martes, enero 26, 2010

aprobado con "Nine"


Tal vez porque a pesar de toda su fanfarria visual, de los personajes extravagantes usados como parte maleable del atrezzo, de su aire de circo ambulante y su música pegadiza de provinciano parque de diversiones, los filmes de Fellini suelen moverse en los oscuros, menos espectaculares paisajes del inconsciente, esta película-homenaje no gustará a muchos admiradores del autor de La Strada, Roma y La nave va. Demasiadas estrellas, demasiado despliegue promocional, demasiadas canciones, excesivas plumas.
Cuando realizó una versión muy libre del  clásico Satiricón, el exuberante director italiano había sembrado el plató de carteles que ponían "¡No olvides que estás filmando una comedia!". Se negaba a caer una vez más en su habitual manera, entre melancólica y operística, de ver/mostrar el mundo.
Pienso que como él, un segundo antes antes de sacar su entrada, los posibles espectadores de Nine deberían meterse en la cabeza una idea, básica para poder disfrutar minímamente de las dos horas que dura esta película: "estoy por ver un musical basado en una obra teatral de éxito, que a su vez está inspirada en un filme histórico, producto de un autor imprescindible".
Egocéntrico, vanidoso, excesivo, según lo describen aquellos que lo conocieron, casi podría asegurar que Fellini hubiera quedado satisfecho, aunque con críticas, burlas y abundancia de resquemores, con esta película tan hollywoodense, rebosante de estrellas oscarizadas y al mismo tiempo duramente castigada por las críticas.
Obra maestra del cine, elucubración desbocada sobre las dudas y temores de un creador que se supone en crisis, fantasmagórico retrato del mundo evanescente de esas celebrities que no existirían sin la fotografía como soporte archivador de enormes egos y prescindibles pequeñeces púbicas, Otto e mezzo es tan clásica como Romeo y Julieta o el Ulises de Joyce. Cincuenta años después de su aparición, aclamada por los críticos y ninguneada por el gran público, ¿no es más que lógica una revisión del mito?
Es indudable que Rob Marshall no es Federico Fellini ni Bob Fosse, pero tampoco el mundo actual se parece demasiado a aquél que estos, con incisiva pero a la vez preci(o)sa mirada de caricaturistas, se ocuparon de retratar una vez tras otra.


Rendido admirador de ambos, Marshall no se atreve a romper los límites del obsecuente, y por otra parte muy apreciable, respeto a los mayores. Si lo hubiera hecho, si hubiera tenido el talento necesario para hacerlo, posiblemente estaríamos ante otra obra maestra del cine universal o, al menos, ante otro inolvidable musical cinematográfico, bastante más próximo a los de Stanley Donen y Gene Kelly, a Cabaret, Sweet Charity (basado también en un filme de Fellini) Pennies from Heaven o la primera Fama, por nombrar sólo algunos de los que ahora mismo recuerdo. Entonces, se preguntarán muchos de ustedes, si no es importante, genial ni recordable como estas otras películas, ¿vale la pena verla?
Soy un amante de los, las musicales, y todos sabemos que en eso del amor, la ceguera prima. Lo pasé muy bien en mi butaca durante casi todo el metraje (quizás le sobren unos quince o veinte minutos) y estoy convencido que volveré a ver algunas escenas de este filme otras muchas veces. Chicago, también dirigida por Marshall -con unos de los repartos más abominables posibles, en el que quizás sólo brillen Christine (Ally McBeal) Baranski y Queen Latifa-, figura entre las películas de mi no demasiado nutrida cedeteca solamente porque sus números musicales recuerdan, por no decir copian, a los del admirable Bob Fosse.
Ahora, gracias a Nine, recuperé mi antigua estima por el siempre erizado Daniel Day-Lewis -cómodo y creíble en su difícil personificación de Guido-Marcello-Federico- y pude aceptar la profesionalidad de una por lo general sobrevalorada Penélope Cruz, inobjetable aquí en su papel de amante vulgar, menos calculadora y arribista, más inestable y apasionada que en el original de la perversa Sandra Milo.
Memorioso de imágenes, soy consciente de la cotidianeidad doméstica, de la cercanía televisiva de todas estas actrices actuales. Marion Cotillard es preciosa sin rozar siquiera la turbia, enigmática belleza de Anouk Aimée (una sofisticada, grave, nada naive versión de Giullieta Massina en el Otto e mezzo felliniano), y Nicole Kidman, aunque hieratizada por el botox y las cirugías, nunca logrará ser tan helada como la escultórica Anita Eckberg. ¿Por qué no se le habrá regalado este papel a alguna de esas diosas redondeadas de las actuales pasarelas de Victoria's Secret? También allí las hay australianas, por si esta  producción exigía un reparto tan cosmopolita, o globalizado, como los habituales de Fellini, donde solían mezclarse actores, y sobre todo actrices, provenientes de distintos lugares del planeta.
Película con abundantes estrellas femeninas, Kate Hudson -casi un clon modelo 2000 de su mamá, Goldie Hawn- aprovecha esta ocasión al límite, mientras la para mí desconocida Fergie recrea una Sarracena sin obesidades ni extravíos, más acorde con la era del gym, las dietas y el consumo habitual de píldoras psicoestabilizadoras. Entre las más veteranas, Sofía Loren luce su fama de mito inalcanzable, de esfinge imponente algo demolida por las arenas del tiempo, mientras la inglesa Judi Dench pasea con altiva gallardía una peluca infame que la acerca peligrosamente a otra diseñadora de cine: Edna Mode, de Los increíbles.


