viernes, octubre 22, 2010

Patrick Blanc, la felicidad es verde


Viernes ansioso.
Lo real lacaniano irrumpe torpemente haciendo trastabillar mis siempre algo inseguras certezas.
Red Bull nos creó alas, nos permitió volar. Ahora, hoy mismo, la otrora prestigiosa compañía Air France corta con un gesto torpe cualquier posibilidad de vuelo.
Gritaría ¡merde! en sus malditas jetas para salpicarlas con el color del desconsuelo... si no fuera porque podría confundirse con un deseo de buena fortuna, de suceso, de éxito y aplausos. Sintiéndolo mucho, no puedo desearles nada de todo esto.
Este Viernes no es Verde, salvo porque, a pesar de todo, conservo la esperanza de un final feliz. ¿Dónde está la maleta en la que, entre otras muchas cosas materiales, iba también la llave de un sueño, monsieur Sarkozy?
Gracias desde ya, con ilusionada anticipación, por devolverla. Nos la merecemos. Tanto como usted y sus compatriotas merecen un futuro sin sombras, tintado con el verde vertical y verdadero de la siempre erguida y auténtica felicidad.

The private jungles of Patrick Blanc from Jotaeme on Vimeo.

lunes, octubre 18, 2010

Mario Vargas: Losa contra/sobre Foucault



El viernes pasado fui invitado por el Casal Lambda para hablar sobre mi país natal, Argentina. En realidad la gente del Casal quería que me centrara especialmente en el antes y después de la aprobación de la Ley de Igualdad de Derechos entre heteros y homosexuales, en los cambios posibles a raíz de la promulgación de esta ley, y si, de existir estos, eran muy evidentes.
Llevaba conmigo unas veinte carillas escritas que pensaba leer si el público asistente no me demostraba cansancio o, simplemente y sin más, abandonaba la sala con gesto de aburrimiento y desagrado.
Los papeles quedaron sobre la mesa, porque cuando Joan Sebastian, organizador de estos polifacéticos Viernes del Casal, lanzó sin demasiado preaviso sus dos primeras preguntas, cogí el hilo del discurso, -no se si llamarlo espontáneo por haberlo hecho sin apoyaturas escritas- y no lo solté hasta que, hora y pico después, me anunciaron que debíamos despejar la sala y pasar a otro espacio donde servirían la cena a la que también había sido invitado.
Dado que estaba pensado como un introito anómalo, un hors d'oeuvre que no encajaba fácilmente en el tema central de la charla, antes de pasar a la mesa leí el corto texto que publico a continuación, escrito momentos antes del encuentro.



El homeópata catalán que me atendía hace unos años (¿cómo eludir una consulta con el Doctor Pros cuando nos sentimos rodeados de inumerables contras?) pretendía que yo, una auténtica personalidad pulsatilla, siempre algo dada al ensueño y a la melancolía, aceptara el carácter, según él impermanente, de las cosas.
No terminaba de entender, o yo no sabía dejárselo claro, que en realidad podía comprender desde muy pequeño que “lo nuestro es pasar”, pero sin embargo no lograba aceptar internamente, sorteando esa irremediable y profunda pena, que la realidad fuera así, porque en ese pasar, en esa provisionalidad, en esa impermanencia de las cosas, se perdían algunas de ellas muy queridas.
Los seres humanos somos muy afectos a acumular recuerdos. Lo hacemos en la memoria, pero también en cajones, estantes, novelas, diarios personales y ahora, en estos tiempos de informatización y ordenadores personales, en blogs y páginas de facebook.
Una de las enfermedades de la época, también una de las más temidas, es sin duda alguna el alzheimer.
Será porque si perdemos los recuerdos lo perdemos todo, definitiva y fatalmente.
Jorge Luis Borges, uno de los grandes poetas de la lengua castellana, dijo alguna vez, y sé muy bien que me repito citándolo,“si algo no existe es el olvido”.
O era demasiado optimista, cosa que dudo y él mismo se ha encargado de negar más de una vez, o simplemente estaba hablando de su propia capacidad de recordar, tan memoriosa como la de su personaje, Funes.
Yo lo recuerdo a él ahora porque el mismo día que el escritor peruano-español Vargas Llosa se ganó el Premio Nobel, un ilustrador de periódico llamado Erlich, dibujó al escritor argentino sentado en una nube, provisto de alas, su bastón de ciego y preguntándose:
“¿No era que a mí nunca me otorgaron el Premio Nobel por ser de derechas?”
Mientras alguien mostraba excelente memoria, muchos diarios progresistas parecían haber olvidado que Vargas Llosa se presentó como candidato a presidente de su país con un programa que no era precisamente de izquierdas, dedicándole páginas y páginas de elogios y ensalzándolo como si fuera un auténtico Mesías, el letrado y omnisciente Salvador de nuestra humanidad y nuestra lengua, ambas siempre al borde del abismo.
Pocos días después, para corroborar su bien nutrido currículum de burgués medio, defensor de la familia tradicional y de las buenas costumbres, el nuevo Nobel de literatura se presentó en una Universidad de Estados Unidos con una conferencia en la que defenestró el recuerdo y la trayectoria del filósofo francés Michel Foucault, acusándolo de que, en vez de buscar la sabiduría en las bibliotecas y los libros, lo hacía en los saunas y bares gays de San Francisco (sic).
¿Olvidaremos por causa de su ahora premiada homofobia (¿cómo se puede entender, sino como homófoba, esta mención ramplona y desvalorizadora de las actividades privadas del filósofo francés?), por su indudable y menos refulgente resentimiento “intelectual” (¿qué estaba haciendo usted, señor Vargas “Losa” en Mayo del 68?), por esta amarillista y descalificadora mirada sobre la vida de alguien que, como Michel Foucault, aportó toda su calidad intelectual a los debates abiertos sobre “las otras sexualidades”, que luchó comprometidamente por la aceptación de la igualdad de derechos y donó pensamiento y palabra a los combativos movimientos gays de(sde) finales de los años sesenta?
¿Podrá la fuerza calculadora de este premio tan mediático como manipulado(r), sepultar para siempre a Foucault entre los escombros desechables de los años ya pasados, como si se tratara de una marca más de ropa, de una nueva dieta infalible o de una línea de cosmética milagrosa, día a día presumiblemente superada por otra que lo es aún más?
No se si esto viene a cuento, pero como los días se suceden y ya hace más un mes que fui invitado a darles esta charla, mis intereses van cambiando de lugar… o voy aceptando gozosamente otros que anteayer no tenía.

