domingo, junio 20, 2010

salir, salir, salir? (2)

...como les contaba en el post anterior, la semana pasada, convaleciendo aún del virus impreciso, seguí saliendo casi cada día. Siempre lo hago. No es que las otras semanas de mi vida las haya pasado encerrado en un armario -creo que nunca estuve dentro de uno y si lo hice fue para hurgar entre las prendas íntimas de mis numerosas tías-, cuando hablo de salir estoy refiriéndome a esas salidas extras, lúdicas, ajenas al programa habitual de nuestras vidas, donde salir significa ir al trabajo, a los lugares de estudio, al hiper-super-mercado abastecedor de comida o al banco más cercano.
Salí por salir, -y estoy intentando continuar con mi cuento sin más vueltas-, para ver el espectáculo de Cristina Hoyos, Café de Chinitas, en el recién inaugurado teatro Arteria de la avenida del Paralelo, en el mismo espacio que ocupaba el Studio 54 barcelonés, discoteca top de finales de los ochenta.
Invitado por la fotógrafa Colita, que, pródiga y prodigiosa, repartió 180 entradas entre sus amigos y conocidos, tuve suerte otra vez: segunda fila de platea.
No hay mentiras sobre este escenario, sólo espectáculo. Todos se dejan la piel y lo hacen con esa elegancia racial y apasionada del auténtico flamenco. Si no lo vieron ya, no se lo pierdan. La mañana del jueves volví a salir y lo hice para el preestreno de un filme argentino, cinéfila perversión a la que me habituaron mis dos experiencias como jurado en la Muestra de Lleida. Antes de esto me hubiera parecido atroz encerrarme en un cine poco después del desayuno. Allí, en Lleida, me acostumbraron a ver películas dramáticas con un cruasán en la mano, a reírme mientras untaba mantequilla y miel en una tostada, a derramar lágrimas sobre un vaso de zumo de naranjas recién exprimidas y a lanzar un comentario sobre la calidad de un trabajo artístico mientras revolvía la segunda taza de café con leche.
Preestrenaban Dos hermanos en el Florida Blanca y se anunciaba la presencia del director de la película junto a una de sus dos estrellas protagonistas: Graciela Borges. Fui, por supuesto, aunque tuve que hacerle una contra asana -algo así como un corte de manga- a mi clase semanal de yoga. Graciela es una verdadera diosa en la Argentina, amada y denostada con el mismo y habitual fervor nativo, y a mi me apetecía ver de cerca, aquí y ahora, a una mujer que siempre había visto en pantallas o desde prudencial distancia, paseando, oculta tras unas enormes gafas de sol, por aquella Galería del Este de mis primeros escarceos artístico-sociales: una versión particular, adaptada a los tiempos del pop, del tanguero Cafetín de Buenos Aires.
La película es recomendable sin ser perfecta. Como a todas las que veo últimamente le sobran algunos minutos de metraje. Quizá sea yo el que estoy perdiendo la paciencia y no los directores su capacidad de síntesis. Muestra un Buenos Aires espléndido, un Uruguay entrañable y dos actores de enormes recursos interpretando a esos hermanos que, como buenos neuróticos argentinos, aman y odian sin diferenciar con precisión ambos sentimientos. Al final de la proyección, mucho después de la hora pactada, llegó Doña Graciela. Gafas de sol enormes y una blusa con dibujos dorados que la hacían brillar como una estrella sobre el fondo oscuro de una de las salas del Florida Blanca. Pidió disculpas con su voz pastosa de inconfundible deje "Barrio Norte porteño" y nos comunicó que aquel día era muy especial para ella: cumplía años, 69, estaba lejos de su casa y recordaba a tres amigos que habían muerto en las últimas semanas. Enseguida pidió disculpas, dijo "nunca me pasan estas cosas" y yo, que estaba a pocos pasos de ella, pude ver como le caían lágrimas gruesas y atropelladas por ambas mejillas. Entrañable. Cuando terminó de contestar unas pocas preguntas, me acerqué hasta donde estaba para presentarme. Se sacó las gafas y me abrazó sin poner barreras, ralajada y entregadamente, mientras me hacía una pregunta que me hacen siempre otros argentinos de paso por Europa:
-¡Tantos años fuera, querido! ¿Cuándo vas a volver?
Si tuviera alguna respuesta se las daría. A falta de ellas, por lo general utilizo un gesto que consiste en fruncir los labios y encoger los hombros.
Creo que es mi forma de decir: ¿volver adónde?
Tal vez si supiera a qué lugar de mi vida quisiera volver, podría contestarles con palabras y no utilizando esos gestos que hasta para mí son imprecisos.

sábado, junio 19, 2010

salir, salir, salir...


"La tristeza no me deja, no me deja caminar...", cantaba con desganada alegria un conocido conjunto de cumbia cuando yo era un pibe porteño que se dormía, igual que lo hago ahora, escuchando programas de radio de la más diversa catadura.
Estos días, los de la última semana, apenas llegado de la imperial Madrid, fui atacado por un virus que se aposentó en mis pulmones, para desde allí atacarme los oídos, los ojos, la nariz, en suma, toda la cabeza, y, como tal vez este gran espacio le quedaba algo pequeño o quizás con la enferma intención de dejarme un poquito más lisiado, contracturó al mismo tiempo mi zona lumbar y sensibilizó dolorosamente mis cervicales y desde allí todo mi espíritu.
Según me dijo el médico que mandó a casa el seguro privado -un simpático croata pelilargo con ropa y modales a lo Gran Lebowsky- se trata de un virus de nuevo diseño, y yo, que soy muy afecto a las tramas de suspenso ligeramente paranoides, empecé a imaginar que quizás el mío fuera el mismo virus ignominioso y posmoderno que atacó en los últimos tiempos a casi todos los políticos, a los directores de banco, de teatros municipales y sociedades civiles, a muchos artistas e intelectuales y a un sinfín de periodistas y comunicadores mediáticos. Algo parecido a una Invasión de los Ultracuerpos 2010, ¡el cielo nos proteja de semejante oprobio!
A mi la tristeza no me ataca el andar, o eso parece al menos, ya que esta semana de horas bajas, críticas, muy tristes, fue de salir y entrar y entrar y salir constantemente. No se si todo empezó el lunes gracias a Zizek -el filósofo con más rating del momento- y su larga charla en el Instituto Francés de Barcelona, con sala a tope y lenta cola de asistentes formando una apretada espiral, tan propia de las elucubraciones del lacaniano-esloveno.
Se hablaba del porvenir de la revolución y de qué se puede hacer con este futuro que parece no tener futuro, y cuando logré ubicarme, muy bien desde ya, en la tercera fila al centro, el gran gurú de nuestros días ya estaba en el escenario desplegando tics e ideas a una velocidad inalcanzable. Flanqueado por dos circunspectos muchachos que parecían sus abnegados padres, sus orgullosos profesores o los dos ladrones célebres, uno bueno y el otro ¿peor?, colgando uno a cada lado del Cristo Redentor en el Calvario, San Zizek decidió utilizar para su Sermón del Escenario ese inglés universal que han dado en llamar globish, mientras por los auriculares nos repetían sus palabras en un pulido catalán universitario, tanto como los dos jóvenes guardaflancos del escenario: el de la izquierda con aspecto de licenciarse en Económicas, el otro, sentado a la derecha, con barba, pelo largo y escribiendo esforzadamente con la mano siniestra.
No entendí demasiado, lo reconozco. Soy más visual que auditivo, y los constantes movimientos de cabeza del conferenciante, unidos a los de las manos, que atuzaban sus bigotes, recorrían sus labios, remarcaban las aletas de su nariz u ordenaban una y otra vez los folios desplegados sobre la mesa, me distraían tanto como una mosca a un gato. A pesar de estos momentos de felino extrañamiento, me quedé con eso de las creencias en las que nadie en realidad cree -Santa Claus, los Reyes Magos, la herradura portadora de suerte, la infalibilidad de nuestra democracia- pero que conforman una trama de secretos compartidos por toda la sociedad, alienándola en estructuras simbólicas alejadas del saber científico. Aunque en tren de quedarme con alguna cosa, me quedo también con sus citas cinematográficas y literarias, con sus vuelos rasantes sobre los dominios de Hitchcock o de Francis Ford Coppola (The Conversation) y esa frase de Samuel Beckett en la que el autor de Esperando a Godot aconsejaba: "lo mejor frente a un error es intentarlo nuevamente, para de esa manera volver a errar con más acierto".
Llego hasta aquí y miro hacia arriba: el post sobre mis salidas de esta semana se ha hecho larguísimo sin pasar del lunes y los probables lectores, si es que aún existen, se aburrirán por el camino. Tendré que contarles mi periplo semanal en más de un capítulo; puntata, que dicen mis ancestros.
¿Derrocho palabras? Aldo Busi, literato mediático italiano, me ha dicho ayer mismo, apoltronados ambos en los verdísimos jardines del Ateneo Barcelonés, que él nunca escribe ni escribirá en Internet; que sus divinas palabras no las regala jamás, sólo las vende por un buen montón de dinero. Y da como ejemplo su última intervención literaria: un mes entero en la versión italiana de Supervivientes le ha reportado casi medio millón de euros.
Si es que algunos somos tan ingenuos...