Si todo esto les parece poco, es mejor que gasten su dinero con La cinta blanca o Up in the Air, dos películas serias, sin bailes ni canciones, o se pongan gafas de la tercera dimensión y vayan a ver el Avatar de James Cameron, con su abuso de elfos verdes y efectos espAciales.
Es que estoy pasando un momento de agudizada sensibilidad y prefiero no hacerme responsable de quejas ni reclamaciones.
Un detalle al margen, de puro egotismo. Cada vez que en la pantalla nombraban al productor de Guido Contini, un tal Dante (Ricky Tognazzi, hijo del inolvidable Ugo), me daban ganas de levantar la mano.
Igual que en el colegio, vamos.

ilustran: Sandra Milo y Marcello Mastroianni en una escena de Ocho y medio; Day-Lewis y Kate Hudson en Nine; retrato de Anouk Aimée por William Klein (1961) y Sandra Milo en la fimación de Ocho y medio, con Fellini a la cámara.

sábado, enero 23, 2010

La Chica Muerta


Brittany Murphy nació el 10 de noviembre de 1977 en Atlanta (Georgia), aunque poco después su madre, una tal Sharon sin más, se trasladó con ella al próspero y liberal estado de New Jersey. ¿Les dice algo todo esto? ¿Y si agrego que la tal Brittany murió a fines del último diciembre en circunstancias poco claras? Casi podría asegurar que Alfredo y Liliana están moviendo la cabeza afirmativamente, pero ¿y todos los demás?
En su momento me impresionó encontrar el anuncio con su foto en los periódicos, sin embargo se me hacía difícil decir dónde había visto antes esa cara de bebota sexi con ojos expresivos y ojeras pronunciadas. Por esos días, además, este blog estaba tan rebosante de necrológicas que agregar otra hubiera sido demasiado morboso.
Una famosa que no pudo ser realmente célebre, me dije, y pasé página sin ahondar en mis pesquisas.
Ayer por la noche, mientras esperaba a un amigo de Inglaterra que nunca llegó -¡No olvidéis que viajo el viernes!,  nos dijo por teléfono este lunes, sin aclarar que se trataba del viernes de la próxima semana-, me puse a ver por Imagenio una película del 2006 de la que no tenía siquiera noticia. La anunciaban como un thriller y a mí "las policiales" me entretienen casi tanto como los musicales de Hollywood o las irónicas, amargas comedias de Woody Allen.

The Dead Girl resultó una auténtica sorpresa, provocada en cierta medida por la ligereza conque suelen distribuir los géneros los encargados de hacerlo. Catalogar a este filme de thriller es como decir que Hamlet es una historia "de capa y espada".
Hay una muerte violenta, sí, sin duda, hay un asesino en serie, también, pero sobre todo hay un guión inteligente, una dirección con estilo -ambos de Karen Moncrieff-, excelente fotografía y un trabajo de cásting perfecto, sin fisuras. Pónganse el cinturón de seguridad y lean el reparto: Toni Collette, Marcia Gay Harden, Rose Byrne, James Franco, Josh Brolin, Giovanni Ribisi, Kerry Washington, Mary Steenburgen, Mary Beth Hurt, Piper (ay! Laurie y -la vida y el cine suelen coincidir en estas cosas- Brittany Murphy como la muchacha muerta del título.
No voy a decirles demasiado porque todo lo que diga puede ser utilizado en contra de vosotros mismos. Obra pequeña, de bajo presupuesto, sin otras pretensiones que las exclusivamente artísticas, The Dead Girl sorprende y emociona. ¿Tienen algo mejor para una noche de sábado con ausencia de programas especiales?
Yo me voy a ver Nine en compañía de algunos amigos, un buen trozo de ilusión y mi habitual desconfianza. Un día de estos les cuento cómo fue la noche.

jueves, enero 21, 2010

...8 y medio...Nueve...¿bailamos?


Federico Fellini baila, látigo en mano,
durante el rodaje de 8 y medio (1963)
Fotografía de Tazio Secchiaroli




lunes, enero 18, 2010

Ojos Ocupados








...trato de mirar hacia otro lado y siempre los encuentro allí, amontonados de forma caótica, como sacos desechados de patatas; pudriéndose frente a mis ojos, lenta, inexorablemente, igual que bolsas de basura bajo el sol del verano.
¿Así que esto era el apocalipsis?
Intento no verlos y sobrevuelo página a página las primeras hojas del diario sin detener la mirada en ninguna imagen precisa. Sin anunciarse ni pedir permiso, ellas se cuelan por algún rabillo de los ojos jugándome una mala pasada: una mujer agoniza al lado de su hija muerta, un brazo joven y oscuro adornado con una pulsera de cuentas baratas sobresale de una montaña de escombros. Ya no sostendrá ninguna cosa más. Ya no acariciará nunca más a nadie.
¿Así que esto es el horror?
No hay que viajar tan lejos, me digo. Mantente en tu centro; no pretendas volar más allá de tu barrio, del lugar donde vives.
Decidido, salto hasta el suplemento de hojas coloreadas, entre naranja y rosa, del diario La Vanguardia.
El responsable catalán de medio ambiente (¡vaya ironía!), firma los permisos necesarios para que una zona natural quemada hace unos meses -según todos los indicios, intencionalmente y con cinco bomberos dentro- se transforme en una mina de bauxita a cielo abierto. El paisaje verde, otra vez más, se convertirá en desierto, la tranquilidad en ruido, la fauna en cadáveres.
¿Cómo se llama  a esto? ¿Infamia, corrupción, ignominia, vulgar canallada?
Me lanzo a la calle. Es época de rebajas y los comercios rematan casi todos sus productos a mitad de precio. No necesito nada. Quiero distraer los ojos, olvidar la catástrofe.
En los escaparates de Vinçon ofrecen taburetes rústicos de madera a ciento y pico de euros. Son tocones de árbol de un grosor parecido a los que cortaron por las calles del barrio. No quiero pensar que puedan ser los mismos. Quizás ni siquiera se trate de asientos especiales, desde los cuales poder presenciar cómodamente la destrucción sistemática de nuestro medio ambiente.
Me acerco a la librería Bertrand. Winesburg Ohio, un viejo (1919), espléndido volumen de cuentos de Sherwood Anderson, resulta elegido por los libreros de Cataluña como "Libro del Año 2009" y agota tres ediciones en muy poco tiempo. Buena noticia. No creo que la edición de Alianza que tengo por algún lado (circa 1970) haya agotado ni una primera tirada.
Llega la noche antes de tiempo y decido meterme en la cama con una gran taza de Kukicha Tea, el gato Federico calentándome los pies y una buena película que ya haya visto un montón de veces. Estoy seguro de no querer nada nuevo: es una manera de aventar el insomnio. Un musical despertaría mi algo abandonada vena danzarina...Mejor un melodrama romántico antiguo con un toque kistch. Me decido por Now, voyager (1942), La extraña pasajera en su traducción castellana, y todas mis buena intenciones naufragan junto a las inseguridades de la viajera Charlotte Vale. La devoro hasta el último segundo, por supuesto. El título original, vaya épocas, está extraído de un poema de Walt Whitman, y entre otras modernidades acercaba a un público potencialmente femenino la psicoterapia, las relaciones sexuales libres, la liberación de las ataduras familiares y, como regalo pírrico, el nefasto cigarrillo, convertido en símbolo del charming mundano.
De entre los diálogos elegantes, precisos, notablemente literarios sin resultar cargantes, elijo la línea final para cerrar con un aliento de resignada esperanza este post tan invernal como desilusionado.
Mientras entorna ligeramente sus ojos tan extraños, siempre al límite de todos los desbordes, una madura, reposada Bette "Charlotte" Davis, dice al hombre que está junto a ella:
-No pidamos más la luna: tenemos las estrellas.
Qué lejos queda mayo del 68...

