viernes, agosto 06, 2010

de Jardines y Gatos



Hoy, y en el Teatro Cervantes, se hace un homenaje a Manuel Mujica Láinez, el autor de Bomarzo, Aquí vivieron, Misteriosa Buenos Aires, como recordatorio del centenario de su nacimiento. El título de este post, parafraseando alguno de los de mi estimado amigo MML, es una pequeña aportación nostálgica a ese homenaje tan merecido.
Lamentablemenet yo no podré asistir porque estoy invitado por el crítico Néstor Tirri al estreno de Tatuaje, obra drámatica de Alfredo Rodríguez Arias sobre la relación, auténtica según cuentan las crónicas de la época, entre Eva Perón y el cantante español Miguel de Molina, desterrado por el franquismo a causa de su manifiesta, nada culposa, desenfadada homosexualidad.







Me cuesta cruzar las calles de esta ciudad. Cada vez que estoy por hacerlo, oigo a mi hermano diciéndome al teléfono:
-Tené cuidado, Quique. Mirá bien a todos lados. Acá te pasan por encima apenas te descuidás...
Quique soy yo en boca de mi familia. Una rareza de mi madre, a la que Tito no le gustaba y Quique, el niño pirata, un antiguo personaje de historieta, sí. No encuentro estas calles mucho más peligrosas que las de Barcelona, a pesar de que poca gente respeta las zonas de cruce y los semáforos me confunden con sus particulares luces de color.
-Es simple, -me dice un amigo-. Cuando está en verde te toca cruzar a vos.
Me cuesta entender que el verde no es tal. Todos los semafóros tienen dos luces: una blanca y otra entre anaranjada y roja. La de cruce preferente es la primera, aunque los porteños, tan afectos a las traducciones y los subtitulados, la llaman de una forma a pesar de verla de otra.






Compro algunas vituallas en el almacén de la esquina: jamón crudo, queso gruyére nacional, matambre de pollo relleno, dulce de mebrillo...
El dependiente me dice:
-Mi abuela era catalana...Busquets de apeyido...
Me hace la cuenta y comenta:
-Cincuenta y tres pesos... Menos de diez euros... No me diga que no es una ganga.
No puedo asegurar que lo sea y se lo digo:
-A mí me asusta la cifra y hasta que hago la traducción a euros, todo, siempre, me parece caro.
Cuando estoy pagando, el nieto de la catalana me mira con una sonrisa ambigua en sus ojos:
-Es verdad que ayá al jamón le dicen poya?
-Vos sabés bien que eso, aunque a veces también se coma, no tiene nada que ver con el jamón.
El porteño suele vivir a dos niveles, el de sus contactos sociales y el suyo interno: burlón, matizador, muy propio.

"Cortá Jerónimo, ¡ya!"
La madre zamarrea al niño, no tan pequeño, que insiste en colgarse de ella.
Bautizar a un niño con nombre de indio y pretender que no lo sea es, como mínimo, ilusorio.

Voy en autobús hasta la casa de David Mulhall, un amigo arquitecto que vive en el barrio de Once. Me prometió un dia D, de Dante, en el que me mostraría algunos lugares emblemáticos de la nueva ciudad de Buenos Aires.
Una señora muy anciana sube al vehículo y yo, que estoy en el asiento más cercano a la puerta de entrada, le cedo mi lugar.
-¡Gracias, caballero!
Nunca me habían tratado así. Siento que esa pequeña reina madre apoya una espada sobre mi cabeza para luego trasladarla parsimoniosamente a uno y otro de mis hombros. ¿O era exactamente al reves?

Los argentinos, caballerosos, caballerescos, caballeros, las prefieren rubias.
Al menos tres de sus inalterables íconos lo son: Eva Perón, Mirtha Legrand, Susana Giménez. Décadas de permanencia en la cumbre de la popularidad, atestiguan esa debilidad por los cabellos claros, auténticos o no, de una población en la que abundan las largas melenas oscuras.

Puerto Madero es una ciudad vertical de límites precisos encerrada dentro de otra ciudad que pareciera no tener ninguno. Sus parques están bien diseñados, casi todos sus rascacielos muestran una sólida e interesante arquitectura y el emblemático Faena Hotel es realmente espléndido. La escenografía de una ópera barroca y cosmopolita con toques de humor británico y la firma inconfundible del parisino Philippe Stark. Hay que saber mucho de todo para colocar los cortinados de pana con semejante gracia.
Los jardines que rodean lo que fuera un antiguo almacén de granos, parecen sacados del mundo alucinado/alucinante de una agrandada Alicia Carroll en versión nativa.
Lamento ser tan categórico como reiterativo, pero no conozco cielos semejantes en ninguna otra ciudad del mundo.





Visito el Jardín Botánico, situado a unos trescientos metros de donde estoy viviendo. Diseñado por Carlos Thays, un francés afincado en Argentina, tiene ejemplares de diversos árboles nativos. Una rareza para la época en que se construyó este lugar, sobre todo para los europeizados pobladores de una ciudad más afecta a los ejemplares exóticos llegados de otras partes del mundo que a los suyos propios.
Por todos los rincones del Botánico se ven gatos. Gordos, limpios, muy civilizados.
Me agacho para tomar una foto y una gran gata tricolor se sube al bolso que llevo en bandolera. Me acompaña durante todo el trayecto y cuando entiende que me dirijo a la puerta de salida, salta de su privilegiada posición para internarse entre los árboles sin siquiera girar la cabeza para decirme adiós.

Todas las fotos (gato vallado en el Botánico; Puerto Madero y el jardín del Hotel Faena; hombre con gatos en el Botánico; ruinas en Avenida Santa Fé; gato en una Boutique; tienda en Palermo Soho; ombú en la 9 de Julio; escultura en el Botánico; anticuario en Plaza San Martín; gato en bolsa; el Abasto gardeliano; Palermo Soho: bistró peruano Bardot) son de Dante Bertini.

domingo, agosto 01, 2010

imágenes de una ciudad (des)conocida

He sabido de más de un argentino que al volver a Buenos Aires después de una larga ausencia, se han encontrado conque, de forma repentina, sin ningún preaviso, les era imposible articular palabra.
Graficaban en su cuerpo aquél clásico "me quedé mudo", un tópico que habla de la sorpresa inexplicable, del quedarse sin palabras para describir lo que nos sorprende y supera totalmente. No es mi caso. Yo puedo hablar y hablo mucho; tal vez demasiado, aunque a la hora de escribir aquí me falte, además de tiempo, algo preciso para transmitirles.
Frente a esto y hasta nuevo aviso, les dejo un post de imágenes, tan arbitrario y desnortado como mis paseos por esta ciudad de sueño, muy cercana, familiar, y al mismo tiempo casi nueva, casi desconocida.









Ilustran fotos de Dante Bertini, 2010 (declaración "barcelonesa", dos imágenes de El Ateneo, considerada la librería más bella del mundo, Evita presente, cielo porteño, florería y tintorería del barrio, paseo de perros, autopromoción)

martes, julio 27, 2010

los pies en la tierra


Un viaje angélico requiere la presencia de alados y serviciales ayudantes. Alejo y Julián, sobrinos de Monsieur Chapuis, van a esperarme al aeropuerto General Pistarini, el mismo al que todo el mundo conoce como aeropuerto "de Ezeiza".
Son las cinco de la madrugada. Uno de los dos hermanos ha dormido unas pocas horas, el otro llega de un concierto de rock alternativo. Como tienen menos de treinta años se ven tan frescos y rozagantes como si volvieran de unas vacaciones en la playa. No puedo decir lo mismo de mí: trece horas de vuelo dejan marca en el más pintado y yo no suelo pintarme ni para una noche de estreno en la ópera.

Cuando le doy la tarjeta de embarque, el controlador del aeropuerto de Barcelona me dice:
-¿Buenos Aires? Me parece que por allí, ahora mismo no están muy buenos. Hace un frío del copón...
Ya instalado en la magnífica Ciudad Autónoma de los Buenos Aires, la enorme y siempre vanidosa Capital de las Américas, la gardeliana Reina del Plata, todos me previenen:
-¡No salgas desabrigado...Hace un frío que pela!
-¡Tenga cuidado, mire que el frío es insoportable!
-¡Abrigate bien, mirá que la calle está helada!
Para mí el frío bonaerense resulta inexistente. Ni siquiera necesito ponerme jerseys de lana debajo del abrigo; ando con camiseta y alguna otra prenda de algodón y suelo volver de mis largas caminatas bastante acalorado.
¿Será que el calor humano es más poderoso que la tan mentada sensación térmica de los informes metereológicos?
Hoy informan de que, después del supuesto frio polar de los últimos días, se acerca una semana con temperatura primaveral. ¡Y yo que no me traje el bañador ni los bermudas!