Ilustra retrato de Zizek, Veri(tas), por D/B.

domingo, junio 13, 2010

Tragedia griega


Si los griegos cobraran derechos de autor por el complejo de Edipo, solucionarían para siempre todos sus problemas económicos.
(Una humilde aportación a las campañas recaudadoras de CEDRO)

viernes, junio 11, 2010

un ave de ida y vuelta (tres)



...paso una y otra vez frente al elefante acróbata de Barceló instalado en la explanada delantera del edificio de Caixa Forum: "Gentileza del autor" dice un pequeño cartel al costado de la elefantiásica pieza y yo me pregunto si quedará allí definitivamente, porque si fuera así, ¡qué regalo exquisito para la ciudad este enorme gesto, irónico y festivo, del inagotable mallorquín! Barcelona, tan pobre en esculturas de calidad, no ha logrado nada parecido de este artista supuestamente cercano, y el gato gordo de Botero, callejero al fin, desprovisto de dueño, deambula de un lado a otro sin encontrar un destino definitivo donde aposentarse.
Finalmente, el último día de mi viaje entré a ver esta exposición retrospectiva y, entre todas las obras expuestas, volví a elegir, ya que nadie iba a cobrarme por hacerlo, el gran lienzo con tomates cortados, y recortados, (ver foto) sobre un fondo al que podría llamar con total impunidad blanco, si no fuera porque recuerdo aquel texto de Borges donde lo matizaba, como Barceló, de acuerdo a sus mil variantes posibles.
A unos metros de allí La Fábrica exponía fotografías de Diane Arbus, otro viejo conocido mil veces frecuentado; de esos que ya no te sorprenden, pero a los que siempre alegra, aunque resulte paradójico por la incisiva crudeza de sus temas, volver a ver una vez más. Era consciente de otra paradoja: me estaba despediendo de la colorida, luminosa y libresca ciudad rebosante de primavera, con aquel cortejo de fantasmales presencias fotográficas.
Un momento antes había dejado mis trastos en la consigna de Atocha y gastaba mis últimas horas de Madrid por las cercanías de la estación, con la misma sensación de permisible despilfarro conque se gastan los últimos centavos de una moneda extranjera de imposible uso en nuestro lugar de origen.
Esa misma mañana, mientras desayunaba en la Plaza de la Plateria, rodeado de gorriones espabilados (¡piaf, piaf!) que roban de los platos apenas te descuidas, y de gente amable con caras humanas que repetían en plan slogan, desde sus negras camisetas impresas, un texto del Romeo y Julieta de Shakespeare -"Lo que el amor puede, el amor lo debe intentar"-, había recibido una recomendación pictórica y un florido consejo: "tendrías que acercarte hasta la rosaleda del Botánico, aquí enfrente mismo, girando a la izquierda".
Me gustan las rosas y tenía pensado dar un paseo hasta el Palacio de Cristal, así que, por supuesto, fui hasta ellas. Vi mariposas y mirlos, cuadrillas de muchachos silenciosos camuflados de hoja ocupándose de la jardinería, señoras charlando animadamente debajo de árboles majestuosos y sobre todo muchísimos gorriones (¡piaf, piaf!) dispuestos a no dejarme olvidar del espectáculo, ¡Piaf!, que había visto la tarde anterior.
Dejo para el final mi encuentro con la magia imprevisible del teatro, que en este caso estaría presente inclusive más allá del escenario -un despliegue de talento que quizás, por despiste o ignorancia, pasará desapercibido para el gran público de España-, una magia a la que podríamos poner muchos otros nombres, pero, se llame de la manera que nuestras creencias permitan o decidan llamarla, estuvo presente en todo lo que sucedió la tarde del domingo a partir de mi llegada al Nuevo Teatro Alcalá, un espacio cómodo, precioso, entrañable y con una ubicación realmente privilegiada.
Todo comenzó cuando acerqué los labios al cristal separador de la taquilla para pedir lo que deseaba:
-Una entrada, por favor...Elija usted una desde donde se vea bien, que no conozco el teatro... y que además no sea de las más caras...Vengo desde Barcelona.
El taquillero me mira sin decir una palabra y me alcanza un trozo de cartulina por debajo del cristal:
-Llévate ésta. Lo verás muy bien, te lo aseguro.
-¿Primera fila del anfiteatro? Arriba? ¿No será muy lejos?
Sonríe ahora, el boletero con gafas:
-Te aseguro que lo verás mucho mejor de lo que puedas imaginarte.
Cuando una hora después entrego la entrada en la puerta principal del teatro, el joven receptor me dice:
-Aguarde un momento aquí. Ahora vendrá una compañera para ubicarlo.
La compañera es joven, bella y muy simpática; ágil, a pesar de su muy notable embarazo.
-Buenas Tardes, señor. Tengo una oferta para hacerle. Si no le molesta lo puedo ubicar en platea. Hay algunos espacios libres.
Digo sí, por supuesto. Fila cinco, primer asiento del pasillo izquierdo. Una posición inmejorable.
El montaje es perfecto, un prodigio de ritmo, iluminación y puesta en escena. La visión de los entretelones vitales de la Piaf es discutible, aunque se entiende porque la autora, Pam Gems, es inglesa y el gorrión de París sigue siendo uno de los símbolos sagrados de la nación francesa, esa amistosa enemiga.
Todo el público aplaude en pie. Fin del espectáculo.
Cuando salgo al foyer la guapa embarazada me pregunta mi opinión sobre la obra:
-¿Y, le ha gustado?
Asiento con auténticas ganas y un segundo después, como Borges y Barceló, matizo. Hablamos un rato sobre los proyectos futuros de la compañía y entonces me entero que no montarán la obra en Barcelona: cuando acabe la temporada de Madrid piensan dejar de representarla. Elena Roger vuelve a Londres para otro montaje inglés, gran parte del elenco retorna a su ciudad de origen, Buenos Aires, y sólo dos o tres de los bailarines piensan tentar suerte en Europa.
Antes de despedirme, le digo:
-Gracias por todo...y que el niño o niña llegue con mucha felicidad.
-Es un niño, ya lo sé- me dice contenta-. Se va a llamar Dante.
Escalofrío, vellos tiesos como espinas, incredulidad, emoción, asombro.
Le paso una tarjeta de primavera-verano:
-Es que yo también me llamo Dante... Es inaudito!
Nos tocamos las manos para alejar cualquier sospecha de alucinación y después de contarnos emocionados algo más de nuestras vidas, decido dejarle un volumen de amorimás que llevaba en el bolso. En la primera página escribí, sin que me ella lo pidiera, una dedicatoria:
"A Damiana, pero sobre todo, y perdón por esto, al futuro Dante".
Un delicioso viaje este que hice por Madrid.
Habría que creer un poco más en la bondad de los extraños.

