sábado, agosto 16, 2008

¿Quién le teme al Informe Kinsey?

Después de la última floración -que no desfloración, no confundir- vuelvo a mis habituales elucubraciones. Uso esta palabra algo rimbombante -vaya querida: ¡rimbombante!, ¿de qué te asombras tú?-, con absoluta conciencia de las dos (2) acepciones habitualmente presentes en los diccionarios castellanos para definir a la palabra elucubración. Una de esas acepciones habla de la reflexión, del pensamiento, del trabajo llevado a cabo durante la creación intelectual. La otra, de la fantasía sin demasiado fundamento. Ambas son válidas para este espacio sin retribución económica ni compensación aparente. Si no hubiera presencias amigas interesándose por lo que escribo, ¿todo esto tendría algún sentido? Sinceramente, no puedo dar una respuesta categórica, así que por el momento, y mientras haya alguien del otro lado de la línea, seguiré con ello.

Estos últimos han sido días de gloria para mí. El sol ha atemperado sus rayos y una brisa fresca entra por balcones y ventanas agitándolo todo. Las plantas ronronean, mimosas, y yo me tiro a descansar junto a ellas, adormeciéndome.

Me regalan libros. Uno bilingüe, de la Poesía Completa de Joan Salvat-Papasseit (gracias Juan Ramón). Otro, también de bellísima edición, con cuentos de sabiduría taoísta, (editado por Paidós) llega acompañado por Literatura Ilustrada del dibujante Fernando Vicente. Gracias, Leonor Alazraki. Finalmente, Amazonas y modelos, recopilación de un ciclo de charlas promovidas por la Fundación Mapfre, donde, entre otras conferenciantes, Isabel Núñez y Lydia Oliva recordaron cariñosamente a escritoras y fotógrafas olvidadas, aparece junto a El corazón perdido de Asia (RBA editores), escrito por Colin Thubron y traducido también por I.N., amable y bien calzada portadora de los dos últimos (Gracias Zbelnu).

Con absoluto placer, veo por segunda vez Gods and Monsters (1998), la sensible película de Bill Condon sobre los últimos días de James Whale, mítico director del primer Frankenstein. Leyendo algunas notas sobre el film y sus intérpretes, me entero que Condon ha dirigido también Kinsey (2004), donde narra la vida del que yo suponía (re)conocidísimo biólogo e investigador estadounidense. Ahora mismo podría contarles quién era este tipo y hablarles también de la importancia de sus estudios sobre sexualidad humana, pero no tengo ganas. Cuando tomo conciencia de cómo se silencian, nada inocentemente, algunas cosas de suma importancia, suelo ser presa, o preso, del escepticismo. Desde que ví la película insisto en recomendársela a los amigos. "Es sobre Alfred Kinsey", les digo, "el del célebre Informe Kinsey". Parece que nadie había oído hablar nunca antes de él y de su archiconocido Informe, fundamental para la concepción que tenemos de la sexualidad en las últimas décadas. Cuando en la segunda mitad del siglo veinte se hablaba de revolución sexual, siempre se mencionaba a este señor, llave imprescindible para la apertura definitiva de esos diversos armarios que nos servían de guarida y calabozo al mismo tiempo. Vean la película, lean sobre él en la red y después recuérdenlo, agradecidos, el día 23 de este mismo mes. Se cumplirá un año más de su muerte, acaecida en 1956, a poco de cumplir sus 62 años de vida.

Y con esto y una buena taza de té, mañana ya veré.

martes, agosto 12, 2008

viernes, agosto 08, 2008

La Cina è vicina

Esta misma semana, Taschen, la editorial de los libros deseados, me mandaba un email anunciando la aparición de China, Portrait of a Country. Pulsando sobre el título podéis mirar, página a página, todo el libro. Un verdadero lujo. En aquel momento, y por simple asociación de ideas, recordé una vieja película de Marco Bellochio, director italiano que por no se qué extrañas razones nació en Melilla, la misma ciudad natal de Fernando Arrabal, otro tipo extraño, tan irreverente como para ilustrar uno de sus libros con fotografías en las que mostraba, sin ningún pudor y en primer plano, sus ya de por sí notables atributos masculinos. Bellochio, el cineasta italiano, no parece afecto a exhibirse a tal extremo. Nacido como yo un 9 de noviembre, es un típico artista sesentero, más propenso a desnudar la hipocresía burguesa, la ceguera religiosa, los chanchullos políticos y las diferentes, y muchas veces perversas, delicias de la sexualidad. Saltó a la fama con su primer film, I pugni in tasca (1965), la historia de un joven parricida que, hoy mismo, vista a la distancia, parece presagiar metafóricamente los rabiosos, contestatarios, años posteriores. Esta tarde, presenciando la impactante ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, me acordé nuevamente de él y de aquella otra película suya: La Cina è vicina(1967). Hace cuarenta años ese título sonaba a boutade, a juego intelectual sin asideros reales ni consecuencias prácticas. Parecía el deseo inalcanzable de un maoísta iluso o el delirio terminal de un paranoico de derechas. Hoy, después de haber visto lo que vimos, podemos decir que ahora sí la Cina è vicina. Y esto sin parecer mesiánicos, dementes o simplemente necios ilusionados. Posdata: ¿Por qué los medios periodísticos españoles se asombran tanto de que China esconda sus vergüenzas (leáse pobreza y marginalidad)? He vivido de cerca Barcelona 92 y a casi todo el mundo le pareció normal que se pagara pasajes hacia otras comunidades a la gente que vivía en las calles. Si recibimos visitas, siempre tratamos de que el cuarto de baño esté limpio y la toalla de mano sin usar. Otrosí: los comentaristas de la cadena Euro Sport, faltos de argumentos más válidos, se burlaban abiertamente del vestuario de algunas delegaciones extranjeras. Un tipo sin nombre, riéndose de la ropa floreada de los húngaros y de algunos coloridos atuendos africanos, se atrevió a decir: "Bueno, pobres, se nota que no tienen a mano los diseñadores de moda españoles..." Y unamás: el suplemento Babelia del diario El País de hoy, sábado 9, trae un artículo que lleva el mismo título de este post publicado ayer. Sin embargo parece que el autor da por sentado, o no sabe, que perteneció a la película de Marco Bellochio y mucho antes a un libro del escritor y periodista Enrico Emanuelli, editado por Mondadori diez años antes del estreno del filme. ¿Será una frase histórica y yo no estoy enterado? ¡Y otra!: Me había olvidado de unos de mis links, aquí al lado nomás... ¡qué chorizos! Perdónalos señor, no saben lo que hacen...
ilustran el post varias fotos sacadas con mis ojos, mi mano derecha y una cámara digital Nikon Coolpix L16.