He venido aquí para hablarles de Argentina y su nueva ley de igualdad, no me confundo. Este introito de último momento, aupado a las últimas noticias del último periódico, sólo me sirve para no olvidar, intentando al mismo tiempo que tampoco olviden ustedes, que el señor Vargas Llosa no es un gay friendly y que su concepto de la seriedad intelectual, de la praxis y el compromiso, elude cualquier posibilidad diferente a la que pueda prestar un libro cualquiera, a ser posible lujosamente encuadernado.

Dibujos de David Levine y Matt Groening

jueves, octubre 14, 2010

Fugaz Belleza


La descubrió de pronto, mientras tonteaba aburrida entre las plantas de una enorme florería cercana a su casa. Iba allí como quien entra sin ninguna devoción a una iglesia vacía: para cargarse de silencio y belleza, para impregnarse de colores y aromas que no le eran habituales, para compartir una mística imprecisa que, aún sin comprenderla totalmente, la atraía siempre.
"Amarillys", leyó en el pequeño cartel que acompañaba una hilera de bulbos sin flor y recordó a una actriz de su infancia a la que no pudo poner rostro. Amarilis Carrié...¿qué sería de ella?.
-Este bulbo, ¿dará flores?, preguntó al vendedor que se acercó a atenderla.
-Por supuesto... Mire aquí: tiene dos varas. Cuando se abran los capullos será realmente precioso.
Podía creerle o no. Ni siquiera recordaba cómo era aquella flor de nombre rebuscado, aunque sin saber por qué, no podía pensarla en ningún tono de amarillo. Finalmente el precio, cinco euros, y la esbeltez de los tallos y las hojas verde fresco la convencieron más que un hipotético futuro florecido al que ni siquiera podía dar color.
Había imaginado aquellas anchas cintas verdes sobresaliendo de un gran vaso de cristal transparente que tenía en su casa, así que volvió a ella más ilusionada, cuidando que las hojas llegaran sanas a su destino. Puso el bulbo con su pequeña maceta de plástico dentro del vaso de cristal y les agregó agua. Al día siguiente, nada más levantarse, vio con alegría que los capullos empezaban a despuntar en rojo.
Durante dos semanas la planta siguió regalándole flores de un color tan luminoso y vibrante como para teñir con sus reflejos de fuego todo lo que la rodeaba. También su corazón, que hasta la llegada de Amarillys estaba gris de tristeza, opacado por la melancolía, robó para sí un poco de aquella vitalidad vegetal sin excusas ni explicaciones, de una gratuidad sin más, casi insultante.
"Florece porque está programada para ello. Ese es su destino."
Se preguntó si el suyo sería simplemente languidecer; viva, sí, aunque sin flores restallantes que iluminaran el paisaje. Había dejado atrás un sueño tan gratificador e inesperado como aquella floración, para regresar a su cálida, placentera, aunque también previsible y rutinaria, realidad cotidiana.
Miró a su gato, que dormía plácidamente sobre un sillón antiguo de desgastada pana marrón. Como él, aunque por propia decisión, había cambiado el riesgoso placer de la aventura por la tranquilidad sin sobresaltos de la vida doméstica.
Se miró las manos con resignada tristeza. No le crecerían flores, de eso estaba bien segura, sin embargo, muy poco tiempo atrás, aquellas mismas manos habían despertado fuegos tan intensos como para iluminar más de una vida.
Se estremeció de arriba a abajo como queriendo sacarse de encima una piel molesta, desgastada y en desuso. Un segundo después corría hacia su cuarto para revolver ansiosa el cajón donde guardaba los cosméticos. Mientras esmaltaba con un rojo furioso de Revlon sus uñas cortas, habitualmente pálidas, una sonrisa que de puro extraña resultaba felina, comenzó a dibujarse en sus labios entreabiertos, en sus ojos otra vez esperanzados.

Foto de Richard Avedon

sábado, octubre 09, 2010

Buenos Aires, viejos libros









La plaza Armenia y la Cortázar-Serrano concentran gran parte de la actividad comercial del borgiano, turbio y cuchillero barrio de Palermo, reconvertido ahora en el colorido, comercial y turístico Soho bonaerense.
Comercios modernos, refinados y caros, bares de todos los tamaños y enormes restaurantes -restós dicen los porteños- de impecable diseño, más la presencia, como en casi toda Buenos Aires, de artesanos verdaderos y supuestos que, junto a una incalculable cantidad de vendedores callejeros de chucherías varias, esperan a sus eventuales clientes charlando de puesto a puesto o desparramándose ordenadamente junto a sus mercaderías por las anchas aceras, conforman el paisaje, trajinado aunque nada ruidoso, de toda esa zona.
La tarde del último siete de septiembre, mientras buscabábamos por el que durante dos meses fuera mi barrio un lugar donde festejar, comiendo opíparamente, el cumpleaños número veinticinco de AM, nos cruzamos con una mujer delgada que arrastraba parsimoniosamente, sin demasiado esfuerzo aparente, un gran carro repleto de libros usados.
Como siempre vemos en primer lugar aquello que estamos esperando ver o ya hemos visto antes alguna otra vez, estiré sin pensar el brazo para sacar de entre el ordenado barullo de aquella auténtica biblioteca rodante, un volumen de Remedio para melancólicos , brillante recopilación de cuentos cortos del infatigable Ray Bradbury.
Era la primera edición castellana de ese título en la editorial Minotauro, propiedad del para muchos mítico Paco Porrúa, auténtico descubridor del primer, aún joven, García Márquez. Como si todo tuviera un sentido que no alcanzo a descifrar, por aquel barrio de Palermo, a pocas calles de donde estábamos, vive ahora un auténtico gallego de Galicia: Marcial Souto, coruñés de las cercanías de Betanzos, amigo personal de Bradbury y traductor de gran parte de su obra, aunque, y lo corroboro buscando entre sus primeras páginas, no precisamente de este libro, traducido a dúo por la inolvidable, deliciosa, ya desaparecida Matilde Horne y el mismo Porrúa, camuflado una vez más bajo uno de sus muchos seudónimos.
La mujer que arrastraba el carro, y vuelvo nuevamente a ella, tenía el cabello largo hasta los hombros, blanco de canas y apenas recogido tras las orejas con la ayuda de una "vincha" ("diadema" las llaman por aquí, aunque a mí me suena bastante principesco, un poco demasiado cursi). Esta era bastante estrecha y también blanca, de punto. Junto al abrigo de color camello, la bufanda borravino algo desteñida, la piel clarísima y los rasgos afilados de judía centroeuropea, la estrecha vincha blanca otorgaba a la mujer un aspecto fuera de lugar, algo anacrónico, casi de otra época.
Personaje secundario de una película de los cincuenta sobre la resistencia francesa, cuando sumergió la mano entre sus libros imaginé que iba a sacar un arma, o tal vez esa granada que explotaría poco después contra las odiadas fuerzas de ocupación alemanas.
-Si se lleva ese, le regalo este otro.
En su mano derecha estaba ahora "Más que humano", la novela de Theodore Sturgeon que iluminó mis ilusiones y fantasías entre los dieciséis y los diecinueve años.
-Se ve que a usted le gustan mucho los libros. En casa tengo cientos y quiero deshacerme de la mayor parte de ellos. Ya estoy vieja, no puedo cuidarlos. Apenas si doy abasto con mi cuerpo y mi gato.
Le doy los cinco pesos que me pide mientras acerco los dos volumenes a mi pecho como si fueran dos reencontrados juguetes de la infancia.
Hace mucho, demasiado tiempo que no releo estos libros, sin embargo puedo recordar de qué tratan. El cuento que da título al de Bradbury, otorga al amor que no desdeña la sexualidad categoría de remedio infalible para los desfallecimientos melancólicos. El de Sturgeon habla sobre la ética, el compañerismo y las diversas, e inexploradas, posibilidades de relación entre los seres vivos.
Serán otro buen regalo, imprevisto, casual, yo diría que también algo mágico, para el joven amigo que va a mi lado.