Fotos de Bertini: Arbus and me, Charla-Botánico, Barceló-tomates, RomeoJulieta, Roger-Piaf.

miércoles, junio 09, 2010

un ave de ida y vuelta (dos)

No se en cuál momento exacto del relato madrileño abandoné el post anterior...y, lo reconozco, tampoco quiero saberlo.
La vida, y nuestros sentimientos, cambian por segundos. De pronto la euforia que me acompañaba se ha esfumado y no por eso voy a considerarme bipolar: hoy mismo, en dos blogs amigos se anunciaban muertes y hace unos minutos, por televisión, acabo de ver una película argentina realmente triste. En ella hay un grupo de gente que, desde Buenos Aires y Madrid, suelta globos cargados de deseos cada 31 de diciembre, con la ilusoria pretensión de que se encuentren en algún lugar del universo.
No lo hacen, por supuesto.
Es que, por mejor intención que le pongamos, por más gas que utilicemos para inflar nuestros deseos, hay encuentros realmente imposibles... Lacan dixit. Un domingo en otra ciudad nunca es domingo. Cuando estás en tu casa, los domingos conservan siempre su calidad de fiesta familiar; aunque no quieras enterarte, aunque pretendas negarlo. Invitas amigos, sales a comer fuera, te inventas un programa diferente, algún festivo y por lo general intrascendente programa de domingo.
Este domingo me encuentra solo en una ciudad por la que me puedo mover con la tranquilidad conque podría moverme en casa de un amigo muy cercano: relajadamente, sin miedos, con absoluta libertad, aunque sin usarle los chanclos y los calcetines al dueño de casa ni atreverme a abrir los cajones de su mesa de trabajo para curiosear dentro. Estoy decidido a ver Piaf esa misma tarde, a las 19.30. Es para mí la única función posible y no pudo perdérmela, así que me acerco al teatro para comprar una entrada. Podría haberlo hecho por teléfono o por Internet, pero prefiero la gestión directa: me permitirá conocer mejor el espacio, elegir dónde quiero sentarme. Una equivocación: la taquilla no abre hasta las cinco de la tarde. Voy a desayunar cerca del Parque del Retiro, a un Café dell'Arte de la calle de Alcalá. Ella es, junto a Serrano, Lagasca y la Gran Vía, una de mis favoritas. El café es buenísimo: de marca italiana y hecho por expertos. Para ser coherente pido también un sandwich tostado de mozzarella, tomate y jamón dulce. Italiano lo llaman ellos y está tan bueno como el café. Me siento en la terraza, al sol, comprobando que el de Madrid no escuece tanto como el de Barcelona. ¿Se hace necesario aclarar que no pretendo hacer con esto una competición solar entre dos ciudades demasiado afectas a las competiciones? Es poco más que un comentario epidérmico, sin mayor trascendencia. Como no tengo diario, bloc ni libro en los que escudarme, me ocupo en saborear lo que he pedido mientras miro la gente que pasa a mi lado: estoy sentado a pasos de una esquina de mucho tránsito, rodado y humano, y el movimiento, incesante, variopinto, jamás llega a ser caótico, atropellado, molesto. La gente está viviendo su mañana de domingo; una jornada poco particular, como tantas otras de su vida. Pasan con perros, con niños, con sombreros y gorras, con plantas, paquetes y periódicos. Un tipo muy acicalado lleva entre sus manos un pequeño ramo de flores muy grandes: dalias o crisantemos de colores brillantes. Lo exhibe delante de su cuerpo, como un Rey Mago doméstico, entregado a su papel de portador de mirra o de incienso. Hay alguien que será ¿sorprendido? por aquella ofrenda: ¿madre, hermana, amante, amigo? No me decido por ninguna opción, y cuando giro la cabeza para tratar de descubrir en las formas dorsales del portante al posible destinatario del regalo, mi mirada se cruza con la de una mujer morena que está escribiendo en otra mesa. Me acerco para pedirle una hoja de su bloc en espiral: he salido sin papel en blanco y quisiera anotar algunas cosas para que no se me pierdan para siempre en medio de Madrid. Apenas han pasado unos segundos y ya me encuentro sentado a su lado, enterándome de que soy un mediador, no un líder, y que mi labor sobre la tierra es la de servir como puente transmisor entre lo nuevo y lo viejo, entre el pasado y el futuro.
"Sin embargo", me dice, "no te confundas. Lo único que existe es el aquí y ahora". Es mexicana, hija de judíos franceses y se enorgullece de haber vivido por todo el mundo, deteniéndose particularmente en sus felices 24 años neoyorkinos, sus tres no tan felices en Barcelona y los varios que vivió en la India, dedicada al estudio de las enseñanzas y prácticas budistas. Le dejo una tarjeta de otoño-invierno para que se comunique conmigo. Se llama Sara, según me dijo, y no se si algún día volveré a tener noticias suyas. Mientras me explica su concepción de un nuevo mundo, suena el teléfono y Nuria me dice si nos encontramos un poco más tarde para comer juntos. Nos citamos en la Puerta del Sol y camino hasta allí alegremente, con alas en los pies, como un Hermes sin acento. Tanta ligereza se debe, estoy casi seguro, al perfume que me puse antes de salir: un Hermés de su línea verde. Este sí con acento en la segunda E, espléndida mezcla de maderas nobles con aromas cítricos, ácidamente frutales.
Nuria insiste en mostrarme el Casino de Madrid por dentro. Parapetado tras un mostrador que imagino de mármol, nos espera un tipo joven y relativamente guapo, de uniforme (¿verde?) a la inglesa y con la piel y el pelo notablemente grasos. No quiere que veamos nada de lo que hay dentro y aunque Nuria insiste en mostrarme los salones con la excusa de que soy un turista extranjero interesado en verlos, el portero uniformado es inflexible y repite no, no y no, como si de una cupletista antigua se tratara.
-Vamos -digo yo- porque si no me entrarán ganas de decirle que un lugar con tantas pretensiones debería cuidar mejor la limpieza, sobre todo en los caminos de alfombra de sus escaleras.
Al pan, pan, y al vino, vino. A la simpatía simpatía y a la necedad lo que le corresponde.
Desde allí, riéndonos, nos vamos hacia el Palacio de Oriente, con sus jardines bien cuidados y sus estatuas reales, que según me cuenta Nuria, estaban ubicadas en las alturas mismas del monumental edificio, hasta que una de las coronadas reinas tuvo un sueño en el que los conviados de piedra caían sobre su cabeza y, entre atónita y aterrada, decidió situarlas más a ras de tierra, bien por debajo de donde dormía.
Mientras los parasoles de las tabernas cercanas despiden nubes de agua fresca sobre nuestras cabezas, coros de jóvenes cristianos refrescan sus creencias cantando himnos litúrgicos junto a los canteros florecidos. Inspirados y hambrientos, nos zampamos dos buenos platos de ensalada verde copiosamente regados con claras bien frías, mientras yo decido que la narración de este corto viaje a la Capital del Reino se alargará un poco más de lo que en un primer momento había pensado.
¡Hasta la próxima, amigos!
Fotos de Dante Bertini: Viena dreams, elefante Barceló, Piaf, espaldas

domingo, junio 06, 2010

un ave de ida y vuelta

...llego al hotel pasadas las once de la noche: doce horas en la calle, casi sin descanso y con alguna que otra emoción intensa, aunque suficientemente controlada, por medio.
Me desvisto, enciendo la tele, un vicio, y mientras me siento frente al ordenador para ver quienes andan por mi correo, saboreo un zumo multifrutal con acento italiano y unos anacardos salados: otro vicio... y ya van dos.
Por la primera cadena están pasando por quincuagésima vez Pretty Woman. La pesco al final, en el momento en que una voz masculina en off dice: Esto es Hollywood y aquí todos tienen un sueño: ¡sigan soñando!
Se equivoca en lo que a mí respecta. Esto no es Hollywood, sino Madrid en verano: la mismísima capital de España que, florecida y oronda, atraviesa una crisis, un puente, una Feria del Libro y mi inesperada presencia -según Zbelnu, "en plan explorador"- por la espaciosa calle de Alcalá, aunque, en mi caso, sin falda almidoná, nardos apoyados en la cadera ni caballero alguno dispuesto a recibir fragancias florales de mis poco manicuradas manos.
Algo alejadas del chotis y las floristas zarzueleras, las calles de la ciudad están atiborradas de gente llegada de algún lugar distante y muchos lo demuestran hablando idiomas que no son el castellano, ni ningún otro de los que suelen hablarse por la multilingüe España.
¡Sigan soñando!, la frase es como un eco en mis oídos, y pienso si podría servirme también a mi, transeúnte ilusionado de una ciudad que siempre reconozco distinta, creciendo y modernizándose; arriesgado, resbaladizo concepto este último, que tiende a confundir más de una vez la insoslayable necesidad de ponerse al día con la cursilería de los diseños rebuscados que casi nunca tienen en cuenta a los humanos, no siempre debidamente actualizados, que deberán usarlo.
¿Qué contarles? ¿Que paré en un aparthotel de Chamartín donde me trataron más que bien? ¿Que visité la Feria del Libro a media tarde, con un calor y un sol de esos que por aquí llaman de justicia y al que yo llamaría de castigo? ¿Que por allí, entre puestos de libros y otros de cerveza y granizados, caminé hasta gastarme los zapatos, aunque en ningún momento llegué a luxarme la muñeca firmando volúmenes, ya que somos noventa los autores -en tres lenguas distintas- convocados por la poeta y traductora Pura Salceda para su Antología de Poesía Erótica y entre todos nos repartimos alegremente el, por otra parte nada excesivo, trabajo del autografiado?
Podría contarles todo esto, en realidad ya lo hice, pero es sólo el principio, la primera tarde de un viaje corto, para mi gusto muy bien aprovechado.
En un blog cercano en muchos aspectos -el Crucigrama de Isabel Núñez-, la vibrante autora de La plaza del Azufaifo cuenta una experiencia que vivimos juntos y con nocturnidad, aunque bien alejada de toda carga criminal. Ella, toda de negro vestida, pasó a buscarme por Hub, un acogedor centro cultural independiente con olor a maderas frescas, recién cortadas, donde yo, por lo general esquivo, había llegado de la mano de Nuria de la Cal, actriz, escritora, animadora cultural y, por estos días, encantadora compañera de pequeñas aventuras urbanas. Nuria insistió bastante hasta que dije "sí, vamos". Ella suponía que podía gustarme la actuación de Esfumato, un dúo musical perfomático y -poco después pude comprobarlo- original, carismático y talentoso. Yo temía que concierto alternativo y humo superlativo fueran inseparables; estuvieran, como suele ser habitual, juntos. Me encontré con un garaje reciclado en espacio de arte, diseño y nuevas búsquedas, donde no está permitido fumar y por módicos diez euros te ofrecen una copa, cositas suaves para distraer el hambre y un espectáculo en vivo con placer asegurado.
Estaba terminando el recital cuando partí de allí con Isabel, y, decididos ambos a darle más marcha a nuestras feriales piernas, remontamos a pie y contracorriente los populosos ríos centrales del sabático Madrid nocturno, cruzándonos con parejas de góticos ennegrecidos, chicas y chicos en plan Saturday Nigth Fever, los esperanza-desorientados turistas de siempre y un sinfín de colgados urbanitas con distintas adicciones y la misma desesperación sin frontera en la mirada. Cuando logramos encontrar a una pareja de madrileños que supo decirnos donde estaba el lugar que buscábamos ya se había hecho la una y mi necesidad de juerga estaba atravesando su punto más bajo.
En suma: escapé de aquel dancing-bar de humos malsanos a los diez minutos de llegar, perdiéndome, no tengo dudas sobre esto, algunos encuentros de interés festivo-literario, pero ganando el dominical día después con el cuerpo bien sobrado de energías y sin la desagradable presencia de picores en los ojos, migrañas, cefaleas y, más que molestas, insoportables, toses de fumador resacoso. Un vicio éste, el tabaquismo, tercer nominado en este apresurado relato de viaje, del que he podido desprenderme con mucho esfuerzo y no menos tesón hace más de veinte años.

