domingo, mayo 30, 2010

Adiós, muchacho...




Una noticia doblemente desagradable.
Una muerte siempre lo es, máxime si el idiota que la transmite, a media mañana y por radio, dice que el finado se ha ido de la vida de forma "poco gloriosa".
¿Cómo te vas a morir tú, desgraciado? Si Dennis Hopper, el personaje, te hubiera oído, ahora mismo estarías luciendo una botella rota en medio de la cabeza o un balazo certero en medio de la frente.
El joven cowboy motorizado que nunca quiso crecer, hacerse viejo, desaparecer de esta pantalla nuestra de cada día, se ha muerto de cáncer de próstata, anciano, en su casa y rodeado de la que era su familia.
¿Esperaba que lo acribillaran a balazos en una emboscada a pleno sol o terminara en una oscura, cinematográfica calle del Bronx, con una sobredosis de heroína en vena y un puñal clavado en el corazón?
Poco antes, ya al borde de la tumba, tuvo un gesto que a su personaje le iba tan bien como un anillo de sello a un dedo meñique de uña bien cuidada: pedir el divorcio de su ultima esposa, también actriz.
No conozco los detalles ni me interesan. Querría partir sin compromisos, tan solo y descasado como había llegado al mundo.
Hizo muchas cosas, no todas tan bien como los demás esperaban. Hace algunos años, bastantes ya, Barcelona organizó una exposición con sus fotografías. Mostraban la mirada curiosa, aunque sin sorpresas, de un muchacho vagabundo y solitario, decidido a recuperar con la cámara algo de todo aquello que había perdido alguna vez. Quizás en el mismo momento en que murió su único, según él, amigo de juventud: el mítico James Dean.



ilustra: fotografías de y por Dennis Hopper, incluída el retrato de Paul Newman, realizado durante el rodaje de La leyenda del indomable (Cool Hand Luke)

martes, mayo 25, 2010

perlas de la memoria


Es martes por la mañana. Digo Perla y aparece mi prima de Gauleguaychú tocando el piano como una desaforada.
Milongas, habitualmente tocaba milongas, aunque no le hacía ascos a las composiciones clásicas, sobre todo las que tenían pasajes donde podía lucir su brío, por lo general desmedido; tanto como para dejar la cubierta del teclado con evidentes, nada agradables rastros de sus uñas.
Mi prima Perla era hija de un militar retirado de infantería, tío político mío por parte de madre. Hombre rígido, patriotero, moralista, de cachetazo fácil y abundantes represiones para con su familia -numerosa, por supuesto-, todo el mundo lo respetaba o al menos le temía.
Supongo que Perla, mi prima, poseedora de un carácter parecido al de su padre, se desfogaba aporreando el piano a falta de algo mejor; quizás un objeto sin sonoridad, aunque con posibilidades de responder al ataque feroz de aquellas garras perladas de mi parienta con un auténtico festival de sangre, sudor y lágrimas.

Perla, mi prima, se parecía a Gloria Grahame. O tal vez fuera la Grahame la que resultaba identica a mi prima. Resulta harto difícil adjudicar a una u otra la invención de un estilo que las calles repetían con superficial entusiasmo. Cientos de mujeres del montón, con cuerpos y rostros que nada tenían que ver con los originales, los de Perla y Gloria, por supuesto, hacían acopio de postizos, rimmel, gruesas capas de pintalabios carmín (siempre algo excedido de sus límites) y abundancia de posturas de cadera quebrada, un pelín barriobajeras, sutilmente obscenas, en un intento estéril de copiar las almas -desesperadas, ardientes, sadomasoquistas- de Gloria y Perla, más propias de una guerrillera encarcelada que de un ama de casa mortalmente aburrida de sus tareas cotidianas o de una secretaria ejecutiva con escaso tiempo libre.
Como muchas de mis tías y primas casadas o solteras, Perla sufría de constantes dolores de cabeza que la obligaban a encerrarse en su dormitorio durante la siesta, con un paño de agua fría sobre la frente, las persianas bajas y la llave echada.
El piano lo tocaba por las tardes o muy temprano a la mañana, apenas levantarse. Costumbres adquiridas, junto a un mal humor casi constante, en su casa paterna de Entre Ríos, cuando su padre, maestro de música y director de una pequeña orquesta típica compuesta por todos sus hijos y dedicada a amenizar fiestas populares y conmemoraciones patrias, le enseñaba a solfear a fuerza de gritos, insultos y castañazos.
Perla era la auténtica perla de los Videla de Gualeguaychú. Nunca la ví sin maquillaje o con la corta cabellera rizada en desorden. Tampoco usó jamás pantalones, ni siquiera de pijama, y es la única mujer, lo juro, a la que vi caminar en pantuflas de entrecasa con displicente elegancia, como si tuviera puestas sandalias con altísimos tacones aguja y estuviera desplazándose entre las mesas ricamente decoradas de un cocktail mundano en un hotel de lujo.
Podría definir su estilo interpretativo como una versión algo más viril del Príncipe Kalender, un solista de piano de origen ignoto, presumiblemente italiano, de gran fama en Buenos Aires por aquella época. No se si Perla era consciente de aquel parecido, ya que las composiciones preferidas de mi prima no eran las del Príncipe, creadas especialmente para demostrar su maestría como ejecutante, sino los conciertos numerados para piano y orquesta de Rachmaninoff. Orquesta sinfónica nunca tuvo cerca, pobre Perla, pero eso no le resultaba ningún impedimento. Cada mañana abría la tapa superior del enorme combinado de mis padres y apilaba sobre el dispositivo que los dejaba caer, estruendosamente, de uno en uno, aquellos frágiles discos de pasta que a mí nunca me permitían tocar, para acompañar al concertista grabado como si estuvieran tocando a cuatro manos. Una delicia muy especial mi prima Perla. Jamás pude entender por qué, siendo como era un volcán soterrado al que podía suponerse una potencia sexual arrasadora, nunca nos enteramos de que tuviera a nadie a quien amar.
Tal vez fuera más astuta de lo que todos creíamos y sus constantes visitas al médico escondieran secretos pasionales, que la callada Perla, sensual y misteriosa como un preludio de Debussy, se llevó para siempre a la tumba.
Posdata: Ahora, nada más terminar de escribir este texto, me pregunto si en realidad mi prima Perla no se llamaba Dora.

Ilustra: fotos publicitarias de la actriz Gloria Grahame; en la segunda, la misma actriz caracterizada como mi prima Perla. Partitura del Príncipe Kalender.

sábado, mayo 22, 2010

migajas de primavera


Hansel y Gretel, esos niños de cuento, dejaban caer a su paso piedras, botones, cualquier objeto pequeño y notable que les permitiera desandar el camino a casa sin perderse irremediablemente en el bosque.
Yo necesito que este blog no acabe por pura inanición, por la total ausencia de lectores medianamente interesados en lo que aquí escribo, así que dejaré algunas migajas de mi pan diario para que todos aquellos que se hayan despistado puedan retomar el camino que lleva de nuevo hasta este lugar, mi casa.

Una rata se deslizó suavemente entre la vegetación
arrastrando su panza fangosa por la orilla
mientras yo pescaba en el turbio canal
un atardecer de invierno por detrás de los gasómetros
meditando sobre la ruina de mi hermano el rey
y sobre la muerte de mi padre el rey, antes de él


Esta estrofa forma parte de un largo poema de T.S.Eliot, nacido estadounidense y con posterior nacionalidad inglesa, tan ajeno a las piruetas del otro Elliot, Billy, el pequeño bailarín de película, como a los tiros casi siempre certeros del televisivo Eliot Ness. El autor de La tierra baldía y Asesinato en la Catedral fue Premio Nobel de Literatura en 1948 y una de las voces más destacadas en las letras anglosajonas del siglo pasado. Esta traducción, encontrada en la red casi por casualidad, podría ser más que defectuosa, al menos no me atrevo a asegurar lo contrario, pero me sirve para hablar de la melancolía, ese animal viscoso que nos atrapa por sorpresa en un recodo cualquiera del camino, ese virus malsano, insidioso, que, arrastrándonos a la maloliente, por irracional, ciénaga de la conmiseración y el desprecio hacia todo lo que nos rodea -incluyéndonos de forma tácita, sin explicitarlo- nos convierte en un alga informe, de(s)rrumbada y temblorosa. Fieramente atacado por ella en estos días -quizás la nostalgia sea otra forma de esta alergia que enturbia mis ojos y lastima como polvo de vidrio mi garganta- la saco al sol para ver si escapa de mí como una lagartija asustada, dejándome al fin en paz.