Dos señoras de "mediana edad" pasan por mi lado. Van ateridas, cogidas del brazo, con los cuerpos apretados uno junto al otro para darse calor. Oigo como una le dice a la otra:
-Es el colmo de lo superyoico...

Primer desayuno en El Galeón. Sabiendo lo afecto que soy a ritos, enhebramientos y metáforas, este lugar resulta perfecto para el aterrizaje.
Pido un desayuno de café con leche. Los camareros llevan uniforme, son rápidos y cordiales; el lugar conserva todo el estilo de los bares vieneses, el mismo de las confiterías porteñas de toda la vida.
Me traen tres cruasanes -medialunas le decimos aquí-, una copa de zumo de naranjas recién exprimidas y un gran vaso de agua con gas. También un cacharrito de acero inoxidable con azúcares y sacarina. Con mi futuro enfrente, no estoy para observar vidas ajenas, pero puedo ver cómo en las mesas cercanas hay hombres y mujeres leyendo sus diarios con devoción eucarística.

Encuentro con el pasado en la Plaza Cortázar. Noemí, una amiga de mi adolescencia, me espera junto a los tenderetes de productos artesanales.
¿De dónde es este lugar extraño? ¿En qué ciudad me encuentro? Comercios de ropa, de objetos, de comida, de libros y de discos, con muros exteriores de colores fuertes y ambientaciones que van desde el minimal al barroco pasando por el muy recurrido y cosmopolita Shabby Chic. A pesar de la insistencia de algunos medios con el tema de la inseguridad, hay casas con ventanas a la calle que no muestran protección alguna. Paseo bajo los ficus benjaminas hechos árbol, bajo las desparramadas tipas y los enormes plátanos, con más tranquilidad de la habitual, gozando con una siesta de sábado en la ciudad donde nací y viví una parte muy importante de mi ya larga existencia.
Coqueta, variable, femenina, Buenos Aires ahora se muestra ante mí con otras galas: bella como siempre, aunque totalmente irreconocible.

Un detalle curioso. Hay tantos quioscos de flores en esta ciudad como comercios de nail care hay en la de Los Ángeles.
Liliums, crisantemos, junquillos y rosas se recortan limpiamente sobre el verde oscuro, inglés lo llamábamos en otra época, de los abundantes puestos callejeros.

Vienen tres amigos a festejar mi llegada. Compro empanadas en el Cümen-Cümen de la calle Borges. Ofrecen cerca de veinte rellenos posibles. La elección se hace difícil, pero el dependiente ayuda con consejos y caras de diferente calibre. Después de pedir las que me parecen más apetecibles le pregunto cómo haré para saber qué tiene adentro cada una.
-No se preocupe. Todas vienen personalizadas.
Cuando, ya en casa, abro la bandeja, las encuentro agrupadas de acuerdo a su repulgue, siempre diferente, y con tarjetas impresas sobre papel blanco para que no queden dudas en cuanto a su relleno.
Al menos en lo que a comida se refiere, piensan en todo estos argentinos.

Adrián y yo entramos a una de las muchas panaderías de la zona. Buscamos "facturas", pastas, bollería, para la merienda. Una de las dependientas, sonriente y movediza, habla desde atrás del mostrador para el escaso público asistente:
-¿Qué hago yo en una panadería? Soy maestra jardinera y profesora de inglés especializada en niños...pero aquí estoy, ¡vendiendo sandwiches de miga!
Mientras lanza su discurso nos acerca una larga pinza plateada con una pequeña madalena en la punta.
-¡Tomen chicos! ¡No voy a engordar yo sola!
Un minuto después le pregunto por el gusto de una pasta de forma desconocida y sin decir nada me acerca, con el mismo sistema de la pinza, una para que la pruebe.
Toda la gente del barrio conoce el local. Se llama Piccolo y tiene dos puertas: la más grande y evidente está cerrada con cadenas; la otra, la que sirve de entrada, es más estrecha y con dos escalones algo desgastados en los que todo el mundo tropieza.
Esta ciudad es así. Sofisticadamente amable, detallista y absurda, tan deslumbrante como imprevisible.
Ilustra: autorretrato transeúnte de Bertini.

domingo, julio 18, 2010

...sueño


...sueño con un viaje: en él hago dos maletas porque así me lo pide el contrato de la agencia.
Mientras doblo la ropa sin demasiada precisión, atropellada, torpemente, pienso en mi madre y su marido italiano, el hombre erguido y orgulloso que alguna vez fue también mi padre. Recuerdo su costumbre de no hablar, su manera algo esquiva de mirarnos, la forma siempre transitoria de su estar y pasearse por la casa de Rivadavia y Salguero -aquella enorme casa a la que alguna vez pude llamar "mía"- durante las pocas horas diarias en que nos concedía una visita, y entonces, sin angustia, me pregunto por qué se habrá quedado en Argentina, tan lejos de su Lucca natal y sus históricas murallas de leyendas y mentiras; unas construcciones tan emblemáticas como inservibles, ya que se mostraron incapaces de detener aquella huida suya, apresurada y sin posible regreso.

...sueño con un viaje: trato de prepararme para un salto de catorce horas sabiendo que la distancia que me separa del lugar adonde voy es mucho mayor que esa, apenas horaria.
Meto en la maleta un Pinocho de madera como exorcismo contra los engaños; los míos y los ajenos. También al señor Increíble, para que me cuide de malvados y delincuentes.
Lo demás, casi todo lo demás, son ilusiones, sentimientos, deseos.

...¿sueño?

Ilustra foto anónima del escritor Samuel Beckett, yéndose.

martes, julio 13, 2010

la edad de una ¿aberración?

¿Cuántos años cumple la homosexualidad?
Extraña ¿aberración? que parece haber nacido con la aparición del hombre sobre la tierra, sino fuera porque está comprobado que en muchos animales existe desde siempre.
Tanto como para que nadie se atreva a asegurar con certeza que los plesiosaurios machos nunca estiraron el largo cuello, al mismo tiempo que agitaban rítmicamente sus aletas, con el sólo objeto de llamar la atención de sus varoniles vecinos de charco, o que ninguna dinosauria algo madura no pudiera tener como objeto sexual un bello y joven ejemplar de diplodocus hembra, avistado mientras comía hierbajos en terrenos cercanos al suyo.
Varios milenios después, en Argentina se discute la ley que permitiría el casamiento entre personas del mismo sexo; una ley que a pesar de los catastrofistas de siempre se implantó en España hace algunos años sin que ninguna de las estructuras familiares tradicionales sufriera menoscabo por ello.
"Estoy un poco sorprendida por el tenor, el tono y el contenido que han tomado ciertos discursos contrarios a esta ley. Es muy preocupante escuchar expresiones como «guerra de Dios», «proyectos del demonio» y otras que remiten a tiempos de la Inquisición", planteó Cristina Kirchner, en diálogo con los periodistas que cubren su gira por la República Popular China.
La jefa del Estado Argentino había roto su silencio sobre la boda gay el viernes pasado en la ciudad de Tucumán, donde se enfrentó duramente con la Iglesia. Desde Pekín, y faltando pocas horas para que el Senado defina la situación, insistió en sus argumentos favorables a la unión matrimonial entre personas del mismo sexo:
"En los Estados Unidos del siglo pasado se consideraba que las personas de piel negra eran inferiores y no podían tener los mismos derechos que los blancos, y hoy un presidente de los Estados Unidos es negro", ejemplificó, y sostuvo: "Cuando esta discusión de tono discriminatorio sea vista dentro de unos años, resultará anacrónica. Sería una distorsión terrible de la democracia que las mayorías les negaran derechos a las minorías".
Es evidente que algunos han lucrado y lucran con las prohibiciones; que lo prohibido sostiene fantasías no siempre saludables y alimentan canciones de pasión desbocada:

Este rotundo bolero, entre romántico y narcisista, es obra de Roberto Cantoral, prolifico autor y cantante mexicano, aunque lo hiciera famoso en su momento la cantante cubana Olga Guillot, icono gay y decidida anticastrista exiliada en Miami, donde acaba de morir de un ataque cardíaco a los 87 años.
Mientras buscaba un tema suyo para ilustrar este adiós, me encontré con la pausada, más mediterránea versión de Serrat, así que la despido con otro de sus grandes éxitos: Tú me acostumbraste, soterrado himno gay de mediados del siglo pasado, cuando todavía se pensaba que la homosexualidad era contagiosa.

Ilustra una escultura de Louise Bourgeois, Seven in bed.

viernes, julio 09, 2010

para verte mejor


No se acercan las fiestas de fin de año, lo se, pero arrastrado por un viento sureño de imprevisibles consecuencias e impreciso destino, vuelvo a la que fuera mi casa natal, mi primera ciudad, mi cuna y mi nido, después de diecisiete años de no estar en ella.
No quiero gritar que estoy contento, no me atrevo a tanto, aunque sí puedo confesar algunos temores, decir que me deseo suerte, convencerme de que en realidad me la merezco y susurrar, para que sólo me oigan los que están más cerca, mis muy queridos íntimos, que estoy -de manera visible, física y espiritualmente- emocionado.

