martes, junio 26, 2012

Programa Doble

Barcelona anuncia otro Festival de Cine Gay y Lésbico, el número 17. 
Uno más siete: ocho, la cifra de lo eterno. Larga vida para este magnífico festival de cine alternativo.
Fuera de programa, aunque no fuera de tema, la televisión por cable nos ofrece estos días dos espléndidos documentales:
Chris and Don, a love story, cuenta los 33 años de relación amorosa entre Christopher Isherwood (1904/1986) -autor de las novelas Goodbye Berlin y A single man, base de dos películas tan especiales e icónicas como Cabaret y Un hombre soltero- y Don Bachardy (1934), dibujante retratista que, ¡aleluya!, aún vive y trabaja en Santa Monica, California.



El segundo documental, Rise Up and Shout, nos acerca a otra forma de solidaridad, tan necesaria como creativa.




Si pueden, no se los pierdan. 

lunes, junio 18, 2012

Louise Hay, ¿puede sanar tu vida?



Nuestra mente es como un ordenador. Si te ponen delante un aparato de última generación, el mejor posible, y no sabes qué hacer con él, resulta pura chatarra, pero si aprendes a usarlo... ¡puedes lograr cosas maravillosas!
Louise Hay, curadora estadounidense.

En los 80/90 del siglo pasado, los libros de esta mujer se vendían en los supermercados. Yo la leí en Ibiza, cuando mis pulmones maltrechos me decían que se hacía necesario abandonar con urgencia el tabaco. Me ahogaba al subir escaleras, me ahogaba si me dormía boca arriba, me ahogaba en cualquier espacio cerrado. A un vicio adquirido con bastante esfuerzo -los primeros cigarrillos de la adolescencia me resultaban asquerosos- tuve que ponerle el doble de trabajo en el momento que decidí abandonarlo. Hacía más sesiones de yoga y saunas diarios, pero al salir de las clases o al abandonar aquel agradable espacio con aromas y vapores relajantes, me apresuraba a encender un Camel o un Marlboro, ¡puaj!, vaya a saber por qué necesidad inconsciente de castigo. Me lo habían vendido en la infancia como un amigo leal, que siempre, y no importaban las circunstancias en las que me encontrara, estaría a mi lado. Sin embargo nadie me había dicho el altísimo precio que tendría que pagar por su turbia, polucionante, hedionda, asesina compañía. 
Cuando finalmente logré dejarlo, convencido de que estaba conviviendo con un enemigo que, disfrazado de amante compañero, en realidad deseaba destruirme, padecí una serie de síntomas atroces que varios médicos alopáticos -fumadores ellos- intentaban solapar empujándome a una posible nueva esclavitud -el diozepan, el Valium-  y que sólo la homeopatía, los masajes terapéuticos, las flores del Bach británico y los consejos prácticos, aparentemente ingenuos, de esta señora ya octogenaria lograron disipar. 
25 años después y luego de dos meses de antibióticos, antiestamínicos, antitusivos, inhalaciones de Rilaz y un sinfín de análísis y radiografías que me decían "Usted está bien, ¿de qué se queja?", vuelvo a la rubia y bienintencionada Louise como quien vuelve al primer amor. Al menos hasta que decida regresar, para siempre y físicamente, a mi lejano Sur, esa utopía.


ilustra: Retrato de (otra) Louise (Bourgeois) (París, Francia, 25 de diciembre de 1911- Nueva York, Estados Unidos, 31 de mayo de 2010 , por Robert Mapplethorpe.





miércoles, junio 13, 2012

Encuentro fortuito

Arriesgándome, sin pensarlo demasiado, escribo "fortuito" y, repentinamente temeroso, corro a buscar en el diccionario virtual la definición que nos da la esplendorosa RAE.
No me equivoco.
Fortuito: que sucede de forma casual, inesperada.
De eso se trata.
Paseaba yo mis brutales zozobras junianas por la calle Consejo de Ciento a la altura de Aribau o Muntaner -ahora mismo no podría precisarlo y tampoco importa- cuando decidí volver a viejas costumbres que creía olvidadas. Se trataba de entrar a un típico local de libros de segunda mano con olor a humedades varias y ponerme a rebuscar entre los invisibles ejércitos de ácaros, escondidos y alertas entre las pilas desparejas, en delicado equilibrio, de los innumerables volúmenes amarilleados por todo ese tiempo pasado en soledad, sin amo ni lectores.
Supongo que era un intento, más que vano, de revivir una antigua, inocente, alquímica ilusión: la que en otras épocas me hacía descubrir oro entre aquellos restos desahuciados de miles de naufragios literarios. Antes de traspasar el umbral, me detengo en él, inquieto. Esta vez las madalenas proustianas tienen olor a pis de gato, a perros de paja húmeda, a amargas lágrimas de Petra von Kant.
Pero qué importa. Mi vida, nuestras vidas, no huelen mejor en estos momentos. El paraíso de nuestras fantasías abrió sus compuertas y un montón de mierda depositada a interés fijo ha caído sobre nuestras cabezas.

En las mesas abarrotadas de las librerías de viejo nunca faltan unos cuantos clásicos inmortales; tampoco muchos títulos contemporáneos que intentaron serlo e inclusive estuvieron a un paso de lograrlo durante algunas, en general pocas, semanas.
No me dejo atrapar por lo ya conocido y voy directamente a las mesas de los saldos finales, las de "todos por un euro/tres por dos". Los desechados del desecho. Espero encontrar algo que me atrape, un libro del que después pueda enorgullecerme y repetir, ufano, aquello de "no busco, encuentro".
Tengo suerte, supongo. Allí, verde entre un montón de grises desvaídos, estaba el libro, una plaquette en realidad, de una para mí desconocida Florencia Pérez de Ayala. Poemas perdidos. Una docena de poesías sin nombre y una breve reseña biográfica donde se nos cuenta que la poeta nació en Montevideo, Uruguay, en 1979 y murió "de forma trágica" (?) en el año 2008. Ninguna foto, ninguna reseña sobre ella y/o su obra en Google. Sigo buscando y tampoco encuentro noticia alguna sobre los editores. Vuelvo esa misma tarde a la librería para preguntar sobre la tablette y su procedencia:
-No sabría decirle. Llegan publicaciones y libros casi cada día.