Comparto una mesa con otras once personas. Comemos y trabajamos al mismo tiempo. La vida no está nada fácil, nunca lo ha estado, por lo que se hace necesario reir con/de cualquier tontería. Mientras nos sirven el segundo plato, alguien a mi lado cuenta que un famoso personaje llamado Félix María fue encarcelado por no sé qué motivos y los otros presos invirtieron gran parte de su tiempo de ocio carcelario en violarlo una y otra vez sin darle descanso; tanto, que fue necesaria una posterior internación hospitalaria. La historia es lamentable, desgraciada, patética, sin embargo a mi se me ocurre decir:
-O sea que el tipo entró como Félix María y salió como María Félix...
Algo macabramente ingenioso de lo que con toda seguridad me arrepentiré en este mismo instante, pero que ha hecho reír a mandíbula batiente a todos los, hasta un segundo antes cariacontecidos, compañeros de mesa.
No somos santos.

Los que escribimos poesía estamos acostumbrados a leerla en cualquier parte: reuniones, congresos, teatros, bares, cafés y restaurantes, salas de conferencia, jardines, hoteles. Nunca sin embargo me había encontrado con una gata, sabia y adorable, ocupando una silla entre el público asistente. Sucedió el jueves por la tarde en el Arthostal del Borne, cuando varios autores argentinos leíamos nuestros poemas, publicados hace unos días en una plaquette austera, de elegante diagramación en varios tonos de gris, por el colectivo de El laberinto de Ariadna.
Uno de mis placeres cotidianos es desayunar fuera de casa. Al sol, con el diario del día y un buen café largo y oscuro apenas aclarado con una nube de leche, si es posible acompañado por alguna delicadeza más sólida. Por suerte para mi hedonismo y desgracia de mi dieta, vivo en un barrio donde abundan lugares agradables para oficiar este ritual de forma muy satisfactoria. Hoy mismo, sábado, desayuné en una terraza a la que nunca había ido: la del café del restaurante Lo Duca, a los pies de ese sobrio hotel con toldos negros de la calle Mallorca, entre Paseo de Gracia y Rambla Cataluña, el Alexandra. Nos atendió una bella, amable y joven mujer rubia a la que supuse ucraniana. No me equivoqué: lo era.
Media hora después, caminando por Rambla Cataluña hacia el bajo, me encontré con la nueva exposición de Eulàlia Valldosera (1963) en la galería Joan Prats. Se llama Dependencia Mutua y está centrada en una mujer joven, Liuba, también ucraniana, que limpia con cuidadoso mimo una estatua clásica del emperador Claudio, propiedad del Museo Arqueológico de Nápoles.
Muestra emocionante de auténtica emoción, en ella Valldosera, sensible, minuciosa, alerta, retrata a través de distintos soportes -fotografías, vídeo, instalaciones lumínicas- la relación amorosa entre el mármol majestuoso de fría belleza y la bella dulzura de unas manos femeninas que parecen enamoradas del trabajo que les ha tocado en suerte, retratando al mismo tiempo la relación inconsciente entre los opuestos, sus distintas interdependencias y subordinaciones.
Por cosas como estas sigo viviendo donde vivo, a pesar de mis nostálgicas alergias y mis reiteradas quejas.

ilustran: fotos publicitarias de María Félix, fotografías otras de Bertini.

miércoles, mayo 19, 2010

Cat Power (un sentimiento)

Un sentimiento, unos instantes; poco más que un pequeño trocito de mi vida.
Un corto tramo de ese silencio sostenido que llamamos tiempo.
Parco de palabras, comunicativo o exhibicionista -podéis quedaros con el adjetivo que más os guste y que, según vosotros, mejor me defina- de pronto tropiezo con una canción que me deshace lentamente -puré de manzanas, zumo de melocotón, picadillo de carne- convirtiéndose en la banda sonora más apropiada para este, mi estado actual, tan pesado como contradictorio.
Es mayo, lo que fue gris es verde y hay sol por todas partes...¿por qué, entonces, mi alma estará tan desarbolada y sombría?




Posdata: la misma canción dos veces para que no queden dudas. En la primera podéis ver a Jude Law, siempre gratificante, en la segunda, al pie, podéis encontrar el texto en inglés. Como gustéis. Ilustra una foto de mi mesa mutante, mayo del 2010.

domingo, mayo 16, 2010

Estimado Señor Alcalde:


...respondiendo a su Consulta de la última semana, tenemos a bien comunicarle que un ochenta por ciento de los votantes ha optado por la opción C de conservación, de cuidado, de creemos que es mejor dejarla como está, de cómo podemos ponernos en semejante gasto cuando estamos atravesando una crisis tan seria, de comprendemos que ni siquiera se lo ha pensado, pero cuando acaben las obras mucho de nosotros estaremos convertidos en calaveras y nuestros últimos, dorados años, habrán sido un verdadero calvario, sumergidos en polvo, ruido, desorden, caos.
Es cierto que gran parte de los habitantes de esta ciudad nuestra ni siquiera se han acercado a votar, más preocupados por los goles, la copa y los vándalicos festejos posteriores, que por las calles, avenidas y diagonales por donde se desarrolla su vida. Aunque desolador, resulta que las cosas son así y los que votamos estamos convencidos de nuestra elección. No seremos mayoria, pero tampoco somos ni seremos silenciosos.
Suponemos que no se pondrá demasiado contento cuando se entere de este resultado, teñido de un estridente color calabazas, sin embargo deseamos que sea usted un alcalde bien temperado y lo acepte con democrática convicción. Digiera, si puede, este resultado contrario a sus deseos como una equivocación más, que no la primera, en su tal vez ya demasiado dilatada carrera política.
Y por favor, comprenda con sensatez y coraje que su pobre mascota no ha tenido nada que ver con todo esto.
Sería una arbitrariedad arrojarla a la calle. Ella jamás lo haría.

Comprensivamente,
un barcelonés de adopción.

Ah! Se me olvidaba. Los tres millones de euros que según parece ha costado la Consulta , podrá devolverlos en muy cómodas cuotas, restando mensualmente una mínima porción de su sueldo y depositándola en una cuenta bancaria a nombre de los contribuyentes.

Ilustra: foto publicitaria de Laura Linney, magnífica actriz de Mystic River y Linsey, entre otras más que recomendables películas.

viernes, mayo 14, 2010

Respuesta a una carta (en La Nit dels Museus)


(el sábado por la tarde, comenzando La Nit dels Museus, leeré este texto en el Museo de Historia de Barcelona. Es una revisión de otro que colgué en su momento en mi blog de poesía, amorimás. Los que lo sigan lo reconocerán; para los demás, una gran mayoría, resultará, espero, novedoso)

Recibo tu carta en Barcelona cuando llego a casa cargado de verduras:
compras de sábado después del desayuno,
todo un ritual sabático en un café cercano con
susurrante nombre de moneda

Desde las Ramblas despejadas por los últimos fríos de un invierno
que no deja florecer la primavera,
recuerdo, por supuesto, la casa con perros
y un muchacho con rulos,
rizos decimos por aquí,
que alguna vez me visitó a destiempo

No puedo asegurar que seas exactamente vos, el mismo,
(por entonces un albertito blanco, etéreo)
este Alberto Blanco que me escribe ahora
pero si lo sos, y espero que no te ofendas por otra confusión
añadida a aquella época de confusiones varias,
de ensordecedor redoble de plumas no siempre angelicales;
si fueras vos, repito,
llevabas una marca en el cuerpo
que parecía el azote de un demonio ajeno a tu presencia,
despistado guardián de las llaves edénicas

No hay nada que deba preocuparte.

Seas o no seas vos el que recuerdo en este instante
me alejo de mi casa hacia la mar cercana:
cargados los bolsillos de naranjas amargas,
midiéndome los pies a cada paso
para no tropezar
triste y torpemente
con cada uno de todos mis fantasmas

Náufrago barcelonés de un barco sin bandera
que nunca me condujo a nada,
demorado viandante de una accidentada Via Layetana,
tardío Morador, o sólo residente, de un presente gótico
densamente poblado por chinos, sudacas y pakistaníes,
me alegra este reencuentro con un pasado
que todavía no añoré lo bastante
como para sentir la más que necia necesidad de olvidarlo.