Lo repito otra vez: hay mucho más que buena carne, descontento e inseguridad en esta enorme, inabarcable, no sé si misteriosa ciudad de los Buenos Aires.
Todas las fotos que ilustran esta nota son de Dante Bertini.

lunes, octubre 04, 2010

tres tipas tristes


pequeños crímenes de amor...
esta es, señoras y señores, la película que me hubiera gustado hacer a mi alguna vez:
tres tipas tristes;
tres actrices que se parecen entre sí, que se mueven en una línea de actuación similar;
tres mujeres solas buscando su razón de vivir.
Como dice Zizek con nuevas palabras, como dice una antigua canción con las palabras de siempre:
el amor es algo mágico que asusta,
que hiere pero que gusta,
naranja pero limón...

Todos los seres que aparecen en este filme son oscuros y solitarios. Apenas magnificados por el ojo amplificador de las cámaras, por el achinado ojo sabio de quien sabe desprenderlos de su contexto gris, opaco, desabrido, para contar sensiblemente sus historias sin grandeza, aparecen como insectos atrapados en una escenografía luminosa y colorida que les brinda esa luz que no tienen (en) sus vidas.
Cercano y minucioso, Won Kar Wai mete a estos tipos del montón, a estos personajes que no le pertenecen del todo, en una estrecha pecera barroca de restaurante chino, en una caja de cristal trasparente, en la falsa escenografía verdadera de los bares, las carreteras, los casinos, las ciudades de hoy.
Son poco más que una parte del paisaje estas tres mujeres tristes.
Veladas, semiescondidas, ausentes; insaciables buscadoras del amor fuera de sí, de la pareja que las complete, que las alimente, que les de una razonable razón para vivir. Rasgando con dolor los edulcorantes velos de la complacencia, intentan conseguir esa compañía mágica que les conceda una llave maestra para abrir la puerta de lo permanente y, luego de hacerlo, poder no cerrarla por nunca jamás, jamás, jamás.
Simplemente para permanecer allí, protegidas del temible desierto exterior y los pavorosos infiernos propios.

Veánla, no se la pierdan.





POSDATA: recibo un volumen de la Antología Poética en homenaje a José Luis Giménez- Frontín editada por Puerta del Mar, Málaga, y recopilada por Jesús Aguado y José Ángel Cilleruelo. En la página 17, el poema que escribí al día siguiente de su muerte. Hoy mismo, la Comisión de Cultura de ACEC aprobó la obra en bronce que he diseñado para el premio anual que llevará el nombre de mi, nuestro, inolvidable amigo José Luis.

jueves, septiembre 30, 2010

Love con V


Me encuentro con un amigo adorable y me cuenta una brevísima y divertida historia en forma de diálogo.
Como además de ponerme al día con los trabajos habituales -bastante descuidados durante casi dos meses- estoy escribiendo para una charla sobre Argentina, el mundo gay porteño, antes, durante y después del kafkiano Proceso militar, y los cambios sociales producidos a partir de la nueva ley de Igualdad Matrimonial promovida por el gobierno de Cristina Kirchner (viernes del casal Lambda, el 15 de octubre a las 19.30 horas) no puedo detenerme demasiado tiempo en un post más sustancioso. Por tanto transcribo, con el permiso de mi, lo repito, adorable amigo, las dos líneas de diálogo que lo tuvieron como protagonista secundario.
Sabrán perdonar... Ustedes, no menos adorables, siempre lo hacen.

- Dime que me quieres...Nunca me lo dices. Me gustaría saber si realmente estás enamorado de mí. ¿Me amas de verdad?
- Sabes que odio las declaraciones de amor. Prefiero demostrártelo con hechos. Dame unos minutos... Tomo una Viagra y vuelvo.


ilustra: foto del actor Burt Lancaster en su juventud, mostrando alegremente las pelotas. Autor desconocido.

sábado, septiembre 25, 2010

¿Nobody Wins?