Tal vez me deje llevar por el misterio y la escasa información, por el nombre con resonancias literarias y  cinematográficas.
Y tal vez estas sólo sean coartadas. Las explicaciones bastardas que le doy, pobre de mí, a una emoción sin nombre.

"Rosa es una rosa es una rosa es una rosa"
y cielo es un cielo es un cielo es un cielo
...al que tu me llevas para mi desvelo.



martes, junio 05, 2012

publicidad ARGENTinA (UNA FORMA DE haSER)











Y el gran Premio de Publicidad Televisiva en el 
Festival del Sol de Bilbao (junio 2012):

viernes, junio 01, 2012

La Ninfa Inconstante


"Idiota", pensó, "pájaro idiota". Se había acercado a la cotorra -en realidad una ninfa australiana de brillante plumaje gris y erguido penacho amarillo- con la intención de cogerla, pensando que allí, en medio del tránsito acelerado y compacto de la rambla barcelonesa, el pobre pájaro estaría aterrado y no tendría ninguna posibilidad de sobrevivir. Contradiciendo sus pensamientos, el ave escapó de la posible ayuda y se posó en el techo de una camioneta que se había detenido momentáneamente por el cambio de luz en el semáforo.
Decidido a no dejarse intimidar por la primera derrota, el tipo volvió a acercarse con el brazo estirado, mientras decía "venga pajarito, venga", sin preocuparse por los demás viandantes que, metidos en sus mundos particulares, ni siquiera se enteraban de la escena que se desarrollaba frente a sus ojos.
"Venga, pajarito, venga", y la ninfa emplumada, constante, reincidente, evasiva, volvió a levantar vuelo hasta posarse en otro coche, que arrancó llevándosela vaya a saber dónde. La vio alejarse, la cabeza erguida y el pecho firme, como si fuera ella la que en realidad conducía el automóvil.
"¡Estúpida!", pensó, enfadado por la frustración de su intento salvacionista, pero nada más pensarlo se dio cuenta que  el idiota era él, pretendiendo un cuidado que al ave -con toda seguridad recién escapada de su jaula, gozando alegremente de esa libertad recién conquistada- le parecía como mínimo prescindible.
"La libertad es riesgosa" -se dijo, deseoso de sacar algún provecho, aunque sólo fuera literario, a su derrota- "y la aclimatación cómoda, aunque mortalmente aburrida."

(Que seas feliz, muchach@...)

martes, mayo 29, 2012

Reponer(se) Reverdecer



Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe:

reponer conjugar ⇒

  1. tr. Volver a poner algo o a alguien en el lugar que ocupaba:
    le han repuesto en su cargo.
  2. Reemplazar:
    compró una nueva vajilla para reponer la vieja.
  3. Volver a representar o a proyectar una obra dramática o película,o repetir un programa de radio o de televisión:
    están reponiendo una película de ese director.
  4. Responder,replicar.
    ♦ Se usa solo en pretérito indefinido y en pretérito imperfecto de subjuntivo:
    repuso que no estaba de acuerdo.
  5. prnl. Recobrar la salud:
    ya me he repuesto del catarro.
    ♦ Irreg. Véase conj. modelo.






foto de Bertini: Micasa

martes, mayo 15, 2012

Salud y enfermedad


Escucho radio por la noche, desde la cama y con intención de dormir. Alguien dice: "Hay que tener cuidado con la gripe" y el tipo que lleva el programa le pregunta: "¿Con la gripe? ¿Qué gripe?"  "No importa cuál", dice el otro, y yo, que empezaba a dormirme, vuelvo a despertar para saber si debo o no debo preocuparme por el asunto.
¿Hipocondríaco? Tal vez. Me dan igual las definiciones que pretenden hacernos un ser más comprensible y cercano, minimizando nuestras innumerables, casi infinitas, posibilidades neuróticas. Solo sé que salgo con extrema lentitud de un malestar general que duró más de una semana y al que dos médicos distintos, uno varón, el otro fémina, no supieron dar un nombre aceptable, aunque sí un buen montón de remedios distintos.
"Esta gripe", dice, repite en realidad, el tipo sin nombre, "puede matar al 80 por ciento de la población mundial." Creo que mis pesadillas, recurrentes, casi amigas, son más soportables que otro anuncio de pandemia aniquiladora al que nadie, ni los gobiernos, ni los laboratorios, podrían poner freno. Según el tipo anónimo, esa voz sin nombre de la radio, porque serían precisamente ellos, gobiernos y laboratorios, los creadores del virus asesino. "Sobra gente en el mundo, somos demasiados. No hay ni habrá solución para esta crisis", alcanza a decir El que anuncia un cataclismo, poco antes de que la conexión comience a hacer ruidos extraños, una estridente sinfonía dodecafónica de pitos y silbidos, hasta terminar cortándose.
"Deben ser los marcianos, deben ser", decía un cómico radial argentino de hace un montón de años cada vez que no podía dar respuesta a los embrollos en los que se veía envuelto. Al poco tiempo media Argentina repetiría la frase, en un intento más que vano de culpar a los selenitas por todo lo que sufríamos entonces -y ni siquiera sospechábamos que llegaríamos a sufrir un tiempo después- por culpa de unos personajes siniestros, muchos de ellos asesinos uniformados; muy marciales, que no marcianos.
Me dormí, por supuesto, y también por supuesto, tuve pesadillas, si bien no puedo echarle la culpa de ellas al oyente apocalíptico. Suelo tenerlas, así me haya dormido con una exaltada cantata de Bach o un romántico preludio de Chopin. Como algunos dicen que los sueños son compensatorios, me consuelo pensando que mi vigilia debe ser demasiado ordenada y volátil y necesita, como contrapeso, esos interminables vagabundeos al borde mismo de la catástrofe.
Hoy a la mañana y también por la radio, anuncian que, según informes de la comunidad europea, de seguir alargándose nuestras vidas no se podrá asegurar el mantenimiento de la salud pública.
¿Habrá que tener cuidado con la gripe?