Barcelona, mayo de 2010

retrato de Robbie Williams por Michel Comte

POSTFOTOS: algunas, pocas, imágenes del acto de ayer -La Ciutat Llegida/La Ciudad Leída- en la Plaza del Rey, organizado por el Museo de Historia de la Ciudad bajo la coordinación de Isabel Núñez. Entre el público se puede descubrir a varios brillantes poetas de España y Argentina.



sábado, mayo 08, 2010

las Mentiras como Arte


- Bueno, lo entiendo, pero para vos, como director y guionista de la película, al final, ¿Pablo regresa o no?
Diego Sabanés me mira algo sorprendido. Cerca de donde estamos, Pascual Maragall y su mujer conversan con el músico Rudy Gnutti y el director de fotografía Julián Elizalde, mientras Andrés Mangiarotti, cónsul de Argentina, intercambia tarjetas con una joven poeta barcelonesa de largas y despeinadas guedejas. Por suerte no me escuchan. Esas preguntas no se hacen, no suelen hacerse, porque si te atreves a hacerlas corres el riesgo de quedar como un idiota nada principesco, un oligofrénico sin remedio ni asilo, o, simplemente, como un cutre que no entiende que algunas obras son ambiguas y pretender que no lo sean, pedir explicaciones sobre ellas, es ofensivo para el artista que las ha creado.
- ¿Por qué sonríe la Gioconda, don Leonardo?
- Señor Picasso, Pablo, ¿no cree que dos ojos sobre el mismo perfil conforman una cara un poco extraña?
- Don Milo, ¿usted no sabe esculpir brazos o la modelo había sufrido un desagradable accidente ferroviario poco antes de posar para su Venus?
En el último festival de Lleida me molestó muchísimo que una señora, por lo demás simpática, insistiera en saber si el final de una película era de una manera u otra, sin entender que ese detalle resultaba accesorio, no agregaba ni quitaba nada al verdadero meollo del asunto. Crimen y castigo, que diría el atormentado Fiodor, mi intolerante incomprensión se veía descubierta pocas semanas después con una pregunta que, conocedor de las leyes que rigen ciertos ambientes artísticos e intelectuales, nunca debería haber hecho.
¿Atolondrado? ¿Inconsciente? Para nada; más bien me definiría como un aventurero de los pequeños gestos cotidianos.
Aunque me había parecido sorprendido, el director de Mentiras piadosas contestó con absoluta precisión lo que le había preguntado. No transcribo su respuesta porque supongo que a muchos les fastidiaría conocerla.

La noche del viernes me invitaron al cine Alexandra, único de la ciudad con coronita incorporada, para la premiére en Barcelona de esta nueva película, opera prima de un joven director argentino. Me enteré de su estreno en Madrid la semana pasada y la esperaba con bastante curiosidad porque en ella trabaja Marilú Marini, compañera de algunos anhelos y varias correrías durante nuestras lejanas juventudes porteñas. Excelente bailarina devenida actriz, le otorgaron el premio teatral Moliére, el más prestigioso de Francia, por su actuación como protagonista de La mujer sentada, una comedia atípica escrita por el también argentino Copi en base a sus tiras cómico-satíricas de Le Nouvel Observateur. Marilú vive hace años en París y a pesar de su contundente carrera artística nunca antes había hecho un protagónico en cine. Como todo el resto del elenco, importa decirlo, está simplemente perfecta en el papel de esa enferma saludable -el título original del cuento de Cortázar en el que está basado el guión de la película es La salud de los enfermos -, una señora de buen ver, que, desde una supuesta, casi angélica inocencia y escudándose en la coartada que le brinda su imperturbable fragilidad de acero, acaba devorando todo aquello que la rodea.
En la breve presentación previa, Diego Sabanés dijo que en algún festival europeo había causado asombro su más que notable juventud, excesiva, según parece, para el responsable de un film de factura clásica, de una narración sin desmadres ni golpes de efecto, continuación madura del cine argentino de los años sesenta, aquel donde reinaban los nombres de Torre Nilsson, Fernando Ayala y Leonardo Favio e intentaban hacerse un espacio David Kohon, Manuel Antín, Osias Wilensky y Rodolfo Kuhn. Un film que, además, opta por un final trágicamente contenido que me recordó lejanamente al de La heredera de William Wyler (1949). Todas excelentes compañías, sin ninguna duda.
Emparentada con otras vibrantes narraciones sobre la decadencia de una clase, una sociedad, una forma de vida, un país -Casa tomada y Cartas a mamá, también de Cortázar, El salón dorado de Manuel Mujica Láinez-, en Mentiras piadosas aparece además, no se si voluntariamente, una sutil, levemente irónica, metáfora descriptiva del hacer literario. "Cada día escribe mejor", dice la madre cuando terminan de leerle la que para ella será última carta del hijo ausente. Esa laboriosa red de engaños, ideada aquí por todos los habitantes de la casa y realizada con meticulosa habilidad por el hermano nostálgico, principal sostén del estricto orden familiar al mismo tiempo que de las fantasías esperanzadoras que permiten la supervivencia del grupo, podría entenderse también como una parábola sobre la ética siempre ambivalente de la creación artística, esa invención que transforma la inaprensible realidad ocupando momentaneámente su espacio.

Posdata:
como si fuera un agradable comentario, me escribe Diego Sabanés para comunicarme que el equipo de Mentiras piadosas ha colgado en su web este post. Gracias por tenerlo en cuenta.
Posdata dos:
FILM ARGENTINO EN ESPAÑA. José Miguel Onaindia asistió en Barcelona al estreno de la película argentina Mentiras piadosas, de Diego Sabanés, basada en cuentos de Julio Cortázar. El film reunió, en una sala belle èpoque llamada Alexandra, a un importante grupo de personas, entre los que se encontraban algunos argentinos como Dante Bertini, escritor radicado en aquella ciudad desde 1975 y que ganó el Premio Tusquets en 1993 por el libro El hombre de sus sueños. En el brindis posterior a la proyección, se comentó la calidad de la película y el recuerdo que había provocado el cine más intimista de Leopoldo Torre Nilsson.
© LA NACION
(publicado en Gritos y susurros, suplemento cultural del importante diario bonaerense)


Ilustra el post una obra del pintor y escultor argentino Pablo Suárez: Ahogado en la cacerola doméstica.

martes, mayo 04, 2010

Doxa y Alétheia


-Quién lo diría,
me dice, contradiciéndose una vez más, el que siempre va conmigo. Tiene la voz grave y la intención irónica. No acostumbra ser así. A veces susurra y otras muchas carraspea. Esta última forma de llamar mi atención la usa cuando piensa, ¿piensa?, que estoy por meter el goce en algún lugar peligroso, o sea ignoto, audaz, divertido.
-Si nunca aprendiste griego ni filosofía comparada, ahora, a tu edad, te vas a meter en esos berenjenales...
Ni siquiera sabe lo que está diciendo. Es pura doxa. Une la palabra filosofía a la palabra comparada porque alguna vez escuchó los dos términos juntos... y de las berenjenas poco sabrá su saber, salvo que se las puede hacer rellenas, como las solía hacer su madre, que era correntina, no griega, francesa o italiana.

Aletea la diosa...
Me sucede sin siquiera pensarlo. Pura asociación libre, digo para disculparme.
Hay miles de canguros esperando dentro de otros miles de canguros de mayor tamaño para descubrirme/pescarme en un renuncio cualquiera. Esto del renuncio, creo, debe salir de la letra de algún tango canyengue; o del truco, que es un juego tanguero y llega siempre acompañado con bizcochitos de grasa y mate amargo. Aunque renuncio puede ser también cualquier cosa que rompa la norma, como suelen hacerlo las cosas alargadas, erectas y/o mórbidas. Es que, según parece, si las cosas son largas llevan implícito el pecado carnal. En el caso de que sean piernas hay que ocultarlas o salir rajando: ¡piernitas pá qué te quiero!, que decía el Petiso Orejudo, famoso asesino serial porteño, después de rajar a alguien (observen cómo uso el verbo rajar en dos de sus acepciones posibles: escaparse, huir, echarse atrás y herir a alguien con un arma blanca).
Pero no nos distraigamos. Volvamos a las cosas demasiado largas. Cuando se trata de narices debemos acudir a un cirujano sin perder ni un solo minuto. Las narices pronunciadas huelen el pecado y se lanzan sobre él como cosacos, y lo digo sin ánimo de ofender a los soldados, a los rusos o a la siempre elegante caballería ligera.

"Es superficial", solía decir refiriéndose a mí, describiéndome, un amante al que lo único que realmente le preocupaba era el arreglo minucioso de su cabellera, por lo habitual desarreglada.
Doxa y Alétheia. Lacan recupera las palabras que había rescatado Heidegger y a mí me llegan a través del oído, no de la lectura o el estudio. Tengo que reconocer dos cosas: conozco a muchos lacanianos y mi educación académica es muy deficiente.
-Nunca llegarás a nada...
Otra opinión del otro. Cuando quiere ser lapidario usa puntos suspensivos para acabar la frase. Podría decir "nunca..." y sería igual de efectivo para mi desmoronamiento.