El tren pasa por la desértica meseta aragonesa. Más blanca que la arena, la tierra se extiende en dunas suaves mechadas de arbustos bajos de color verde oscuro.
Demasiado reciente el viaje a Argentina, recuerdo los altos fresnos bordeando el camino a Mercedes, las pitas y los tilos de La Plata, los ficus de maceta convertidos en árboles robustos que cruzan de acera sus ramas por las calles amplias del pluri-apellidado (Soho, Hollywood, Sensible) barrio de Palermo.
El servicio Preferente del AVE incluye periódicos, toallitas húmedas para limpiarse las manos y un tentenpié somero y agradable, con jamón y queso, tortilla de patatas, café, bombones, zumos.
Los diarios dan cuenta del premio especial de San Sebastián a la actriz Julia Roberts. Es evidente que las estrellas brillan más a la distancia, cuando no alcanzamos a ver sus accidentadas geografías. Me encanta esta mujer hipnótica, aunque tal vez me falte fanatismo para ignorar sus, para mí, notables deficiencias.
No debería usar minifaldas que la obliguen a cruzar las largas piernas desde el mismísimo nacimiento de estas, disimulando unos muslos demasiado delgados, bastante poco firmes. Y, aunque la distancia entre las comisuras de sus labios estará especificada centímetro a centímetro en los millonarios contratos que acostumbra firmar, podría sonreír más relajadamente, evitando que el gesto se convierta en una mueca estereotipada, superficial, poco creíble. Quizás sea imposible sonreir de la misma manera a los veinte y a los cincuenta años, de la misma forma en que es injusto pedirle a Woody Allen (née Allan Stewart Königsberg) que se ría, y nos haga reir, como en épocas pasadas, cuando la vejez y la parca eran para él sombras atemorizadoras, pesadillescas, aunque todavía suficientemente lejanas.
En su última película, You Will Meet a Tall Dark Stranger, una comedia según dicen las crónicas, todos los supuestos gags están teñidos de melancólica, letal tristeza. Casi una ilustración animada de Nobody Wins, la tan pegadiza como oscura canción de Elton John.
Yo sin embargo creo que algunos seres privilegiados ganan siempre.
Al menos mientras están sobre la tierra, gozando de total, casi absoluto poder, vivitos y coleando, que diría mi madre, ¿cuantos afortunados triunfan a costa de otros muchos que no lo serán nunca: arrebatándoles, engañándolos, manipulándolos, estafándolos sin ningún miramiento, sin la más mínima piedad?
Inclusive hay quienes, llamándose progresistas, sensibles, liberadores, pueden votar con aparente convicción por la abolición de unas torturas mientras hacen la vista gorda sobre otras.
Para poner un ejemplo cercano, presente como noticia secundaria en el mismo diario que leí en el tren: algunos políticos catalanes pueden decir no a las sangrientas corridas de toros y sí a los toros embolados, dejándonos con una duda ardiendo sobre nuestros propios cuernos de vulgares mamíferos engañados:
¿será que las atrocidades propias, los suplicios de "la terra nostra", siempre son inocuos, duelen menos?


www.dantebertini.com

martes, septiembre 14, 2010

+ parole, palabras, words...


Cuando tenemos la fortuna de vivir momentos especiales -una fortuna que depende en gran medida de nuestra capacidad para provocarlos- no nos basta con archivar esos momentos en la memoria, siempre olvidadiza, tan frágil y perecedera como nosotros mismos.
Por esto tal vez necesitamos almacenar pruebas; no vaya a ser que con el tiempo los olvidemos, desaparezcan con nosotros o simplemente nadie crea que los hemos vivido.
De allí la proliferación de esos negocios que inventan y venden cientos de objetos inútiles a los que mal llaman souvenirs; estúpidos y ajenos recuerdos para los que son incapaces de crear algunos propios.
Volver de París con una torre Eiffel de plástico en miniatura, es como ir a un banquete palaciego y probar solamente el sabor de los palillos escarbadientes. Si la he observado bien, minuciosa y sensiblemenet, si me he paseado un buen rato bajo sus férreas estructuras, ¿de qué puede servirme la patética réplica enanizada?
Cuando se trata de compartir emociones con aquellos que no nos han acompañado, un boleto cualquiera de metro unido a una anécdota interesante, la narración emocionada de un hecho que nos ha impresionado de forma especial o la descripción de una fugaz visión deslumbradora, serviría para transmitir al menos algo de la experiencia vivida a todos los que no hicieron el viaje con nosotros. Y si no se nos dan bien las palabras o las emociones vividas nos han dejado absolutamente vacíos de ellas, las máquinas fotográficas siempre pueden ayudarnos en nuestros safaris incruentos en pos de inmarcesibles, digitales recuerdos. Basta disparar apuntando bien a nuestro objetivo -más de una vez si no confiamos demasiado en nuestra puntería- y podremos volver a casa con la mochila llena de estupendas muestras de nuestra exitosa cacería.



Como mi alma viaja más lentamente que los aviones de Aerolíneas Argentinas, camino por los alrededores de la casa que habito tratando de reencontrar mi vida bonaerense en la ya otoñal, lluviosa Barcelona.
No hay ningún florista en la esquina fabricando sus ramos multicolores de cada mañana: con la concentrada parsimonia de un artesano minucioso, con la atención suficiente como para levantar la cabeza y lanzarte un saludo acompañado de una leve sonrisa cuando pasas a su lado. En el fragmento de Ensanche que habito hay, eso sí, varias panaderías, pero en ninguna te ofrecen pebetes integrales, suculentos sandwiches de miga ni crujientes galletas de campo. Existen también varios comercios atendidos por familias chinas, pero no se dedican a lavarte la ropa sucia en pocas horas, ofreciéndote además un rociado superficial con un evanescente perfume de rosas. Hay que cambiar el chip, dicen algunos. Estoy en ello, pero mientras tanto me faltan, extraño, un buen puñado de cosas bastante menos anecdóticas, aunque aún no es tiempo para hablar de ellas. Necesito ordenar mis archivos, desarreglados y revueltos por las turbulencias del cruce atlántico.



Mientras tanto, Buenos Aires ha pasado a ocupar otro cajón distinto al que ocupaba hasta ahora en mi memoria; menos caótico, abigarrado y confuso, más ordenado y cercano.
Cuando te enfrentas a tus fantasmas y los vences -o al menos puedes pactar una tregua con ellos- sientes de forma muy clara que eran solamente, ¡y no es poco!, fantasmas de otros tiempos. Entonces, vaya magia inconsciente, se te aligera el pensamiento y el corazón puede permitirse sentimientos nuevos.
Dan ganas de cantar, bailar, abrazar al mundo.
Sin embargo no lo hago. Educado, prudente, juicioso, prefiero sentarme frente al ordenador y escribir este post para los amigos que no viajaron conmigo. Espero que este paisaje aquietado y doméstico no me haya hecho recobrar esa estúpida somnolencia que muchas veces confundimos con cordura.


A propósito: ¿alguien me podría decir si cordura, cordel, cordón, tienen la misma raíz etimológica?


Mi retrato, "dos pavas", por Diana Goldman. Todas las demás fotos (cartel callejero, el bulín de Baires, dos Tigres, Puerto Madero al mediodía) son de Dante Bertini.