jueves, agosto 07, 2008

BloG de NotaS VeraniegaS

(Miércoles) Como parte de estas vacaciones intermitentes que en sus dos primeras paradas me ha llevado de Cadaqués a Besalú, paso ahora unos días en Altafulla Playa, Tarragona, con el mar Mediterráneo como único y cercano paisaje. ¡Benditos sean los amigos! Después de dos casas a ras de suelo, ahora toca dúplex en una altura equivalente a la de un cuarto piso ciudadano. Desde la habitación que ocupo en este mismo momento, con un gran ventanal hacia la terraza, puedo ver un trozo de horizonte por el que pasan dos barcos de carga. Acabo de hojear el diario, y tal vez influenciado por sus titulares catastróficos, puedo imaginarlos como dos buques de guerra enemigos apuntándonos con sus lanzamisiles, dispuestos a convertirnos en minúsculas porciones de nada.
¡Qué frágiles somos!
Hoy sopla viento suficiente como para que este mar, por lo habitual calmo, adquiera voz, sonido, música, cubriendo los gritos aislados de los niños de la playa, excitados porque descubren el mundo sin detenerse a pensar en la importancia de lo están haciendo.
(Noche de viernes) Somos, finalmente, ese reflejo en el cristal; una imagen espejada y pasajera que se irá con la luz cuando ella lo decida, sin siquiera contar con nuestra complacencia.
Estoy de paso y soy consciente de mi eventualidad.
(Sábado al mediodía) ¿Qué haces en un lugar de veraneo cuando no estás metido hasta la cintura en el mar, caminando con amigos por la playa o comiendo algo especial en un restaurante al que nunca hubieras ido si no fuera porque estás de vacaciones?
¿Meditar, dormir, leer?
Emborracharte, dirán algunos. Igual que el tabaco, las drogas y el sexo duro, los alcoholes son estimulantes propios de otras épocas de mi vida. Cuando llegados los cuarenta decidí sanearla, fue lo primero que aparté de mi dieta: el alcohol nunca me hacía feliz y más de una vez me había producido desagradables resacas y dolorosos cólicos hepáticos, un malestar que sólo desearía a los torturadores de animales, a los taladores de árboles, a los propagadores de ruido. Todos los demás posibles delincuentes tienen leyes que los penan, así que puedo ahorrarme una buena cantidad de oscuros deseos.
Vuelvo a lo mío. Si estás sobrio, descansado y relativamente feliz, puedes, por ejemplo, dedicarte a leer diarios y revistas haciéndolo con una actitud diferente a la habitual. Quiero decir que no necesitas sentirte implicado en lo leído. Te enteras de las cosas que pasan como si fueras nativo de un planeta diferente y las noticias de la tierra te causaran extrañeza, perplejidad, asombro. En ningún momento te importarán más que darte un buen chapuzón en el mar o pasear relajadamente por la playa cercana recogiendo piedras de formas y colores extraños.
Es un buen ejercicio leer los periódicos de esta manera. Luis Buñuel el Grande, muerto hace ya cinco lustros, deseaba algo parecido para sus días de finado: levantarse cada tanto de la tumba, acercarse a un puesto de periódicos, leer los titulares, siempre intimidatorios, para enseguida volver tan tranquilo al hoyo.
Para los afectos a los consejos y recomendaciones, un inciso. Mi último suspiro es un libro tan imprescindible como el de las charlas de Hitchcock con Truffaut, al menos para todos aquellos que dicen ser amantes del cine.
(Sin data, en medio de una tarde cualquiera) Mientras aprovecho placenteramente la hospitalidad de los amigos de Cadaqués, Altafulla, Besalú, el Montseny, atesoro los regalos que me brinda el entorno: pinos, olivos, acacias, cielos que hubieran despertado los suaves pinceles de Turner, golondrinas, gaviotas y gatos, ágaves de dimensiones colosales y un amalgamador etcétera que incluye demasiadas cosas como para nombrarlas a todas sin caer en un tan agobiante como seguramente incompleto listado. En los momentos domésticos voy encontrando revistas y periódicos que habitualmente no leo. En un suplemento semanal aparece un reportaje fotográfico sobre las Marquesas, esas afortunadas islas literarias que cobijaron los últimos años de dos personajes tan dispares y brillantes como Paul Gauguin y Jacques Brel. El reportero cuenta de las siete únicas familias que ocupan una de estas islas. Miro hacia la playa que se extiende a mis pies, a escasos metros de la casa que habito eventualmente. No debería hacer comparaciones, sin embargo la costumbre es más fuerte y termino haciéndolas. Inútil ilusionarse : el paraíso siempre está alejado del lugar donde nos encontramos. ilustra : agapantus y atardecer en Altafulla, ventana al campo y ajos en Besalú, ceibo y barcas en Cadaqués. Fotos propias.

martes, agosto 05, 2008

Barbudos y cirujeados

La segunda cadena de televisión española, supuestamente alternativa(?), pasó Comandante, el filme-ntrevista de Oliver Stone, tres días de charlas y paseos con Fidel Castro y un montaje final que nos aseguran "sin censura alguna" por parte del gobierno cubano. Encantadora propuesta para una calurosa noche de lunes. Lástima que el documental estaba mechado cada poco tiempo con tandas publicitarias casi más extensas que el material fílmico proyectado. Interesante experimento el de nuestros programadores, también supuestamente progresistas. ¿Podría pesar más la palabra revolucionaria que la sociedad de consumo capitalista, o ésta y toda su variopinta parafernalia sería más fuerte que cualquier dictatorial conductor de masas con pretensiones reformistas?
No llegué hasta el final de la experiencia. Me costaba mantener la atención sobre la película porque además de los spots publicitarios se sucedían sobreimpresiones anunciando otros programas del canal. Fácil distraerse cuando sobre el rostro del barbudo comandante -dice haber ahorrado varios años, a razón de quince minutos diarios, no afeitándose- aparecía un cartel recordándonos que al día siguiente transmitían una peli de Harrison Ford o que faltaban cuatro dias para el inicio de las Olimpíadas chinas. Se me ocurrió que el programa podía incluír una de esas encuestas a la que es tan afecto el gobierno y los medios de Zapatero, viéndome obligado a responder sobre el estilismo de Fidel o el acierto en la decoración de sus interiores. Un momento antes, en el noticiero de Antena 3, me obligaron a ver por segunda o tercera vez -sí ya sé, podría haber cambiado de canal, pero estaba tirado en un sofá con el mando lejos de mis manos- me obligaron a ver, repito, una nota publicitaria disfrazada de noticia que también había visto y oído en los avances informativos de Telecinco y la cadena SER. En ella nos contaban que los inmigrantes eran clientes asiduos de las clínicas de cirugía estética (España ocupa el cuarto puesto en el ránking mundial de operados, detrás de USA, Argentina y México), porque los recién llegados quieren cambiar sus rasgos acentuadamente araucanos, mayas o pekineses por otros más "europeos". O sea, no contentos con asentarse en este continente casi por la fuerza, quieren, además, parecerse a los auténticos nativos. Un toque de nariz cuesta unos cinco mil euros, algo así como el sueldo de un guineano medio en su país de origen, aunque durante toda su vida. Me pregunté si para que pudieran elegir entre los rasgos más inobjetablemente europeos, les mostraban fotos de la Pantoja, el Fary, Rosy de Palma, Santiago Segura o Ana Obregón, clásicas bellezas de este continente. Mientras tanto, Josep Lluis Carod Rovira, preocupado porque un pariente suyo pueda pasar penurias en un país extranjero, ha decidido nombrar a su hermano Apel.les "embajador oficioso de la Generalitat" en la vecina Francia. Su sueldo, cercano al millón de euros anuales (La Vanguardia dixit), le permitirá operarse todo lo que quiera para parecerse a quien le venga en ganas.

Posdata: ¿terminará cambiándose la cara el recién liberado etarra Iñaki de Juana Chaos? En tren de hacerse ajustes, también debería cambiarse el apellido. Quizá llamarse así (Chaos no es otra cosa que la raíz latina del español caos) sea una impronta algo difícil de eludir.
ilustran : fotos publicitarias de Rossy de Palma y Ana Obregón.

sábado, agosto 02, 2008

Función doble

Por insalvables cuestiones de dinero -¡el Vil metal siempre presente, estropeándolo todo!- el estreno de la superproducción
ha quedado postergado para fechas próximas, aún sin especificar. Sin embargo nos atrevemos a mostrarles la filmación de algunos ensayos generales: darán una idea aproximada del esfuerzo sin precedentes que suponía el montaje de este post. Como suele suceder, algunos listillos se han atrevido a colgar este material valiosísimo en la red, así que podéis pulsar en los lugares precisos (*) y daros el lote con dos números increíbles,
don Federico Felini.

Posdata : muchas gracias a la bella y talentosa Tarántula literaria por el premio "Dardo" que me ha concedido durante estos calurosos días.

jueves, julio 31, 2008

He vuelto

y quería anunciarlo humildemente, sin alharacas excesivas, sin bombas, bombos ni platillos.
Pero la carne es débil.