¿Qué es la doxa?, pregunté, creyendo que se trataba de una nueva ley de educación o de una vuelta más de tuerca a aquello de la normalització del idioma catalán. ¿Alguien lo recuerda? Sucedió al final de los ochenta y los responsables habian llegado a crear un personaje de historieta. Era una niña mal dibujada que se llamaba simple y llanamente Norma, para no complicar el entendimiento de las gentes comunes, la masa silenciosa, el pueblo, esos que ahora se llaman anónimos, no porque no tengan nombre, sino porque no son, y posiblemente nunca llegarán a ser, famosos.
-¡Platón, aparece en Platón!
Es él de nuevo. Por momentos se excita, aunque nunca sexualmente, y pido perdón por la palabra, señores canguros. No deben preocuparse: es sólo un interés platónico. Se ha comprado un libro de domingo con los textos del viejo griego aficionado a los banquetes y la belleza adolescente, descubriendo que la doxa tiene su contrapartida y se llama alétheia.
Aletean los dioses. El lugar común oculta la verdad detrás de pesados telones. Todo lo que se escapa de su caduca, vulgar, adoctrinada letanía, le molesta.
Aletean los dioses y las diosas. La doxa se retira a sus adocenados, repetitivos, insípidos cuarteles de verano. Suenan veinticinco campanadas y cuatro jinetes sin máscara atraviesan la escena empuñando flamígeras espadas vengadoras. Al final del tercer acto reina el desparpajo y la verdad se descubre con una amanerada reverencia, dando paso a la vida de verdad, la verdadera vida. Bajan las luces en el escenario y el orbe entero aguanta la respiración en un suspenso de muy bien diez, felicitado. El eco de una voz resuena en la espesura:
-Miénteme más, que me hace tu maldad feliz...
¡No te jodes! ¡A mí no me lo vendes ni acompañado por el trío Los Panchos y seiscientos mariachis más!

Ilustra: Liu Bolin, Camouflage.

viernes, abril 30, 2010

Un día como cualquier otro (a mi madre, ausente)

Doblaba la esquina de mi casa con el corazón en un puño y la respiración contenida, los deseos convertidos en un único miedo, mis pobres culpas inocentes transformadas en invocaciones mántricas que pretendían detener lo que al mismo tiempo suponía inexorable.
Imaginaba mi calle bloqueada por un puñado de ambulancias de color blanco fantasmal, grafiteadas con siglas incomprensibles y enormes cruces de colores; atravesada en todo su ancho de avenida importante -nada menos que la más larga del mundo, Rivadavia- por sangrantes camiones repletos de bomberos; atestada de curiosos que, sudando, enrojecidos por el esfuerzo, estiraban el cuello para traspasar los cordones policiales que les impedían el paso.
Se había convertido en una obsesión que no podía quitar de mi cabeza. Mientras volvía del colegio de curas para almorzar junto a mis padres, un segundo antes de doblar la esquina desde donde podía ver mi casa, imaginaba que nada más hacerlo algún vecino correría hacia mí con cara compungida, dispuesto a consolarme con abrazos de amigo al mismo tiempo que me comunicaba la brutal noticia. Mientras tanto su mujer, uniéndose a otras tan solidarias como ella, todas con actitudes igualmente graves, formarían un apretado coro de lloronas, torciendo la cabeza en señal de duelo frente a los restos humeantes de lo que había sido mi casa.
Solitario oficiante de un secreto ritual íntimo que repetía semana tras semana, de lunes a viernes y poco después del mediodía, todavía no me era dado comprender el porqué de aquellas catastróficas fantasías.
Yo pensaba que eran premonitorias, sin embargo la realidad nunca confirmó aquellos temores recurrentes y aungustiosos. Jamás lo siniestro se presentó en forma de incendio, derrumbe o terremoto. La sangre no corrió por las altas escaleras que comunicaban mi casa con la calle ni las llamas devoraron la falsa boiserie del salón donde imperaba, como un trono candente que nadie se atrevía a ocupar, la chimenea de mármol jaspeado, jamás encendida. Mi madre no pereció en una explosión de gas ni fue encontrada nunca bajo los escombros de aquella cocina estrecha con paredes de azulejos color verde nilo que tanto frecuentaba.

Todo lo deshizo el tiempo con su ritmo impasible. Segundo a segundo, sin necesidad de estruendos ni gritos; sin alarmas, sirenas, imprecaciones ruidosas o extravagantes alharacas. Sin descanso ni piedad.
Terca y silenciosamente, como acostumbra hacerlo.

Ilustra foto de Francesca Woodman

miércoles, abril 28, 2010

Escrito sobre el cuerpo

¿Han visto The Ghost Writer, El escritor, según la traducción simplificada y pánfila de nuestros distribuidores-traductores? (A propósito de este poco usual adjetivo: hoy mismo es San Pánfilo, por si no lo sabéis y os apetece festejarlo.)
Un padre que da consejos, más que padre es un amigo, dice el gaucho rimador Martín Fierro. Yo no soy padre de nadie y apenas amigo virtual de algunos, pero les aconsejo sin remilgos que no se pierdan este filme. Después de Hitchcock sólo nos queda Polanski y no se sabe por cuanto tiempo, ya que los Grandes Canguros Inquisitoriales han decidido que lo más efectivo para dar ejemplo a los consumidores de basuras variadas sin filtro ni freno, es encarcelar a este señor casi anciano por un pecado juvenil que ni la supuesta víctima quiere ver castigado.
No voy a hacer crítica a favor o en contra de este thriller político dirigido con la solidez, elegancia y precisión de un clásico. Sólo les digo que entre sus muchos suspensos hay uno que no llega a resolverse, al menos en la versión, tal vez expurgada, de las pantallas hispanas. A pesar de varias escenas que parecieran anticiparlo, el actor protagonista, Ewan McGregor, habitual del striptease cinematográfico, no se desnuda por completo en ningún momento. Algún plano fugaz de su trasero, sí, pero ninguno tan frontal como los de la sensual y caligráfica The Pillow Book (foto superior) o la para mí desconocida Young Adam (foto inferior). Supongo que Roman Polanski no está para crearse nuevos problemas con genitales ajenos a una edad donde ya se tienen bastantes con los propios. De cualquier manera, y a falta de imágenes de la sonora performance que presencié anoche junto a otras treinta personas en una pequeña y elegante sala alternativa de la ahora mismo amenazada avenida Diagonal, -The Living Room, seis jóvenes personajes que encontraron su angélico autor en el ya muerto, que no desaparecido,Jerzy Grotowski- ilustro este post desencantado con dos imágenes del escocés McGregor. Pretende ser un pequeño homenaje for your eyes, equivalente a esa hitchconiana escena final de El escritor en la que una nota pasa de mano en mano hasta llegar a su definitivo destinatario, no necesariamente previsible. En este caso es un homenaje personal, repito, dirigido a aquellos inocentes visitantes necesitados de visiones algo demoníacas, todas ellas destinadas a desaparecer en poco tiempo de esta red global, otrora libertada.

miércoles, abril 21, 2010

Un canguro de contrabando


Soy un pecador, lo reconozco, pero la otra noche, después de tropezar con el panegírico de don Mario Vargas Llosa a favor del toreo y toda su brutal parafernalia, por pura terapia regeneradora necesité sumergirme en algo pornográfico a la antigua, con cuerpos desnudos que jadean y se entremezclan, que simulan gozar y sufrir, pero sin abrir heridas ni derramar sangres propias o ajenas.
El inflamado texto del autor de tanta novela prestigiosa, lucía bien destacado como columna central de las páginas editoriales del diario El País, y a pesar del desagrado que me producía imaginar aquella cara impávida -que alguna vez intentó ser presidencial- mientras declamaba al mundo entero las bondades de un espectáculo de tortura y muerte, fui leyendo aquel texto suyo de punta a punta. Y nunca mejor dicho, porque lo que recibí fueron puntazos que hicieron sangrar esa cosa intangible a la que algunos todavía llaman alma, otros pocos psiquis, y yo, ahora, me atrevo a llamar simplemente conciencia.
"Prohibir las corridas, además de un agravio a la libertad, es también jugar a las mentiras, negarse a ver a cara descubierta aquella verdad que es inseparable de la condición humana: que la muerte ronda a la vida y termina siempre por derrotarla. Que ambas están siempre enfrascadas en una lucha permanente y que la crueldad -lo que los creyentes llaman el pecado o el mal- forma parte de la condición humana."
También la tortura es parte de esa condición, según puede verse a través de nuestra historia, aunque sería preferible no promocionarla de la manera que don Mario lo hace, en plan espectáculo público, imperecedero legado cultural, exquisita manifestación de arte.
Para ver brillos y alamares, paquetes y culitos ceñidos, sepa usted perdonarme, señor escritor, yo sigo prefiriendo el ballet clásico.