viernes, septiembre 10, 2010

de Palermo a l'Eixample: por la vuelta




Llegué a las modernas y bien cuidadas instalaciones del aeropuerto de Barcelona a las 17.45 de ayer, después de un vuelo atroz de casi trece horas. Matizo mi calificación de atroz. Resulta serlo que metan a tantas personas en un lugar tan pequeño y, como si esto fuera poco, te muestren con absoluto desparpajo que gastando unos cuantos miles más puedes viajar como en realidad debería viajar todo el mundo: cómoda y relajadamente.
¿No sería preferible no enterarse? ¿No resultaría menos agresivo que los pobres -no tanto desde ya, teniendo en cuenta que mi pasaje me costó casi 2000 euros- no tuviéramos que pasar por la clase preferente -espaciosa, despejada, mejor mantenida- para hundirnos después en ese otro ámbito de ocho asientos por fila, pasillos donde solamente puede pasar, de estricto semiperfil, una persona por vez y cuartos de baño escasos y no demasiado higiénicos?
¿No temen un motín a bordo? ¿Trabajan acaso para las empresas farmacéuticas, fabricantes y expendedoras de calmantes/dopantes/ansiolíticos?
Desde hace mucho tiempo sostengo que los viajes se han convertido en evacuaciones forzosas en las que el único placer consiste en saberse sano y salvo al final de ellas y donde todos los preparativos previos hasta el ingreso al medio que va a transportarnos, incluyendo manoseos psicofísicos de todo tipo, están perpetrados para que no pensemos en que vamos a volar durante varias horas hacinados como pollos o cerdos rumbo al matadero, y que la seguridad tan asegurada, sólo la pone algún Ser Supremo contratado al efecto.
Varias horas después de mi llegada todavía no he tomado una ducha para sacarme todo ese mal rollo de encima. Temo que al hacerlo me quite también la piel porteña, compañera inseparable de estos dos pasados meses. Tierna, sensible, rejuvenecida, transparente, me ha permitido respirar los viejos aires nuevos de la fascinante Argentina. Volví a ella después de diecisiete años -tengo sobrinos mucho menores que la edad de mi ausencia- sin frentes marchitas ni canas en la sien. Algunos dirán que miento. Me conocen de cerca y saben muy bien que de todo ese maquillaje tanguero hay bastante en mi exterior. Sin embargo yo puedo asegurarles que no hubo ni un rastro de envejecimiento en mi espíritu otro, viajero desconocido hasta para mí mismo, el actual escribiente. Argentina me recibió, como una buena y cariñosa Patria Madre, con una espléndida noticia: la aprobación de la ley igualitaria que permite el casamiento entre personas del mismo sexo. Para corroborar su buena leche, me despidió con otra igual de importante: los vecinos ganaron el pleito que no permitía al intendente Macri convertir el precioso parque de Avenida Las Heras en un aparcamiento subterráneo. Las vallas que anunciaban con absoluto e insensible descaro la próxima destrucción del frondoso lugar, fueron quitadas unos días antes de mi partida y de inmediato la gente volvió a pasear sus perros, sus periódicos, sus libros o simplemente su relajada soledad, bajo lo árboles reverdecidos por la cercana primavera.
Todavía no es tiempo de balances. Necesito dormir más, aclimatarme.
Mi primer encuentro fue con Jorge, compañero leal, infatigable. Mi primera salida fue para devolver las llaves del piso Soho-palermitano donde pasé los últimos dos meses; casi una excusa para charlar con una pródiga e inteligente amiga.
De camino hacia su casa atravesé el pasaje Mercader. Donde antes había un pequeño jardín con gatos, palmeras y plantas diversas, algunas de flor, manos oficiosas han dejado solamente un olivo y tres o cuatro cycas. Previsores, como para ahuyentar también a las hormigas, los hacedores del reordenamiento paisajístico han tapizado el suelo con una moqueta de plástico que imita al antiguo y desaparecido césped.
Espero que los pobres gatos, alimentados por los clientes de la cercana clínica psiquiátrica, hayan podido huir a tiempo.


En mi mismo vuelo, en mi misma clase, viajaba Pascual Maragall, el antiguo alcalde de Barcelona. Tiene a su hija Airy en Buenos Aires, casada con un arquitecto argentino. Si lo acompañaban guardias de seguridad deben ser muy profesionales: parecía ir solo. Lo descubrí cuando estaba en el corralito que armaron los responsables del aeropuerto de Buenos Aires para desahogo de fumadores empedernidos. Dejo constancia con una foto algo movida, tomada con los nervios del viaje, con el cansancio de la espera.



Todas las fotos (autorretrato en vuelo, aeropuertos, Federico me quiere en casa) son de Dante Bertini.

viernes, septiembre 03, 2010

el mareo, los días, el adiós



Compro flores en el pequeño quiosco de la esquina; dentífrico, bebidas, tarjetas telefónicas, chocolates o analgésicos en el maxiquiosco que está justo enfrente del edificio donde vivo; buenos fiambres, quesos, pan árabe, alguna mermelada y miel en el almacén de la calle Thames con Güemes; pan, tartas y facturas en varias de las panaderías de la zona. Mi ropa sucia la lava una familia china que, cuando voy a buscarla, me ofrece rociarla con perfume de rosas. Todos los despachantes me saludan como si me conocieran desde siempre y algunos hasta aconsejan masajes y ungüentos cuando me ven renguear ligeramente a causa de un movimiento desafortunado que pretendía, y logró, evitar una caída en plena calle. Las aceras de Buenos Aires obligan a caminar con la mirada baja, la testuz inclinada hacia las desparejas, muchas veces ausentes baldosas.
Me pregunto si está sera una manera encubierta, sumamente retorcida, de tener a los porteños, tan afectos a la crítica rebelde, ocupados en cuidar el paso como si fueran secundarios de la Metrópolis de Fritz Lang o esforzados soldados rasos en formación y no simples ciudadanos de una gran urbe populosa y vibrante. Reconozco que por momentos resulta una empresa difícil -casi imposible para los que somos visitantes eventuales- pasearse con relajada despreocupación si al mismo tiempo estás esquivando baches de distinta calaña y contenido, sobre todo porque las calles están llenas de hallazgos sorprendentes, dignos de ser mirados con cercanía y de frente, sin molestas, innecesarias subordinaciones.

¡Tango, al fin! Al día siguiente de una sesión nocturna de jazz en el Virasoro de Palermo, me invitaron al Bien Porteño de la calle Rivadavia. La noche del sábado, después de un mes y medio en Buenos Aires, fui a uno de los muchos bailongos de la ciudad. Por veinte pesos, cuatro euros de nada, puedes tomar una clase de una hora con un risueño, afable, encantador flaco de coleta que te guía por los primeros y balbuceantes pasos de esta danza concentrada y romántica, tan sensual como literaria.
En este local céntrico las parejas se arman por puro capricho personal, sin distinción de edades, contexturas físicas o sexos. Hombres y mujeres eligen con total desprejuicio sus parejas de baile en un ambiente relajado, amistoso y sin humos molestos de tabaco, una insana polución desterrada por completo de todos los lugares públicos de Buenos Aires.
Divertido, feliz, aunque con las lágrimas bordeándome los ojos, asistí conmovido a este ritual pagano en el que dos cuerpos, conductor y conducido, se entregan al firulete y la improvisación a partir de unos pocos pasos bien aprendidos.
Después de décadas de ocultamientos, mentiras y persecuciones, las diferencias ganan la calle, se abrazan sin complejos en los salones de tango.
Mientras descansaba de mis primeros balbuceos tanguísticos en brazos de un veinteañero encantador, informal partenaire sin engolamientos ni prejuicios, me preguntaba por qué entre las tandas de tres o cuatro tangos había una pequeña interrupción de música foránea. Se lo pregunté a Sergio Cabrera, tierno anfitrión y apasionado bailarín del tres por cuatro. Al contestarme desveló otra de mis incertidumbres: los compases de jazz, cumbia o pop son la excusa elegante para separarse de ese partenaire ocasional que por alguna razón ya no te interesa.
Dios está en los detalles, es evidente.

