viernes, febrero 17, 2012

voy a pintar las paredes con tu nombre, Carlos Borsani...


¿A quién le toca despedir a los muertos supuestamente famosos,
todos esos que, también supuestamente, tienen un abultado currículum?
¿Quiénes son los encargados de redactar las necrológicas de los periódicos? Hacerlas, pensarlas, escribirlas, ¿es un premio o un castigo, sobre todo cuando el finado reciente no te dice más de lo que puedan decirte los datos que te acerca el, por lo visto mediocre, funcional aunque incompleto fichero del medio donde trabajas?
Resulta que mi amigo Carlos Borsani se ha muerto en Madrid hace dos días -uno de esos malditos martes en el que no puedes ni debes embarcarte en nada y en el que casarte es por demás desgraciado, sobre todo si lo haces con la puta, insaciable parca- y, distanciados como estábamos por las enrevesadas cosas de la vida desde hace más de tres décadas, recién me entero de su defunción, palabra desagrable, antipática, aunque muy apropiada para un hombre de teatro que ha dejado de ser(lo).
Yo había pasado un día de cierta felicidad, de buen y descansado trabajo, de encuentro con amigos alrededor de esos Barquitos varados con velas ilustradas que reunió el dibujante Elenio Pico en las salas de exposición del Convento de San Agustín, hasta que el nutrido obituario de un diario español donde no parece que lo hayan conocido mucho, a Borsani, digo, me acercó sin piedad alguna, con el impacto de su imagen actual, distorsionada por el tiempo, la irreparable noticia de su muerte. No busqué por la red otra necrológica, lo confieso, aunque nunca en todos estos años su trabajo como profesor, actor, autor y director teatral mereció la nota de más de media página que ocupó el anuncio de su muerte, con el corazón herido.
Todavía sin reponerme de esta pésima noticia que cancela toda posibilidad de reencuentro, prefiero escribir lo que siento, semisumergido en el dolor, tan fresco como difuso, que parece tintar de lila este atardecer invernal, carnavalescamente disfrazado de cálida primavera.
La última vez que lo ví, el mechón de pelo lacio, oscuro, cayendo sobre su frente, sus ojos claros y desprotegidos como siempre, ocultando con un velo melancólico esa férrea personalidad que muchas veces confundíamos con caprichosa inmadurez, quizo darme la clave necesaria para que unos amigos comunes que vivían en Europa no pudieran cerrarme las puertas de sus casas, parisinas y barcelonesas, en caso de que yo necesitara su cobijo:
-Deciles que si no te dan asilo, Carlos Borsani va a difundir por todas partes lo que ellos saben... Vos deciles eso, nada más. Vas a ver como te reciben sin decir ni pío.
Esa era su extremada forma de ser amigo: cruda, veraz, sin concesiones. Podía quererte a pesar de todo lo que fueras o no fueses y, hombre de pocas posesiones y de casi nulas apetencias, permitir que usaras, sin traba ni cortapisa alguna, tanto sus conexiones como sus conocimientos.
Auténtico single, solitario socializado, hacía suya la frase de Montaigne, prestándole algunos momentos a los demás mientras se entregaba sólo a sí mismo. Nunca se casó, aunque la redactora de su obituario, enredada en la relación fraterna de los Borsanis, Joe y Carlos, atribuya al segundo el matrimonio del primero, asesinado, que no simplemente fallecido, en su casa de Madrid, hace ya unos ocho años.
De cruzarme con Carlos Borsani en un lugar cualquiera es probable que no lo hubiese reconocido. Él ya no era el muchacho frágil que paseaba conmigo por las calles del centro porteño. Yo tampoco soy aquél que fui, aunque todavía recuerdo con certeza lo que compartimos y algunas de las cosas que, con angélica inocencia, perpetramos.
Pensaba contarlas aquí, pero no tengo la energía necesaria para hacerlo. Quizás la necesite para lanzarme a la calle y, como en aquella canción que idearon su hermano Joe y el frágil, verborrágico, talentoso, entrañable Armandito Fernández Llamas, pintar las paredes de toda la ciudad con el nombre de este muy estimado, y ahora ya perdido, amigo.

martes, febrero 07, 2012

la Violeta de los Andes


Hace dos días un diario recordaba la muerte, el suicidio en realidad, de la cantante y compositora chilena Violeta Parra. 45 años pasaron ya desde que la autora de Gracias a la vida decidiera poner fin a su existencia por, suponemos, absoluta falta de esperanzas.
Mujer huracanada, amante de las pasiones fuertes, acabó con las suyas descerrajándose la cabeza de un tiro. Posiblemente no encontró mejor manera de detener sus pensamientos volcánicos: lava candente que podría haber destruído todo aquello que la rodeaba y alguna vez había proclamado amar cantando.
Sin embargo la periodista que firmaba la nota, y cuyo nombre preferí olvidar, no se detuvo en suposiciones, dando por sentado que el principal detonante, y nunca mejor dicho, lo que la llevó a tomar esa decisión sin retorno, fue su amor desgraciado por un hombre suizo quince años menor que ella.
Inventemos a partir de nuestros prejuicios. Da igual. Nadie podrá preguntarle nunca a la Parra la razón de su muerte y aunque pudiera darla igual dudaríamos de ella, porque, ¿se puede ser tan contradictoria como para alegrarse porque el amor la ha devuelto a los 17 años y poco después maldecir hasta el mismo vocablo que nombra al sentimiento "por toda su hipocresía"?
Tal vez esta orgullosa Violeta era demasiado vivaz para un mundo mustio, alelado, que prefiere seguir los patrones que le dictan, los caminos que le señalan, las normas que le imponen. Quizás era demasiado sensible como para soportar sin herirse hasta el desangre final, la mediocridad, el engaño, las falsas buenas maneras. Posiblemente estuviera demasiado enamorada de la juventud como para aceptar sin más el paso imparable de ese tiempo ajeno, que la había arrastrado desde la adolescencia a las puertas mismas de la senectud sin piedad ni previo aviso.
Esta mujer de nombre vegetal, aromático, dulzón, estaba por cumplir cincuenta años. Ya ha pasado casi el mismo tiempo desde que decidió poner punto final a su destino.
¿Habrá perdido mucho?

miércoles, febrero 01, 2012

Beatriz y Dante, Dante y Beatriz


Me pregunto si serán muchos los que todavía recuerden a Beatriz Guido, autora de varias novelas sombríamente intimistas con protagonistas adolescentes, todas ellas jovencitas lánguidas, entre pasmadas y enigmáticas.
Mujer tímida, ensimismada, amante de recovecos, cuchicheos, penumbras y jardines, la Guido mantuvo una larga y tórrida relación con el director de cine Leopoldo Torre Nilsson, para quien escribió los guiones de algunas de sus películas más personales y exitosas. Eran historias de familias decadentes en las que la falta de dinero se compensaba con la abundancia de antiguos blasones y una reserva equivalente de taras y prejuicios. Políticos conservadores, caudillos de barrio, amantes frustradas, tías solteronas, deficientes físicos o mentales y avinagradas amas de llave que parecían imitar los despiadados procedimientos de Judith (Mrs. Danvers)Anderson en la magistral Rebeca de Alfred Hitchcock, incidían de una u otra forma en el despertar sexual de jovencitas tímidas, curiosas y con una esmerada educación católica, personaje que encontraría adecuada carnación en el hieratismo sensible de la actriz Elsa Daniel y que años después repetiría, en colores, con menos edad y distinto acento, la Ana Torrent de El espíritu de la colmena o Cría cuervos.
Nos cruzamos con Beatriz Guido una tarde en que ella salía de la Galería del Este -por aquellos años agigantada versión bonaerense de la sobrevalorada Carnaby Street inglesa- en el mismo momento en que se le rompía el hilo del collar de cuentas azules que llevaba al cuello. Vi cómo se quedaba paralizada en medio del ancho pasillo con un gesto de estupor en la cara y las manos tiesas al costado del cuerpo, mientras las cuentas del collar, finalmente liberadas de aquel lazo que las había mantenido unidas durante vaya a saber cuanto tiempo, se desparramaban por el suelo, atravesaban la acera y rodaban vertiginosas hacia el veraniego, febril, reblandecido asfalto de la calle Maipú.