Sin embargo, como no era mi intención contribuir a la difusión de la encendida publicidad taurina made in Vargas Llosa, sino contarles que un canguro se había metido en mi casa sin que yo lo invitara, vuelvo a la primera frase de este post, allí donde les decía que:
Soy un pecador, lo reconozco, pero la otra noche, después de encontrarme con el panegírico de don M.V.Ll. a favor del toreo y toda su brutal parafernalia, por pura terapia regeneradora necesité sumergirme en algo pornográfico a la antigua, con cuerpos desnudos que jadean y se entremezclan, que simulan gozar y sufrir pero sin abrir heridas ni derramar sangres propias o ajenas.
Resulta que no pude hacerlo.
Cuando pulsé en la dirección deseada, ejem, un cartel bicolor cubrió toda la pantalla, anunciándome que Canguro Net había decidido que aquella página no me convenía y por tanto bloqueaba la entrada a ella.
¡La mano que mece la cuna!, pensé, haciendo uso de mi memoria paranoide-cinematográfica.
Frustréme, dormíme, y a primera hora de la mañana siguiente, poco después de un frugal desayuno, llamé a Teléfonica. Tuve que pasar por tres operadoras, tres, que me pidieron tres veces, tres, los mismos datos. Al fin la tercera me pasó a la cuarta y esta resultó tener un acento diferente, con notable ritmo centroamericano. Por cuarta vez, bastante más airado que las otras tres anteriores, le dije que no quería canguros en mi ordenador. La mujer se mostró sorprendida:
-¿Por qué le molesta? Está bueno, señor...Impide la entrada de contenidos pornográficos, la publicidad de drogas o cualquier otra información malsana que podría dañar su sensibilidad o la de sus niños...
Mi cabreo iba en aumento. Le expliqué que en la casa no había niños, sólo personas mayores que podían discernir muy bien qué cosas le convenían, o no, ver.
Después de oírme, la cuarta operadora dijo "un momentito" y me dejó a la espera cerca de diez minutos. Supongo que era el precio que debía pagar por mi enfado. Una contribución más de este habitual contribuyente.
-¿Sigue allí?
Era ella, la cuarta mujer.
Conteste "sí". Tal vez esperaba haberme disuadido por cansancio.
-Bueno, señor. Ya he pasado su pedido. En tres días desactivaremos el Canguro Net.
Esta vez no recabaron, como suele ser habitual en ellos, una puntuación final sobre la atención recibida. Además, adelantándose al plazo anunciado, ese mismo día desapareció de mi ¿¡Personal Computer!? el canguro infiltrado. Temo que al mismo tiempo mi nombre haya pasado a engrosar una lista, si no negra, de tintes sumamente oscuros y vaya uno a saber bajo qué desolador epígrafe.
Como suele suceder en estos casos, ahora que ya no cuento con su silencioso control, me pregunto si entre las funciones no especificadas de este canguro subterráneo estaría también la de censurar declaraciones, para mí muy dañinas, lacerantes, como las pro-taurinas del escritor consagrado, y esas otras, no escritas aunque bien difundidas, del mandatario Evo sobre el consumo de pollos amariconadores, o al menos las de ese prelado que nos visita, dispuesto a asociar, aunque sea contra natura, la homosexualidad y el lebianismo a cualquier otra cosa de fácil combustión.
Pura obscenidad sin el más mínimo filtro.

Ilustra: Alfred Hitchcock (1898-1980) con el ave culpable de su calvicie, ejecutada. Fotografía de Albert Watson.

martes, abril 20, 2010

Romántica Argentina (1932)



La República Argentina y su ciudad capital, Buenos Aires, llamada por entonces la Reina del Plata, la Capital de las Américas, la París del Cono Sur, se veían más o menos así cuando mi padre desembarcó después de un largo y azaroso viaje que lo alejó para siempre de la siempre recordada Europa y, más precisamente, de su pequeña ciudad natal, Lucca: el bello, amurallado corazón blanco de esa Toscana roja que nunca volvería a ver.
Muchos años después yo repetiría el mismo trayecto a la inversa...y aquí estoy todavía.

sábado, abril 17, 2010

Resumen leridano (volver...)

...si en este momento me pusiera a cantar el "todo pasa" machadiano musicado por Serrat caería en el más obvio de los lugares comunes, pero es lo único que se me ocurre ahora mismo, recién desembarcado en mi casa barcelonesa después de un agradable viaje de apenas una hora, cómodo, relajado, amigable; un viaje tranquilo que no me ha obligado a soportar aberrantes esperas, colas interminables y/o angustiosas cancelaciones. Y todo gracias a ese AVE delicioso que, sin alas, traqueteos, humos tóxicos o densas nubes volcánicas, me ha trasladado con plumosa delicadeza desde la ciudad de Lleida, unas pocas horas después de finalizada su muestra anual de cine iberoamericano.No les voy a hablar del Palmarés final, de todas las películas a competición ni de los jurados convocados para cada categoría: pueden entrar a la página del festival si de verdad les interesa saber quiénes y de qué manera han intervenido y también cuáles entre todos ellos se han llevado los premios otorgados por el certamen. Yo prefiero seguir con mis notas -entrecortadas, arbitrarias, desparejas- sobre una semana de estadía en esa otra ciudad cada año más cercana.

Mi palmarés particular incluiría en más de un rubro a la premiada El hombre de al lado, al niño Conrado Valenzuela, protagonista de Andrés no quiere dormir la siesta, a Cecilia Rossetto por su papel de madama depravada en la atrapante, angustiosa, muy lograda, La mosca en la ceniza, segundo largometraje de Gabriela David, al corto Uyuni, refinada publicidad de una camioneta todoterreno que deviene tragedia sangrienta.

"Aquí se habla mucho" podría ser otro slogan publicitario de la Muestra de Lleida. Se habla por los pasillos, en la recepción y en el bar del hotel, a la entrada y salida de las proyecciones, sean estas competitivas, especiales o retrospectivas, en el pub africano cercano al hotel donde suelen gastar sus noches los más noctámbulos y, sobre todo, se habla muchísimo mientras se desayuna, almuerza o cena, aunque, gente educada esta del cine, nunca, jamás, lo hace con la boca llena.

Hasta ahora no me he subido a una balanza para saber cuántos kilos estoy pesando, sin embargo podría segurar que vuelvo de Lleida con alguno más encima. La mirada, que yo sepa, no ayuda a consumir calorías, y allí, durante la Muestra, nos llevan de un cine a otro y, como breve intervalo de descanso entre una y otra película, del comedor del hotel a un restaurante y de un bar a una cafetería.
Para colmar mis kilos y nada más volver, una amiga fotógrafa me invita a un té con simpatía, charla y diversas exquisiteces (la foto muestra los scones y el brownie esperando para pasar à table) en su no menos exquisita casa-estudio del barrio de Gracia. A punto de convertirse en joven abuela, ha decidido dedicar parte de sus días a dos cosas a las que su trabajo profesional había quitado casi todo el tiempo: recibir gente amigable y cocinar para ellos.
La mesa, loza blanca dispuesta sobre una tela africana de color crudo con dibujos en negro, estaba colocada junto a una de las amplias terrazas de la casa: luz de atardecer sin volcánica nube negra a la vista y la cercanía de un buen montón de plantas que comienzan a sentirse primaverales, despuntando verdes brillantes y floraciones varias.
Para acompañar una y otra taza de té darjeeling (Tealosophy) con nubes de leche fría, comimos sándwiches de pan inglés de molde, scones con confituras caseras de naranja y boniato, diversas tartas saladas de verduras. De postre, un brownie de chocolate bañado en nata fresca y varias horas de animado diálogo. Un auténtico festín de cine. Tanto placer refinado no es nada discriminatorio: todo aquel que lo pague puede disfrutarlo cuantas veces quiera. Sólo hace falta llamar con antelación al 639161197 y preguntar por Cristina.

Como compañero de viaje elegí el primer tomo de Obras, la reciente reedición por Anagrama de toda la narrativa del escritor y dibujante Copi (Raúl Damonte, Buenos Aires, 1939-1987).
Edgardo Entín, casi un clon físico del autor de aquella Eva Perón teatral tan iconoclasta e irreverente como toda su obra, me lo presentó en un bar de Ibiza a principios de los ochenta. Parecía un tipo melancólico, de pocas palabras y menos ironías. Nada habituado a los delirios exhibicionistas fuera de la escena, poco agraciado para los cánones gays de la época, se aferraba a una copa de gin tonic con una mano y a la pringosa barra del bar con la otra. Iba vestido formalmente y de blanco, como el personaje masculino de Súbitamente el último verano (Suddenly Last Summer), ese Sebastián Venable inmolado sobre la arena de una playa por los oscuros y hambrientos muchachos españoles depositarios de su deseo. Cuando pienso en él, desubicado, totalmente fuera de lugar en aquel ruidoso e inhóspito bar ibicenco, me pregunto si no estaría imaginando un final parecido para su ya por entonces herida existencia.
ilustran dos retratos de Copi, el último dibujado por el Tomi

domingo, abril 11, 2010

fragilidad de celuloide (apuntes desde Lleida)

