
Desde anoche, viernes, la ciudad donde vivo, Barcelona, está invadida por sirenas que unas veces sí y otras también, atraviesan mi calle rumbo al Hospital Clínico o hacia algún cuartel cercano de bomberos. No se trata de
bellos engendros marinos con cola de pescado, sino de ambulancias que ululan fuerte y lastimeramente sin embelezar a nadie. La agitada noche de ayer ha tenido otra banda sonora, ésta de toques polifónicos aunque nada armónicos: puertas cerrándose con estruendo, ventanas abiertas por la fuerza, cristales rotos, carteles y persianas voladoras.
Hoy, a media mañana, aún convaleciente de una noche de sueño entrecortado, me llaman por teléfono desde un taxi:
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Estoy pasando por Diagonal...No sabés: ¡esto es un desastre! Hay palmeras caídas, y árboles... un coche semidestruido en medio de la calle...Es desolador, no me imaginaba que este viento pudiera ocasionar tal desbarajuste...Nunca había visto nada igual en Barcelona.
"El viento del Este barrerá al viento del Oeste". Sin que venga demasiado a cuento, recuerdo esa frase de
Mao Zedong. También que alguna vez me tocó ilustrarla para el ecléctico suplemento
Vida Moderna del diario
La Opinión de Buenos Aires. Dibujé una pequeña taza de té. Llena a medias de la infusión caliente, desprendía un ondulante trazo de vapor que escribía en el aire la frase, entre amenazadora y premonitoria, del líder comunista chino.
No sé desde dónde llegan ahora mismo estos vientos huracanados. Tampoco perderé tiempo en averiguarlo. Me basta con dar una vuelta por los alrededores de mi casa observando los destrozos, para constatar que tampoco yo había visto nunca nada semejante en esta Ciudad Condal de clima por demás estable. Un rato después anuncian por televisión que se ha derrumbado el techo de un polideportivo en Sant Boi de Llobregat. Hay muertos y heridos, muchos de ellos niños. En el barrio de Poble Nou, un muro de ladrillo grafiteado ha caído sobre una mujer de 52 años, matándola casi al instante. Se llamaba Ramona, y su muerte, inesperada, brutal, me produce una desapacible tristeza. ¿Estaría alguien esperando su regreso? Como siempre por televisión, las noticias sobre estos huracanes a los que nadie se atreve a llamar por su nombre, se matizan con un salpicón de publicidades gastronómicas. La de un fiambre envasado -¿salmón, pavo, jamón?- pone el acento sobre el color rosado del producto. Como fondo musical, Grace Jones canta
La vie en rose. Una coincidencia: ayer nomás me había detenido a fotografiar un escaparate de
Women Secret que anunciaba su nueva colección de primavera con imágenes de la longilínea Pantera Rosa.

No tengo por qué ser modesto.
Parece que mis deseos de año nuevo, ¿recuerdan?, han calado hondo en escaparatistas y agencias de publicidad. Millones de personas verán el anuncio, unos cuantos miles se pararán ante las adornadas vidrieras de esos negocios de ropa interior femenina. Me pregunto cuántas decenas de personas -no demasiadas, por supuesto- recibieron mi mensaje de año nuevo.
¿Tal vez habrán sido suficientes para comenzar una cadena de rosados, mimosos, inocentes, muy tiernos deseos?Fotos de Dante Bertini
Posdata uno: Vivir, el suplemento
color rosa del diario
La Vanguardia, utiliza hoy, domingo, un titular tamaño catástrofe -RÁFAGA MORTAL- para informar sobre los destrozos producidos por el viento huracanado de los dos últimos días. Dos páginas más adelante, un tal Jaume V. Aroca titula
Tormenta de árboles otra nota alrededor del mismo tema. ¿Tormenta de árboles? El título suena raro. ¿O acaso se podría hablar de una tormenta de muros, techos, vallas, cristales o cornisas? Tampoco podría aceptarse como disculpa que el titular esté usado en sentido metafórico. Cuando, por poner un ejemplo, se habla de "una tormenta de celos", es porque estos, los celos, son los causantes del desaguisado. Los árboles han sido sólo otras víctimas del huracán sin nombre. Además, se hace necesario aclarar que los árboles caídos POR CULPA DEL VIENTO TORMENTOSO han producido dos de los siete decesos. Pero solamente dos. Las demás muertes se debieron al derrumbe de techos y/o paredes deterioradas o directamente mal construidas. ¿Por qué entonces cargar sobre los árboles una culpa que no tienen? ¿Querrán que prescindamos definitivamente de ellos? ¿O sólo están usando al árbol para ocultarnos el enmarañado bosque de las (ir)responsabilidades? Parecen olvidar que
Si un árbol cae... Posdata dos: recibo un email donde se anuncia
El corazón de África, exposición y catálogo (con una pequeña aportación mía) de la fotógrafa Alicia Núñez. (
Reseña en el blog del escritor José Luis Muñoz.)