Los mantendré informados. Mientras tanto, por si el fárrago de los próximos días no me permite colgar más nada, los dejo en compañía de esta pareja de grato recuerdo con la voz de Cat Stevens cantando el tema central de la película. Por razones personales difíciles de explicar, unos y otra me recuerdan a Buenos Aires tanto como su obelisco.


lunes, julio 05, 2010

Novedades de temporada Primavera-Verano 2010


La semana pasada presentamos en Barcelona la Antología de Poesía Erótica ERATO.
Pulsando sobre esta misma línea pueden acercarse al evento y ver algunas fotos de los participantes en él.
Hoy por la mañana recibo un email de Sandra Gómez donde me dice:
Hola Dante,
Cacho de Pan ha sido publicado en la edición de La Vanguardia Digital.
En este link encontrará su blog...

Para simplificarlo he agregado la posibilidad de entrar pulsando sobre las palabras coloreadas.
Se agradecerán comentarios acá y allí.
¿O pido demasiado?

POSDATA: Diana, Maribel,Naia, Marina, JNJ, Caruano, Beatriz, Heno, Alfredo:
contesté puntualmente cada uno de vuestros comentarios, los vi subir y ahora me encuentro conque han desaparecido todos...
Fantasmas de Internet?
Un colapso global o sólo parcial, en este blog?
Hasta que me entere de qué va esto, os agradezco masivamente vuestro apoyo y vuestras amorosas palabras...
Abrazos y gracias de nuevo.
Espero que tenga solución!!!

POSDATA DOS: VARIOS COMENTARISTAS HABITUALES Y OTROS QUE NO LO SON, SE PONEN EN CONTACTO CONMIGO PARA DECIRME QUE LES HA SIDO IMPOSIBLE COLGAR SUS OPINIONES EN LA PÁGINA DE LA VANGUARDIA. PIDO DISCULPAS EN SU NOMBRE Y AGRADEZCO A TODOS SU PRESENCIA ALLÍ. (ME) HABÉIS DEMOSTRADO UNA VEZ MÁS QUE NO ESCRIBO PARA FANTASMAS DE MI IMAGINACIÓN. ¡ABRAZOS!

Ilustra: retrato de Sandra Bernhard por Michel Comte

sábado, julio 03, 2010

de molinos y fantasmagorías


Las tonterías dejan de serlo cuando son realizadas de forma atrevida por gente con sensibilidad. Jane Austen (1775 – 1817)

El no ya lo tienes, dicen en España, empujándote desde la aparente imparcialidad de lo evidente a perseguir el sí que supuestamente deseas.
De allí nace, deduzco, la tan mentada furia española, esa testarudez quijotesca que enfrenta a muchos nativos de esta tierra con molinos y sombras chinescas, sin tener demasiado en cuenta las posibles consecuencias adversas.
Yo, hijo del tango rioplatense, melancólica mixtura de mil leches, fusión extraña, se podría decir espontánea, de canción francesa, copla española, fado portugués y canzonetta napolitana, adoctrinado desde la misma cuna para soportar con estoicismo perdedor toda frustración, todo desencanto, soy sin embargo bastante afecto a darme la nariz una y otra vez contra las aspas de la realidad, negándole a esta señora de múltiples rostros una inexorabilidad que enerva mi espíritu, convirtiendo mi razonamiento habitual en materia de dudosa credibilidad y mis temores y prevenciones en residuos descartables de los siempre activos molinos de mi pensamiento.
Ambiciones, orgullos o el amor pasión, ese tan explicado como inexplicable sentimiento -tan mágico que asusta, te hiere pero te gusta, naranja pero limón- suelen ser detonadores de una carga explosiva a la que parece no restar ninguna potencia el tiempo transcurrido, con todas sus sucesivas, y a veces realmente devastadoras, inclemencias.
Es que frente al silencioso, narcotizante paisaje de la cotidianeidad, tal vez necesitemos oir cada tanto el sonido pertubador de nuestro corazón acelerado.
Como escribió Orson Welles, que no Cervantes:
Ladran Sancho, señal que cabalgamos.
Fotografía de Rubén Afanador.

miércoles, junio 30, 2010

muerte y transfiguración (adiós, Tom Nicon)

Miércoles, una mañana idiota, sin distracción ni obligaciones. Había escuchado por radio la noticia del suicidio en Milán de un jovencísimo modelo, Tom Nicon, imagen de la campaña publicitaria de Burberry para su colección primavera-verano de este año. Los comentaristas contaron con la misma expresiva voz que utilizan para vendernos dietas, pilchas o condones, que son varios las y los jóvenes modelos que en los últimos tiempos acabaron con su vida de forma violenta, mientras aprovechaban para arrojarnos encima toda su desgraciada ideología de los ricos también lloran y los bellos también se suicidan.
Ya no logran hacer mella en mi acerado ánimo. Aunque nada me apura, salgo de casa temprano para buscar unas gafas que estaban en arreglo y en el buzón del rellano me encuentro varias revistas de Argentina. Las envía con cierta regularidad una amiga de ochenta y tantos años muy querida. Como cada vez que lo hace, intercala entre sus páginas un buen número de recortes de otras revistas y periódicos.
Un trabajo meticuloso de esta amable, fiel y meticulosa señora, tan cercana a pesar de la distancia, tan familiar sin ser familia; una forma muy gráfica y directa de comunicarnos noticias que supone pueden interesarnos.
Entre las páginas sueltas se destaca un titular catástrofe del diario La Nación anunciando que el fuego arrasó una importante estancia en el sur del país.
Seguramente es una pérdida valiosa e irrecuperable, ¿pero cómo entristecerme por algo que ni siquiera conozco?
Doy vuelta la página. En un alarde de coherencia estilística, detrás de la nota sobre el catastrófico incendio aparecen varias columnas de avisos fúnebres divididas en dos grandes grupos: Sepelios y Participaciones.
Un poco de lo mismo. ¿Cómo dolerme por gente que nunca he conocido?
Miguel Andrés O., alias “Andy”, murió en Estados Unidos. Cinco días después sus restos ya están en Argentina, preparados para descansar en el Parque Los Cipreses de las Lomas de San Isidro. Situación acomodada, pienso. Deja mujer, tres hijos, padres aún vivos; ausencia de nietos o hijas políticas: un hombre de mediana edad, deduzco. Sólo aparece el anuncio de su entierro sin ninguna otra esquela, lo que me hace suponer que tenía muy pocos amigos, o ninguno, en su país natal, que es ahora también el de su última morada.
Alejandra A. R., con sonoros apellidos vascos y una hijita de corta edad, entregó su alma al señor en la provincia de Córdoba. Ninguna empresa se enorgullece de haberla tenido entre sus colaboradores más preciados; ningún compañero de trabajo se lamenta de tan sensible pérdida. Sin embargo cerca de doce participaciones atestiguan el afecto que sentían por ella en su comunidad.
Un tal Lalo F. G. (¿Fernández García, tal vez?) parece haber tenido sólo parientes cercanos y una situación económica nada brillante: esquela de tres líneas y entierro en el popular cementerio de la Chacarita.
Al arquitecto F. P. T. le dedican participaciones un total de diecisiete empresas. Los amigos y familiares son menos, pero ayudan a redondear la treintena de esquelas publicadas, ninguna de menos de cuatro líneas. Un hombre carismático, sin duda.
Sor Felisa del Carmen R. tiene una sola participación: la madre superiora junto a las demás hermanas de la comunidad a la que perteneció, anuncian su partida hacia la casa del PadreEterno.