Llego tarde al cine. Son poco más de las doce del mediodía y afuera un potente sol de prima-verano llama a la playa, al sudor y las malas compañías, o, en todo caso, por falta de un cercano mar Mediterráneo, a un asiento cómodo en una terraza urbana cerca del río, con algún diario cualquiera para enterarse de cómo sigue el mundo y una bebida fría y sin alcohol servida en vaso grande, jamás a las oscuridades de una sala de cine y a una copia deficiente, infectada de ruidos y decoloraciones (la única, según me enteraré a la salida) de una película sobre la revolución mexicana de la que no tengo más información que el nombre: La soldadera (1966).
La protagonista, Lázara (la Biblia está muy presente en esta Mostra), es Silvia Viridiana Pinal (¿alguien sabe de quién estoy hablando?), aunque aquí está convertida en un personaje secundario del Marat-Sade de Peter Weiss según aquel psicótico montaje del inglés Peter Brook, con imposible superposición de trajes y sombreros, de cananas, fusiles, pollos semivivos y varias bolsas al hombro, sobrecargadas de estatuillas, trapos y deshechos. Por allí anda también una (aún) joven Chabela Vargas: dura, masculina; personaje de pocas palabras y muchas violencias. La película, magnífica en muchos aspectos, fue dirigida por un para mí desconocido Bolaños, que no es ese escritor chileno muerto hace algún tiempo en Cataluña, sino un otro Bolaños mexicano, José, de quien sus actuales compatriotas saben poco y dicen nada.

Entro porque acabo de salir, y no es un chiste. En el mismo edificio, con pocos metros de distancia entre una y otra sala, CaixaForum ofrece una espléndida muestra de Mucha, el diseñador y cartelista más famoso del Art Nouveau europeo. Si hubiera podido ver esta exposición a mis porteños diecinueve o veinte años, hubiera caído de rodillas, ya que me apasionaba el trabajo de este hombre al que sólo conocía por las reproducciones que aparecían en algunos libros y revistas importados de USA y Europa, siempre demasiado caros para nuestros bolsillos rioplatenses. (Deberíamos agradecer al señor Taschen por haber hecho el arte mucho más accesible)
Durante mi corta visita a la exposición Mucha me detengo especialmente en sus fotografías de personajes como Paul Gauguin -su retrato tocando el piano en calzoncillos es sublime- o la responsable del Frente de Liberación Femenina de Turquia en 1930(¡!). La ceremonia de inauguración de la Muestra de Cine Latinoamericano de Cataluña se hace por primera vez en el recién estrenado edificio de la Llotja*, un espacio compuesto por otros muchos más pequeños, todos ellos unidos por enormes pasillos, galerías, distribuidores. Mi asiento está justo detrás de los de Guillermo Toledo y el galardonado Ernesto Alterio, amigo de amigos, un ser sorprendentemente cercano, tierno y cariñoso. Antes de ubicarme tengo que pasar por el photocall junto a Sergio Espada, director del Museo Buñuel de Calanda. No habrá preguntas y respuestas, solamente un rápido posado fotográfico. A mí me divierte el paseíllo en plan estrella; a él, un hombre a quien no suelen asustar ni el surrealismo desbocado de don Luis ni el ruido atronador de los tambores de su tierra en fiestas, no le gusta absolutamente nada pasearse, y posar, frente a las cámaras que nos retratan.

Marisa Berenson aparece por el Festival coronada de estrellas. Dulce en sus maneras, elegante en sus actitudes, precisa en el atuendo para cada ocasión, algunos cuentan que ha exigido que las sábanas y toallas que usará en el hotel se estrenen para ella y luego se destruyan. Cuando nos cruzamos por primera vez le digo ¡Hola! sin agregar Marisa. Me ha salido espontáneamente, como si estuviera saludando a una vecina de escalera. Ella no lo sabe, pero yo y todos mis amigos de la adolescencia la admirábamos desde la platea de nuestro inolvidable cine Roca. Su frágil presencia asoma en al menos tres películas de culto: Barry Lindon, Cabaret, La muerte en Venecia. Confiesa 63 años. Podría decir 50 y para los que no conocen su historial sonaría creíble. La acompaña un señor rubio, alto y simpático que trabaja como doble de Clint Eastwood. Hombres y mujeres opinan que "está más bueno que el pan", ensombreciendo la presencia del hasta ahora modelo Joel West, el último Cristo cinematográfico, hijo de María Berenson, en ese indescriptible biopic litúrgico llamado El discípulo. En una escena de La soldadera, Lázara, una joven mujer de clase media convertida a su pesar en guerrillera, asiste conmovida, junto a un puñado de revolucionarios armados, a una función de cine al aire libre. Lo que al principio resultará jocoso y unos segundos después hipnótico, subyugador, terminará con el proyectista muerto y la pantalla "aterrada" por el mandamás de aquella compañía de desheredados sin rumbo, que no admite se escamotee ni un segundo de atención a su persona.
Lázara, que alguna vez tuvo una casa familiar y siempre ha soñado con poseer una propia, se acerca hasta el lienzo que hacía las veces de pantalla, lo recoge del suelo y busca entre sus pliegues esas imágenes que hasta un momento antes tenían movimiento y vida. No hay nada allí, por supuesto. Los seres que habitaban aquel rectángulo de luz se han desvanecido en el aire. La pobre mujer desconoce la mágica ilusión del cine tanto como la combustible fragilidad del celuloide, similar a la de su, nuestra, propia existencia.

*Proyecto y obra de Francine Houben - Mecanoo, Holanda.

miércoles, abril 07, 2010

LO QUE ES MODA NO INCOMODA



Cacho de pan agradece a Tunny Alterman (Buenos Aires, Argentina) el envío de este interesante videoclip publicitario de nueva generación.
Podéis ver la pantalla A MAYOR TAMAÑO con sólo pulsar sobre la imagen.

domingo, abril 04, 2010

Pretérito cercano

Ya se nos acabó la santísima Semana Santa de este año y dentro de nada estaremos preparando nuevamente las vacaciones del beatífico Agosto. Los sucesos se suceden de forma sucesiva y con periodicidad anual, marcándonos, con ritmo de marcha militar o paso de liturgia sevillana, las pautas sociales a seguir en cada uno de ellos.
Yo trato de evitar las aglomeraciones, así que rara vez aprovecho los asuetos que brinda con gran alharaca esta sociedad caníbal a sus obedientes asalariados.
No, no crean que me he puesto tardíamente contestatario (con el paso de los años, inclusive esta palabra de trinchera urbana setentera ha perdido fuerza y significado). La frase anterior es sólo un homenaje a mi recuerdo enternecido de la primera "pintada" que vi en Francia, treinta años atrás y apenas traspasada la frontera catalana. Fue en la cercana, hoy olvidada Perpignán, por aquellos tiempos capital de la pornografía para los todavía sexualmente censurados españoles.
"La société est une fleur carnivore"; la consigna me gustó tanto que hasta me hice una foto delante de ella.
Y hablando de carnívoros, ayer nuestros amigos cordobeses del Montseny nos invitaron a un asado en su acogedora casa-taller. Por aquellos parajes todavía arbolados, los pocos ejemplares que han aguantado absolutamente indemnes los embates devastadores de los últimos vientos otoñales, presque apocalípticos, están más que muy verdes, los cerezos y las mimosas han florecido con desparpajo y el silencio es tan sedante como el olor que desprenden los pinos, salvo cuando los perros con propietarios de tipo paranoide-psicópatico se ponen a ladrar a todo lo que se mueva frente a sus narices como forma de ganarse el pienso diario, al mismo tiempo que prueban con cada tirón descontrolado de su cuerpo la fortaleza y extensión de esas cadenas que les recuerdan su condición de obligados cancerberos domésticos. Extraña gente toda esta, que llega a un lugar paradisiaco y decide convertirlo poco a poco en un infierno. Talan los árboles más asentados y frondosos, propios de un bosque mediterráneo, para plantar especies tropicales que no resistirán al primer frío; alisan el terreno a golpe de topadoras y talonario, despojándolo, no sólo de esa personalidad que supuestamente los había cautivado, sino también de los espesos matorrales de plantas autóctonas, muchas de ellas aromáticas y comestibles. Su único propósito parece ser la construcción de enormes y descorazonadoras explanadas de cemento donde puedan aparcar al mismo tiempo veinte automóviles todo terreno y cincuenta ruidosas Harley Davidson.
Espero que un día se detengan a pensar por qué no son felices si han hecho todo lo supuestamente necesario para serlo.