Me llaman a comer y siento hambre.
Después sigo, ¿les parece?

Fotos de Dante Bertini: Slogan, Arbus and me, Nuria a por ellos.

sábado, junio 05, 2010

Elena Roger: sin Oscar, pero con Olivier...



Los dejo el fin de semana en buena compañía.
Se llama Elena Roger
, es pequeña, argentina, cantante, actriz y en estos días interpreta Piaf en el Teatro Alcázar de Madrid.
Hasta uno de estos días.



martes, junio 01, 2010

Encuentro Inesperado


Salgo de la cama como puedo y media hora después salgo también de mi casa, un poquito más compuesto. Ayer tenía cita con mi dentista a la misma hora en que debería haber tomado una clase de yoga. La contienda la ganaron mis dientes y, sobre todo, una inhabitual pereza: después de la clase del día anterior había quedado con pocas ganas de repetir asanas, equilibrios y estiramientos.
Encuentro la calle triste, semivacía. Puente, me digo. Si hasta mi casa ha perdido un componente, abnegado estudioso de las teorías lacanianas. Lacan y Sagaró, puedo asegurarlo, tienen más fuerza, mayor arrastre, que cualquier dupla política.
Yo me quedo en la ciudad, a festejar por la noche una boda civil diurna a la que no asistí porque en ningún momento fuí invitado a ella.
Los diarios hablan de recortes, las radios hablan de recortes, la gente de la calle habla de recortes. Debería ir a la peluquería, me digo. Es una forma como cualquier otra, aunque un poco más frívola, de no crearme angustias que después, en corto tiempo, me producen esas molestas caries que necesitan obligatorias visitas al dentista.
Anoche dormí profundamente, así que me cuesta entender por qué me levanté sin verdaderos ánimos de levantarme. Tal vez sea culpable el inconsciente, siempre tan artero, aunque también podría serlo una brisa fría, no menos errática, que acarició mi espalda mientras charlaba animadamente en la terraza de un bar cercano a casa.
El día de ayer estuvo cargado de emociones, casi todas ellas debidas a un reencuentro "con el pasado que añoro y que nunca olvidaré". El tango es acomodaticio, nos sirve para rellenar cualquier rincón con algunos trazos de nostalgia y un nosequé de poesía.
Fue por la mañana, cerca del mediodía. Me había parado a mirar plantas exóticas en la esquina de Córsega con Rambla Cataluña y de pronto oí una voz femenina con un suave, pero de cualquier manera inconfundible, acento porteño. Preguntaba algo, que en un principio no alcancé a comprender, a un empleado marroquí que parecía no entenderla. Poco después lo supe. La señora, muy menuda, de cabellera corta, alborotada y rubia, trataba de saber el nombre de una especie de cardo sofisticado en tonos verdes, rosas y ocres, la misma planta que me había subyugado a mí unos segundos antes. Soy curioso y participativo, al contrario de lo que sucede a mi alrededor -en esta ciudad quiero decir- donde la amabilidad, la simpatía y el buen trato se confunden habitualmente con el servilismo. Me siento bien comunicándome con la gente; si además puedo solucionarles algún problema nimio, orientarlos o contestarles alguna pregunta que me hacen, deteniendo el turisteo, me crece de los hombros la capa de Superman y un día cualquiera se transforma en un nuevo episodio de la saga "Dante B lo arregla todo". En esta ocasión tampoco yo sabía de qué planta se trataba, pero intervine porque en ese momento la dueña de la tienda, que había salido del interior para atender a la presunta clienta incomprendida, estaba diciéndole:
"Es muy raro que no la conozca... En su país seguramente existe".
"Soy del mismo país de la señora y tampoco la conozco", dije yo sin cortarme una hoja.
La señora rubia sonrió y en ese momento entendí que aquella cara, aunque con varias experiencias más encima, era la cara de alguien que conocía muy bien.
"¿María Julia?", pregunté tímidamente.
Ella dijo sí y enseguida quiso saber quién era yo. (Habré cambiado tanto que tan sólo por la voz me reconoció, tango)
No me voy a extender demasiado con esta historia.
"Voy a achicar el pánico", solíamos decir en la época en que ella y yo diseñábamos vestuarios para Crash!, un exitoso espectáculo del coreógrafo Oscar Aráiz en el histórico y desaparecido Instituto DiTella. En el lenguaje callejero juvenil de aquellos años quería decir "la voy a hacer corta, no te asustes". Por esto no voy a dar fechas precisas. Siglo XX, Cambalache, y con esto me planto. No tanto por mí, que también, por qué negarlo, sino por ella, una señora de elegante discreción y espléndido presente.
Gracias a Facebook, y en este gracias deberiáis detectar un deje de nostálgica ironía, pude comprobar cómo en general la vida nos separa para siempre y los posteriores reencuentros, virtuales o físicos, son poco más que un intento, por lo general vano, de rectificar una historia con un final ya escrito.
En este caso preciso, María Julia Bertotto y yo, ¿resultamos ser los mismos? ¿Volveremos a comunicarnos después de esta nueva separación, si bien lógica, también forzosa?
Podría decir sí o no con la misma incierta certidumbre.
Los dos vivimos nuestra vida con ganas, como nos permitieron y pudimos. Perdimos y ganamos, tuvimos y dejamos, y todavía hoy, después de todo el tiempo transcurrido, seguimos esperando algo más: ese que podría ser el más pleno y feliz, el mejor capítulo de nuestro, por suerte inacabado, diario íntimo.


