Paseando por la red con el refrescante sonido de la lluvia como música de fondo, me encuentro con una página que se llama El Arte del Tarot. En mi ahora ya muy lejano exilio de Argentina, viajé desde Buenos Aires a Madrid junto a mi amiga Leonor Alazraki. Experta en ángeles y sensible tiradora de cartas, es hoy la quiromántica más seria y reconocida de todas las de este país, por aquella época, mediado de los setenta, tan poco afecto a los usos y doctrinas esotéricas. Fue ella, Leonor, la que consiguió unos pasajes a precio de liquidación -un charter, se decía por entonces- en una compañía de viajes que se llamaba, con descarada redundancia, Longueira y Longueira. El vuelo era para gallegos emigrados que volvían a su tierra, y aunque a un Bertini y a una Alazraki se les hace harto difícil legitimar raíces celtibéricas, Leonor nos deslumbró una vez más con sus capacidades mágicas consiguiendo cuatro pasajes de ida y vuelta al precio de uno solo de línea regular. Resultaban tan baratos que pensábamos que nos estaba haciendo una broma. Como además de maga era, es, bastante testaruda, se tomó el trabajo de convencernos de que los tiempos por venir serían muy crueles y era mejor emprender el vuelo hacia estaciones más acogedoras. No hacía falta ser bruja para pronosticar al horror instalado en tierras argentinas, pero a veces, cuando las (e)videncias son demasiado dolorosas, elegimos la ceguera como forma de escape. Nosotros optamos por creerle y dijimos que sí, que viajábamos con ella. Recién cuando estuve arriba del avión caí en la cuenta: llegaríamos a Madrid un 28 de diciembre, el mismísimo dia de los Santos Inocentes. Aquella inocentada, si es que en realidad lo fue, ha durado un buen montón de años, aunque contarla entera me llevaría mucho más espacio.Tal vez por todo esto, cuando esta misma mañana tropecé -¿es que acaso no se pueden tener tropiezos virtuales?- con la página del Arte del Tarot, pensé "¡vaya, qué divertido!". Era una forma como cualquier otra de quitarle trascendencia al asunto, aunque de inmediato me puse a buscar con cierta irreprimible ansiedad un espacio para tiradas personales. Lo encontré por supuesto, aunque con un cartel que anunciaba: este apartado permanecerá cerrado por vacaciones desde el 20 de agosto hasta el 18 de septiembre. ¿Es que los oráculos también pueden/quieren tomarse vacaciones? ¿Durante un mes entero nuestro destino derivará a su antojo, sin nadie dispuesto a predecirlo? Recordé de inmediato un mensaje de los teléfonos públicos argentinos, propiedad de la ubicua Telefónica Española, allá por el año 93 del siglo pasado. Cuando el número al que llamabas estaba comunicando, una voz de mujer cálida, sensual, casi empalagosa, te decía muy ufana: El destino que usted quiere alcanzar permanece inaccesible. Reconozco haber dado un respingo. ¿Había viajado otra vez hasta allí para que una señora desconocida me soltara semejante oráculo sin que yo se lo pidiera? ¿Cómo se atrevía a darme una noticia tan desalentadora sin ningún preaviso, en medio de una plaza desolada y a cambio de un infame cospel de vaya a saber qué bastarda aleación metálica? Seamos serios. Jamás podré aceptar que una compañía telefónica me lea el futuro. Mi amiga Leonor hacía, y todavía sigue haciendo, sus inspiradoras, poéticas, certeras tiradas, exclusivamente a pedido, en un despacho de lo más acogedor y sirviéndose de cartas marsellesas con ilustraciones medievales. Y en ellas un colgado no es un desagradable ruido en la oreja, sino un señor con colorido traje de bufón que pende por sus pies de la rama de un árbol.



El cielo cruje, crepita, se resquebraja sobre mi cabeza hasta caer finalmente hecho trizas de agua, y yo, tirado sobre la cama, mareado de alegría, convertido en raíz de árbol callejero, en rama de acacia, en hoja de olivo o en rizoma de helecho, recuerdo una canción de otra época. Decía: "toda mía la ciudad, un desierto que conozco", y la cantaba 

