lunes, octubre 01, 2007

Las cenizas de Manuel Puig. Segunda entrega.

Acostumbrado a los escritores de mirada velada y ceño adusto que aparecían en las solapas de los libros -los perfiles recortándose sobre la típica biblioteca desbordante de volúmenes, la pipa o el cigarrillo echando humo desde alguna de sus manos- aquel tipo de edad y estatura medias, vestido con traje claro de lino, el pelo engominado y la sonrisa amplia y sensual, casi “gardeliana”, me pareció simplemente un impostor, algún oscuro actor secundario en paro que, vaya a saber por qué oscuros intereses, había decidido hacerse pasar por un conocido literato argentino. Recién me convencí de estar frente al auténtico Manuel Puig cuando lo oí narrar con lujo de detalles y dulce acento de ningún lugar su fugaz aventura amorosa con un pescadero bien dotado del Trastevere romano. Finalmente los amigos que lo habían presentado no estaban engañándome: aquel era, sin ninguna duda, el autor de “La traición de Rita Hayworth”, esa novela de lenguaje descarnado e ironía apenas encubierta que había desnudado los tics y fantasmas de la pequeña burguesía argentina, revolucionando el mundillo intelectual bonaerense e intranquilizando a las autoridades militares que gobernaban el país. ( El DVD de Boquitas pintadas que tengo en mi poder disculpa posibles fallos por provenir de la única copia rescatada de la limpieza moralizadora que llevaron a cabo los militares golpistas de marzo de 1976.)
Lejos de los tópicos estilísticos prefijados para un look intelectual, aquel día, en esa fiesta privada con medio centenar de invitados, el escritor se nos mostraba como un ser angelical del escuadrón Luzbel, capaz de contar anécdotas comiquísimas de su paso por Cinecittá para poco después bailarse un merengue con la Felisa P. al estilo clásico, fusionando la gracia y sensualidad de un nativo caribeño con la elegancia contenida y precisa del siempre impecable Fred Astaire.
Después de aquella noche memorable, con boquitas pintadas y caderas ondulantes, volvimos a coincidir una media docena de veces en otras tantas reuniones de amigos comunes. Nuestro único encuentro a solas se produjo por casualidad en pleno centro de Buenos Aires. Mientras yo buscaba un libro cualquiera en una librería de Corrientes y Suipacha, él se despedía sin demasiada nostalgia de una ciudad a la que, según me confesó, no pensaba volver por largo tiempo. Para mí, que nunca había viajado más allá del cercano Uruguay, resultaba doloroso que alguien tan apreciable eligiera nuevamente el camino del exilio. Cuando le pregunté por qué se marchaba otra vez del país, se tomó el trabajo de explicarme, aunque de forma algo ausente, como si se tratara de un discurso demasiado repetido, la intranquilidad que le producía la situación política que estábamos atravesando, con la presencia constante, siempre represora, de la brutal policía bonaerense. Mientras hablaba, sus ojos oscuros, brillantes como escarabajos, comenzaron a entristecerse, pero de pronto cambió radicalmente el tono y volvió a iluminar la mirada con esa picardía ambigua, algo infantil, presente en muchas de sus fotos.
“Y además, muñeco, qué quieres que te diga: en México encontré un hombre que tiene todo lo que yo necesito”. (
Fin de la segunda entrega / Continuará y fin)
photo : retrato de Manuel Puig, de autor desconocido.

sábado, septiembre 29, 2007

Las cenizas de Manuel Puig. Primera entrega.

Algunas casualidades aparecen ante nosotros como evidencias de una realidad paralela a la que no sabemos poner nombre. Encuentro sin buscar, ¡ay, don Pablo Picasso!, una versión en DVD de Boquitas pintadas, la película sobre el libro de Manuel Puig dirigida por el también argentino Leopoldo Torre Nilsson (1924-1978). El mismo día, buscando -ahora sí- más información sobre la banda sonora, que vaya a saber por qué mi memoria atribuía a Leandro "Gato" Barbieri, encuentro un blog con el mismo nombre del libro y la película, casi un homenaje al también autor de "Cae la noche tropical", "El beso de la mujer araña" y "Maldición eterna a quien lea estas páginas". De inmediato contacté con su hitchconiana auto-edito-ra, nos linkeamos y, email mediante, prometí enviarle algo de lo que tenía escrito sobre Puig. Al releer esas antiguas notas pude darme cuenta de cómo la memoria va afinando el disparo, deteniéndose en detalles y situaciones que antes no había tenido en cuenta. Se hizo imprescindible escribir un nuevo texto que, sirviéndose de los anteriores, recogiera esos pormenores previamente desechados por mi casquivana memoria; restos de una época que el incontrolable viento de la historia alejó para siempre de nuestro lado.

Boquitas pintadas, el filme, se estrenó en 1974, siendo quizá el último evento cinematográfico de importancia para esa Buenos Aires sofisticada que parecía presentir un gran desastre próximo. El "tout Buenos Aires", o sea algunos centenares de personas dedicadas de alguna u otra forma al quehacer artístico, esperaban el estreno de aquel film con la misma ansiedad conque, dos años antes, varios millones de argentinos habían esperado el regreso de Perón desde su exilio madrileño. Por aquella época, muchos de los que estaban pensando desde tiempo atrás en cambiar el escenario de sus vidas, decidirían que era imposible seguir postergando el momento de hacerlo. Sin embargo, como partir no era nada fácil y mientras tanto tampoco podían detenerse, seguían allí, viviendo esa realidad paralela como si fuera la única posible. Enfundadas en los vestidos de Madame Frou Frou o en la ropa vintage hábilmente rapiñada de los baúles familiares, Dalila Puzzovio, Mercedes Robirosa, Felisa Pinto, Marta Carlisky, Marilú Marini, Rosita Bailon, Nacha Guevara y un buen puñado de otras bellas y sofisticadas mujeres, asistirían a la presentación de Boquitas pintadas en el Cine Teatro Gran Rex de la calle Corrientes, recreando los años cuarenta que el libro y la película retrataban, por este orden, con mejor o peor fortuna. Para la beautiful people porteña Manuel era "un divino" de reciente adquisición. Torre Nilsson -Babsy para los más íntimos- y su mujer, la escritora y guionista Beatriz Guido, tenían un puesto permanente en ese Olimpo de dioses menores que conformaba la flor y nata de la sociedad porteña. Al brillante estreno de aquella noche seguiría una fiesta por todo lo alto en casa de Felipe del Canto, un personaje único, que sabía unir sin aparentes fisuras su elegancia de diplomático privado de cartera a una ávida curiosidad de flanneur cosmopolita y amante de los barrios bajos. Junto a un grupo de amigos igualmente jóvenes, representábamos la alborotadora cantera de los nuevos valores. Herederos de una forma de vida con raíces europeas, anhelábamos conquistar Nueva York para poder vivir como los hippies ricos de San Francisco. Fumábamos hasch y marihuana, leíamos a Henry Miller, a Allen Ginsberg, a Lovecraft y Salinger. Mezclábamos Freud con Ken Russell, las minimalistas Gimnopedies de Erik Satie con la psicodelia barroca de The Who o los desgarros etílicos de Janis Joplin. Nos acostábamos por pura diversión y solíamos desnudarnos en casi todas las fiestas por el gusto de ver asustarse al personal que se decía liberado. Así como Alejandra Pizarnik solía quitarse toda la ropa cada vez que en una reunión de intelectuales se "tocaba" el tema del sexo, nosotros nos desnudábamos por completo cuando las reuniones sofisticadas empezaban a ponerse demasiado tensas. (Fin de la primera entrega/continuará)
Photo : Luisina Brando en un plano de la película Boquitas pintadas

lunes, septiembre 24, 2007

¿ESCRIBIR?