POSDATA: este post estaba previsto para el domingo, pero luego se cruzó el tabaco con sus humos y recién lo cuelgo hoy. Sepan disculpar el cambio de fechas... y adáptenlo, S.V.P. Gracias. POSDATA 2: un regalo en forma de canción y con destino preciso, ya que no se si tendré tiempo de colgar nada más antes de irme para Madrid, Madrid, Madrid...(más información en mi blog amorimás)
Fotos: escena de Crash! y retratos por JChapuis.

lunes, mayo 31, 2010

un día sin humos


No se trata de una guerra, tampoco de un enfrentamiento; ni siquiera pretendo que los que fuman dejen de fumar.
No es mi problema.
Simplemente quiero poder asistir a conciertos, ir a discotecas, a bares y restaurantes sin tener que soportar -durante- la irritación de mis ojos y pulmones, para aguantar -después- varios días de toses tabáquicas y desagradables dolores de cabeza.
El tabaco es malsano, está demostrado y ya todo el mundo lo sabe, por eso realmente me importa poco la salud de los demás, sobre todo si son adultos y deciden enfermarse de esa forma tan vulgar y adocenada.
Hay terribles vertidos de petróleo, hambrunas y guerras de todo tipo, lo se muy bien, pero tampoco las he buscado yo ni he contribuído de forma directa a ellas. No espero solucionar todos los problemas humanos. Sólo pido que respeten mi derecho a transitar por lugares sin humos cancerígenos; humos que podrían evitarse con el simple hecho de no prender un cigarrillo en lugares cerrados, donde hay mucha otra gente que posiblemente no quiera tragárselos.
¿No pueden entenderlo?
¿Acaso les gustaría que los no fumadores eructáramos y nos tirásemos pedos en los lugares donde estáis comiendo, nos meáramos en vuestras piscinas comunitarias y arrojásemos pañuelos decorados con nuestros mocos a las puertas de vuestras casas?
No quiero que nadie lo tome como una amenaza, sin embargo todo esto podría suceder en cuaquier momento.
Finalmente, es sólo una cuestión de respeto.

Ilustración de Miguel Gallardo

domingo, mayo 30, 2010

Adiós, muchacho...




Una noticia doblemente desagradable.
Una muerte siempre lo es, máxime si el idiota que la transmite, a media mañana y por radio, dice que el finado se ha ido de la vida de forma "poco gloriosa".
¿Cómo te vas a morir tú, desgraciado? Si Dennis Hopper, el personaje, te hubiera oído, ahora mismo estarías luciendo una botella rota en medio de la cabeza o un balazo certero en medio de la frente.
El joven cowboy motorizado que nunca quiso crecer, hacerse viejo, desaparecer de esta pantalla nuestra de cada día, se ha muerto de cáncer de próstata, anciano, en su casa y rodeado de la que era su familia.
¿Esperaba que lo acribillaran a balazos en una emboscada a pleno sol o terminara en una oscura, cinematográfica calle del Bronx, con una sobredosis de heroína en vena y un puñal clavado en el corazón?
Poco antes, ya al borde de la tumba, tuvo un gesto que a su personaje le iba tan bien como un anillo de sello a un dedo meñique de uña bien cuidada: pedir el divorcio de su ultima esposa, también actriz.
No conozco los detalles ni me interesan. Querría partir sin compromisos, tan solo y descasado como había llegado al mundo.
Hizo muchas cosas, no todas tan bien como los demás esperaban. Hace algunos años, bastantes ya, Barcelona organizó una exposición con sus fotografías. Mostraban la mirada curiosa, aunque sin sorpresas, de un muchacho vagabundo y solitario, decidido a recuperar con la cámara algo de todo aquello que había perdido alguna vez. Quizás en el mismo momento en que murió su único, según él, amigo de juventud: el mítico James Dean.



ilustra: fotografías de y por Dennis Hopper, incluída el retrato de Paul Newman, realizado durante el rodaje de La leyenda del indomable (Cool Hand Luke)

martes, mayo 25, 2010

perlas de la memoria


Es martes por la mañana. Digo Perla y aparece mi prima de Gauleguaychú tocando el piano como una desaforada.
Milongas, habitualmente tocaba milongas, aunque no le hacía ascos a las composiciones clásicas, sobre todo las que tenían pasajes donde podía lucir su brío, por lo general desmedido; tanto como para dejar la cubierta del teclado con evidentes, nada agradables rastros de sus uñas.
Mi prima Perla era hija de un militar retirado de infantería, tío político mío por parte de madre. Hombre rígido, patriotero, moralista, de cachetazo fácil y abundantes represiones para con su familia -numerosa, por supuesto-, todo el mundo lo respetaba o al menos le temía.
Supongo que Perla, mi prima, poseedora de un carácter parecido al de su padre, se desfogaba aporreando el piano a falta de algo mejor; quizás un objeto sin sonoridad, aunque con posibilidades de responder al ataque feroz de aquellas garras perladas de mi parienta con un auténtico festival de sangre, sudor y lágrimas.

Perla, mi prima, se parecía a Gloria Grahame. O tal vez fuera la Grahame la que resultaba identica a mi prima. Resulta harto difícil adjudicar a una u otra la invención de un estilo que las calles repetían con superficial entusiasmo. Cientos de mujeres del montón, con cuerpos y rostros que nada tenían que ver con los originales, los de Perla y Gloria, por supuesto, hacían acopio de postizos, rimmel, gruesas capas de pintalabios carmín (siempre algo excedido de sus límites) y abundancia de posturas de cadera quebrada, un pelín barriobajeras, sutilmente obscenas, en un intento estéril de copiar las almas -desesperadas, ardientes, sadomasoquistas- de Gloria y Perla, más propias de una guerrillera encarcelada que de un ama de casa mortalmente aburrida de sus tareas cotidianas o de una secretaria ejecutiva con escaso tiempo libre.
Como muchas de mis tías y primas casadas o solteras, Perla sufría de constantes dolores de cabeza que la obligaban a encerrarse en su dormitorio durante la siesta, con un paño de agua fría sobre la frente, las persianas bajas y la llave echada.
El piano lo tocaba por las tardes o muy temprano a la mañana, apenas levantarse. Costumbres adquiridas, junto a un mal humor casi constante, en su casa paterna de Entre Ríos, cuando su padre, maestro de música y director de una pequeña orquesta típica compuesta por todos sus hijos y dedicada a amenizar fiestas populares y conmemoraciones patrias, le enseñaba a solfear a fuerza de gritos, insultos y castañazos.
Perla era la auténtica perla de los Videla de Gualeguaychú. Nunca la ví sin maquillaje o con la corta cabellera rizada en desorden. Tampoco usó jamás pantalones, ni siquiera de pijama, y es la única mujer, lo juro, a la que vi caminar en pantuflas de entrecasa con displicente elegancia, como si tuviera puestas sandalias con altísimos tacones aguja y estuviera desplazándose entre las mesas ricamente decoradas de un cocktail mundano en un hotel de lujo.
Podría definir su estilo interpretativo como una versión algo más viril del Príncipe Kalender, un solista de piano de origen ignoto, presumiblemente italiano, de gran fama en Buenos Aires por aquella época. No se si Perla era consciente de aquel parecido, ya que las composiciones preferidas de mi prima no eran las del Príncipe, creadas especialmente para demostrar su maestría como ejecutante, sino los conciertos numerados para piano y orquesta de Rachmaninoff. Orquesta sinfónica nunca tuvo cerca, pobre Perla, pero eso no le resultaba ningún impedimento. Cada mañana abría la tapa superior del enorme combinado de mis padres y apilaba sobre el dispositivo que los dejaba caer, estruendosamente, de uno en uno, aquellos frágiles discos de pasta que a mí nunca me permitían tocar, para acompañar al concertista grabado como si estuvieran tocando a cuatro manos. Una delicia muy especial mi prima Perla. Jamás pude entender por qué, siendo como era un volcán soterrado al que podía suponerse una potencia sexual arrasadora, nunca nos enteramos de que tuviera a nadie a quien amar.
Tal vez fuera más astuta de lo que todos creíamos y sus constantes visitas al médico escondieran secretos pasionales, que la callada Perla, sensual y misteriosa como un preludio de Debussy, se llevó para siempre a la tumba.
Posdata: Ahora, nada más terminar de escribir este texto, me pregunto si en realidad mi prima Perla no se llamaba Dora.

Ilustra: fotos publicitarias de la actriz Gloria Grahame; en la segunda, la misma actriz caracterizada como mi prima Perla. Partitura del Príncipe Kalender.

sábado, mayo 22, 2010

migajas de primavera


Hansel y Gretel, esos niños de cuento, dejaban caer a su paso piedras, botones, cualquier objeto pequeño y notable que les permitiera desandar el camino a casa sin perderse irremediablemente en el bosque.
Yo necesito que este blog no acabe por pura inanición, por la total ausencia de lectores medianamente interesados en lo que aquí escribo, así que dejaré algunas migajas de mi pan diario para que todos aquellos que se hayan despistado puedan retomar el camino que lleva de nuevo hasta este lugar, mi casa.