Como hace calor, mucho calor, los dejo con (pulsar aquí) mi embajador en Viena, ese panecillo ideal para acompañar té frío con limón al borde de la pis-cina. Prometo más palabras, aunque no en este preciso, y muy bochornoso, momento.
imagen de Busby Berkeley
(Podéis observar como las bellas y enmalladas bañistas de Busby dibujan sutilmente con sus piernas la (u)Ve de la Victoria, de Volver, de Vacaciones, de Verano, de ¡Viniste, Cacho! Un auténtico lujo de superproducción -carísimo- pero este regreso se lo merecía.)

jueves, julio 24, 2008

Paquetes

Me llega el adelanto publicitario de un nuevo libro de Taschen. Trata sobre el packaging y su importancia en el mundo actual. La gacetilla dice: Ningún otro libro explora el diseño contemporáneo de packaging alrededor del mundo tan extensa y detalladamente como lo hace Package Design Now! Casi todo lo que compramos viene envuelto con algún tipo de envase: algunos son meramente funcionales, mientras otros tratan de atraer nuestra vista cuanto pueden.
Ayer mismo pude ver la gala final de Operación Triunfo. Me interesaba saber cómo le iba a Cheeper, un buen cantante estadounidense que vive con su pareja valenciana en un pueblo de Tarragona. Estaba entre los tres finalistas y contaba con el rechazo casi físico de uno de los jurados. Este tipito del que niego hasta su nombre, es un especimen desagradable de esa nueva raza de periodistas televisivos con formación en oscuras academias de la actual Inquisición o en las mazmorras de vaya a saber qué régimen. Cheeper no debería haber estado nunca en este concurso. Quizás sí como profesor de canto y baile, o como instructor de buenos modales, saber hacer y conocimiento del espectáculo, materias todas, según parece, con muy poco morbo televisivo. Como concursante marcaba demasiado la diferencia existente entre un puñado de gente que quiere cantar cualquier cosa de cualquier manera, en plan karaoke pero más producido, con alguien que se toma el espectáculo a la manera clásica, pretendiendo mostrar al público lo mejor de sí de la mejor forma posible. Quedó tercero, por supuesto. Ya les pareció bastante para un negro homosexual que ni siquiera entiende demasiado bien el castellano. La ganadora es una niña de Córdoba, con ojos increíbles y piel de anuncio a toda página; un auténtico hallazgo para los ojos. Pero, ¿es necesario que además se suba a un escenario y cante? Milagros del packaging actual. Una envoltura bien diseñada puede vender cualquier producto, más allá de sus auténticas bondades y prestaciones. Después del programa, incentivados por el concurso de los pobres triunfos pasajeros, intercambiamos nombres de cantantes femeninas inolvidables con los dos amigos que nos visitaban. Gió me preguntó si conocía a Giuni Russo y yo le hablé de Timi Yuro. Nos metimos en You Tube y quedamos, -por igual, aunque de forma cruzada-, fascinados por el reencuentro con una y encantados de conocer a la otra. A Timi la había oído por primera vez en Ibiza, durante un invierno calmo y musical en el que pude bucear en la discoteca de un amigo uruguayo que me había dejado las llaves de su piso para que pudiera hacer precisamente lo que hice: grabar dos docenas de casettes mixturados con muchas de las mejores canciones populares editadas entre principios de los cincuenta y mediado de los ochenta. Resultaron ser -y por cosas como esta la gata insomne me tacha de egocéntrico- unos casettes de lujo. Banda sonora habitual de nuestra tienda (Dadá) por aquellos años, desde hace tiempo y debido a los subyugantes avances de la técnica, se han convertido en cintas arrumbadas que ya nadie escucha.
Fue extraño terminar la noche así. Nunca antes me había interesado por el destino final de Timi Yuro. Preferí mantenerla para siempre jamás en un limbo particular, junto a sus rítmicas canciones desgarradas. También ayer, buscando más detalles sobre su vida, acabé enterándome de su muerte. Fue en el 2004, con poco más de sesenta años. Hacía veinte que sufría un cáncer de garganta, terrible castigo para alguien que vive de su voz. Timi, hija de unos restauradores italianos de Chicago trasladados a Los Angeles para seguir de cerca la carrera de su hija, no era especialmente bella, sexi ni llamativa. Se podría decir que tenía un packaging poco apropiado para una figura de primera línea del show business internacional. Seguramente hubiera sido la tercera finalista de algún programa televisivo como Operación Triunfo.
ilustran : David Beckham en una publicidad de Giorgio Armani, y Nicole Kidman, foto de cubierta para Vanity Fair.

domingo, julio 20, 2008

vacaciones intermitentes

Vuelvo a Barcelona en un tren de cercanías. Anoche tuve sueños con gatos perdidos y me desperté buscando desesperadamente a Federico Felini, que había decidido quedarse cuidando la casa. Ya la noche anterior, en medio de la oscuridad, casi inconsciente, confundí un almohadón en forma de pez que adornaba la cama donde solía tirarme a dormir -la dueña de casa, mi amiga Hella, es muy afecta a los animales de todo tipo- con mi querido gato ausente. Dentro de lo posible, los animales que viven conmigo suelen ser seres autónomos con derechos y deberes. Cuando estábamos a punto de cargar ordenadores y maletas en el coche para huir unos días hacia Altafulla, puse la caja de transporte gatuno con la puerta abierta cerca del hocico feliniano y don Federico ni siquiera tuvo intención de olerla, así que di por supuesto que no le apetecía en lo más mínimo sumarse a la escapada. Muchas galletas por todos los rincones, abundante agua para acompañarlas y por unos días nuestro estimado gato podrá ejercer de amo absoluto de la casa. No será la primera vez y supongo que tampoco la última. Sin embargo esos sueños desoladores de los que daba cuenta al principio de este post, me produjeron tal inquietud que no pude obviar la necesidad de comprobar si EfeEfe seguía tan bien como cuando lo había dejado.
Me apeo en la estación Paseo de Gracia, a dos calles de mi casa. Puedo asegurar haber hecho este trayecto al menos una vez más en mucho mejores condiciones. Por aquel entonces el mediado Jordi Pujol todavía estaba en el gobierno y nadie imaginaba siquiera un artilugio superligero atravesando subterráneamente el centro de Barcelona. Por el contrario, el conductor del tren de cercanías que me trajo desde Altafulla parecía tener muy presente las velocidades de esa aún esquiva AVE de acero y se sentía con capacidad y energías suficientes como para superarla, a pesar de que los vagones algo caducos se negaban a admitir semejante competencia deportiva, bamboleándose sin concierto alguno entre chirridos lastimeros. Recuerdo que en mi anterior experiencia ferroviaria desde Altafulla encontré muy gratificante haber abandonado una playa mediterránea con gente en bañador despreocupadamente tumbada sobre la arena, para, en menos de una hora, hallarme en pleno centro de la ciudad, rodeado de cines, tiendas prestigiosas y ciudadanos barceloneses acicalados y paseanderos. Esta llegada fue muy distinta. El andén de la estación Paseo de Gracia olía apestosamente, a gasolina y aceites quemados, y un montón de gente variopinta, portando mochilas, maletas y bolsos, se apiñaba por todos los rincones luciendo rostros desencajados y sudorosos, más propios de una evacuación sorpresiva que de unas relajadas, y presumiblemente reparadoras, vacaciones. Me lancé a la calle, ansioso por volver a mi casa y su rutina diaria, sin andenes, mochilas ni conductores ferroviarios pasados de rosca. Mi atención es parcial, como la de casi todo el mundo. Es cierto que en el Paseo de Gracia hay más comercios de marcas prestigiosas, pero los cines de años atrás ya no existen. Desde el escaparate de la firma que ocupa uno de esos espacios inolvidables, suele sonreir el actor George Clooney, si bien lo hace para vender máquinas de café y no películas de arte y ensayo. En otro -un delicioso local cinematográfico con decoración de estilo art decó hollywoodense- los sueños proyectados han dejado paso a una inimaginable cantidad de pesadillescos bocadillos, que presumen, con abundante miga y dudosa credibilidad, de ser "made in Catalonia". Doblo por la calle Valencia para evitar un ejército de turistas ansiosos precedidos por una señora que agita frente a sus labios un altavoz color granate. Los maniquíes de las tiendas fast-look (pueden copiar el término, señores periodistas) han decidido imitar a Amy Winehouse, esa señora con nombre de bodega que suena bien en las grabaciones, aunque en directo no superaría con éxito ni el primer casting de Operación Triunfo. O igual sí, porque una tipa sin equilibrio físico ni emocional conseguiría un buen rating para la cadena de los refinados e imaginativos propulsores del eslógan "te la hinco".




