Dos o tres personas en tres o cuatro días se/me preguntan ¿por qué escribir? Hace algunos años yo andaba dándole vueltas a esa misma cuestión en mi columna semanal para un diario barcelonés. Como viene al caso y tal vez sirva de ayuda a esos dos o tres amigos dubitativos, vuelvo a colgarla ahora en este blog.

No sé si ustedes han oído hablar de Natalie Goldberg. Es una escritora estadounidense, delicada y sin estridencias, a la que conocí gracias al ruido. Hace varios años, luego de un agitado mes de julio con mesas redondas, presentaciones y reencuentros en la "lejana Buenos Aires", pensé que un lugar apartado del mundo podía ser la única solución posible para mis vacaciones de agosto. Jorge Chapuis, un amigo sensiblemente alerta a mi deseo, consiguió una casa que podría definirse como de estilo "alpino", a los pies del Montseny. Rodeada de jardines con rosales, eucaliptos, buganvillas y mimosas, tenía varias habitaciones abuhardilladas con techos y paredes de madera y una terraza bastante espaciosa asomándose a un retazo de bosque poblado de altísimos pinos. Supusimos que aquel sería un lugar ideal para el descanso y, dado que los ordenadores viajarían con nosotros, hasta podríamos trabajar algunas horas diarias sin la habitual banda sonora del centro de Barcelona .Cometimos un error: no contar con las ruidosas motos de los adolescentes de la zona, fanáticos del cross, y todavía menos con el ladrido constante de los innumerables perros guardianes de los otros chalés, casi todos pastores alemanes neurotizados por sus dueños, unos señores a los que les gusta suponer que el ideal de un animal doméstico es vivir encadenado.En aquellos días llegué a pensar que el silencio tan ansiado era sólo un sueño irrealizable, un ideal utópico. Si aquel lugar, supuestamente creado para el descanso de los estresados urbanitas, era capaz de generar tal cantidad de decibelios, yo era un pobre iluso, perseguía una fantasía imposible para un mundo como éste, plagado de sonidos. Poco tiempo después, de visita en Lausanne, pude comprobar la vialibidad de aquella, mi presunta utopía. Hasta las moscas suizas, si es que existen, vuelan sin hacer ruido. Por desgracia este no era el caso de nuestro "atirolesado" retiro en el Montseny. La tarde en que todos los motoristas del lugar se reunieron a hacer piruetas enfrente mismo de nuestra casa, decidimos que había llegado el momento de ponernos duros en plan Tarantino o conocer el cercano pueblo de Santa María de Palautordera. Extraño lugar Palautordera. Las señalizaciones de carretera incluían, junto a la normal oficina de turismo o al también habitual ayuntamiento, una flechita indicando el camino hacia un centro de yoga. Allí, en las manos del instructor que salió a recibirnos, estaba "El gozo de escribir" de Natalie Goldberg, editado por una enigmática, aunque nada incordiante, Liebre de marzo. Aquel libro ya no se separó de mí. Cuando las dudas corroen mi espíritu, cuando creo que la última frase que he escrito es realmente la última que escribiré en mi vida, corro hacia el desgastado librito con tapas azul celeste de la Goldberg y leo cosas como éstas: "¿Por qué escribo? Escribo porque tengo la boca cerrada desde toda una vida y la verdad es que, en secreto y egoístamente, quisiera vivir eternamente y que mis seres queridos vivan también eternamente(...) Escribo porque hay historias que la gente se ha olvidado relatar; porque dar forma a una palabra con los labios y la lengua y atreverse a escribirla, para no volver a comérsela otra vez, es la experiencia más intensa que conozco." Buena persona Natalie Goldberg. Sonora, pero nada ruidosa.
photo : duane michals

sábado, septiembre 22, 2007

Shame, Skammen, Vergüenza (último momento)

Un trozo del tostado y crujiente bikini matutino, parte del desayuno del Ciao Bella, queda atorado a mitad de camino. Tropieza con la incredulidad, la indignación, la rabia y el insulto, impelidos a escapar de la garganta en forma de diversos sonidos guturales y alguna que otra estruendosa onomatopeya. Las páginas rosas de La Vanguardia de hoy nos anuncian, en un ángulo poco destacado y sin otorgarle demasiado espacio, LA TALA DE UNA CINCUENTENA DE ENCINAS CENTENARIAS EN UN BOSQUE DEL TIBIDABO. El silencio, la sombra, la quietud, el verde, serán en poco tiempo y después de una inversión de 3,8 MILLONES DE EUROS, una gigantesca montaña rusa, rebosante de luces, ruidos, gente algo colocada y, se supone, latas y botellas de cerveza y refrescos, transparentes bolsas ya vacías de patatas fritas y otro sinfín de residuos más o menos orgánicos. ¿Una respuesta municipal a la FIESTA DEL GINJOLER del domingo pasado? Para que no penséis que todo esto es parte de una conjura extranjera en contra de nuestra ciudad, os digo que votaron a favor del proyecto el PSC e Iniciativa. En contra, CiU y PP. Más astutos -¿o más arteros?-, los representantes de ERC decidieron abstenerse. O sea, tú tala las encinas y yo miro para otro lado.
Bergman tiene en su filmografía una película llamada Vergüenza(Skammen, Shame,1968) Ahora no recuerdo si trataba de algo parecido a esto.
Photo de Giacobetti