¿Será que una vida ascética depara poco más que unos funerales sin pompa después una muerte por demás sobria, casi imperceptible?
Foto de Jacob Sutton

Posdata: para que se solacen y gocen, que ya saben: son dos días, los dejo en compañía de Richard Strauss, ilustrado por este jovencito encantador de cuyo nombre no he podido enterarme.

sábado, junio 26, 2010

Los verdes jardines del Edén


El Tasquito nunca se llamó en realidad Tasquito, pero como la hermana tenía un bar- restaurante de comidas típicas argentinas que se llamaba La Tasca, mi grupo de amigos más cercano aceptó que yo lo rebautizara así para recordar sin necesidad de explicaciones de quién estábamos hablando cuando hablábamos de él.
Cosas como estas suelen ocurrir cuando eres el último en llegar a un edificio, a una escuela, a una oficina, a un grupo nuevo de cualquier tipo y calaña o a un país que no es aquel donde naciste. Pagas derecho de piso, aceptando que te traten como buena o malamente se les canta tratarte a aquellos que llegaron primero que tú.
Conozco de cerca todo esto. Soy un inmigrante algo inquieto: cambié varias veces de trabajo, de casa, de ciudad, de amigos. Una mujer desatinada y con malas intenciones que tuve como vecina en el barrio gótico de Barcelona, solía poner como excusa para sus habituales atropellos el plácet que le daba haber llegado antes que nosotros a esa calle que sin ella y con un mínimo empeño por parte del Ayuntamiento, hubiera sido una auténtica delicia.
El Tasquito -hasta ahora mismo había olvidado su nombre real, pero ahora creo recordar que se llamaba Marcelo- era un inmigrante provinciano en Buenos Aires; un tipo "del interior", como solemos decir los porteños, dando por sentado que nosotros, los de la capital, somos el punto medio perfecto, equidistante de los cabecitas negras de la provincia por el lado más oscuro y de todo el resto del mundo por ese otro costado, generalmente tan idolatrado como desconocido, al que por un sinfín de razones raciales o geopolíticas nos vimos obligados a ubicar en el mismísimo y alejado exterior.
El Tasquito era un tipo educado, suave, de pocas palabras, con unos ojos pequeños de mirada ácida y color meloso. El dibujo de su boca de labios finos no solía desmentir aquella acidez, sí cualquier tipo de dulzura. Vivía solo, sin pareja ni amante estable, rodeado de una bandada de muchachos que rozaban la minoría de edad y respetaban todos los cánones de la belleza adolescente clásica, aunque pasada por el pincel cinematográfico, tan de moda entre algunas minorías, del polifacético e iconoclasta Pier Paolo Pasolini.
En el apartamento del Tasquito, de paredes grises, despojado de muebles, de cuadros y de objetos superfluos, nunca faltaba la música de moda, las bolsas de patatas fritas, la cerveza, las botellas de cocacola familiar y dos o tres camas para que pudieran quedarse a dormir, o a retozar si les apetecía, algunos de sus muchos amigos.
Uno de ellos insistió una noche en vestirme con su ropa. Teníamos planeado ir a un cine del centro y supongo que mi estilo desaliñado -"¡de lo más neoyorkino, querido!", según Marta Minujin, la vedette platinada del arte pop argentino- no le parecería apropiado para tal evento. Maxiabrigo negro, botas con tacón, sombrero de fieltro y: ¡a la calle, mi niño, que se nos hace tarde!
Está muy bien disfrazarse cada tanto. Nos da idea de lo frágil que es esa imagen nuestra que tanto atesoramos. Te dejas un bigote o cambias el corte de pelo, te pones camisa, chaqueta y corbata y ya no eres el mismo. Nadie te reconoce, ni siquiera el espejo de cada mañana.
Aquella era una época dura para mí; necesitaba un cambio, esperaba un milagro.
No me lo trajo aquel abrigo que me llegaba hasta los tobillos, por supuesto; tampoco el borsalino de fieltro oscuro echado sobre los ojos ni las botas de cuero con alzas de varios centímetros.
Lo hizo aquel consejo que me echó a la cara una amiga eventual, de esas a las que sólo te encuentras en las fiestas o en los velatorios, el día que la encontré por casualidad en la Galería del Este de la calle Florida:
-No te preocupes más... Ocúpate.
Poco después superé aquel desaliento que me hacía ver sólo oscuridades y desastres y empecé a ocuparme con seriedad de mí. El amor llamó a mi puerta una tarde de lluvia y con la excusa de que no se le mojaran las plumas del carcaj, se quedó a vivir varios años bajo el paraguas del que esto escribe.
Fue un idilio de puertas adentro. No salíamos demasiado y rara vez nos visitaban, o visitábamos, amigos. Las calles ya no estaban seguras. Mientras grupos de mafiosos con las caras cubiertas a medias por pañuelos blancos se paseaban con total impunidad por ellas, escudándose tras premisas ideológicas de distinto signo y empuñando mortíferas armas de fuego de caño largo y gatillo fácil, por todo el país se sucedían atentados, desapariciones y secuestros.
No volví a la casa de mi amigo el Tasquito hasta mucho tiempo después y fue para despedirme, poco antes del viaje que me trajo a Europa.
Él seguía tan delgado y nervioso como siempre, con ese aire esquivo que lo hacía inasible y los mismos rasgos regulares de Jean Pierre Leaud, el actor fetiche, su Antoine Doinel, para el Francois Truffaut más autobiográfico. Nos quedamos un buen rato mirándonos sin decirnos nada y cuando finalmente me hizo pasar, encontré que en su pequeño apartamento todo estaba muy cambiado.
Ya no había jovencitos de buena hechura revoloteando por los rincones y la única cama de la casa, estrecha, de una plaza, ocupaba apenas un rincón de su dormitorio, alejado de las ventanas. Todo lo demás eran grandes macetas con plantas exóticas de diferentes especies y tamaños.
-He dejado la cerámica, -me dijo-. Quiero dedicarme a la jardinería.
Tampoco se escuchaba como fondo sonoro a Janis Joplin, Cat Stevens, los Rolling Stones, Police o The Who.
-No, no, si a mi me siguen gustando, no te creas, pero a ellas -y señaló a las plantas con un mínimo gesto de su cabeza- las pone muy nerviosas toda la música pop... Se les caen las hojas, generan pulgones... Crecen mejor con Debussy y se vuelven más verdes, se las ve más erguidas, cuando escuchan a Satie, a Cesar Frank, a Schubert... Aunque, te soy sincero, si no fuera que me agobia escucharlos una y otra vez, lo que de verdad prefieren son los Juegos de agua de Ravel tocados por la Martha Argerich.
ilustra: foto publicitaria de Jean-Pierre Léaud publicada en la revista Elle.

jueves, junio 24, 2010

En el País de las Pesadillas


Estrella oscura la de esta semana. ¿Tal vez definitivamente apagada?
No me importaría, debo confesarlo. Nunca me gustó demasiado el señor Tim Burton. Sus cuentos morbosos, perversos, con grupos humanos siempre al borde de la desintegración y personajes extravagantes que bordean la catástrofe final mientras desfilan con apostura de top model marginal entre los crudos avances apocalíptico del telediario del mediodía, me suenan a glamurosa impostura. Los cuentos de un buen burgués acomodado que reúne a otros amigos de su misma calaña para comer, beber, consumir alguna droga relativamente controlable y asustarse un poquito en buena compañía con la narración de mundos más bizarros que alternativos, de atildado look new age, apariencia rebelde y diseño satinado-freak de lujo.
No quería ver esta película, lo juro. La Alicia de Carroll en su idioma original me resulta demasiado compleja y cuando la he leído traducida a nuestro idioma la encuentro bastante sobrevalorada. Hace años y en un cine de la calle Corrientes porteña, vi la versión dibujada de Disney, uno de sus mayores fracasos de taquilla junto a Fantasía, auténtica joya del cine de animación para niños y adultos. Por aquel tiempo era un jovencito muy tímido y, algo avergonzado por mi falta de gusto y mi notable ausencia de criterio, tuve que callarme la boca cuando todos los entendidos de mayor edad -leáse críticos- decían que era una bazofia más de la factoría Disney, que por enésima vez el cine estadounidense se cargaba un clásico de la literatura universal convirtiéndolo en un edulcorado pastel de bodas. Yo estaba prendado de la imagen de Alicia recostando su desmesurada cabeza sobre un campo de margaritas y eso me bastaba para encontrar preciosa toda la película.
Cuando vi los adelantos promocionales de esta adolescente Alicia Burton, me dije: "no cuenten conmigo, no pienso gastar un solo euro en vuestro atroz engendro".
Pasó el tiempo y una tarde de la semana pasada un amigo que estaba obligado a verla por razones intelecto-laborales, me invitó a acompañarlo. Primero dije "no" y un minuto después pensé: "no deberías dejarte llevar por lo que puede ser solamente un prejuicio: recuerda que Big Fish y Eduardo Manostijeras te gustaron mucho, que el Cuento de Navidad y La Novia Cadáver son realmente magníficas".
Para darme más fuerzas traté de engañarme conque la tercera dimensión agregaba un punto de interés a la obra de Carroll-Burton y decidí acompañar a mi estudioso amigo. Como era de suponer, el engaño tridimensional duró apenas unos minutos y de él quedan, como incómodo recuerdo, unas gafas especiales que no me atreveré a tirar y acabarán en el fondo de un cajón junto a otras muchas cosas igualmente descartables, igual de inútiles.
¡Vaya porquería, vaya!
La metamorfosis de Kafka convertida en El ataque de las cucarachas extraterrestres.
La tempestad de Shakespeare devenida La Tormenta Perfecta 2 y su Sueño de una noche de verano adaptada como la comedia musical sobre patines: Fiebre del sábado noche en un verano caliente.
Sin embargo no todo es execrable para mí en esta obra literaria clásica, convertida por obra y gracia de la troupe Burton en un futuro juego más para la insaciable PlayStation.
Del más que probable, piadoso olvido, me gustaria salvar algunas caracterizaciones (la Reina de No Corazones, el superficial sombrerero Deep), todo el vestuario entre festivalero y andrajoso y la ironía que implica mostrar el castillo de la malvada, cabezona Reina Roja, con casi el mismo perfil-logotipo de la Walt Disney Productions.