(foto Bertini.BCN.012. El 15 M: Pegatina de la última convocatoria.)

viernes, abril 27, 2012

My name is Dante

Nací en una ciudad donde los nombres "normales" no existían. Poblada por inmigrantes de todo el mundo, nadie se sentía extraño frente a una Ruth, un Osvaldo Umberto, un Walter, una Gertrudis o un Claudio Patricio. Mi nombre sin embargo siempre provocaba algo de asombro y, aunque con mínimos matices, casi el mismo comentario. Si cierro los ojos todavía puedo ver a muchas señoras "de cierta edad", maquilladas como para bailar "Giselle" o "El lago de los cisnes", acercando peligrosamente su cara a la mía para decirme con un tono de profunda delectación y en voz muy baja, como si estuvieran develando algún secreto de alcoba que sólo ellas conocían:
-¡Aaaaah, sí! Dante...¡Como el del infierno!
Yo era un chico tímido que deseaba agradar a todo el mundo, así que solamente me era dado sonreír, mientras asentía con otro sí suspirado apenas audible. Las Odettes-Odiles envejecidas, ya sin capacidad para pirueta alguna, eran muy sensibles a mi forma de ser:
-¡Qué amor de chico!
Ni siquiera se daban cuenta de que el amoroso chico se quedaba trastocado por aquello que escuchaba como una premonición catastrofista. Por suerte mis padres se ocuparon de aclarar el porqué de aquella frase apenas tuve posibilidad de entender sus razones. Mamá:
-¡Es un nombre precioso! Tu papá se llama igual que vos, aunque no se por qué la gente lo llama siempre por el apellido...
Aquella somera y bien intencionada explicación no era suficiente. Daba igual estar acompañado por mi progenitor si mi destino era asarme como un churrasco durante toda la eternidad.
-Deberías estar contento de llamarte así. Dante Alighieri fue el más grande poeta italiano. El creador de la lengua italiana.
Esta última línea de diálogo pertenece a mi padre. He preferido traducirla a un idioma más legible que el suyo habitual, plagado de errores de construcción y lleno de palabras en auténtico, aunque muy personal, cocoliche.
Con el paso de los años me enteré de muchas más cosas respecto a aquel hombre delgado y enjuto que, además de escribir un libro gordo llamado "La divina Comedia", descendió a los infiernos, paseó por el paraíso y amó con mucha ilusión y sin demasiada esperanza a una, según él, inigualable Beatrice Portinari. A pesar de sus estrafalarias vestimentas, siempre me resultó familiar. Tal vez porque llevaba en la cabeza un sombrero muy parecido al que nuestra Patria Argentina lucía en las ilustraciones de los libros de estudio. Allá me enseñaron a llamarlo gorro frigio, sin embargo al llegar a Cataluña me enteré que con algunos pequeños cambios en el diseño también se podía llamar barretina. Finalmente, el mundo no resulta tan diverso, tan atiborrado de cosas distintas como pensábamos. Muchas veces sólo cambia la manera de nombrarlas.

Posdata: es probable que este post ya haya sido publicado antes. También es probable que la memoria me juegue una mala pasada, creando una duda donde no debiera haberla. No puedo asegurar nada. Superada la prueba de mi rodilla izquierda, ahora llegó la de un virus primaveral que me tiene encerrado en casa desde hace más de una semana. Mientras me preparaba para escribir un post sobre mis padres, -nacidos ambos en el mes de abril, uno el dieciocho y la otra el 24-, encontré este texto entre otros muchos que esperan el momento propicio para ser desechados, releídos o simplemente publicados.
Vaya como ese homenaje escrito que quería dedicar en estos días a Giovanni Dante y Josefa Flora. Ellos fueron los que decidieron llamarme como me llamo.

Ilustra: retrato del autor cachorro por el otrora fotógrafo oficial (Van Dick) de su barrio bonaerense, Almagro.

jueves, abril 19, 2012

POSDATA:

Flavia Company y Dante Bertini : Corpografías en el Pati Llimona. Abril 2012. ¡Pas de deux!

Parte del público durante el acto. Atentos y afectivos.

El catering final: sabor dorado.

sábado, abril 14, 2012

CORPOGRAFÍAS


TODO EL PROGRAMA EN COS I TEXTUALITAT


EL MIÉRCOLES 18,
DE 18 A 20.30 HORAS
MIGRACIONES,
UN DIÁLOGO ENTRE
FLAVIA COMPANY Y DANTE BERTINI

EN EL
PATI LLIMONA
CALLE REGOMIR 3,
BARCELONA
ENTRADA LIBRE

jueves, abril 12, 2012

miércoles, marzo 28, 2012

CLOROFILIA (PERVERTI-2)

En julio de 2011 envié este texto a la editorial de Parafilias, Traspiés, que me había invitado a colaborar en su volumen número dos. Las consignas eran claras: un número determinado de líneas y la descripción de una parafilia, fuera ésta inventada o ya existente. Opté por la primera opción a partir de un juego de palabras que encontré sugerente: Clorofilia.
Acaba de editarse y me dicen que a partir de ahora puedo hacer con mi texto lo que me plazca.
Aquí va para ustedes, queridos y fantasmales -¿o fantasmagóricos?- visitantes.