Ilustran: retrato de Sherwood Anderson con su segunda mujer, Elizabeth Prall, por Imogen Cunningham.
Foto publicitaria de Now, voyager.

viernes, enero 15, 2010

H¡AY!TÍ


arriba, el cielo: paisaje de Héctor, pintor haitiano
abajo, las tinieblas: pintura de Jean Michel Basquiat (1960-1988),
artista neoyorquino descendiente de haitianos

martes, enero 12, 2010

¿damos gracias a la democracia?


Borges, Jorge Luis, escritor argentino al que supuestamente nunca se le otorgó un Nobel porque sus ideas distaban de ser progresistas (!), dijo alguna vez que la democracia era un abuso de las estadísticas.
Muchos intelectuales "izquierdistas" de la época se rasgaron con sus propias uñas los jerseys con coderas, para, a renglón seguido, arrojar al fuego sus pipas de madera oscura y sus gruesas gafas con armazón de pasta negra. Eran gestos -tan simbólicos como vanos- que ni siquiera pretendían exorcisar semejante pensamiento demoníaco, ya que cualquier sacrificio resultaba ínfimo ante el tamaño de la ofensa.
"¡Ese ciego de mierda, oligarca y maricón, ha vuelto a soltar una cretinada de las suyas!", exclamaban los habitués a las improvisadas tertulias de los cafés del centro. Muchos de ellos no lo habían leído nunca. Sentían que con el Songoro Cosongo de Nicolás Guillén y alguna que otra Oda Elemental de Pablo Neruda, cubrían con holgura sus poco habituales necesidades poéticas.
Visionario, o solamente bien informado, Borges se adelantaba una vez más a sus contemporáneos. Hoy todo se mueve a base de encuestas y rattings, simples variaciones formales (por lo general televisivas) de las estadísticas. Los concursos dicen depender del voto de los espectadores, y los noticieros, en lugar de explicarnos el porqué de algunos conflictos, preguntan al público su opinión sobre ellos.
Pongo un ejemplo: ¿Apoya usted la retirada de los crucifijos de los colegios? Los responsables aseguran haber contabilizado 14.000 respuestas:  entre ellas, el 17 por ciento respondió con un sí, mientras un apabullante 83 por ciento dijo que no estaba de acuerdo.
¿Se supone entonces que tendremos crucifijos instaurados en las aulas porque unas diez mil personas con tiempo, dinero, teléfono y ganas, así lo quieren? Y las otras cuatro mil, con casi todo lo anterior, salvo el extraño placer de ver a Jesús siempre colgando del madero, ¿deberán soportarlo frente a sus ojos aunque les desagrade?
Hoy mismo mostraban por la tevé otra encuesta parecida:
¿Usted cree que las fuertes nevadas de los últimos días podrían haberse gestionado mejor?
Lejos de contestar(les), yo me pregunto: ¿A quién pretenden echarle culpas por las consecuencias, bastante lógicas, de esta fuerte nevada invernal? ¿A las autoridades competentes? ¿Al clima? ¿A Dios? De ganar aquellos que consideran esta gestión deficiente, ¿darán mejores soluciones para el próximo invierno?
Empiezo a pensar que el problema mayor de estas consultas democráticas es que las minorías, aunque en cifras no lo sean tanto, siguen estando absolutamente marginadas. De allí que un libro sin rótulo de best-seller importa tan poco como un programa televisivo que sólo consigue dos millones de espectadores, y Belén Esteban, esa dichosa desgraciada con tabique biónico y mirada huidiza, tenga más difusión que cualquier pensador, científico o artista de cierta importancia.
¿O será que tal vez, ocupados con las democratizantes estadísticas, hemos dejado extinguir a toda esa especie de seres creativos, extraños, peculiares, minoritarios, con algún interés particular pero muy poco rating?
Ilustra : retrato de J.L.Borges por Diane Arbus