jueves, septiembre 20, 2007

zurcidos



Aquel desapacible sábado del mes de julio de 1993 almorzamos con el escritor Adolfo Bioy Casares en su mesa habitual de la cafetería y restaurante La Biela, un clásico del barrio de la Recoleta. Fue un regalo del representante de Editorial Tusquets en Argentina, quien unos días antes me había preguntado si deseaba algo especial como recuerdo de ese viaje "literario" a mi país de origen. He contado varias veces esta historia porque a medida que pasan los años voy encontrando en ella algunas carillas traspapeladas en su primera, y seguramente superficial, lectura. No era mi primer encuentro con Bioy Casares. Ya me había acercado al autor de La invención de Morel y El perjurio de la nieve en la Universidad de Barcelona algunos años antes. Olvidándonos de los que esperaban detrás de mí para hacer lo mismo que estaba haciendo yo, nos detuvimos largo rato a hablar del exilio, sus motivaciones y consecuencias. "Vuelva a su país", me dijo él, "verá que no lo trataremos mal". Le había llevado un clavel amarillo cortado de los ramos que adornaban la sala donde había dado una corta y divertida conferencia sobre sus ciudades más amadas, entre las que por supuesto incluyó a la capital argentina. Entre otras muchas cosas nos contó cómo Borges y él recorrían media ciudad hablando de la literatura en todas sus vertientes, un tema en el que abundaban los chismes más suculentos sobre algunos de los personajes que se dedicaban a escribir más o menos profesionalmente en la ciudad de Buenos Aires. Bioy y Borges solían caminar a paso vivo y sin detenerse en nada hasta llegar a un viejo puente en Valentín Alsina. Desde allí, casi de forma automática, sin siquiera prestar atención al lugar donde los habían llevado sus pasos, pegaban la vuelta hasta sus respectivos domicilios. Una periodista francesa se enteró por medio de Silvina Ocampo de aquellas misteriosas caminatas nocturnas y, convencida de que el lugar tendría algo muy especial para acaparar el interés de esos dos talentos literarios, decidió acompañarlos en uno de aquellos paseos. La desilusión de la periodista fue enorme: ni el puente ni su entorno mostraban nada digno de mención. Tampoco Borges ni Bioy se detuvieron a explicarle que el encanto de esos periplos estaba en el camino a recorrer, no en la desangelada meta.
El mediodía de julio en que nos encontramos con Bioy Casares era muy luminoso y especialmente frío. ABC llegó puntual y nos sentamos a la mesa que ocupaba siempre, desde hacía muchísimos años, al fondo del local, de espaldas a un espejo que reflejaba su cogote y, ¡ay!, un mechón de pelo algo rebelde que desairaba su impecable compostura de atildado dandy inglés. Cuando yo aún vivía en Buenos Aires, La Biela era un lugar para burgueses ricos, quizá por eso me extrañó que los manteles y las servilletas, de un hilo pesado y grueso, estuvieran tan zurcidos. De forma muy cuidada, pero también muy notable. Poco después, contando aquel encuentro, alguien me hizo notar que aquello era posible porque la mano de obra era más abundante y barata que en Europa, donde a nadie se le ocurriría reparar algo que puede comprar absolutamente nuevo por menos dinero. Además, ¿qué restaurante medio podría pagar hoy mismo manteles de hilo? Y suponiendo que pudiera hacerlo, ¿a quién, en esta época de objetos desechables, de comida rápida y encuentros sin encuentro, podría interesarle semejante refinamiento? Ayer, después de mucho tiempo, volví a comentar entre amigos aquella comida porteña y una vez más volvimos a hablar de los zurcidos de La Biela. Los años han pasado. Por primera vez sentí una ternura especial por aquellos viejos manteles cargados de memoria. Esos buenos paños, tan recios como resistentes, son mudas metáforas de nuestra memoria. Llena de cicatrices restauradas con infatigable paciencia, conserva los rastros de nuestros antiguos festines, los signos inalterables de nuestras experiencias, los casi imperceptibles vestigios de nuestros triunfos, las sombras imborrables de todas nuestras pérdidas y fracasos.
Photos : Bioy Casares a los diecisiete y a los setenta y tantos años

sábado, septiembre 15, 2007

Susurros y chillidos

Anoche tuve un sueño. Estaba en un lugar de vacaciones con muchísima otra gente. No éramos niños, aunque todas nuestras actitudes eran infantiles. Juraría que el lugar que nos reunía era el cine Roca de la calle Rivadavia de Buenos Aires convertido en un Albergue de la Juventud con reminiscencias fascistoides. Ahora me pregunto cómo aquella atrocidad me resultaba absolutamente normal, pero en los sueños casi todas las cosas parecen serlo. Fue más impactante -y uso esta palabra pensando en un disparo mortal al corazón- cuando hace unos quince años, en uno de los pocos viajes que he hecho a mi ciudad natal, encontré el cine de mi barrio convertido en templo expiatorio de un pastor protestante al que llama(ba)n "el Pastor Giménez", creador y difusor de las Ondas de Amor y Paz. (Primera aclaración: no confundir con el compositor y músico cuartetero "la mona Jiménez". Segunda aclaración: en Argentina, mona no siempre es sinónimo de guapura, de belleza o de gracia. En algunas ocasiones se le dice mona a alguien simplemente por su parecido con un simio de sexo femenino) A los pocos días de llegar a Argentina me había acercado al barrio de mi infancia para ver qué cambios había producido el tiempo en aquellos decorados para mí tan conocidos. La casa donde nací estaba en el mismo lugar de siempre, aunque convertida en las oficinas de un centro médico especializado en problemas auditivos. Un destino lógico teniendo en cuenta los oídos sordos de que hacían gala muchos de los integrantes de mi familia. A menos de cincuenta metros de aquella enorme casa de estilo ecléctico estaba el cine donde pude ver las mejores películas de Fellini, Malle, Truffaut, Hitchcock o Torre Nilsson a una edad en la que supuestamente me estaba prohibido hacerlo. Las letras art deco de la marquesina poniendo Roca seguían en su lugar de siempre, sólo que le habían agregado un cartel de tela colgando desde lo alto. En él decía con una torpe letra manuscrita: "Jesús es una..." En aquel momento pensé "¡Si Jesús fuera una Roca habría hecho que chocaras contra él haciéndote mil pedazos, cabrón de mierda!" Está bien, sí: me reconozco como un esteticista decadente poco afecto a los desmadres religiosos, pero ahora no quisiera desviarme demasiado del tema central de este post. Todo lo relativo al templo cinematográfico es de una realidad que acaba de cumplir sus no tan dulces quince años y aquí y ahora sólo pretendía contarles el sueño que tuve anoche. En él preparábamos una representación teatral, y yo, tal vez influenciado por la Fiesta del ginjoler-azufaifo de mañana, tenía que abrir el espectáculo recitando alguno de mis poemas. Estaba muy tranquilo; relajado y contento. Un cambio notable en relación a otros sueños más pesadillescos en los que suelo ser uno de los actores protagonistas y ni siquiera he aprendido el papel a representar. (Como la vida misma vista desde mis entretelas. Porque, ¿alguien me dirá que conoce de antemano el papel que le ha tocado en suerte?) Pues bueno, resulta que todo estaba preparado, el teatro a tope de gente y de pronto un grupito de la primera fila comenzaba a gritar consignas tapando mi parlamento, boicoteando abiertamente mi aparición en escena. Les decía que se callaran, por supuesto, pero sólo lograba que sacaran enormes pancartas, arrojaran volantes de colores y gritaran aún más fuerte. Inclusive pude ver cómo un trío de encapuchados quemaban algunas amarillentas fotos de mi infancia. El resto del público, entre asustado y confuso, abandonaba la sala sin que a nadie se le ocurriera hacer algo para detenerlos. Me desperté indignado, y ahora, varias horas después, no acierto a responder la inquietante pregunta que resuena desde esta madrugada en mi cabeza: ¿habré cambiado mi supuesta realidad inconsciente por una más banal y cotidiana realidad periodística?
photo de duane michals