Me tranquilizó ver que al irse la abandonaba junto a la puerta.
Iluso, ilusionado, imaginé un gesto amable de su parte; un final elegante para una relación que se estaba convirtiendo en un auténtico calvario.
Su odio empezó el día en que me descubrió abrazándola y con uno de aquellos apéndices jóvenes, apetitosos, introducidos en mi boca.
Intentó matarnos con un único, definitivo golpe de su bate de béisbol. Por suerte la carambola le falló: pude esquivar aquel ataque, pero el tiesto de cerámica se hizo añicos contra el suelo.
Seguramente la hubiera dejado morir allí, fuera de su vital elemento. Fui yo quien volvió a plantar las raíces en la tierra, dentro de un tarro de cocina que ofició de maceta.
Ahora compruebo que a último momento decidió llevársela.
Consuela un poco saber que pese a todos mis esfuerzos siempre se mantuvo algo distante.
Mañana mismo me compraré una hiedra.



La primera versión, anterior al recorte que le hice por exigencias de la convocatoria editorial, es la siguiente.

CLOROFILIA


Me tranquilizó ver que se iba dejándola allí mismo, en el lugar donde habitualmente solíamos ponerla.
Iluso, ilusionado, imaginé que como estaba llevándose mucho más de lo que había traído cuando llegó a casa -aquel lejano día sólo arrastraba una pequeña maleta con ruedas y al irse precisó una camioneta para cargar todas sus cosas- pensé, digo, que tendría la delicadeza de dejármela.
Un gesto amable de su parte para poner punto final a una relación que en los últimos meses se estaba convirtiendo en un auténtico calvario.
Yo había resistido durante varias semanas a aquellos llamados de atención en forma de mensajes verdebrados –sí, digo bien: verdebrados- , de forma acorazonada y superficie silenciosa. Ella los dejaba caer a mi paso con un ligero temblor que ponía al descubierto un más que sensible interés por mi persona. Mensajes en verde, sin palabra alguna escrita encima. Pobrecita... No se atrevía a decirme nada, consciente de su difícil situación de forzada huésped, fatalmente condenada a aceptar lo que cualquiera de nosotros dos decidiera hacer con ella.

Mi mujer no pudo soportar los celos, lo sé, y aunque ahora ella diga que huyó de mi sádica indiferencia, seguiré pensando que tanto odio hacia mi comenzó el mismo día en que me descubrió abrazándola sobre la cama matrimonial y con uno de aquellos apéndices jóvenes y apetitosos introducidos en mi boca. Aunque nadie lo crea, aquel infausto día mi mujer intentó matarme. Y no sólo eso: pretendió ahorrarse esfuerzos matándola también a ella con un único y definitivo movimiento.
Por suerte la carambola le falló: yo alcancé a esquivar el golpe, aunque no pude evitar que el tiesto de cerámica blanca se hiciera añicos sobre la odiosa cabecera de madera y bronce.
Supongo que ella la hubiera dejado morir allí, desparramada y sucia, fuera de su vital elemento. Fui yo el que la recogió, podó sus ramas rotas y volvió a plantar sus raíces en la tierra, dentro de un tarro de cocina que, a falta de otra cosa, ofició de maceta.
Ahora veo que finalmente se la ha llevado.
Me consuelo pensando que a pesar de mis esfuerzos, Benjamina fue siempre algo distante.
Mañana mismo me compraré una hiedra.


DANTE BERTINI
Junio 2011

lunes, marzo 26, 2012

tr3s por uno = tr3s


PRESENTACIÓN DE NUEVAS VOCES
Ateneo Barcelonés
15 de Marzo de 2012
Porque suelo ser olvidadizo con los menesteres diplomáticos, prefiero empezar por los necesarios y muy merecidos agradecimientos:
Agradezco a la ACEC, que convoca y ha creado este espacio, a todos vosotros por estar aquí y al poeta y escritor Antonio Tello, que me habló de estos tres treintañeros nada tristes, muy valiosos y de absoluta contundencia en la palabra escrita.

Extraña misión la mía. Tengo que presentar, creyéndome lo importante que para ellos significa que yo haga esto que estoy haciendo, a tres escritores que, según he podido ver en sus notas biográficas, han publicado mucho más que yo y, como si esto no fuera suficiente, tienen currículums muy abultados en carreras y premios.
Acepto entre avergonzado y respetuoso semejante reto y lo hago con total alevosía. Se supone que en este espacio alguien presenta a algún otro, mientras que yo, incapaz de separar esta literaria trinidad eligiendo sólo a uno de sus componentes, he decidido convocar a los tres, porque además de notables en su oficio, se dicen compañeros en proyectos literarios y vitales y, por momentos, me arriesgo a asegurarlo, son también cómplices, seguramente involuntarios, en la descripción de escenarios y personajes:

“...la violación, los cortes, el asesino que busca el bolso y no lo encuentra y unos cuantos ladridos (vaya a saber qué perro ladra de esa manera, tan grave y tan cerca) que le alertan y no tiene más remedio, por primera vez, que sentir miedo y coger el coche y salir de allí...” Iván Humanes, Los caníbales, en el libro del mismo título.
“Un perro ladra al borde de mis dedos. La mañana parece un ajedrez, dibujado en el fondo de un gran vaso de espuma roja.” Juan Vico, Breakfast with Bacon, Still life.
“El ladrido del perro ha marcado el límite del paseo...Nos miramos y nos sabemos cercanos: él allí, sin dejarme entrar; yo más lejos, admitiendo que todo, incluso la vida, tiene un final.” Alex Chico, Final, Dimensión de la frontera.

Nostálgicos, migrantes, insatisfechos, trashumantes o apátridas, comparten también una mirada extranjera, distanciada, al borde de la ausencia definitiva:

“La luna tiembla en el retrovisor, de vuelta a casa.” Juan Vico, Days of Being Wild, Still life.
“Despedirse nuevamente no es una premisa indispensable del azar, sino una condición del que invariablemente observa.” Alex Chico, Meditación en Barcelona , Dimensión de la frontera.
“Nosotros afuera. Los sutiles habitantes de las demás viviendas sonriendo desde su más allá. La puerta de la entrada cerrada desde dentro y la llave en el bolsillo de su chaqueta. Sin tiempo de llevarnos apenas nada.” Iván Humanes, Retomada, Los caníbales.

