendo tendido con su hijo Jacobo, editor, y su nuera Inka, ex presentadora televisiva; Belén Ordóñez, de profesión "hermana de la célebre difunta"; actores, graciosos y entretenedores varios -Carlos Latre, Flotats, Boadella, Sancho Gracia, Pepe Sancho, "el mano suelta" y el radiofónico Carlos Herrera-, un acigarrado fotógrafo, Leopoldo Pomés (?), un espiritualista de televisión, Fernando Sánchez-Dragó, dos comentaristas políticos, Javier Pradera y Miguel Ángel Aguilar, cuatro eurodiputados (!!!), Luis de Grandes, Aleix Vidal Quadras, Pilar Ayuso y Pilar del Castillo, más unos cuantos políticos locales con poco pudor y menos votos. No faltaron los personajes del glamour social barcelonés: el olímpico Samaranch, el diseñador de moda para inmigrantes sin papeles, Toni Miró, el apuesto arquitecto -asociado por años a un promotor inmobiliario y ex presidente barcelonista- Óscar Tusquets, y entre otros que ni quiero nombrar, el poeta Pere Gimferrer y el otrora director del Festival Grec, el becaviajero Borja Sitjà. Parece que en varios momentos este público tan lustroso se puso en pie para gritar ¡Torero! Es que además de guapos e inteligentes tienen buenas intenciones: no quieren que pensemos que los que están allí, cortajeando astados, desangrándolos públicamente hasta la muerte, son apuestos matarifes con modales de bailarín flamenco.

martes, junio 12, 2007

l'esprit vacances


Llego de la calle algo acalorado. El cielo está tan azul, los árboles tan verdes, la gente tan suelta de cuerpo y tan ligera de ropa, que cuando en un kiosco del Paseo de Gracia veo la portada de la revista Côté Sud con mucho azul mediterráneo y este título, l'esprit vacances, flotando sobre el agua como si fuera un balandro de bambú y papel -la idílica imagen de un sueño- no puedo dejar de pensar que quizá no sea éste el lugar donde debiera estar ahora. Me pasa siempre que el verano estalla. Empiezo a sentir cómo crece en mí una inquietud muy especial, un mal de espíritu que no tiene nada que ver con la angustia, la depresión o el hastío. Es como si el alma me quedara grande o el cuerpo hubiera encogido y ya no pudiera contenerla. Pienso en Ibiza, por supuesto. En días como este nos largábamos a la playa de Es Cavallet cargados de desmesurados bocadillos recién hechos - crocante pan fresco con jamón del país, queso manchego y tomate maduro restregado-, un remix de frutas frescas de todos los colores, algún lungui hindú anudado alrededor de la cintura y la tan insoslayable como tonificante compañía de nuestras propias juventudes en plena efervescencia. Y cuando hablo en plural no estoy refiriéndome a ninguna liaison en especial; en este caso el nosotros no encubre a una pareja específica, sino a un grupo bastante numeroso de gente muy diversa que parecía entonar la misma melodía. Lo cierto es que llegada cierta hora de la mañana, generalmente más allá del mezzo giorno, Jorge o yo cargábamos el capazo al hombro sin preguntarnos nada. Sabíamos que las posibilidades de ser feliz estaban junto al mar y los amigos, que aunque no lo fueran tanto servían para hacer olvidar nuestra por momentos desprotegida situación de inmigrantes recién llegados. Había que caminar bastante para llegar hasta el lugar donde solíamos reunirnos, sin cita previa por supuesto, con los habituales compañeros de sol y playa. Como en ese cafetín de tango donde se mezclaban sabiondos y suicidas, por aquellas arenas se paseaban un montón de personajes diversos sin un destino común, náufragos de un mismo barco con forma de país lejano. Por allí andaban Tina Noguera, la desmesurada, y Néstor Quartino, el viejo, luciendo con la misma displicencia la sonrisa plácida de alguien que está donde realmente quiere estar y su imponente collar de corales y turquesas. Enrique Sturba, siempre algo pampeano, taciturno, descontento, y Massimo Gelli, un florentino que apuraba la vida como si fuera un refresco chutado en vena, eran nuestros amigos-vecinos más cercanos. Guillermo, Ivanna, Patricio, Robustiano y Rodolfo, imposible separar este duetto, Osvaldo, Xonia, Juan Antonio, uno de los pocos naturales de la tierra, aunque con alma de jardinero errante, Daniela H., la inmortal Tatiana, ojalá lo fuera, Diego, Alain, Alex, Pelito Gálvez, Sarita Bosch y "la Sarita", confundiéndonos los géneros, Florence, Lluisa, Andrea, unos fugaces Pichón y Diana, más decenas de otros que prefiero no recordar para que el alma no me duela tanto. En aquellos días de muchísimo sol y muy pocas palabras no aprendí filosofía, sino sencilla y simplemente a vivir en plenitud, despojándome de un buen montón de prejuicios y culpas.
No sé si Ibiza era una fiesta, pero casi podría asegurar que nosotros vivíamos como si lo fuera.
photo : la playa de es cavallet desde el aire