Posdata: soy consciente del festejo de hoy, San Juan.
Anoche estuve de verbena (gracias otra vez, Al-Beth) y no tiré petardos; me molesta mucho el ruido, lo detesto.
Tampoco encendí hogueras. Las cosas que podría quemar no las tengo a mano o son inmateriales.
Esta mañana, nada más despertar, me enteré de los 12 muertos de anoche: todos latinoamericanos, jóvenes y posiblemente muy ilusionados con aquello de que "en la noche de San Juan, cómo comparten su pan, su mujer y su gabán, gentes de cien mil raleas".
Ellos compartieron apenas un gesto de estúpida desobediencia a la ley que prohibe atravesar las vías del tren y esa habitual arrogancia juvenil que los hacía sentir intocables. Después de escuchar la noticia del atroz accidente, encendí dos velas, fuego al fin, para recordar a mi padre ya muerto, don Giovanni Dante, y a la docena de muchachos que ya no verán nunca más un mes de junio, ni otra luna de Sant Joan junto a la crepitante luz de sus fogatas.


Ilustración de Roberto Cubillas: Vecina.

domingo, junio 20, 2010

salir, salir, salir? (2)

...como les contaba en el post anterior, la semana pasada, convaleciendo aún del virus impreciso, seguí saliendo casi cada día. Siempre lo hago. No es que las otras semanas de mi vida las haya pasado encerrado en un armario -creo que nunca estuve dentro de uno y si lo hice fue para hurgar entre las prendas íntimas de mis numerosas tías-, cuando hablo de salir estoy refiriéndome a esas salidas extras, lúdicas, ajenas al programa habitual de nuestras vidas, donde salir significa ir al trabajo, a los lugares de estudio, al hiper-super-mercado abastecedor de comida o al banco más cercano.
Salí por salir, -y estoy intentando continuar con mi cuento sin más vueltas-, para ver el espectáculo de Cristina Hoyos, Café de Chinitas, en el recién inaugurado teatro Arteria de la avenida del Paralelo, en el mismo espacio que ocupaba el Studio 54 barcelonés, discoteca top de finales de los ochenta.
Invitado por la fotógrafa Colita, que, pródiga y prodigiosa, repartió 180 entradas entre sus amigos y conocidos, tuve suerte otra vez: segunda fila de platea.
No hay mentiras sobre este escenario, sólo espectáculo. Todos se dejan la piel y lo hacen con esa elegancia racial y apasionada del auténtico flamenco. Si no lo vieron ya, no se lo pierdan. La mañana del jueves volví a salir y lo hice para el preestreno de un filme argentino, cinéfila perversión a la que me habituaron mis dos experiencias como jurado en la Muestra de Lleida. Antes de esto me hubiera parecido atroz encerrarme en un cine poco después del desayuno. Allí, en Lleida, me acostumbraron a ver películas dramáticas con un cruasán en la mano, a reírme mientras untaba mantequilla y miel en una tostada, a derramar lágrimas sobre un vaso de zumo de naranjas recién exprimidas y a lanzar un comentario sobre la calidad de un trabajo artístico mientras revolvía la segunda taza de café con leche.
Preestrenaban Dos hermanos en el Florida Blanca y se anunciaba la presencia del director de la película junto a una de sus dos estrellas protagonistas: Graciela Borges. Fui, por supuesto, aunque tuve que hacerle una contra asana -algo así como un corte de manga- a mi clase semanal de yoga. Graciela es una verdadera diosa en la Argentina, amada y denostada con el mismo y habitual fervor nativo, y a mi me apetecía ver de cerca, aquí y ahora, a una mujer que siempre había visto en pantallas o desde prudencial distancia, paseando, oculta tras unas enormes gafas de sol, por aquella Galería del Este de mis primeros escarceos artístico-sociales: una versión particular, adaptada a los tiempos del pop, del tanguero Cafetín de Buenos Aires.
La película es recomendable sin ser perfecta. Como a todas las que veo últimamente le sobran algunos minutos de metraje. Quizá sea yo el que estoy perdiendo la paciencia y no los directores su capacidad de síntesis. Muestra un Buenos Aires espléndido, un Uruguay entrañable y dos actores de enormes recursos interpretando a esos hermanos que, como buenos neuróticos argentinos, aman y odian sin diferenciar con precisión ambos sentimientos. Al final de la proyección, mucho después de la hora pactada, llegó Doña Graciela. Gafas de sol enormes y una blusa con dibujos dorados que la hacían brillar como una estrella sobre el fondo oscuro de una de las salas del Florida Blanca. Pidió disculpas con su voz pastosa de inconfundible deje "Barrio Norte porteño" y nos comunicó que aquel día era muy especial para ella: cumplía años, 69, estaba lejos de su casa y recordaba a tres amigos que habían muerto en las últimas semanas. Enseguida pidió disculpas, dijo "nunca me pasan estas cosas" y yo, que estaba a pocos pasos de ella, pude ver como le caían lágrimas gruesas y atropelladas por ambas mejillas. Entrañable. Cuando terminó de contestar unas pocas preguntas, me acerqué hasta donde estaba para presentarme. Se sacó las gafas y me abrazó sin poner barreras, ralajada y entregadamente, mientras me hacía una pregunta que me hacen siempre otros argentinos de paso por Europa:
-¡Tantos años fuera, querido! ¿Cuándo vas a volver?
Si tuviera alguna respuesta se las daría. A falta de ellas, por lo general utilizo un gesto que consiste en fruncir los labios y encoger los hombros.
Creo que es mi forma de decir: ¿volver adónde?
Tal vez si supiera a qué lugar de mi vida quisiera volver, podría contestarles con palabras y no utilizando esos gestos que hasta para mí son imprecisos.

sábado, junio 19, 2010

salir, salir, salir...


"La tristeza no me deja, no me deja caminar...", cantaba con desganada alegria un conocido conjunto de cumbia cuando yo era un pibe porteño que se dormía, igual que lo hago ahora, escuchando programas de radio de la más diversa catadura.
Estos días, los de la última semana, apenas llegado de la imperial Madrid, fui atacado por un virus que se aposentó en mis pulmones, para desde allí atacarme los oídos, los ojos, la nariz, en suma, toda la cabeza, y, como tal vez este gran espacio le quedaba algo pequeño o quizás con la enferma intención de dejarme un poquito más lisiado, contracturó al mismo tiempo mi zona lumbar y sensibilizó dolorosamente mis cervicales y desde allí todo mi espíritu.
Según me dijo el médico que mandó a casa el seguro privado -un simpático croata pelilargo con ropa y modales a lo Gran Lebowsky- se trata de un virus de nuevo diseño, y yo, que soy muy afecto a las tramas de suspenso ligeramente paranoides, empecé a imaginar que quizás el mío fuera el mismo virus ignominioso y posmoderno que atacó en los últimos tiempos a casi todos los políticos, a los directores de banco, de teatros municipales y sociedades civiles, a muchos artistas e intelectuales y a un sinfín de periodistas y comunicadores mediáticos. Algo parecido a una Invasión de los Ultracuerpos 2010, ¡el cielo nos proteja de semejante oprobio!
A mi la tristeza no me ataca el andar, o eso parece al menos, ya que esta semana de horas bajas, críticas, muy tristes, fue de salir y entrar y entrar y salir constantemente. No se si todo empezó el lunes gracias a Zizek -el filósofo con más rating del momento- y su larga charla en el Instituto Francés de Barcelona, con sala a tope y lenta cola de asistentes formando una apretada espiral, tan propia de las elucubraciones del lacaniano-esloveno.
Se hablaba del porvenir de la revolución y de qué se puede hacer con este futuro que parece no tener futuro, y cuando logré ubicarme, muy bien desde ya, en la tercera fila al centro, el gran gurú de nuestros días ya estaba en el escenario desplegando tics e ideas a una velocidad inalcanzable. Flanqueado por dos circunspectos muchachos que parecían sus abnegados padres, sus orgullosos profesores o los dos ladrones célebres, uno bueno y el otro ¿peor?, colgando uno a cada lado del Cristo Redentor en el Calvario, San Zizek decidió utilizar para su Sermón del Escenario ese inglés universal que han dado en llamar globish, mientras por los auriculares nos repetían sus palabras en un pulido catalán universitario, tanto como los dos jóvenes guardaflancos del escenario: el de la izquierda con aspecto de licenciarse en Económicas, el otro, sentado a la derecha, con barba, pelo largo y escribiendo esforzadamente con la mano siniestra.
No entendí demasiado, lo reconozco. Soy más visual que auditivo, y los constantes movimientos de cabeza del conferenciante, unidos a los de las manos, que atuzaban sus bigotes, recorrían sus labios, remarcaban las aletas de su nariz u ordenaban una y otra vez los folios desplegados sobre la mesa, me distraían tanto como una mosca a un gato. A pesar de estos momentos de felino extrañamiento, me quedé con eso de las creencias en las que nadie en realidad cree -Santa Claus, los Reyes Magos, la herradura portadora de suerte, la infalibilidad de nuestra democracia- pero que conforman una trama de secretos compartidos por toda la sociedad, alienándola en estructuras simbólicas alejadas del saber científico. Aunque en tren de quedarme con alguna cosa, me quedo también con sus citas cinematográficas y literarias, con sus vuelos rasantes sobre los dominios de Hitchcock o de Francis Ford Coppola (The Conversation) y esa frase de Samuel Beckett en la que el autor de Esperando a Godot aconsejaba: "lo mejor frente a un error es intentarlo nuevamente, para de esa manera volver a errar con más acierto".
Llego hasta aquí y miro hacia arriba: el post sobre mis salidas de esta semana se ha hecho larguísimo sin pasar del lunes y los probables lectores, si es que aún existen, se aburrirán por el camino. Tendré que contarles mi periplo semanal en más de un capítulo; puntata, que dicen mis ancestros.
¿Derrocho palabras? Aldo Busi, literato mediático italiano, me ha dicho ayer mismo, apoltronados ambos en los verdísimos jardines del Ateneo Barcelonés, que él nunca escribe ni escribirá en Internet; que sus divinas palabras no las regala jamás, sólo las vende por un buen montón de dinero. Y da como ejemplo su última intervención literaria: un mes entero en la versión italiana de Supervivientes le ha reportado casi medio millón de euros.
Si es que algunos somos tan ingenuos...