Observadores sin deseos de imparcialidad, se mueven entre las ruinas de un mundo otro, definiéndose en la nostalgia del futuro, en la imposibilidad del encuentro, en la improbable aprensión de un huidizo presente:

“...un espacio vacío nos resume, sin extender la pregunta, sin entender la pregunta, sin atender la pregunta...” Juan Vico, Les Amants, Still life.

“Hoy estas cuatro paredes sostienen el abismo” o “Pasajeros se vuelven los rostros que amamos, encadenados en la distancia porque ya no importan.” Alex Chico, Dimensión de la frontera.

“Eso era lo peor, no saber el motivo del pequeño agujero negro en la habitación de matrimonio.” Iván Humanes, La zona, Los caníbales.

Entre encuentros y hallazgos, entre abandonos y pérdidas, los tres han elegido la literatura como retorno hacia un sí mismo que se revela en su impreciso y voluble dibujo.
Tal vez porque, como dice Alex Chico en Testament :

“Ahora lo sé. Sólo escribí para morir con cierta dignidad.”



Alex Chico:
nació en Plasencia, Cáseres, en 1980. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, ejerce como profesor de Lengua y Literatura en un instituto barcelonés. Codirector de la Revista de Humanidades Kafka en formato digital, publicó varias plaquettes (Nuevo alzado de la ruina, Las esquinas del mar, Escritura) y los poemarios “La tristeza del eco” (en el 2008) y “Dimensión de la frontera” (en el 2011)
Iván Humanes:
BCN 1976, es licenciado en Derecho por la universidad de esta ciudad. Publicó “La memoria del laberinto” y “La emboscada”, el ensayo “Malditos” y una colección de relatos breves ilustrados, “101 coños”. Fue coeditor de la revista literaria Dado Roto y ha colaborado con varias revistas literarias: Sibila, Literaturas.com, Crítica y Revista de letras, entre otras. Recibió por sus relatos los premios Ciudad de Jerez, Diomedea y El fungible, además de algún otro que su biografía no consigna.
Juan Vico:
Badalona, 1975, es licenciado en Comunicación audiovisual y máster en Teoría de la literatura y Literatura Comparada. Colabora con artículos y críticas en revistas de cine y cultura y ha publicado el libro de poemas “Víspera de ayer” y los cuadernos “Densidad de abandono” y “Gozne”.

martes, marzo 20, 2012

Las muchachas de antes no usaban...


No estoy pasando por tiempos muy bloggeros. En realidad tampoco paso demasiado tiempo al ordenador. El frío intenso y húmedo de este corto invierno trajo a mis piernas -ya demasiado trajinadas, supongo- algunos dolores desconocidos, algunas molestias que hubiera preferido no encontrar en mi camino.
Un mal paso en la calle, un apoyar el pie con fuerza innecesaria en un desnivel que no debería estar donde esta(ba), y mi rodilla comenzó a quejarse de forma sorda, insistente, dolorosa, muy molesta.
Los análisis descartaron roturas, artrosis y reumas, pero no un desgaste de cartílago: "esa mancha negra que ve allí, en la gammagrafía", según el especialista que me atendió. Como me dolía al caminar, la prescripción fue inmovilizarme: "Quédese en casa, descanse, no se mueva demasiado". Igual que otras veces, recurrí a los médicos alopáticos para decidirme por una solución más cercana a la de las medicinas alternativas, ridícula denominación mediática para algunas terapias muy anteriores a las actuales. En esta ocasión fueron la acupuntura, los masajes y mi habitual testarudez.
Resulta que me dolía con más intensidad cada vez que cambiaba de posición y, sobre todo, cuando después de largo rato de quedarme sentado frente a la pantalla del ordenador, volvía a ponerme en pie. Caminé, por supuesto, abandoné bastante el aparato luminoso, hice estiramientos suaves, arreglé un espacio nuevo de trabajo -un trastero en realidad- que conseguí casi por milagro; subí y bajé escaleras, pinté paredes, ordené libros y herramientas, me divertí como hacía tiempo que no lo hacía. Mientras tanto seguí con mis otras labores, aunque dándoles menos espacio dentro de mis horas y entendiendo que el dolor de las rodillas podía ser un mensaje de mi cuerpo para recordarme que necesitaba ponerme otra vez en pie; olvidar, o al menos dejar de lado, encuentros, devociones y entregas casi religiosas.
"¡A seguir andando, que lo tuyo nunca fue estar arrodillado!", clamaban los goznes de mis rodillas.
Y aquí estoy todavía. Puedo moverme con bastante soltura y empezaré nuevamente mis clases de yoga; tal vez también otras que me debo, desde noviembre, con un encantador y muy efectivo personal trainer. Debo haber perdido los pocos lectores amigos que tenía, aquellos que perdonaron mis numerosos desaciertos y aplaudieron algunos afortunados, muchas veces fortuitos, insospechados hallazgos. Así es la vida... o así la hacemos nosotros.

Adjunto el tráiler de un documental argentino que no he visto. Habla por sí solo, y lo hace de amores y juventudes perdidos, de ilusiones y esperanzas machacadas, de vidas intensas que aún siguen en pie; con ganas de más, a pesar de mil y un avatares.
Estas muchachas de otro tiempo, aún muchachas a pesar de todo, son o fueron muchachas peronistas. Mostrándolas aquí perderé quizás otro buen montón de visitantes, ofendidos, dolidos, ultrajados por la que supondrán mi ideología kirchnerista. Me anticipo a estos posibles desencuentros porque ya me ha pasado antes. Sería inútil explicar razones. Hay quienes no pueden entender que no se administre un pensamiento único, fijo, sin dudas ni curiosidades; que no se esté embanderado desde el nacimiento hasta la muerte.
Yo, y lo siento por ellos, prefiero seguir moviendo mis rodillas.