Sweet Charity, de Bob Fosse, 




Lo primero que oí fueron gritos. Un momento después, cuando ya estaba en la calle con chanclos, camiseta y pantalones cortos de andar por casa, me enteré de que no había habido ningún crimen. Según el empleado del parking de enfrente, sólo era que Woody Allen estaba filmando su esperada película en el hotel que está frente a casa, el mismo al que rebauticé "el tanatorio" porque tiene lámparas con pantallas de tul negro, unos floreros altos de metal plateado con orquídeas artificiales y bastante mármol marrón oscuro por todas partes. El edificio es muy noble, con buenos materiales y una más que correcta arquitectura pre-racionalista, aunque la decoración, tan pretenciosa como barata, le ha bajado unos cuantos puntos. Algunas veces, después del cine o de una cena en grupo, vamos allí con los amigos. Obviamos el aire algo entristecedor de la recepción y lo impersonal de los salones porque la atención es buena, los sillones muy cómodos y los precios más que razonables. Para la filmación de hoy habían puesto a la entrada un portero que nunca han tenido, vestido con librea verde engalonada de oro. Pensé que podrían dejarlo para siempre, ya que otorga al barrio en general y a esa esquina en particular una categoría que no suelen lucir. Las dependientas del local de fotocopias querían saber si Javier Bardem andaría por allí. "¡Y la Penélope!", exclamó la más mayor, una setentona a la que la historia de los géneros la trae sin cuidado. Tres enormes camiones más grandes que esos habituales de las empresas de mudanza ocupaban gran parte de la calle y un típico autobús turístico repleto de gente estaba estacionado a las puertas mismas del hotel. Me quedé unos quince minutos viendo como repetían una y otra vez la misma toma. Los que estaban en el autobús, vestidos de extranjeros de los sesenta en visita a Roma, muy en plan "esto no será un Fellini pero yo me marco un buen tanto imitándole el estilo", bajaban y subían del vehículo una y otra vez, aunque lo que de verdad importaba era que pasaran frente a la cámara con cara de "¡qué bonitou lugar!" e ingresaran en el establecimiento hotelero sorteando al portero de librea verde, que parecía estar puesto para entorpecerles el paso. Desde el lugar donde me encontraba era imposible verlo, pero casi podría asegurar que al cartel del frente le habían agregado una o dos estrellas. El camarero del bar de abajo de casa estaba muy nervioso: "¡Qué bueno, chaval! Imagínate la cantidad de gente que va a ver esta película! ¡Y en todo el mundo!". "Sí", le dije, "pero, ¿por qué eso te pone tan contento?". "Por la publicidad, hombre, por la publicidad. El hotel se llenará de gente y mucha de esa gente vendrá luego a comer aquí... Pura ley de probabilidades, ¿vale?" La encargada de la lavandería había cerrado el chiringuito nada más enterarse. "¡Qué feliz hubiera sido mi marido teniéndolo a Woody Allen al alcance de la mano! Voy a pedirle un autógrafo para llevárselo un día de estos al Clínico." Tampoco faltó la cajera más joven del Caprabo. "¡Qué mala suerte! ¡Justo hoy trabajo por la tarde, si no me quedaba aquí hasta que pudiera verlo!" No aclaró a quién, pero tal vez de puro prejuicioso pensé que ella también estaba refiriéndose a Javier Bardem. "¿Sos vecino, no? ¿Creés que necesitaran extras?", era un compatriota que me había reconocido el acento. "¡Soy un super fanático de Woody, soy! ¿Sabés si yego a salir en una peli de este tipo? ¡Mi vieja se muere! ¿Cuál de todos estos será el mandamás?" Eran demasiadas preguntas como para que esperara realmente una contestación. Ví cómo se abría paso entre la gente y llegaba hasta el lugar desde donde un tipito de barba parecía dirigir toda la movida. Un instante después lo perdí de vista.



Hace muchísimos años -lo siento, pero muchas de mis historias fundacionales sucedieron hace más que mucho tiempo- fui un romántico enamorado de la revolución cubana. Con los años ese primer fuego inicial se fue apagando casi sin que me diera cuenta, y el señor aquel de boina y barba que nos iba a salvar a todos del infierno capitalista se convirtió en un anciano vengativo, gruñón y demasiado verborrágico. Por el camino quedó también, aunque por otras razones, un compatriota de buen ver e ideas algo extremadas que el tiempo convertió en poster de mercadillo; un producto de papel tan vendedor como la mismísima marilín o ese actor rebelde sin causa que se sentía un gigante al este del paraíso. Todo esto viene a que hoy, mientras tomaba mi desayuno cotidiano en la cafetería que más frecuento, me puse a leer el diario que ayer nomás se había declarado, repentina e inesperadamente, un sponsor más del sangriento sacrificio de los toros convertido en espectáculo público. Quería ver si alguno de sus lectores habituales comentaba el hecho. Me encontré conque lo hacía más de uno y en ningún caso apoyando el retorno de los matarifes a la ciudad que se había declarado pocos meses atrás "antitaurina". Parece que los "Herederos" no se enteran, o no quieren enterarse, de lo que habían legislado sus mayores. Además de las cartas de los lectores condenando "la corrida de las estrellas" -¡cómo suena esto!- el diario dedicó dos páginas enteras a contarnos los beneficios que reportan los animales de compañía en los tratamientos de diversas disfunciones humanas. Una de cal y otra de arena. O una de torturas y otra de ternuras. ¿Deberíamos agradecerlo? Tal vez sí, viendo cómo está el patio. No era la única compensación. Dos páginas más allá nos contaban que un tal Javier o Jaime había decidido no descargar sus odios y frustraciones sobre el cuerpo de su esposa, haciéndolo esta vez sobre un cachorro de perra con nombre compuesto -juraría que se llama diana maría, como la del bikini en la playa, pero igual me están fallando las neuronas- a la que había arrojado por el hueco de la escalera cuatro pisos más abajo. Por suerte, y a pesar del empeño puesto por este tipo sin alma, apellido ni rostro, la cachorra -bellísima en la foto que acompaña la nota- sobrevivió al repentino ataque de furia de su "amo" y ahora está al cuidado de una protectora de animales. No siempre van a ganar los malvados, así que varios vecinos que presenciaron el suceso decidieron presentar cargos contra el improvisado lanzador de canes. Esperemos que también haya testigos para poner donde se debe a esa madre de nombre Rabia (¡!) que azotaba a su hija de diez años con un trozo de manguera. Sí, ya sé, algunos estarán preguntándose qué tendrá que ver la revolución cubana con todo esto. Pues para mí lo tiene, ya que en el mismo diario había un artículo sobre la muerte a los setenta y siete años de Vilma Espín, "exposa" de Raúl Castro. Allí se nos cuenta que esta mujer de clase acomodada que decidió ponerse la boina y el traje de fajina para, según dijera, defender los derechos de los desposeídos, ha dejado una hija de nombre Mariela que se encarga de que los homosexuales puedan ser tratados al fin como personas. Aunque sea un poco tarde para muchos de ellos -de estar vivos, 





Siguiendo los sanísimos consejos de




Quiero decir que para escribir se necesita No Ser, al menos socialmente. 