domingo, junio 10, 2007

Domenica de la corriente.

Después de un sábado complicado aunque con un final bastante relajado y amistoso, hoy ya es domingo. No hay nada extraño en este último hecho: suele suceder cada semana. Me levanto a las nueve, dedico un buen rato a la jardinería de apartamento (las plantas van ganado espacio a casi todo lo demás, que es mucho: parte de mi batalla particular contra unas autoridades más preocupadas en dividir para reinar que en plantar para reverdecer). Bastante antes de que den las doce salgo a tomar cafés con una amiga en el Hábaluc nuestro de casi cada día. Hablamos de perros, gatos, personas y árboles. Cuento las últimas novedades en la cada día más trepi-Dante guerra de la Azufaifa entablada por mi apreciada Zbelnu, a la que con absoluto atrevimiento y acertado humor (no tengo abuelas) he rebautizado como San Tita (Can) Cervera de la Bonnemaison. A los posibles difusores de gualichos les digo que lo hemos pasado bien sin exagerar, interesados por lo que nos contábamos aunque sin perder de vista, al menos yo, el variopinto paisaje urbano con su no menos variados especímenes. Entre los más interesantes estuvieron la siempre presurosa azafata de Jesus Christ Airlines, vestida en una gama de azules muy acorde con su ocupación virtual, y una señora mayor de acento murciano y peinado aventado hacia su derecha que llevaba sujeta con la obligatoria cuerda a una perrita caniche de nombre Dana. Según su dueña: "Con dos años es todavía virgen. Yo creo que tiene un problema psíquico... que en realidad es fóbica a los machos". Me atreví a preguntarle si eso a ella le resultaba satisfactorio. "¡Qué va!", contestó. "Yo quiero que lo pruebe todo, como hice yo cuando era joven".
Volví a casa pasando antes por el Palau Robert. En sus jardines hay una exposición homenaje a los diez años de la siempre interesante y muy cosmopolitizada Contra de La Vanguardia. Han reproducido las cabeceras propias de ese espacio del diario, con la foto de los entrevistados más mediáticos y alguna frase que sintetiza toda la entrevista, pero usando un criterio divulgativo realmente digno de mención: por si alguno de los transeúntes, en un alto porcentaje turistas extranjeros, desea enterarse de qué va la historia, los textos fueron traducidos exclusivamente al catalán.

Sigo mi camino por el Paseo de Gracia y al pasar por la calle Roselló instintivamente giro la cabeza para cerciorarme de que ningún vehículo despistado me pase por encima. En todo lo largo de la calle, desde donde estoy hasta la mismísima Rambla Catalunya, no han dejado un sólo árbol. Una muestra del paisaje ciudadano que algunos de nuestros alternativos dirigentes pretenden. Tendrán que mejorar los edificios, porque la caritativa labor encubridora de los antiguos, ya fenecidos, plátanos, ha dejado paso a la visión descarnada de más de un edificio "moderno", no Modernista, que debería avergonzar muy mucho a los desvergonzados arquitectos que los firma(ro)n.