Me sumerjo en mi apartamento como si fuera el mar sereno de una playa cercana. Antes de meter la llave en la cerradura, ya puedo oír a Federico reprochando desde el otro lado de la puerta mi abandono con varios tonos diferentes de maullido. Para hacerme disculpar, le cuento que encontré la ciudad de Tarragona limpia y ordenada, llena de acacias, cipreses, pinos, cedros, plátanos y álamos tan inmensos como bien cuidados. Una obra amorosa, que según me dicen, no se hizo en los últimos dos años. Mientras cambiaba el agua de los cazos felinianos y le abría una lata de bocaditos de atún en salsa, también fui contándole cómo en Altafulla volví a saborear tomates parecidos a los de mi infancia, con piel fina y gusto penetrante; que la dueña del colmado del barrio donde estuve parando -una francesa llamada Nicole- recuerda los nombres de los clientes desde su primera compra, y que una noche había visto, en mi ordenador y con auriculares, una película maravillosa de Tim Burton que aunque más no sea por el nombre -Big Fish- debería ser de su gusto.
Un rato después, mientras abría ventanas y regaba las plantas de los balcones, me repetí por enésima vez algo que dijo alguien que no recuerdo: "Sí, hay otros mundos, pero están en este".
Quizás deberíamos hacer algo para que esta ciudad, cada minuto más desarbolada, no siga convirtiéndose en un gran mingitorio inhabitable, tan lleno de ruido y de furia como el incomprensible discurso de un demente.
autorretrato en altafulla y retrato de federico de perfil : dante bertini

martes, julio 15, 2008

callar, decir

-Hay cosas que no se deben decir.
-Hay cosas que no se pueden decir.
-Hay cosas que es mejor no pensar
.
Mis Reyes Magos particulares, ligeramente afectos a frases de este tipo, más tópicas que censoras, no eran especialmente pródigos. Probablemente no creían en la importancia de los regalos, y así como entre ellos no acostumbraban regalarse nunca nada, para el seis de enero condescendían en dejar alguna tontería sin importancia en mis zapatos, cumpliendo con ese trámite anual casi obligatorio. Una camisa blanca para usar con el uniforme escolar, un par de zapatillas deportivas de bajo costo o algún juego de mesa que también les interesaba a ellos, parecía suficiente despilfarro para conmemorar una fecha algo alejada de las verdaderas fiestas de fin de año, donde sí se gastaba un montón de dinero en pantagruélicas comidas rebosantes de invitados. Mientras tanto, Jorge, el único hijo de los dueños de la mercería "Yoli", un negocio exitoso al que nunca le faltaban clientes y estaba ubicado justo debajo de los balcones de mi casa, recibía todos los juguetes de los niños que, como yo, eran descendientes de una pareja de escépticos con nutrida familia.
Jorgito Abelleira y yo solíamos ser amigos. Casi podría decir que estábamos condenados a serlo. Entre otras muchas cosas menos mensurables, compartíamos ese trozo de calle peatonal al que los argentinos llamamos vereda y los españoles acera. Por aquellos años era habitual usarla para los encuentros de poco calado. Te reunías en la vereda para concertar citas posteriores, comentar alguna noticia poco trascendente o intercambiar revistas, cromos y figuritas. Además, en las aceras de nuestra calle, la interminable Avenida Rivadavia, había unos hermosos plátanos de descomunal tamaño que servían de apoyo para nuestros cuerpos jóvenes pero siempre algo cansados. Todavía recuerdo la áspera y al mismo tiempo cálida sensación de abrazarlos para medir la distancia que quedaba entre mis dedos estirados al máximo. Ni con otro niño de mi mismo tamaño hubiéramos cubierto aquel espacio. Para mi desgracia, aquellos árboles de corteza camuflada no pudieron verme adulto ni gozar de un abrazo completo. Los arrancaron de cuajo porque decían que las raíces levantaban las baldosas grises e irregulares de la acera. Cuando hicieron aquello yo todavía era un niño, sin embargo lloré maldiciendo a los responsables de ese crimen que dejaba mi amplio balcón sin resguardo, mi espalda sin apoyo, mi mano sin compactos y algodonosos proyectiles arrojadizos.
El mismo año de la tala asesina, y vaya a saber por qué extrañas razones, mis dos Reyes domésticos demostraron sus capacidades mágicas dejándome un regalo especial: una máquina proyectora de películas, tan tierna como precaria. Consistía en poco más que una vulgar lámpara incandescente envuelta por un símil de proyector profesional confeccionado en hojalata gris, delante del cual pasaban unas cintas de papel semitransparente impreso con dibujos de trazo grueso en blanco y negro. El movimiento de los personajes dependía de tu habilidad para dar vuelta a la manivela con suficiente velocidad y bastante cuidado, ya que cualquier presión excesiva rompía aquel delicado rollo de papel que oficiaba de película. Teniendo en cuenta todos los anteriores, resultaba un Regalo Realmente Regio. La para mí imponente caja del proyector Cinegraf, marca registrada, incluía dos películas: "Al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen" y "Antes de abrir la boca, fíjate". Con los años descubrí el mensaje, en realidad los mensajes, ocultos en aquel regalo de apariencia inocente. Mis padres aceptaban la invariabilidad de mi condición de ser autónomo, una realidad seguramente alejada a la de sus fantasías prenatales, y al mismo tiempo me daban un consejo que años después, en mi casa de Ibiza, repetiría mi madre con mayor precisión:
-No es exactamente lo que decís...Nunca hay maldad en las cosas que decís. Pero a mucha gente le duele que se las digas. A veces sos demasiado directo, mi amor.
Del burro barrigón no dijo nada. Era un sobreentendido silencioso que tanto ella como mi padre supieron aceptar, en mayor o menor medida, con cariñosa resignación.
Hoy, mientras escribo esto, pienso que mi añorado Daniel Melgarejo no hubiera intentado descifrar los signos ocultos en el Regalo Regio de mis Reyes. Se hubiera puesto a dibujar más películas con sus propios personajes sin siquiera preguntarse nada.
Los seres humanos tenemos formas muy intrincadas de ser iguales.

viernes, julio 11, 2008

Esteban Sapir : LA ANTENA

Gracias a Kinephilos, la página de cine de Liliana Sáez, y a una elogiosa nota firmada por una de sus corresponsales, Marcela Bárbaro, me enteré de la existencia de este director y esta película, ambos argentinos. No la he visto y no sé si podré hacerlo alguna vez. Dependerá, supongo, de si hay en ella capitales españoles, japoneses, estadounidenses, interesados en su distribución.
Me gustan las imágenes, extrañas en una cinematografía generalmente abocada al realismo y la cotidianeidad. Con reminiscencias de Fritz Lang, Ted Browning, Murnau y el Hollywood artesanal de los años cuarenta, más algunos toques en la ambientación que recuerdan a El eternauta, un cómic de culto en Argentina, La Antena de Sapir suena a metáfora, a cuento infantil, a historieta para mayores, todo mezcladito y al parecer bien aliñado. Le dedico el estrellato de esta semana con la remota ilusión de que alguien decida estrenarla comercialmente. Pulsando sobre las líneas coloreadas, y con un poco de paciencia, podéis acceder al tráiler y al making of del film.