Además de comer, pasear y conversar serranamente, he vuelto a encontrarme con Ven-gansa Sissi Ocarina después de varios meses de mutuo distanciamiento. Ella vive ahora con el resto de aves y aunque sigue bañándose con la misma dedicación placentera del último verano, ahora se pasea menos por las cercanías de la casa y pone cada tanto algún huevo que cuida con celo no discriminatorio, junto a los de las cuatro gallinas del pequeño corral. Se la ve totalmente integrada, y aparentemente feliz, con los otros animales de su clase.
Tengo una vaga y poco demostrable teoría sobre su adecuación actual a la vida corralera. Creo que finalmente ha desistido de vivir como persona, un insistente intento durante sus primeros meses de vida, frustrado con la misma insistencia por todos los habitantes de la casa a causa de su nula contención excretoria.
Los campesinos de Argentina llamaban "pato de campo" a esos personajes poco afortunados que cometen una cagada con cada paso que dan en la vida. Pues eso. Digamos que las ocas actúan en lo referente al intestino de la misma manera que los patos de campo, y la Ven-gansa Sissi Ocarina, a pesar de su encanto personal y de la distinción otorgada por sus numerosos, variopintos nombres, no resulta ser una excepción a esa fluida, a la vez que socialmente incómoda, regla de la/su naturaleza.
Para completar el día de manera festiva a la par que culta, los dueños de casa bajaron con nosotros a Barcelona y nos fuimos todos al cine Alexandra. Queríamos ver Las viudas de los jueves y llegamos a tiempo para la última función nocturna. Sin colas ni amontonamientos, con la afable tranquilidad de otras épocas barcelonesas menos turísticas y de apariencia más santificada.
Ahora no tengo ganas de hacer crónicas cinematográficas, lo siento. La semana que viene estaré otra vez en el Festival de Lleida, hartándome, mañana, tarde y noche, de cine latinoamericano. Quizás la crítica a la película de Marcelo Piñeyro decida hacerla Alfredo algún día de estos desde esos 39 escalones que hoy cumplían tres robustos años de vida, o la haga Liliana Sáez desde su Kinéphilo blog, mientras festeja su primer año de cinéfila existencia.

Fotografía endiablada de Ruven Afanador. Retrato en Perpignán por J.CH.

miércoles, marzo 31, 2010

Ricky no quiere a Lucy


Lejos de mí está poner el grito en el cielo porque las cadenas de televisión españolas están llenas de programas vengonzosos.
Primero, porque piensen bien la frase hecha que inicia este post, y que, al igual que tantas otras, suele usarse con absoluta naturalidad, como si poner un grito en el cielo fuera algo de verdad posible, al alcance de cualquiera.
Segundo, porque esperar que la televisión sea un vehículo de buenas costumbres, cultura y/o información seria, concienzuda, alejada de toda manipulación, es como creer que alguien va a tener en cuenta la opinión de los habitantes de Barcelona para hacer con la Diagonal lo que decidieron hacer desde el mismo momento en que pensaron lo superchachi que sería modificarla.
Además, si la Comunidad de Madrid llevó a cabo obras faraónicas a pesar de las furibundas críticas de una más que encabritada oposición, ¿los barceloneses vamos a ser menos, arrastrando nuestra autoestima por el fango como si fuéramos miserables esclavos nubios?
Vamos al grano...
(Otra frase hecha ¿De qué grano estoy hablando? No fumo ni bebo, suelo comer sano. Jamás tengo esas cosas, no al menos en la cara.)
Me lío demasiado. Resulta que Ricky "el adorable" Martin, ha decidido agradecer a no importa quien sea el culpable, su ahora abierta, pública, declarada homosexualidad. No quiere seguir ocultando algo tan esencial en su vida. Se lo debe a sus hijos, ha dicho. Son dos varones y fueron concebidos mediante una madre de alquiler y sin fornicación directa, algo que tampoco ocultó en su momento.
Mi vecino electricista se mostraba muy contento con la noticia: supone que es una puñalada artera a la pútrida prensa del corazón, ya que Ricky lo anunció a través de su blog, no por medio de revistas o programas "de investigación".
-¡Los ha jodido bien jodidos! -dice mi eléctrico vecino, mientras me cobra cincuenta euros por el adaptador que multiplicará nuestras domésticas adicciones por cuarenta.-¡Si todos los famosos hicieran lo mismo, vamos a ver qué pondrían estos asquerosos en sus revistas!
No quiero sabotear su inocencia diciéndole que las posibilidades de invención de las mentes malvadas no tiene límites.
Juro que no lo necesitaba, pero esa misma tarde, pocas horas después de la visita a mi proveedor de artilugios eléctricos, aquella idea que consideré nociva para su inocencia era corroborada por un canal, un programa y un grupo de personajes a los que prefiero no nombrar en este espacio.


Como se celebraba el Día del Teatro y los actores se reunían para festejarlo y festejarse, una preguntona del programa de marras(?)se acercó hasta la fiesta para contribuir, jodiéndolos, con tanto jolgorio.
Carlos Bardem andaba por allí y la tipa, descarada, aunque con mucha cara, le acercó el micrófono:
-¿Qué piensa de que Ricky Martin se haya declarado homosexual?
Bardem, Carlos, no pensó demasiado para contestarle:
-Oye, ¿qué tiene que ver esta pregunta con la fiesta del Día del Teatro? Entiendo que estáis trabajando y todo eso, ¿pero no podríais buscaron una profesión menos dañina, menos vergonzosa..? ¿Algo como traficante de armas?
En el plató del programa había unos diez "periodistas" especializados. Lo menos que le dijeron a Bardem fue payaso. No llegaron a cagarse en sus muertos abiertamente, pero de alguna manera sí lo hicieron sobre su santa madre actriz, "la comunista esa que va de democrática y solidaria y después trata mal a todo el personal de los aviones". Habrá que preguntarles su opinión a los chicos de Iberia.

Desde ayer tengo un aparatito más, negro, de plástico, además de dos nuevos mandos a distancia.
Podré contemplar la miseria humana multiplicada por cuarenta.

POSDATA: como es indudable que la gran estrella de esta semana es Ricky, podéis verlo en al menos dos de sus facetas con sólo pulsar -suavemente- sobre su nombre.
Fotos: Ricky Martin y un acompañante on the beach; Desi Arnaz (Ricky Ricardo) y Lucille Ball (Lucy), protagonistas de la mítica serie televisiva I Love Lucy (1951-1957).

domingo, marzo 28, 2010

el Gran Forrester


Un día atroz empieza desde el mismísimo momento en que te levantas y sabes que media hora después estás citado con el dentista, tu dentista. Si además tienes que pasar antes por el banco para cubrir algunos descubiertos imprevistos, no puedes postergar los farragosos, tan repetitivos como innecesarios trámites telefónicos para la colocación de una antena comunitaria en tu condición de -y en este punto más de uno se reirá a carcajadas- "Presidente de la escalera", en ejercicio, de un edificio donde por el momento no vives, y a todo esto le sumas que la noche anterior dormiste por capítulos porque te habías acostado de excelente mal humor a raíz de un desencuentro doméstico, estás autorizado a decir en voz alta ¡vaya vida de mierda!, aún sabiendo la privilegiada situación en que te encuentras con sólo comparar -ya sé que no hay que hacerlo, todos me lo dicen- tus ínfimas molestias con el cúmulo de desgracias, catástrofes y pequeños o grandes desastres que asolan a los demás seres vivientes de este mundo.
Y no es que yo esté deslizándome por la vida, altivo y orgulloso como un cisne en el lago artificial de algún noble viscontiano, pero al menos no soy uno de esos toros destinados a la tortura y la carnicería pública en un espectáculo que algunos suponen de valor artístico, cuando sólo es un cruel, desagradable, rebuscado y maloliente negocio; ni tampoco he sido uno de esos tres tigres (3) a los que un desaprensivo con pretensiones humorísticas dejó abierta la jaula de un Zoo de Agüimes, Gran Canaria; esos mismos felinos a los que la policía municipal, seguramente no enterada de otras posibilidades menos cruentas, abatió a tiros en lugar de sedarlos, tal como suele hacerse en países donde llegan los documentales y los informativos de televisión, las películas extranjeras con animales dentro o simplemente las revistas y periódicos que no retacean información zoológica a sus lectores habituales.
Basta ya. No quiero extenderme con ejemplos descorazonadores. Pretendía que este post fuera optimista, amable, amoroso; alejado de quejas, denuncias, muertos y recordatorios.
Sólo quería contarles que ese día que había empezado mostrándome su cara más oscura, terminó dulcemente, y cómo lo hizo, gracias una vez más, a "la magia del cine".
No se qué cosa tan interesante estuve haciendo durante el año 2.000, pero se me pasó por alto una película de Gus Van Sant, director al que estimo a pesar de sus, para mí, notables errores. Se llama Descubriendo a Forrester(Finding Forrester) y tiene las cuotas justas de originalidad, buena narración, profundidad y engaño que me hacen gozar del cine, permitiéndome descansar -en este caso durante dos horas y quince minutos- de mi mundo habitual, no tan luminoso como el de las pantallas.
¿Les gusta Sean Connery? Pues en este filme no tiene licencia para matar y a pesar de ello está magnífico, tanto como para pasearse por New York en bicicleta y hacer creíble hasta en el más mínimo gesto su condición de escritor famoso alejado del mundo: una versión libre de ese gran mito literario evanescente,
J(erome)D(avid)Salinger.