Ilustra retrato de Zizek, Veri(tas), por D/B.

domingo, junio 13, 2010

Tragedia griega


Si los griegos cobraran derechos de autor por el complejo de Edipo, solucionarían para siempre todos sus problemas económicos.
(Una humilde aportación a las campañas recaudadoras de CEDRO)

viernes, junio 11, 2010

un ave de ida y vuelta (tres)



...paso una y otra vez frente al elefante acróbata de Barceló instalado en la explanada delantera del edificio de Caixa Forum: "Gentileza del autor" dice un pequeño cartel al costado de la elefantiásica pieza y yo me pregunto si quedará allí definitivamente, porque si fuera así, ¡qué regalo exquisito para la ciudad este enorme gesto, irónico y festivo, del inagotable mallorquín! Barcelona, tan pobre en esculturas de calidad, no ha logrado nada parecido de este artista supuestamente cercano, y el gato gordo de Botero, callejero al fin, desprovisto de dueño, deambula de un lado a otro sin encontrar un destino definitivo donde aposentarse.
Finalmente, el último día de mi viaje entré a ver esta exposición retrospectiva y, entre todas las obras expuestas, volví a elegir, ya que nadie iba a cobrarme por hacerlo, el gran lienzo con tomates cortados, y recortados, (ver foto) sobre un fondo al que podría llamar con total impunidad blanco, si no fuera porque recuerdo aquel texto de Borges donde lo matizaba, como Barceló, de acuerdo a sus mil variantes posibles.
A unos metros de allí La Fábrica exponía fotografías de Diane Arbus, otro viejo conocido mil veces frecuentado; de esos que ya no te sorprenden, pero a los que siempre alegra, aunque resulte paradójico por la incisiva crudeza de sus temas, volver a ver una vez más. Era consciente de otra paradoja: me estaba despediendo de la colorida, luminosa y libresca ciudad rebosante de primavera, con aquel cortejo de fantasmales presencias fotográficas.
Un momento antes había dejado mis trastos en la consigna de Atocha y gastaba mis últimas horas de Madrid por las cercanías de la estación, con la misma sensación de permisible despilfarro conque se gastan los últimos centavos de una moneda extranjera de imposible uso en nuestro lugar de origen.
Esa misma mañana, mientras desayunaba en la Plaza de la Plateria, rodeado de gorriones espabilados (¡piaf, piaf!) que roban de los platos apenas te descuidas, y de gente amable con caras humanas que repetían en plan slogan, desde sus negras camisetas impresas, un texto del Romeo y Julieta de Shakespeare -"Lo que el amor puede, el amor lo debe intentar"-, había recibido una recomendación pictórica y un florido consejo: "tendrías que acercarte hasta la rosaleda del Botánico, aquí enfrente mismo, girando a la izquierda".
Me gustan las rosas y tenía pensado dar un paseo hasta el Palacio de Cristal, así que, por supuesto, fui hasta ellas. Vi mariposas y mirlos, cuadrillas de muchachos silenciosos camuflados de hoja ocupándose de la jardinería, señoras charlando animadamente debajo de árboles majestuosos y sobre todo muchísimos gorriones (¡piaf, piaf!) dispuestos a no dejarme olvidar del espectáculo, ¡Piaf!, que había visto la tarde anterior.
Dejo para el final mi encuentro con la magia imprevisible del teatro, que en este caso estaría presente inclusive más allá del escenario -un despliegue de talento que quizás, por despiste o ignorancia, pasará desapercibido para el gran público de España-, una magia a la que podríamos poner muchos otros nombres, pero, se llame de la manera que nuestras creencias permitan o decidan llamarla, estuvo presente en todo lo que sucedió la tarde del domingo a partir de mi llegada al Nuevo Teatro Alcalá, un espacio cómodo, precioso, entrañable y con una ubicación realmente privilegiada.
Todo comenzó cuando acerqué los labios al cristal separador de la taquilla para pedir lo que deseaba:
-Una entrada, por favor...Elija usted una desde donde se vea bien, que no conozco el teatro... y que además no sea de las más caras...Vengo desde Barcelona.
El taquillero me mira sin decir una palabra y me alcanza un trozo de cartulina por debajo del cristal:
-Llévate ésta. Lo verás muy bien, te lo aseguro.
-¿Primera fila del anfiteatro? Arriba? ¿No será muy lejos?
Sonríe ahora, el boletero con gafas:
-Te aseguro que lo verás mucho mejor de lo que puedas imaginarte.
Cuando una hora después entrego la entrada en la puerta principal del teatro, el joven receptor me dice:
-Aguarde un momento aquí. Ahora vendrá una compañera para ubicarlo.
La compañera es joven, bella y muy simpática; ágil, a pesar de su muy notable embarazo.
-Buenas Tardes, señor. Tengo una oferta para hacerle. Si no le molesta lo puedo ubicar en platea. Hay algunos espacios libres.
Digo sí, por supuesto. Fila cinco, primer asiento del pasillo izquierdo. Una posición inmejorable.
El montaje es perfecto, un prodigio de ritmo, iluminación y puesta en escena. La visión de los entretelones vitales de la Piaf es discutible, aunque se entiende porque la autora, Pam Gems, es inglesa y el gorrión de París sigue siendo uno de los símbolos sagrados de la nación francesa, esa amistosa enemiga.
Todo el público aplaude en pie. Fin del espectáculo.
Cuando salgo al foyer la guapa embarazada me pregunta mi opinión sobre la obra:
-¿Y, le ha gustado?
Asiento con auténticas ganas y un segundo después, como Borges y Barceló, matizo. Hablamos un rato sobre los proyectos futuros de la compañía y entonces me entero que no montarán la obra en Barcelona: cuando acabe la temporada de Madrid piensan dejar de representarla. Elena Roger vuelve a Londres para otro montaje inglés, gran parte del elenco retorna a su ciudad de origen, Buenos Aires, y sólo dos o tres de los bailarines piensan tentar suerte en Europa.
Antes de despedirme, le digo:
-Gracias por todo...y que el niño o niña llegue con mucha felicidad.
-Es un niño, ya lo sé- me dice contenta-. Se va a llamar Dante.
Escalofrío, vellos tiesos como espinas, incredulidad, emoción, asombro.
Le paso una tarjeta de primavera-verano:
-Es que yo también me llamo Dante... Es inaudito!
Nos tocamos las manos para alejar cualquier sospecha de alucinación y después de contarnos emocionados algo más de nuestras vidas, decido dejarle un volumen de amorimás que llevaba en el bolso. En la primera página escribí, sin que me ella lo pidiera, una dedicatoria:
"A Damiana, pero sobre todo, y perdón por esto, al futuro Dante".
Un delicioso viaje este que hice por Madrid.
Habría que creer un poco más en la bondad de los extraños.