miércoles, julio 09, 2008

extremófilos

En estos días alguien, muy al pasar y en evidente tono de broma, me llamó "extremófilo". Yo me quedé mudo; no pude contestarle nada porque ni siquiera sabía de qué me estaba hablando.
"Debe haber tenido en sus manos mi prontuario juvenil", pensé.
"O te habrá observado con atención esta mañana, mientras leías el diario en la terraza del Italian Job."
Tal vez se haga necesario aclarararlo de inmediato: esta última opinión no procede precisamente del mismo tipo que está escribiendo este post. Es apenas la voz de mi conciencia, la insobornable voz de mi otro yo. Según dijera Antonio Machado y cantara el joven Serrat cuando era un tipo más tierno, anterior a sus actuales apasionamientos taurinos, la de "ese otro hombre que siempre va conmigo". En España lo llaman Pepito Grillo por ese pequeño personaje de Pinocho al que los dibujantes de Disney vistieron como un dandy del novecientos, con frac negro, galera, polainas y un bastón-paraguas.
Grillo o superyó, nunca le hago demasiado caso. Siempre está lanzando frases molestas en un intento a todas luces innecesario de hacerme sentir incómodo. Seguramente lo dice porque esta mañana me mostré indignado al encontrar en la primera plana de La Vanguardia a nuestros mandatarios globales plantando retoños de árboles en una isla japonesa que, a juzgar por lo que permitía ver la fotografía, no tenía demasiada necesidad de ellos. Todos estaban oficialmente vestidos (traje-chaqueta y corbata, menos la canciller Merkel, que evitó el colgante artilugio masculino), pero mientras algunos blandían la pala en plan Scorsese Factory, otros esperaban su turno jardinero mostrándose de lo más divertidos, riendo como sólo suelen hacerlo ciertos niños satisfechos del primer mundo frente a las películas Gore de asesinatos masivos. Sí; no exagero. Se carcajeaban a mandíbula batiente, igual que los personajes supuestamente anónimos que ilustran los últimos carteles publicitarios del Ayuntamiento Barcelonés. Hace pocos días un columnista del vanguardista diario de la familia Godó se quejaba de esas risas tan grandilocuentes, compañeras a todo color de una frase-eslogan con doble sentido: ¡Visc(a) Barcelona!; algo traducible como ¡Viva (a) Barcelona! El periodista catalán estaba convencido de que toda la campaña era una auténtica burla para los sufridos habitantes de la Ciudad Condal, hartos de cortes de luz, incidentes ferroviarios, repentinos hundimientos sin explicación ni disculpas, talas injustificadas de árboles centenarios, obras faraónicas inacabables e ilusionantes promesas incumplidas. El periodista recordaba el viejo refrán de las hienas y terminaba pidiendo, enfervorizado, una disculpa, pública y a toda voz, del senyor Hereu y sus ingeniosos publicistas distribuidores de carcajadas.
Uno se pregunta por qué están contentos los mandamases. Es como si la actual y muy difundida Crisis, dispuesta, según ellos mismos anuncian, a instalarse entre nosotros por varios años, les devolviera las ganas de vivir y ser felices. Hasta la nueva máscara plástica de Berlusconi lleva ahora una sonrisa fluorificada, de amplia e impecable dentadura.
Acabo de pasar unos días de descanso en bellos rincones de Gerona, primero en Cadaqués y después en Besalú, cálidamente acompañado de buenos amigos. Entre nosotros no faltaron los risas, por supuesto, pero ninguno llevaba sobre su conciencia una moratoria de otros cuarenta años para un problema que quema la piel y desertiza el alma, al mismo tiempo y en estos mismos momentos. No sé qué pensará de ello la gente que hoy tiene más o menos veinte años. ¿Llegarán a conocer ese futuro incierto? Mis amigos y yo lo tenemos difícil. Si se nos ocurriera sumar nuestras edades obtendríamos como resultado varios siglos de aprender a vivir capeando temporales y desastres de muy diverso tipo. Y ninguna otra cosa es -acabo de enterarme- un extremófilo, sino un ser que vive en condiciones extremas, alejadas de las consideradas normales. Posiblemente este sea el destino de todos los que no consiguen, y/o ni siquiera intentan, convertirse en dirigentes de nadie ajeno a ellos mismos. Finalmente el sujeto que me llamó extremófilo tenía razón. He decidido asumirme como tal y hasta vanagloriarme de serlo. Al menos en este momento me parece aceptable, y mañana... mañana con seguridad nos olvidaremos de todas estas pequeñeces. Arranca Barcelona Harley Days, un multitudinario encuentro de propietarios de motos Harley-Davidson. Serán más de quince mil participantes y cada uno llegará cabalgando su vociferante cacharro. Prometieron por email hacer temblar toda Barcelona. Quien esto firma, además de extremófilo, es un auténtico adelantado. Ya está temblando.
Ilustración encontrada en la red. Autor anónimo.
Posdata: una nueva reseña al libro de poemas infantiles de Carson McCullers ilustrado por mí:
http://www.icatfm.cat/ (sección Llibres de Jordi Cervera)
Gracias, muchas gracias.

domingo, julio 06, 2008

Camille (pas Claudel)

porque Jean Baptiste Mondino, un preferido del responsable de este blog, es el creador de su imagen
porque tiene gracia
porque sí, como siempre
ilustra : retrato promocional de camille

miércoles, julio 02, 2008

cuento con escalofrío para un verano tórrido

Antes, hasta hace muy poco tiempo, se acercaban solamente por las noches. Esperaban agazapados entre las almohadas de mi cama a que apoyara la cabeza en ellas, y, apenas empezaba a hacerlo, me susurraban al oído las mismas palabras de siempre.
"Recuérdanos, cuéntanos. No pueden olvidarnos."
Me acostumbré muy pronto a su presencia. Cuando no los oía buscaba entre las sombras sus imágenes imprecisas, sin rostros ni perfiles. Prefería encontrarlas cuando aún estaba despierto a verme asaltado por ellas en medio mismo de los sueños. Allí repetían escenas archiconocidas, daban vuelta el sentido de las cosas; me mentían mintiéndose.
Hiciera calor o frío, mi viejo gato se apretaba a mi cuerpo como si temiera algo.
"Recuérdanos, cuéntanos. No pueden olvidarnos."
Me acostumbré a tener un blog de papel sin pautar y varios lápices con buena punta a un costado de la cama, muy cerca del I Ching que siempre me acompaña y de una edición barata y abreviada de las Sagradas Escrituras, regalada una mañana cualquiera por dos despistados emisarios de la palabra divina, vestidos ambos con chaqueta ajustada, camisa blanca y una corbata estrecha de color sombrío. No soy creyente, y espero que nadie pueda molestarse por esto, sin embargo tener allí ese grueso libro con tanto texto supuestamente iluminado tranquiliza mi conciencia y aligera mis, en muchos momentos, agitados sueños.
"Recuérdanos, cuéntanos. No pueden olvidar..."
Generalmente no los dejaba terminar aquel repetitivo estribillo. Volvía a encender la luz y cogía el cuaderno y un lápiz de punta bien afilada. Bastaba conque escribiera el nombre de cualquiera de los susurrantes o anotara el principio de una anécdota banal, sin ninguna importancia, donde hubieran tenido alguna vez protagonismo. De inmediato callaban los murmullos y la habitación entera se quedaba quieta, en absoluta calma. Mi atigrado Nicolás se estiraba cuan largo era e iba a colocarse sin tensiones ni maullidos a los pies de la cama.
"Recuérdanos, cuéntanos. No pueden olvidarnos."
Durante las dos últimas semanas no dormí en mi cama. En este viaje inesperado las calles de París no pudieron verme flaneando feliz y despreocupado como tantas otras veces. Fueron quince días atroces, de trabajo encerrado y solitario frente a un ordenador ajeno en una oficina duramente despersonalizada. Por suerte el clima no invitaba a las caminatas y la presencia cercana de la Tour de Montparnasse restaba credibilidad a los antecedentes románticos de la capital francesa.
Anoche, al fin, pude volver a casa. Por momentos mi capacidad de olvido llega a sorprenderme tanto como mi meticulosa, puñetera memoria. En dos semanas de nada, había olvidado por completo a los subrepticios susurrantes. Me metí en la cama y, al arreglar mecánicamente las mullidas almohadas, el cuaderno de hojas sin pautar cayó abierto al suelo. Soy muy ordenado, lo reconozco. Hasta pueden llamarme obsesivo, pero no hubiera podido dormir tranquilo dejándolo allí. Me agaché para recogerlo. Fue entonces cuando vi aquella leyenda cruzando de lado a lado las páginas centrales del cuaderno. Escrita con una letra grande y redondeada que no era la mía, se podía leer con toda claridad:
"Recuérdanos, cuéntanos. No pueden olvidarnos."
fotografía de Abelardo Morell