(cariñosamente, para Liliana S., muchacha de hoy, y para mi madre, Josefa, que, sin ser peronista, admiraba a Eva Perón)

martes, marzo 06, 2012

Shame, ¿vergüenza?


El último domingo, después de un nutritivo almuerzo en familia, fui(mos) a ver Shame. Y ahora me pregunto: ¿hubiese(mos) ido a verla con tanta urgencia de no ser por la morbosa curiosidad que se creó alrededor(?) del aparato reproductor masculino del protagonista? (Uso esta jerga algo demodé porque, con los tiempos que corren, temo que si llego a poner v...., p..., p... o p...., me caiga encima una Junta Censora de la Red, obligándome a un arrodillado arrepentimiento sobre un espeso colchón de sal gruesa) ¡Teniendo como tengo las rodillas!
Para ir directamente al grano, les digo que no es para tanto. Y no se confundan: estoy refiriéndome a la película en su totalidad, si bien el notable báculo de Michael Fassbender tampoco es mayor que los de varios de sus antecesores en esto de la exposición, sin tapujos, alteraciones ni sombreados, del fibroso cairel de la entrepierna masculina. Y conste que no incluyo en esta lid por la posesión del miembro de mayor tamaño a los astros superdotados del cine porno, sino sólo a los actores de los filmes atrevidos pero sin eyaculaciones manifiestas, como Daniel "007" Craig o el polivalente Ewan McGregor, por poner algunos ejemplos relativamente actuales. El interiorizado Mark Walhberg de Boogie Nights no entra en competición: todos pudimos ver que aquella desmesura que se refleja poco antes del final en un espejo era la bastante burda imitación, ampliada y en látex, de algún original en carne.
Después de los primeros minutos, saciada ya la curiosidad sobre las dotes no actorales del distante, ácido, frío, aunque también expresivo, elegante y sensible Fassbender, el director Steve McQueen -¿cómo se atreve? De haberme llamado Dante Alighieri, al menos me hubiera puesto Dante Alí como seudónimo- nos introduce en los avatares de este joven apuesto y sin apuros económicos, aunque con unas necesidades eyaculatorias presuntamente excesivas.
Desarrollando una versión masculina de aquella mítica y setentera Diane Keaton de Buscando al señor Goodbar, el personaje trajina noche y día detrás de un orgasmo, y de otro, y aún de otro más, como si nunca se hubiera enterado de que ciertas búsquedas, aunque pueden no ser infructuosas, casi siempre resultan frustrantes, repetitivas, asaz insatisfactorias. A su hermana, la quebradiza, atormentada, espléndida Carey Mulligan, le basta con una versión contenida, vacilante, trémula de New York, New York, para explicarnos que en este paisaje desolador de la modernidad pequeño burguesa no habrá ganadores, que en realidad nunca los ha habido.
Una banda sonora excelente, que por momentos recuerda al omnipresente Satie de El fuego fatuo de Louis Malle, y una fotografía exquisita, satinada, que parece encantarse con los reflejos, las transparencias, los cristales y espejos con sus deformantes y mentirosos espejismos, no hacen olvidar un metraje algo excesivo, en medio del cual refulgen escenas diagramadas con la incisiva, sádica, bella crueldad de un coleccionista perverso que muestra, deleitándose, sus más ocultos y sucios tesoros.



Dos días después sigo preguntándome de quién es y sobre qué planea la palabra vergüenza que da título al film. ¿Hay una fábula moralizadora con pretendida proyección social escondiéndose tras esta historia de individualidades sufrientes o el levísimo chisporroteo en los ojos del protagonista anuncia que todo sigue igual después de la tormenta, que el deseo es amoral, arbitrario y rara vez admite renuncias o auténticos arrepentimientos?



Este último Shame cantado nada tiene que ver con la película, pero resulta fresco y gratificante. A Steve McQueen, con nombre de famoso actor muerto, no le molestará que la canción (2010) lleve el mismo nombre de su film, que se llama a su vez igual que otro (1968) del sesudo, sueco y siempre algo avergonzado Ingmar Bergman.

viernes, marzo 02, 2012

¡VALLAMADRIZ!


Unos pocos días en otra(s) ciudad(es).
Como en alguna película del cine clásico estadounidense, aunque sin acompañamiento coreográfico de Gene Kelly ni ajustada dirección de Vicente Minelli.
Días de sol primaveral, ningún frío excesivo y el calor añadido de la buena gente cercana.
Aves que nos llevan de un lugar a otro, entre imágenes nuevas y otras suficientemente (re)conocidas.
Encuentros y despedidas; flamenco y claqué; pequeños ositos espiones y desmesuradas joyas del Hermitage ruso, entre las que refulge, despojada de materiales y piedras preciosas, a pura caricia de pincel, un retrato masculino de Ingres; arquitecturas medievales junto a otras de chocolate y azúcar; las geometrías de León Ferrari, Donald Judd, Bruce Nauman y esa mirada frontal de Jerry Berndt sobre una América alcoholizada de bizarra belleza; giocondas duplicadas y violinistas judíos que alzan vuelo sobre un multicolor tejado chagalliano; trajes y decorados escénicos de Chanel, de Bakst, de Giorgio de Chirico, de Juan Gris, de Picasso y Matisse, para recubrir las piruetas de Nijinski y los revolucionarios caprichos de Diaghilev; canciones neoyorquinas de Sondheim y flamenco de cafetín andaluz...Pocos días, los justos, para una inmersión en el puro placer...(continuará)













Todas las fotos son de Dante Bertini, Febrero 2012.

martes, febrero 21, 2012

Hacer Tijos

Acertijo: ¿qué tiene que ver esta película de 1958 con mi febrero de 2012?
Algunas pistas:
Analía Gadé es una actriz argentina que trabajó y vivió muchos años en España.
Alberto Closas era un actor catalán que trabajó y vivió muchos años en Buenos Aires.
Los acertantes recibirán como premio un magnífico premio.
Au Revoir.
Posdata: aunque no viene a cuento, ambos actores nacieron bajo el signo de Escorpio, like me.

viernes, febrero 17, 2012

voy a pintar las paredes con tu nombre, Carlos Borsani...