Yo había reconocido de inmediato a la escritora de La caída, una presencia ineludible en las revistas literarias y sociales de la época, y sin pensarlo dos veces me puse a recoger las cuentas esparcidas por la calle. Siguiendo mis movimientos con su mirada acuosa, tristona, algo vacuna, la Guido, detenida en el exacto lugar donde la había sorprendido el contratiempo, repetía “gracias, gracias, gracias” con una voz apenas audible, entre asmática y acongojada, mientras sus manos, puestas ahora a la altura del pecho, formaban un cuenco tembloroso en el que yo iba depositando todas las cuentas recogidas. Cuando puse en aquel improvisado cáliz la última de las pequeñas perlas azules, la escritora me miró un instante con su cara de bebota caprichosa y repitió ¡“Gracias!”, para añadir enseguida, como si pretendiera disculparse: “No es que tuviera demasiado valor, pero son recuerdo de alguien que he querido mucho...” Aunque había finalizado la frase mirando hacia lo alto, era de suponer que se refería al collar, convertido ahora en cuentas desgajadas, nuevamente autónomas.
Por aquellos tiempos yo era un asiduo lector de Alan Watts, de Wilhem Reich, de Carlos Castañeda. Esta mezcla desordenada de ciencias alternativas, unida a algunas experiencias de las llamadas psicotrópicas, me hicieron pensar que estaba asistiendo a alguna parábola esotérica especialmente dirigida a mí. De ese encuentro fortuito con literata famosa y cuentas derramadas, yo debería extraer una enseñanza fundamental: si me era dado interpretar correctamente aquella anécdota de apariencia casual, intrascendente, encontraría al fin ese sentido profundo de la vida que tanto me obsesionaba desde siempre.

Pero no hubo nada más. Eso fue todo. Ni siquiera me atreví a decirle que pese a ser un adolescente melenudo de aspecto algo descuidado, sabía muy bien quien era la mujer que tenía delante. Tampoco le dije que había leído varias de sus novelas y no me perdía ninguna de las sombrías películas que, a partir de sus historias, dirigía su amante o esposo -nunca tuve demasiado claro el vínculo que los unía-, Leopoldo Torre Nilsson, aquel hombre grandote de aspecto intelectual y modales extranjeros. Ella tampoco me invitó a tomar un café, o, súbitamente fascinada por mi encanto juvenil y mi servicial espontaneidad, decidió dejarme alguna dirección o un simple número de teléfono donde poder encontrarla para conocernos mejor.
Tal vez, de haber sido menos parco, le hubiera dicho mi nombre, despertando su interés con una fantasía literaria de papeles trastocados: una madura Beatriz escritora para un Dante juvenil que se cruza por azar en su camino y la sigue por vaya a saber qué infernales o paradisíacos círculos.

Lo sé. Es una anécdota tonta que después de tantos años debería haber olvidado. Sin embargo, por alguna extraña razón que a pesar de los años transcurridos no logro encontrar, jamás se ha borrado de mi persistente, arbitraria, caprichosa memoria.

Ilustran: foto publicitaria de La caída y retrato de Beatriz Guido con Torre Nilsson, enmarcado, detrás.

viernes, enero 27, 2012

Vaca que cambia e' querencia...


...se atrasa en la parición...
Lo dice el gaucho Martín Fierro en algún momento de su historia, contada toda ella en verso por el escritor argentino José Hernández.
Es viernes, maldito viernes otra vez, y yo, sumido en mil tareas, tan acalambrado por el frío como aterido de pavor por el futuro que predicen radios, televisiones, diarios y políticos, los dejo con una vaca loca que cambió de querencia y hasta intentó cambiar de lengua: la Lupe.



No es ningún descubrimiento, ya lo sé, pero me asombró oírla cantar en un idioma ajeno -al que parece odiar por la forma en que lo trata- sin perder esa emoción caliente, desespegarrada, que le da vuelta el alma y le empequeñece el cuerpo, convirtiéndoselo en un estuche estrecho del que pareciera querer deshacerse a puñetazos y rasguños.

sábado, enero 21, 2012

Lazos de Amor

Vengo de un país donde a los plumbagos se los llama jazmines del cielo y a las vulgares cintas de jardín, esas plantas de largas hojas verdes y blancas que lanzan hijitos al mundo sosteniéndolos con un fuerte a la vez que flexible cordón umbilical hasta que tocan tierra, desarrollan raíces y se convierten a su vez en plantas adultas, capaces de conservar y difundir la especie, se las ha rebautizado como lazos de amor.
Fáciles de propagar -"llevate un gajito querida, siempre prenden"-y tanto o más fáciles de cuidar, podríamos pensar que estos lazos de amor son indestructibles. Sin embargo no es así. No les gusta el sol directo, pero necesitan de él para que sus hojas adquieran el aspecto bicolor que las caracteriza. Precisan agua, pero el exceso de riego las llena de pulgones y cochinillas y además pudre sus raíces.
Fuertes y a la vez sensibles estos lazos de amor vegetales, verdes, botánicos...y aquí me callo.
Las coincidencias son demasiadas, por lo que resulta casi estúpido hablar de metáforas.

Es viernes y llevo un día muy ajetreado: traslados, mudanzas y cambios; tantos, que hasta la almohada donde apoyaré esta noche mi cabeza es nueva. La otra se fue anoche con el camión de la basura, atiborrada de sueños ya viejos y, deseo, espero, de algunas reiterativas, angustiosas, infantiles pesadillas.
Que este fin de semana los encuentre felices.
Para ayudar a que esto sea posible, los dejo con una antigua ilustración animada. Se trata de una canción pegadiza y tontorrona que me persigue desde la niñez, unida a los dibujos de Max Fleischer (1883-1972), padre de Betty Boop, Koko y muchos otros personajes anteriores a los más exitosos y popularizados del clan Disney. Una estimable bonaerense afincada en Madrid, Noemí Vázquez Rosselli, la colgó hace unos días en su exquisita página de facebook: gracias a ella por recordármela.
A Fleischer me lo hizo conocer mi inolvidable amigo Daniel Melgarejo, personaje irrepetible, dibujante inquieto, buscador insaciable de imágenes y sensaciones; otro lazo de amor indestructible en lo que ya parece el producto de una vida anterior, de tan lejana en el tiempo y la distancia.

domingo, enero 15, 2012

Corto y sigo


(Imagen desenfocada de luces navideñas.)
Como fondo sonoro suenan varios villancicos superpuestos, entremezclándose con voces, ladridos y ruidos callejeros de radios y gritos. La imagen va abriéndose lentamente sobre un charco de agua donde se reflejan las bombillas intermitentes de un abeto festivo, desgajado de pronto por unos zapatos de hombre de buena hechura, negros y no demasiado lustrosos.
La cámara, caprichosa, salta sobre ellos para trepar como una sanguijuela por las piernas del que los conduce con ritmo desmañado, para muy poco, en realidad poquísimo después, deslizarse como una yarará correntina por sus caderas, por su torso y por su cuello, hasta detenerse, azul un ala el águila aún guerrera, en lo alto de la despeinada y no demasiado frondosa cabellera.
Es como un pájaro curioso en la cumbre misma de una torre humana; la improbable visión panorámica de una gorra provista de ojos, observando la escena circunDante desde el punto más alto de la más lógica, definitiva ubicación posible.
El personaje principal, al que llamaremos Simplemente Tipo, acaba de perder un sueño y está desesperado por la vana espera de aquella misma noche, ciega que no aciaga, que lo devolverá, según él ensueña, al sueño perdido.
"No tengo más tiempo", se dice, y enseguida repite una y hasta dos veces más: "No tengo más tiempo, no tengo más tiempo".
Un río turbio de personas lo persigue sin propósito alguno; otro lo enfrenta, pasa por su lado, se abre a su paso sin siquiera salpicarlo.
El pobre tipo lleva gafas negras; camisa, pantalón, reloj, cartera y abrigo negros.
Es una sombra oscura de lo que alguna vez, tiempo ¡AH! fuera.
"Sombras nada más, entre tu amor y mi amor...", susurra.
"¡Tango!", le grita la vieja loca que fuma cigarrillos de color en la esquina más Roma del mercado, mientras gira que gira sobre si misma, siguiendo el ritmo caracoleante de la danza del fuego que brilla furiosa, y furioso, en su mente.
Ciego de impotencia, sordo de dolor, el hombre oscuro vestido de negro vuelve la cabeza y le contesta, aunque probablemente no debiera hacerlo:
"¡Te equivocas, mujer! ¡No tengo ni tango! ¡Acaso no entiendes que lo he perdido todo!"
Confundida, gaseosa, la mujer fumadora se traga un pucho-colilla color de frutilla y, ¡dios!, por pura vanidad, por vulgares celos y tan descomunal altanería, comienza a difundir infundios.
"¡Ese libro sucio no sirve para nada...! Todo lo que está escrito allí lo tengo ya en mi cabeza, en mis alacenas, en mis anaqueles...Es una sucia copia de mis pensamientos mágicos, de mis malignas invenciones, de mis latinfundios más extendidos...¡Atrapa el trapo que te lanzo con la precisión de un lancero arrojando su lanza y cúbrete el rostro, bonito! ¡O lanza tu tropa, lancero bonito, y atrapa preciso el rostro que cubres con tanto arrojo!"
El hombre de negro la mira asombrado y, por no saber qué hacer frente a tamaña infamia, se cala el sombrero.
"No cuela, no cuela", dice por lo bajo, y un señor petiso que pasa a su lado responde; sin que haya pregunta, con voz de responso:
"¡Ya te gustaría que cuele mi cola entre esas tus nalguitas cochinas, mimosas, sanas y sabrosas, de carne sedosa y piel de mariposa!"
Avisado, -avispado, avieso-, un hombre de vientre macizo y tono cobrizo se asoma al barullo desde el conventillo. Es Don Leonardo Ángel Pirulero, profeta, catador y almacenero:
"¡Me importa un comino tu sucio pepino, enano ladino! ¿No ves que es enero, el mes de la cuesta? Sigue tu camino y atiende tu juego, que, lo juro, apesta. ¿Lo demás? ¡Molesta!"