lunes, junio 30, 2008

La Princesa de Nebraska

Una imagen oblicua y fragmentada gira delante de mis ojos desde hace dos noches. Podría haber escrito: una imagen me mira sin que yo pueda hacer nada para evitarlo. Sería igualmente válido. El viernes, sin haberlo previsto anticipadamente, acabé en un cine donde proyectaban una película sin especiales atractivos para mí. (Dos veces "sin" suena a pecado, a reiteración injustificada, a una cárcel donde cumplir penas lingüísticas. Hace calor, mucho calor. No es tiempo para escrituras refinadas.)
"Es una historia de chinos en San Francisco", había dicho Vanessa por teléfono, tratando de agregar interés a un programa algo desvencijado. "Mi amiga Martina dice que está muy bien". De inmediato pensé, y por este mismísimo orden, en situaciones alargadas, lentas y bastante aburridas con el fondo de una ciudad que me gusta especialmente; también en un encuentro agradable con Vanessa e Isabel y en una larga, distendida charla, en cualquier local bien refrigerado. El pequeño objeto "a" esperaba una respuesta. Lancé alguna tontería sobre su creciente especialización en productos de origen chino-lacanianos y después agregué: "Sí, iremos".
La calle era un infiernillo. Y estoy usando la palabra exacta, esa que da nombre a un aparato eléctrico productor de calor; lo más parecido a una pequeña cocina portátil. Es que puedo imaginarme todos esos infiernos de opereta o sacristía, con cuerpos desnudos retorciéndose entre las llamas y aullidos de dolor superponiéndose a las plegarias, ruegos e imprecaciones de los condenados. Por el contrario, la calle estaba casi desierta, casi silenciosa. Supuse a los barceloneses escondidos en herméticos apartamentos con aire acondicionado, aferrados a cualquier entretenimiento que los distrajera siquiera unas horas de tanto bochorno continuado.
Pringados, sudorosos, llegamos al cine. No voy a detenerme demasiado en el encuentro con las amigas. Hablamos de calor, de libros, de políticos ignorantes, de árboles arrancados y de ciudades bonitas, todas ellas lejanas.
Última función de la noche. Seríamos poco más de veinte espectadores; vimos el final solamente unos catorce. La princesa de Nebraska es una película alejada de toda pretensión comercial. En ella, un puñado de personajes nada simpáticos gastan las horas de un día cualquiera preguntándose por el futuro de sus vidas sin obtener la más mínima respuesta. El director es el chino-estadounidense Wayne Wang, tan versátil como para atesorar en su currículum Smoke y Sucedió en Manhattan. En la primera el guionista era Paul Auster; en la segunda, un cuento de hadas neoyorquino, dirigió a la latinísima Jennifer López y al siempre atildado Ralph Fiennes. A pesar de su título, en La princesa de Nebraska no hay hadas, princesas ni guionistas prestigiosos, sólo primerísimos planos que parecen rodados con cámara en mano. Una cámara inquieta y desprejuiciada, capaz de encontrar similar interés a un par de zapatos de color indefinible, a una uña quebrada y rebelde o a la mirada agresivamente evasiva de una muchacha china que ha decidido desprenderse de un embarazo de tres meses porque el padre, un joven cantante bisexual de la Ópera de Pekín, no quiere saber nada del futuro hijo. Esa misma tarde y por casualidad, había visto por primera vez un trozo de India Song, una de las películas dirigidas por la escritora francesa Marguerite Duras. Sabía de ella por mi amigo Carlos D'Alessio, autor de la música; para mí, lo mejor del invento. Viene a cuento, porque tanto ésta como la película de Wayne Wang intentan romper con los cánones cinematográficos clásicos. La de la Duras, olvidándose del cine como un arte visual con lenguaje propio; logrando que la puesta en escena sea poco más que una ilustración pedante, superficial, falsamente sofisticada de unos textos de por sí pretenciosos. La de Wayne Wang, de profunda concepción cinematográfica, intentando desprenderse lo máximo posible de toda apoyatura ajena a la narración en imágenes. India Song pretendió ser en su momento una película de culto. Desde su aparente humildad, La princesa de Nebraska pretende algo parecido. ¿Existe esa posibilidad con los tiempos que corren, epidérmicos y consumistas? Entre una y otra han transcurrido más de tres décadas y las aguas que pasaron bajo los puentes han arrastrado hasta los mismos puentes.
ilustra : imagen del filme de Wayne Wang

viernes, junio 27, 2008

Klaus Nomi: Retorno a la Isla Blanca

¡CaloooooooooooooooooooooooooooooooooooooR!
¡HooooooooooooooooooooooooooooooooooooooT!
Sé que muchos de ustedes ya tendrán planes vacacionales. Entre esos muchos, algunos inclusive habrán decidido pasar días de refrescante playa nudista y noches de desnuda lujuria en la más grande de las Islas Pitiusas, la siempre efervescente Ibiza. A los que decidan ir allí les recomiendo visitar también Formentera, la pitiusa más pequeña. Queda a pocos minutos de barca, y, entre otros grandes artistas universales, cobija estos días al uruguayo Jordi Labanda, el glamoroso, original, incomparable ilustrador de las botellas de agua Font Vella (¡!). En el último número de AD, una buena revista de arquitectura y decoración, nos muestra su casa en la isla. Lo siento, Jordi. He visto pocilgas con más estilo. Y eso que dices codearte en los chiringuitos de moda con Monsieur Philippe Starck.
Viví en esas islas varios años tan jóvenes como alocados; tiempo más que suficiente para poder aconsejarlos al respecto. No olviden la importancia del maquillaje y el vestuario, sobre todo para las noches de desenfreno discotequero. He visto morir muchísimas ilusiones en el fondo de un baúl rebosante de traperío inadecuado. Atención: junto a esa crisis económica que el presidente Zapatero teme nombrar, vuelven los espaldados ochenta. La auténtica década prodigiosa, portadora de la extravagancia generalizada, el glitter sobre la piel y el color negro como uniforme cotidiano. La relumbrona época de los grupos musicales fashion, los DJ superpoderosos y las top models multimillonarias. Codo a codo con los abarrotados video-clubs de barrio, la heroína de distribución masiva y el indomesticable virus asesino, dieron importancia mediática a esos años de frenética modernidad, enterrando para siempre los bucólicos sueños pacífico-amorosos del hippismo. Klaus Nomi, un extravagante contratenor bávaro muy poco conocido por los jóvenes actuales, fue una figura emblemática de esa década que apenas entrevió. Murió en pleno verano del 83 en New York. De SIDA, por supuesto. Todavía no había cumplido cuarenta años.
ilustra : retrato de KN. Autor desconocido.

martes, junio 24, 2008

¡Ukiyo-e, Montserrat!

