
Me anuncian que en la librería La Central se hablará de Michel Foucault. No soy muy afecto a charlas y mesas redondas. Me distraigo, nunca oigo bien, termino aburriéndome. En este caso sólo se trataba de imitar al loro verde de un post anterior y cruzar de acera en un corto vuelo. No resultaría demasiado complicado ni me haría perder un tiempo que últimamente se muestra bastante escaso. A pesar de esto dudaba. Casi a la misma hora, en Aribau 34, se inauguraba una exposición de arte gráfico soviético: De Rusia a la URSS. Grafismo y revolución. Finalmente decido pasar primero por Foucault y después llegar hasta la encantadora, polifacética y amistosa galería de Aribau y Consell de Cent.
Aviso para navegantes: Aribau se pronuncia tal cual se escribe, con todas sus letras. Para los nativos de esta tierra (sé muy bien que pasean por este blog aunque últimamente no se manifiesten: he osado criticar algunas notables deficiencias municipales y eso aquí no se puede ni se debe hacer, sobre todo si eres o te consideran extranjero), para los barceloneses, repito, sean o no catalano parlantes, no hay dudas en cuanto a la pronunciación de Aribau, pero me he topado con algún turista latinoamericano que me preguntó por "la calle Aribó", suponiendo que el nombre homenajeaba a algún prócer francés desconocido. Como aquí mismo y ahora, tan cerca de Michel Foucault, la palabra Aribau (a)parece aún más francesa, la aclaración se me antoja necesaria.
El café auditorium de La Central estaba a tope de gente. Monsieur J. y Madame L., menos dubitativos que el que esto escribe, ya estaban bien ubicados cuando me apersoné en el lugar.
Les pregunté si habían visto más conocidos cerca y J. me contestó con un no cabeceado, para precisar que, salvo un (re)conocido poeta y dos o tres maduros señores con un aire insospechablemente heterosexual, el resto de asistentes masculinos pertenecían a la creciente "comunidad" gay de Barcelona. Según mi modesto entender, no se equivocaba. Aunque muchos supongan que los intereses homosexuales se centran exclusivamente en los calzoncillos Calvin Kle-in, los sillones de Pierre Paul-in o el turismo sexual de fin de semana en Berl-ín, todo inobjetable, rematadamente "in", también hay homosexuales preocupados por el pensamiento radical del siglo pasado. Sobre todo si este incluye cuero negro, cabeza rasurada, látigos y cadenas.
Estuve el tiempo necesario para escuchar a Miguel Morey. Claro y conciso, explicó la trayectoria de Foucault, desde sus primeros estudios sobre la locura, hasta su muerte a causa del tan imprevisible como devastador SIDA, esa mortífera enfermedad bautizada con perversa ironía por sus descubridores anglosajones como AIDS (AYUDAS). Para desgracia de los castellano parlantes, el orden de las letras altera ligeramente ese significado, pero no la fuerza letal del producto.
Al principio les contaba de mi poca capacidad para a(en)tender a los conferenciantes.
Por si a alguien le interesa saber cómo funciono frente a estos eventos, les cuento que en el mismo momento en que Morey pronunció locura, en mi cabeza empezó a resonar el "fou" con el obsesivo ritmo de un segundero antiguo.
Fou-quoi?
Fou-qui?
Fou-cult
Fou-cul
Fou-cool
Fou-cold
Fou-coq
Como véis, mis asociaciones suelen ser, más que libres, libertarias. Quizás por eso, un segundo después recordé a Pablo Suárez, el más matero de los artistas pop porteños. Pegada como un sello de postal a su recuerdo, surgió de inmediato una estúpida anécdota, casi a mi pesar inolvidable, sobre una noche de estreno teatral en la setentera Buenos Aires.
Se trataba de una comedia musical dirigida por Eduardo, "el gordo", Bergara Leumann, en su barroca y plumífera Botica del Ángel. Trabajaban en aquel espectáculo varios amigos muy queridos y supongo que esto convenció al siempre reacio Pablo -muy amante de quedarse en casa charlando, pintando, tomando mate amargo y fumando los más baratos e insoportables cigarrillos negros que se pudieran encontrar en el quiosco- para finalmente acompañarnos.
La obra resultó ser un bodrio tan insoportable que al final de la función nadie se atrevía a saludar a los amigos-actores. Pablo, con las cejas mefistofélicamente arqueadas, se ofreció para representar a todo el grupo. Volvió un rato después con un cigarrillo humeando entre sus dedos y una gran sonrisa partiéndole la cara.
-¿Qué les dijiste?, preguntamos ansiosos.
-Les dije que era una locura... Ellos, pobrecitos, se quedaron muy contentos, y yo... yo no tuve ninguna necesidad de mentir.
Alguno se preguntará si después de Foucault fui a la inauguración de la muestra en Aribau 34.
Lo hice, sí. Es deliciosa.
Ilustra: Escultura en resina y pintura acrílica de Pablo Suárez. Foto de autor desconocido.






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