Una rata se deslizó suavemente entre la vegetación
arrastrando su panza fangosa por la orilla
mientras yo pescaba en el turbio canal
un atardecer de invierno por detrás de los gasómetros
meditando sobre la ruina de mi hermano el rey
y sobre la muerte de mi padre el rey, antes de él


Esta estrofa forma parte de un largo poema de T.S.Eliot, nacido estadounidense y con posterior nacionalidad inglesa, tan ajeno a las piruetas del otro Elliot, Billy, el pequeño bailarín de película, como a los tiros casi siempre certeros del televisivo Eliot Ness. El autor de La tierra baldía y Asesinato en la Catedral fue Premio Nobel de Literatura en 1948 y una de las voces más destacadas en las letras anglosajonas del siglo pasado. Esta traducción, encontrada en la red casi por casualidad, podría ser más que defectuosa, al menos no me atrevo a asegurar lo contrario, pero me sirve para hablar de la melancolía, ese animal viscoso que nos atrapa por sorpresa en un recodo cualquiera del camino, ese virus malsano, insidioso, que, arrastrándonos a la maloliente, por irracional, ciénaga de la conmiseración y el desprecio hacia todo lo que nos rodea -incluyéndonos de forma tácita, sin explicitarlo- nos convierte en un alga informe, de(s)rrumbada y temblorosa. Fieramente atacado por ella en estos días -quizás la nostalgia sea otra forma de esta alergia que enturbia mis ojos y lastima como polvo de vidrio mi garganta- la saco al sol para ver si escapa de mí como una lagartija asustada, dejándome al fin en paz.

Comparto una mesa con otras once personas. Comemos y trabajamos al mismo tiempo. La vida no está nada fácil, nunca lo ha estado, por lo que se hace necesario reir con/de cualquier tontería. Mientras nos sirven el segundo plato, alguien a mi lado cuenta que un famoso personaje llamado Félix María fue encarcelado por no sé qué motivos y los otros presos invirtieron gran parte de su tiempo de ocio carcelario en violarlo una y otra vez sin darle descanso; tanto, que fue necesaria una posterior internación hospitalaria. La historia es lamentable, desgraciada, patética, sin embargo a mi se me ocurre decir:
-O sea que el tipo entró como Félix María y salió como María Félix...
Algo macabramente ingenioso de lo que con toda seguridad me arrepentiré en este mismo instante, pero que ha hecho reír a mandíbula batiente a todos los, hasta un segundo antes cariacontecidos, compañeros de mesa.
No somos santos.

Los que escribimos poesía estamos acostumbrados a leerla en cualquier parte: reuniones, congresos, teatros, bares, cafés y restaurantes, salas de conferencia, jardines, hoteles. Nunca sin embargo me había encontrado con una gata, sabia y adorable, ocupando una silla entre el público asistente. Sucedió el jueves por la tarde en el Arthostal del Borne, cuando varios autores argentinos leíamos nuestros poemas, publicados hace unos días en una plaquette austera, de elegante diagramación en varios tonos de gris, por el colectivo de El laberinto de Ariadna.
Uno de mis placeres cotidianos es desayunar fuera de casa. Al sol, con el diario del día y un buen café largo y oscuro apenas aclarado con una nube de leche, si es posible acompañado por alguna delicadeza más sólida. Por suerte para mi hedonismo y desgracia de mi dieta, vivo en un barrio donde abundan lugares agradables para oficiar este ritual de forma muy satisfactoria. Hoy mismo, sábado, desayuné en una terraza a la que nunca había ido: la del café del restaurante Lo Duca, a los pies de ese sobrio hotel con toldos negros de la calle Mallorca, entre Paseo de Gracia y Rambla Cataluña, el Alexandra. Nos atendió una bella, amable y joven mujer rubia a la que supuse ucraniana. No me equivoqué: lo era.
Media hora después, caminando por Rambla Cataluña hacia el bajo, me encontré con la nueva exposición de Eulàlia Valldosera (1963) en la galería Joan Prats. Se llama Dependencia Mutua y está centrada en una mujer joven, Liuba, también ucraniana, que limpia con cuidadoso mimo una estatua clásica del emperador Claudio, propiedad del Museo Arqueológico de Nápoles.
Muestra emocionante de auténtica emoción, en ella Valldosera, sensible, minuciosa, alerta, retrata a través de distintos soportes -fotografías, vídeo, instalaciones lumínicas- la relación amorosa entre el mármol majestuoso de fría belleza y la bella dulzura de unas manos femeninas que parecen enamoradas del trabajo que les ha tocado en suerte, retratando al mismo tiempo la relación inconsciente entre los opuestos, sus distintas interdependencias y subordinaciones.
Por cosas como estas sigo viviendo donde vivo, a pesar de mis nostálgicas alergias y mis reiteradas quejas.

ilustran: fotos publicitarias de María Félix, fotografías otras de Bertini.

miércoles, mayo 19, 2010

Cat Power (un sentimiento)

Un sentimiento, unos instantes; poco más que un pequeño trocito de mi vida.
Un corto tramo de ese silencio sostenido que llamamos tiempo.
Parco de palabras, comunicativo o exhibicionista -podéis quedaros con el adjetivo que más os guste y que, según vosotros, mejor me defina- de pronto tropiezo con una canción que me deshace lentamente -puré de manzanas, zumo de melocotón, picadillo de carne- convirtiéndose en la banda sonora más apropiada para este, mi estado actual, tan pesado como contradictorio.
Es mayo, lo que fue gris es verde y hay sol por todas partes...¿por qué, entonces, mi alma estará tan desarbolada y sombría?




Posdata: la misma canción dos veces para que no queden dudas. En la primera podéis ver a Jude Law, siempre gratificante, en la segunda, al pie, podéis encontrar el texto en inglés. Como gustéis. Ilustra una foto de mi mesa mutante, mayo del 2010.

domingo, mayo 16, 2010

Estimado Señor Alcalde:


...respondiendo a su Consulta de la última semana, tenemos a bien comunicarle que un ochenta por ciento de los votantes ha optado por la opción C de conservación, de cuidado, de creemos que es mejor dejarla como está, de cómo podemos ponernos en semejante gasto cuando estamos atravesando una crisis tan seria, de comprendemos que ni siquiera se lo ha pensado, pero cuando acaben las obras mucho de nosotros estaremos convertidos en calaveras y nuestros últimos, dorados años, habrán sido un verdadero calvario, sumergidos en polvo, ruido, desorden, caos.
Es cierto que gran parte de los habitantes de esta ciudad nuestra ni siquiera se han acercado a votar, más preocupados por los goles, la copa y los vándalicos festejos posteriores, que por las calles, avenidas y diagonales por donde se desarrolla su vida. Aunque desolador, resulta que las cosas son así y los que votamos estamos convencidos de nuestra elección. No seremos mayoria, pero tampoco somos ni seremos silenciosos.
Suponemos que no se pondrá demasiado contento cuando se entere de este resultado, teñido de un estridente color calabazas, sin embargo deseamos que sea usted un alcalde bien temperado y lo acepte con democrática convicción. Digiera, si puede, este resultado contrario a sus deseos como una equivocación más, que no la primera, en su tal vez ya demasiado dilatada carrera política.
Y por favor, comprenda con sensatez y coraje que su pobre mascota no ha tenido nada que ver con todo esto.
Sería una arbitrariedad arrojarla a la calle. Ella jamás lo haría.

Comprensivamente,
un barcelonés de adopción.

Ah! Se me olvidaba. Los tres millones de euros que según parece ha costado la Consulta , podrá devolverlos en muy cómodas cuotas, restando mensualmente una mínima porción de su sueldo y depositándola en una cuenta bancaria a nombre de los contribuyentes.

Ilustra: foto publicitaria de Laura Linney, magnífica actriz de Mystic River y Linsey, entre otras más que recomendables películas.

viernes, mayo 14, 2010

Respuesta a una carta (en La Nit dels Museus)


(el sábado por la tarde, comenzando La Nit dels Museus, leeré este texto en el Museo de Historia de Barcelona. Es una revisión de otro que colgué en su momento en mi blog de poesía, amorimás. Los que lo sigan lo reconocerán; para los demás, una gran mayoría, resultará, espero, novedoso)

Recibo tu carta en Barcelona cuando llego a casa cargado de verduras:
compras de sábado después del desayuno,
todo un ritual sabático en un café cercano con
susurrante nombre de moneda

Desde las Ramblas despejadas por los últimos fríos de un invierno
que no deja florecer la primavera,
recuerdo, por supuesto, la casa con perros
y un muchacho con rulos,
rizos decimos por aquí,
que alguna vez me visitó a destiempo

No puedo asegurar que seas exactamente vos, el mismo,
(por entonces un albertito blanco, etéreo)
este Alberto Blanco que me escribe ahora
pero si lo sos, y espero que no te ofendas por otra confusión
añadida a aquella época de confusiones varias,
de ensordecedor redoble de plumas no siempre angelicales;
si fueras vos, repito,
llevabas una marca en el cuerpo
que parecía el azote de un demonio ajeno a tu presencia,
despistado guardián de las llaves edénicas

No hay nada que deba preocuparte.