sábado, enero 09, 2010

Meeting 2010

Nuevo año, dicen, pero nada parece haber cambiado a mi alrededor desde que el viejo 2009 decidió desaparecer de nuestras vidas.
Mi paso de un año a otro ha sido dichoso, rodeado de amigos, comida, regalitos y doce uvas sin semilla y de hollejo muy fino, sabiamente adaptadas a las necesidades del momento. Esta vez pude comerlas todas y a su tiempo, campanada a campanada. Al llegar a la última, con un buen trozo de panettone italiano esperando en el plato, pensé:
-Querido muchacho: este año de cifra tan redonda conseguirás todo lo que quieres.
Pero ahora, alejado ya de los restos del banquete, me pregunto:
-¿Qué será lo que quiero?
¿Un pantalón nuevo de pana listada (corderoy, según decíamos en Argentina) o la solución definitiva de alguno de los interrogantes matafísicos que atormentaban mi adolescencia y aún hoy siguen sin respuesta?
¿Un trabajo que no parezca serlo, caricias en los lugares y momentos oportunos o simplemente un Jaguar deportivo color verde inglés con asientos de cuero en color arena?
¿Paz y Justicia en el mundo, un apartamento espacioso frente a Central Park o un monumental mausoleo en la Recoleta de Buenos Aires?
Creo que algunas de estas cosas están al alcance de los sueños de cualquiera, siempre y cuando su cuenta bancaria atesore el dinero suficiente para pagarlas. Las otras requieren más esfuerzo o son directamente imposibles de lograr, así que mejor me dedico a pensar en, y a escribir sobre, otras cosas.

Sábado frío, desapacible. Mi gato Federico espera que me tire en el sofá a dormir la tele, para ponerse de inmediato encima de mis piernas, acurrucado, tibio y mucho más ligero de lo imaginable dada su atigrada presencia.
La CTK anuncia Meeting with Woody Allen, y yo, poco informado, me alegro antes de tiempo. Arrinconado en un sofá parecido al mío, un WA mucho más joven que el actual aparece realmente asustado. Como no estarlo si resulta que el personaje poco agradable que fuma un puro antes sus ojos y hace preguntas que oscilan entre la estupidez y la pedantería, es nada menos que el egocéntrico Jean Luc Godard, un tipo capaz de hacer películas bastante interesantes aunque jamás divertidas. Resulta que este documental (!!!) es de 1986 y con él el "anárquico" cineasta francés ha decidido hacer un filme-monumento a su supuesta inteligencia, escamoteando el protagonismo a ese señor de gafas al que presumiblemente pretendía dedicar atención, preguntas y película. ¡Horror! De pronto me doy cuenta que casi no hay diferencias entre este medio metraje modernoso y los largos programas de tertulia de las cadenas españolas. Monsieur Godard, uno de los máximos exponentes de la nouvelle vague cinematográfica, ¿podría ser el precursor de la actual televisión basura?
Me enfado bastante, recordando con nostalgia el magnífico libro entrevista de Truffaut a Alfred Hitchcock. Por suerte en otra cadena están pasando un atroz telefime canadiense y puedo dormirme en paz, sin molestar al ronroneante Federico.

Ilustra este post un dibujo de David Levine censurado en su momento por el New York Times. 
En él aparece un Kissinger de espaldas, tatuado con el resultado de sus acciones pacificadoras por el mundo. David Levine, genial dibujante, certero caricaturista, falleció unos días antes de la llegada de este nuevo año. Otro buen alumno que no supo, o no pudo, esperar el diez.   

miércoles, enero 06, 2010

Diciendo adiós sin ira




Lhasa de Sela cantaba en estos tres idiomas canciones que ella misma escribía. Publicó tres álbumes con relativo éxito.
La llamaron estrella errante porque, hija de nómadas, ella también lo era.
Ha ¿decidido? detener su camino el primer día de este año.
Como dicen sin iracundia alguna unos iracundos amigos bonaerenses: adiós, muchacha...

sábado, enero 02, 2010

jueves, diciembre 31, 2009

una despedida arrebatada


Es como si estuviera saliendo de casa y justo antes de cerrar la puerta sonara el teléfono obligándome a volver.
Quería abandonar por unos días este blog y hacerlo danzando, una forma muy placentera de exorcisar dolores que pretendemos pertenezcan al pasado de este año aciago al que consideramos moribundo, pero hace unos minutos Liliana Sáez, del blog Kinéphilos, una argentina cálida y viajera con la que tuvimos un encuentro a su paso por Barcelona, colgó un post despidiéndose desde la distante Buenos Aires de Ivan Zulueta, para nosotros casi un vecino.
Maldita cosa que, a pesar del cansancio que tengo acumulado, no me permitió irme a dormir temprano. No me había enterado de su muerte hasta ese mismo momento, y aquí estoy, despidiéndolo.



Conocí a Iván en Ibiza, a fines de los setenta o principios de los ochenta. Era un tipo atractivo adicto a muchas cosas, aunque sin las alharacas propias de los glamourosos pecadores de la época. Andaba por la isla con Wilmore, su actor fetiche, su compañero de fechorías, su bello y desenfadado muñeco parlante.
En Madrid se hablaba mucho de su película Arrebato, pero nosotros, isleños de adopción sin derecho a estrenos cinematográficos, no la habíamos visto. Como una sincera demostración afectuosa, sin rasgo alguno de divismo, se ofreció a mostrarnos una serie de sus cortos caseros en el piso de un muy querido amigo florentino, muerto ya hace años. Este muchacho muy cinéfilo se llamaba Massimo y era otro heroinómano estilo Zulueta: inteligente, lúcido, tierno y afectuoso, de excesos varios y desintoxicaciones constantes.
Rodados en su casa de San Sebastián con elementos tan caseros como una televisión encendida, ese colorido y mutante moco infantil al que llamaban Blandy Bloop o los sonidos desfazados de una radio cualquiera, sus peliculitas lograban efectos que a todos sus ocasionales espectadores nos parecieron escalofriantes.
Después de aquella noche no volvimos a vernos, a pesar de que suponíamos prácticamente inevitable un reencuentro.
Poco tiempo después, en el primer viaje que hice a la península, vi Arrebato. De inmediato la coloqué en el pequeño altar donde pongo mis películas de culto, alegrándome cada vez que alguien la mencionaba como ejemplo de creación cinematográfica independiente. Pasaron los años, y a pesar de algunas noticias dispersas sobre posibles nuevos proyectos donde aparecía involucrado, no se por que extraña razón yo daba por supuesto que Iván Zulueta no haría jamás otro filme. Durante todos estos años preguntaba por él a los compañeros de sus variadas profesiones, ya que, además de cineasta, Iván era artista plástico, diseñador gráfico y espléndido ilustrador de carteles. Siempre recibía más o menos la misma respuesta:
"Parece que está bien, aunque no se deja ver demasiado. Está desenganchado, pero casi no sale de su casa. No quiere ver a nadie".
Allí, en su casa de San Sebastián -ese santo emblemático, de cuerpo ambiguo y piel horadada- ha muerto hoy, hace unos pocas horas.
Reiterativo infractor, orgulloso mal alumno, supongo que no le gustaría rozarse con el diez que solía premiar a los más aplicados, ni siquiera en las páginas impresas de los calendarios.