Si la hubiera visto en su momento, recién comenzado el siglo veintiuno, no hubiese encontrado tan original a la no menos encantadora Gran Torino, ocho años posterior a la de Forrester.
Se podría decir que son amigas íntimas o parientes cercanas: cuñadas bien avenidas, sobrinas de un mismo tío, amantes o primas hermanas. ¿Es posible que nadie lo haya dicho antes, que ningún otro se haya percatado de los notables parecidos existentes entre estas dos películas, ambas con un actor duro, y muy maduro, dentro?
Véanla, si pueden. Déjense llevar por la historia, sonrían y lloren dulcemente, vuelvan a creer en la bondad del ser humano y en la capacidad justiciera del no siempre azaroso destino.
¿Que la vida jamás es así?
No era mi intención enredarme en discusiones estériles...¿pero acaso no sería bueno que al menos cada tanto lo fuera?
(En la foto, Gregory Peck, joven y lector.)



POSDATA: Miroslav me escribe un comentario sobre Descubriendo a Forrester. Allí me dice que la vió como yo, en la tele y casi por casualidad. Gus Van Sant nos regaló a ambos una buena noche, aunque él además tuvo tiempo y ganas de enterarse del nombre del intérprete de la canción que cierra la historia y el filme. Un clásico. Seguramente la conocerán en mil versiones diferentes, pero me atrevo a decir que esta es una de más hermosas y personales que he oído.
Israel Bruddah Iz Kamakawiwo‘ole (20 de mayo de 1959–26 de junio de 1997) fue un popular cantante hawaiano también conocido como Iz. En el video clip que cuelgo a continuación podemos ver algunos momentos de su vida; también sus exequias, populosas, alegres y floridas.

sábado, marzo 27, 2010

memoria soñando

...anoche soñé con Guillermo A.
Iba con su inseparable peto de tirantes de denim azul, una camisa estrecha de manga corta con rayas de varios colores y un sombrero de paja pequeño que parecía salido del atrezzo de un musical de Broadway ambientado en el Caribe. Estaba exactamente igual que cuando yo llegué a Ibiza: flaco, desgarbado, algo patizambo, sin rastro de músculos. El alfeñique de Charles Atlas antes de convertirse en Mister Mundo. Pasó frente a mí mirando hacia adelante y ni siquiera se detuvo a saludarme. Igual no me vió, o tal vez no se permitió verme.
De fondo me pareció divisar el bar Pereyra con su frente en dos o tres colores y sus mesas y sillas de otra época: cutres, metálicas, incómodas. Parecía un telón pintado. En realidad resultaría arriesgado asegurar que no lo fuera.
Los últimos tiempos entre Guillermo y yo fueron difíciles. A medida que él iba convirtiéndose en el muñecote de los neumáticos Michelin en su versión oscura, la distancia entre nosotros crecía más y más, como si aquella inflada musculatura creara un accidentado espacio fronterizo dificultando el acceso a su persona.
Fue uno de los responsables de mi llegada a la mayor de las Pitiusas. Insistió en que lo visitara porque, a pesar del nutrido circo ibicenco de aquella época, se sentía solo, una situación que arrastró a través de muchos años sin pareja ni amantes estables y con escasos, muy pocos amigos; a lo sumo dos verdadera mente cercanos y ambos ubicados a gran distancia de su querida isla.
Tal vez fuera cierto que me necesitara como diseñador-serígrafo, sin embargo podría haber seguido con su negocio de bikinis y prendas semi artesanales de ante o gamuza sin ninguna necesidad de estamparlas con dibujos de mi autoría. Su local en la calle Mayor, la más comercial de Ibiza, era poco más que un estrecho y agobiante pasillo húmedo de paredes encaladas, con el único agregado de una mesa de cocina haciendo las veces de pequeño mostrador y alguna silla típica de madera clara y paja pintada con el brillante color naranja -aunque tal vez fuera violeta, su complementario- de la línea de esmaltes básicos de la marca Titán. En ella Guillermo, o su por entonces socia, Ana Q, se sentaban a esperar a sus adinerados clientes, casi todos alemanes y franceses ansiosos por mostrar sus cuerpos calcinados por el sol de España y apenas cubiertos por unas tiras mínimas de piel con diseño supuestamente ibicenco, "a la sans façon".
Vino a buscarme a Barcelona justo a tiempo para que yo no tomara un vuelo de regreso a Buenos Aires, estragado por la añoranza de esos cien barrios porteños de los que, cuando aún vivía allí, frecuentaba como mucho cuatro.
-¡No podés volverte a la Argentina sin pasar antes por Ibiza. No sabés lo que te estás perdiendo!Cuando estés de nuevo allá no te lo vas a perdonar. ¡No seas tonto! Tenés casa y comida por el tiempo que decidas quedarte, ¿qué perdés intentándolo?
Se lo agradeceré siempre, lo reconozco. Mientras yo me bañaba en el acogedor Mediterráneo, bailaba durante horas en las pistas al aire libre de Amnesia o desayunaba al sol y rodeado de gente preciosa en las terrazas del Montesol, del Maravillas o del bar Cristal de la galería Serra, Argentina pasaba uno de sus períodos más tristes y oscuros. No creo que yo hubiera podido sobrevivir a él como lo hice, si no hubiese aceptado aquella oportuna invitación de los amigos "ibicencos".




Con el paso de los años -algo más de una docena fueron los que compartimos en Ibiza- Guillermo logró convertirse en un santo menor; uno entre los muchos personajes icónicos de aquella superproducida, rutilante, fantasmal, imaginativa, fagocitadora Isla de la Fantasía. Atravesaba con paso pausado las calles del pueblo, siempre algo ausente, distraído por una cortedad de vista que alejaba al mundo exterior del suyo interno. Durante años lo acompañó su perro, un también pesado y torpe basset-hound de mirada lánguida y actitud calcada de la de su dueño: afectuosa, aunque sin llegar a ser jamás demasiado cercana. Alguna vez, todavía en Buenos Aires, Guillermo había sido bailarín de musicales, extra de cine, poco convincente actor de espectáculos infantiles. Aunque nunca perdió sus sueños de estrella, la fascinación por los aplausos, el escenario y las luces, lo verdaderamente suyo era el mar y la playa, la contemplación sin demasiadas espectativas de un horizonte que para él, debido a su extremada miopía, resultaba aún más distante e impreciso.
Nunca hablaba de su pasado y su familia; tampoco sus planes de futuro eran muy claros. Eso sí, siempre estuvo convencido, y lo decía cada vez que le daban la oportunidad de hacerlo, que hubiera preferido ser de raza negra. Se lo veía gozar plenamente, con la pasividad golosa de un bebé que se adormece al sentirse acariciar por las manos maternas, cuando, día tras día y durante todos los meses del año, iba superponiendo el moreno oscuro del bronceado playero a ese más suave, agrisado, que llevaba en la piel desde su nacimiento.
La última vez que nos encontramos no estuvo demasiado simpático ni especialmente acertado. Volvíamos a mi casa de Barcelona después de una revisión médica a la que me había pedido que lo acompañara. Sus deficiencias en los ojos se habían agudizado, y el médico, convencido de encontrarse frente a una madura pareja de hecho, decidió comunicarle, aunque dirigiéndose a mí, que ya no podría seguir yendo a la playa cada día y, sobre todo, que debería abandonar lo antes posible los anabolizantes y las prácticas halterofílicas.
-¡Qué estupidez!-me dijo apenas estuvimos en la calle-. Pienso cuidarme un poco más, pero no voy a dejar de hacer lo único que me interesa en la vida...¡Si yo me siento de puta madre! La otra tarde, cuando salía del entrenamiento, me esperaban R y P...¡pobres! Al día siguiente los compañeros del gimnasio me dijeron que si no fuera por el aspecto envejecido de mis amigos nadie me daría la edad que tengo.
Otro de esos amigos era yo, sin duda; un alfeñique desprovisto de musculatura que nada tenía que hacer junto a un descomunal y broncíneo Mister Universo, salvo aquello que estaba haciendo: llevarle las maletas.
Me enteré de su muerte en Ibiza dos años después de que sus cenizas fueran esparcidas por la isla.
No se si mucha otra gente lo recordará como yo lo recuerdo ahora mismo: joven, esperanzado, solitario, caminando por la playa de Es Cavallet con su torpe y enternecedor perro al lado.

Anoche soñé con él.
Pasaba frente a mí mirando hacia adelante y no se detuvo a saludarme. Igual no me vió...o tal vez ni siquiera se permitió verme.