Finalmente llego a casa,"...micaasaaa...", y me encuentro con algunos mails de ese mundo exterior al que muchos de nuestros preclaros próceres actuales parecen no querer asomarse. Desde Australia, una siempre cariñosa Martha Herrera me envía fotos de las inundaciones que devastan actualmente una parte considerable de su país de adopción y la privan de luz eléctrica media hora de cada una. ¿Tendremos tiempo de fabricarnos un bote salvavidas?

martes, junio 05, 2007

gualicho!

Alguien lanzó la palabra mientras veíamos el amistoso partido de fútbol entre las selecciones de Argentina y Suiza. Empataron uno a uno. De ser una telenovela podría haberse llamado "Las amistades aburridas", para qué vamos a ocultarlo. Sin embargo allí estábamos todos, intentando apasionarnos, aunque ellos, los 22 del césped, no lo hacían. También nosotros nos sentíamos entre amigos; cebándonos sin mate, pero sí con choripanes a la brasa, ensaladas criollas -discutimos si además de tomate y lechuga llevaban o no cebolla sin llegar a ponernos de acuerdo: ¡cada hogar es un mundo!- y caseros budines de pan con pasas. De ser suizos habríamos comido otras cosas. Chocolate con leche, vaquitas azules, repostería fina, relojes de treinta euros. Y hablábamos mucho, como solemos hacer los argentinos. Asociando libremente, que por algo en aquel país los psicoanalistan crecen, y se multiplican, de forma más notable que las buenas intenciones. De pronto alguno de los presentes, refiriéndose a un tiro a puerta frustrado, lanzó al aire la palabra "gualicho". Hacía años que no la escuchaba, muchísimos. Para los que no la conocen, desde ya les digo que es inútil buscarla en el Diccionario de la Lengua porque no la recoge. (Me rectifico: está, aunque yo no la había encontrado. Ver comments.) Posiblemente sea de origen guaraní o quechua, rastros de un pasado indígena que los nativos de las pampas húmedas argentinas decidimos no tener. Entrando a Google encontré hoteles y cuevas que llevan ese nombre, pero no una definición coherente. Para que no se queden en ayunas, les acerco la que yo conozco: un gualicho es un encantamiento, una brujería. Se hace un gualicho para enamorar a alguien o simplemente para hacerle mal, y sé que más de un escéptico pensará que son la misma cosa. Lo engualichado del asunto es que después de décadas de no oír siquiera esta palabra, en sólo dos días la oí tres veces por boca de tres personas diferentes. Ahora la pongo aquí por dos razones: recordarla y darla a conocer a aquellos que no sabían de su existencia. Aunque también, lo confieso, es una forma de aventar posibles maleficios, ya que en estos días casi se inunda mi casa, se me aflojó un viejo implante dental pocas horas antes de una cita de importancia y los sangrientos terroristas de ETA anunciaron el fin de esa tregua criminal que nunca existió.
photo : elliot erwitt

viernes, junio 01, 2007

¡lo ganamos!

Ayer se entregaron en la sede de la FAD los Premios Junceda que concede la APIC (Asociación Profesional de Ilustradores de Cataluña).
Loser, flotando con pies de plomo estaba nominada por el excelente trabajo gráfico de Ed sobre un texto del que escribe este blog. Nos dieron el premio (una indudable alegría) y Ed, atento a mi pedido, dejó que me llevara a casa el elefantrofeo azul celeste (creación de Meritxell Durán). Él tiene otro que ganó el año pasado por El pulpo, con texto de Andreu Martin.
Ambos cómics fueron publicados por Bang ediciones en España y por Seis pieds sous terre en Francia.

jueves, mayo 31, 2007

emergency poncho

Atacado por un virus primaveral de orden y limpieza (el mónica's simplex friendly), revuelvo cajones rebosantes de papelería variada. Como si de publicidad subliminal se tratara, tropiezo con la etiqueta de este otro diseño de refuge wear (ver post anterior) de claras connotaciones gauchescas, aunque producido en China por una empresa vasca con sede en Santa Ana de Bolueta.
¡Aleluya las colinas! Ya podemos sortear todo tipo de emergencias sin preocuparnos por los posibles resultados colaterales.