¿A quién le toca despedir a los muertos supuestamente famosos,
todos esos que, también supuestamente, tienen un abultado currículum?
¿Quiénes son los encargados de redactar las necrológicas de los periódicos? Hacerlas, pensarlas, escribirlas, ¿es un premio o un castigo, sobre todo cuando el finado reciente no te dice más de lo que puedan decirte los datos que te acerca el, por lo visto mediocre, funcional aunque incompleto fichero del medio donde trabajas?
Resulta que mi amigo Carlos Borsani se ha muerto en Madrid hace dos días -uno de esos malditos martes en el que no puedes ni debes embarcarte en nada y en el que casarte es por demás desgraciado, sobre todo si lo haces con la puta, insaciable parca- y, distanciados como estábamos por las enrevesadas cosas de la vida desde hace más de tres décadas, recién me entero de su defunción, palabra desagrable, antipática, aunque muy apropiada para un hombre de teatro que ha dejado de ser(lo).
Yo había pasado un día de cierta felicidad, de buen y descansado trabajo, de encuentro con amigos alrededor de esos Barquitos varados con velas ilustradas que reunió el dibujante Elenio Pico en las salas de exposición del Convento de San Agustín, hasta que el nutrido obituario de un diario español donde no parece que lo hayan conocido mucho, a Borsani, digo, me acercó sin piedad alguna, con el impacto de su imagen actual, distorsionada por el tiempo, la irreparable noticia de su muerte. No busqué por la red otra necrológica, lo confieso, aunque nunca en todos estos años su trabajo como profesor, actor, autor y director teatral mereció la nota de más de media página que ocupó el anuncio de su muerte, con el corazón herido.
Todavía sin reponerme de esta pésima noticia que cancela toda posibilidad de reencuentro, prefiero escribir lo que siento, semisumergido en el dolor, tan fresco como difuso, que parece tintar de lila este atardecer invernal, carnavalescamente disfrazado de cálida primavera.
La última vez que lo ví, el mechón de pelo lacio, oscuro, cayendo sobre su frente, sus ojos claros y desprotegidos como siempre, ocultando con un velo melancólico esa férrea personalidad que muchas veces confundíamos con caprichosa inmadurez, quizo darme la clave necesaria para que unos amigos comunes que vivían en Europa no pudieran cerrarme las puertas de sus casas, parisinas y barcelonesas, en caso de que yo necesitara su cobijo:
-Deciles que si no te dan asilo, Carlos Borsani va a difundir por todas partes lo que ellos saben... Vos deciles eso, nada más. Vas a ver como te reciben sin decir ni pío.
Esa era su extremada forma de ser amigo: cruda, veraz, sin concesiones. Podía quererte a pesar de todo lo que fueras o no fueses y, hombre de pocas posesiones y de casi nulas apetencias, permitir que usaras, sin traba ni cortapisa alguna, tanto sus conexiones como sus conocimientos.
Auténtico single, solitario socializado, hacía suya la frase de Montaigne, prestándole algunos momentos a los demás mientras se entregaba sólo a sí mismo. Nunca se casó, aunque la redactora de su obituario, enredada en la relación fraterna de los Borsanis, Joe y Carlos, atribuya al segundo el matrimonio del primero, asesinado, que no simplemente fallecido, en su casa de Madrid, hace ya unos ocho años.
De cruzarme con Carlos Borsani en un lugar cualquiera es probable que no lo hubiese reconocido. Él ya no era el muchacho frágil que paseaba conmigo por las calles del centro porteño. Yo tampoco soy aquél que fui, aunque todavía recuerdo con certeza lo que compartimos y algunas de las cosas que, con angélica inocencia, perpetramos.
Pensaba contarlas aquí, pero no tengo la energía necesaria para hacerlo. Quizás la necesite para lanzarme a la calle y, como en aquella canción que idearon su hermano Joe y el frágil, verborrágico, talentoso, entrañable Armandito Fernández Llamas, pintar las paredes de toda la ciudad con el nombre de este muy estimado, y ahora ya perdido, amigo.

martes, febrero 07, 2012

la Violeta de los Andes


Hace dos días un diario recordaba la muerte, el suicidio en realidad, de la cantante y compositora chilena Violeta Parra. 45 años pasaron ya desde que la autora de Gracias a la vida decidiera poner fin a su existencia por, suponemos, absoluta falta de esperanzas.
Mujer huracanada, amante de las pasiones fuertes, acabó con las suyas descerrajándose la cabeza de un tiro. Posiblemente no encontró mejor manera de detener sus pensamientos volcánicos: lava candente que podría haber destruído todo aquello que la rodeaba y alguna vez había proclamado amar cantando.
Sin embargo la periodista que firmaba la nota, y cuyo nombre preferí olvidar, no se detuvo en suposiciones, dando por sentado que el principal detonante, y nunca mejor dicho, lo que la llevó a tomar esa decisión sin retorno, fue su amor desgraciado por un hombre suizo quince años menor que ella.
Inventemos a partir de nuestros prejuicios. Da igual. Nadie podrá preguntarle nunca a la Parra la razón de su muerte y aunque pudiera darla igual dudaríamos de ella, porque, ¿se puede ser tan contradictoria como para alegrarse porque el amor la ha devuelto a los 17 años y poco después maldecir hasta el mismo vocablo que nombra al sentimiento "por toda su hipocresía"?
Tal vez esta orgullosa Violeta era demasiado vivaz para un mundo mustio, alelado, que prefiere seguir los patrones que le dictan, los caminos que le señalan, las normas que le imponen. Quizás era demasiado sensible como para soportar sin herirse hasta el desangre final, la mediocridad, el engaño, las falsas buenas maneras. Posiblemente estuviera demasiado enamorada de la juventud como para aceptar sin más el paso imparable de ese tiempo ajeno, que la había arrastrado desde la adolescencia a las puertas mismas de la senectud sin piedad ni previo aviso.
Esta mujer de nombre vegetal, aromático, dulzón, estaba por cumplir cincuenta años. Ya ha pasado casi el mismo tiempo desde que decidió poner punto final a su destino.
¿Habrá perdido mucho?