martes, septiembre 11, 2007

lo tuyo es todo teatro

Durante este largo fin de semana en Cadaqués:
viaje de ida literario, amenizado con la presencia de una siempre exquisita Zbelnu.
Estadía en la mansión G-F, con la presencia de dos magníficos psicocineros: Alejandro GF y Nilda E. Clima exquisito. Sol sin calor, brisa sin frío.
Menú (no vegano) : Parrillada de provoleta, chorizos, morcillas, vacío y asado de tira. Ensalada verde variada con manzana y queso de cabra. Helados Häagen Dazs de varios gustos, incluído el dulce de leche. Desayunos de té negro con leche de soja, tostadas, mantequilla y mermeladas varias. De estas últimas, cinco *****estrellas para la casera de higos signé Nikita W. Panqueques de dulce de leche. Salpicón de carne con patatas, huevos duros y quesos. Cafés en el Marítimo.
El domingo, homenaje del Plus a Pavarotti. No pude soportar ver nuevamente su sonrisa sin mácula, ya perdida para siempre. Con las lágrimas saltando como paracaidistas locos de mis ojos -una herencia paterna- me puse a bailar sus arias por toda la casa, acompañado por mi habitual compañero de danzas, J.CH. Nos reímos, se rieron, bastante. Por un momento logramos escapar con alegría de la más que parca muerte, enemiga de ese milagro musical, tan aromático, euforizante y sabroso como el vinagre de su tierra. Dos veces maestro, estimado señor Pavarotti. ¡Qué pequeños quedaban muchos a su lado! Nada más llegar a Barcelona me entero de que también Angela Channing decidió (?) marcharse. Había sido Oscar por el papel de la muda, cándida y buenísima, Belinda. Discípula menos turgente de la indecente Mae West, si como buena mereció un premio de la Academia, como mala resultaba ser digna de al menos dos. Primera mujer de un todavía guapo, aunque siempre marmóreo, rígido Ronald Reagan, en ella parecía encarnarse aquello de que "hierba mala nunca muere". El aserto duró sólo noventa y tres años. Es que lo nuestro es pasar, no caben dudas. ¿Y lo del teatro en el título a qué venía? Ah, sí, ahora recuerdo. Acabo de entrar a la web de Alternativa teatral. He pasado una docena de páginas con espectáculos teatrales de Buenos Aires, a doce por página. No llegué al final de la cartelera. Un país en crisis, la Argentina.
photos: Jane Wyman por George Hurrell (1940), Luciano por autor desconocido.

amorimás en la Biblioteca porteña

El actor Patricio Contreras leyendo poemas de mi libro amorimás (en minúsculas y tal cual lo escribo) en la Sala Julio Cortázar de la Biblioteca Nacional Argentina. Buenos Aires, 3 de septiembre de 2007. Ciclo organizado por Alejandro Margulis y Ayesha editorial. Es que ya no tengo abuelas... y si las tuviera tampoco serviría de mucho.


viernes, septiembre 07, 2007

and the winner is...

Otorgado por ¡¡¡el nombre que me nombra!!! Gracias de verdad, muchas gracias... (y ya pueden leer el que sigue, que me gustó escribirlo)

jueves, septiembre 06, 2007

Realities

Vuelve el macho macho, y junto a él, su compañera/equivalente: la siempre sufrida mujer objeto.
En un diario de ayer Putin nos mostraba su torso, ajado pero de buen ver, asomando desnudo entre unos matorrales siberianos. Si no fuera por el fusil que tenía en las manos podríamos imaginarlo paseándose por las dunas salvajes de la playa de Es cavallet, en Ibiza, dispuesto a cazar alguna presa humana con la que saciar sus apetitos carnales. Sin embargo la presencia del arma cambia en algo nuestra apreciación. Una cosa es la vida natural, el sexo libre, desatado, y otra muy distinta el canibalismo homicida. La foto podría ser un "robado", aunque en realidad parece más un montaje de cualquier canal de televisión español en complicidad con esa revista tan popular que copia el nombre del más que snob y minoritario magazine neoyorquino inventado hace décadas por las megasofisticadas huestes de Andy Warhol. Tomo aire. Respiro. Me detengo a pensar y pienso. Una extraña estrategia: ¿acaso sólo el nombre hace a la cosa? Si llenamos las botellas de Coca-Cola con vino o cerveza, ¿podremos tomar varios litros sin emborracharnos? Si un restaurante se llama Refinado, ¿puede servirnos la comida en hojas de diario o darnos de comer atún enlatado directamente de su envase? Creo haberme liado. Intentaré volver adonde estaba, o sea: a mi casa y a una de mis dos o tres pantallas cotidianas.
Mientras los maquetadores del tabloide madrileño preparaban el número de ayer con ese Vladimir Putin armado y sin camisa, por el Canal Cuatro, apéndice del mismo diario, un grupo de jóvenes doncellas se esforzaban por convertirse en modelos de mujer durante un programa concurso que en muchos momentos hace recordar Las 120 jornadas de Sodoma de Pasolini-Sade. En este filme, cuatro personajes de alto rango -un banquero, un juez, un alto prelado eclesiástico y un político del régimen fascista imperante-, ayudados por varios guardias muy bien dotados físicamente y un puñado de alcahuetas bastante maduras, deciden secuestrar a un grupo de adolescentes para convertirlos en objeto de sus perversas fantasías sexuales. Como es de suponer, el programa Supermodelo de la Cuatro no llega a esos extremos, a pesar de que sus profesores y jurados podrían encarnar muy bien a los sádicos personajes pasolinianos. Críticas demoledoras, elogios desmesurados que en realidad están prologando una expulsión inminente, cortes de pelo salvajes, cambios de look extremos realizados en contra de los deseos de sus naturales portadoras y un sinfín de humillaciones verbales realizadas frente a todas las otras participante y, por supuesto, con cámara y transmisión abiertas, son la guinda de este programa supuestamente educativo. Aunque ya mismo me pregunto si el supuestamente no está demás, porque también pretendía ser educativa la disciplina impartida por los morbosos instructores de las 120 jornadas de Sodoma del divino Marqués de Sade, transformados por el director de Teorema, de Mamma Roma, de Uccellacci e uccellini, en cuatro personajes de la Italia fascista de 1940.
Esta película, conocida popularmente como la Saló de Pasolini, es de 1975. Podríamos decir, casi sin inmutarnos, "de un siglo atrás". Por esa época los fanáticos del Flower Power empezaban a ver cómo se marchitaban sus capullos, y los Makaroff argentinos, desilusionados por el sangriento regreso del mesías Juan Perón, cantaban a dúo aquello de "paz y amor, las pelotas nena". Pier Paolo Pasolini estaba a punto de morir asesinado por sus pasiones más amigas -o por sus apasionados enemigos, que hasta el día de hoy la cosa sigue estando turbia-, sombríamente encarnados, unos y otras, en esa noche tan aciaga del 2 de noviembre de 1975 sobre el decorado de un cenagoso baldío de suburbio. Las armas del crimen: unos cuantos golpes certeros, las ruedas del propio automóvil de P.P.P. y un moreno, delgado y hambriento ragazzo di (la) vita. Un enigma sin solución, porque, ¿a quién podría interesarle en estos días investigar la muerte de un personaje tan molesto? Hoy ya no tenemos una Oriana Fallaci que se atreva a poner en duda lo que siempre nos presentaron como una certeza incontestable. Sólo nos quedan mil salsas rosas de tomate espeso, setenta balcones y ninguna flor. O ese experimento de la CBS llamado Kid Nation, donde niños de entre 8 y quince años se prestan -en realidad deberíamos decir se alquilan, ya que les pagarán unos módicos 5000 euros por cabeza- para un reality show en medio del desierto de Nuevo México. Sus padres han firmado un contrato donde liberan de responsabilidades a la cadena productora del programa si sus hijos se hieren, fallecen, son violados o se contagian de sida. En principio nadie habla de la presencia de educadores, guardianes o maestros, pero todo hace pensar que por allí sobrevolarán alegremente los fantasmas de Pasolini y el Marqués de Sade, satisfechos de ver convertidas en realidad, o en reality, sus desmadradas fantasías. Esas fantasías pagadas en su momento con cárcel, persecuciones, ostracismo, muerte, y a las que sin embargo hoy podríamos calificar como... ¿inspiradoras o proféticas?
fotograma del film Saló de Pier Paolo Pasolini

viernes, agosto 31, 2007

Black Narcissus: ¿monja o mujer?