Fotos de Bertini: Arbus and me, Charla-Botánico, Barceló-tomates, RomeoJulieta, Roger-Piaf.

miércoles, junio 09, 2010

un ave de ida y vuelta (dos)

No se en cuál momento exacto del relato madrileño abandoné el post anterior...y, lo reconozco, tampoco quiero saberlo.
La vida, y nuestros sentimientos, cambian por segundos. De pronto la euforia que me acompañaba se ha esfumado y no por eso voy a considerarme bipolar: hoy mismo, en dos blogs amigos se anunciaban muertes y hace unos minutos, por televisión, acabo de ver una película argentina realmente triste. En ella hay un grupo de gente que, desde Buenos Aires y Madrid, suelta globos cargados de deseos cada 31 de diciembre, con la ilusoria pretensión de que se encuentren en algún lugar del universo.
No lo hacen, por supuesto.
Es que, por mejor intención que le pongamos, por más gas que utilicemos para inflar nuestros deseos, hay encuentros realmente imposibles... Lacan dixit. Un domingo en otra ciudad nunca es domingo. Cuando estás en tu casa, los domingos conservan siempre su calidad de fiesta familiar; aunque no quieras enterarte, aunque pretendas negarlo. Invitas amigos, sales a comer fuera, te inventas un programa diferente, algún festivo y por lo general intrascendente programa de domingo.
Este domingo me encuentra solo en una ciudad por la que me puedo mover con la tranquilidad conque podría moverme en casa de un amigo muy cercano: relajadamente, sin miedos, con absoluta libertad, aunque sin usarle los chanclos y los calcetines al dueño de casa ni atreverme a abrir los cajones de su mesa de trabajo para curiosear dentro. Estoy decidido a ver Piaf esa misma tarde, a las 19.30. Es para mí la única función posible y no pudo perdérmela, así que me acerco al teatro para comprar una entrada. Podría haberlo hecho por teléfono o por Internet, pero prefiero la gestión directa: me permitirá conocer mejor el espacio, elegir dónde quiero sentarme. Una equivocación: la taquilla no abre hasta las cinco de la tarde. Voy a desayunar cerca del Parque del Retiro, a un Café dell'Arte de la calle de Alcalá. Ella es, junto a Serrano, Lagasca y la Gran Vía, una de mis favoritas. El café es buenísimo: de marca italiana y hecho por expertos. Para ser coherente pido también un sandwich tostado de mozzarella, tomate y jamón dulce. Italiano lo llaman ellos y está tan bueno como el café. Me siento en la terraza, al sol, comprobando que el de Madrid no escuece tanto como el de Barcelona. ¿Se hace necesario aclarar que no pretendo hacer con esto una competición solar entre dos ciudades demasiado afectas a las competiciones? Es poco más que un comentario epidérmico, sin mayor trascendencia. Como no tengo diario, bloc ni libro en los que escudarme, me ocupo en saborear lo que he pedido mientras miro la gente que pasa a mi lado: estoy sentado a pasos de una esquina de mucho tránsito, rodado y humano, y el movimiento, incesante, variopinto, jamás llega a ser caótico, atropellado, molesto. La gente está viviendo su mañana de domingo; una jornada poco particular, como tantas otras de su vida. Pasan con perros, con niños, con sombreros y gorras, con plantas, paquetes y periódicos. Un tipo muy acicalado lleva entre sus manos un pequeño ramo de flores muy grandes: dalias o crisantemos de colores brillantes. Lo exhibe delante de su cuerpo, como un Rey Mago doméstico, entregado a su papel de portador de mirra o de incienso. Hay alguien que será ¿sorprendido? por aquella ofrenda: ¿madre, hermana, amante, amigo? No me decido por ninguna opción, y cuando giro la cabeza para tratar de descubrir en las formas dorsales del portante al posible destinatario del regalo, mi mirada se cruza con la de una mujer morena que está escribiendo en otra mesa. Me acerco para pedirle una hoja de su bloc en espiral: he salido sin papel en blanco y quisiera anotar algunas cosas para que no se me pierdan para siempre en medio de Madrid. Apenas han pasado unos segundos y ya me encuentro sentado a su lado, enterándome de que soy un mediador, no un líder, y que mi labor sobre la tierra es la de servir como puente transmisor entre lo nuevo y lo viejo, entre el pasado y el futuro.
"Sin embargo", me dice, "no te confundas. Lo único que existe es el aquí y ahora". Es mexicana, hija de judíos franceses y se enorgullece de haber vivido por todo el mundo, deteniéndose particularmente en sus felices 24 años neoyorkinos, sus tres no tan felices en Barcelona y los varios que vivió en la India, dedicada al estudio de las enseñanzas y prácticas budistas. Le dejo una tarjeta de otoño-invierno para que se comunique conmigo. Se llama Sara, según me dijo, y no se si algún día volveré a tener noticias suyas. Mientras me explica su concepción de un nuevo mundo, suena el teléfono y Nuria me dice si nos encontramos un poco más tarde para comer juntos. Nos citamos en la Puerta del Sol y camino hasta allí alegremente, con alas en los pies, como un Hermes sin acento. Tanta ligereza se debe, estoy casi seguro, al perfume que me puse antes de salir: un Hermés de su línea verde. Este sí con acento en la segunda E, espléndida mezcla de maderas nobles con aromas cítricos, ácidamente frutales.
Nuria insiste en mostrarme el Casino de Madrid por dentro. Parapetado tras un mostrador que imagino de mármol, nos espera un tipo joven y relativamente guapo, de uniforme (¿verde?) a la inglesa y con la piel y el pelo notablemente grasos. No quiere que veamos nada de lo que hay dentro y aunque Nuria insiste en mostrarme los salones con la excusa de que soy un turista extranjero interesado en verlos, el portero uniformado es inflexible y repite no, no y no, como si de una cupletista antigua se tratara.
-Vamos -digo yo- porque si no me entrarán ganas de decirle que un lugar con tantas pretensiones debería cuidar mejor la limpieza, sobre todo en los caminos de alfombra de sus escaleras.
Al pan, pan, y al vino, vino. A la simpatía simpatía y a la necedad lo que le corresponde.
Desde allí, riéndonos, nos vamos hacia el Palacio de Oriente, con sus jardines bien cuidados y sus estatuas reales, que según me cuenta Nuria, estaban ubicadas en las alturas mismas del monumental edificio, hasta que una de las coronadas reinas tuvo un sueño en el que los conviados de piedra caían sobre su cabeza y, entre atónita y aterrada, decidió situarlas más a ras de tierra, bien por debajo de donde dormía.
Mientras los parasoles de las tabernas cercanas despiden nubes de agua fresca sobre nuestras cabezas, coros de jóvenes cristianos refrescan sus creencias cantando himnos litúrgicos junto a los canteros florecidos. Inspirados y hambrientos, nos zampamos dos buenos platos de ensalada verde copiosamente regados con claras bien frías, mientras yo decido que la narración de este corto viaje a la Capital del Reino se alargará un poco más de lo que en un primer momento había pensado.
¡Hasta la próxima, amigos!
Fotos de Dante Bertini: Viena dreams, elefante Barceló, Piaf, espaldas