"...vivir únicamente el momento presente, entregarse en cuerpo y alma a la contemplación de la luna, de la nieve, de la flor, del cerezo y la hoja de arce...no dejarse abatir por la pobreza permitiendo que se trasluzca en el rostro, sino flotar a la deriva como una calabaza en el río: esto es lo que llamamos ukiyo." Assai Ryoi, Leyendas del mundo flotante, circa 1665.
Querida Montserrat:
Es fuerte el calor en Barcelona. Ha llegado de improviso, quitándome hasta las ganas de hablar. Como tú y yo nos conocemos tan bien, no voy a andar con muchos rodeos. Estoy hasta el moño de este clima y hace apenas dos o tres días que lo estamos sufriendo. Debería preguntarte por tu salud y la familia, pero no lo haré. Son lugares comunes e innecesarios. Viviendo como vivimos, a pocas calles de distancia, de haberte pasado algo desagradable ya me hubiera enterado. Sé, porque me lo has dicho más de una vez, que sales poco. Podrías decir que nada, dado el número, primero decreciente y ahora nulo, de tus visitas. ¿Te acuerdas cuando nos encontrábamos dos o tres veces por semana para merendar en Mauri? ¿O cuando íbamos las dos solas al cine Casablanca por las tardes?
La televisión lo ha matado todo, hasta nuestras amistades. Cuando le digo estas cosas a Juan Ramón me contesta que tengo ideas de vieja. Que eso de que todo tiempo pasado fue mejor se me ha convertido en una repetitiva letanía. Posiblemente sea verdad. Nunca tuvo demasiado humor, el pobre. También suelo decirle que las cámaras digitales engordan: "Cuando me sacabas fotos con las analógicas aparecía mucho más delgada". Debería reírse. No soy tan necia. Bromeo para soportar el deterioro cada día más evidente de nuestras respectivas fachadas. "Detesto Cataluña", le digo. "Desde que estoy aquí envejecí muchísimo. En Madrid estaba fantástica, parecía una niña". Podría reírse, darse cuenta de la amarga ironía implícita en la tontería que estoy diciendo. Sin embargo jamás lo hace. Primero me mira muy serio, casi compungido, y enseguida baja la cabeza, como si no se atreviera a decirme a la cara esa cosa tan cruel que está pensando:
"María José...¡Que han pasado treinta y cuatro años...!"
Cuando todavía estaba viva Estela, ¿te acuerdas? Más o menos para esta época, cada año, solía llamarme desde El Escorial para comunicarme sus planes de verano.
"¿Te venís conmigo?"
Me gustaba su acento. Y no solamente por ese deje sudamericano que no llegó a perder nunca. Era recio, poco femenino. Estaba acostumbrada a tratar con obreros y se le notaba bastante. Nunca quise acompañarla, a pesar de su insistencia. Y a pesar de mis constantes negativas, nunca se cansó de invitarme.
Hace mucho tiempo que no nos vemos, Montserrat. Me doy cuenta porque empiezo a contarte una cosa y termino por contarte otra. En realidad te escribía para que no te pierdas la nueva exposición de La Pedrera. A ti, tan amante de las cosas orientales, te va a gustar muchísimo. Fuimos con el Juanra ayer al mediodía. Adentro está muy fresco, tal vez demasiado. No soy muy amante del aire acondicionado. Prefiero el fresco natural, las ventanas abiertas. Es cierto que ahora en esta ciudad, si abres las ventanas, sólo entra polvo. Y ruido, mucho ruido. Es como vivir en medio mismo del infierno. A veces hasta me descubro maldiciendo. No entiendo que todos se pongan de acuerdo para hacernos la vida más difícil. No era así hace unos años, ¿recuerdas?
¿Ves lo que te decía? Me desvío todo el tiempo, me pierdo en ramales secundarios. La exposición de la que te hablaba es de grabados antiguos japoneses, algunos muy conocidos, como ese de la ola gigante en verdes, azules y blancos de una tal Hokusai. Un trabajo de chinos, dirían algunos. Pues mira, son japoneses. Hay geishas y actores travestidos, paisajes con el monte Fuji y escenas donde es posible quedarse horas mirando una enorme diversidad de personajes en actitudes distintas, cada uno dibujado con la misma precisión, con el mismo mimo. Ve preparada, querida. También hay un rincón de la sala donde se exhiben muchas escenas picantes. ¿Sabes de qué te hablo, verdad? Yo no las había visto nunca, y, ¡vaya sorpresa! Hay en ellas ciertos atributos masculinos más propios de la raza negra, ¿me entiendes? Pues a mí me dio por reírme. Jamás pensé que los japoneses pudieran tener semejantes cosas. ¡Son tan amantes de lo pequeñito! Al Juanra no le gustó nada. Que me riera así, quiero decir. Intentando que nadie lo oyera, con la boca medio torcida hacia el lado donde estaba yo, gruñó indignado:
"¡Nunca más voy a un museo contigo!"
"No es un museo", corregí medio mosqueada, "es una sala de exposiciones. Y, ¿qué quieres? A mí me da risa. Tú estarás más acostumbrado a estas cosas. Como te pasas las tardes tonteando en los sex shops..."
Una pareja joven que estaba al lado nuestro no podía creer lo que estaba oyendo. Juan Ramón, por el contrario, se lo creía absolutamente todo. Tanto como para ponerse pálido del susto. No me gusta verlo así: parece un muerto. Entonces decidí subirle un poco el color de las mejillas y le lancé a la cara la pregunta que me estaba dando vueltas en la cabeza desde que había visto la primera de aquellas imágenes:
"Oye Juan Ramón: ¿cómo es que en tantos años de casados, nunca se nos ocurrieron posturas tan divertidas?"
Como te imaginarás, no supo contestarme. Sufrió un acceso de tos muy fuerte y tuvimos que salir de la exposición para volver corriendo a casa. Ahora lo oigo entrar. Mejor sigo escribiéndote luego, cuando se haya dormido.
Ukiyo-e. Imágenes de un mundo efímero. Grabados japoneses de los siglos XVIII y XIX de la Bibliothèque Nationale de France. Fundació Caixa Catalunya, La Pedrera, Barcelona.

domingo, junio 22, 2008

en la noche de San Juan

ahora que Miss Scarlett Protuberancias Johansson ha decidido "cantar" temas de Tom Waits-¿era necesario, cariño?¿necesitabas más dinero para pagarte el alquiler?- es bueno recordar al auténtico creador de esas canciones. Como estamos con la crepitante fiesta de San Juan encima y el verano ya hizo su no menos abrasadora aparición invadiéndonos de sudores y calenturas varias, con sólo pulsar sobre este signo *, os encontraréis en compañía de un encantador engendro infernal, mezcla rara de zorra callejera subida a un impío tacón aguja y de un siempre inmaduro Peter Pan despojado de su entallado uniforme verde.ilustra : foto publicitaria de S.J. (de autor desconocido) y pintura de Leonardo da Vinci

viernes, junio 20, 2008

¿Bailamos un Tango?

Mayo glorioso, junio fatigoso. Al menos mis sentimientos podrían describir estos meses así. Mi razón, siempre más lenta, necesita un poquito de tiempo para llegar a definir de manera relativamente precisa todo lo que está pasando. Estos últimos días la realidad ¿exterior? se abalanzó sobre mí con una prepotencia bastante desagradable. Tomé conciencia de muchas cosas que prefiero no contar aquí. Sería verme obligado a poner nuevamente debajo de este post, como etiqueta, "la horrible realidad".
A cambio dejo una función de gala para todos los amantes del cine musical, de la danza y el espectáculo en general. Cuando hace unos días falleció Cyd Charisse me puse a buscar imágenes suyas, cualquier trozo de película donde pudiéramos verla bailando en alguno de sus momentos de máximo esplendor. Encontré la rareza que quiero compartir con ustedes. Cyd, una tejana estadounidense que tomó clases de danza para superar un ataque de poliomielitis, baila Orchids in the Moonlight, un tango "de salón" interpretado por la orquesta habitualmente caribeña del catalán Xavier Cugat. La acompaña Ricardo Montalbán, un galán mexicano convertido con los años en un personaje intergaláctico de la saga futurista Star Trek. La película, ON AN ISLAND WITH YOU, se estrenó en 1948 y estaba dirigida por Richard Thorpe, un profesional todoterreno con un apellido que no inspira demasiada confianza.
Los abanderados de la fusión globalizada no han inventado nada nuevo. Los defensores de las purezas nacionales podrían tomar nota de cuanto más divertido resulta mezclar las cosas.
Postdata: Raúl "Alma Difusa" me pide un mejor partenaire para Cyd. ¿Quién puede, como este, subir a un coche de caballos con tanto desparpajo y elegancia? Por otra parte, Isabel quería saber el nombre de esa película con números musicales realmente perfectos. Pues allí van estos plus para ellos. Pulsad sobre las líneas coloreadas y sabréis de qué estoy hablando.
ilustra : portada de un disco de Xavier Cugat con un dibujo hecho por él.

miércoles, junio 18, 2008

Ecologismo radical

Mientras Isabel Núñez ve editado con notable éxito mediático su libro del azufaifo, en el que relata la lucha de varios vecinos de un semi céntrico barrio barcelonés para salvar este antiguo árbol condenado a muerte por la insensibilidad de los promotores inmobiliarios y la ceguera de los gestores municipales, me entero que el gobierno brasileño acaba de condenar a Johan Eliasch, un industrial sueco residente en Inglaterra y supuestamente comprometido con "la causa verde", al pago de 176 millones de euros por un delito ecológico cometido en tierras brasileñas. Parece que este señor de cuarenta y pocos años, presidente de la ONG Cool Earth y multimillonario dueño de la marca deportiva Head, se ha cargado unos 230.000 árboles de la selva amazónica. Para hacerme una idea aproximada de lo que significaba esa masacre, conté los árboles enfermos o raquíticos que hay en la manzana de mi casa. No llegan a treinta. ¿Por cuántas manzanas tengo que multiplicar para obtener la cifra de árboles amazónicos condenados a ser meros cadáveres, madera sin más, convertida después en objetos superfluos de usar y tirar? Y todo hace pensar que el gobierno brasileño solamente ha contabilizado los árboles. Nadie se preocupa por la desforestación que conlleva esta tala, tampoco por las especies animales expulsadas de su hábitat natural a fuerza de machete y apisonadora. Muchas de las plantas supuestamente exóticas sólo pueden serlo para nosotros, los de este lado del mundo; allí, en la Amazonia, eran plantas autóctonas creciendo y multiplicándose en un ambiente apto para sus necesidades. De entre ellas las más espléndidas, las más caras por tanto, habrán languidecido y muerto en el rincón de una boutique de ropa casual o en un ángulo oscuro, seco y poluído de algún mediocre restaurante de diseño, descuidadas por unos propietarios que ni siquiera se imaginan que estos objetos decorativos puedan necesitar para seguir viviendo unos cuidados mínimos, además de ajustadas dosis de agua y luz.
La noticia sobre la condena al señor Eliasch la leí el mismo día de su aparición, el pasado sábado 14 de junio, en la página 28 (Tendencias) del diario barcelonés La Vanguardia. La página siguiente del diario estaba dedicada por entero a una promoción del cuidado shopping oulet de La Roca Village. En grandes letras de color rojo, la publicidad recomendaba con tono levemente autoritario: "Equípate para el verano", y más abajo, casi a pie de página, anunciaba un sorteo donde podías ganarte un pack playero de la firma Head-Mares, la misma del señor ecologista que ayudó a desforestar la Amazonia.