Ilustran: retrato de rodaje y cartel diseñado por Iván Zulueta.

miércoles, diciembre 30, 2009

2010 en danza

Un antiquísimo proverbio atribuído a los gnósticos dice:
"Quien baila conoce el significado profundo de la vida".
Pues eso:
Que el nuevo año nos encuentre en danza.

jueves, diciembre 24, 2009

¿Noche de qué?


Una ministra pájaro, esperpéntica bruja de un cuento infantil, personaje escapado de un cómic algo polvoriento de Ciudad Gótica, nos suelta a la cara y sin pudor alguno, que el gobierno no quiere ni puede intervenir en lo que las patronales decidan. La oposición opina exactamente igual, no vaya a ser que los cinco puntos ganados esforzadamente durante las últimas semanas se le escapen en algunos segundos de las urnas.
Al mismo tiempo el responsable de todo este fregado, amo y señor de la empresa Air Comet, ¡vaya nombre comiquero!, declara con espíritu marxista-grouchiano y el cuerpo muy suelto (aunque sin estar cagado: tiene todo el poder en sus manos y lo sabe muy bien), que él jamás hubiera comprado un pasaje en una compañía aérea con los problemas de financiación que mostraba, desde el mismo momento de su creación, la suya.
Frente a esto se me ocurre una pregunta: ¿este sujeto es presidente de la asociación de empresarios de España (CEOE) porque su actuación se considera modélica entre los de su gremio?
A pesar de tanto descaro, el tipo está libre y pasará la fiesta de esta noche con su familia, tal cual lo harán el responsable de los desfalcos en el Palau de la Música y el alcalde de Santa Coloma de Gramenet, que consiguió quinientos mil euros de fianza en unas cuantas horas, todos ellos supuestamente donados, uno a uno, por fantasmales munícipes a los que parece importarles poco las acusaciones de fraude que pesan sobre su edil.
Mientras tanto, decenas de personas de esas que los medios llaman anónimas porque no tienen foto personalizada en los periódicos, están presas en los aeropuertos, y varios miles más contienen la respiración desde sus casas, esperando una decisión que no depende, según parece, de tribunal alguno. No han cometido defraudaciones ni delitos, salvo, aunque suene espantosamente lacrimógeno, el de invertir dinero en sus ilusiones navideñas, domiciliadas durante estas fechas, por causa de los destinos y las necesidades, en un país lejano a este en el que están viviendo ahora.
Asistiendo horrorizado a tanta villanía, me pregunto dónde están todos esos actores concientizados, esos intelectuales progresistas, esas conciencias liberales que hasta hace pocos días se rasgaban las vestiduras por otra mujer, una sola, varada también en un aeropuerto.
Probablemente los símbolos atraigan más publicidad que las personas y finalmente sólo se trate de cuánto espacio mediático se puede ganar sin tener que rebanarse la nariz o develar en público intimidades eróticas, secretos de familia y espesos problemas conyugales.
No creo que esta sea una noche de Paz. Aún menos podrá serlo de Amor.
Ninguna de estas cosas tan importantes como intangibles son posibles sin la por momentos tan escurridiza Justicia.
POSDATA: habría querido despedir este año con el post anterior, sin embargo no ha sido posible. No pretendo deslucir la fiesta de nadie. No me creo tan infalible como para poder hacerlo. Escribir, publicar luego aquí lo antes escrito, se ha convertido en una especie de exorcismo para alejar de mí algunos dolores espirituales muy intensos. Espero sepan disculparme.

lunes, diciembre 21, 2009

de aquellos barros, estos lodos...



Quiero desearles ¡Muchas Felicidades! a mis estimados visitantes.
Está por acabar un año que nos trajo alguna que otra desgracia y, como no todo van a ser tristezas y quejíos en nuestro cotidiano devenir, también un buen número de plagas y catástrofes que nos atacaron por sorpresa, aunque ¡Aleluya! sin lograr acabar con nosotros para siempre.
Lo que acabo de escribir es una broma fácil, por supuesto. Sabéis que no soy un tipo tan pesimista.
Para que el arqueo de caja no presente fisuras, se hace necesario contabilizar cada una de las bienaventuranzas recogidas durante este 2009 que ahora se nos va. Pongo algunos ejemplos: la gripe A resultó menos dura de lo anunciado, Obama nos mostró rápidamente su calidad de ser humano normal, lleno de carencias y defectos, y "la princesa de los pobres" (Javier Vázquez dixit), Su Graciosa Majestad Belén Esteban, se ha convertido en una mujer distinta gracias al poder de la televisión española, fusionada -tanto como el Plus francés (supuestamente progresista) y la Cinco berlusconiana (marcadamente amarilla)- con la cada día más omnipresente, insoslayable, miracolosa cirugía plástica.
Todo esto, no me lo podéis negar, merece un festejo luminoso.
Recorriendo Internet a la búsqueda de alguna estrella que mereciera figurar entre las rutilantes semanales de este año casi extinto, encontré a Peter Capusotto, un actor, guionista y director argentino.
Uno de sus muchos personajes caricaturescos, todos ellos de trazo grueso y humor exageradamente violento, presenta una cantante que asegura haber inventado el rock punk en la Argentina de los años sesenta. Basándose en Violeta Rivas, ídolo juvenil de aquella época y figura fundamental de un también televisivo Club del Clan, ha creado a esta Violencia Rivas, especie de abuela sudamericana de la no menos alcoholizada, grosera y repeinada Amy Winehouse (¿por dónde andará ahora esa chica?).
Quizás Peter Capusotto hiera muchas sensibilidades, pero les aseguro que sus textos tienen poco desperdicio, mal que nos pese. Como parte de este regalito inocente de Navidad les dejo otra joya del pasado, tan estropeada como auténtica. Aunque algo borrosa y crepitante, en ella podrán ver figuras y canciones de épocas pretéritas, musas inspiradoras del Capusotto de hoy.