ilustran obras de Saul Steinberg
A no perderse la exposición de su obra en la Galería A/34, calle Aribau 34, Barcelona. Tel 934 515 579

sábado, enero 07, 2012

TR3S REYES MAGROS


Después del cada día más creciente auge de las dietas de adelgazamiento y los críticos recortes y reajustes económicos de todo tipo, era lógico que a la festiva Barcelona llegaran los Tres Reyes ¡MAGROS!
Es que el Ayuntamiento de la ciudad decidió repartir este año menos caramelos entre los niños y adultos que asisten entusiasmados a la tradicional Cabalgata de los operísticos y muy oropelados Magos de Oriente, para, con esta medida, contribuir a los recortes presupuestarios exigidos por la señora MerKel y el señor SarKozy (alguien tendrá que estudiar este repentino estrellato global de la letra K) ahorrándose 20.000 dulcísimos euritos, una cifra que es posible gasten en publicidades para incentivar el ahorro ciudadano y la supresión de los gastos superfluos.
Por el contrario yo, dado que los visitantes de esta página suelen ser siempre pacientes, amables y generosos, he decidido colgar un post sin recortes, acercándoles la imagen y el hacer de otros tres Reyes nada magros -por lo menos en lo que a talento se refiere- dejando constancia al mismo tiempo de que el rey negro lo es de verdad y no teñido a fuerza de corcho quemado, como los que podemos ver en las fiestas habituales de estas tierras donde, vaya paradoja, abundan pobladores de piel oscura sin trabajo a los que nos les vendría nada mal vestirse de monarcas por un día...
De los reyes que muestro aquí, muy conocidos todos ellos, el primero,(P)Elvis Presley, fue, además del padre natural del rock n'roll masivo, realmente POP-ular, el primer blanco que imitó con gracia y desenfado la soltura sensual de los cantantes y bailarines negros, por lo que quizás lo deberíamos considerar meztizo, mulato, interracial, REALMENTE MODERNO.
Los otros dos, de reinado tan indiscutible como el de (P)Elvis, cantan canciones que, juntas, componen un mensaje añadido a esta botella virtual y tienen un destinatario muy preciso.
Al final se cuela una reina, bonus o regalo añadido. Es la cuarta mosquetera maga de los tres espadachines canoros. La he dejado entrar por puro placer, pero también para equilibrar los colores, los géneros y la cautivadora magritud de Frankie S., pura sonrisa, melodioso cantar e inimitable charming.





Ilustra la entrada una foto con aire vintage de Jean Dujardin, un auténtico hallazgo cinematográfico, que junto al perro Uggie, o Uggy, ha sido capaz de convertir una película agradable, bien intencionada, simpática -The Artist- en un film casi insoslayable.
Ahora mismo, entregado George Clooney a los efluvios masturbativos del café en cápsulas, domesticado el otrora sauvage Brad Pitt por la multimaternal, nada angélica Jolie, ahítas muchas pupilas de tanto astro hiper-hormonado de carrera fugaz, es probable que este muchacho de sonrisa generosa a la vez que irónica, se convierta en un galán-actor todo terreno, capaz de bailar a la manera de Gene Kelly y seducir matando, como un nuevo modelo de Connery 007.
Pdta: Mary Pop-pins, visita habitual de esta página, me comenta que la coprotagonista, Bérénice Bejo, es argentina. La busco en la red y lo compruebo: nacida en Buenos Aires hace 35 años, se trasladó a París con sus padres en 1977 y está casada con el director del film, Michel Hazanavicius.

viernes, diciembre 30, 2011

PARA SEGUIR AQUÍ


Mi farmacéutico, que es un tipo joven, amable, simpático y con una cara de rasgos muy marcados, de luminosa intensidad, me dijo el otro día:
-Todos los que dicen creer en estas fiestas son buenos durante los pocos días que ellas duran. Los incrédulos como tú y yo somos buenos durante todo el año.
Un año "nuevo" por delante y el panorama que se nos presenta no parece demasiado optimista.
Por supuesto no lo era cuando salí corriendo de Argentina para que las tres A (¿Amenaza, Atropello, Asesinato?) o cualquier otro grupo igualmente siniestro (o diestro, que en aquellos días todo era muy confuso) no pasara por encima de mi pobre cuerpo veinteañero sin siquiera detenerse para ver el estropicio producido.
Ni cuando, apenas cumplidos los diecinueve años, tuve que presentarme a una revisión para la mili, por aquellos tiempos obligatoria. Reconozco que para mí nunca fue menos sexi la exhibición de centenares de jóvenes desnudos formando unas colas que, a juzgar por las caras, parecían conducir de forma directa al infierno.
Tampoco puedo decir que fuera muy optimista mi entrada a los 25: "un cuarto de siglo", me decía, "y todavía no se que va a ser de mí en los próximos años."
Ese siglo, el primero de los míos, ha seguido trancurriendo sin detenerse ni un segundo y yo creci con él, mucho y casi sin darme cuenta.
Aquí estoy, sin embargo, ya en el segundo: vivito y todavía coleando.
¿Como una lagartija color esmeralda de la antigua isla de Formentera? ¿Como un picaflor vibrante en el mediodía estrepitosamente silencioso de Curuzú Cuatiá, Corrientes? ¿Como un perro salvaje, corriendo contento en medio de su jauría amiga por la desolada Costanera Sur de Buenos Aires?
Vivito, coleando y aún con ganas. El corazón herido convalesce con lentitud, a pesar de que, como dijera Borges de manera perfecta: "sólo una cosa no hay: es el olvido".
Seguimos pues... Seguimos.
Memoriosos, doloridos, sangrantes; sin saber muy bien por qué, seguimos.
Tal vez porque la ciudad donde nací todavía me espera y aún hay allí rastros notables de la lejana infancia, o porque y sus calles de aceras desastradas me cuentan valiosas historias antiguas que, a fuerza de vivir el estrepitoso día a día, olvidé casi sin darme cuenta durante el cambiante, a veces accidentado, trayecto de mi vida.
Seguimos, sigo. Porque durante los próximos doce meses quizás podré encontrarme con un libro, una película, una imagen, una persona que pulse nuevamente mis emociones escondidas, obligándome a sonreir con ternura o haciendo que una vez más llore de alegría.
Pero ahora mismo, hoy, 30 del 12, a horas del alejamiento definitivo de este año maltrecho, aunque sólo sea para exorcisar los muchos miedos, para alejar de nuestras vidas esa mala gente poderosa que amenaza nuestra felicidad por dura avaricia, por pura ambición desmedida, para mantener a distancia a los mediocres, envidiosos, resentidos y malvados sin razón valedera, pintemos nuevamente de rosa vibrante nuestras oscurecidas fantasías.