Imaginen un grupo de monjas comandado por una irlandesa algo rígida de facciones refinadas y voz particularmente chirriante que por orden de su superiora deberá trasladarse a un palacio semi ruinoso suspendido en medio de abismos y montañas. Nada más empezar la narración nos cuentan que años atrás el lugar sirvió de lujosa morada para las mujeres de un sultán y ahora está en manos de una vieja superviviente de aquellas épocas doradas a la que todo el mundo supone mentalmente desquiciada. Mientras la superiora del convento explica en qué consistirá su misión a la monja irlandesa, la cámara se adelanta a la expedición monacal, paseándose a su aire por paisajes bellísimos de altos picos nevados y por laberínticos interiores decorados con pinturas murales en las que se describe de forma más o menos explícita encuentros amorosos de todo tipo. Una mujer desdentada vestida con un sari de colores brillantes corre de salón en salón demostrando a los espectadores, nosotros, que su supuesta locura no tiene un ápice de suposición. También hay por allí, sentado en posición de loto sobre una roca algo aislada del palacio, la mirada extraviada en la distancia, un santón de largos cabellos canosos y figura, más que magra, descarnada. La líder del grupo no podrá elegir a sus acompañantes. Es la superiora quien decide que, junto a la pelirroja, irán otras monjas ya maduras especializadas en educación, gastronomía y cultivo de hortalizas. Se trata de montar un centro educativo para niñas en el antiguo harem abandonado. Empresa difícil: poco tiempo atrás un grupo de monjes ha intentado implantar allí un colegio para los varoncitos del lugar y la empresa ha fracasado estrepitosamente. Como regalo añadido, la monja irlandesa deberá soportar a Sor Ruth, de quien se dice "está enferma" con un tono suficientemente ambiguo como para que todos sepamos desde el primer momento que no están hablando de ninguna enfermedad física. En aquel mismo momento, el director nos ofrece un moroso barrido de cámara sobre la mesa donde las monjas desayunan. Cada una de las elegidas aprovecha esos mínimos segundos de plano personal para mostrarnos cuán idónea puede llegar a ser en su especialidad. Mientras unas cocinan con presteza y otras leen gruesos tomos encuadernados en piel o despejan la mesa de cacharros, Sor Ruth se retuerce sobre el banco de madera como si estuviera sentada sobre brasas ardientes, mientras mira hacia la cámara de la misma forma enfebrecida conque podría mirar a Brad Pitt y/o a su jolie Angelina saliendo de una ducha. El conflicto está servido. ¿Castidad o lujuria? ¿Sexualidad o misticismo? ¿Arrebato de campanas o pasiones arrebatadas?
"Un remake de Almodovar", dirán algunos de ustedes. Más bien lo contrario. En realidad se trata de Black Narcissus, filmada en 1947 por Michael Powell y Emeric Pressburger, una pareja de lo más particular, hacedora de otras obras tan raras e inquietantes como esa flor exótica que da nombre a la película. No sólo Pedrito A. bebió en esas aguas. Pierre -¡vaya!, otro Pedro- et Giles, fotógrafos franceses de arte, íconos ellos mismos de la superpoblada iconografía gay, deben mucho a la imaginería algo kitsch del dúo anglo-húngaro. Para convencernos que P.A. ha devorado, y digerido, la obra de Powell-Pressburger con verdadero gusto, basta con ver a Sor Ruth decidida a entregarse por entero a sus bajas pasiones femeninas en una de las escenas más desmelenadas y asombrosas del film. En ella, la actriz inglesa Kathleen Byron "repite" hasta la "clonicidad", peinado y maquillaje incluidos, el "personaje" de la española Marisa Paredes en varias películas del director manchego.
Algo farragosa en su desarrollo, debatiéndose constantemente entre lo sublime y lo ridículo, entre la sátira y el melodrama, tan arriesgada como el cine comercial de la época permitía, Black Narcissus sorprende con algunos momentos e imágenes irrepetibles. Ver a un ambiguo Sabú vestido en sedas brillantes y atiborrado de pedrerías, a una jovencísima Jean Simmons en plan odalisca de piel cetrina y ojos verdes, al altísimo capitán Dean cabalgando sobre un pony de dimensiones mínimas o a Sor Deborah Kerr empeñada en que la campana del palacio-escuela-convento repique más y mejor que aquellas de Santa María, vale mucho más que los cinco euros que me ha costado el dvd, distribuído junto a The Honey Pot (1967) de Joseph Mankiewicz en todos los quioscos de revista españoles.
ilustran : fotograma y póster de la película en su versión francesa.

jueves, agosto 30, 2007

Lecturas Lejanas (¡repetimos!)

Para los que están por "allá":
El muy próximo 3 de septiembre, a partir de las 19 horas, el actor Patricio Contreras leerá algunos de mis poemas en la sala Julio Cortázar de la Biblioteca Nacional Argentina, en Buenos Aires. Se hará como clausura de la sesión inaugural de unas nutridísimas jornadas organizadas por el escritor y dibujante Alejandro Margulis para la (su) Editorial Ayesha. La entrada, según dice el programa que me enviaron, es libre y gratuita.
retrato : bertini/chapuis
BSO : Rachmaninoff, concierto para piano Nº 3, por martha argerich