jueves, diciembre 17, 2009

¡FIESTA!


Mientras nos preparamos para festejar, queramos o no, las engalanadas fiestas de fin de año, algunos otros, empujados por decenas de miles de firmas ajenas a sus escaños parlamentarios -firmas que validan la opinión de gente de la calle, la mal llamada "normal y corriente"- están a punto de votar por la suspensión o no de las corridas de toros en territorio catalán.
Los partidarios de la Fiesta Nacional están que graznan, y para dar más peso a su voz acuden a la defensa de los supuestos valores ancestrales de la cultura taurina como algo propio, innegociable, representativo del pueblo español. Para ello nos recuerdan el embeleso que muchos intelectuales y artistas han sentido y sienten por los toros, indisolublemente unido, digo yo, a una atracción morbosa por la tortura sistemática y la sangre derramada.
El escritor Ernest Hemingway, un ejemplo habitual en boca de los taurinos, defendía las corridas, amaba la caza y, coherentemente, terminó suicidándose con un preciso tiro de escopeta.
Picasso representó toros y toreros con dibujos de línea grácil y movimiento suelto, pero también ilustró el desastre de Guernica y eso no valida, o no debería validar, la guerra.
"Todos somos libres de acudir o no a la plaza", dicen muy convencidos los habitués a los ruedos, sin contar con la opinión de los toros, que no tienen posibilidad de discutir nada y además, por imperativos de su especie, ni siquiera pueden aullar pidiendo clemencia.
Si al menos no nos enteráramos de que está sucediendo...
Si al menos no nos contaran cuántas orejas y rabos han cortado en una sola tarde y no nos mostraran por televisión los detalles más nauseabundos de todo aquello que nos negamos a ver en directo...
Ellos, los defensores del toreo, mienten sin más: no quieren libertad alguna, sino imposición lisa y llana de sus placeres e intereses.
"Que no te gusta la sangre, ¡pues dos tazas!"
Firmé, y me ratifico, por la anulación inmediata de las corridas sangrientas, y no existe coartada suficientemente válida como para hacerme cambiar de parecer al respecto.
¿No nos horrorizamos porque hay pueblos que, amparados en su "cultura", lapidan hasta la muerte a los infieles, mutilan sin piedad los clítoris de las niñas, castigan y encarcelan a los homosexuales o consideran que maltratar a sus mujeres es absolutamente válido porque está culturalmente establecido?
Si nos atáramos sin más a los valores del pasado, seguiríamos arrojando a los débiles y enfermos desde los altos de un monte cualquiera o zanjaríamos cualquier discusión a golpes de mazo.

La Medea de la tragedia de Eurípides, uno de los arquetipos de la cultura clásica occidental, ¿debería justificar que una madre cualquiera asesine a sus hijos?

sábado, diciembre 12, 2009

¡Rayos y Centelles!


Quizás porque esta cuestión de los derechos suele torcer demasiado las cosas, la venta de los archivos del fotógrafo valenciano Agustí Centelles al gobierno central español ha producido un desagradable escozor en los medios políticos e "intelectuales" de Cataluña. A pesar de que la transacción fue realizada por los más que adultos hijos y herederos del fotógrafo, convencidos de que estaban haciendo lo más conveniente para la difusión y cuidado de la obra paterna, la ministra González Sindes, una mujer poco hábil para la oratoria y con riesgosa propensión al exceso en lo concerniente a sus hábitos, está siendo acribillada a improperios como responsable del asunto. Si hasta ese auténtico Pilar de la democracia apellidado Rahola se atrevió a decir que la otrora cinematográfica ministra es una mujer vengativa que goza con haberles arrebatado esta propiedad a sus dueños catalanes.
Supongo que el supuesto hurto va a producir, al menos entre los que se arrogan la voz y el pensamiento de las mayorías silenciosas, aún más desafección, ese sentimiento tan en boga que el diccionario explica como falta de afecto o desapego, pero también como abierta oposición a alguna cosa, sobre todo si de un régimen político se trata.
Muy mal asunto, ya que si mezclar los sentimientos con la política es muy riesgoso, mezcarlos con los políticos puede ser directamente criminal.
Lo digo por experiencia propia. Al volver de mi corto vuelo por París encontré toda Barcelona engalanada, un intento válido de convertir esta ciudad siempre algo oscura en una de parecida luminosidad a la que me había acogido durante toda la semana anterior. Lástima que en la mayor parte de los casos las bombillas de colores barcelonesas iluminen calles destrozadas por obras que nunca se acaban, un creciente desorden visual y muchísima mugre.
Despreocupándose de todo esto, los responsables del actual ayuntamiento, además de cuadruplicar el número de bombillas, acometieron otros cambios substanciales en la decoración callejera. Este año, supongo que para no herir la sensibilidad de los marginados habituales, se ha optado por eliminar de los arreglos navideños toda alusión a las tradiciones cristianas. Ni ángeles, ni pesebres, ni estrellas guía con larga cola incorporada. Sólo formas que aluden de forma más o menos abstracta a los paquetitos de regalo de las grandes tiendas. Las tradiciones navideñas se ven convertidas finalmente en lo que vienen siendo desde hace un buen montón de años: una feria más para el consumo donde no se menosprecian razas, nacionalidades o creencias... salvo en el caso de las excepciones, que, según decían los antiguos, confirman las reglas. Me parece oírlos:
-Si usted está dispuesto a gastar su dinero, nosotros lo atiborraremos de buenos deseos luminosos en casi cualquier lengua, salvo alguna que, aunque mayoritaria, no resulte digna de nuestros afectos.
Muy mala cosa esta de la desafección, porque resulta que ese idioma ahora despreciado es para los que lo hablamos de forma habitual tan materno como cualquiera de los otros pretendidamente defendidos, y según se sabe por desgraciadas experiencias anteriores, la desafección que causa este tipo de discriminación suele alimentar desuniones, enfrentamientos, guerras.
Aquí pongo el freno y pido disculpas: estamos en vísperas de fiestas y por tanto yo debería mostrar un perfil menos depresivo y crítico, más cercano al Frank Capra de ¡Qué bello es vivir! que a un aforismo cualquiera del amargo Cioran.