¡Feliz 2012 para todos aquellos que en realidad se lo merezcan!
(Y, como cada año de los últimos, el mismo regalo: La vie en rose, esta vez en versión callejera, discotequera y de concierto)

Ilustra: Autorretrato, 30 de diciembre de 2011.




viernes, diciembre 23, 2011

ÁNGELES Y EXTRAÑOS



“Be not inhospitable to strangers, lest they be angels in disguise.”
La leyenda aparece escrita en un muro de Shakespeare and Company, la librería que durante más de medio siglo estuvo dirigida por un estadounidense llamado George Whitman, hijo de un Walt Whitman que no era precisamente poeta, sino profesor de física.
Este George tan acogedor, tan hospitalario, se ha muerto hace unos días, poco antes de cumplir los noventa y ocho años. Espero que haya hecho este, su último viaje sin retorno, dejándose guiar por alguno de esos ángeles extraños a los que recibió amablemente, a pesar de encontrarlos por casualidad y camuflados como desangelados extranjeros.

Ahora, sumergido por completo en el paisaje festivo navideño, me pregunto dónde estarán nuestros ángeles extraviados, los que nos devolverán todo lo perdido. Pero, aunque la poderosa señora Merkel pareciera dominar al mundo con su cara magullada, de tristeza sin retorno, nuestro cielo no es el de Berlín, ese cielo encapotado, gris, plomizo y, según Win Wenders, plumosamente atiborrado de angelicales alas. Por esto resulta más que extraño ver de pronto -en una televisión en la que suele primar la agresión y el desvarío, donde las estrellas suelen ser los mafiosillos nacionales y los sádicos asesinos en serie de las reiterativas series de importación, todos con su habitual atrezzo de amputaciones y cadáveres- a seres de apariencia normal convertidos por obra y gracia de unas fechas precisas en volátiles embajadores de los diversos Olimpos posibles.
No se trata de una novedad de la temporada 2011, a punto de acabar. Esta es, como cada año, una época poblada de ángeles de distinto sexo, de obesos papás noel con y sin barba, de seres evanescentes dotados de doméstico perfil humano. Repetitivos personajes de ficción, protagonistas de películas con bajo presupuesto para ser proyectadas los fines de semana a la hora de la siesta, estos extraños personajes de alas transparentes se acercan a la tierra para desfacer entuertos, aligerar conflictos, reparar familias rotas y enterrar sin remordimiento los amores deshechos. Una vez acabada la tarea, y casi siempre con previo aviso en forma de tarjeta postal sobre la chimenea, se evaporan sin dejar rastro en medio mismo de una populosa calle neoyorkina o alzan vuelo en mitad de un semidesierto pueblo de provincias.

Blanche Du Bois, la frágil, estremecida, desubicada protagonista de Un tranvía llamado deseo, también prefería creer en la angélica bondad de los extraños. Tal vez porque sus seres más cercanos carecían de esa comprensiva piedad que ella, tan carente de todo sentido común, tan sobrada de fantasiosa sensibilidad, necesitaba más que ninguna otra cosa en ese momento preciso de su azarosa vida.
Al final de la historia, ¿podemos suponer siquiera que son angélicos desconocidos los que la transportan, ya sedada, al último infierno abarrotado donde con toda seguridad acabará sus días?
También había ángeles en Teorema de Pier Paolo Pasolini, pero aquellos, aquel en realidad, materializado en la por entonces joven, espléndida carnadura del siempre ambiguo Terence Stamp, no tenía demasiada piedad con los mortales: utilizaba con desparpajo todo lo que se le brindaba -sexualidad incluída- para luego dejar a sus eventuales anfitriones abandonados en medio de la nada; sin presente posible y con incierto futuro, sumidos en un enorme desamparo y sin meta precisa alguna, arrojados como inútiles objetos de descarte a una suerte desgraciada, caótica, suicida... La película, prohibida en varios países, entre ellos Argentina, logró sin embargo un premio importante de la Oficina Católica Internacional del Cine. Ingenuos, demasiado jóvenes, mis amigos y yo nos preguntábamos cómo esto había sido posible.
Hoy entiendo que, más pragmáticos que místicos, los señores asotanados de la OCIC habían descubierto el infierno de la modernidad; una nueva forma de castigo para los seres apasionados que pretendían poseer a un ángel que, ya se sabe, nunca tiene voz ni sentimientos propios: sólo obedece las órdenes mayestáticas e insoslayables que le llegan desde el cielo.


Imagen: Cielo sobre Berlín, de Win Wenders.

viernes, diciembre 16, 2011

Corazón, Corazón...


"Estoy descorazonada", me comunica una vecina a la que encuentro de forma casual en la farmacia más cercana a mi casa. La imagino con un agujero atroz en el pecho, una especie de ventana escaparate no acristalada que, sin moverme ni un milímetro de donde estoy, me permitiría ver los estantes llenos de potingues que tiene a sus espaldas. Casi al mismo tiempo supongo que mi vértigo nauseoso sería insoportable si en el momento mismo de nuestro encuentro, el buraco (contundente y sonora palabra que los porteños usábamos como sinónimo de agujero en nuestra jerga más doméstica) no hubiera estado escrupulosamente cubierto por la ropa de abrigo que la protege, diría que con exceso, del frio y húmedo invierno barcelonés.
Para evadirme de una situación incómoda para la que no tengo respuestas, paseo la mirada por los escaparates rebosantes de publicidades farmacéuticas, me acerco con los ojos hasta los muros del hotel de enfrente, divago sobre su siempre -y mayusculo para recalcar el adverbio SIEMPRE- iluminado chaflán de la calle Balmes, aterrizo durante algunos segundos sobre los balcones y ventanas de los edificios próximos y vuelvo a meterme de cabeza, y nunca mejor dicho, en la farmacia donde empezaba el cuento.
Ninguno de los lugares visitados se ve tan descorazonado como mi vecinal doña Luisa, puedo asegurarlo. Hasta podría decirse que están, más que surtidos, excedidos de corazones de todo tipo. Luminosos, intermitentes, de purpurina y de plástico, de cartón pintado o telgopor-poliespán coloreado a soplete, han desplazado a las estrellas de Belén con cola de cometa y a las imágenes bonachonas de esos vejetes extranjeros barbudos y canosos, esmerados repartidores de regalos, carbones y bienaventuranzas.
¿Publicidad de Anne Igartiburu o influencia solapada aunque muy directa del I Love neoyorkino de Milton Glaser?
Da igual de donde venga el invento: podemos asegurar que a pesar de casos muy concretos como el de mi descorazonada vecina, en Barcelona estamos sobrados de ese órgano tan vital y latente.
Sería interesante que para una próxima campaña navideña, alguien cualquiera, yo mismo tal vez, se inventara un símbolo identificable con el alma, para compensar, aunque sea virtualmente, la presencia de tanto transeúnte cercano desprovisto de todo rastro de ella.