Ayer fue hoy ayer, dice Andrés Calamaro en una de sus canciones.
En dos días más estaré lejos de esta ciudad fascinante: la misma, aunque muy cambiada, donde nací hace un montón de años. Cosas de la vida... También yo he cambiado mucho y espero que el tiempo me dé más tiempo para seguir haciéndolo.
Este no ha sido todo el viaje, sólo algunas de sus anécdotas. Me quedan mil cosas por contar. Algunas, por discreción, por pudor, no llegarán nunca al blog; otras esperan una necesaria sedimentación que supongo le darán los días posteriores al regreso, marcados por la alegría del reencuentro.
Tanto, seguramente, como por la melancólica sensación de haberme alejado, demasiado y sin verdaderas ganas, de algunas, varias en realidad, cosas, lugares y personas que mucho quiero.

martes, agosto 24, 2010

bronces y mármoles




Extraña ciudad esta, donde la amistad importa mucho a pesar de aparecer cuestionada a cada instante desde su cine, sus canciones populares, su literatura.


A las siete y media de la mañana de un día gris y lluvioso, espero que pasen a buscarme por una parada de autobús en Villa Elisa.
"¿Qué estás haciendo aquí?", me pregunta de pronto una voz interna en la que creo reconocer otra muy propia. En ese mismo instante alzo la vista y el cartel de una funeraria me responde con silenciosa contundencia: "Viviendo, afortunadamente".
Un segundo después, desde la esquina más próxima, una alta y bella mujer con aspecto de exploradora suburbana, me hace señas mientras se acerca a grandes pasos y con los brazos abiertos, amenazando un abrazo que me dará sin retaceos, entre sonrisas y lágrimas, obviando una presentación que facebook ha hecho innecesaria.
Se llama Valle y las próximas cinco o seis horas la pasaremos hablando en su acogedora casa de grandes ventanales, entre mates amargos y bizcochitos..."Como cuando estabas vos..."


Salgo a comprar algo de fruta para el desayuno. La calle está colapsada por carros de bombero y coches de la policía. Uno de civil me dice: "señor, vaya por el otro lado" y yo, con dos botellas vacías entre las manos, le hago caso.
En el último piso del edificio contiguo al mío, una mujer joven se asoma al vacío con intención de tirarse. Imagino el ruido del cuerpo estrellándose sobre el macadam y me estremezco. Escapando como puedo de aquella escena de película, doblo la esquina y en el almacén me entero de que hace unos meses un muchacho de 24 años, vecino del barrio, no dudó tanto sobre su determinación y logró matarse. Esta mujer finalmente no lo hace y la calle vuelve a su normalidad.
Mientras yo abro la puerta de calle, un bombero se despide de otro con un rotundo beso en la mejilla, corroborando que aquí las demostraciones de cariño son espontáneas y naturales; algo absolutamente cotidiano.


Compartimos el ascensor con una vecina de la casa donde vivo, y ella, amable, irónica, me dice -acá la gente tampoco suele ser reacia a la comunicación eventual con desconocidos- que este barrio no es Palermo Soho sino Palermo Soja:
-De allí sale todo el dinero para montar tanto local de lujo...
No se si la soja será culpable de toda la vitalidad que se respira. La ciudad bulle de forma constante y las ventanas cercanas no acaban de quedar totalmente a oscuras nunca. Insomnes o trasnochadores, los porteños mantienen encendida la tradición de Buenos Aires como "ciudad que nunca duerme", aunque esos desvelos se hayan trasladado a otros barrios no necesariamente céntricos, y Corrientes, la desvelada de otras épocas, se vaya a la cama poco después de la una.



Kado Kotzer y Sergio Cabrera escriben, producen y dirigen espectáculos teatrales. Lo han hecho decenas de veces, tanto en Buenos Aires como en Tucumán o Europa. Son una pareja de muchos años que ha decidido casarse legalmente el jueves de la semana pasada. Gracias a la presión popular y al empeño de los Kirchner, dispuestos a llevar adelante la ley de igualdad matrimonial, dos seres fieles pudieron poner nombre a una unión que, más allá de rótulos o papeles sellados, es profunda y creativa.
Apenas llegado a la ciudad, Sergio y Kado me invitaron a su amplio, familiar, bellamente abarrotado apartamento de la calle Callao. Me esperaban con un five o'clock tea acompañado de medias lunas rellenas y tarta casera de zahahoria. Hablamos del pasado, del presente y del futuro y, como si todo esto fuera poco, me voy a casa acompañado por tres suculentos cedés con canciones de Chabela Vargas, Milly y Dalva de Oliveira.
Los recién casados son algunos de los bronces íntimos, personales, propios, de esta gran ciudad tan afecta a ellos, sobre todo si esos bronces llevan o recuerdan nombres importantes y aparecen encaramados a rotundos pedestales de mármol.
Otro bronce sin peana callejera es Anita Jasminoy. Bailarina, arquitecta, desde siempre hace además bellas joyas artesanales con aires vintage. Tejidas, bordadas, siempre diferentes, una de sus escarapelas-mandala adornó la solapa de la presidenta, Cristina K., durante un evento organizado por las madres de Plaza de Mayo. Ana, o Anita María, como le decía su madre, mantiene a través de los años una sonrisa clara, algo desprotegida, brillándole en los ojos y cierta ternura infantil en su manera de moverse por la vida. Esta, supongo que agradecida por ese andar respetuoso, la retribuye con grandes dosis de creatividad y muchísimo talento.
Fue ella la que avisó a Carlos Ulanovsky de mi presencia en Buenos Aires. Su largo, respetuoso y bien informado programa de los sábados -Reunión Cumbre- me acogió junto al actor Osmar Núñez (La mirada silenciosa), el periodista y presentador Patricio Barton y la actriz, cantante y bailarina Alejandra Radano (Cabaret, Chicago, Tatuaje). Un auténtico Sábado de Gloria.