sábado, agosto 25, 2007

Boogie Days

Colette publica en 1932 Lo puro y lo impuro. Sesenta y cinco años después, en 1997, Thomas Paul Anderson estrenó su primera película, Boogie Nights.
Gracias al trío de Imagenio y a la imprevisible Cosmopolitan TV, una de estas tardes decidí perderme la siesta para ver por segunda vez el film de Paul Thomas Anderson. Nada más suyo, sin duda, ya que guión y dirección le pertenecen. Poco después, todavía conmocionado por esa historia de pérdidas y perdedores que ya me había impactado hace años, en el momento de su estreno, me puse a leer la nota que Isabel Nuñez había escrito para el Suplemento Cultural de La Vanguardia sobre la espléndida escritora francesa, amante de las mujeres, los gatos y los sulfuros de cristal. Nada más terminarla quise ver la cubierta de la recién editada edición castellana del libro de Colette y, al mismo tiempo, saber algo más de una editorial que hasta ese momento no conocía, así que me acerqué como un bicho curioso a la web de Global Rhythm Press.
Cuando unos minutos después pude salir de allí, me quedé pensando en lo que ponía la gacetilla editorial del libro de Colette: "Estamos ante un tratado sobre la complejidad de las relaciones sensuales en todas sus variantes, escrito por alguien profundamente conocedor de la materia. Misoginia y celos, egoísmo, atracción irrefrenable y narcisismo agitan una galería de hombres y mujeres decadentes y derrotados, de vidas vacías sumidas en una continua angustia, de gentes en un callejón sin salida". Sin cambiar ni una letra, el comentario le iba de maravillas a la película de Anderson. A la mañana siguiente, mientras tomaba un café en Ciao Bella, encontré una larga nota sobre Jack Kerouack y la Beat Generation. Anunciaba que el próximo 5 de septiempre se cumplirán cincuenta años de la primera edición de On the road (En el camino) y, como parte de la serie de festejos/homenajes a esa novela que, al pretender retratarla, marcó definitivamente una época, comenzarán el rodaje de una nueva película sobre el tema. Había supuesto que el autor de la nota, un anglosajón de nombre Andy Robinson, recordaría el film de John Byrum sobre la relación triangular, y particularmente apasionada, entre los Cassady, Neal y Carolyn, y el autor de la ya cincuentona On the road. Pero no, allí no decía nada sobre aquella película espléndida, perdida en los laberínticos archivos de alguna apolillada cinemateca, rescatada de vaya a saber cual de los múltiples anaqueles flotantes de mi abarrotada memoria. El título original del film era Heart Beat (1980), y Nick Nolte, John Heard y Sissy Spacek estaban dirigidos por el mismo autor de Inserts (1974). En esta última, tan amarga como la anterior, Richard Dreyfuss es una joven promesa de Hollywood, devenido por su afección a diversos fármacos de venta no legal en decadente director de escenas sexuales explícitas, las llamadas "inserts", para películas de poca monta. Los dos films de Byrum podrían llevar el mismo comentario de la gacetilla del libro de Colette: "...un tratado sobre la complejidad de las relaciones sensuales en todas sus variantes...una galería de hombres y mujeres decadentes y derrotados..." Tanta coherencia comenzaba a preocuparme. ¿Se iría a convertir todo esto en una obsesión otoñal, de temporada?
Para escapar de un otoño en plan franela gris, chaqueta entallada, salté a las páginas rosas del diario condal. Con gorro de lana calado hasta las orejas y sonrisa triunfante de joven arquitecto, el otrora actor Brad Pitt me daba la bienvenida a ese mundo más suave. Sin embargo las coincidencias no dejaban de perseguirme. La nota sobre Kerouak también llegaba desde Nueva Orleans, el lugar donde Brad Pitt está construyendo viviendas ecológicas unifamiliares con materiales que repelen la humedad, el moho y quizá también los tsunamis. El multifácetico Brad, la turgente Angelina Jolie y sus cuatro niños de distinto origen no vivirán en esas casas económicas de nueva construcción. Tienen, se han comprado, un palacete de estilo francés que data de 1830. No puedo criticarlos. Les sobra el dinero, e intentan, como casi todo el mundo, huir de esa fatalidad implícita en la mismísima condición humana, de esa falta esencial que amenaza arrastrarnos a "un callejón sin salida, a una continua angustia".
Nobody wins, canta Elton John. Quizá no haya nada que ganar, ni a nadie, y solo se trate de entonar tu canción de la mejor manera posible. En voz baja y armoniosamente, sin molestar al resto.
photo : Neal Cassady y Jack Kerouak retratados por Carolyn Cassady (1952).

jueves, agosto 23, 2007

le pendu

Paseando por la red con el refrescante sonido de la lluvia como música de fondo, me encuentro con una página que se llama El Arte del Tarot. En mi ahora ya muy lejano exilio de Argentina, viajé desde Buenos Aires a Madrid junto a mi amiga Leonor Alazraki. Experta en ángeles y sensible tiradora de cartas, es hoy la quiromántica más seria y reconocida de todas las de este país, por aquella época, mediado de los setenta, tan poco afecto a los usos y doctrinas esotéricas. Fue ella, Leonor, la que consiguió unos pasajes a precio de liquidación -un charter, se decía por entonces- en una compañía de viajes que se llamaba, con descarada redundancia, Longueira y Longueira. El vuelo era para gallegos emigrados que volvían a su tierra, y aunque a un Bertini y a una Alazraki se les hace harto difícil legitimar raíces celtibéricas, Leonor nos deslumbró una vez más con sus capacidades mágicas consiguiendo cuatro pasajes de ida y vuelta al precio de uno solo de línea regular. Resultaban tan baratos que pensábamos que nos estaba haciendo una broma. Como además de maga era, es, bastante testaruda, se tomó el trabajo de convencernos de que los tiempos por venir serían muy crueles y era mejor emprender el vuelo hacia estaciones más acogedoras. No hacía falta ser bruja para pronosticar al horror instalado en tierras argentinas, pero a veces, cuando las (e)videncias son demasiado dolorosas, elegimos la ceguera como forma de escape. Nosotros optamos por creerle y dijimos que sí, que viajábamos con ella. Recién cuando estuve arriba del avión caí en la cuenta: llegaríamos a Madrid un 28 de diciembre, el mismísimo dia de los Santos Inocentes. Aquella inocentada, si es que en realidad lo fue, ha durado un buen montón de años, aunque contarla entera me llevaría mucho más espacio.
Tal vez por todo esto, cuando esta misma mañana tropecé -¿es que acaso no se pueden tener tropiezos virtuales?- con la página del Arte del Tarot, pensé "¡vaya, qué divertido!". Era una forma como cualquier otra de quitarle trascendencia al asunto, aunque de inmediato me puse a buscar con cierta irreprimible ansiedad un espacio para tiradas personales. Lo encontré por supuesto, aunque con un cartel que anunciaba: este apartado permanecerá cerrado por vacaciones desde el 20 de agosto hasta el 18 de septiembre. ¿Es que los oráculos también pueden/quieren tomarse vacaciones? ¿Durante un mes entero nuestro destino derivará a su antojo, sin nadie dispuesto a predecirlo? Recordé de inmediato un mensaje de los teléfonos públicos argentinos, propiedad de la ubicua Telefónica Española, allá por el año 93 del siglo pasado. Cuando el número al que llamabas estaba comunicando, una voz de mujer cálida, sensual, casi empalagosa, te decía muy ufana: El destino que usted quiere alcanzar permanece inaccesible. Reconozco haber dado un respingo. ¿Había viajado otra vez hasta allí para que una señora desconocida me soltara semejante oráculo sin que yo se lo pidiera? ¿Cómo se atrevía a darme una noticia tan desalentadora sin ningún preaviso, en medio de una plaza desolada y a cambio de un infame cospel de vaya a saber qué bastarda aleación metálica? Seamos serios. Jamás podré aceptar que una compañía telefónica me lea el futuro. Mi amiga Leonor hacía, y todavía sigue haciendo, sus inspiradoras, poéticas, certeras tiradas, exclusivamente a pedido, en un despacho de lo más acogedor y sirviéndose de cartas marsellesas con ilustraciones medievales. Y en ellas un colgado no es un desagradable ruido en la oreja, sino un señor con colorido traje de bufón que pende por sus pies de la rama de un árbol.