Collage de Bertini, Barcelona 011

lunes, diciembre 05, 2011

De los Afortunados Infortunios

Los comercios barceloneses que todavía no han cerrado sus puertas para siempre jamás, cuelgan otra vez los trajinados farolillos de colores, las lucecitas intermitentes de origen chino y esa infinidad de símbolos paganos que suelen usarse para conmemorar unas fiestas que alguna vez fueron religiosas. Por estos días, junto a la cantidad algo menguada del dinero que "cada español gastará en los festejos navideños", algún desaprensivo de los altos estratos gubernamentales lanzó una consigna que de inmediato recogieron los medios más obtusos, aliados eventuales de algunos otros que suelen proclamarse ecologistas: los abetos navideños de moda "vuelven a ser los naturales". Esto quiere decir que una enorme cantidad de árboles -cerca de ochocienos mil- todos más altos que yo, y bastante más robustos, han sido talados por el pie para después ser clavados en una maceta con cemento y un símil superficial de hierba y hojarasca que oculta con verdor de anilina la total ausencia de raíces.
¿Pueden unas fiestas ser realmente felices cuando se desarrollan al lado de un muerto reciente?
Un amigo me dice que estos pensamientos tristes acarrean desgracia. Puede ser, le digo. Ya he pasado por diferentes técnicas -casi todas bastante efectivas- para ahuyentar miedos, depresiones, complejos e insatisfacciones o para aprender al menos a emparchar con cierta elegancia haute couture las heridas que nos dejan los destierros, los imprevisibles desarreglos sentimentales, los diversos abandonos, fracasos y pérdidas sin remedio.
Freud y Lacan no se equivocan, pero requieren tiempo, paciencia y auténtica profundidad en la mirada compartida; también suficiente inteligencia como para entender que conocernos no nos traerá necesariamente la felicidad. Las flores de Bach, Louise Hays, la jardinería, el bricolage, las medicinas alternativas, la meditación o el sushi pueden darnos paz en ciertos momentos de desesperación, calmar algunos síntomas tan molestos como recurrentes, aunque no podemos pedirles que curen de forma definitiva la esencia variable, cambiante, transitoria, perecedera de la vida.
No soy pesimista, es sólo que no puedo hacerme el distraído cuando escucho que cada día hay más desocupados, desalojos, pobreza. Me duelen con intensidad algunas cosas personales, injustas, arbitrarias, inesperadas, pero no duelen menos aquellas que rozan, amenazantes, los días futuros de toda la humanidad.
Noviembre fue un mes sin alegría y diciembre empezó con algunos desagradables episodios que pusieron a prueba el estado de mis nervios. De algunos de estos episodios, con toda seguridad los más hirientes, prefiero no hablar. Tendría que dar nombres y hacerlo sería regalar inmerecida publicidad a un puñado de seres mediocres que usan como única razón para sus actos mezquinos, enquistadas frustraciones y retorcidos rencores.
De los otros -absurdos accidentes domésticos, molestos sin llegar a ser dañinos- vale citar el más gracioso, casi un gag de película cómica: hace dos días me quedé encerrado en la cocina -¡vaya mala suerte!- un momento antes de la hora del almuerzo. Lo había preparado mientras hablaba por teléfono con Argentina y este detalle afortunado, no demasiado usual, tener un aparato telefónico junto a los fogones, me salvó de recurrir a unos gritos de socorro que tal vez nadie hubiera oído. Fue también de buena suerte poder llamar a una pareja de amigos que tienen una copia de mis llaves. Mientras uno de ellos llegaba de su casa a la mía, intenté por todos los medios a mi alcance abrir la endemoniada puerta. Imposible. Hubiera necesitado un destornillador y una pinza que no tenía. Mientras iba rompiendo cucharas de madera y mellando cuchillos de acero inoxidable, comía bocados del plato que me había servido un momento antes de quedarme con el maldito picaporte de bronce en la mano. El encierro no me había quitado el hambre. Cuando ya estuve afuera se me dio por pensar que también fue muy afortunado que el estúpido accidente no ocurriera en el cuarto de baño o en el pequeño lavadero donde apenas cabe una persona de pie.
"Desgracia con suerte", decía mi madre, muy afecta a esos recursos. Sin embargo, quizás sea verdad que mis pensamientos oscuros atraen cosas negativas.
Prometo cambiar.
Prometo olvidarme de todos los obreros ecuatorianos hipotecados de por vida por unas casas de precio abusivo en las que nunca vivirán.
Prometo también no volver a pensar en el fracking, esa nueva técnica para la extracción de petróleo, tan efectiva como destructora para los pocos restos aún no contaminados de nuestro demediado medio ambiente...

A propósito: ¿quién será tapa del "Hola" navideño?

Fotografía de Elliot Erwitt

miércoles, noviembre 30, 2011

Pasión de vivir, La otra cara del amor, The Music Lovers: adiós a Ken Russell


Apenas podíamos mirarnos. Acurrucados en nuestros asientos, las piernas apretadas contra el pecho o retorcidas una sobre otra como en una trenza criolla, llorábamos como si unos segundos antes hubiésemos perdido a un ser querido: intensa, silenciosa, desconsoladamente. El fondo sonoro de la Sinfonía Patética agregaba dramatismo a nuestros sentimientos, que, sin necesidad de corroboración alguna, estábamos seguros de compartir.
Todo nuestro Buenos Aires se había lanzado al estreno de aquella película barroca, delirante, llegada a las carteleras argentinas con gran despliegue publicitario y unos cuantos recortes nada ingenuos en su metraje original y aupada a partes iguales por el escándalo, los abucheos y las infaltables, ¿acaso también inevitables?, censuras papistas (siempre necesitada de carne para sus brasas redentoras) y por los elogios quizás desmesurados de la prensa alternativa más sofisticada.
Aquella noche en aquel cine, uno de los más grandes y lujosos de la calle Lavalle, estaban muchos de los conspicuos representantes de la "bella gente" porteña. Artistas de vanguardia y psicoanalistas de nueva horneada, estrellas consagradas del show business bonaerense y actores y actrices jóvenes, adoradores del Actors Studio, Antonin Artaud, Becket o Ionesco y el método Grotowski, se mezclaban en un caldo espeso, susurrante y ansioso, con varios puñados de jóvenes gays de plumaje colorido, vestuario a la última y ocupación desconocida.
Nuestro grupo -Armandito, Daniel Melgarejo y su nada simpático novio Hugo A. (un artista plástico con mucha teoría y ninguna obra), la eléctrica y adorable Silvia Alvarez de Toledo y yo- sentíamos que nadie, salvo nosotros, se merecía presenciar aquella historia cargada de arte apasionado y amores conflictivos, tan románticos como desoladores. Esos personajes éramos nosotros, esos sentimientos eran los nuestros, y aunque la época fuera otra y el despliegue de lujo lo más alejado a la realidad de nuestras vidas de pobres jovencitos bohemios, hijos descarriados de una clase media siempre amenazada, podíamos entender -más que ninguno de aquellos otros, a los que suponíamos snobs pretensiosos, habitués del Teatro Colón, las doctrinas rompedoras de los antipsiquíatras Lang y Cooper y los carísimos consultorios psicoanáliticos freudianos- el goce doloroso de la creación artística y los vaivenes de las almas hipersensibles, arrastradas a los abismos de la desesperación autodestructiva, a los infiernos más temidos, por sus oscuros, siempre inalcanzables, objetos de deseo.
El desmedido y talentoso Ken Russell, que ha muerto en estos días con notable exceso de peso y 84 años de nada, no sabía que al contar la muerte de "su" atormentado y bisexual Tchaikovsky -casi un suicidio, apurado con un vaso de agua cargado de peste- estaba presagiando una década antes la muerte prematura y atroz de muchos de los allí presentes. El SIDA, una bestia sin piedad ni límites, un allien de diseño al que la ironía, no necesariamente consciente, de sus descubridores de habla inglesa bautizó con la palabra "ayudas", destruiría mucho de esos cuerpos jóvenes de orgullosa belleza, muchas de esas cabezas talentosas y creativas, mucha de esa imaginación en ciernes, llevándose al hacerlo a algunos de mis más queridos, sensibles, divertidos y siempre añorados compañeros de juegos.



jueves, noviembre 17, 2011

MASCOTAS ACOTADAS


"EN CATALUÑA HAY DOS MILLONES DE MASCOTAS SIN CONTROL"
El titular catástrofe de un diario que se dice populista -ocultando con ese eufemismo su carácter cercano al sensacionalismo a la inglesa- hacía pensar en una invasión monstruosa de seres peligrosos, en un oscuro cónclave de engendros malignos dispuestos a convertirse en ejército, bandada, manada o jauría ansiosa de sangre humana; una pavorosa secta de especímenes raros dispuestos a reivindicar sus derechos después de toda una existencia de domesticado pacifismo.


Supongo que estos medios intentan atraer la mirada de su público habitual y también la de otros que, tal cual yo, ni siquiera se acercan a esta publicación, pero son suficientemente curiosos, rápidos y gozan de la suficiente buena vista como para leer los titulares con el rabillo del ojo al pasar frente algún quiosco que los tenga en exhibición.
Me imaginé a centenares, miles de mascotas arrojadas a la calle por dueños que no podían pagar los emolumentos que, con toda seguridad, les obligarían a desembolsar por tener esos controles en regla. ¿Qué pasearían a partir de ahora todos esos jubilados que sacan a sus perros, tan viejos como ellos, tan pobres como ellos, si se veían obligados a esconder o deshacerse de sus animales por no poder afrontar los gastos que ese ordenado control exigiría?