domingo, junio 06, 2010

un ave de ida y vuelta

...llego al hotel pasadas las once de la noche: doce horas en la calle, casi sin descanso y con alguna que otra emoción intensa, aunque suficientemente controlada, por medio.
Me desvisto, enciendo la tele, un vicio, y mientras me siento frente al ordenador para ver quienes andan por mi correo, saboreo un zumo multifrutal con acento italiano y unos anacardos salados: otro vicio... y ya van dos.
Por la primera cadena están pasando por quincuagésima vez Pretty Woman. La pesco al final, en el momento en que una voz masculina en off dice: Esto es Hollywood y aquí todos tienen un sueño: ¡sigan soñando!
Se equivoca en lo que a mí respecta. Esto no es Hollywood, sino Madrid en verano: la mismísima capital de España que, florecida y oronda, atraviesa una crisis, un puente, una Feria del Libro y mi inesperada presencia -según Zbelnu, "en plan explorador"- por la espaciosa calle de Alcalá, aunque, en mi caso, sin falda almidoná, nardos apoyados en la cadera ni caballero alguno dispuesto a recibir fragancias florales de mis poco manicuradas manos.
Algo alejadas del chotis y las floristas zarzueleras, las calles de la ciudad están atiborradas de gente llegada de algún lugar distante y muchos lo demuestran hablando idiomas que no son el castellano, ni ningún otro de los que suelen hablarse por la multilingüe España.
¡Sigan soñando!, la frase es como un eco en mis oídos, y pienso si podría servirme también a mi, transeúnte ilusionado de una ciudad que siempre reconozco distinta, creciendo y modernizándose; arriesgado, resbaladizo concepto este último, que tiende a confundir más de una vez la insoslayable necesidad de ponerse al día con la cursilería de los diseños rebuscados que casi nunca tienen en cuenta a los humanos, no siempre debidamente actualizados, que deberán usarlo.
¿Qué contarles? ¿Que paré en un aparthotel de Chamartín donde me trataron más que bien? ¿Que visité la Feria del Libro a media tarde, con un calor y un sol de esos que por aquí llaman de justicia y al que yo llamaría de castigo? ¿Que por allí, entre puestos de libros y otros de cerveza y granizados, caminé hasta gastarme los zapatos, aunque en ningún momento llegué a luxarme la muñeca firmando volúmenes, ya que somos noventa los autores -en tres lenguas distintas- convocados por la poeta y traductora Pura Salceda para su Antología de Poesía Erótica y entre todos nos repartimos alegremente el, por otra parte nada excesivo, trabajo del autografiado?
Podría contarles todo esto, en realidad ya lo hice, pero es sólo el principio, la primera tarde de un viaje corto, para mi gusto muy bien aprovechado.
En un blog cercano en muchos aspectos -el Crucigrama de Isabel Núñez-, la vibrante autora de La plaza del Azufaifo cuenta una experiencia que vivimos juntos y con nocturnidad, aunque bien alejada de toda carga criminal. Ella, toda de negro vestida, pasó a buscarme por Hub, un acogedor centro cultural independiente con olor a maderas frescas, recién cortadas, donde yo, por lo general esquivo, había llegado de la mano de Nuria de la Cal, actriz, escritora, animadora cultural y, por estos días, encantadora compañera de pequeñas aventuras urbanas. Nuria insistió bastante hasta que dije "sí, vamos". Ella suponía que podía gustarme la actuación de Esfumato, un dúo musical perfomático y -poco después pude comprobarlo- original, carismático y talentoso. Yo temía que concierto alternativo y humo superlativo fueran inseparables; estuvieran, como suele ser habitual, juntos. Me encontré con un garaje reciclado en espacio de arte, diseño y nuevas búsquedas, donde no está permitido fumar y por módicos diez euros te ofrecen una copa, cositas suaves para distraer el hambre y un espectáculo en vivo con placer asegurado.
Estaba terminando el recital cuando partí de allí con Isabel, y, decididos ambos a darle más marcha a nuestras feriales piernas, remontamos a pie y contracorriente los populosos ríos centrales del sabático Madrid nocturno, cruzándonos con parejas de góticos ennegrecidos, chicas y chicos en plan Saturday Nigth Fever, los esperanza-desorientados turistas de siempre y un sinfín de colgados urbanitas con distintas adicciones y la misma desesperación sin frontera en la mirada. Cuando logramos encontrar a una pareja de madrileños que supo decirnos donde estaba el lugar que buscábamos ya se había hecho la una y mi necesidad de juerga estaba atravesando su punto más bajo.
En suma: escapé de aquel dancing-bar de humos malsanos a los diez minutos de llegar, perdiéndome, no tengo dudas sobre esto, algunos encuentros de interés festivo-literario, pero ganando el dominical día después con el cuerpo bien sobrado de energías y sin la desagradable presencia de picores en los ojos, migrañas, cefaleas y, más que molestas, insoportables, toses de fumador resacoso. Un vicio éste, el tabaquismo, tercer nominado en este apresurado relato de viaje, del que he podido desprenderme con mucho esfuerzo y no menos tesón hace más de veinte años.

Me llaman a comer y siento hambre.
Después sigo, ¿les parece?

Fotos de Dante Bertini: Slogan, Arbus and me, Nuria a por ellos.

sábado, junio 05, 2010

Elena Roger: sin Oscar, pero con Olivier...



Los dejo el fin de semana en buena compañía.
Se llama Elena Roger
, es pequeña, argentina, cantante, actriz y en estos días interpreta Piaf en el Teatro Alcázar de Madrid.
Hasta uno de estos días.



martes, junio 01, 2010

Encuentro Inesperado


Salgo de la cama como puedo y media hora después salgo también de mi casa, un poquito más compuesto. Ayer tenía cita con mi dentista a la misma hora en que debería haber tomado una clase de yoga. La contienda la ganaron mis dientes y, sobre todo, una inhabitual pereza: después de la clase del día anterior había quedado con pocas ganas de repetir asanas, equilibrios y estiramientos.
Encuentro la calle triste, semivacía. Puente, me digo. Si hasta mi casa ha perdido un componente, abnegado estudioso de las teorías lacanianas. Lacan y Sagaró, puedo asegurarlo, tienen más fuerza, mayor arrastre, que cualquier dupla política.
Yo me quedo en la ciudad, a festejar por la noche una boda civil diurna a la que no asistí porque en ningún momento fuí invitado a ella.
Los diarios hablan de recortes, las radios hablan de recortes, la gente de la calle habla de recortes. Debería ir a la peluquería, me digo. Es una forma como cualquier otra, aunque un poco más frívola, de no crearme angustias que después, en corto tiempo, me producen esas molestas caries que necesitan obligatorias visitas al dentista.
Anoche dormí profundamente, así que me cuesta entender por qué me levanté sin verdaderos ánimos de levantarme. Tal vez sea culpable el inconsciente, siempre tan artero, aunque también podría serlo una brisa fría, no menos errática, que acarició mi espalda mientras charlaba animadamente en la terraza de un bar cercano a casa.
El día de ayer estuvo cargado de emociones, casi todas ellas debidas a un reencuentro "con el pasado que añoro y que nunca olvidaré". El tango es acomodaticio, nos sirve para rellenar cualquier rincón con algunos trazos de nostalgia y un nosequé de poesía.
Fue por la mañana, cerca del mediodía. Me había parado a mirar plantas exóticas en la esquina de Córsega con Rambla Cataluña y de pronto oí una voz femenina con un suave, pero de cualquier manera inconfundible, acento porteño. Preguntaba algo, que en un principio no alcancé a comprender, a un empleado marroquí que parecía no entenderla. Poco después lo supe. La señora, muy menuda, de cabellera corta, alborotada y rubia, trataba de saber el nombre de una especie de cardo sofisticado en tonos verdes, rosas y ocres, la misma planta que me había subyugado a mí unos segundos antes. Soy curioso y participativo, al contrario de lo que sucede a mi alrededor -en esta ciudad quiero decir- donde la amabilidad, la simpatía y el buen trato se confunden habitualmente con el servilismo. Me siento bien comunicándome con la gente; si además puedo solucionarles algún problema nimio, orientarlos o contestarles alguna pregunta que me hacen, deteniendo el turisteo, me crece de los hombros la capa de Superman y un día cualquiera se transforma en un nuevo episodio de la saga "Dante B lo arregla todo". En esta ocasión tampoco yo sabía de qué planta se trataba, pero intervine porque en ese momento la dueña de la tienda, que había salido del interior para atender a la presunta clienta incomprendida, estaba diciéndole:
"Es muy raro que no la conozca... En su país seguramente existe".
"Soy del mismo país de la señora y tampoco la conozco", dije yo sin cortarme una hoja.
La señora rubia sonrió y en ese momento entendí que aquella cara, aunque con varias experiencias más encima, era la cara de alguien que conocía muy bien.
"¿María Julia?", pregunté tímidamente.
Ella dijo sí y enseguida quiso saber quién era yo. (Habré cambiado tanto que tan sólo por la voz me reconoció, tango)
No me voy a extender demasiado con esta historia.
"Voy a achicar el pánico", solíamos decir en la época en que ella y yo diseñábamos vestuarios para Crash!, un exitoso espectáculo del coreógrafo Oscar Aráiz en el histórico y desaparecido Instituto DiTella. En el lenguaje callejero juvenil de aquellos años quería decir "la voy a hacer corta, no te asustes". Por esto no voy a dar fechas precisas. Siglo XX, Cambalache, y con esto me planto. No tanto por mí, que también, por qué negarlo, sino por ella, una señora de elegante discreción y espléndido presente.
Gracias a Facebook, y en este gracias deberiáis detectar un deje de nostálgica ironía, pude comprobar cómo en general la vida nos separa para siempre y los posteriores reencuentros, virtuales o físicos, son poco más que un intento, por lo general vano, de rectificar una historia con un final ya escrito.
En este caso preciso, María Julia Bertotto y yo, ¿resultamos ser los mismos? ¿Volveremos a comunicarnos después de esta nueva separación, si bien lógica, también forzosa?
Podría decir sí o no con la misma incierta certidumbre.
Los dos vivimos nuestra vida con ganas, como nos permitieron y pudimos. Perdimos y ganamos, tuvimos y dejamos, y todavía hoy, después de todo el tiempo transcurrido, seguimos esperando algo más: ese que podría ser el más pleno y feliz, el mejor capítulo de nuestro, por suerte inacabado, diario íntimo.


POSDATA: este post estaba previsto para el domingo, pero luego se cruzó el tabaco con sus humos y recién lo cuelgo hoy. Sepan disculpar el cambio de fechas... y adáptenlo, S.V.P. Gracias. POSDATA 2: un regalo en forma de canción y con destino preciso, ya que no se si tendré tiempo de colgar nada más antes de irme para Madrid, Madrid, Madrid...(más información en mi blog amorimás)
Fotos: escena de Crash! y retratos por JChapuis.