Seas o no seas vos el que recuerdo en este instante
me alejo de mi casa hacia la mar cercana:
cargados los bolsillos de naranjas amargas,
midiéndome los pies a cada paso
para no tropezar
triste y torpemente
con cada uno de todos mis fantasmas

Náufrago barcelonés de un barco sin bandera
que nunca me condujo a nada,
demorado viandante de una accidentada Via Layetana,
tardío Morador, o sólo residente, de un presente gótico
densamente poblado por chinos, sudacas y pakistaníes,
me alegra este reencuentro con un pasado
que todavía no añoré lo bastante
como para sentir la más que necia necesidad de olvidarlo.

Barcelona, mayo de 2010

retrato de Robbie Williams por Michel Comte

POSTFOTOS: algunas, pocas, imágenes del acto de ayer -La Ciutat Llegida/La Ciudad Leída- en la Plaza del Rey, organizado por el Museo de Historia de la Ciudad bajo la coordinación de Isabel Núñez. Entre el público se puede descubrir a varios brillantes poetas de España y Argentina.



sábado, mayo 08, 2010

las Mentiras como Arte


- Bueno, lo entiendo, pero para vos, como director y guionista de la película, al final, ¿Pablo regresa o no?
Diego Sabanés me mira algo sorprendido. Cerca de donde estamos, Pascual Maragall y su mujer conversan con el músico Rudy Gnutti y el director de fotografía Julián Elizalde, mientras Andrés Mangiarotti, cónsul de Argentina, intercambia tarjetas con una joven poeta barcelonesa de largas y despeinadas guedejas. Por suerte no me escuchan. Esas preguntas no se hacen, no suelen hacerse, porque si te atreves a hacerlas corres el riesgo de quedar como un idiota nada principesco, un oligofrénico sin remedio ni asilo, o, simplemente, como un cutre que no entiende que algunas obras son ambiguas y pretender que no lo sean, pedir explicaciones sobre ellas, es ofensivo para el artista que las ha creado.
- ¿Por qué sonríe la Gioconda, don Leonardo?
- Señor Picasso, Pablo, ¿no cree que dos ojos sobre el mismo perfil conforman una cara un poco extraña?
- Don Milo, ¿usted no sabe esculpir brazos o la modelo había sufrido un desagradable accidente ferroviario poco antes de posar para su Venus?
En el último festival de Lleida me molestó muchísimo que una señora, por lo demás simpática, insistiera en saber si el final de una película era de una manera u otra, sin entender que ese detalle resultaba accesorio, no agregaba ni quitaba nada al verdadero meollo del asunto. Crimen y castigo, que diría el atormentado Fiodor, mi intolerante incomprensión se veía descubierta pocas semanas después con una pregunta que, conocedor de las leyes que rigen ciertos ambientes artísticos e intelectuales, nunca debería haber hecho.
¿Atolondrado? ¿Inconsciente? Para nada; más bien me definiría como un aventurero de los pequeños gestos cotidianos.
Aunque me había parecido sorprendido, el director de Mentiras piadosas contestó con absoluta precisión lo que le había preguntado. No transcribo su respuesta porque supongo que a muchos les fastidiaría conocerla.

La noche del viernes me invitaron al cine Alexandra, único de la ciudad con coronita incorporada, para la premiére en Barcelona de esta nueva película, opera prima de un joven director argentino. Me enteré de su estreno en Madrid la semana pasada y la esperaba con bastante curiosidad porque en ella trabaja Marilú Marini, compañera de algunos anhelos y varias correrías durante nuestras lejanas juventudes porteñas. Excelente bailarina devenida actriz, le otorgaron el premio teatral Moliére, el más prestigioso de Francia, por su actuación como protagonista de La mujer sentada, una comedia atípica escrita por el también argentino Copi en base a sus tiras cómico-satíricas de Le Nouvel Observateur. Marilú vive hace años en París y a pesar de su contundente carrera artística nunca antes había hecho un protagónico en cine. Como todo el resto del elenco, importa decirlo, está simplemente perfecta en el papel de esa enferma saludable -el título original del cuento de Cortázar en el que está basado el guión de la película es La salud de los enfermos -, una señora de buen ver, que, desde una supuesta, casi angélica inocencia y escudándose en la coartada que le brinda su imperturbable fragilidad de acero, acaba devorando todo aquello que la rodea.
En la breve presentación previa, Diego Sabanés dijo que en algún festival europeo había causado asombro su más que notable juventud, excesiva, según parece, para el responsable de un film de factura clásica, de una narración sin desmadres ni golpes de efecto, continuación madura del cine argentino de los años sesenta, aquel donde reinaban los nombres de Torre Nilsson, Fernando Ayala y Leonardo Favio e intentaban hacerse un espacio David Kohon, Manuel Antín, Osias Wilensky y Rodolfo Kuhn. Un film que, además, opta por un final trágicamente contenido que me recordó lejanamente al de La heredera de William Wyler (1949). Todas excelentes compañías, sin ninguna duda.
Emparentada con otras vibrantes narraciones sobre la decadencia de una clase, una sociedad, una forma de vida, un país -Casa tomada y Cartas a mamá, también de Cortázar, El salón dorado de Manuel Mujica Láinez-, en Mentiras piadosas aparece además, no se si voluntariamente, una sutil, levemente irónica, metáfora descriptiva del hacer literario. "Cada día escribe mejor", dice la madre cuando terminan de leerle la que para ella será última carta del hijo ausente. Esa laboriosa red de engaños, ideada aquí por todos los habitantes de la casa y realizada con meticulosa habilidad por el hermano nostálgico, principal sostén del estricto orden familiar al mismo tiempo que de las fantasías esperanzadoras que permiten la supervivencia del grupo, podría entenderse también como una parábola sobre la ética siempre ambivalente de la creación artística, esa invención que transforma la inaprensible realidad ocupando momentaneámente su espacio.

Posdata:
como si fuera un agradable comentario, me escribe Diego Sabanés para comunicarme que el equipo de Mentiras piadosas ha colgado en su web este post. Gracias por tenerlo en cuenta.
Posdata dos:
FILM ARGENTINO EN ESPAÑA. José Miguel Onaindia asistió en Barcelona al estreno de la película argentina Mentiras piadosas, de Diego Sabanés, basada en cuentos de Julio Cortázar. El film reunió, en una sala belle èpoque llamada Alexandra, a un importante grupo de personas, entre los que se encontraban algunos argentinos como Dante Bertini, escritor radicado en aquella ciudad desde 1975 y que ganó el Premio Tusquets en 1993 por el libro El hombre de sus sueños. En el brindis posterior a la proyección, se comentó la calidad de la película y el recuerdo que había provocado el cine más intimista de Leopoldo Torre Nilsson.
© LA NACION
(publicado en Gritos y susurros, suplemento cultural del importante diario bonaerense)


Ilustra el post una obra del pintor y escultor argentino Pablo Suárez: Ahogado en la cacerola doméstica.

martes, mayo 04, 2010

Doxa y Alétheia


-Quién lo diría,
me dice, contradiciéndose una vez más, el que siempre va conmigo. Tiene la voz grave y la intención irónica. No acostumbra ser así. A veces susurra y otras muchas carraspea. Esta última forma de llamar mi atención la usa cuando piensa, ¿piensa?, que estoy por meter el goce en algún lugar peligroso, o sea ignoto, audaz, divertido.
-Si nunca aprendiste griego ni filosofía comparada, ahora, a tu edad, te vas a meter en esos berenjenales...
Ni siquiera sabe lo que está diciendo. Es pura doxa. Une la palabra filosofía a la palabra comparada porque alguna vez escuchó los dos términos juntos... y de las berenjenas poco sabrá su saber, salvo que se las puede hacer rellenas, como las solía hacer su madre, que era correntina, no griega, francesa o italiana.