Post-mortem: Cyd Charisse ha muerto. Bellísima mujer, elegante y dotada bailarina, nos deja imágenes que podemos recordar -o revisitar- cuando las aristas de la realidad se hacen demasiado filosas, demasiado hirientes, prácticamente insoportables.
Para despedirla con un grand jetté, podemos verla como una desmelenada tovarich que descubre las "mieles" de la sociedad capitalista en una escena de Silk Stockings, versión musical del film que mostró por primera vez a la Garbo riendo a carcajadas: Ninotchka.





















Fotos publicitarias del señor Eliasch (¡debería sacar el codo de nuestro planeta!) y una de Cyd acompañada de vaya a saber qué (¿el cuerno de la fortuna?), puesta a posteriori para dar al post un aire menos canallesco.

lunes, junio 16, 2008

¡La Fiesta!

Quieren volver a imponernos ¡La Fiesta! Ese extraño festejo de la sangre, la tortura y la muerte. Parece increíble que un ejército de gente de apariencia normal se reúnan en un coso para divertirse presenciando una faena carnicera, hábilmente envuelta en pases de bailarín flamenco y ricamente ataviada de mozo de corte. Esos espectadores son personas como yo, supongo. Personas que sufren cuando se cortan un dedo o ven morir a alguien querido sin poder impedirlo. Tal vez hasta tengan algún animal doméstico al que sacan a pasear cada día, y del que festejan, casi con la misma alegría exhibida en ¡La Fiesta!, gracias y travesuras. ¡La Fiesta! ¿Y si al menos la hicieran solamente para ellos, en privado, sin necesidad de ofrecernos a todos los demás mortales ese festín canibalesco? Estamos apañados: mucha gente que se dice artista, sensible y de izquierdas, apoya este espectáculo asesino, mientras la Corte asiste a estos eventos bárbaros luciendo por igual sonrisas, ganas, faralaes y mantillas.
Les gusta el olor de la sangre, el suplicio, la encerrona y la muerte. Después se asombran del acoso escolar o doméstico, de los asesinatos masivos, de los atropellos por descuido en pleno centro urbano y de los kamikazes sobre cuatro ruedas. No fui yo el inventor del refrán sobre la cría de cuervos. Por eso mismo tengo la esperanza de que si algún día estos pájaros tan literarios aceptan su cegador destino y deciden volverse "hitchcocknianos", al menos acierten muy bien con la dirección de su pico.
photo : el torero José Tomás retratado por Jon Dimis
Postdatas : 1) Carolingio me habla de una novela del gran Arthur Clarke (2001, Odisea del espacio), muerto en marzo de este año, donde se trata de forma particular y justiciera a los amantes del toreo. Se llama El fin de la infancia y está editada en castellano por Minotauro.
2) Pilar me cuenta que durante el franquismo el "diestro" Manolete rejoneó "rojos" en cosos de Extremadura. Para los que no lo sepan, no se trataba de toros de piel rojiza, sino de personas con ideas supuestamente de izquierdas.

sábado, junio 14, 2008

¡Hola!, Michael Clayton...

Después de una pérdida dolorosa, ¿puede haber algo mejor que una sesión con el dentista? Ayer al mediodía, mientras otros abrían la boca para zamparse un bocado, yo mostraba mis muelas al siempre agradable e impoluto doctor M... Al menos no se había programado una jornada de dolor, solamente una revisión de rutina. Como había llegado algo tarde, la enfermera más joven del consultorio me introdujo rápidamente en uno de los pequeños boxes decorados en tono verde desvaído, sin siquiera darme tiempo a hojear los ¡Hola! de la salita de espera.
-Un momento -le dije-, voy a buscar una revista.
La elegí al voleo, ya que todas están cubiertas por unas carpetas negras de cartulina brillante que enmascaran sus portadas originales, coloreadas en amarillo chismorreo. Me tocó una pagada por los de Porcelanosa. Ya desde la tapa, la oriental Isabel Presley posa junto a George Clooney, el amigable. Milagro de la tecnología, Isabel luce espléndida, como recién egresada del Liceo Francés. Cloo, a quien se le ensanchó un poco la distancia entre la base de la nariz y el labio superior, siempre algo arqueado por esa sonrisa entre simpática, irónica y autosuficiente, parece un marido muy satisfecho con la mujer que lleva al lado. En ese momento pensé dedicarles un post; comentar, en plan ejercicio de género, este número preciso del Hola! con Isabel y George disfrutando de los alicatados españoles. Posiblemente por puro resentimiento, porque en ese mismo ejemplar andaban un montón de famosos exhibiendo sus formas y sus lujos al mismo tiempo que nosotros nos desabastesíamos en un ensayo general de tercermundismo globalizado y los irlandeses osaban decir no a Europa sin despeinarse un pelo. Mientras hojeaba la revista recordaba esa frase atribuída a diversos pensadores de fuste: "Hay otros mundos, pero están en éste". De tener allí cerca algún amigo, seguramente hubiéramos comentado la monumental presencia de Julia Roberts al lado de un cada día más carbonizado Giorgio Armani. También lo delgaducha que se veía a la hija de doña Donatella Versace -se llama Alegra, sin embargo va siempre la mar de trista-; un perfil escaso, probablemente deglutido por esa madre ¡encantada! de aparecer en todas partes con un mismo vestido de luces. Dos páginas más allá, Tom Cruise, el retacón, subía una escalera arrastrando a su impávida y blanca mujer, vestida de rojo y calzada con zapatos azules. ¿Una alusión al emblema de su país o una declaración de amor a la République Française? Saben mucho estas estrellas: dos o tres escalones por encima, Tom se ve más alto que su abanderada pareja. En este mismo ejemplar, de verdadero lujo, varias de sus páginas estaban dedicadas a un encuentro casual entre Claudia Bruni y su marido, monsieur Sarkozy. Supongo que ella había salido a comprar el pan suyo de cada día y ya en la calle cayó en la cuenta de que no llevaba el monedero. "Aprovecho y le doy una sorpresa al petiso", habrá pensado cariñosamente. ¿Quién iba a imaginar que podía haber un artero paparazzi escondido detrás de aquella encantadora butaquita Luis XVI?
No me cabe la menor duda: hubiera sido un post de lo más divertido. Pero, a pesar de mis pesares, se me hace imposible programar algo con antelación. Pocas horas después de la visita al dentista se me ocurrió ver en casa, y gracias al Pay Per view de Imagenio, al mismo actor que en la susodicha revista ¡Hola! interpretaba el rol de marido satisfecho de la Presley, aunque esta vez en el personaje principal -modélicamente interpretado- de Michael Clayton, un film muy recomendable que logró el Oscar para Tilda Swinton, perfecta en su papel de profesional manipuladora y sin escrúpulos que habla con los espejos y se retuerce y suda en los lavabos. No pensaba escribir sobre esta película. Ni siquiera tenía intención de verla. Últimamente me aburre e incomoda ver actores famosos haciéndose pasar por otra gente. No puedo creer que Richard Gere sea un defensor de los monjes tibetanos en el diario de la mañana y esa misma noche aparezca en las cada día más estrechas pantallas de los cines o en los cada vez más apaisados plasmas de nuestros televisores, convertido en un atildado macarra de los años treinta que baila y canta arriba de las mesas.
Pero esta película intensa y precisa hizo que olvidara casi por completo el cotilleo satinado y retomara nuevamente mi prolongado romance con el cine. Con guión y dirección de Tony Gilbert, también guionista de la saga Bourne-Damon, Michael Clayton tiene como actor al recientemente fallecido Sidney Pollak, quien figura además en la nutrida lista de productores del filme, junto a Clooney, el mismo Tony Gilbert, Steven (Erin Brockovich) Sorderbergh y Anthony Minghella, muerto el último mes de marzo. La historia, un sofisticado thriller, va de abogados corruptos y compañías superpoderosas que envenenan con sus productos aparentemente inofensivos a gente tan inocente como nosotros. En pocos meses, dos de estos individuos entrañables, dispuestos a jugarse los cuartos con una película difícil, han desaparecido para siempre. ¿Será este filme tan gaffe como The Misfits o es que la ficción ha decidido dejar de serlo?