martes, mayo 29, 2007

refuge wear

Siguiendo los sanísimos consejos de la petite v, ayer por la tarde corrí hasta la esquina deportiva de Decatlon y Balmes a comprarme un traje de la diseñadora transvanguardista Lucy Orta. No son baratos, desde ya les digo, aunque vale la pena tener alguno en épocas tan inciertas como estas. El que suscribe, hombre afortunado, encontró uno que le iba bastante bien de sisa y tenía una rebaja considerable sobre el precio de salida. Fechado en 1994, parece que a muchísima gente le da un cierto yoquesé la cifra que aparece en el apartado suma cuando se contabilizan los años transcurridos desde la edición-hechura. Por suerte yo no tengo esa manía. Será porque mi madre política siempre pensó que el trece era su cifra de la buena fortuna y una noche de excesos y confesiones, a fines del siglo pasado, en una pequeña cala de Ibiza, en medio de una Fiesta de la Luna Nueva con Camiseta Mojada y Daikiris de ron jamaiquino, presos ambos de una desorientación cósmica, producto a su vez de un psicodélico viaje astral con escala en Saturno y aterrizaje forzoso en el chiringuito "GG" (glamour gay) de la playa de Es Cavallet (nadie se podrá quejar de toda la información que estoy dándole), logró convencerme de que era mucho mejor tenerlo como amigo, al trece, digo, dado que cada mes de cada año tiene algún día llamado así y a pesar de sus malos antecedentes a nadie se le ha ocurrido borrarlo del puesto que siempre ha ocupado entre el doce y el catorce.
Para simplificar: me compré el Pink Flamingo Refuge Wear de Lucy Orta 1994 en cómodas cuotas mensuales pagaderas a partir del próximo septiembre.
-¿Se lo envuelvo para regalo?-, me preguntó la vendedora con una sonrisa de lo más Kemphor.
Le dije que no era necesario, que prefería llevármelo puesto.
Más que aliviada, la simpática mujer me dió una serie de consejos para el cuidado del titanio cementado y yo salí de la tienda tan ufano como si me hubiera comprado unas gafas Armani de última generación.
No puedo decir que sea cómodo. Tengo alguna dificultad para doblar en las esquinas y la gente se enfada cuando rasguño sus piernas con los cantos algo afilados de los dobladillos inferiores. Lo bueno es que desde que me lo puse dejé de tragarme el polvo y oír el ruido de las obras que rodean mi barrio, mi manzana, mi casa, ya no escucho el escape libre de las motos tuneadas ni el claxon fácil de los conductores ansiosos, y, ¡auténtico gran alivio!, ni siquiera me entero de cómo los políticos se reparten a su gusto y sin el más mínimo pudor los pocos votos que han logrado extraer a sus electores, conciudadanos, súbditos.
ilustración : diseño de Lucy Orta

domingo, mayo 27, 2007

acentos

Hace unos días colgué en otro de mis blogs, amorimás, un post que se llama "pérdidas". Cada vez que entro para ver qué dicen los amigos en sus comentarios, pienso que sin el acento mi texto hablaría de otras cosas y la ilustración daría pié a extrañas interpretaciones. Doy gracias al idioma, a mi idioma, que me permite aproximarme a las cosas con la ilusión de que estoy nombrando aquello que quiero nombrar. Y el inconsciente que haga su trabajo. Para eso está, el muy artero.
ilustración : anónima, extraída de la web