Se festejan los noventa años de la primera emisión de radio en Argentina. El local de Radio Nacional en Maipú 555 está a tope de gente.
Cecilia Rosetto aparece algo tarde y al verme exclama: "¡No me confundas las ciudades! ¿Estamos en Buenos Aires o en Barcelona?" Unos minutos después confiesa: "Yo me divierto más aquí, ¿sabés?".
No alcanzo a decirle que la entiendo.

Todas las fotos de este post son de Dante Bertini, salvo la de Reunión Cumbre en Radio Nacional, que es de Adrian Misseri.

miércoles, agosto 11, 2010

Tatuajes, palabras, cicatrices



Vamos a comer con Marcial Souto y Elvio Gandolfo al restaurante del Club Eros. Una asociación barrial, sin duda, aunque resulta que al barrio donde está ubicado, Palermo, le han crecido glamures y sofisticaciones varias, convirtiendo al Eros en un exotismo de otra época, atracción de turistas ansiosos e intelectuales melancólicos con deseos de experimentar nuevas, viejas, inclasificables sensaciones.
"Automático", dice el camarero -eficiente, alto, moreno, irónico- cuando le pedimos la cuenta. Un momento antes Elvio había anunciado su retirada del lugar y el mismo mozo, al oírlo, había dicho: "Haga nomás".
De la misma manera que los boys scouts aseguran permanecer "siempre listos", los porteños parecen estar siempre atentos a la palabra ajena.



La aprobación de la Ley de Igualdad para matrimonios gays, envuelve a Buenos Aires en un clima de discusión constante, aunque sin demasiada acritud manifiesta. Homófobos y gay-friendly people sacan a relucir sus argumentos en pro y contra de las supuestas minorías sexuales y estas se manifiestan saliendo del armario para subir a los escenarios. Una ciudad tan teatral como Buenos Aires no podía pasar por alto la dramatización de un tema que seguramente cambiará la forma de ser y sentir de toda la población. Auténtico, en el Teatro La comedia, cinco personajes en busca de su propia identidad sexual, es buena prueba de ello.




"Te llevo bajo mi piel", confiesa sin ningún pudor una canción del inconmensurable Cole Porter. Irónio, snob, amigo de todo tipo de equívocos divertidos y, en primer lugar y sobre todo, de las sugerencias eróticas y los brillantes juegos de palabras, no se puede saber con certeza si el autor de gran parte de los standars clásicos de muchos jazz singers del siglo pasado, estaba hablando de su propia piel o de alguno de sus espléndidos abrigos de marta cibellina, zorro o visón.
Más allá de esta poco descifrable incertidumbre, podría asegurar sin temor a equivocarme que el autor de Kiss me Kate no estaba refiriéndose a ningún tatuaje superficial, epidérmico. Por aquellos años estos eran una señal inequívoca de la pertenencia a estratos sociales de poca enjundia; el adorno-estandarte de marineros, legionarios o hampones, todos ellos considerados personajes de baja estofa por los allegados al elitista Cole Porter.
El viernes pasado, otro Tatuaje muy distinto reunió en el Teatro Presidente Alvear de la calle Corrientes a algunas de las flores más representativas de la nutritiva y siempre bien montada nata teatral porteña. Invitado por el autor y crítico teatral Néstor Tirri, asistí ilusionado por el tema de la obra -la relación de Evita Perón con el cantante Miguel de Molina- sin pensar siquiera que además me encontraría a muchos conocidos y amigos de otra época.
El designer Marcial Berro al grito de "¡Dante Bertini! ¡Estás divino!" -y desde ya pido perdón por esta vanidosa oda a mí mismo- abrió el turno de reencuentros. Renata y Jorge Shussheim, Lia Jelin, Marta Minujin, Claudio Segovia y la por siempre inalterable Felisa Pinto, intentaron confundirse conmigo -¿es que algo así sería posible?- en cariñosos abrazos de bienvenida. Muchas otras caras parcialmente reconocibles, escondidas detrás de cirugías e implantes varios, se paseaban por el hall de entrada y una gloria del radioteatro, Hilda Bernard, pasó poco después cerca de mi butaca. Se mostraba tan alta y distante como siempre, protegiendo con una gruesa bufanda de color rojo la portentosa expresividad de su voz.
Se apagaron las luces y sobre el escenario apareció una luminosa, majestuosa, irrepetible Eva Perón y un triplicado Miguel de Molina, que, apenas ocultos por los seudónimos de Miguelito Maravillas y Eva del Sur, nos narraron sus historias íntimas sin desdeñar datos históricos ni detalles escabrosos. Posiblemente sea el mejor texto de Alfredo Rodríguez Arias, también autor de la puesta en escena, quien ha sabido adaptar a su habitual estética hierático-glamourosa, todos los quiebres, entre pícaros y chabacanos de la revista porteña tradicional. Voces portentosas las de los nuevos actores argentinos, capaces de afrontar con talentosa personalidad géneros tan distintos como la copla, el bolero, el jazz o el tango. Me atrevo a generalizar porque tres días después, la noche del lunes en la librería-concert Clásica y Moderna de Natu Poblet, pude ver Karrousel, un recital de Alejandra Perlusky con canciones alemanes de entre guerras en versión bilingüe y la sorprendente y sorpresiva colaboración de un simio de gloriosos antecedentes(King-Kong, Cabaret, von Sternberg-Dietrich): el no menos espléndido Diego Bros.
A pesar del día y la crisis, las mesas estaban llenas de un público respetuoso que en ningún momento hizo sonar los cubiertos de su cena, supo escuchar siempre con mucha atención y finalmente aplaudió con auténticas ganas.



A pesar de los consejos de algunos amigos bienintencionados, decido trasladarme por la ciudad y sus alrededores en transporte público. Veo rostros fatigados, gente que aprovecha los minutos de viaje para echar una siesta, mucha ropa deportiva, casi ninguna joya. La gente va en lo suyo, ensimismada y seria.
No se debería confundir la pobreza con la delincuencia, aunque ambas abunden.




Vemos Origen (Inception), de Christopher Nolan, con Leonardo DiCaprio y una deslucida, desnortada, desaprovechada Marion Cotillard. Quisiera ser suficientemente expresivo al calificar esta insoportable tortura de casi tres horas de duración.
¿Les resultaría muy duro si escribo ¡vaya mierda! ?
Nunca antes, ni en un congreso de psicólogos acelerados, había escuchado tantas veces la palabra subconsciente. Si esto existiera realmente, el mío hubiera quedado bastante maltrecho después de semejante ataque de estupidez seudo psicológica envuelta en efectos especiales, persecuciones al estilo Bond y homenajes a El mito de Bourne y Matrix.