¡Vaya mierda! Los defensores de la tortura animal contraatacan ahora con una amenaza nada soterrada, anunciada a viva voz, con catastrófico titular, y lo hacen en nombre de unos peligros que no existen o existen en proporciones tan bajas que ni siquiera deberían ser tenidos en cuenta. ¿O sólo será una nociva cortina de humo más para distraer la atención de un sinfín de problemas un pelín más graves, entre los que la debacle de Grecia e Italia y las amenazas nada veladas al futuro español, son sólo una mínima parte de ellos?



Todas las imágenes son de Elliot Erwitt

martes, noviembre 08, 2011

Cachito Cumple Cinco


Mañana, 9 de noviembre, Cachito cumple cinco años.
Hijo tardío, -casi nieto en realidad, aunque no me atrevo a llamarlo así porque para hacerlo debería encontrarle un papá que no fuera yo y eso es imposible- casi desde el primer día viene sorprendiéndome con su precoz autonomía. Trato de educarlo, le dicto cosas que supongo me pertenecen, y él, casi de inmediato y sin pedir permiso, las convierte en su propia palabra. Una palabra que yo siempre supuse poco segura, inestable, balbuceante, pero con la que ha logrado muy pocos enemigos, un montón de amigos eventuales y algunos seguidores cariñosos y pacientes que, supongo, están esperando que este niño-bollo, sin fermento ni levadura, crezca de una buena vez, deje de decir pavadas y descubra algún secreto universal que tenía guardado entre sus harinosos pañales.
Producto sin intermediarios, made in Bertini, el pequeño pedazo de pan sigue siéndolo, porque finalmente, ¿que son cinco años sino la cuarta parte de nada?
Nunca hubiera imaginado que esta creación desprolija -bonita y descriptiva palabra argentina que aquí nadie usa-, fruto de la tozudez de una madrina inesperada, que ahora mismo, como muchos otros, se ha alejado de mi vida (aunque en este caso, y afortunadamente, no de la vida misma) idea-regalo de una agitada compañera de juegos y delirios que en aquel otro nueve de noviembre de hace cinco años decidió que para festejar el día de mi cumpleaños yo debía fabricarme alguna cosa como esta, extraño artilugio virtual donde volcar deseos y experiencias, fantasías y realizaciones, gustos y desagrados. O sea, todo aquello que supuestamente conocía.
Jamás se me ocurrió pensar, lorquianamente, "Así que pasen cinco años..." Pero es casi lógico: tampoco nunca pensé que llegaría a la edad que tengo. Romanticón idiota, pequeño burgués de ciudad con sus necesidades primarias bien cubiertas, me inventaba muertes prematuras para darle alguna razón a mis lamentos.
Hoy, mirando hacia atrás sin ira, con toda la nostalgia, la ternura, la tristeza, la piedad y el desconsuelo que nos da el recordar lo ya vivido, agradezco a los dioses que no hayan escuchado mis pueriles deseos, permitiéndome vivir hasta este nueve de noviembre de 2011...
El mismo año en que corroboro que este intrascendente cachito de pan, siga o no siga su andadura, ya se ha convertido en un cacho importante de mi vida.

miércoles, noviembre 02, 2011

(in) CERTIDUMBRES


...definitivamente: no me gustó Contagio. La encontré indecisa, ladina, bienpagá, amenazante, casi estúpida.
Kate Winslet donando su manta algo raída, y más que sucia, como compañera de último suspiro a un compañero de "internación" tiritante y tan moribundo como ella, resulta entre cursi a lo Lilian Gish y apabullante a lo Carmen Sevilla.
¿Son malos los internautas y buenos los laboratorios y las multinacionales? ¿Contagian los cerditos chinos de la misma manera en que los juguetes fabricados por los orientales pueden asfixiar a los niños occidentales con sus componentes fácilmente desprendibles?
Dudo. No me gusta. Me crea tanta desconfianza como los discursos democráticos de Botín o Berlusconi.
Al día siguiente veo The Road, otra de catástrofe. Impactante caracterización de Vigo Mortensen, espeluznantes escenarios naturales fotografiados con mano maestra por Javier Aguirresarrobe, pero...
¿tenía que ser una Coca Cola de envase herrumbrado el regalo del padre a su hijo?
Así como encuentran frutas enlatadas, cheetos y otra comida basura, ¿no podrían haber descubierto una buena provisión de confituras caseras?
Dudo. No me gusta. Me crea tanta desconfianza como las previsiones económicas de banqueros y multimillonarios, como esos políticos que, aún en el gobierno, prometen lo que harán en el futuro si decidimos votarlos el 20 de noviembre.

miércoles, octubre 26, 2011

Pina Win, Evita Wins


Veo Pina, la última película de Win Wenders. Está rodada en 3D, un artilugio tecnológico resucitado del baúl de los recuerdos cincuenteros para que los insatisfechos de siempre crean ver algo más que danza, más que sentimientos, más que destreza y trabajo, más que arte puro en absoluto estado de gracia.
Esta mujer descarnada, de puro nervio y hueso, no sólo tenía ideas, además sabía muy bien lo que era un espectáculo teatral. Win Wenders, el del amigo americano, el cielo sobre Berlín y alguna otra película de cuyo nombre prefiero olvidarme, a veces, por momentos, posee ese profundo conocimiento de la Bausch o al menos se deja llevar por él. En este film Wenders se olvida bastante de si mismo, de sus habituales escarceos con "lo poético", para adentrarse en el mundo de la protagonista, Pina : un paisaje nada fácil, en absoluto celestial, poblado por seres inquietos, ansiosos, magullados, alejados de todo gesto o intento angélico.
¿O acaso podríamos confundir a esos partenaires estáticos que apenas sostienen a su pareja -vacía de voluntad, hueca, entregada al abandono de sí misma- con aquellos seres alados del cielo berlinés? Sin embargo, puestos los pies sobre esta tierra hostil, la mirada del director alemán sabe descubrir, y descubrirse, la ternura infinita de la compatriota, su capacidad para rescatar el susurro de una leve caricia entre el ensordecedor fragor de la batalla.
Más allá del prescindible 3D, resulta brillante la idea de mostrarnos las coreografías de Pina Bausch bailadas al mismo tiempo por los jóvenes bailarines de la compañía actual y algunos de los intérpretes que las estrenaron y, milagro de la danza y el trabajo duro, serio, sostenido, aún hoy siguen haciéndolo con la delicadeza, la fuerza, la entrega, la precisión del primer día.
"Danzad, danzad, si no lo hacéis estamos perdidos", decía Pina Bausch, como si la danza fuera un exorcismo que puede librarnos de todas las desgracias humanas o tal vez un gesto mágico capaz de liberarnos de esas desolaciones del alma, de esos castigos de un cuerpo que, al no encontrar destino en otros cuerpos, se vuelve ciego, hundiéndose en la desesperación, la locura y el estremecimiento.


Al día siguiente y por una invitación afortunada, voy al pase previo de La sombra de Evita, un "documental histórico" dirigido por Xavier Gassió, sobre la figura y la vida de la cada día más moderna Eva Duarte de Perón. Centrada en su exitosa visita oficial a España -"Cuando quiera llenar de nuevo la plaza, me avisa", cuentan que le dijo en algún momento al por ella poco apreciado General Franco- el film resulta esclarecedor en muchos aspectos y contiene algunos documentos gráficos tan reveladores como poco conocidos. Entre tanta joya documental hábil y cuidadosamente guardada, encontré un detalle mínimo que encuentro define la personalidad de esta mujer fascinante, tan sensible como arrolladora: al bajar del avión que la trajo a España, con toda la tiesa corte del Generalísimo formada para cumplir con la ceremonia oficial de recepción, Evita se detiene para dar la mano a la azafata que espera al pie de la escalerilla. Con ese gesto cotidiano echaba por tierra todo el protocolo reverencial previsto, de auténtica jefa de estado, mostrando una vez más que su lugar no estaba al lado de aquellos personajes sombríos, defensores acérrimos de unas estructuras que ella se había propuesto conmover.
Sin duda alguna, La sombra de Evita ilumina algo más la imagen de esta mujer deslumbrante que en solo 33 años de vida cambió la historia de un país, convirtiéndose en uno de los mitos insoslayables del siglo veinte.
Quizás sea interesante ver que hacen los artistas jóvenes argentinos con ella, convertida ahora en personaje de un dibujo animado que narra, también, su historia.

sábado, octubre 22, 2011

¿Conocés a Blajaquis?