Aletea la diosa...
Me sucede sin siquiera pensarlo. Pura asociación libre, digo para disculparme.
Hay miles de canguros esperando dentro de otros miles de canguros de mayor tamaño para descubrirme/pescarme en un renuncio cualquiera. Esto del renuncio, creo, debe salir de la letra de algún tango canyengue; o del truco, que es un juego tanguero y llega siempre acompañado con bizcochitos de grasa y mate amargo. Aunque renuncio puede ser también cualquier cosa que rompa la norma, como suelen hacerlo las cosas alargadas, erectas y/o mórbidas. Es que, según parece, si las cosas son largas llevan implícito el pecado carnal. En el caso de que sean piernas hay que ocultarlas o salir rajando: ¡piernitas pá qué te quiero!, que decía el Petiso Orejudo, famoso asesino serial porteño, después de rajar a alguien (observen cómo uso el verbo rajar en dos de sus acepciones posibles: escaparse, huir, echarse atrás y herir a alguien con un arma blanca).
Pero no nos distraigamos. Volvamos a las cosas demasiado largas. Cuando se trata de narices debemos acudir a un cirujano sin perder ni un solo minuto. Las narices pronunciadas huelen el pecado y se lanzan sobre él como cosacos, y lo digo sin ánimo de ofender a los soldados, a los rusos o a la siempre elegante caballería ligera.

"Es superficial", solía decir refiriéndose a mí, describiéndome, un amante al que lo único que realmente le preocupaba era el arreglo minucioso de su cabellera, por lo habitual desarreglada.
Doxa y Alétheia. Lacan recupera las palabras que había rescatado Heidegger y a mí me llegan a través del oído, no de la lectura o el estudio. Tengo que reconocer dos cosas: conozco a muchos lacanianos y mi educación académica es muy deficiente.
-Nunca llegarás a nada...
Otra opinión del otro. Cuando quiere ser lapidario usa puntos suspensivos para acabar la frase. Podría decir "nunca..." y sería igual de efectivo para mi desmoronamiento.

¿Qué es la doxa?, pregunté, creyendo que se trataba de una nueva ley de educación o de una vuelta más de tuerca a aquello de la normalització del idioma catalán. ¿Alguien lo recuerda? Sucedió al final de los ochenta y los responsables habian llegado a crear un personaje de historieta. Era una niña mal dibujada que se llamaba simple y llanamente Norma, para no complicar el entendimiento de las gentes comunes, la masa silenciosa, el pueblo, esos que ahora se llaman anónimos, no porque no tengan nombre, sino porque no son, y posiblemente nunca llegarán a ser, famosos.
-¡Platón, aparece en Platón!
Es él de nuevo. Por momentos se excita, aunque nunca sexualmente, y pido perdón por la palabra, señores canguros. No deben preocuparse: es sólo un interés platónico. Se ha comprado un libro de domingo con los textos del viejo griego aficionado a los banquetes y la belleza adolescente, descubriendo que la doxa tiene su contrapartida y se llama alétheia.
Aletean los dioses. El lugar común oculta la verdad detrás de pesados telones. Todo lo que se escapa de su caduca, vulgar, adoctrinada letanía, le molesta.
Aletean los dioses y las diosas. La doxa se retira a sus adocenados, repetitivos, insípidos cuarteles de verano. Suenan veinticinco campanadas y cuatro jinetes sin máscara atraviesan la escena empuñando flamígeras espadas vengadoras. Al final del tercer acto reina el desparpajo y la verdad se descubre con una amanerada reverencia, dando paso a la vida de verdad, la verdadera vida. Bajan las luces en el escenario y el orbe entero aguanta la respiración en un suspenso de muy bien diez, felicitado. El eco de una voz resuena en la espesura:
-Miénteme más, que me hace tu maldad feliz...
¡No te jodes! ¡A mí no me lo vendes ni acompañado por el trío Los Panchos y seiscientos mariachis más!

Ilustra: Liu Bolin, Camouflage.

viernes, abril 30, 2010

Un día como cualquier otro (a mi madre, ausente)

Doblaba la esquina de mi casa con el corazón en un puño y la respiración contenida, los deseos convertidos en un único miedo, mis pobres culpas inocentes transformadas en invocaciones mántricas que pretendían detener lo que al mismo tiempo suponía inexorable.
Imaginaba mi calle bloqueada por un puñado de ambulancias de color blanco fantasmal, grafiteadas con siglas incomprensibles y enormes cruces de colores; atravesada en todo su ancho de avenida importante -nada menos que la más larga del mundo, Rivadavia- por sangrantes camiones repletos de bomberos; atestada de curiosos que, sudando, enrojecidos por el esfuerzo, estiraban el cuello para traspasar los cordones policiales que les impedían el paso.
Se había convertido en una obsesión que no podía quitar de mi cabeza. Mientras volvía del colegio de curas para almorzar junto a mis padres, un segundo antes de doblar la esquina desde donde podía ver mi casa, imaginaba que nada más hacerlo algún vecino correría hacia mí con cara compungida, dispuesto a consolarme con abrazos de amigo al mismo tiempo que me comunicaba la brutal noticia. Mientras tanto su mujer, uniéndose a otras tan solidarias como ella, todas con actitudes igualmente graves, formarían un apretado coro de lloronas, torciendo la cabeza en señal de duelo frente a los restos humeantes de lo que había sido mi casa.
Solitario oficiante de un secreto ritual íntimo que repetía semana tras semana, de lunes a viernes y poco después del mediodía, todavía no me era dado comprender el porqué de aquellas catastróficas fantasías.
Yo pensaba que eran premonitorias, sin embargo la realidad nunca confirmó aquellos temores recurrentes y aungustiosos. Jamás lo siniestro se presentó en forma de incendio, derrumbe o terremoto. La sangre no corrió por las altas escaleras que comunicaban mi casa con la calle ni las llamas devoraron la falsa boiserie del salón donde imperaba, como un trono candente que nadie se atrevía a ocupar, la chimenea de mármol jaspeado, jamás encendida. Mi madre no pereció en una explosión de gas ni fue encontrada nunca bajo los escombros de aquella cocina estrecha con paredes de azulejos color verde nilo que tanto frecuentaba.

Todo lo deshizo el tiempo con su ritmo impasible. Segundo a segundo, sin necesidad de estruendos ni gritos; sin alarmas, sirenas, imprecaciones ruidosas o extravagantes alharacas. Sin descanso ni piedad.
Terca y silenciosamente, como acostumbra hacerlo.

Ilustra foto de Francesca Woodman

miércoles, abril 28, 2010

Escrito sobre el cuerpo

¿Han visto The Ghost Writer, El escritor, según la traducción simplificada y pánfila de nuestros distribuidores-traductores? (A propósito de este poco usual adjetivo: hoy mismo es San Pánfilo, por si no lo sabéis y os apetece festejarlo.)
Un padre que da consejos, más que padre es un amigo, dice el gaucho rimador Martín Fierro. Yo no soy padre de nadie y apenas amigo virtual de algunos, pero les aconsejo sin remilgos que no se pierdan este filme. Después de Hitchcock sólo nos queda Polanski y no se sabe por cuanto tiempo, ya que los Grandes Canguros Inquisitoriales han decidido que lo más efectivo para dar ejemplo a los consumidores de basuras variadas sin filtro ni freno, es encarcelar a este señor casi anciano por un pecado juvenil que ni la supuesta víctima quiere ver castigado.
No voy a hacer crítica a favor o en contra de este thriller político dirigido con la solidez, elegancia y precisión de un clásico. Sólo les digo que entre sus muchos suspensos hay uno que no llega a resolverse, al menos en la versión, tal vez expurgada, de las pantallas hispanas. A pesar de varias escenas que parecieran anticiparlo, el actor protagonista, Ewan McGregor, habitual del striptease cinematográfico, no se desnuda por completo en ningún momento. Algún plano fugaz de su trasero, sí, pero ninguno tan frontal como los de la sensual y caligráfica The Pillow Book (foto superior) o la para mí desconocida Young Adam (foto inferior). Supongo que Roman Polanski no está para crearse nuevos problemas con genitales ajenos a una edad donde ya se tienen bastantes con los propios. De cualquier manera, y a falta de imágenes de la sonora performance que presencié anoche junto a otras treinta personas en una pequeña y elegante sala alternativa de la ahora mismo amenazada avenida Diagonal, -The Living Room, seis jóvenes personajes que encontraron su angélico autor en el ya muerto, que no desaparecido,Jerzy Grotowski- ilustro este post desencantado con dos imágenes del escocés McGregor. Pretende ser un pequeño homenaje for your eyes, equivalente a esa hitchconiana escena final de El escritor en la que una nota pasa de mano en mano hasta llegar a su definitivo destinatario, no necesariamente previsible. En este caso es un homenaje personal, repito, dirigido a aquellos inocentes visitantes necesitados de visiones algo demoníacas, todas ellas destinadas a desaparecer en poco tiempo de esta red global, otrora libertada.