Trataré de enmendarlo en un próximo post, aunque en este mismo momento se haga difícil pensar en renos simpáticos y gorditos bonachones. Las calles, reconózcanlo, no ayudan demasiado. Sobre todo durante el día, cuando las lucecitas de colores aún no relumbran. Miren si no la cara tristona del maniquí de Zara y la publicidad vegana del centro comercial L'Illa de la avenida Diagonal.
Al menos yo, este año no pienso comer ni una pizca de pavo. Estoy dispuesto a llevar adelante este propósito bajo juramento...y hacerlo en el idioma que las autoridades competentes tengan a bien permitirme usar.





Posdata: esta semana Cafè Central cumplía veinte años de existencia poética y decidió festejarlo con una fiesta en el Horiginal de la calle Ferlandina, frente al blanquísimo MACBA. Fuimos muchos más de cien los que gozamos de cariñosos encuentros, lectura de textos y poemas, auténtica magia literaria, coca de llardons, fuet y cava. Volví a casa muy contento con el precioso libro que Antoni Clapés y Víctor Sunyol editaron para celebrar este aniversario. En sus páginas 57 y 58 aparece el poema que escribí un tórrido día del último agosto en Caldetes: Playa al mediodía.
(En la foto de Bertini: Víctor Sunyol y Antoni Clapés)

lunes, diciembre 07, 2009

La ciudad iluminada (segunda parte)








Cada vez que vuelvo de un viaje trato de ver la ciudad en la que vivo (¿mi ciudad?) como si nunca la hubiera visto antes. Es un ejercicio bastante difícil, sobre todo cuando quieres hacer lo mismo con tu barrio, tu calle, tu casa, tus costumbres y todos tus objetos cotidianos. Sin embargo esta vez ha sido relativamente fácil imaginar que la ciudad era otra: los arreglos navideños cubren casi todo el paisaje urbano, cielo incluído.
Según leí ayer mismo en algunos diarios barceloneses, se ha descubierto que las luces de colores y los arreglos festivos producen una contabilizable alegría en los viandantes habitualmente cariacontecidos. Supongo que esos mismos sesudos estudios aseguran que contento y consumo son una pareja de hecho muy bien avenida.
Ahora, entre nosotros y con total sinceridad, ¿ustedes necesitan muchas más cosas de las que poseen? Tal vez una casa, un empleo decente, una cobertura sanitaria completa, con especializaciones y sin demoras, un gobierno serio, responsable, sincero, la cercanía de todos nuestro seres queridos, la felicidad sin más, pero, ¿una camisa o un pantalón parecidos a los muchos que ya cuelgan del armario? ¿Otro cedé para aumentar la colección de los que nunca llegamos a escuchar o ver del todo? ¿Un nuevo electrodoméstico para estrechar aún más el espacio de nuestra de por sí reducida cocina?
Puedo creer que el consumo desmesurado sea la única manera posible de sostener esta sociedad en la que vivimos, sin embargo, fantasioso que soy, me imagino otra donde ese sostén no fuera necesario hasta los extremos de despilfarro actuales.
Había prometido segundas partes sobre el viaje a París, pero ahora, puesto a llevar adelante esa promesa, me doy cuenta que no es mucho más lo que podría contar sobre un viaje que, como casi todos, me ha brindado diversión, entretenimiento, alguna que otra frustración inesperada y muchas alegrías imprevisibles.
He visto tanto en esta corta semana que casi no podría relatarlo y además no creo que París, una ciudad tan narrada, necesite de más relatos pormenorizados. "Ya fué", decían años atrás los adolescentes argentinos para dar por acabada alguna experiencia pasada. Pues eso mismo digo yo: ya fué. Supongo que lo mejor que pueden hacer al llegar a París es desoír a los, y las, bienintencionadas guías de viaje, para perderse por la ciudad, dejándose llevar solamente por el olfato, los ojos, los sentidos. Acompaño este texto con algunas fotos que les dirán, espero, muchas más cosas de las que yo podría decirle con palabras. Eso sí: aún sin tenerlos previstos, casi podría asegurar que no se librarán de los epígrafes.


En las fotos, todas de Bertini, toreros en la Place des Vosges, un casamiento chino en Invalides, Dante-Dantón, el Centro de Arquitectos, tres enhiestas sombras y un protector tricotado, un plátano centenario del Canal St Martin que nadie necesita cortar, escaparates varios, la librería de usados de Merci, un Léger en el espejo, severa vigilancia en el Louvre y aún más severa en una peluquería caribeña del boulevard Sebastopol.



miércoles, diciembre 02, 2009

La ciudad iluminada (primera parte)

Cuando llego desde Orly a la casa donde viviré los próximos siete días, me doy cuenta que toda la France me recibe hecha bandera. Un ayuntamiento detallista, sin ninguna duda.
¿Delirio egocéntrico? Peut-être, ¿pero verdad que suena bonito?
Detrás de las tres ventanas iluminadas, esperaba nuestro hogar provisional.
Afuera... todo París, como siempre en fiesta.