martes, agosto 21, 2007

Septiemblo

Los meteorólogos de este país acaban de anunciar que podemos dar por acabado el verano. Mientras tanto, los noticieros de televisión entrevistan a los turistas nacionales en playas semidesiertas por las que se pasean con abrigo y paraguas como si de una calle de la antigua Inglaterra se tratara. Están descontentos. No saben muy bien si debieran echarle la culpa al gobierno, a la iglesia o a su propia suerte. Con los dioses nadie se atreve, no vaya a ser cosa que se ofendan y nos manden una calamidad mucho mayor. Sólo un señor de cara sonrosada y sonriente, madrileño visitante de las tan bellas como ensombrecidas playas gallegas, dice frente a las cámaras de Antena 3 algo que encuentro muy sensato: "Yo vine para remojarme. ¡Qué más da si el agua me llega por abajo o por arriba!". Perú tiembla, Jamaica y México se preparan para recibir vientos demoledores. Asia se inunda, obligando a que más de veinte, ¡20!, millones de personas busquen refugio fuera de sus casas. Por una vez ricos y pobres sufren al mismo tiempo los tan anunciados efectos del cambio climático. Con grandes diferencias, por supuesto. Unos lo pierden todo, incluídas sus vidas o las de sus seres más queridos. Los otros, apenas si se mojan los zapatos de Gucci o las deportivas de Nike, tienen que acortar sus tan anheladas vacaciones en el sudeste asiático o se ven obligados a cambiar Cancún por Miami, Bangkok por New York.
Septiemblo. Cuando se fueron ya estaban nerviosos, y eso que todavía no se habían tambaleado las Bolsas. Hasta antes de sus partidas el verano duraba todo agosto, las medusas no se paseaban por la costa y los tiburones decidían bañarse en playas más lejanas .
Septiemblo. Volverán sin haber descargado gran parte del malhumor que llevaban al irse: lo escupirán sobre tu cara. Harán rugir aún más los escapes de sus motos y automóviles, cerrarán con más fuerza las puertas de sus apartamentos, taconearán con más precisión sobre mi pobre cabeza atormentada de vecino intermedio. Sus hijos adolescentes no soportarán la frustración de un verano con tan poco sol y multiplicarán sus botellones multitudinarios, sus grafittis vandálicos, el volumen de sus modernos aparatos reproductores de sonido.
¿Qué nos espera, Santo Señor de los Poco Creyentes!
De verdad, septiemblo.
photo : Martin Parr

sábado, agosto 18, 2007

Tu nombre me sabe a...

No sólo las desgracias llegan de a pares. Poco después de colgar el último post sobre pornografía y subversión, desde la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, "Capital de las Américas", recibo una nota extraída de un periódico donde se cita al Secretario de Información Pública y Programas Especiales, Marcelo Falo.
Este señor bastante enjuto de nombre cacofónico y, según me dicen, mirar algo esquivo, tiene fama de "vivir encerrado en su despacho, sin acercarse al pueblo real y a sus problemas". En una ciudad, en todo un país, tan afecto al psicoanálisis, llevar ese apellido con soltura, airearlo desenfadadamente y sin el más mínimo complejo por calles, mitines y debates políticos de todo tipo, no debe ser tarea nada fácil. Su equipo de trabajo, por ejemplo, ¿podría considerarse fálico? Cada vez que alguien se refiere a la ausencia de falo, ¿piensa en este "hombre público" marchándose de forma definitiva; imagina su cara de rasgos afilados diciendo adiós, mientras ansía desesperada, obsesivamente, ocupar ese puesto vacante? En un futuro no muy lejano, ¿se hablará de estos años como los de "una etapa fálica" de la República Argentina? ¿Podría decirse que su elección para el cargo convierte al presidente Kirchner en un impulsor de la tan denostada y anacrónica falocracia? O por el contrario, siendo que, al menos según Lacan y sus discípulos, lenguaje y función fálica están tan intímamente ligados, ¿no es un señor Falo lo más apropiado para ocupar la Secretaría de Información?
Me gustaría detenerme en este tema hasta acabar con él, sin embargo, aunque es sábado, agosto y todo el mundo está de vacaciones, tengo que ocuparme de mis trabajos, esos que me permiten seguir con mis cuatro blogs, los que, como muchas otras cosas en la vida, dan un sinfín de satisfacciones pero ningún dinero.

jueves, agosto 16, 2007

Bruce (La)Bruce

Las habitaciones de los protagonistas están tapizadas con enormes fotos del Ché Guevara y de los dirigentes más mediáticos del "desaparecido" grupo guerrillero alemán Baader-Meinhof. Durante todo el film, a las imágenes de los actores (?), a sus coitos desenfrenados por pasillos, ascensores y baúles de automóvil, se superponen frases de Wilhem Reich, Marx y otros preclaros pensadores de los siglos pasados, más un buen número de grafiteras leyendas anónimas que incitan a la rebelión contra el fascismo, los burgueses y el sistema capitalista. "El sexo es revolucionario, la guerra es fascista", repite una y otra vez el personaje principal, una tal Gudrun sin más, única mujer de la banda y mesiánica guerrillera, que mientras cambia su melena renegrida a lo Louise Brooks por una peluca platinada de pelo largo en plan París Hillton, incita a la felación, la infidelidad y la sodomía entre los miembros (ejem!) varoniles (ejem!) de su grupo, ya que según ella "la heterosexualidad es reaccionaria y capitalista, la homosexualidad moderna y revolucionaria". Sus adeptos no hacen ascos a las prédicas de la tal Gudrun, dedicándose más o menos alegremente a investigar en los terrenos propuestos por su líder. Los Bad Guys se convierten en Bad Gays y los Good Fellas en Good Fellatios.
No puedo recomendar la visión de esta película, no me atrevo. Quizás pueda herir la sensibilidad de alguno de vosotros, aunque seguramente se trataría de alguien que no lee periódicos, ni escucha radio, ni ve televisión...Y que tampoco sale nunca a la calle. O lo hace, pero bien munido de tapones para los oídos, anteojeras de caballo y el célebre emergency poncho contra agresiones exteriores.
Para los más arriesgados -imparables jinetes del asfalto, infatigables aventureros del celuloide-, adjunto los datos necesarios para que puedan bajarla de la red. La peli se llama The Raspberry Reich y está dirigida por un canadiense de nombre Bruce Labruce, tan poco pretencioso como para autodefinirse "un simple director de cine porno". Le doy cabida aquí porque ya está bien de tanto Tanatos: se hace necesaria la presencia del señor Eros (¡los otros dioses lo mantengan en su espléndida madurez!) ya sea que cante en italiano, en spanish o decida quedarse bien calladito para siempre. Y a los que necesiten excusas cultas para permitirse verla, les digo que desde el 2004, año de su estreno, este film ha pasado con bastante éxito por Sundance, la Berlinale y el Seattle International Film Festival.

martes, agosto 14, 2007

Tormenta(s)

El cielo cruje, crepita, se resquebraja sobre mi cabeza hasta caer finalmente hecho trizas de agua, y yo, tirado sobre la cama, mareado de alegría, convertido en raíz de árbol callejero, en rama de acacia, en hoja de olivo o en rizoma de helecho, recuerdo una canción de otra época. Decía: "toda mía la ciudad, un desierto que conozco", y la cantaba Tormenta, la respuesta argentina a las divas europeas de los setenta. Hablaba de una Buenos Aires semidesierta en los días de verano. En estos momentos el ensanche barcelonés podría tener el mismo fondo sonoro, y yo, moi-même, parecidos sentimientos.
photo : el inmenso Gene Kelly baila bajo la lluvia

sábado, agosto 11, 2007

gOOd news!