La pregunta me la hizo Jorge Zentner ayer, en el mismo email donde, parco, escurridizo, bien educado, agradecía su inclusión en transAtlánticos.
Copiando su estilo evasivo, algo agotado yo por la última marea de esquelas y presentaciones, ni siquiera me entretuve en contestarle. A cambio hice lo que hubiera hecho cualquier jovencito de hoy con una "máquina" al alcance de la mano: tecleé el nombre en el buscador para saber de qué mierda me estaba hablando.
Apareció este tipo, mezcla rara de vaya a saber cuántas cosas a las que yo no quiero ni puedo ni sé ponerle nombre.



Sepan ustedes, más laboriosos, perdonar la fiaca que me invade (tango, tango...)
Si les interesa el tema, si les resulta interesante el personaje, búsquenlo por la red: la entrevista sigue y sigue y casi no tiene desperdicio...

Posdata: aquí al costado les dejo la posibilidad de hojear o leer transAtlánticos, el libro.

sábado, octubre 15, 2011

el 19 a las 19


Para abrir boca, para entretenerlos, para poner música de fondo a vuestra lectura minuciosa de los cincuenta apellidos presentes en la cubierta, para acompañarlos hasta el 19 a las 19 horas, en que los acompañados seremos nosotros, aunque también como sencillo homenaje a mis grandes fracasos y esperanzado acompañamiento de mis pequeños triunfos, les dejo dos canciones.
La primera tiene letra de uno de los autores presentes en el libro, Raúl Núñez.
La otra no.



martes, octubre 11, 2011

un martes tras otro



Nunca me gustó estar, sentirme enfermo. Y no hablo de enfermedades graves, fatales, de dudosa resolución, sino de esos desarreglos físicos que nos obligan a guardar reposo, a consumir medicamentos y a dormir más de lo habitual. Siempre me pareció que eran una estúpida pérdida de tiempo, un suplantación molesta de la vida normal, un encierro obligado, involuntario; un agujero sin solución en tu agenda anual de actividades.
"Desde el lunes tal de tal hasta el lunes tal de cual, guardé cama por una indisposición que, a pesar de su ligereza, no me permitió desarrollar mi vida habitual..."
Guardar cama, decían mis parientes. Estar encamado, se decía en España hasta hace unos pocos años atrás, causando entre estupor y risa a los argentinos que, recién llegados, todavía conservaban la sana costumbre de encamarse acompañados y con la esperanzada intención de probar sus fuerzas en trajinadas contiendas, generalmente gratificantes.
Cuando estás enfermo, o indispuesto (no es necesario exagerar con los síntomas que te aquejan) te parece que ya nunca volverás a la normalidad...
Mientras, entre tu "nada que hacer" y tu "el cuerpo no me permite hacer casi nada", paseas por la red en busca de consuelo.
Allí está Robbie W, un tipo que se parece a tus amigos de Buenos Aires, canalla y tierno a la vez, tan egocéntrico como entregado, tan cariñoso como castigador. Hace unos años, paseando por un FNAC parisino, lo encontré, enorme, luminoso y virtual, cantando como nadie temas del clan Sinatra, ese mítico Rat Pack de muchachos tan malos y enamoradizos como él. Salí del local con el vídeo entre mis manos y el corazón saltando de alegría. Me gusta mucho este tipo ambiguo, asimétrico y moderno. Se nota que ha tocado varios límites y finalmente decidió no traspasar la frontera, quedarse de este lado. Fiel a sí mismo, pero con nosotros.













Autorretrato por Bertini

martes, octubre 04, 2011

Nick Cave, el otro


Hay un Nick Cave blanco y sombrío, voz cantante de unas malas semillas musicales, australiano de origen, primo hermano físico de Benjamin Biolay y pariente sonoro muy cercano de Tom Waits, Leonard Cohen, Marianne Faithfull, Lou Reed, Patty Smith y, me atrevo con esto, del menos centelleante de los Bowie posibles.



Hay un Nick Cave negro y colorido, autor de trajes sonoros de aire tribal que convierten al cuerpo que los lleva en una excusa necesaria para el movimiento, en un mecanismo imprescindible para ese susurro, a veces casi imperceptible, de los diversos materiales usados para construirlos.
Trajes habitáculo para cubrir cuerpos que, con modesta arrogancia, desean llamar la atención sin ser vistos. Cuerpos peana para exhibir esculturas blandas de amoroso canibalismo cultural y artístico.




Cada uno como otro del otro.


Chau. Hasta un día de estos. Los dejo con ellos.

lunes, septiembre 26, 2011

misterios, muertes, cajas cerradas


Cuando se estrenó Belle de Jour, en el cada día más alejado Siglo Veinte, los críticos y especialistas de cine se preguntaban sobre el contenido de la pequeña caja que el actor Pierre Clementi (1942/1999), en un personaje cargado de sadismo, voluptuoso y vil como él mismo, mostraba con gesto amenazante a la atemorizada, aunque sin duda muy gozosa, Catherine Deneuve.
¿Qué demonios había allí adentro? Todos pretendían tener la verdad, conocer el secreto, y el tema, un detalle más en una película cargada de imágenes ambiguas, inquietantes, daba para llenar columnas y columnas de periódicos y atraer abundante público a sesudas mesas redondas, entre cinéfilas y psicoanalíticas.
Reconozco que nunca me preocupó demasiado el contenido de la pequeña caja, subyugado hasta la náusea por las manos morbosas, enfermizas, corrupt(or)as del por aquel entonces joven actor francés. Ahora mismo veo a Clementi, que pasado mañana hubiera cumplido 69 años, como un desperdiciado y económico conde Drácula, ya que no hubiera necesitado maquillaje, vestuario ni atrezzo alguno para hacer creíble su papel de maitre del vampirismo universal.
(...Horas después de colgar el post, Alfredo e Isabel aclaran mi confundida memoria: gracias por ello. Preferí otorgar la propiedad de la misteriosa caja a Clementi cuando en realidad su dueño era un señor algo obeso que preferí olvidar. Supongo que mi memoria, selectiva y sobrecargada, algo estrecha para aceptar según qué humillaciones, prefirió las uñas largas del actor francés a los pliegues sebosos del para mí desconocido actor oriental...)
Agobiado con un calor que a pesar de lo que dice el calendario se niega a abandonar la escena, impactado por los vaivenes de la cada día más crí(p)tica economía mundial, aburrido hasta lo indescriptible por unos políticos carentes de cualquier propuesta medianamente honesta y/o esperanzadora y bastante más que indignado, enardecido por los que exigen libertad para seguir torturando animales en nombre de una supuesta cultura que no todos compartimos, buceo por la red buscando imágenes, músicas, historias que me saquen de esta inopia que empiezo a suponer virósica y, rodando, rodando como Santa ¿Eulalia? dentro del tonel, me encuentro a la última chica mala del pop:



(lo dice ella, lo aúlla en realidad: tú lo sabes, no soy buena) domesticada al fin, vestida de absoluto, riguroso luto, en medio mismo de un cementerio decadente y rodeada de otros deudos que la observan compungidos.
Mientras su voz en off nos cuenta una historia vulgar, mil veces contada:
He left no time to regret
Kept his dick wet
With his same old safe bet
Me and my head high
And my tears dry
Get on without my guy
You went back to what you knew
So far removed from all that we went through
And I tread a troubled track
My odds are stacked
I'll go back to black
We only said good-bye with words
I died a hundred times
You go back to her
And I go back to...

la vemos arrojar con gesto indolente algunas flores blancas sobre una caja cuadrada que contiene...¿qué demonios contendrá esta caja?
Yo tengo respuestas; más que algunas, varias, pero quizás entre todos ustedes, los que a veces me leen, alguno conozca "La Precisa", que decíamos en mi barrio.



Y como no hay dos sin tres y una trashumante Mary Poppins me envía dos días después este magnífico regalo, lo comparto con ustedes. En Cuerpo, en estos momentos bastante maltrecho, y en Alma, dolorida pero aún entera.

martes, septiembre 20, 2011

temores, miedos, todas esas cosas...