miércoles, febrero 01, 2012

Beatriz y Dante, Dante y Beatriz


Me pregunto si serán muchos los que todavía recuerden a Beatriz Guido, autora de varias novelas sombríamente intimistas con protagonistas adolescentes, todas ellas jovencitas lánguidas, entre pasmadas y enigmáticas.
Mujer tímida, ensimismada, amante de recovecos, cuchicheos, penumbras y jardines, la Guido mantuvo una larga y tórrida relación con el director de cine Leopoldo Torre Nilsson, para quien escribió los guiones de algunas de sus películas más personales y exitosas. Eran historias de familias decadentes en las que la falta de dinero se compensaba con la abundancia de antiguos blasones y una reserva equivalente de taras y prejuicios. Políticos conservadores, caudillos de barrio, amantes frustradas, tías solteronas, deficientes físicos o mentales y avinagradas amas de llave que parecían imitar los despiadados procedimientos de Judith (Mrs. Danvers)Anderson en la magistral Rebeca de Alfred Hitchcock, incidían de una u otra forma en el despertar sexual de jovencitas tímidas, curiosas y con una esmerada educación católica, personaje que encontraría adecuada carnación en el hieratismo sensible de la actriz Elsa Daniel y que años después repetiría, en colores, con menos edad y distinto acento, la Ana Torrent de El espíritu de la colmena o Cría cuervos.
Nos cruzamos con Beatriz Guido una tarde en que ella salía de la Galería del Este -por aquellos años agigantada versión bonaerense de la sobrevalorada Carnaby Street inglesa- en el mismo momento en que se le rompía el hilo del collar de cuentas azules que llevaba al cuello. Vi cómo se quedaba paralizada en medio del ancho pasillo con un gesto de estupor en la cara y las manos tiesas al costado del cuerpo, mientras las cuentas del collar, finalmente liberadas de aquel lazo que las había mantenido unidas durante vaya a saber cuanto tiempo, se desparramaban por el suelo, atravesaban la acera y rodaban vertiginosas hacia el veraniego, febril, reblandecido asfalto de la calle Maipú.

Yo había reconocido de inmediato a la escritora de La caída, una presencia ineludible en las revistas literarias y sociales de la época, y sin pensarlo dos veces me puse a recoger las cuentas esparcidas por la calle. Siguiendo mis movimientos con su mirada acuosa, tristona, algo vacuna, la Guido, detenida en el exacto lugar donde la había sorprendido el contratiempo, repetía “gracias, gracias, gracias” con una voz apenas audible, entre asmática y acongojada, mientras sus manos, puestas ahora a la altura del pecho, formaban un cuenco tembloroso en el que yo iba depositando todas las cuentas recogidas. Cuando puse en aquel improvisado cáliz la última de las pequeñas perlas azules, la escritora me miró un instante con su cara de bebota caprichosa y repitió ¡“Gracias!”, para añadir enseguida, como si pretendiera disculparse: “No es que tuviera demasiado valor, pero son recuerdo de alguien que he querido mucho...” Aunque había finalizado la frase mirando hacia lo alto, era de suponer que se refería al collar, convertido ahora en cuentas desgajadas, nuevamente autónomas.
Por aquellos tiempos yo era un asiduo lector de Alan Watts, de Wilhem Reich, de Carlos Castañeda. Esta mezcla desordenada de ciencias alternativas, unida a algunas experiencias de las llamadas psicotrópicas, me hicieron pensar que estaba asistiendo a alguna parábola esotérica especialmente dirigida a mí. De ese encuentro fortuito con literata famosa y cuentas derramadas, yo debería extraer una enseñanza fundamental: si me era dado interpretar correctamente aquella anécdota de apariencia casual, intrascendente, encontraría al fin ese sentido profundo de la vida que tanto me obsesionaba desde siempre.

Pero no hubo nada más. Eso fue todo. Ni siquiera me atreví a decirle que pese a ser un adolescente melenudo de aspecto algo descuidado, sabía muy bien quien era la mujer que tenía delante. Tampoco le dije que había leído varias de sus novelas y no me perdía ninguna de las sombrías películas que, a partir de sus historias, dirigía su amante o esposo -nunca tuve demasiado claro el vínculo que los unía-, Leopoldo Torre Nilsson, aquel hombre grandote de aspecto intelectual y modales extranjeros. Ella tampoco me invitó a tomar un café, o, súbitamente fascinada por mi encanto juvenil y mi servicial espontaneidad, decidió dejarme alguna dirección o un simple número de teléfono donde poder encontrarla para conocernos mejor.
Tal vez, de haber sido menos parco, le hubiera dicho mi nombre, despertando su interés con una fantasía literaria de papeles trastocados: una madura Beatriz escritora para un Dante juvenil que se cruza por azar en su camino y la sigue por vaya a saber qué infernales o paradisíacos círculos.

Lo sé. Es una anécdota tonta que después de tantos años debería haber olvidado. Sin embargo, por alguna extraña razón que a pesar de los años transcurridos no logro encontrar, jamás se ha borrado de mi persistente, arbitraria, caprichosa memoria.

Ilustran: foto publicitaria de La caída y retrato de Beatriz Guido con Torre Nilsson, enmarcado, detrás.