"La duda me corroe", solía decir un personaje radiofónico de mi infancia. Como un Allien algo retardado, esa frase ha ido creciendo silenciosamente en mí durante todos estos años hasta aparecer esta semana en forma de gigantesco cartel luminoso, haciéndome casi imposible escribir este post. Y he dicho casi, porque aquí estoy, intentándolo por sexta o séptima vez, ¿ves?
Es que hace unos días me enteré que Mil orillas, a quien sólo conozco virtualmente y desde hace muy poco tiempo, me ha otorgado un premio bloguero (el que se exhibe aquí arriba). Al hacerlo ha escrito que se lo daba a Cacho de pan porque "sus post me dejan risas y muecas, porque es dulce y ácido como una buena fruta y porque olvidó milanesas y café en un tren".
Después de agradecer y aceptar este amistoso premio -cosa que estoy haciendo en este mismo momento- me veo obligado a otorgarlo a otros cinco blogs que me hagan pensar. Y es aquí donde la duda me corroe, así que dejaré pasar un tiempo prudencial para pensármelo muy mucho.
Como las oes de good, las buenas noticias han sido al menos dos. La segunda es que el próximo 3 de septiembre, el actor Patricio Contreras leerá algunos de mis poemas en la Biblioteca Nacional Argentina. Será en unas jornadas que organiza el escritor y dibujante Alejandro Margulis para la Editorial Ayesha de Buenos Aires.

miércoles, agosto 08, 2007

Un verano con Bergman


Mientras me reponía en el cada día más abarrotado Cadaqués de mi herida virtual -el láser no deja marcas exteriores de ningún tipo-, iba enterándome por los diversos medios (in)formativos de la desaparición de algunos seres muy queridos. Estimats, dirían los catalanes, y en este caso específico el término sería mucho más preciso para describir mi sentimiento hacia ellos. Ilustres y conocidos todos, personajes cinematográficos de los que frecuenté, gocé, devoré su obra, pero a los que jamás tuve cerca. Imágenes de papel, tinta y celuloide; sin aliento, humores ni auténtica y cercana piel. "El roce hace el cariño", decimos por aquí: con ellos sólo me fue dado admirarlos como artistas, dejarme invadir por la penetrante agudeza de su mirada, por su refinada sensibilidad, por su inteligencia y sabiduría.
De estas tres últimas muertes, Ingmar Bergman, Michel Sarrault, Michelángelo Antonioni, todas muy sentidas, la del prolífico realizador sueco fue la que removió en mí sentimientos más profundos. Gritos y susurros, Fanny y Alexander, Noche de circo, Un verano con Monika, Cara a cara, Juegos de verano, El huevo de la serpiente, marcaron momentos de mi vida, pusieron imágenes y palabras a muchos de mis temores y pesadillas. Durante años solía dormirme inevitablemente en la misma secuencia de Fresas salvajes. Finalmente, cuando logré verla completa, entendí que no podía soportar la escena en la que el viejo profesor se sueña compareciendo ante un jurado de parientes, amantes y conocidos decididos a enjuiciar su vida. Eran mis propios fantasmas, no el cansancio, la falta de interés o el aburrimiento, lo que cerraba mis ojos.
Recuerdo haber "conocido" a Bergman a través de un ciclo sobre su obra en el desaparecido cine Lorraine de la ciudad de Buenos Aires. Fue durante un febrero tórrido, y aquel local relativamente pequeño -comparado con los minicines actuales no lo sería tanto- carecía de refrigeración. Sólo dos ruidosos ventiladores giratorios ubicados a los costados de la pantalla intentaban hacer menos bochornoso el clima de la sala. Por aquella época aún no tenía los años necesarios para contemplar aquel mundo supuestamente pecaminoso, reservado exclusivamente a los mayores de edad, así que al calor del verano se unía el stress que me producía, noche tras noche, no saber si podría atravesar la barrera con forma de acomodador uniformado que bloqueaba la puerta. Para lograr introducirme en ese santuario del Arte Cinematográfico Universal -sí, así, con mayúsculas- yo impostaba la voz, caminaba con lo que imaginaba un paso decidido, me vestía de forma supuestamente adulta. Visto desde mi presente, encuentro increíble tanto esfuerzo. ¿Cómo podía ser tan insensato? ¿Qué pensaría aquel tipo con librea verde de mí? ¿Le resultaría infantil, tierno o simplemente estúpido? Seguramente ni me prestaba atención, preocupado porque el local se llenara de otros seres tan extraños como yo, más interesados por internarse en los "intrincados laberintos del alma humana" que en pasearse por cualquier ciudad costera luciendo su recién adquirido bronceado veraniego. Mis vacaciones dependían de mi familia, y mi familia, mi madre en realidad, acostumbraba vacacionar visitando a la suya en ese pueblo de la provincia de Corrientes donde había nacido y vivido hasta que se marchó, ya con novio formal, para la tan sobredimensionada Capital de la República. A partir de los catorce años me negué a seguirla. A fuerza de interminables discusiones, pequeñas mentiras y argumentos irrefutables, logré que confiaran en mí dejándome al cuidado de la casa paterna. Esto me permitía gozar de una pequeña entrada de dinero para viandas y gastos generales que gastaba con necesaria prudencia en cines y pizzerías de esa emblemática, céntrica y siempre insomne calle que, vaya casualidad, se llama también Corrientes. Recién ahora tomo conciencia de que al rechazar la protectora Corrientes materna estaba eligiendo otro curso, otra corriente para mi vida. Me estaba convirtiendo en un ser autónomo, maduro, independiente.
En mis particulares vacaciones de verano, los ciclos sobre Hitchcock, Bergman o el cine francés "de qualité" -René Clair, Cayatte, Albert Lamorisse, Renoir, Bresson, Clouzot, Jean Vigo, Duvivier, Becker- se mezclaban placenteramente con algunos clásicos gastronómicos nada despreciables: las porciones de "muzzarella con fainá" o las de la algo menos popular pero igualmente apetitosa "especial de espinacas con salsa blanca" que solía zamparme de pie, antes de entrar al cine, en la muy cercana pizzería Güerrin.
Por aquellos días yo era un chico solitario que no quería serlo. Había abandonado a los amigos de la infancia sin encontrar otros más consonantes con mis inquietudes de adolescente. Me arrastraba al Lorraine mi amor por el cine, aunque también la secreta esperanza de encontrar almas gemelas con las que intercambiar opiniones sobre el mundo y la vida. No me resultó nada fácil lograr todo aquello, así que solía volver a casa descaminando lentamente las más de veinte calles que la separaban del cine, mientras dialogaba en silencio con el flaco Bergman, ese amigo desprovisto de carne y de hueso, ese maldito sueco que me llenaba la cabeza de preguntas complicadas sin concederme jamás la gracia de una simplista, superficial, fácil respuesta.
photo : Victor Sjöstrom, Ingrid Thulin y Bibi Andersson en "Fresas salvajes".