...gira que gira la basura espacial... hasta allí hemos llegado, convirtiendo toda nuestra herencia cultural en este futuro legado arqueológico de basuras y residuos, en un LP hediondo con música de catástrofe... un trozo de satélite de ciento cincuenta kilos puede caer sobre tu, nuestra cabeza, y los bustos parlantes lo anuncian así, alejados de toda preocupación, con una sonrisa clásica de telediario... se supone que no tocará tu cuerpo: la posibilidad es de una entre 3000 personas, pero como tal vez no tienes algo mejor en qué pensar se te ocurre calcular cuántos espectadores hay en un estadio de fútbol, cuánta gente pasa por un punto preciso de las ramblas durante una cierta cantidad, escasa, de tiempo, entonces la probabilidad no te parece tan lejana y ya te imaginas aplastado contra el suelo: un gesto pictórico sobre la baldosas dibujadas de Gaudí, tus pulpas formando parte de un dibujo sangriento que cambiará, tiñéndola, la gris, beige, verdosa monotonía de su muy transitada superficie...da igual te dices, de algo hay que morir, y entonces piensas en las veces que te han asustado, amenazado, coartado con este tipo de noticias: la gripe asiática, el mosquito tigre, la bomba de neutrones, las enfermedades venéreas, la invasión de los piojos escolarizados, las vacas locas, los pepinos radioactivos, la debacle económica mundial... y el sida, por supuesto... no todas fueron falsas alarmas y lo demostraron llevándose a un montón de amigos, por tanto continúas prestando atención a las noticias, sigues divagando sobre la posibilidad de que alguna vez te toque a ti, superviviente... ¿qué cuánto tiempo le dedicas a ese ejercicio malsano? nadie debe preocuparse: sólo unos escasos segundos de tu día, ya que después tienes que ocuparte del gato Federico que pide su cepillado diario, de tu estómago que demanda comida, de tus blogs y tus faces, de tu trabajo cotidiano y tus placeres esporádicos... y a veces, no muchas, tienes la suerte de asistir al acto de entrega de los premios Terenci Moix -sí, el escritor catalán ya fallecido, ese mismo tipo que alguna vez te entregara un premio vertical y erótico-, y encontrarte allí, entre cristales, azulejos y piedras modernistas, con algún que otro amigo, con varios conocidos, con la presencia imponente de un mito del periodismo, Jean Daniel, creador y director de Le Nouvel Observateur, con la voz magnífica y el porte aniñado de Miguel Poveda, con el discurso irreverente de la fotógrafa Colita, con la anécdota divertida de Carles Santos y la música fragmentada de Mauricio, de Olvido... y finalmente, aunque no deberías decirlo, con todas las notables ausencias de tu vida...










Fotos: Miguel Poveda, Colita con Ana María Matutes y Teresa Gimpera, Jean Daniel, el poeta Adonis y su intérprete susurrante, la violinista Olvido, el escenario vacío; todas por Bertini

domingo, septiembre 18, 2011

Un cielo de color metálico


La plata, así, en letra pequeña, es el dinero de los argentinos; un sinónimo culto de esa guita porteña que ahora se muestra en todo el mundo tan esquiva y fluctuante, tan ligera y mobile como una voluble dama -más verde que verdiana- de gran ópera clásica.
La Plata, en este caso con notables, enfatizadas mayúsculas, nombra a la amplia ciudad capital de la provincia de Buenos Aires, entre dueña y tocaya de ese río color de león, (poético eufemismo para enmascarar su condición fangosa, tan alejada de las familiares transparencias mediterráneas) que resulta ser el mismo río de sueñera y de barro por donde llegaron los barcos ¿fundadores? de la mítica, eterna patria borgeana.
Cuna y refugio de algunos amores, de muchos familiares y amigos, La Plata con mayúsculas esconde entre sus pliegues marmóreos tesoros como este que encontré hoy mismo, hace apenas unos minutos, mientras buscaba los cortos animados del sudafricano William Kentridge.
Joya, que no taxi, dirían los vendedores argentinos de autos usados. Melodiosa y sencilla, búdica sin bar, ideal para una tarde lluviosa, casi otoñal, en la todavía veraniega Barcelona, esta muchacha se llama Fer López Camelo y cubre con esponjosa cadencia mi provisional, al menos esto espero, ausencia de palabras. Que la disfruten tanto como yo.




jueves, septiembre 08, 2011

Pantano florido



Un tipo muy joven de apellido Pantano, hijo de un subcomisario de la policía bonaerense argentina, mató a tiros a un adolescente de 17 años cuando este salió en defensa de una joven amiga a la que el tal Pantano intentaba atracar.
El muerto, un chico "de buena familia", muy apreciado por todos sus conocidos, era estudiante de cine e hijo de una prestigiosa filósofa argentina. Se llamaba Ezequiel, un nombre que en hebreo significa Dios fortalece y remite a un antiguo sacerdote judío de Babilonia, famoso por sus profecías.
Después de cometer el asesinato, el joven Pantano se refugió en su casa y por temor a ser reconocido cambió de identidad. En el nuevo documento se apellidó Flores.
Un tan tardío como inútil intento de escapar de ese pantano familiar que al final, supongo, lo tragó para siempre.

Fotografía de Letizia Battaglia

viernes, septiembre 02, 2011

Poco o mucho té


Ese tipo tiene poco té, dicen los japoneses amantes de esta infusión cuando alguien es desvaído, ignorante, poco sutil, nada refinado, zafio, iletrado o simplemente tonto.
Por el contrario, si resulta que el sujeto está demasiado metido en sí mismo, es poco afecto a conectarse con todo aquello que sienta ajeno a sus intereses personales, afirman que está excedido de té.
Hoy, recién levantado de la cama, me preparé un té rojo para, como cada día, sentarme frente al ordenador, abrir el correo, contestar algunos emails, desechar otros y hacer el solitario al que adjudico propiedades de despertador de mis neuronas.
Distraído con el plumbago florecido del balcón de mi estudio -en Argentina lo llaman jazmín del cielo por el color luminoso, realmente celestial, de sus flores- volqué un poco de ese té golosamente endulzado con miel y apenas aclarado con una nube de leche de soja, sobre la mesa sobrecargada -aunque siempre con cierto orden que José Luis Giménez Frontín encontraba admirable- de papeles, libros de consulta, chirimbolos variados y diversos objetos de uso cotidiano.
Mi dosis de té diario (tres o cuatro vasos altos, de los de refresco o agua) debe estar muy equilibrada: en vez de desentenderme del enchastre o castigarme por la torpeza de mi gesto, decidí que era una buena oportunidad para ordenar, limpiar, poner al día la mesa desde donde trabajo, y también me entretengo, con el ordenador.
La anécdota no importa demasiado, lo sé, pero me hizo pensar que hoy debía hablarles de este libro tan breve como fundamental: El libro del té de Okakura Kakuzo. En diferentes ediciones siempre estuvo en mi casa, cerca de la mano y los ojos, salvo en los momentos, varios, en que lo presté y no me fue devuelto, o aquella otra vez en que descubrí que unas polillas, tal vez gourmets, no necesariamente japonesas, habían devorado gran parte de sus, supongo, aromáticas y revitalizantes hojas.
Y, con mis disculpas, dejo esto aquí. Bulle el agua en la pava eléctrica, llamándome con insistentes silbidos de repartidor de barrio. Quiere recordarme que había decidido tomar otro gran vaso de té; esta vez un ahumado, fragante y chino Lapsang Souchong.

"Un extranjero se sorprenderá de que hagamos tanto ruido por tan poca cosa. ¡Qué tormenta en una taza de té!, dirá.




















Pero si consideramos cuán pequeña es la taza del goce humano, qué deprisa se llena a rebosar de lágrimas, con qué facilidad la vaciamos hasta las heces en nuestra inextinguible sed de infinito, no nos reprocharemos el hecho de dar tanta importancia a una simple taza de té. La humanidad ha hecho cosas peores. Hemos realizado demasiados sacrificios en el culto a Baco e incluso hemos transfigurado la sangrienta figura de Marte. ¿Por qué no consagrarnos a la reina de las camelias, deleitándonos con la cálida corriente de simpatía que fluye de su altar?" Okakura Kakuzo, El libro del té.


Ilustran: Jazmines del cielo en el balcón y Las teteras peregrinan a su fuente, fotos de Bertini.