viernes, mayo 25, 2007

un elefante en la cristalería

No se trata del Hombre Elefante de David Lynch, con aquellas deformidades físicas difíciles de soportar; un producto monstruoso de la naturaleza para el que los únicos ámbitos posibles parecían ser los laboratorios de investigación científica o un menos prestigiado, aunque más popular, tenderete de feria.
Los protagonistas de esta película son adolescentes americanos de clase media relativamente acomodada, estudiantes de un centro educativo amplio, limpio y aparentemente bien organizado.
Sin embargo se supone que hay que contar una historia de tintes dramáticos, sangrienta y sensacionalista: la matanza de Columbine, de la que se cumplieron 8 años el día 20 de abril pasado. Será el ojo de la cámara, sin narradores en off ni explicaciones accesorias de ningún tipo la que se ocupe de hacerlo. Hay diálogos, sí, pero en ningún momento se escuchan frases trascendentes o diálogos que intenten desenmarañar la psicología de los personajes. La cámara es poco más que una mirada sin conciencia que sigue muy de cerca a los protagonistas involuntarios de esta nueva tragedia americana, desencadenada por motivos aún más difusos que los de la obra de Dreiser. Convertida en un testigo tan curioso como invisible, la cámara de Gus Van Sant no tiene las pretensiones de un dios inaccesible dispuesto a repartir premios y castigos, bendiciones y culpas. Desde la misma dimensión humana de sus protagonistas, con la casi tangible proximidad de un semejante, los sigue por interminables pasillos, recorre aulas, comedores y bibliotecas y hasta se atreve a entrar en sus casas, en sus habitaciones privadas, en su intimidad, para mostrarnos que aquí no hay fenómenos de feria con apariencia monstruosa ni desdoblamientos de personalidad al estilo del Doctor Jeckill y Mister Hyde, sí tal vez tortuosos espíritus sin piedad, productos insensibles de una sociedad equivocada.
BSO : the cars
coup d'oeil : el toro de osborne sobre la t-shirt amarilla

domingo, mayo 20, 2007

de doctores y melancolías























Hoy ví por el canal Cosmopolitan algunos minutos de una nueva versión de Doctor Zhivago. Está fechada en el 2002 y en ella Keira Knightley demuestra tener más morros que la anterior Lara, esa actriz, también inglesa, llamada Julie Christie. Cuando estrenaron la larga película de David Lean en Argentina ya era el siglo pasado y el que escribe estaba más preocupado por Bergman y sus dudas metafísicas que por los amores de aquel abnegado House de las estepas rusas. Era muy jovencito yo. Tanto como para creer que las posibilidades de una vida útil ya habían acabado para mí y sólo restaba hundirse en el oprobio, la decadencia y la muerte. De allí lo del interés por aquel Ingmar sueco con sus dioses y demonios. Una amiga vitalista de algo menos de setenta años, Bebita Ferreira, mujer de exquisita cultura, mente abierta y dulcísimo trato, me obligó a ver la macropelícula de Lean. Era amiga del director, había asistido a su estreno neoyorkino y estaba convencida de que en aquel film había una lección de vida que su "Dante, mi amor", debía aprender. A pesar de ser un jovencito "airado", un típico "contestario" de la época, yo estaba fascinado por aquella mujer que hablaba un montón de idiomas extranjeros con la misma soltura de su lengua materna, conocía todos los movimientos y pensadores más avanzados y se preocupaba por mirar cómo caminaba la gente para poder dividirlos, por la flexibilidad o la rigidez de sus caderas, en "divinos" y "sexofóbicos". En esta segunda categoría tenía ubicada a Julie Christie, porque según ella "nadie que tenga la mandibula inferior tan rígida puede ser una buena amante". Me molestaba aquella opinión porque todos veíamos a la Julie como un "sex simbol" desprejuiciado y "swinging". "No se equivoque mi amor", insistía mi amiga, "la pobrecita es un típico producto de la educación inglesa, y si se lo digo es porque yo sufrí en carne propia esa educación castradora. Pero hágame caso: a pesar de ese lamentable error de casting, usted no puede perderse esta película". Por supuesto que fuí a verla, aunque a regañadientes. ¿No era una película esencialmente anticomunista? Me equivocaba otra vez. Pasaron varios años, y ya algo liberado de las influencias de mis compañeros bolcheviques del colegio, descubrí que el pobre Boris Pasternak, autor del libro original y Premio Nobel en 1958, se había muerto bastante triste, dos años después de que el gobierno de su país no le permitiera recoger este prestigioso premio, tan sueco como Bergman (¡vaya coincidencia!), por considerarlo fruto de una hábil maniobra política de la CIA estadounidense. En suma: un capítulo más, y de más que relativa importancia, en la larga y copiosa historia de la "guerra fría". Lo privado frente a lo público; las pequeñas historias íntimas enfrentándose a la arrasadora realidad social. Precisamente de cosas como esta habla la película que yo me negaba a ver. ¿A qué viene todo esto? No lo sé realmente, pero por estas fechas cumplía años mi queridísima amiga Bebita Ferreyra y en cada aniversario algún hecho tan casual como el pase de un nuevo o viejo film por televisión, hace que yo, habitualmente tan desmemoriado para los cumpleaños, la recuerde con especial melancolía y mucho, muchísimo agradecimiento.
BSO : Maurice Jarre
Photo : retrato de Boris Pasternak

martes, mayo 15, 2007

era esto?