Cumpleaños de cuarenta en casa de Fabián G. Más de cien personas festejan sin gritos ni desórdenes entre bocaditos caseros y cócteles exóticos. Sucedió en el barrio de San Telmo, cerca de donde estaba la casa que abandoné para irme a Europa. Enfrente del lugar donde nos reunimos hay un bar que se llama La Poesía. Así, con mayúsculas.
Una ciudad literaria y surreal, Buenos Aires. Aquí una farmacia puede anunciar ABIERTO, aclarando debajo: Toque el timbre, y un importante Restaurante Mexicano proclamar con grandes letras que su entrada principal está en Guatemala.

Iustran fotos de Dante Bertini (carteles, grafitis, imagen de Tatuaje y otra de Auténtico, placa de Eros, tiendas y escaparates)

viernes, agosto 06, 2010

de Jardines y Gatos



Hoy, y en el Teatro Cervantes, se hace un homenaje a Manuel Mujica Láinez, el autor de Bomarzo, Aquí vivieron, Misteriosa Buenos Aires, como recordatorio del centenario de su nacimiento. El título de este post, parafraseando alguno de los de mi estimado amigo MML, es una pequeña aportación nostálgica a ese homenaje tan merecido.
Lamentablemenet yo no podré asistir porque estoy invitado por el crítico Néstor Tirri al estreno de Tatuaje, obra drámatica de Alfredo Rodríguez Arias sobre la relación, auténtica según cuentan las crónicas de la época, entre Eva Perón y el cantante español Miguel de Molina, desterrado por el franquismo a causa de su manifiesta, nada culposa, desenfadada homosexualidad.







Me cuesta cruzar las calles de esta ciudad. Cada vez que estoy por hacerlo, oigo a mi hermano diciéndome al teléfono:
-Tené cuidado, Quique. Mirá bien a todos lados. Acá te pasan por encima apenas te descuidás...
Quique soy yo en boca de mi familia. Una rareza de mi madre, a la que Tito no le gustaba y Quique, el niño pirata, un antiguo personaje de historieta, sí. No encuentro estas calles mucho más peligrosas que las de Barcelona, a pesar de que poca gente respeta las zonas de cruce y los semáforos me confunden con sus particulares luces de color.
-Es simple, -me dice un amigo-. Cuando está en verde te toca cruzar a vos.
Me cuesta entender que el verde no es tal. Todos los semafóros tienen dos luces: una blanca y otra entre anaranjada y roja. La de cruce preferente es la primera, aunque los porteños, tan afectos a las traducciones y los subtitulados, la llaman de una forma a pesar de verla de otra.






Compro algunas vituallas en el almacén de la esquina: jamón crudo, queso gruyére nacional, matambre de pollo relleno, dulce de mebrillo...
El dependiente me dice:
-Mi abuela era catalana...Busquets de apeyido...
Me hace la cuenta y comenta:
-Cincuenta y tres pesos... Menos de diez euros... No me diga que no es una ganga.
No puedo asegurar que lo sea y se lo digo:
-A mí me asusta la cifra y hasta que hago la traducción a euros, todo, siempre, me parece caro.
Cuando estoy pagando, el nieto de la catalana me mira con una sonrisa ambigua en sus ojos:
-Es verdad que ayá al jamón le dicen poya?
-Vos sabés bien que eso, aunque a veces también se coma, no tiene nada que ver con el jamón.
El porteño suele vivir a dos niveles, el de sus contactos sociales y el suyo interno: burlón, matizador, muy propio.

"Cortá Jerónimo, ¡ya!"
La madre zamarrea al niño, no tan pequeño, que insiste en colgarse de ella.
Bautizar a un niño con nombre de indio y pretender que no lo sea es, como mínimo, ilusorio.

Voy en autobús hasta la casa de David Mulhall, un amigo arquitecto que vive en el barrio de Once. Me prometió un dia D, de Dante, en el que me mostraría algunos lugares emblemáticos de la nueva ciudad de Buenos Aires.
Una señora muy anciana sube al vehículo y yo, que estoy en el asiento más cercano a la puerta de entrada, le cedo mi lugar.
-¡Gracias, caballero!
Nunca me habían tratado así. Siento que esa pequeña reina madre apoya una espada sobre mi cabeza para luego trasladarla parsimoniosamente a uno y otro de mis hombros. ¿O era exactamente al reves?

Los argentinos, caballerosos, caballerescos, caballeros, las prefieren rubias.
Al menos tres de sus inalterables íconos lo son: Eva Perón, Mirtha Legrand, Susana Giménez. Décadas de permanencia en la cumbre de la popularidad, atestiguan esa debilidad por los cabellos claros, auténticos o no, de una población en la que abundan las largas melenas oscuras.

Puerto Madero es una ciudad vertical de límites precisos encerrada dentro de otra ciudad que pareciera no tener ninguno. Sus parques están bien diseñados, casi todos sus rascacielos muestran una sólida e interesante arquitectura y el emblemático Faena Hotel es realmente espléndido. La escenografía de una ópera barroca y cosmopolita con toques de humor británico y la firma inconfundible del parisino Philippe Stark. Hay que saber mucho de todo para colocar los cortinados de pana con semejante gracia.
Los jardines que rodean lo que fuera un antiguo almacén de granos, parecen sacados del mundo alucinado/alucinante de una agrandada Alicia Carroll en versión nativa.
Lamento ser tan categórico como reiterativo, pero no conozco cielos semejantes en ninguna otra ciudad del mundo.





Visito el Jardín Botánico, situado a unos trescientos metros de donde estoy viviendo. Diseñado por Carlos Thays, un francés afincado en Argentina, tiene ejemplares de diversos árboles nativos. Una rareza para la época en que se construyó este lugar, sobre todo para los europeizados pobladores de una ciudad más afecta a los ejemplares exóticos llegados de otras partes del mundo que a los suyos propios.
Por todos los rincones del Botánico se ven gatos. Gordos, limpios, muy civilizados.
Me agacho para tomar una foto y una gran gata tricolor se sube al bolso que llevo en bandolera. Me acompaña durante todo el trayecto y cuando entiende que me dirijo a la puerta de salida, salta de su privilegiada posición para internarse entre los árboles sin siquiera girar la cabeza para decirme adiós.

Todas las fotos (gato vallado en el Botánico; Puerto Madero y el jardín del Hotel Faena; hombre con gatos en el Botánico; ruinas en Avenida Santa Fé; gato en una Boutique; tienda en Palermo Soho; ombú en la 9 de Julio; escultura en el Botánico; anticuario en Plaza San Martín; gato en bolsa; el Abasto gardeliano; Palermo Soho: bistró peruano Bardot) son de Dante Bertini.