El sábado a las dos de la tarde estábamos invitados a almorzar en casa de madame M. Llegamos bajo una una llovizna persistente, fría, bastante molesta; pertrechados con abrigos, bufandas, gorros de lana y guantes de piel; cubiertos a medias por unos paraguas endebles que un viento indeciso con arrestos tangueros se empeñaba en deshacer. Mientras comíamos con apetito invernal pisto andaluz, pollo al horno con espaguetis au beurre, ensalada verde, roquefort y camembert, chocolates y café, se habló de las ventajas e inconvenientes de vivir en París.
-Si viviera aquí -dije yo- un día como este me quedaría en la cama sin asomar la nariz a la calle...Leyendo, viendo la tele, durmiendo.
-¿Y qué tiene de malo eso? -dijo mi amiga.
-Nada -le contesté.
Pero mientras lo decía tuve muy claro que, como el Bartleby de Melville, "preferiría no hacerlo".
Será porque, más que vivir en París, me gusta pasear por sus calles desorientadamente, sin meta ni rumbo fijo; perdiéndome por sus rincones, descubriéndole detalles que imagino exclusivamente míos, como si del cuerpo de un amante muy deseado, y nada esquivo, se tratara.


-¿Qué tal París? ¿Viste algo interesante?
- Sí. Las contradicciones de mi alma.


En cada viaje que hice a la Ciudad me ha tocado vivir en un barrio diferente. El Boulevard de Richard Lenoir es parte del quartier 11eme, Bastille, un barrio con su propio ángel(¡!). Caminando un rato puedes llegar sin demasiado esfuerzo al Canal Sant Martin, uno de los refugios Bobó (bo-hemian/bo-urgeois) más cotizados. Si cambias de dirección te encuentras con el Marais, antiguo barrio de comerciantes judíos que el Centre Pompidou y los homosexuales de aquella época convirtieron en el enclave alternativo urbano de los años ochenta. En el boulevard Beaumarchais, a pocas calles de donde vivimos durante este corto viaje, está la tienda Merci, todo un icono de la modernidad. Precioso y carísimo lugar, tiene un bar con estanterías de libros usados a la venta y un plantel de empleados que supera con creces el de sus exclusivos clientes.



SanTa Carne -yo lo hubiera escrito entre signos de admiración- es un restaurante que anuncia con absoluto desparpajo y estrictas letras blancas sobre un frente de color negro pizarra, sus dos emplazamientos: Buenos Aires - París.
Un casamiento con historia: al costado mismo de la tour Eiffel hay desde siempre una corta calle con el nombre de la capital argentina.
Publicidad gratuita:
Los pequeños ravioli de queso a la crema de Le Rostand, a un costado de los jardines de Luxemburgo, son verdaderamente exquisitos.
La mantequilla "a la sal de mar", para mí desconocida, tiene un sabor incomparable.

Me acerco hasta el Jeu de Paume -no confundir con el jus de pomme, siempre tan refrescante- para ver la exposición Fellini. No llego a entrar. Antes de la destrucción modernizadora, en aquel anacrónico lugar te recibía el bronce de la bailarina de Degas con su tutú de tul auténtico. Adentro bailaban, juntitos y apretados, los puntillosos impresionistas. Ahora el lugar se confunde con cualquier sucursal de un gran banco hipotecado. El rincón librería es, como siempre, exhaustivo y espléndido. Compro algunas cosas de ver y me voy hacia la Feria de Navidad que por primera, y con toda seguridad no última vez, ha sembrado de chalecitos suizos los Campos Elíseos.


Son de madera clara, pintada de blanco por fuera y en estado natural por dentro; una diferencia notable con los que habitualmente se montan por aquí, de loneta o plástico sobre armazón metálica. El contenido sin embargo es similar: muchas chucherías, muchas golosinas, muchas cosas para comer y beber. De pie, como se pueda, al paso. Apoyado a las espaldas del enérgico Charles de Gaulle, enfrentado a un más reposado Clemenceau, un trencito infantil de trocha angosta divierte mucho más a los adultos que a los niños, fans decididos del calor hogareño y la play station.
De esos laureles, estos muérdagos, me digo, y sigo mi camino, no sin antes zamparme una extravagante crepe de jamón, canela y queso.

martes, diciembre 01, 2009

intermedio


...recién llego de viaje y necesito algo de tiempo para escribir un post comme il faut...sé que algunos encontrarán desmesurada mi necesidad de reubicación, pero soy algo lento para procesar semejante caudal informativo...volver a la vida cotidiana significa, entre otras muchas cosas, aceptar que la máquina con la que escribo habitualmente puede tener un colapso repentino, un súbito síndrome abandónico, un coup de vaya a saber qué cosa incomprensible, y me niega el encendido...Federico, cariñosamente cuidado por Sigourney BCN, está tan cariñoso como siempre: enfant gâté mais pas mauvais, no tuvo necesidad de romper ninguna cosa en señal de descontento...después de la Ciudad Luz todo parece menos brillante, sin embargo sé que en unas horas mis ojos se acostumbrarán al por momentos impío sol de Barcelona y olvidarán tanta lujosa belleza imperial para concentrarse una vez más en sus imágenes domésticas...que Así Sea...
Posdata: Luc, desde un extraño lugar de Eslovaquia, me ha dedicado una blografía. Muchas gracias, estimado.
El señor de bigotes, autoretratado aquí arriba, es el mismo bebé que aparece en el post del higiénico Luc: Uno, a los pocos meses de llegar a Buenos Aires desde París, el Otro en el apartamento que lo acogió en esta bella ciudad la semana pasada...