Después de un día de migrañas no esperas nada bueno. O lo esperas, pero ni siquiera te atreves a desearlo. Te levantas temiendo lo peor, entonces sales de entre las sábanas arrugadas de esta noche inquieta, pesadillesca, de forma muy lenta y sosegada; sin alharacas, sin pretender hacerte el jovencito ese que todavía puede saltar alegremente de la misma cama que lo recibió varias horas atrás envuelto en sus achaques y dolores, negado pá la vida.
Y esta misma mañana tienes un cita que alguno podría llamar "de negocios": vas hablar de precios y trabajos, aunque resulta que tu interlocutor, que empezó siendo cliente, se ha ido convirtiendo poco a poco en un amigo. Pero mientras desayunas y cuelgas la colada y cepillas a tu gato, todo al mismo tiempo, suena el teléfono y una amiga te pide que tomes un café con ella, que necesita hablar contigo, así que sales un rato antes y la encuentras; y luego llega Jorge, y Ana con su perro Rasputín, y Marta con buenas noticias, y Matías con su portafolio para las entrevistas... La mesa de negocios se ha convertido en una distendida mesa de amigos y hasta el señor Hidalgo, que siempre está ocupado, se une un ratito a la fiesta. El marco no es nada despreciable: hay un sol que no achicharra, el cielo está azul y transparente, los árboles se ven muy verdes, mucha gente bella pasa por la calle y alguna hasta se aposenta cerca. Los chicos del café como siempre: cariñosos y abiertos. Me acerco hasta el quiosco de revistas y me encuentro el Ludwig de Visconti en su versión completa de cuatro horas emparejado con el Napoleón de Abel Gance en versión Scorsese, las dos por unos más que módicos diez euros.
Vuelvo a casa después del mediodía. La máquina de ordenar me espera. Trabajo sin descanso hasta que cae la tarde. La cabeza no me duele.
Tanto darle vueltas a la remanida palabrita y a veces la felicidad es algo tan sencillo y leve como todo esto.

sábado, mayo 12, 2007

Chou out

Chou vivía muy feliz en su país oriental, pero un día conoció a un extranjero que entre tango y mates la alzó de Pekín.
Chou aprendió otro idioma, otras costumbres.
Su boca, pequeña como una cereza, resultaba poco sensual en su nuevo país.
El Doctor Amílcar Aníbal Thordo-Bistourí, eminente cirujano plástico, tuvo a bien recomponerla de acuerdo a los cánones glamourosos actuales.
Ahora Chou se llama Chuchi y trabaja de azafata en un programa de televisión.
No sabemos si seguirá siendo feliz, pero al menos sonríe unas cuantas horas al día.
photo : retrato de Chuchi por Dante Bertini

miércoles, mayo 09, 2007

escribo, luego no existo

Quiero decir que para escribir se necesita No Ser, al menos socialmente.
Se hace necesario estar con uno mismo, con sus palabras, con sus ideas. Acompañarse sólo de Memoria, Imaginario, Concentración y Ganas, unas cuatrillizas de lo más exigentes que no dejan tiempo para cosas ajenas a sus intereses (tienen primas, hermanas y primas hermanas, pero por suerte no siempre acuden a la cita juntas)
Escribo y mientras lo hago no existo para un montón de cosas cotidianas que me hacen inmensamente feliz.
Pero es que el goce exige su tributo de sufrimiento, y si ser feliz es maravilloso, gozar es el colmo de la plenitud.
ilustración : fernando vicente
BSO : jessye norman, arias ; collateral bso; michel legrand antologique